sábado, 30 de junio de 2012

Como una carta eterna


Nunca pensé que escribir podía tener algo que ver con jugar a las bolitas. Y también con ese otro juego de nombre tan raro: pool. No suena linda la palabra y tampoco el ruido del palo –o como se llame– en las pelotitas. En mi barrio se jugaba. Había un salón de pool en toda la esquina. Vivíamos a media cuadra y por las noches, entre todos los ruidos interiores y exteriores, mi oído captaba precisamente ése: apenas un golpe en una pelota y todas las otras se dispersaban, rodaban, seguían su propio camino. Como las bolitas. Más lindas, más delicadas, de vidrio, de colores.
La imagen de las bolitas me asaltó esta mañana pensando en algo que pasó ayer. Tiene que ver con el texto que publicó en este espacio Carlos Semorile: “Echar de menos”.
No es primera vez que Carlos nos comparte una carta. Cada vez que nos comparte –lo que se le ocurra– me siento agradecida. Pero cuando además nos comparte una carta me carcome la envidia. No se lo he dicho. Se lo digo ahora. Yo supe recibir cartas. Hace mucho. Ahora llegan de vez en cuando por un exceso de voluntad de quienes las escriben. Pienso que las personas que reciben cartas son privilegiadas. Pero además de la alegría personal que se puede tener al recibir una carta, hay otra cosa. Ya lo hemos evocado: las cartas se están extinguiendo. No del todo, es cierto. Algunos correos se resisten, son electrónicos pero quieren seguir siendo cartas. Quién sabe por cuánto tiempo resistirán. No es que la gente haya dejado de escribirse. Se escribe. Y es más, se escribe todo el día con esos aparatitos diminutos, apretando teclas, mensajes van, mensajes vienen, con palabras abreviadas (¿por qué no?), de dudosa ortografía (ellos sabrán). La diferencia está quizás en el hecho de que esas palabras no quedarán. No están hechas para durar, para ser atesoradas. Su tiempo es el ahora. Por lo mismo, no acompañarán. No se podrá recurrir a ellas cuando hayan pasado muchos años. No nos dirán, como sí hacen las cartas, que no estamos solos porque alguna vez estuvimos acompañados. “Alguien nos escribió” quiere decir precisamente eso: alguien nos acompañó, nos sigue acompañando. En una relación de ida y vuelta, el destinatario de una carta es el remitente de otra. Y así, sucesivamente, en un perpetuo rodar.
Es un hecho. Algunas personas vivimos en una época en que la gente común mandaba cartas. Antes, en otros siglos, sólo lo hacían las personas de cierta posición social “elevada”. El siglo XX, que ciertos días parece ser el peor de todos, también arrojó gestos de una belleza inaudita. Ternuras. Delicadezas. Como la expansión de las cartas que se desarrolló junto con la escuela republicana, me imagino, es decir con el saber leer y escribir. Gracias a ese saber, personas de “baja” condición de pronto tuvieron alas. Porque ¿qué cosa es una carta sino algo que puede volar, transportarse de un lugar a otro para llevar mensajes? Hay un libro que habla de eso. En realidad habla de otra cosa pero en sus primeras líneas se refiere a un tren que transportaba cartas y que por eso “iba cargado de esperanzas”. El libro se llamaba La vida simplemente y lo escribió Oscar Castro. A lo mejor no es una exageración pensar que si se extinguen las cartas, también se extinguirá una manera de ser hombre, de ser mujer, uno junto a otro, unos con otros. Pero eso es triste y yo quería hablar de algo alegre.
Ayer, Carlos publicó “Echar de menos”. Y Valeria lo leyó. Carlos y Valeria no se conocen. No han sido presentados. No se han mirado a los ojos. No viven en un mismo país. Tienen una cordillera de por medio. Tengo la suerte de conocerlos a los dos. Años atrás, Valeria y yo compartimos una mesa. En esa mesa tomábamos apuntes. Esto fue en el último año de la escuela secundaria. Recuerdo perfectamente una característica de mi amiga que solía poner nervioso al profesor de historia. Valeria no respondía nunca a las preguntas que él le hacía. El profesor tenía una manera muy especial de preguntar. Caminaba por toda la sala y, de pronto, en el momento menos esperado, se detenía y apuntando un dedo cuasi acusador hacia un alumno, decía: “a ver, usted, ¿en qué año pasó tal cosa?” Valeria nunca se daba por aludida. Más de una vez, discretamente, le pegué un codazo o alguna patadita para que aterrizara. Porque Valeria se nos iba por las nubes como escribiendo cartas eternas. De Valeria aprendí que la distracción es una súbita disociación entre el lugar por donde vuelan los pensamientos y el lugar en el que se nos requiere. “De cuerpo presente” solía responder mi madre cuando era niña y pasaban lista en su propio colegio. El tema era el tiempo. El tiempo que se toma uno en ir y volver de esos paseos imaginarios. Y, más prosaicamente, desde el punto de vista de un profesor ofendido: el tiempo de la respuesta.
¿Por qué escribe la gente? Porque no puede decir.
Porque no todo se puede decir. No siempre. No en cualquier momento.
Ayer, Valeria leyó a Carlos y esa lectura le inspiró un texto que no quiso difundir ampliamente. Cosa que respeto porque pienso que cada escrito tiene sus destinatarios. A veces uno. Otras, dos, cuatro, cincuenta, cien. Cuando son más de mil se llama best-seller. Con su consentimiento, sin embargo, me improvisé cartero y le hice llegar ese texto a Carlos mientras pensaba en João, el amigo que inspiró el texto primero (“Echar de menos”). João, a quien ni Valeria ni yo conocíamos, pero ahora sí, un poquito, porque Carlos escribió. Y ahora Valeria también sabe algo de Carlos a través de su escrito. Y Carlos, algo de Valeria, a través de su escrito, etc. Etc.
De ahí lo de las bolitas. Lo de la sala de pool. Y ese ruido que no me dejaba dormir.
Repito la pregunta.
¿Por qué escribe la gente?
Porque algunos escribieron previamente y porque otros, distintos, escribirán. Y acaso lo que llamamos literatura no sea más que eso. Una carta eterna de todos para todos. 

Antonia

viernes, 29 de junio de 2012

Echar de menos


Estas líneas son para celebrar que, a veces, la reparación es posible.   

A mediados de los ´70, la casa de mis padres parecía un anexo de la Unesco. Vivíamos en alegre montonera gentes nacidas en el puerto, en provincias, en países hermanos y en comarcas lejanas. Familiares y desconocidos. Casi todos militantes, y alguna colada ocasional. Estaba Shirley, la norteamericana, cuya beba nació argentina y quién te dice si ahora sabe que en ella y su madre se reflejaron las luces de la antigua Saavedra. De vez en cuando, pasaba un compañero del interior que no necesitaba cantar para seducir al mujerío: alcanzaba con sus bigotazos y su melena, con su estampa de hombre dulce y recio a la vez. En la cocina de aquella casa dio sus primeros pasos mi prima Mirta, un mediodía que partí al colegio embebido en la maravilla de su andar tambaleante. Meses más tarde nacería su hermano, de modo que, en el medio del caos de aquellos años difíciles, aquello fue casi una maternidad.  

Estaba el vecino de la derecha, que era rico y de derecha, y estaban los vecinos de la izquierda, que eran pobres y de izquierda, y tenían una hija hippie, notable artesana, casi una artista, gran fumadora y conversadora insomne, y cuya hija trabajaba en un banco de 9 a 5. También estaban mis primas mayores, que iban y venían con sus destinos de bioquímicas y sus rebeldías y sus penas. Y atrás de ellas sus novios, con sus penas sin rebeldías y sus amores constantes. Con cada una de estas personas me unía algo: admiraba al cantor pintón, me enternecían mis primos pequeños, asistía al fastidio de mi hermana cuando el pretendiente de nuestra prima mayor mataba la espera jugando a irritarla, estaba embelesado con los maternales pechos de Shirley, jugaba al ajedrez con el vecino de izquierdas y correteaba a la nieta gringa del vecino de derechas. Cantaba todas las canciones, escuchaba todas las charlas y, para no perder palabra, era el último en ir a dormir.

Pero de todas las “visitas” que tuvimos, mi más amigo fue João. Como todos los demás, él tenía una deriva bien trajinada, con aprendizajes y culturas que se le iban sumando como pieles a la piel. No podría decir cuánto tiempo estuvo con nosotros, en todo caso el suficiente para adoptar el "Rechiflao en mi tristeza" de Mano a mano, o para regalarme lecturas exquisitas para esos años -y también para éstos-. João me introdujo en el mundo de Lucky Lucke y su sátira mordaz de lejano oeste de los pistoleros y los sheriffs, mis antiguos héroes de los tiempos idos. A cambio de este derrumbe mitológico, su temprana vocación paterna y su facilidad didáctica me alzaron hasta las Galias irredentas de Asterix y Obelix. Cuadro a cuadro, João me hacía comprender -y sentir- la historia desde el lado de los resistentes y, con esas herramientas, podía vislumbrar que la ironía es capaz, incluso, de desarmar al mayor de los imperios. Descubrí el placer que existe en la inteligencia, pues hasta allí me levó la cariñosa pedagogía de João, mi amigo brasilero.

Con quien, claro, jugábamos al fútbol. La sala era grande, al menos lo suficiente como para poner dos sillas como arcos y tener un par de metros para intentar unas gambetas. Que nunca me salieron, porque fueron proverbiales las palizas y goleadas que me pegaba con su habilidad carioca. Al final de uno de esos partidos, João me dijo que se le abría la oportunidad de volver a su país y que debía irse. Me lo explicó serenamente y me preguntó si lo iba a echar de menos. No me animé a decirle que no sabía el significado de la expresión “echar de menos”, y entonces le dije que no. Se sorprendió mucho con mi respuesta, y me repitió la pregunta. Comprendí que me había mandado un macanón, pero mantuve la negativa acaso porque estaba muy enojado con él debido a su partida. Sentí que lo desilusionaba, pero seguí jugando a la pelota como si nada. Y me lo reproché todos estos años.

Como con tantos otros compañeros y militantes, a João también le perdimos el rastro. Viajé varias veces a Brasil y siempre pensé en buscarlo, pero sin más datos que su nombre, era una tarea poco menos que imposible. Todo parecía destinado al desencuentro, hasta que João me ubicó a mí:
Carlos, no me sale de la memoria viejos tangos de Gardel, himnos y slogans de la lucha de los años 70 en Argentina. Es que mismo pasado tantos años (cuasi 40) tengo voluntad de volver a Argentina aún que sea por un día, únicamente para reverlos, o para rever lo que ha restado de mis viejos amigos que un día dejé para atrás. Pero por hora me contento con poder contactarlos y saber de Uds.
A pesar de una vida llena de sobresaltos y luchas, que esas si siempre conmigo estuvieran, hay un espacio muy grande guardado en mi corazón para la familia Maestre (y Semorile!): Mónica, Brígida, Carlos, Carlitos, Mariucho, La Abuela, tu hermanita y tantos otros. El haber entregue mis manos y mi juventud a tantas otras luchas a lo largo de tantos años he comprendido  que, al final, todo va dar en lo mismo y que solo con la dimensión de la poesía se puede explicar. Pero, mismo en contra todas las evidencias, como es mi característica, aún quiero contradecir, en este caso la poesía de Antonio Machado,  que nos dice que no hay camino y que al volver los ojos hacia  atrás la única cosa que veremos serán las pegadas en el espacio que nunca más habremos de pisar. Yo Volveré a ver mis amigos y amigas mismo que pase un siglo y caminaremos juntos por nuevas sendas.
Me quedé feliz en saber que estás vivo, que te casaste, tuviste hijos (¿?) e te tornaste un escritor. Aún me acuerdo de tu semblante de niño feliz a quien me gustaba ver reír y a decir cosas con inteligencia y humor.
Muchas veces, desde la guerra de las Malvinas, me preguntaba o que estarías  a hacer, tendría la junta militar te sacrificado junto con tantos otros jóvenes que cayeran en la emboscada? La verdad es que mi lucha por la sobrevivencia, mi familia  y mi dedicación  a la cuestión Africana  terminó por imponerse en el día a día, y los sentimientos  se fueran quedando apenas recuerdos lejanos, unos buenos, otros ni tanto, de una época difícil pero llena de sueños, solidaridad y compañerismo.
Pero, como me olvidar de las tardes de mate amargo en la casa de tus padres junto con toda la familia Maestre? Imposible. Como olvidarme del cariño de Monica y de los demás de la familia hacia mi? No quiero olvidarme. Definitivamente no quiero más olvidarme!
Bueno…Carlitos (se me permites aun llamarte así), tengo mucho que hacer, escribo (en portugués) en una revista especializada en África que ahora estamos a imprimir también en Brasil. Estamos en la Rio+20 y tengo materias para hacer.
Dile a Mónica que yo y Maria do Carmo le mandamos saludos, besos e abrazos!
Cuando pudieres deme noticias de todos.
Un grande abrazo. João Belisario (Juanito).
Todo en esta carta -y en las que siguieron- me enternece. Su intinerario marcado por un compromiso, su nueva vida en Angola y su escritura para la causa africana, sus recuerdos de gente que ya no está (esas noticias también tuve que darle), su convencimiento de que “todo va a dar en lo mismo” y de que sólo la poesía le hace justicia al camino de amores e ilusiones que juntos recorremos. También me alcanza de un modo especial que me hable de mi “semblante de niño feliz” porque era justamente él quien me hacía reír en medio de tanto miedo. Pienso en su hijo mayor, también llamado João, que tiene ahora la edad que tenía su padre cuando escapaba de las dictaduras y hacía feliz al hijo de sus amigos solidarios. Y en la fortuna de que ni él ni Mariana, su hermana, tengan que sufrir sobresaltos. Ahí se ancla, junto a la de João, mi voluntad de no olvidar.

Además, está la felicidad de saber que estamos vivos. Porque podríamos no estarlo, y entonces no hubiera alcanzado a agradecerle por Lucky Lucke, por la feijoada y los dulces que nos preparó su madre cuando vino a visitarlo, y porque los galos del mundo, desde alguna aldea arrinconada, resisten con lo que tienen a mano el avance de los romanos.

Y para decirte, caro João, que comencé a echarte de menos desde el momento en que me dijiste que tenías que partir.

Carlos Semorile