sábado, 9 de septiembre de 2017

Mandarinas



Y cuando uno cree que ya sabía –casi todo acerca de su vida, resulta que se entera que cuando viajó a visitar a su hijo exiliado le llevó, además de las cosas urgentes y necesarias, unas cuantas mandarinas. ¡Mandarinas!!! ¡No pudiste ser más linda y dulce, Olga Maestre!!!

Carlos Semorile
        

jueves, 7 de septiembre de 2017

La mirada del otro / Fragmento de lectura

"Toda imagen estética nace con una expresa voluntad comunicadora. Es siempre un puente, una mano tendida. Un puente no desemboca en su punto de partida, ni se dirige vagamente a la otra orilla sino a un punto en ella; y la mano no se tiende a sí misma, ni a la multitud sino a alguien que la tome. “El público” así generalizado no es más que una abstracción. Una abstracción peligrosa (…) Como en la vida –ya se sabe– querer gustar a todos es siempre tener que traicionar a alguien. Se desperdicia en esta concepción –por otro lado– la singular fuerza tractora que en el imaginario tiene el dar. Un regalo para nadie es sólo una compra. Un acto gratuito que no engendra acción. Quienes disfrutamos inventando cuentos a los chicos sabemos de la poderosa corriente creadora que genera la presencia viva de otro expectante (…) Es esa relación –esa inclinación– la que establece el declive y rumbea las aguas del relato. Vaga cuenca al principio, cauce después, rápidos, toda inclinación contiene en sí misma un sueño de destino, de meta y es esa búsqueda de la desembocadura la que moviliza toda historia. La narración, el relato, se construye en la mirada del otro. Es ella la que lo talla y moldea, critica, corrige o confirma”.

Mauricio Kartun
Escritos 1975-2015

miércoles, 6 de septiembre de 2017

La casa en ruinas




La casa Follert existe en Osorno, así como se ve en la fotografía, desde que tengo uso de razón. Es parte de la memoria visual y afectiva de la ciudad. Es inevitable pasar por ahí sin fantasear acerca de su interior en un periodo esplendoroso, con lámparas de lágrima, una larguísima mesa de comedor y un mobiliario victoriano.

Yo la imaginé siempre con una hermosa sala para clases de piano. Otro salón vacío con piso de parqué y un inmenso espejo para ensayar danza. Alguna habitación luminosa –quizás el torreón- con sillas, atriles y olor a témpera. El segundo piso transformado en biblioteca. Algún rincón –quizás donde hubiera una chimenea- para reunirse a intercambiar técnicas de tejido. Los cimientos de una riqueza personal pasada albergando ahora espacios para aprendizaje y esparcimiento a disposición de una comunidad. 

La propiedad se encuentra hoy deshabitada y presenta una situación legal algo engorrosa: el inmueble pertenece a particulares y el terreno a una empresa. Un contrato complejo que no ha permitido llegar a ninguna resolución. La municipalidad tuvo hace varios años intenciones de comprar con el objeto de instalar ahí un centro cultural de artes y oficios, pero finalmente la iniciativa no pudo concretarse. Y es así como esta magnífica construcción se cae a pedazos en la incertidumbre. 

La ocurrencia de rescatarla para un fin colectivo me inspira a la idea de un universo en el cual niños, jóvenes, trabajadores, pudieran tener acceso a la cultura y la entretención compartidas en una morada querida por todos, que los identifica como ciudadanos de esa localidad en particular. Pero es difícil proyectar cuánto más resistirán vigas y dinteles. Muros manchados, filtraciones, puertas desencajadas, tablas torcidas y el completo deterioro generado por la implacable humedad de ese clima no dan mucha esperanza. Quiero insistir en la ilusión que me provoca la imagen de salvarla para iluminar la jornada de quien cruce su umbral. Que persista el afán que sea y  que el desplome, de algún modo, nunca sea el final de una historia. 

Valeria Matus

domingo, 3 de septiembre de 2017

Cien niños esperando un tren

Entrevista con Alicia Vega en Radio Universidad de Chile pulsar AQUI

Difundimos el documental que Ignacio Aguëro le dedicara en 1988 : "Cien niños esperando un tren"

"En una población marginal de Santiago, la profesora Alicia Vega realiza un Taller de Cine para niños durante 20 sábados. Los niños, que nunca han ido al cine y escasamente conocen el centro de la ciudad, viven una experiencia inolvidable, donde construyen los elementos que llevaron a la invención del cine, como el zootropo, el taumatropo. También aprenden el travelling con un carretón y realizan una película dibujando fotogramas de papel. A través del taller se conoce la realidad de esos niños"


De cartas y exilios

“Vino de visita el tío Rodrigo, él vive en Alemania, y también está aquí exiliado. Lo hemos pasa­do muy bien con él, es divertido y nos hace reír mucho. El toca la guitarra y me cantó muchas canciones infantiles chilenas. Algunas las conozco, por el disco de la Charo Cofré. Me trajo una muñequita de trapo chilota, y le puse Tití. Nos contó que estuvo en Paris, y que quería ir a dejar un sobre al correo. Otros exiliados le dijeron que en el metro había un correo así que fue para allá. Pero no encontró el correo, sólo un letrero que decía “correspondance”. El pensó que se tra­taba del correo, pero se le aparecían más trenes de metro. Estuvo así, mucho tiempo, buscando el correo siguiendo todos los letreros de “correspondance”. Lo que no sabía, era que “correspon­dance” significaba “cambio de andén”, y no correo.”


Fragmento. Un exilio para mí. Cartas y memorias del exilio chileno,  de Leonor Quinteros

Libro completo en PDF AQUI

miércoles, 30 de agosto de 2017

En búsqueda de un interlocutor



Victor Hugo, el único, el mismo, supo decir que el monólogo estaba en la naturaleza. O algo por el estilo. No voy a verificar. Pero lo dijo en Los Miserables, en el capítulo en el que decide entrar en la cabeza de Jean Valjean y hacernos ver, con sus ojos, la injusticia de la que ha sido víctima. A mí me encanta darle la razón a Victor Hugo, así que si él lo dice, será. Pero veo un pero. Y levanto el dedito para poner tres puntos suspensivos y acotar. Lo que nos define –quizás– como seres humanos no es la capacidad de hablarnos a nosotros mismos sino la enorme necesidad de ser entendidos. Lo que tampoco equivale a afirmar que nuestra naturaleza esté del lado del diálogo. Nada más difícil, en realidad, que el diálogo. Exit el diálogo. Hoy se trata de ser entendidos. Por otro. Claro. Por eso, también, no hay monólogo sin el otro. Ese es el punto. No hay monólogo que sea exclusivamente per se. En los teatros, sobre todo. Pero también en Los Miserables, cuando Victor Hugo le regala a Jean Valjean, su enorme talento, toda su humanidad, todo lo que aprendió en esta vida para hacer hablar a un hombre que no tenía palabras. 

Entonces, hablamos. Escribimos. Nos llamamos por teléfono (yo no). O mandamos notas a Nuestro Querer. 

Sobre estos temas, he leído algunas cosas. Me sigue maravillando una cita de Piglia que remite al oficio de escritor. La vuelvo a compartir: 

“[…] retomó la oración que había dejado en suspenso, suspendida, como un trapecista que espera, alucinado, la señal de su partenaire, para lanzarse entonces por el aire y sin red en un doble salto mortal que culmina cuando atrapa las manos de su ayudante que lo espera, suspendido en lo alto, y de quien se sostiene, como se dice, en el aire.

Y eso es narrar, dijo después, tirarse al vacío y confiar en que algún lector lo sostendrá en el aire”.

Es un fragmento del primer volumen de sus cuadernos autobiográficos. Tampoco tengo el libro a mano, pero el lector puede verificar... (el subrayado es mío).

Encuentro que el fragmento habla bien de la emoción que siente cualquier persona que escribe, que se dedica a escribir. Pero también las otras. Las que no se dedican a escribir y lo hacen de todas formas porque así es la vida. La vida se escribe y se dice, se cuenta día a día, se comparte a través de palabras. Es cosa de salir a la calle y observar a la gente que se para en una esquina. Vecinos y vecinas de todas las ciudades. 

De ahí que una de las grandes felicidades que tenemos las personas sea la aparición del interlocutor. El interlocutor válido. Expresión feísima pero que dice bien. No cualquier interlocutor sino ese que entiende las cosas tal como uno espera ser entendido. Porque uno, como narrador, es además bastante exigente. Pero quizás no se trate de exigencias. Sino de desborde. Algo adentro, de pronto, se desborda y uno no da abasto. Uno no puede solito con todo eso que hay adentro entonces le pide al otro que le ayude a recoger lo que ha caído. Lo que se está cayendo. Algo de eso hay en la bella expresión “¿tú me entiendes?” que algunos dicen con palabras y otros solamente con los ojos y otros no la dicen nunca pero la expresan igual. A veces con un simple gesto de la mano. Como si escribieran en el aire. Confiando.

Cándida







martes, 29 de agosto de 2017

Las canciones que me enseñó mi madre



¿No es un título hermoso? Así se llaman las memorias de Marlon Brando, llenas de revelaciones honestas, como cuando dice: “Siendo un hijo cariñoso, intentaba convertirme en un hijo querido”. Más adelante, comenta sus tormentosas relaciones con las mujeres, y el momento en que pudo perdonar a una ex amante –y, a la vez, ofrecerle sus disculpas- y así conquistar la libertad de amar sin condicionamientos.

Recuerdo también alguna cita que él rescata en torno a la industria del cine –“Nadie perdió jamás dinero subestimando el gusto del público norteamericano”–, así como sus trabajosos comienzos en las escuelas de actuación y las críticas que recibía por pronunciar sus diálogos “entre dientes”, como en la vida real. Claro que no aplicaba ese método a los parlamentos de Shakespeare, quien había pedido expresamente: “Adaptad la acción a la palabra y la palabra a la acción”.

He visto, como todos, actuaciones memorables de Brando y también algunas pelis espantosas, de esas que hacía para comprarse islas paradisíacas y dedicarse a tocar el bongó. Tengo un especial cariño por Queimada, donde interpreta a un agente inglés que fogonea la rebelión de los nativos de una isla caribeña que está en manos de los portugueses. El desprecio que su personaje genera, habla de su genio.

Pero no me proponía hablar de Brando, sino de las canciones que me enseñó mi madre mientras me educaba –también– en apreciar el modo en que se adapta “…la acción a la palabra y la palabra a la acción”. Siendo muy joven, Brigi había leído al José Ingenieros de La simulación en la lucha por la vida, y quedó prendada de esa suerte de biologismo social que “dizque” ayudaba a entender los comportamientos humanos.

Pero aquel Ingenieros fue sólo un mal comienzo, y pronto pasaría a los existencialistas franceses –y a Camus-, a Rulfo y a los autores del boom, a la poesía y los cuentos de Borges –que subrayaba con delectación cuando una frase le parecía “perfecta”-, y también a algunos dramaturgos que le llegaban, como los poetas que admiraba, más por el oído que por las tramas. Y aquí entra mi recuerdo de su risa.

O más bien de sus carcajadas. Habían pasado muchas cosas terribles, y ella era una viuda joven que tenía motivos más que suficientes para desmoralizarse. No hacía mucho, habíamos enterrado o quemados libros y panfletos, y también habíamos quebrado discos (¿por qué casi nunca se mencionan los discos que fueron a la hoguera?), pero Doña Flor y sus dos maridos, no sé cómo, se salvo de ese marasmo.

Y Brigi lo leía por capítulos o, más bien, llegaba hasta donde se lo permitía su alegría por encontrar ideas tan divertidas que la obligaban a suspender la lectura, ir a tomar un poco de agua, volver al libro, reírse como loca, tratar de contarme lo que le fascinaba tanto, tentarse en el intento, y seguir riéndose en medio de la noche, de la soledad y del espanto. Esa hermosa risa suya que hoy recuerdo como un canto.

Carlos Semorile