lunes, 2 de julio de 2012

“¿Vio Doña? Le dije que iba a volver”


Doña: ¿y a usted le parece que me va a dar la cabeza para la música? ¿Qué me van a dejar entrar, con esta pinta?... Si se entera mi viejo, me mata a palos, porque siempre me dice que esas son cosas de maricas…

¿No tiene un pucho, doña? Uno sólo, ya sé que me va a decir que me cuide, pero yo porros no fumo, quédese tranquila, y le prometo que cuando me compre otra pilcha, voy y me anoto. Otro día que pase con el carro, le cuento…

Y con ésta última promesa, recobrando una lánguida sonrisa de infancia casi olvidada en su cara de adulto prematuro, Jorge arrió el caballo, perdiéndose de a poco su imagen en la maraña de trastos viejos que asomaban desde atrás. Pasaron meses sin que se lo volviera a ver. Otros chicos, quizás hermanos, tal vez más pequeños que Jorge, pasaban con sus carros, reflejando el mismo agobio en sus rostros, de una infancia robada a los golpes.

Al cabo de tres años, y como si fuera producto de una alucinación, se sintió a lo lejos una música de flauta que venía enredándose entre los perfumes de fresias y paraísos. La radio no estaba prendida, tampoco el equipo de música. Gente en la vereda, no había… Tal vez el canto de un pájaro aún desconocido… No, seguramente se trataba de una alucinación… Pero, ese melodía… que evocaba los sonidos del renacimiento. Quizás quedaron anidados en las semillas de algún árbol y retornaban al presente las viejas noticias que portaban los juglares. De pronto, una sonrisa ocupó todo el paisaje. Era la de un adolescente de alrededor de diecisiete años, que llegaba con su carro a caballo y llevaba una flauta en la mano.

“¿Vio Doña?, le dije que iba a volver a contarle. Con la guita, todavía falta un poco para que puedan comer mis nuevos hermanitos, el viejo sigue chupando, pero yo, todas las tardes me rajo a la sociedad de fomento y… mire si tendré suerte en la vida. Los mandamás de ahí hacen una rifa para recaudar fondos y me regalan la flauta. Ellos dicen que avancé mucho y que prometo. Yo, ¿qué quiere que le diga? No me importaría no aparecer en la tele, como esos señores serios de saco y corbata que están en las orquestas. A mí, me gusta andar con mi carro recorriendo las calles. A veces me hago la siesta debajo de un árbol, otras me voy a la laguna y me siento a tocar frente al agua. Además la gente ya me mira a la cara cuando paso tocando y dicen: ahí viene el chico de la flauta, y me dan comida, botellas y diarios y yo siempre unos manguitos llevo para la casa”.

A medida que hablaba, su rostro se iba iluminando y sus ojos parecían querer devorarse toda la energía del día.

Una noche de estas, paso y le regalo una serenata. Siempre que toco, pienso en usted, de lo buena que fue conmigo… La semana que viene le traigo unos higos”.

Diciendo esto, Jorge arrió el caballo con una mano y con la otra, tocó la flauta. Su imagen crecía tras los trastos viejos. Era el amo de su propio feudo, cual príncipe todopoderoso, poseía todo.

Era feliz.

Mónica Miller