sábado, 22 de julio de 2017

Cuates y cuatas



Una de las cosas más lindas de recibir a los amigos, son los rituales que cumplimos con puntilloso placer. Mientras Amore amasa fideos y panes –amén de preparar algún postre-, me ocupo de adecentar la sala y el cuarto, y de ir poniendo musiquitas que nos gustan y que hace tiempo no escuchamos. Luego, preparo la salsa y me entero que una amiga se suma al encuentro. Es casi una metáfora: con más ingredientes, la vaina se pone más sabrosa.

El que llega primero se gana un rato de charla a solas, de puesta al día entre tantos amagues de tomarnos un café que no llegamos a concretar. La plática se pone sabrosa de entrada nomás, o serán las ganas que teníamos de vernos, lo mismo da. En el lapso de ausencia, nuestra sobrina ha pegado un estirón de esos que amedrentan, pero todavía es una niña que gusta de cocinar con su tía, y de estar al tanto de lo que conversamos con su padre.

El portero eléctrico no funciona, y bajo a ciegas a buscar a una amiga. El “palier” es un amasijo de amistosos besos y abrazos, y la veo allá atrás, como esperando en un preembarque. Unos pocos pisos de ascensor y ya estoy encantado con las novedades que me cuenta, y que más tarde repetirá en la mesa ampliada. No termina de acomodarse que viene llegando el último malón, relatando entre risas y fastidios los motivos de su involuntario retraso. 

Con ellos llegaron también las tartas de nuestro chef preferido y, aunque hay una cierta vacilación y demoran un toque en acomodarse, ya entramos en ese fragorcillo de que a éste le falta un tenedor y de que fulana necesita una copa. Comienzan a escucharse cosas como “Che, qué bueno que está ésto”, o  “¿No habías probado este tinto?”, pero sobre todo hay risas que vibran en la mesa. Hay chanzas, y aún mejores retrucos. Es un hecho: la reunión está en marcha.  

Se conversan las cosas de todos los días, y las de los días excepcionales, que son todos. Pasan las tartas, llegan los fideos –cada quien pasa con su platito por la cocina a elegir tuco o salsa cremosa con verdeo-, y hay nuevos ires y venires porque los adolescentes repiten tarta. Ambos están en la mesa de la niñez, donde los dedos se mueven raudos por las teclas, entre ellos o contra otros, hábito que –afortunadamente- esta noche los adultos no copian. 

Hay buena sintonía entre amigas y amigos que apenas se conocen entre sí, y nosotros lo celebramos porque promovemos el mestizaje. Se menciona a una amiga virtual que ha tenido un romance en la vida real con nuestro galán, pero sobre todo se habla de los hijos y, asimismo, se habla del futuro, que todos percibimos en peligro. No esta noche, claro, en que conjuramos las acechanzas como una tribu que relata sus cosas y dialoga en torno al fuego. 

Mañana es día laborable y la horda se dispersa un tantico temprano, cuando todavía quedan provisiones para rato. Hay abrazos, y promesas de un pronto reencuentro con las estrellas como testigos. Gracias a Dios, no hubo fotos. Y si alguna memoria queda será en los cuores, donde los recuerdos no pixelan.

Carlos Semorile

martes, 11 de julio de 2017

Luna hizo magia



Le pedimos permiso a María, para compartir este escrito suyo, apuntes, precisamente, que ella tomó después de realizar uno de sus talleres. Los talleres de María tienen la literatura, la poesía, como motivo, como centro. Entiendo que habitualmente se realizan con chicos y otras no. Este taller se realizó hace unos días en La Rioja.

***

La sala era muy grande. Un cine, para ser exactos. En una butaca se perdía la carita de Luna que esperaba el comienzo del taller. Se acomodó silenciosa y lejos mío. Cuando le realicé las preguntas de rigor en cualquier presentación me dijo sinceramente que escribía y leía literatura desde que había aprendido. “Desde siempre”, así dijo. Como si el siempre hablara de miles de años en sus apenas once o doce.  Escuchó con la atención del hambriento cada palabra. El primero de los juegos los obliga a estar un buen rato con los ojos cerrados. Es un momento importante para mí, porque entiendo que los rostros no mienten, que con los ojos cerrados perdemos la presión del otro al no verlo. Despacio, si se quiere jugar en serio, uno llega a sentirse solo con su pensamiento entregado a las consignas de una voz. Las caras se tensan o se relajan según se permitan jugar. Luna era un arco iris de gestos que ni ella ni nadie podían ver. Así, con esa comunión hacia su interior, eligió entre decenas de cuadros el que quería describir. La obra sobre la cual iba a contar una historia, la que lograra encontrar. La comunión extendida, siendo herramienta de búsqueda en una imagen.
Carl Sagan que es un señor que sabe muuuuucho, ha dicho alguna vez que los libros son algo realmente sorprendente. Un objeto nacido de un árbol, impreso de curiosos garabatos y que, sin embargo, cuando se comienzan a leer, uno ingresa en la mente de otra persona, uniendo seres humanos que no se conocen entre sí. La literatura, para Sagan, era uno de los más grandes inventos del ser humano. El libro es la prueba de que los hombres son capaces de que la magia funcione.
Luna hizo magia. Así. Colocando en las palabras la fuerza de quien logra ingresar en la mente del lector. Los minutos que duró la lectura de su cuento el silencio tenso y enamorado dibujaba en la mente de todos los que oíamos la historia completa. Los diálogos. Las emociones. Luna hizo magia con la humildad de las magas. De las antiguas druidas que calladitas construían hechizos en sus cuenquitos. Cuenquito de papel, Luna dibujó y nos dejó mudos, se dice, pero no. Porque estallamos en aplausos y risas y aplausos y todo eso que hace la felicidad. Luna sonreía pero no tenía sorpresa. Ella sabía que era maga, desde siempre.
Como yapa, para cerrar el taller, Luna y Lulo trabajaron en equipo. Porque de tonta sin duda tengo alguna cosa, pero en esto, nada.

María Negro

Monsieur le professeur



Me encontraba en CM2 (equivalente a 5º básico en la primaria) y asistía a la escuela comunal en una localidad ubicada en la campiña de la región de la Loire, en el centro sur de Francia. Todos los días, pasaba un bus que recorría el sector recogiendo a los niños de ida y de regreso hasta su casa. Como ocurre en las zonas rurales, estábamos en un curso con formación multinivel. Compartíamos el aula con el CM1 (4º básico) y nuestro profesor, Monsieur Gounon, era también el Director. En el primer piso de la casona en la cual funcionaba el colegio, estaban las salas de clases y, en el segundo, vivía él con su familia. 

Para Navidad, se organizaba una entrega de regalos. Yo venía de pasar un año en Chile y me había incorporado a mediados de noviembre. En mi cabeza, pragmática desde pequeña por lo visto, se me ocurrió que no iría a tener ningún obsequio porque seguramente ya estaban todos comprados y, como yo era nueva, no podría haber sido considerada. Pero me pareció eso tan indiscutible que no me resultó un problema y para la fiesta de la celebración me instalé muy tranquila a observar la alegría de los demás chicos que revisaba cada presente, buscando  una etiqueta con su nombre. De pronto, quedó alrededor del árbol sólo un objeto envuelto - claramente un libro-  por ahí perdido y Monsieur Gounon se acercó a mí señalándolo: “Valeria, le cadeau là, c´est pour toi”.
 
A mediados de año me preguntó si mi padre daría al curso una charla sobre Chile. Como él también era profesor, accedió sin inconveniente. Cuando se confirmó la fecha de la exposición,  la jornada previa cada alumno tuvo como tarea preparar al menos una pregunta sobre el país del cual se iba a hablar. Lamento hoy no recordarlas mejor. Me acuerdo vagamente de alguna sobre cómo era la gente, las comidas, si habría tal vez algún instrumento musical típico. Una chica preguntó cuál era la situación política que vivíamos. En ese momento, encontré algo extraño asistir a una presentación en la cual yo, mi familia, mi historia, fuimos los protagonistas de una actividad que tomó toda la tarde y generó mucha curiosidad. Ahora pienso que fue un gesto inteligente y noble: el Director vio mi presencia ahí como una oportunidad, única en su trayectoria, de conocimiento, intercambio y aprendizaje para los demás.  

Monsieur Gounon era severo.  No necesitaba hablar fuerte para que uno se asustara y sabía aplicar castigos. Pero también tenía sentido del humor y solía lanzar algún “vraiment mauvais” algo amenizado, aludiendo, por ejemplo, a cuánto color rojo le habían hecho ocupar. Y asimismo, cuando sentenciaba un “bien” con su tono categórico, era toda una felicitación. Pasaba cada materia con mucha precisión y se daba el tiempo de atender cada consulta, de explicar una y otra vez. Puedo evocar algunos dictados o análisis gramaticales. En ese grado aprendí cosas que nunca olvidé como los nombres de los huesos del cuerpo humano y las figuras geométricas. Así como amonestaba y reprendía, también alentaba y respondía. Siempre pausado (esa calma de los hombres sabios), siempre con solicitud, en suma, con responsabilidad. 

Había alcanzado a estar bajo su tutela sólo entre noviembre y junio. Ni siquiera un año escolar completo y me pregunto ahora cómo puede ser que un tan poco tiempo en un lugar tan remoto, alguien puede generar un impacto tan grande. El periodo académico siguiente, nos correspondía pasar a sexto grado e implicaba ir a un establecimiento distinto, que quedaba un poco más lejos en el pueblo más cercano. Ingresé con gran entusiasmo y confianza en mí misma a disfrutar cada ramo, cada recreo. Con muchas esperanzas que se fueron desvaneciendo por distintas experiencias que prosiguieron a esa época. Pero hasta hoy suelo pensar en esa escuelita de campo como la aparición de un rayo de sol en una mañana fría y nublada. Como si esa disposición a aprender, a descubrir, a compartir, que ese hombre cercano a jubilar me ayudó a descubrir hubieran quedado escondidas tras una adolescencia errática, pero resurgen con sólo rememorarlo.

Valeria Matus