miércoles, 22 de julio de 2026

Aclaración para quien corresponda


Soy chilena. Viví en Francia. Hace 22 años que vivo en Argentina. Desde el primer día hasta hoy, solo he recibido en este país muestras de infinito cariño hacia mi persona y además hacia Chile y su historia. Recuerdo que una vez puse fin a una conversación con un chófer de taxi cuando manifestó expresiones racistas hacia el pueblo boliviano. Es cierto. Sucedió una vez. Creo que el peor racismo en Argentina se expresa entre nacionales y es un racismo de clase dirigido a sectores vulnerables de la sociedad. No es un rasgo argentino. Al menos, no me parece que sea un rasgo argentino. En muchos países, quizás en todos, se observa este fenómeno. Me sería penoso tener que contar algunos hechos sucedidos en Francia, en torno a estas cuestiones, pero no los olvido. Tampoco creo, a pesar de la gravedad de esos hechos, que ese sea el rasgo distintivo de Francia. Sin embargo, por haber frecuentado la prefectura de Bobigny, quiero compartir dos escenas que vi con mis ojos y escuché con mis oídos en Inmigraciones, puerto de Buenos Aires. 

Cuando tramité mi residencia aquí, una familia peruana tramitaba también su residencia y el hombre que estaba con su esposa y sus hijos no sabía que tenía que pagar un impuesto. No había llevado dinero. Cuesta mucho tramitar una residencia. Al darse cuenta de que tendría que volver, explicó con inmensa desolación a la persona que lo atendía, que era muy difícil para él ausentarse de su trabajo. Frente a las explicaciones del hombre, la joven funcionaria le dijo que, por favor, no se preocupara, que ella iba a dejar su expediente “aquí” (encima de la mesa), que volviera mañana sin hacer ninguna fila, que ella lo atendería de inmediato. Nadie me lo contó. Yo estuve ahí. Algunas semanas después fui a buscar mis documentos para luego tramitar el DNI, estaba esperando a mi hija y tenía una panza bastante visible. El funcionario que me entregó los papeles después de haberlos revisado, vale decir, sabiendo que yo era chilena, me preguntó: “¿su bebé va a nacer aquí?” Le dije que sí. Acotó: “le deseo mucha suerte a ud. y su bebé”. No podía existir mejor bienvenida por parte de un perfecto desconocido... 

Cuando volví a Chile, después de muchos años de vivir en Francia, me sentí ofendida cada vez que escuché un comentario desagradable sobre Francia o los franceses. Hoy no me siento ofendida por lo que se ha escuchado sobre Argentina, en distintos lados, en el contexto del Mundial, porque a ninguno de los míos se le ocurriría hacerse eco de la canallada a la que estamos asistiendo. Cabe sin embargo la aclaración y valga como declaración de amor. Entre las muchas cosas que amo en este país y en su gente, una peculiar forma de insultar sin insultar (además de las otras que también existen, ¡claro!...). Recuerdo el hecho, una noche, un auto casi se lleva por delante a una chica en bicicleta. Palabras van, palabras vienen. La chica se acomoda y le asesta al hombre: “¡Sos un caradura!” La amé. Aunque también amo la posibilidad del “enfoiré de ta race!!!” (justo…) y el “qué te pasa hueón conch…….” (con todas sus variantes). Se me hace que las tres expresiones y unas cuantas más le caben a quienes se hacen cómplices de difundir o repetir palabras que son agravio. Y nada más.

 

Antonia

 

 

viernes, 10 de julio de 2026

Un amor así

 

El tío Liam fue en sus mejores días un cientificista cabal y, en sus peores momentos, un materialista que negaba los fenómenos del espíritu humano. Fascinado por la renovación tecnológica de mediados del siglo pasado –esa que para él indicaba la evolución de la especie-, solía comprar artefactos que en el vecindario le daba a la familia un aura de adelantados. Un proyector de diapositivas, otro de películas –aunque sin parlantes, por lo cual veíamos cine mudo- y un magnetófono que llegó a usar sólo unas pocas veces.

Una fue en una cena familiar y de amigos, y él cada tanto se ausentaba de la mesa para llevar a distintos invitados ante el micrófono para que dijeran lo primero que les viniera a la mente. Sus hermanas y hermanos prefirieron entonar las baladas patrióticas tradicionales que cantaban sus padres y que cantaron sus abuelos. La captura lo tiene como maestro de ceremonias de una concurrencia remisa al contacto con el intimidante grabador, y a su adorada hija Maeve como figura estelar: “Yo soy Maeve, y tengo el pelo rubio y los ojos verdes”. Una vez, dos veces. Sigue una descripción de sus habilidades y pertenencias, que se repetirá a lo largo de la cinta y cada vez con menos intervalos. El “Yo soy Maeve” se oye como un ritornello en degradé: “Yo soy” y, al final, solo “Yo”.

Han pasado más de cincuenta y cinco años desde aquel encuentro, y me imagino al tío Liam fascinado con los dispositivos actuales que son capaces de telefonear, fotografiar, filmar, grabar audios, escribir textos y unas cuantas cosas más. Y pienso que sería crítico de la fugacidad de estos nuevos registros que son tan etéreos como el momento que aspiran a inmortalizar. Por el contrario, su arcaico magnetófono aún existe y asimismo se conserva la cinta en que grabó sus entrevistas y reportes durante la concurrida y bienaventurada reunión.

Pero el registro de esa noche también es la evidencia material de que algo se le fue de las manos en su afán de equilibrar voces y presencias. Cuando transitaba el tramo final de su vida, el ateo más rodeado de creyentes del mundo entero, reconoció que había deificado a su hija y que, cuando él ya no estuviera, el legado de este reinado ficticio iba a traer muchos problemas. Pero no creo que supiera hasta qué punto esa voz iba a persistir en presentarse de modo invariable como si aquel micrófono la siguiese grabando para perpetuar su fantasía de contar con un público complaciente.

Con el paso del tiempo, lo que perduró no fue la fascinación que Liam sentía por su hijita y que pretendía que los demás compartiéramos. Un amor así, llevó a Maeve de la fulguración a la colisión incesante. Su estela se fue deshilvanando en la medida que no pudo pasar del soliloquio al diálogo, y que tropezó cada vez más seguido con las secuelas de este amor absoluto. Feroz.

 

Neil Collins

miércoles, 24 de junio de 2026

“El cigarrito”

 

¿Qué cuenta “El cigarrito”? La canción de Victor Jara. Como otros, me la sé de memoria. La llevo conmigo aunque no esté en primer plano como sí lo están otras canciones. Hoy se me apareció “El cigarrito”. Se me apareció con toda su ternura y sus cositas, sus detalles, el tabaco, la bolsa tabaquera, el armado, el frío, el gesto… y el inefable estribillo con su pregunta. Como salido de otra canción. Pero no. Es la misma. El hombre arma su cigarrito y, mientras tanto, se pregunta. ¿Se pregunta? ¿Le pregunta? Ella, a quien está dirigida la pregunta, ¿está ahí con él? ¿O no? ¿No es porque ella está ausente que él le cuenta un poco de sus días? Cuando amanece con frío y entonces… ¿La canción sería, a su modo, una carta que él le escribe a ella, y de paso, la pregunta? ¿De paso? ¿No es la pregunta el motivo y lo demás una excusa? ¿Un pudor? El estribillo, ¿no es toda la canción? Eso que no se cuenta, mientras se arma el cigarrito, el gesto de todos los días. Lo que vislumbramos por el estribillo y la música y la ternura de Victor al cantar, eso que la canción no dice. Eso que Victor calló. 

 A.

 

domingo, 10 de mayo de 2026

Sofá

Algo cambió cuando traje el sillón a la casa. Estaba al borde de calle Drago, bajo un árbol, las hojas de otoño salpicaban el tapizado de cuero raído. Era uno de esos sofás que de chica había visto en el escritorio del señor Wenger, el escribano de la mediacuadra. Su casa era enorme, con patio central, habitaciones de techos altos, aberturas y pisos de pino tea, bibliotecas sobrecargadas, secretaire casi cuadrado y un juego de sillones donde uno podía sentirse sapo de otro pozo o rey de la creación.

Uno de esos sofás me esperaba 35 años más tarde, a 600 km de mi barrio natal, abandonado bajo un cielo gris plomizo.

Allá lejos y hace tiempo, yo entraba a lo de Wenger de buena gana, atraída por olores y geografías distintas a las de mi casa, un lugar donde tempranamente me sentí extraña. Vagaba entre el patio y el fondo. Estudiaba el dibujo simétrico de esos colmenares devenidos baldosas, las guirnaldas de latón que allá arriba bordeaban las chapas del techo y las canaletas sedientas. Wenger, pelado, con giba e impecable camisa blanca, levantaba la vista del escritorio y sonreía a mi silueta recortada en el marco de la puerta. Tenía una de esas lámparas metálicas que dejan el rostro en sombras y echan luz sobre el papel y las manos. Me sentía chiquitita en casa ajena. Chiquitita ante las dimensiones de la casa, chiquitita ante la bandeja de galletas humeantes que Cata me extendía en la cocina, chiquitita ante la mirada del escribano que nadie debía molestar, chiquitita ante el mobiliario que más tarde reconocería como clásico, elegante y costoso.

Yo venía de terapia inmersa en aguas turbias. Empequeñecida ante la segunda mitad de vida que sin razón aparente me encontraba frágil. Contaba los adoquines que me acercaban al mate y la ventana del segundo piso; chiquitita tras 40 minutos de lucidez estéril, chiquitita ante las palabras imprecisas y la miopía emocional, chiquitita ante el vértigo de los minutos y el destino que es ahora, y ahora, y ahora...

Quizás por el desamparo que cae sobre los perdidos, mis días se sucedían con precisión matemática. La rutina me daba cierto alivio y repetía un esquema que los martes culminaba con una larguísima caminata desde el consultorio en Belgrano hasta mi casa en Villa Crespo. El zigzag por las mismas calles, el mismo semáforo interrumpiendo el ritmo acompasado, la misma pareja en la misma mesa del mismo bar. Rutina y tedio. Lo que hasta hacía poco tiempo me empujaba al naufragio ahora resultaba una precaria tabla de salvación. Doblé la esquina de Lavalleja y sólo tuve ojos para ese sillón que, ya abandonado, desafiaba el olvido. Entonces, por primera vez en meses, improvisé.

Una vez el señor Wenger se demoró en mí. Me llamó. Crucé el umbral del santuario y apoyé apenas el hombro en el escritorio. Wenger depositó un beso en mi cabeza, me levantó de las axilas y me sentó en el sofá de un cuerpo. La espalda rígida contra el respaldo, las piernas rectas y los pies en el precipicio del almohadón. El tapizado era frío al principio, y duro, pero mientras Wenger revisaba su biblioteca, el cuero tomó la temperatura de mi cuerpo. Y yo tomé la temperatura del templo que visitaría a diario, para avanzar por las láminas de aquel primer libro que Wenger depositó en mis manos, un ejemplar de mil y una páginas memorables, a mis anchas en esa butaca sin tiempo, ajustada a mi fantasía, y en eterno viaje.

Un vecino solícito me ayudó a cargar el sillón hasta el living. Lo puse junto a la ventana, a un paso de la biblioteca. Salí y volví a entrar sólo para verlo por primera vez en mi casa. Ni siquiera le pasé un trapo.

 

Bea

Vivir entre libros

Esa conversación entre amigos 

Vivir entre libros es lo propio de algunos seres, sea que han tenido la suerte de nacer en familias lectoras, sea que se hayan encontrado en determinado momento con algún lector, alguna lectora –esos misioneros que atraviesan las edades– que les cerrara (¿abriera?) el paso. Pero de un siglo a otro, de un tiempo a otro, esta forma de vivir, que puede volverse oficio, está más o menos en armonía, más o menos a contrapelo de todo lo demás. Bea parece ir directamente a contramano de todo lo demás. Pero, como en la imagen que eligió para dar a conocer una de las actividades a la que se dedica, es un paso tan certero, tan inspirado, tan del lado de lo amistoso, que da la impresión que el mundo entero debiera detenerse un segundo para atender a ese personaje que indica lo que, en el camino, no puede faltar. Bea lee. Lee para quienes, por distintas razones, ya no pueden o no quieren hacerlo en soledad. Es un oficio y, en este momento, es su principal trabajo. 

 

Cuenta Bea que los libros siempre estuvieron en su vida. “Soy de una generación en la que eso no era tan raro quizás. El papel era lo nuestro, en la escuela y hasta en la libreta del almacén”, comenta con humor. “Mi viejo fue siempre un gran lector y también se relacionó con la escritura porque era periodista y, ya mayor, investigador de la historia de mi ciudad natal (Concordia, Entre Ríos). Tuvo imprenta, alternando los trabajos de impresión con su militancia en derechos humanos, etc. También editó una revista cultural de la ciudad... Yo crecí conociendo el olor a tinta y mimeógrafo. Recuerdo que en su mesa de luz siempre había libros, todos los temas, todos los títulos, que llamaban mi atención porque, sin leerlos todavía, esos títulos detonaban mi imaginación: “Archipiélago Gulag”, “Casa de muñecas”, “El retorno de los brujos”, “Operación masacre”. Novelas, policiales, política... y también muchas historietas (D’Artagnan, El Tony) y revistas (“Humor”, “Satiricón”, por ejemplo). En cuanto a mí, podía leer lo que quisiera... mi abuela siempre me regalaba libros (yo los elegía, de la colección Billiken, en aquel tiempo). Y frente a mi casa había una escuela y su biblioteca me abastecía de lectura, sobre todo cuentos. Recuerdo una colección de leyendas argentinas de la selva misionera... y los de Constancio Vigil, etc. Creo que fue por imitación de mi papá, pero tenía curiosidad por las historias,  y la geografía de una biblioteca pública (como era la de la escuela) me subyugaba. El silencio, el olor a papel y a muebles de madera. La bibliotecaria se llamaba Camila, ¡mirá vos lo que me vengo a acordar!, ella me sugería lecturas”.

Ahora bien, que esta forma de vivir pudiera también ser un oficio, un trabajo, no fue algo evidente ni un proyecto largamente elaborado. Más bien surgió de la mano de esa otra forma que tenemos las personas de hacer literatura y de cambiar para siempre nuestros destinos… Vino de una conversación. “Un amigo tiene a su papá postrado. Entonces, todo el tiempo está buscando formas de recreación activa”, o sea, por fuera de los cuidados terapéuticos, intenta que su padre no esté embobado frente a la TV. Se le ocurrió que alguien le leyera y me preguntó si me interesaba. Lo cierto es que me gustó la idea y me venía bien”, cuenta Bea, que es también redactora publicitaria y que, como trabajadora independiente, tiene que enfrentar una serie de dificultades, cada vez más álgidas hoy en día. “La idea era tener una frecuencia y ver si el papá se enganchaba. Me dijo que en sus años mozos había sido lector de novelas policiales. Así que visité a Leonardo –así se llama el papá–, para conocernos, proponerle la idea de visitarlo, ver cómo nos relacionábamos, si había química... porque eso es fundamental, y si bien se va creando el vínculo en el tiempo, es muy importante estar cómodos (los dos). Así que con cada visita fuimos encontrando un camino, de acuerdo a sus gustos y también a la duración. La idea, finalmente, es que la lectura genere una conversación, que le permita pensar en otras cosas, que lo mantenga en contacto con gente fuera de su entorno inmediato y/o terapéutico. Una visita lúdica, digamos”.

Aunque esta es una experiencia relativamente reciente, Bea aclara que siempre le gustó leer en voz alta: “antes lo hacía con amigas, con mis sobrinos cuando eran chicos, o ahora con mi mamá pero ella se duerme (risas),  y a mi papá le leí aunque parezca loco (pero sugerido por una amiga psicóloga), Si esto es un hombre, cuando estaba en sus últimos días, no tan conectado mentalmente. Y en el ámbito de talleres literarios, cuando participé en algunos, porque por supuesto, también me gusta la escritura. Tengo algunos cuentos y cosillas”.

Una de esas “cosillas”, va a quedar publicada en este espacio porque nos resulta conmovedora la fidelidad, la tozudez de ciertos recuerdos y, además, reveladora de que a veces, muchas veces, leer está del lado del querer. 

Tratándose de la elección de los textos, Bea cuenta que salvo que una persona haga un pedido específico, ella propone algo corto –más bien cuentos– que le permita “observar la recepción y el gusto, para luego charlar y ver qué reflexiones o conversación detona, si hay palabras raras las buscamos en el diccionario, si la situación relatada se asocia a algún recuerdo o persona del entorno... etc. Es azaroso, Antonia, un ida y vuelta... Y cambio el género, o la complicación del relato, en función de lo que observo”. 

Reflexionando sobre otras experiencias de lectura en voz alta que ha tenido, en particular con un grupo de amigas, Bea recalca de qué manera esos espacios permiten poner en un segundo plano algunos aspectos apremiantes de la realidad. Con humor evoca cierta “regla” de esos encuentros: “teníamos establecida una “tolerancia” de 15-20 minutos para quitarnos el lastre que traíamos del día, esa especie de carga que acumulamos en torno al derrotero diario (trámites, quejas, entuertos laborales, episodios en la calle...) e, inmediatamente después, entrábamos en el mundo paralelo. A veces costaba, pero sin esa regla, hubiera sido imposible disfrutar el tiempo de reunión”.

Otra relación con el tiempo, entonces, otra relación de unos con otros cuando la propuesta tiene como centro un libro. “¿Y qué es un libro para vos, Bea?”, me gustaría saber.

“Un libro puede tener varios significados de acuerdo al momento en el que es leído, y la función que podría cumplir. Podría ser instructivo, por ejemplo. Pero dándole la dimensión asociada a qué elijo leer y por qué recurro a un libro, por gusto, digamos... los libros abren mi mundo (hay momentos en que lo siento estrecho…). Me muestran que no estoy sola (otros pasan por experiencias similares), conecto con eso que está más allá de lo cotidiano. Puedo leer cualquier cosa cuando estoy bien pero cuando ando pachucha, creo que busco aliados, cierto apoyo, cierta confirmación de que mis sospechas son ciertas. No sentirme sola con mis pensamientos. Tal como sucede cuando “conversás en serio” con un amigo. 

 

A.

 pd. se puede leer el cuento de Bea, Sofá, AQUI

viernes, 24 de abril de 2026

¿Y si fuera una milonga?

Hace casi tres años conocimos la Casa del Bicentenario de Avellaneda. Nos habían invitado a la milonga que se hace allí, y que recuerdo como tumultuosa de principio a fin. Mucha gente para entrar, para pedir el pastel de papas y el vaso de bebida que si no me despisto venían incluidos en el precio de la entrada, la pista totalmente ocupada a la hora de la clase para principiantes, y todavía más cuando las tangueras y tangueros –o sea, todos- coparon la parada. 

Este sábado pasado nos invitamos solos y la odisea fue llegar porque esa tarde jugaba Independiente y tuvimos que dar una vuelta larga para sortear los vallados y cortes de calles. La Casa del Bicentenario sigue igual de hermosa que entonces, pero esta vez nos pareció más grande. Es el problema de los puntuales y de los que desconocen los ritos que manejan los habitués, quienes se toman su tiempo como harán durante el resto de su disfrutada noche.

Desde luego hay algo así como estaciones que irán pautando el transcurrir de las horas (la clase de inicio, el baile de a tres pistas y una -no tanguera- que hace de puente hacia las tres que siguen, la orquesta en vivo), pero acá nadie corre a nadie. Están quienes apenas llegan se cambian los zapatos, pero son las menos. La mayoría relojea el salón, se ubica donde se amucha su círculo de amistades, saluda a conocidos, conversa o escucha, y recién luego se cambia los timbos.   

Digámoslo mejor: hay un ambiente donde inclusive el más otario no puede dejar de percibir que existen códigos, sobreentendidos bien fundamentados que suponen entendimientos mutuos nacidos del roce y del encuentro frecuente. Pero hay algo más. Es una ética del cuidado del compañero y la compañera que están allí por las mismas razones que uno se regaló a sí mismo pasarla como los dioses bailando la danza que más nos identifica en esta orilla del universo.

Son un montón de gestos chiquitos, casi imperceptibles, que van desde la amorosa recepción del recién llegado y que todavía no manya ni el paso básico, hasta las complicidades entre compañeras y compañeros que están ahí –“taconeando espero” y de repente se acercan unas a otros (o a otras), sacan el bastón de mariscal tanguero y pelan unos pasos que son una delicia porque, todo hay que decirlo, aquí se goza de muchos modos, también mirando bailar.

Esta crónica tiene una parte que es una celebración íntima (el placer de ver la elegancia en los desplazamientos rítmicos de Malena, quien además musicalizó la juntada), y otra parte que es una provocación a la autora de “Lo que cae del cielo o formas de bailar el tango”: ¿de qué nos estamos olvidando, Antonia?

Como la respuesta puede demorarse, digamos que entrar a la milonga es penetrar en un tiempo aparte, donde rigen otras leyes y ni siquiera molestan los bombos de los hinchas del rojo que salen de la cancha. Son un eco de fondo, como en una película de Solanas, mientras adentro suenan unos tangazos, unos valsecitos y hasta unas chacareras preciosas que hacen que uno se pregunte: ¿Y si la vida fuera una milonga? ¿Y si lo demás todo lo demás es puro verso?

 

Carlos Semorile

miércoles, 1 de abril de 2026

Vientos blancos

 


En un país de inmensidades como es el nuestro, no es extraño que dos obras lleven casi el mismo nombre: “El viento blanco”, de Juan Carlos Dávalos, que narra una travesía de arrieros norteños que cruzan una tropilla de reses a través de la Cordillera, y la pieza teatral “Viento blanco”, de Santiago Loza, un unipersonal que cuenta con la dirección de Valeria Lois y Santiago Rausch, y que interpreta magistralmente Mariano Saborido.

Debemos poner comillas la palabra “monólogo” porque nos parece que en el soliloquio del personaje de Mario hay mucho de diálogos pasados, pero actualizados en su presente atravesado por la inclemencia del viento blanco del Sur, y porque por su voz también pasan las palabras de sus dos interlocutores principales: su madre y su único y amado amigo; si los escuchamos es gracias a los prodigiosos cambios de registro de Saborido.

Esto se insinúa desde el inicio mismo de la representación, ya que es el propio actor quien nos sumerge en el sonido ululante que preside un territorio desolado y hostil donde ni flores crecen. En un momento en el que muchas puestas apelan a sofisticados artificios técnicos, se percibe que lo que estamos a punto de ver (aún sin saber si va a gustarnos o no) es una genuina expresión de lo que entendemos por teatro. Y se agradece tanto…

Después resulta que la trama va escalando a través del despliegue siempre amplio, y entregado y generoso, de las capacidades actorales de Mariano Saborido. Hay un talento (que ha sido reconocido y premiado), pero sobre todo no hay desbordes que busquen la complacencia fácil del público ni la aprobación de la conducta, no siempre sencilla, del personaje. En este sentido, la puesta le hace justicia al texto que dio origen a la obra.

Ese don nos hizo ver inmensidades y locaciones cerradas, una iglesia abandonada y una cueva enclavada frente a la vastedad del mar. Y como en el relato de Dávalos, más allá de las obvias diferencias, sentimos la condena de esos vientos blancos, entre la violencia y la acaso posible redención.

 

Carlos Semorile