jueves, 18 de enero de 2018

Las voces que vienen con nosotros...







Espacio en el que viví muy poco tiempo pero de una rara intensidad. Casi como un beduino, con lo imprescindible -agua, abrigo o frescor, según las estaciones, un poco de comida y silencio, ese silencio que permite escuchar los mil y un murmullos de la naturaleza, el silencio interior, en el que se explayan las voces que vienen con nosotros, siempre dulces hasta en la recriminación, porque tienen razón. Espacio como una carpa, llena de objetos, pero pocos porque el espacio es mínimo y el todo hace un universo, y los objetos como amontonados pero con un orden riguroso, que conversan entre ellos, objetos -ninguno era mío- cargados de tiempo testigos de todo. Y la hora de la siesta, el mejor momento, dos rayos de luz que retratan las cosas y sus sombras mínimas en los muros, blanqueados a la cal y escondiendo todo sortilegio imaginable en el dibujo de sus manchas de humedad. Todo ese espectáculo de movimiento, luz y silencio duraba no más de 8 o 10 minutos hasta que quedaba una luz tibia, pacífica, melancólica y sensual. Entonces vibraba el aire de la tarde y era un lejano relincho, el viento en los árboles, los pájaros, algún gallito.
Los recuerdos...
Las voces amadas...


Miguel Praino 

domingo, 10 de diciembre de 2017

Nuestros sueños


Junto con recomendar a nuestros lectores porteños que no se pierdan la última función de "La Isla desierta" (sábado 16 de diciembre), de Roberto Arlt, por el grupo de titiriteros del Teatro San Martín, bajo la dirección de Adelaida Mangani, les compartimos este pensamiento que es parte de la escenografía y eje de la obra:

Perder un sueño es como perder una fortuna, qué digo, es peor. Nuestro pecado es haber perdido nuestros sueños. Sin embargo hay que ser fuertes y aunque uno se sienta cansado decirse: “Estoy cansado ahora, estoy arrepentido ahora, pero no lo estaré mañana”.

Roberto Arlt 

viernes, 8 de diciembre de 2017

Un libro para Uma




“¿Vos hacés libros?”, me pregunta nuestra sobrina Uma, que de repente se ha puesto seria. “El Tío Pablo hace películas”, agrega con calculado suspenso. Y el remate es antológico y acojonante: “¿Vos me podés hacer un libro para mí? Un libro que sea de cuentos infantiles”. Eso me pasa por gastarla, pienso. Hasta hace un rato me reía diciéndole que la torta de almendras, chocolate y frutillas era obra mía. Le hacía gestos como de revolver la mezcla laboriosamente, inventaba ingredientes, metía la gamba. Pero, ahora, ¿de qué me disfrazo? ¿De dónde voy a sacar historias que le puedan interesar a esta preciosa?        

Por distintos motivos, he leído algunos libros infantiles en el último tiempo  y, cada uno a su manera, todos me resultan tiernos, atrevidos y osados –en el sentido de delirantes-, creativos y concisos, y efectistas en el mejor sentido del término. Esa gente sabe lo que hace, y lo hace de maravilla. Y también sus dibujantes. Parece ser que arman duplas imbatibles. Unos ponen la historia, y los otros la dibujan, ¿será así?

Me imagino un libro, entonces, donde le cuente a Uma algunas cosas ciertas y otras cosas imaginadas (“un poco con amor, un poco con verdad”), todas escritas “en cascada” y dejando muchos espacios libres como para que sea ella la que haga los dibujos en su propio “libro”. ¿Le gustará esta idea, o será que anhela un trabajo “terminado y todo”?

 Podría contarle, como hacía Brigi con Vito, “El cuento del pedito”, pero eso sería si supiera cómo era esa historia que terminaba en una sonora onomatopeya. Eso es narrativa oral, me digo, y sigo tan perdido como antes. Por mi mente pasan elefantitos, barriletes, conejos, ¡pianistas!, delfines, equilibristas, bosques con arroyitos cristalinos, globos aerostáticos, carruajes antiguos, perritos quisquillosos y vecinos malhumorados, pero ni noticias de uno o varios “cuentos infantiles” que estén a la altura de la muy despierta inteligencia de la dulce Uma.

No se me cae una idea, y se supone que hace libros el “Tío Carlitos” (me mata cuando me dice así, casi siempre en son de reto por alguna “desobediencia” a las reglas de los juegos que se inventa con extraordinaria facilidad). Pero éste es un pedido serio, de esos que no admiten una “salida elegante”. Así que si saben una historia infantil, les imploro se la hagan llegar cuanto antes al desolado “Tío Carlitos”.

Carlos Semorile