jueves, 21 de febrero de 2019

Fragmento de lectura

 “(…) Ahora se muere en quinientas cincuenta y nueve camas. En serie, naturalmente. Es evidente que, a causa de una producción tan intensa, cada muerte individual no queda tan bien acabada. ¿Quién concede todavía importancia a una muerte bien acabada? Nadie. Hasta los ricos, que podrían sin embargo permitirse ese lujo, comienzan a hacerse descuidados e indiferentes; el deseo de tener una muerte propia es cada vez más raro. Dentro de poco será tan raro como una vida personal. (…) Se muere según viene la cosa, se muere de la muerte que forma parte de la enfermedad que se sufre (Pues desde que se conocen todas las enfermedades se sabe perfectamente que las diferentes salidas mortales dependen de las enfermedades, y no de los hombres; y el enfermo, por decirlo así, no tiene nada que hacer).

En los sanatorios, donde se muere tan a gusto y con tanto agradecimiento hacia los médicos y enfermeras, se muere habitualmente de una de las muertes asignadas al establecimiento; está muy bien visto. Cuando se muere en casa, es natural que se escoja esa muerte cortés de la buena sociedad, con la que en cierto modo se inaugura ya un entierro de primera clase y toda la serie de sus admirables tradiciones. Entonces, los pobres se paran delante de estas casas y se sacian con estos espectáculos. Su muerte propia es, naturalmente, trivial, sin todos los requisitos (…).

Antes, se sabía –o quizás, solamente se sospechaba– que cada cual contenía su muerte, como el fruto su semilla. Los niños tenían una pequeña; los adultos, una grande. Las mujeres la llevaban en su seno, los hombres en su pecho. Uno tenía su muerte, y esta conciencia daba una dignidad singular, un silencioso orgullo”.

 “La muerte de Christoph Detlev vivía ahora en Ulsgaard (...) y hablaba a todos y exigía. Exigía ser llevada, exigía la habitación azul; exigía el saloncito, exigía la sala grande. Exigía los perros, exigía que se riese, que se hablase, que se jugase, que se callase y todo a la vez. Exigía ver amigos, mujeres y muertos, y exigía morir ella misma (…) No era la muerte de cualquier hidrópico, sino una muerte terrible e imperial que el chambelán había llevado consigo y nutrido en él durante toda su vida (…) ¿Cómo habría mirado el chambelán Brigge a cualquiera que le hubiese pedido morir de una muerte distinta a aquella? Murió de su pesada muerte”.

Rainer Maria Rilke


Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge (Buenos Aires, Losada, 1941, pp. 30-31/34-36)


viernes, 18 de enero de 2019

El hombre que dejó de tener miedo



El maestro de escuela Albert Lory* es un reconocido cobarde. Tímido, dominado por una madre posesiva, vive en plena ocupación alemana, a merced de sus pavores. Ni siquiera logra controlar a sus estudiantes que lo esperan cada clase en un completo caos de gritos, desorden y envíos de aviones de papel por toda la sala. Albert Lory está enamorado de su colega, Louise, pero mantiene ese sentimiento oculto tras una fraterna amistad. Finalmente, algo remueve su existencia anodina: el hermano de Louise, activo miembro de la resistencia, es delatado por el novio de ésta y, en un arrebato de indignación por la traición causada, Albert se ve envuelto en un malentendido que lo conduce a un equívoco juicio por homicidio. En ese momento, escoge el desacato a la autoridad. Y en lugar de facilitar su propia defensa, se explaya en un discurso anti-fascista que lo conduce a la pena máxima. 

La película termina con el último día de clases de Lory, antes de ser llevado al paredón de fusilamiento. En la escena final, ese profesor que acostumbraba a mostrarse nervioso e inseguro, entra al aula, solemne, calmado, a dictar su última lección en sus últimos minutos de vida. Y ocurre algo extraordinario: los alumnos –sus alumnos– están sentados, callados, inmóviles, prestando una atención sin precedente a lo que todos sabían eran las últimas palabras. Y cuando los soldados van a buscarlo para llevarlo a su ejecución, los muchachos se ponen de pie en un acto de absoluto e incondicional reconocimiento, en un instante de aclamación silenciosa.

 “La lucha es dura. No sólo hay que luchar contra el hambre y la tiranía. Hemos de luchar primero contra nosotros mismos” es el argumento de ese hombre ante el tribunal, enumerando e incriminando, durante los alegatos, uno a uno a los asistentes oportunistas y aprovechados de la guerra. Increpando la bajeza humana desde su propia insignificancia ante el desconcierto y escándalo de un pueblo completo que se piensa la gente de bien. ¿Por qué pierde el miedo Lory? ¿Qué desencadenó ese cambio? ¿Fue realmente un ímpetu de justicia? ¿Puede la ira inspirar nobleza? ¿Fue una mujer? ¿Puede un desconsuelo amoroso ser tan determinante en tiempos de muerte? ¿Qué puede a uno llegar a importarle tanto?


 Valeria Matus


* “This land is mine”, Jean Renoir, 1943. Fotografía: Charles Laughton como el profesor Lory y Maureen O´Hara como Louise en la escena final.



sábado, 12 de enero de 2019

Contar con vos


Deliciosa, sería la palabra, para definir la conversación que tuvimos anoche con una pareja de amigos, desde hace poco instalados en Buenos Aires. Y entre un tema y otro, mientras los pocillos de greda de Pomaire nos permitían compartir lo que había, por acá el tomate, por allá la lechuga, nada de otro mundo, pero todo colorido, de vez en cuando alguna palabra giraba en torno a la Luna. Que si la Luna me era grata. Que si me llevaba bien con la Luna. Que si no hacía demasiados desastres. No todo junto sino una que otra palabra, según los caprichos de la Luna, que anoche lloraba porque vaya a saber uno donde, en qué lejana provincia, estaba lloviendo y ella lo presentía y no tengo forma de hacerle entender que ya es bastante llorar cuando se desata la tormenta como para andar quejándose “por si acaso”, bajo cielos todavía despejados. Hasta que la Luna se acomodó en un lugar donde nadie la veía. Y al rato, el silencio llamando la atención, mi invitada, una joven bella y graciosa, me la señaló con el dedo: está ahí, bajo tu silla. Sí. Una costumbre, le dije, que tomó cuando era cachorra. Como verás, añadí, no me tiene mucho miedo (a pesar de llamados de atención), sabe que, en el fondo, la quiero. Así entre una cosa y otra transcurrió la velada. Y hoy, temprano, repitiendo algunos gestos de todos los días, abriendo (subiendo) las cortinas frente a esta bella mañana soleada, pensé que no era exactamente eso. La verdad es que no sé si quiero a la Luna. Lo que sí sé es que la Luna puede contar conmigo. Sabe que en caso de tormenta (aunque todavía esté lejos) habrá un lugar bajo mi silla y que algo mío puede protegerla de sus miedos. Sabe que no me olvidaré de ponerle comida y agua. Que si llego a ausentarme, tomaré las precauciones para que otros repitan esos gestos. Y a la Luna, en definitivas cuentas, no le faltará nada. Pensaba, ya sentada frente a mi ventana mirando ese paisaje tan bonito, hecho por mano amiga, en lo importante que es contar con un ser humano, sin tantas declaraciones de por medio. Y, más allá de la Luna, en lo reconfortante que resulta también para uno que otro pueda contar con vos. Simplemente, contar con vos.  

Cándida