domingo, 10 de mayo de 2026

Sofá

Algo cambió cuando traje el sillón a la casa. Estaba al borde de calle Drago, bajo un árbol, las hojas de otoño salpicaban el tapizado de cuero raído. Era uno de esos sofás que de chica había visto en el escritorio del señor Wenger, el escribano de la mediacuadra. Su casa era enorme, con patio central, habitaciones de techos altos, aberturas y pisos de pino tea, bibliotecas sobrecargadas, secretaire casi cuadrado y un juego de sillones donde uno podía sentirse sapo de otro pozo o rey de la creación.

Uno de esos sofás me esperaba 35 años más tarde, a 600 km de mi barrio natal, abandonado bajo un cielo gris plomizo.

Allá lejos y hace tiempo, yo entraba a lo de Wenger de buena gana, atraída por olores y geografías distintas a las de mi casa, un lugar donde tempranamente me sentí extraña. Vagaba entre el patio y el fondo. Estudiaba el dibujo simétrico de esos colmenares devenidos baldosas, las guirnaldas de latón que allá arriba bordeaban las chapas del techo y las canaletas sedientas. Wenger, pelado, con giba e impecable camisa blanca, levantaba la vista del escritorio y sonreía a mi silueta recortada en el marco de la puerta. Tenía una de esas lámparas metálicas que dejan el rostro en sombras y echan luz sobre el papel y las manos. Me sentía chiquitita en casa ajena. Chiquitita ante las dimensiones de la casa, chiquitita ante la bandeja de galletas humeantes que Cata me extendía en la cocina, chiquitita ante la mirada del escribano que nadie debía molestar, chiquitita ante el mobiliario que más tarde reconocería como clásico, elegante y costoso.

Yo venía de terapia inmersa en aguas turbias. Empequeñecida ante la segunda mitad de vida que sin razón aparente me encontraba frágil. Contaba los adoquines que me acercaban al mate y la ventana del segundo piso; chiquitita tras 40 minutos de lucidez estéril, chiquitita ante las palabras imprecisas y la miopía emocional, chiquitita ante el vértigo de los minutos y el destino que es ahora, y ahora, y ahora...

Quizás por el desamparo que cae sobre los perdidos, mis días se sucedían con precisión matemática. La rutina me daba cierto alivio y repetía un esquema que los martes culminaba con una larguísima caminata desde el consultorio en Belgrano hasta mi casa en Villa Crespo. El zigzag por las mismas calles, el mismo semáforo interrumpiendo el ritmo acompasado, la misma pareja en la misma mesa del mismo bar. Rutina y tedio. Lo que hasta hacía poco tiempo me empujaba al naufragio ahora resultaba una precaria tabla de salvación. Doblé la esquina de Lavalleja y sólo tuve ojos para ese sillón que, ya abandonado, desafiaba el olvido. Entonces, por primera vez en meses, improvisé.

Una vez el señor Wenger se demoró en mí. Me llamó. Crucé el umbral del santuario y apoyé apenas el hombro en el escritorio. Wenger depositó un beso en mi cabeza, me levantó de las axilas y me sentó en el sofá de un cuerpo. La espalda rígida contra el respaldo, las piernas rectas y los pies en el precipicio del almohadón. El tapizado era frío al principio, y duro, pero mientras Wenger revisaba su biblioteca, el cuero tomó la temperatura de mi cuerpo. Y yo tomé la temperatura del templo que visitaría a diario, para avanzar por las láminas de aquel primer libro que Wenger depositó en mis manos, un ejemplar de mil y una páginas memorables, a mis anchas en esa butaca sin tiempo, ajustada a mi fantasía, y en eterno viaje.

Un vecino solícito me ayudó a cargar el sillón hasta el living. Lo puse junto a la ventana, a un paso de la biblioteca. Salí y volví a entrar sólo para verlo por primera vez en mi casa. Ni siquiera le pasé un trapo.

 

Bea

Vivir entre libros

Esa conversación entre amigos 

Vivir entre libros es lo propio de algunos seres, sea que han tenido la suerte de nacer en familias lectoras, sea que se hayan encontrado en determinado momento con algún lector, alguna lectora –esos misioneros que atraviesan las edades– que les cerrara (¿abriera?) el paso. Pero de un siglo a otro, de un tiempo a otro, esta forma de vivir, que puede volverse oficio, está más o menos en armonía, más o menos a contrapelo de todo lo demás. Bea parece ir directamente a contramano de todo lo demás. Pero, como en la imagen que eligió para dar a conocer una de las actividades a la que se dedica, es un paso tan certero, tan inspirado, tan del lado de lo amistoso, que da la impresión que el mundo entero debiera detenerse un segundo para atender a ese personaje que indica lo que, en el camino, no puede faltar. Bea lee. Lee para quienes, por distintas razones, ya no pueden o no quieren hacerlo en soledad. Es un oficio y, en este momento, es su principal trabajo. 

 

Cuenta Bea que los libros siempre estuvieron en su vida. “Soy de una generación en la que eso no era tan raro quizás. El papel era lo nuestro, en la escuela y hasta en la libreta del almacén”, comenta con humor. “Mi viejo fue siempre un gran lector y también se relacionó con la escritura porque era periodista y, ya mayor, investigador de la historia de mi ciudad natal (Concordia, Entre Ríos). Tuvo imprenta, alternando los trabajos de impresión con su militancia en derechos humanos, etc. También editó una revista cultural de la ciudad... Yo crecí conociendo el olor a tinta y mimeógrafo. Recuerdo que en su mesa de luz siempre había libros, todos los temas, todos los títulos, que llamaban mi atención porque, sin leerlos todavía, esos títulos detonaban mi imaginación: “Archipiélago Gulag”, “Casa de muñecas”, “El retorno de los brujos”, “Operación masacre”. Novelas, policiales, política... y también muchas historietas (D’Artagnan, El Tony) y revistas (“Humor”, “Satiricón”, por ejemplo). En cuanto a mí, podía leer lo que quisiera... mi abuela siempre me regalaba libros (yo los elegía, de la colección Billiken, en aquel tiempo). Y frente a mi casa había una escuela y su biblioteca me abastecía de lectura, sobre todo cuentos. Recuerdo una colección de leyendas argentinas de la selva misionera... y los de Constancio Vigil, etc. Creo que fue por imitación de mi papá, pero tenía curiosidad por las historias,  y la geografía de una biblioteca pública (como era la de la escuela) me subyugaba. El silencio, el olor a papel y a muebles de madera. La bibliotecaria se llamaba Camila, ¡mirá vos lo que me vengo a acordar!, ella me sugería lecturas”.

Ahora bien, que esta forma de vivir pudiera también ser un oficio, un trabajo, no fue algo evidente ni un proyecto largamente elaborado. Más bien surgió de la mano de esa otra forma que tenemos las personas de hacer literatura y de cambiar para siempre nuestros destinos… Vino de una conversación. “Un amigo tiene a su papá postrado. Entonces, todo el tiempo está buscando formas de recreación activa”, o sea, por fuera de los cuidados terapéuticos, intenta que su padre no esté embobado frente a la TV. Se le ocurrió que alguien le leyera y me preguntó si me interesaba. Lo cierto es que me gustó la idea y me venía bien”, cuenta Bea, que es también redactora publicitaria y que, como trabajadora independiente, tiene que enfrentar una serie de dificultades, cada vez más álgidas hoy en día. “La idea era tener una frecuencia y ver si el papá se enganchaba. Me dijo que en sus años mozos había sido lector de novelas policiales. Así que visité a Leonardo –así se llama el papá–, para conocernos, proponerle la idea de visitarlo, ver cómo nos relacionábamos, si había química... porque eso es fundamental, y si bien se va creando el vínculo en el tiempo, es muy importante estar cómodos (los dos). Así que con cada visita fuimos encontrando un camino, de acuerdo a sus gustos y también a la duración. La idea, finalmente, es que la lectura genere una conversación, que le permita pensar en otras cosas, que lo mantenga en contacto con gente fuera de su entorno inmediato y/o terapéutico. Una visita lúdica, digamos”.

Aunque esta es una experiencia relativamente reciente, Bea aclara que siempre le gustó leer en voz alta: “antes lo hacía con amigas, con mis sobrinos cuando eran chicos, o ahora con mi mamá pero ella se duerme (risas),  y a mi papá le leí aunque parezca loco (pero sugerido por una amiga psicóloga), Si esto es un hombre, cuando estaba en sus últimos días, no tan conectado mentalmente. Y en el ámbito de talleres literarios, cuando participé en algunos, porque por supuesto, también me gusta la escritura. Tengo algunos cuentos y cosillas”.

Una de esas “cosillas”, va a quedar publicada en este espacio porque nos resulta conmovedora la fidelidad, la tozudez de ciertos recuerdos y, además, reveladora de que a veces, muchas veces, leer está del lado del querer. 

Tratándose de la elección de los textos, Bea cuenta que salvo que una persona haga un pedido específico, ella propone algo corto –más bien cuentos– que le permita “observar la recepción y el gusto, para luego charlar y ver qué reflexiones o conversación detona, si hay palabras raras las buscamos en el diccionario, si la situación relatada se asocia a algún recuerdo o persona del entorno... etc. Es azaroso, Antonia, un ida y vuelta... Y cambio el género, o la complicación del relato, en función de lo que observo”. 

Reflexionando sobre otras experiencias de lectura en voz alta que ha tenido, en particular con un grupo de amigas, Bea recalca de qué manera esos espacios permiten poner en un segundo plano algunos aspectos apremiantes de la realidad. Con humor evoca cierta “regla” de esos encuentros: “teníamos establecida una “tolerancia” de 15-20 minutos para quitarnos el lastre que traíamos del día, esa especie de carga que acumulamos en torno al derrotero diario (trámites, quejas, entuertos laborales, episodios en la calle...) e, inmediatamente después, entrábamos en el mundo paralelo. A veces costaba, pero sin esa regla, hubiera sido imposible disfrutar el tiempo de reunión”.

Otra relación con el tiempo, entonces, otra relación de unos con otros cuando la propuesta tiene como centro un libro. “¿Y qué es un libro para vos, Bea?”, me gustaría saber.

“Un libro puede tener varios significados de acuerdo al momento en el que es leído, y la función que podría cumplir. Podría ser instructivo, por ejemplo. Pero dándole la dimensión asociada a qué elijo leer y por qué recurro a un libro, por gusto, digamos... los libros abren mi mundo (hay momentos en que lo siento estrecho…). Me muestran que no estoy sola (otros pasan por experiencias similares), conecto con eso que está más allá de lo cotidiano. Puedo leer cualquier cosa cuando estoy bien pero cuando ando pachucha, creo que busco aliados, cierto apoyo, cierta confirmación de que mis sospechas son ciertas. No sentirme sola con mis pensamientos. Tal como sucede cuando “conversás en serio” con un amigo. 

 

A.

 pd. se puede leer el cuento de Bea, Sofá, AQUI

viernes, 24 de abril de 2026

¿Y si fuera una milonga?

Hace casi tres años conocimos la Casa del Bicentenario de Avellaneda. Nos habían invitado a la milonga que se hace allí, y que recuerdo como tumultuosa de principio a fin. Mucha gente para entrar, para pedir el pastel de papas y el vaso de bebida que si no me despisto venían incluidos en el precio de la entrada, la pista totalmente ocupada a la hora de la clase para principiantes, y todavía más cuando las tangueras y tangueros –o sea, todos- coparon la parada. 

Este sábado pasado nos invitamos solos y la odisea fue llegar porque esa tarde jugaba Independiente y tuvimos que dar una vuelta larga para sortear los vallados y cortes de calles. La Casa del Bicentenario sigue igual de hermosa que entonces, pero esta vez nos pareció más grande. Es el problema de los puntuales y de los que desconocen los ritos que manejan los habitués, quienes se toman su tiempo como harán durante el resto de su disfrutada noche.

Desde luego hay algo así como estaciones que irán pautando el transcurrir de las horas (la clase de inicio, el baile de a tres pistas y una -no tanguera- que hace de puente hacia las tres que siguen, la orquesta en vivo), pero acá nadie corre a nadie. Están quienes apenas llegan se cambian los zapatos, pero son las menos. La mayoría relojea el salón, se ubica donde se amucha su círculo de amistades, saluda a conocidos, conversa o escucha, y recién luego se cambia los timbos.   

Digámoslo mejor: hay un ambiente donde inclusive el más otario no puede dejar de percibir que existen códigos, sobreentendidos bien fundamentados que suponen entendimientos mutuos nacidos del roce y del encuentro frecuente. Pero hay algo más. Es una ética del cuidado del compañero y la compañera que están allí por las mismas razones que uno se regaló a sí mismo pasarla como los dioses bailando la danza que más nos identifica en esta orilla del universo.

Son un montón de gestos chiquitos, casi imperceptibles, que van desde la amorosa recepción del recién llegado y que todavía no manya ni el paso básico, hasta las complicidades entre compañeras y compañeros que están ahí –“taconeando espero” y de repente se acercan unas a otros (o a otras), sacan el bastón de mariscal tanguero y pelan unos pasos que son una delicia porque, todo hay que decirlo, aquí se goza de muchos modos, también mirando bailar.

Esta crónica tiene una parte que es una celebración íntima (el placer de ver la elegancia en los desplazamientos rítmicos de Malena, quien además musicalizó la juntada), y otra parte que es una provocación a la autora de “Lo que cae del cielo o formas de bailar el tango”: ¿de qué nos estamos olvidando, Antonia?

Como la respuesta puede demorarse, digamos que entrar a la milonga es penetrar en un tiempo aparte, donde rigen otras leyes y ni siquiera molestan los bombos de los hinchas del rojo que salen de la cancha. Son un eco de fondo, como en una película de Solanas, mientras adentro suenan unos tangazos, unos valsecitos y hasta unas chacareras preciosas que hacen que uno se pregunte: ¿Y si la vida fuera una milonga? ¿Y si lo demás todo lo demás es puro verso?

 

Carlos Semorile

miércoles, 1 de abril de 2026

Vientos blancos

 


En un país de inmensidades como es el nuestro, no es extraño que dos obras lleven casi el mismo nombre: “El viento blanco”, de Juan Carlos Dávalos, que narra una travesía de arrieros norteños que cruzan una tropilla de reses a través de la Cordillera, y la pieza teatral “Viento blanco”, de Santiago Loza, un unipersonal que cuenta con la dirección de Valeria Lois y Santiago Rausch, y que interpreta magistralmente Mariano Saborido.

Debemos poner comillas la palabra “monólogo” porque nos parece que en el soliloquio del personaje de Mario hay mucho de diálogos pasados, pero actualizados en su presente atravesado por la inclemencia del viento blanco del Sur, y porque por su voz también pasan las palabras de sus dos interlocutores principales: su madre y su único y amado amigo; si los escuchamos es gracias a los prodigiosos cambios de registro de Saborido.

Esto se insinúa desde el inicio mismo de la representación, ya que es el propio actor quien nos sumerge en el sonido ululante que preside un territorio desolado y hostil donde ni flores crecen. En un momento en el que muchas puestas apelan a sofisticados artificios técnicos, se percibe que lo que estamos a punto de ver (aún sin saber si va a gustarnos o no) es una genuina expresión de lo que entendemos por teatro. Y se agradece tanto…

Después resulta que la trama va escalando a través del despliegue siempre amplio, y entregado y generoso, de las capacidades actorales de Mariano Saborido. Hay un talento (que ha sido reconocido y premiado), pero sobre todo no hay desbordes que busquen la complacencia fácil del público ni la aprobación de la conducta, no siempre sencilla, del personaje. En este sentido, la puesta le hace justicia al texto que dio origen a la obra.

Ese don nos hizo ver inmensidades y locaciones cerradas, una iglesia abandonada y una cueva enclavada frente a la vastedad del mar. Y como en el relato de Dávalos, más allá de las obvias diferencias, sentimos la condena de esos vientos blancos, entre la violencia y la acaso posible redención.

 

Carlos Semorile

martes, 24 de marzo de 2026

“Aquí, se reparan alas”

Una experiencia pedagógica y recreativa en Gral. Rodríguez

  

“He preferido hablar de cosas imposibles 
Porque de lo posible se sabe demasiado”

Silvio Rodríguez

Quizás no sea un exceso decir que Silvio es parte. Parte de una experiencia que tomó ese nombre: “Maestros ala de colibrí”, teniendo en mente una canción suya y toda una trayectoria, en realidad, una forma de vivir. Silvio sería algo así como un miembro inspirador. Una presencia sutil que acompaña y con la que dialoga, muy especialmente, Alejandro, impulsor de este proyecto junto a Neri, amigo, “hermano de la vida” según sus palabras. Años atrás, ambos habían trabajado en una misma escuela en la que Neri era portero y Alejandro docente. Como un símbolo de lo que iba a suceder, esa puerta abierta de la escuela es también lo que estuvo en juego en los inicios de esta experiencia. Tras meses de pandemia y de aislamiento, Neri dio la voz de alerta y requirió a su amigo porque veía la necesidad de hacer algo por y con las infancias del barrio San Carlos, en Gral. Rodríguez, donde vive y trabaja. “Haciendo de todo”, como se dice, y en ese todo, transformando palets en mesas, sillas, sillones o casitas para chicas y chicos, desde su propia casa, vecina de la casa quinta de Alejandro. Un lugar al que los niños y las niñas del barrio pueden llegar. Y donde llegaron, en el transcurso del año 2021, convocados con un objetivo prioritario que, en ese momento, era alfabetizar.

En los inicios: hacer un puente con la escuela

Neri es Nélido de Jesús Cabrera Marín, y su amigo, Alejandro Papadopulos, docente y director – recientemente jubilado – durante veintitrés años del Colegio Integral Nuevos Ayres, ubicado en Monte Castro. En este barrio, y alrededores, se fue gestando la propuesta que involucró a otros docentes. Primero, Laura Benza, actualmente maestra en la escuela Rafael Ruiz de los Llanos (Escuela 4 D.E. 17) y parte también del Patio de los libros, otra experiencia dirigida a las infancias en el barrio de Villa Santa Rita. Luego las maestras Aldana Daneri (Escuela 3 D.E. 17) y Vanesa Arcusin (Escuela 18 D.E. 17).

 

Primero fue la amistad. Neri y Alejandro

“La cosa era simple”, cuenta Alejandro, y aunque no parece tan simple, podemos imaginar cómo fueron esos primeros momentos y los primeros trayectos desde Villa Real, en el único auto que estaba a disposición (el suyo), para llegar a Gral. Rodríguez, en ese entonces por las tardes (de 14.00 h a 18.00 h), buscando que: “los pibes y pibas se alfabetizaran, hicieran algunas de las tareas que enviaba la escuela a los teléfonos de las familias, tuvieran experiencias literarias, lúdicas, artísticas. A nosotras y nosotros, docentes de primaria, al principio fuimos dos, después tres, también cuatro, nos llamaba la atención el gran interés de pibas y pibes, la disponibilidad que estos ofrecían, también la preocupación por el pronto regreso de la vida escolar, ciertamente irremplazable, que aún parecía lejana”.

Los encuentros sucedían en la casa quinta de Alejandro, a una escala pequeña, vecinal, seis, siete, quizás diez chicos se acercaban en ese momento. Cada participante adulto intervenía según las necesidades que iba observando, según sus saberes y también según sus ganas con vistas a generar espacios donde el aprendizaje fuera un momento feliz. Sin carácter obligatorio: cada persona eligiendo estar. Y en ese estar, la complejidad de las condiciones de vida de las familias involucradas se hacía también patente. Dice Alejandro: “Partimos de una relación, de un vínculo, de un lazo que imaginamos envolvente para abrazar las muchas dificultades que advertíamos en la vida de estas pibas y pibes. Algunas, desde lo más básico, como tener un lugar donde vivir, un techo, una mínima estabilidad para sus vidas y la de sus familias y entonces, ahí también, además de contener, intentamos ayudar desde nuestras posibilidades en esas condiciones de vida”.

“Comunizar nuestras vidas”

Rápidamente, esto llevó a buscar colaboraciones con vecinas y vecinos, tanto en Gral. Rodríguez como en los barrios de residencia de los maestros implicados. Al poco andar, se fue constituyendo una red de personas que, desde sus propios quehaceres, sus propios espacios, fueron articulando acciones comunes. Es así como han sido parte y/o han apoyado esta experiencia indispensables colaboradores. Entre ellos: el merendero “Creando Lazos” a cargo de Giovanna Manguinuri Muchotrigo y Karoline Leon Manguinuri; el Colegio Integral Nuevos Ayres de la mano de María Marta Larramendy, también María Julia Rodríguez con su “Abueleando”, proyecto literario de abuelas “que han sido el deleite de nuestros pibes en diferentes momentos del año” cuenta Alejandro. Entre otras familias del colegio, han estado presentes: Ezequiel Smiriglia “Boina” y Laura y Tadashi, a través de Famiglia social; también ex alumnos como Tobías Bendayan, que estuvo a cargo del taller de inventos; y ex alumnos de Laura, como Azul, hoy 20 años, que ha estado participando acompañando a un grupo de niñas en distintas actividades. Cecilia Besada, artista plástica y profesora de arte, “con la que hemos disfrutado de talleres y proyectos maravillosos”. También Mariela Sued que “desde su pasión por las matemáticas, se incluyó con propuestas y juegos que desafían el pensamiento y la creatividad de pibas y pibes que a veces endulza con un nutritivo y delicioso flan”. Y siempre, los amigos. Hermanas y hermanos de la vida. Como Patricia Fernández, “Pato”, que colabora organizando las colectas para cubrir gastos ocasionados por el traslado semanal, pero también, para colaborar con las familias frente a tal o cual necesidad, y también, algunos años, para la comida. Ya que los encuentros incluían, primero, la merienda y, en la actualidad, desayuno y almuerzo.

 

Casa de la Niñez - Dia de las infancias - 2025

Sobre las colaboraciones, Alejandro resalta el rol de la Casa de la Niñez Libertad Lamarque que, a partir del año 2022, ofreció un espacio los días sábados para llevar ahí la propuesta: “Tras el contacto que estableció Geraldine Cid, colaboradora del proyecto, esto fue posible gracias a la gestión del director en ese momento, Matías Álvarez, y también de Marta, una de la responsable de ese espacio. Luego se sumaron Aldana, Claudia y otros docentes de Gral. Rodríguez. Es de destacar todo el apoyo que nos ha brindado la Casa de la Niñez, hoy dirigida por Ricardo Osso, que sigue abriendo sus puertas cada sábado, poniendo a disposición los espacios, aportando desayunos, almuerzos –preparados por las cocineras de la Casa–, y todos los recursos que tienen a la mano para que nuestras actividades sean posibles. También hace de red de contención y acompaña a pibas, pibes y sus familias, en momentos en que la realidad golpea con fuerza a muchas de ellas. Cabe aquí mencionar la presencia de mamás que se han sumado al equipo colaborando amorosamente con diversidad de tareas: Julieta, en primer término, nunca falta, siempre disponible con una sonrisa y una energía que contagia, también Laura, Noelia, que cuando pueden dicen ‘presente’ y aportan su grano de arena para que la cosa salga. Claro está, muchas y muchos que anónimamente hacen diferentes aportes, tan necesarios y valiosos para la causa”.

No existe, entonces, una manera de participar sino varias. Ni es una experiencia que incluya exclusivamente a docentes. Cada cual, teniendo la voluntad de estar, se involucra según sus posibilidades. Por lo mismo, algunas personas han estado a lo largo de los años y otras han participado por períodos variables. Acorde a sus tiempos y sus ganas. Se puede precisar que, aunque algunas propuestas pueden ser remuneradas, el proyecto se ha sustentado en el voluntariado. Tomando en cuenta el tiempo que cada cual puede poner a disposición cuando se siente convocado.

“Quizá el objetivo central – comenta Alejandro – es comunizar nuestras vidas, enlazarlas haciendo contacto con aquellas aristas que permitan que la vida de los pibes y las pibas del barrio con los cuales compartimos cada sábado sea un poco mejor, abra allí nuevas posibilidades de crecer, de aprender, de entusiasmarse, de curiosear, de jugar, de imaginar una vida para sí y para todos. Nos interesa mucho que las pibas y pibes se encuentren con su poder, encuentren adultos y adultas con los que pueden contar para imaginar una vida, para rebasar el destino que esta sociedad tan desigual les tiene asignado.”

Pícnic - Verano 2026

Una visión que Laura comparte:Si tengo que decir qué fue lo medular para mí, no fue la escuela. Fue el vínculo. Fue animarnos a mirar a cada piba y pibe no desde lo que falta, sino desde lo que late. En un contexto donde todo parecía derrumbarse, donde la pandemia dejó al descubierto desigualdades brutales, nosotras, nosotros elegimos detenernos en lo posible. No creemos que venimos a ‘salvar’ a nadie. Venimos a estar. A ofrecer un espacio cuidado, amoroso, donde las chicas y chicos puedan encontrarse con su potencia. Donde puedan imaginar algo distinto. La escuela estaba, claro. Acompañábamos tareas, leíamos, escribíamos. Pero lo que verdaderamente transformaba era otra cosa: el encuentro. El arte. El juego. La palabra que aparece cuando se siente cuidado el cuerpo. A mí me interesa eso: crear un territorio donde puedan inventar mundos. Donde dibujar no sea una actividad sino una puerta. Donde una historia inventada sea también un ensayo de futuro. Porque cuando una niña puede imaginar, algo se desacomoda en el destino que parecía fijo”.

Aquella torre de cubos...

Taller de arte con Ceci

Historia de Deo y los otros 

Cuenta Laura que Deo tenía seis años cuando la conoció: “No hablaba. Se escondía detrás de una pared, detrás de un banco, detrás de otros cuerpos. Su silencio era denso, como si el mundo fuera demasiado grande. Nunca la apuramos. Le acercábamos hojas, colores, cuentos. A veces se llevaba un lápiz. A veces solo miraba. Durante semanas su manera de estar fue esa: bordeando. Un día se quedó un rato más. Otro día se sentó cerca. Después empezó a mirar a los ojos. Mucho tiempo después abrazó. Recuerdo el día en que se quedó sentada un ratito más cerca. Nadie dijo nada, pero pasó de esconderse a estar”.

Se podría contar otras historias. Incluso hacer un libro entero registrando los pequeños grandes gestos de unos y otros, grandes y chicos, y las transformaciones que se van gestando y resultan posibles, porque, queda claro en este relato: hay confianza. Y esto es también lo que han construido Alejandro, Laura y Aldana, que han estado presentes todos los sábados, y también otros días que no son sábados cuando había una urgencia, junto a Neri, que vive en el barrio, y es un referente para muchos chicos. Esto hace también que se facilite la llegada de cualquier nuevo colaborador, colaboradora. Nadie cae del cielo. El que llega viene invitado por alguno de esos adultos en los que los chicos confían. Y ahí no hay derecho al error. Se puede venir por pocos encuentros según los proyectos. Lo que no se puede es venir en turista ni generando expectativas que no se pueden cumplir. Por eso no basta con soñar ni con amar sino que, parafraseando a Freire, es necesario soñar, amar bien. “Buscamos caminar al lado. Hacer red”, dice Laura. “Ser adultas y adultos disponibles. Ofrecer un suelo simbólico donde apoyarse. Tal vez por eso resuena tanto esa frase de Silvio Rodríguez. Porque lo que vemos, es que al andar, ciertos imposibles se van volviendo posibles. Cada sábado desayunamos juntos, trabajamos en grupos, jugamos, leemos, almorzamos. Entonces, Ala de Colibrí no es un edificio. Es un tejido. Y los tejidos crecen cuando más manos se animan a entrelazarse”.

 

Un momento con Pato

Planeando la próxima jugada... con Aldi

Por lo mismo, a la hora de participar y de convocar – subrayemos que esta propuesta, este proyecto está abierto y precisa de nuevas colaboraciones –, lo que importa no es tanto un curriculum… Sino cierta afinidad de miras. Al respecto, resulta también revelador lo acontecido con los adolescentes. Cuenta Laura: “Con los años empezó a pasar algo que no habíamos previsto: las y los adolescentes no sólo seguían viniendo, sino que empezaron a formar un grupo propio. Un grupo hermoso. De esos que se construyen sin forzarlo. Se fueron encontrando entre ellos/as. Armando códigos. Compartiendo lecturas que ya no eran ‘para chicos’, sino textos que los interpelaban. Debatiendo. Riéndose fuerte. Haciendo chistes. Inventando juegos nuevos para los más pequeños. Acompañando sin que nadie se los pidiera. Con ellos leímos cuentos más complejos, escribimos historias colectivas, pensamos escenas, discutimos ideas, hablamos de lo que duele y de lo que entusiasma. Jugamos también. Mucho. Porque el juego no se termina a los doce años. Se transforma. Hay algo muy potente en verlos llegar temprano un sábado. A veces medio dormidos, pero presentes. Traen mate, traen música, traen preguntas. Se quedan después del almuerzo conversando. Ayudan a ordenar. Se ofrecen para acompañar a los más chicos a cruzar la ruta. Lo más fuerte es ver cómo se miran entre ellos/as. Cómo se cuidan. Cómo van construyendo una pertenencia que no es obligatoria, sino elegida. Y cuando un/una adolescente elige estar en comunidad, leer, jugar, acompañar, imaginar… todo cobra sentido”.

Un momento de charla y de lectura junto a Laura

Respecto a esto último se puede acotar que desde hace un tiempo algunos adolescentes vienen participando en calidad de “profes”, acorde a sus aprendizajes y estudios por fuera de este espacio. Es el caso de Dani, que ofrece desde el año pasado un taller de arte, y del futuro y anhelado taller de panadería a cargo de Tiziano. También  participan en este rol Tati y Priscilla acompañando a los más chicos en distintas actividades.

 

Jóvenes y peques compartiendo el juego

“Cuando alguien se siente reconocido, empieza a florecer”

Así como en los predios por donde pasó María de los Ángeles “Chiqui” González (docente, impulsora del “Tríptico de la Infancia” en Rosario) se “reparan” o se “remiendan” corazones, se podría decir que en Gral. Rodríguez, de la mano de estos maestros, se reparan alas. Silvio Rodríguez (¡!) soñó, en su canción, un taller precisamente para eso. Para reparar alas. Todas las alas. Las propias también. Cualquier día se podrá pensar en hacer el letrero… O no. Mucho se ha pensado y mucho se ha hecho. Mucho debe ser pensado todavía y eso es también este proyecto: un diálogo constante entre sus participantes, un constante “afinar”, o pulir la acción conjunta. Como en las orquestas o en los teatros, cada cual debe descubrir su rol, su forma peculiar de estar, acorde a las particularidades de estas infancias. Sabiendo también que todo aquel que pretende enseñar ha venido a aprender. Y tomando en cuenta los saberes propios del lugar y sus habitantes, todos sus habitantes: los chicos también.

Todos los sábados... una ronda, un rito...

Hoy, los encuentros suceden una vez por semana, los sábados a la mañana, en La Casa de la Niñez. Concurren alrededor de cincuenta chicos, entre 4 años, el más pequeño, y 18 años, los más grandes. Se organizan las actividades por grupos etarios y se busca que haya una rotación. Algunas actividades siguen siendo pensadas en su nexo con la escuela (apoyo escolar, matemáticas, por ejemplo), otras no. Hay deporte, juegos, espacios de arte, espacios de lectura. El año pasado hubo un impresionante taller de cine a cargo de los profes Fernando y Florencia

Taller de cine junto a Fer y Flor

Algunas obras de chicas y chicos - Literatura de cordel

Inspirado en "El pueblo dibujado" de Laura Devetach
 
Taller de arte con Dani

Preludio - Proyecto Árbol con Anto
 

También hay una ronda. Una ronda muy especial que ocurre antes de dar inicio a las actividades, liderada por Alejandro, a la que no es posible restarse. Un rito. Una maravillosa y sorprendente manera de dar inicio a los encuentros (como consta a quien asume la tarea de poner esta nota por escrito… por haber estado ahí, acompañando la dicha ronda… con notable dificultad…). Y cualquiera que viera a Alejandro, en esas rondas, arengando y convocando, entre risas, quién sabe qué potencias sagradas del aire, del cielo y la tierra, sentiría, como Laura, que este corso es irremediable, hermosamente, a contramano:

“Siento que lo que hacemos es, en algún punto, ir a contramano de lo que la sociedad muchas veces propone. Vivimos en una lógica de apuro, de rendimiento, de resultados rápidos, de mostrar, de producir. Y nosotras, nosotros, elegimos detenernos. Escuchar. Mirar a los ojos. Esperar. Abrazar. Elegimos que una conversación valga tanto como una actividad terminada. Que un abrazo valga tanto como una consigna cumplida. Que mirar un árbol juntos no sea una pérdida de tiempo sino una experiencia compartida. Ir a contramano es decir: acá no todo se mide. No todo se evalúa. No todo se acelera. Es ofrecer un espacio donde alguien pueda hablar sin ser interrumpido. Donde un silencio no incomode. Donde el cuerpo pueda descansar. En un mundo que empuja a competir, elegimos cooperar. En una sociedad que muchas veces etiqueta, elegimos mirar singularidades. En un tiempo que corre, elegimos estar. Porque detenerse a escuchar al otro es reconocerlo. Y cuando alguien se siente reconocido, empieza a florecer”.

 

Buenos Aires, marzo 2026

 

Nota preparada por Maestros Ala de Colibrí en conversación con Antonia García Castro para “Nuestro querer” y “Vínculos vecinales”.

 

PARA SABER MÁS

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