Esa conversación
entre amigos
Vivir entre libros es lo propio de algunos seres, sea
que han tenido la suerte de nacer en familias lectoras, sea que se hayan encontrado
en determinado momento con algún lector, alguna lectora –esos misioneros que atraviesan
las edades– que les cerrara (¿abriera?) el paso. Pero de un siglo a otro, de un
tiempo a otro, esta forma de vivir, que puede volverse oficio, está más o menos
en armonía, más o menos a contrapelo de todo lo demás. Bea parece ir directamente
a contramano de todo lo demás. Pero, como en la imagen que eligió para dar a
conocer una de las actividades a la que se dedica, es un paso tan certero, tan
inspirado, tan del lado de lo amistoso, que da la impresión que el mundo entero
debiera detenerse un segundo para atender a ese personaje que indica lo que, en
el camino, no puede faltar. Bea lee. Lee para quienes, por distintas razones,
ya no pueden o no quieren hacerlo en soledad. Es un oficio y, en este momento,
es su principal trabajo.

Cuenta Bea que los libros siempre estuvieron en su
vida. “Soy de una generación en la que eso no era tan raro quizás. El papel era
lo nuestro, en la escuela y hasta en la libreta del almacén”, comenta con
humor. “Mi viejo fue siempre un gran lector y también se relacionó con la escritura
porque era periodista y, ya mayor, investigador de la historia de mi ciudad
natal (Concordia, Entre Ríos). Tuvo imprenta, alternando los trabajos de
impresión con su militancia en derechos humanos, etc. También editó una revista
cultural de la ciudad... Yo crecí conociendo el olor a tinta y
mimeógrafo. Recuerdo que en su mesa de luz siempre había libros, todos los temas, todos los
títulos, que llamaban mi atención porque, sin leerlos todavía, esos títulos
detonaban mi imaginación: “Archipiélago Gulag”, “Casa de muñecas”, “El retorno
de los brujos”, “Operación masacre”. Novelas, policiales, política... y también
muchas historietas (D’Artagnan, El Tony) y revistas (“Humor”, “Satiricón”, por
ejemplo). En cuanto a mí, podía leer lo que quisiera... mi abuela siempre me
regalaba libros (yo los elegía, de la colección Billiken, en aquel tiempo). Y
frente a mi casa había una escuela y su biblioteca me abastecía de lectura,
sobre todo cuentos. Recuerdo una colección de leyendas argentinas de la selva
misionera... y los de Constancio Vigil, etc. Creo que fue por imitación de mi papá, pero tenía curiosidad por las
historias, y la geografía de una biblioteca pública (como era la de la
escuela) me subyugaba. El silencio, el olor a papel y a muebles de madera. La
bibliotecaria se llamaba Camila, ¡mirá vos lo que me vengo a acordar!, ella me
sugería lecturas”.
Ahora bien, que esta forma de vivir pudiera también
ser un oficio, un trabajo, no fue algo evidente ni un proyecto largamente
elaborado. Más bien surgió de la mano de esa otra forma que tenemos las
personas de hacer literatura y de cambiar para siempre nuestros destinos… Vino
de una conversación. “Un amigo tiene a su papá postrado. Entonces, todo el
tiempo está buscando formas de recreación activa”, o sea, por fuera de los
cuidados terapéuticos, intenta que su padre no esté embobado frente a la TV. Se
le ocurrió que alguien le leyera y me preguntó si me interesaba. Lo cierto es
que me gustó la idea y me venía bien”, cuenta Bea, que es también redactora
publicitaria y que, como trabajadora independiente, tiene que enfrentar una
serie de dificultades, cada vez más álgidas hoy en día. “La idea era tener una
frecuencia y ver si el papá se enganchaba. Me dijo que en sus años mozos había
sido lector de novelas policiales. Así que visité a Leonardo –así se llama el
papá–, para conocernos, proponerle la idea de visitarlo, ver cómo nos
relacionábamos, si había química... porque eso es fundamental, y si bien se va
creando el vínculo en el tiempo, es muy importante estar cómodos (los dos). Así que con cada visita fuimos encontrando un camino, de acuerdo a sus gustos y
también a la duración. La idea, finalmente, es que la lectura genere una
conversación, que le permita pensar en otras cosas, que lo mantenga en contacto
con gente fuera de su entorno inmediato y/o terapéutico. Una visita lúdica,
digamos”.
Aunque esta es una experiencia relativamente
reciente, Bea aclara que siempre le gustó leer en voz alta: “antes lo hacía con
amigas, con mis sobrinos cuando eran chicos, o ahora con mi mamá pero ella se
duerme (risas), y a mi papá le leí aunque parezca loco (pero
sugerido por una amiga psicóloga), Si esto es un hombre, cuando estaba
en sus últimos días, no tan conectado mentalmente. Y en el ámbito de talleres
literarios, cuando participé en algunos, porque por supuesto, también me gusta
la escritura. Tengo algunos cuentos y cosillas”.
Una de esas “cosillas”, va a quedar publicada en este espacio porque nos
resulta conmovedora la fidelidad, la tozudez de ciertos recuerdos y, además, reveladora
de que a veces, muchas veces, leer está del lado del querer.
Tratándose de la elección de los textos, Bea cuenta
que salvo que una persona haga un pedido específico, ella propone algo corto –más
bien cuentos– que le permita “observar la recepción y el gusto, para luego charlar
y ver qué reflexiones o conversación detona, si hay palabras raras las buscamos
en el diccionario, si la situación relatada se asocia a algún recuerdo o
persona del entorno... etc. Es azaroso, Antonia, un ida y vuelta... Y
cambio el género, o la complicación del relato, en función de lo que observo”.
Reflexionando sobre otras experiencias de
lectura en voz alta que ha tenido, en particular con un grupo de amigas, Bea
recalca de qué manera esos espacios permiten poner en un segundo plano algunos
aspectos apremiantes de la realidad. Con humor evoca cierta “regla” de esos
encuentros: “teníamos establecida una “tolerancia” de 15-20 minutos para
quitarnos el lastre que traíamos del día, esa especie de carga que acumulamos
en torno al derrotero diario (trámites, quejas, entuertos laborales, episodios
en la calle...) e, inmediatamente después, entrábamos en el mundo paralelo. A
veces costaba, pero sin esa regla, hubiera sido imposible disfrutar el tiempo
de reunión”.
Otra relación con el tiempo, entonces,
otra relación de unos con otros cuando la propuesta tiene como centro un libro.
“¿Y qué es un libro para vos, Bea?”, me gustaría saber.
“Un libro puede tener varios significados
de acuerdo al momento en el que es leído, y la función que podría cumplir.
Podría ser instructivo, por ejemplo. Pero dándole la dimensión asociada a qué
elijo leer y por qué recurro a un libro, por gusto, digamos... los libros abren
mi mundo (hay momentos en que lo siento estrecho…). Me muestran que no estoy
sola (otros pasan por experiencias similares), conecto con eso que está más
allá de lo cotidiano. Puedo leer cualquier cosa cuando estoy bien pero cuando
ando pachucha, creo que busco aliados, cierto apoyo, cierta confirmación de que
mis sospechas son ciertas. No sentirme sola con mis pensamientos. Tal como
sucede cuando “conversás en serio” con un amigo.
A.
pd. se puede leer el cuento de Bea, “Sofá”, AQUI