lunes, 28 de noviembre de 2011

Voz de Cándida

Esta es la primera entrega de una serie. La voz de... Serie presentada por diversos colaboradores de este espacio, quienes leerán algún corto fragmento de lo que les guste más. Un texto, una lista de compras, lo que sea. Acá la propuesta de Cándida que se equivocó dos veces, una cuando empezó a leer en medio del párrafo elegido, luego cuando en vez de leer en castellano, leyó en francés. Hemos dejado ambos errores... porque el error es humano...

Fragmento de “La simpatía humana” (Aguafuertes Porteñas, 1933).

“Cada hombre y cada mujer encierra un problema, una realidad espiritual que está circunscripta al círculo de sus conocimientos, y a veces ni a eso.

Hasta se me ocurre que podría existir un diario escrito únicamente por lectores; un diario donde cada hombre y cada mujer, pudiera exponer sus alegrías, sus desdichas, sus esperanzas. Otras veces, me pregunto:

‘¿Cuándo aparecerá, en este país, el escritor que sea para los que leen una especie de centro de relación común?’

En Europa existen estos hombres. Un Barbusse, un Frank, provocan este maravilloso y terrible fenómeno de simpatía humana. Hacen que seres, hombres y mujeres, que viven bajo distintos climas, se comprendan en la distancia, porque en el escritor se reconocen iguales; iguales en sus impulsos, en sus esperanzas, en sus ideales. Y hasta se llega a esta conclusión: un escritor que sea así, no tiene nada que ver con la literatura. Está fuera de la literatura. Pero, en cambio, está con los hombres, y eso es lo necesario; estar en alma, con todos, junto a todos. Y entonces se tendrá la gran alegría: saber que no se está solo.

En verdad, quedan muchas cosas hermosas, todavía, sobre la tierra”.

Roberto ARLT


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domingo, 13 de noviembre de 2011

Ni las “de nada”

Yo no me he presentado y no lo haré con mayor profundidad. Para este caso solo importa que sea profesora, no porque lo haya estudiado, o haya sido mi pasión, sino porque ocurrió (a pesar de que ahora es una de mis pasiones). No soy profe de niños, ni siquiera de adolescentes sino de universitarios, hombres y mujeres adultos (por lo menos en definición, puesto que casi todos son mayores de edad, y recalco, casi todos). Mis estudiantes van de 17 años, el menor, a 62, el mayor. La edad es algo que yo siempre pregunto casi es mi fascinación: saber con quién estoy tratando y en la edad está también involucrado el quién es cada persona (según yo); y como además no tengo problemas con mi edad, 26, por si alguien tuvo curiosidad, etc. Llevo poco más de un año siendo profesora, o maestra como algunos me llaman y ha sido todo un reto. Mi mayor preocupación es que mis alumnos entiendan qué les estoy diciendo, como no tengo entrenamiento oficial para ello, es todo un trabajo a veces. Antes de entrar en la pequeña historia que quiero comentarles y sin desmerecer ningún otra profesión que se enseñe, digamos que la que yo pretendo enseñar, te saca de tus parámetros normales de entendimiento, te encasilla en algo y eso es lo que más le cuesta a la gente que lo estudia, entender una lógica, que probablemente para nadie más, es lógica. Hecha esta breve aclaración, aquí va lo que les quería contar.

Un día de clases como cualquier otro, mis alumnos me pidieron que les explicara algo que no entendían, ya había sido visto con otro profesor, pero no lograban entender qué era lo que quería decir (como si les hablaran en un lenguaje paralelo, era español pero uno que no conocían). Ese pedido me tomó por sorpresa, pero ante mi interés de que entendieran, me tiré al agua y empecé. Al haber hecho mi poco elaborada explicación, pregunto “¿me entendieron?”, la gran mayoría dijo “sí”, pero unos pocos, entre los cuales estaba mi alumno de 62 años, dijeron todavía “no”. Por lo que busqué una nueva forma de explicar lo mismo, pero haciéndolo más palpable, más real (por así decirlo). Pregunté por segunda vez y el “sí” convocó más alumnos, pero hubo un “no”: el de mi alumno más grande del curso. En ese momento pedí excusas al curso y les dije “voy a explicar esto otra vez, pero solo para don X, para que él entienda”. Busqué una tercera forma de explicar lo mismo, prestándole fiel atención a él, solo a él, puesto que era él que faltaba y no entendía. Al terminar y esperando que hubiese resultado esta nueva técnica, lo miro y le pregunto: “¿me entendió?”. Me mira y me dice “SI, AL FIN, GRACIAS”. Yo muy orgullosa, respondo: “de nada”. Y volví con el resto del curso.

Al terminar ese día, don X se me acerca otra vez y vuelve a agradecerme, pero agrega, “por primera vez entiendo para donde va todo esto, me sacó de la nebulosa en la que estaba, así que, gracias”. Yo ni las “de nada” pude contestar.


Carmen

jueves, 10 de noviembre de 2011

Puerta de entrada


Un puñado de jóvenes que habían dejado sus juegos infantiles –el menor tiene catorce años y los mayores casi veinte­–­, comenzaron a elegir otros juegos, otras formas de jugar la vida. Todos ellos son gustosos de andar leyendo o escribiendo por ahí.

En esa búsqueda se encontraron un domingo queriendo armar una editorial y les gustó, entonces repitieron ese encuentro otro domingo, y otro y todos los domingos que quedaban del otoño, los del invierno y los que van de la primavera.

Seguramente compartieron sus escritos, tal vez leyeron otras cosas, discutieron, proyectaron, seleccionaron qué publicar, cómo hacerlo, qué nombre ponerle, dónde, cómo y cuándo presentarse; ultimaron todos los detalles y se pusieron en marcha.

La otra noche los vi alrededor de una mesa armando su primer librito –ellos me pidieron que lo llame así. Mariano ordenaba las hojas y se las pasaba a Nacho –pequeño– para que las abrochara, Clara preparaba las tapas, Majo los enumeraba, al principio Camila amasaba pizzas e intervenía opinando, luego se ocupó de la guillotina. Se escuchaba una vieja máquina de coser que armaba bolsitas con un liencillo que había sido teñido y estampado por ellos. Cuando se cansaban cambiaban de tarea y seguían.

La charla era de lo más variada y circulaba con fluidez, igual que las pizzas y las partes del librito que se iban encajando. Cada tanto se escuchaba una puteada de Nacho porque la abrochadora no respondía a sus comandos o alguien que preguntaba: –¿Cuántos vamos? – ¡Dieciséis! Algunos festejaban y Mariano, con voz grave, decía: faltan ochenta y cuatro…

Fue emocionante verlos, escucharlos, sentirlos.

El domingo 13 de noviembre de 2011, en El galpón de las artes de Mar del Plata, con un evento que han dado en llamar Festigramillo, estos jóvenes presentan a Gramilla Editorial Independiente y a su primer librito Puerta de entrada.

Si se te cruza un puñado de jóvenes que dejaron sus juegos infantiles, detenete a observarlos, escuchalos, abriles la puerta si quieren entrar, disfrutalos; ellos no son el futuro, son el presente intenso, vivo, maravilloso.

Cecilia Vaisman