domingo, 13 de noviembre de 2011

Ni las “de nada”

Yo no me he presentado y no lo haré con mayor profundidad. Para este caso solo importa que sea profesora, no porque lo haya estudiado, o haya sido mi pasión, sino porque ocurrió (a pesar de que ahora es una de mis pasiones). No soy profe de niños, ni siquiera de adolescentes sino de universitarios, hombres y mujeres adultos (por lo menos en definición, puesto que casi todos son mayores de edad, y recalco, casi todos). Mis estudiantes van de 17 años, el menor, a 62, el mayor. La edad es algo que yo siempre pregunto casi es mi fascinación: saber con quién estoy tratando y en la edad está también involucrado el quién es cada persona (según yo); y como además no tengo problemas con mi edad, 26, por si alguien tuvo curiosidad, etc. Llevo poco más de un año siendo profesora, o maestra como algunos me llaman y ha sido todo un reto. Mi mayor preocupación es que mis alumnos entiendan qué les estoy diciendo, como no tengo entrenamiento oficial para ello, es todo un trabajo a veces. Antes de entrar en la pequeña historia que quiero comentarles y sin desmerecer ningún otra profesión que se enseñe, digamos que la que yo pretendo enseñar, te saca de tus parámetros normales de entendimiento, te encasilla en algo y eso es lo que más le cuesta a la gente que lo estudia, entender una lógica, que probablemente para nadie más, es lógica. Hecha esta breve aclaración, aquí va lo que les quería contar.

Un día de clases como cualquier otro, mis alumnos me pidieron que les explicara algo que no entendían, ya había sido visto con otro profesor, pero no lograban entender qué era lo que quería decir (como si les hablaran en un lenguaje paralelo, era español pero uno que no conocían). Ese pedido me tomó por sorpresa, pero ante mi interés de que entendieran, me tiré al agua y empecé. Al haber hecho mi poco elaborada explicación, pregunto “¿me entendieron?”, la gran mayoría dijo “sí”, pero unos pocos, entre los cuales estaba mi alumno de 62 años, dijeron todavía “no”. Por lo que busqué una nueva forma de explicar lo mismo, pero haciéndolo más palpable, más real (por así decirlo). Pregunté por segunda vez y el “sí” convocó más alumnos, pero hubo un “no”: el de mi alumno más grande del curso. En ese momento pedí excusas al curso y les dije “voy a explicar esto otra vez, pero solo para don X, para que él entienda”. Busqué una tercera forma de explicar lo mismo, prestándole fiel atención a él, solo a él, puesto que era él que faltaba y no entendía. Al terminar y esperando que hubiese resultado esta nueva técnica, lo miro y le pregunto: “¿me entendió?”. Me mira y me dice “SI, AL FIN, GRACIAS”. Yo muy orgullosa, respondo: “de nada”. Y volví con el resto del curso.

Al terminar ese día, don X se me acerca otra vez y vuelve a agradecerme, pero agrega, “por primera vez entiendo para donde va todo esto, me sacó de la nebulosa en la que estaba, así que, gracias”. Yo ni las “de nada” pude contestar.


Carmen