martes, 31 de julio de 2012

Un acto de libertad


Una amiga del secundario me cuenta que los actuales moradores de nuestro Nacional de Vicente López se proponen relevar historias cotidianas del colegio durante la época de la Dictadura. Parece, entonces, que el pasado siempre acecha y que es tarea del presente conjurarlo, darle un orden, hacer un relato. Es lo que sigue a continuación: la narración de un dolor antiguo y un homenaje a quien no supimos, no pudimos, o no quisieron –otros no quisieron– prestarle una mínima esperanza en el porvenir.


Creo que estábamos en tercer año, o sea 1978. A la profesora de literatura ya la conocíamos del curso anterior: buena mina, genuina vocación docente, enamorada de algunos autores que, misterios de la currícula castrense, nos dejaban leer. Hablo de “Relato de un náufrago”, de García Márquez, que es el folletín de un marino mercante que sobrevive diez días en el mar, sin comida ni bebida, luego de un naufragio de la armada colombiana. El tipo se salva y pasa a ser ídolo nacional: lo condecoran, lo besan las reinas de la belleza y, si mal no recuerdo, hasta le dan casa y dinero. Pero en las entregas de su historia, que Gabo va escribiendo y publicando, salta que el buque naufragó porque llevaba demasiadas toneladas de mercancías de contrabando. Escándalo. Le sacan la casa, la pensión, las reinas ya ni lo miran, y vuelve a su mísera vida de antes, pero peor porque ahora está estigmatizado. Pregunto: ¿cómo nos dejaron leer esto los milicos? ¿Acaso creían que ellos eran tan distintos de los corruptos marinos colombianos? ¿O fue una sutileza de la Blaustein, que logró contrabandear a García Márquez para que al menos tuviésemos una idea de lo que nos estábamos perdiendo?

El año anterior, ahora que lo pienso, también nos puso cara a cara con la historia de la mano del “Martín Fierro”. Un embole, dirán algunos. Pero no. La Blaustein nos paseó con maestría por el poema, y entonces ya no era una épica de tiempos idos y gauchos muertos, sino lo que ha sido y será toda la vida: un alegato de la puta madre que lo parió. Un maravilloso y trágico retrato de las injusticias y los heroísmos argentinos. Revisen nomás los autores que han escrito al respecto: Borges, Martínez Estrada, Jauretche, Hernández Arregui, Carlos Astrada, etcétera. La lista es larga y mi sapiencia es corta. Pero, además, la profe nos tiraba data extra sobre el senador José Hernández, sobre su rol como periodista, sobre sus compromisos. De ahí a descubrir que se opuso a la Guerra de la Triple Alianza había un solo paso. Ella, que por obvias razones no nos podía llevar hasta ese conocimiento, al menos nos señalaba el bondi que nos dejaba en la puerta.

Pero un día no se aguantó más. Llegó distinta, no diría que más enérgica que otras veces porque era una persona dinámica, pero tal vez sí más embalada. Pensándolo ahora, supongo que estaba cabreada, algo la había enojado mucho. La clase comenzó con esa tensión en el ambiente. Éramos tan infantiles que creíamos que el mundo se acababa cuando alguien nos decía “saquen una hoja”. Y sin embargo, ella agarró para otro lado y al rato fue volviendo a su verdadera naturaleza. Se dulcificó. Comenzó a hablarnos como nadie que yo recuerde nos habló en todos esos años. Abrió su corazón y nos dijo que no le gustaba la comunidad en la que todos vivíamos, que la oprimía, que soñaba con una sociedad de iguales, sin hambre ni miseria, sin explotadores ni oprimidos, sin importarle que llevase el nombre de socialista, comunista, o cualquier otro. Mientras hablaba, sus propias palabras la iban emocionando. Es fácil ahora entender por qué: en el medio de la más feroz represión, se estaba permitiendo un acto de libertad. Me parece como si la estuviera viendo, buscándonos la rebeldía en los ojos, tratando de encender los espíritus que se mantenían apagados como fuegos del cuaternario. Ella vibraba y nosotros, sus alumnos, callábamos. Con ese silencio cobarde le estábamos diciendo que su sueño nos era ajeno, desconocido y peligroso. La vimos apagarse. El clima se enfrío de nuevo, desapareció la dulzura, y en un último intento nos preguntó directamente si no nos gustaría vivir en una sociedad diferente. Le contestamos con el miedo. Pero no se dio por vencida: “¿En serio ninguno de ustedes sueña en vivir en un mundo más justo?” No se alzó ninguna mano. La profesora Blaustein contuvo sus lágrimas, nos dijo que la decepcionábamos, agarró su cartera, y se marchó mucho antes del timbre. Nos dejó solos con nuestro terror, y esta mala conciencia de no haberle agradecido nunca por haber pensado en nosotros y en lo que nos estábamos perdiendo.


Carlos Semorile

lunes, 30 de julio de 2012

Una mirada que alumbra

Fotografía: gentileza de Fernando García Delgado


Le pido muy especialmente al lector que antes de leer… mire. Que mire atentamente la foto que le estamos presentando. Luego que piense, que reflexione, que busque en el bosque espeso de sus recuerdos. ¿Ha visto este objeto antes? ¿Lo reconoce? ¿Qué cosa es?

La escena que voy a contar sucedió hace unos días en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. El dueño de casa –de una casa en la que estábamos de visita– nos mostró esta maquinita y nos tuvo a los presentes bien ocupados tratando de determinar de qué se trataba. Alguno dijo que probablemente había servido para armar cigarrillos. Otro que servía para cortar boletos. Una voz femenina sugirió que podía ser una suerte de sello. Y así, uno tras otro, cada cual iba arrojando su idea, mientras el dueño de casa sacudía la cabeza, diciendo que no, que no era ni esto ni lo otro. En realidad, él tampoco sabía para qué servía pero ninguna de las versiones lo convencía. No recuerdo ahora cómo fue que la máquina había llegado a sus manos. Unas manos grandotas. Unas manos como sólo he visto en la provincia de Buenos Aires pero sé que las hay también en otros pagos. Unas manos que cuentan historias, esfuerzos, trabajo, hazañas y que, a veces, ofrecen misterios, de la misma manera en que se ofrece un mate. Generosamente. Armando una ronda.

No deja de ser asombroso que tan pocos años (¿o será que fueron muchos?) después de inventada ya no podamos decir con seguridad para qué servía una máquina como la de la foto. ¿Quiénes la usaban? ¿Qué tipo de hombres o mujeres? ¿Para hacer qué? ¿En qué circunstancias? ¿Y cómo era la vida alrededor de esa máquina? ¿Dónde la guardaban? ¿Con qué otros objetos? Me gustaría tener las respuestas. Pero mucho más me gustaría saber en qué piensa el dueño de casa cuando mira esta máquina, cuando la guarda, cuando se la presenta a los invitados con una sonrisa pícara y una mirada que alumbra.


Cándida


PS. El dueño de casa tiene nombre y apellido. Pero tiene tanto nombre y tanto apellido que me acobardo y lo callo (en esta ocasión).

sábado, 21 de julio de 2012

Paka Paka nuestro de cada día


En la medida en que algunos lectores se conectan desde Rusia quizás no esté de más recordar que Paka Paka es un canal de la televisión argentina dirigido a niños de 6 a 12 años, desarrollado por el Ministerio de la Educación.

Extrañamente, es en la televisión –esa “caja boba” como ha dicho el poeta Acho Manzi– donde se está dando una experiencia cultural francamente innovadora. Me atrevería a decir que todas las personas interesadas en temas culturales –no sólo culturales porque éstos nunca son exclusivamente culturales– deberían mirar un poco el Paka Paka nuestro de cada día, tengan o no tengan hijos, nietos, sobrinos, etc. ¿Por qué? Porque quizás haya en ese espacio un camino al que nos podemos remitir para seguir creciendo los que, para bien o para mal, tenemos más de 12 años. La consigna de Paka Paka suena en todo caso a invitación: “El Poder de la Imaginación”.

¿Qué muestra el canal? Por ejemplo, niños que hablan sobre niños a otros niños. Niños que hablan sobre sí mismos, sobre sus vidas, sus sueños, su entorno, sus costumbres sin la mediación de un adulto. Me refiero desde luego a la palabra, a la manera en que se expresa y no a las condiciones de realización de los programas. No a la convocatoria. Los adultos están presentes, pero en muchos programas entre bambalinas, no son los protagonistas. Los protagonistas son los niños y los adultos que los rodean están ahí para permitirles expresarse (es el caso de programas como Autorretratos, Mi Escuela, La Lleva).

¿Sobre qué habla? Por ejemplo, sobre literatura (Biblioteca Infinita). Sobre ciencia (La casa de la ciencia). Sobre historia (Zamba). Sobre artes visuales (Veo veo). Sobre música (Toco con todos). Sobre derechos (segmentos entre los programas). Sobre Buenos Aires, también, sus barrios. Sobre Argentina, en toda su diversidad. Sobre América Latina, en toda su diversidad. Sobre África, Asia, el mundo. No todos los programas son argentinos. Los hay de muchos países y esto tiene que ver con la manera en que trabaja el canal, remito a los lectores interesados al sitio del mismo*. Pero lo que se quiere subrayar es de qué manera Paka Paka involucra al niño en una relación cultural. No se trata o no se trata prioritariamente de entretener al niño. Claramente la mayoría de los programas –con poquitas excepciones e independientemente de que nos guste más éste que tal otro– están dirigidos a niños que se postula creativos. Ejemplo: “Toco con todos” donde se puede aprender a hacer instrumentos de música con (casi) nada y a transformar la boca en instrumento sin decir palabra. Otro ejemplo: Los experimentos de La Casa de la Ciencia. O sea, niños que saben y seguirán sabiendo. Niños que hacen y seguirán haciendo. Niños que tienen su peculiar definición de esto o lo otro.

Hay más. Es raro que la televisión reflexione sobre sí misma. En Paka Paka encontramos también una exasperante gallina que crítica al gallo que se pasa el día viendo televisión y muy especialmente un noticiero (Kikiriki): “¡es la misma porquería de siempre!” grita la gallina y el gallo niega, dice que es “diferente”: “claro, insiste la maldita gallina, ¡vos porque te conformás con poco!”. Eso es lo que no hace Paka Paka y nos invita a lo mismo. A no conformarnos con poco. A eso invita también a nuestros niños. Por eso pienso que si tenemos suerte y voluntad, si Paka Paka (y todo cuanto hace posible este canal) puede seguir desarrollándose, de acá a algunos años la diferencia entre adultos se dará también en esos términos: los que vieron y los que no vieron Paka Paka que se asemeja a “una escuela de todas las cosas”.

Durante varios años la televisión se me presentó como el circo romano. En peor. Porque es una poderosa máquina que banaliza todos los males que aquejan nuestras sociedades, manipula la información, tiende a generar depresión colectiva (las noticias tienen que ser “malas” o no son y si además es posible deformarlas, agravarlas, de manera a que estemos convencidos de que el fin del mundo es para mañana o pasado mañana, mejor), favorece ciertos modelos culturales en detrimento de otros y, más generalmente, vende todo lo que puede ser vendible. Como si esto fuera poco, la televisión nos mantiene sentaditos, ordenaditos y –debe haber algún vinculo– gorditos. Estos aspectos del problema tienen una solución fácil: se apaga. Hay muchas otras maneras de enterarse de lo que pasa fuera de casa. Pero Paka Paka junto a otros canales similares señalan que desde la misma “caja” se puede emprender una suerte de batalla. Esa batalla es cultural. Y es otras cosas más. Habrá que seguir investigando.

Ahora bien. Respecto a la mayoría de los canales que no son Paka Paka ni asimilados… Referirse al poema de Acho Manzi que fue canción. Entre otras cosas dice así. “Dale al electrón… dale al electrón… dale con la lanza… y en el corazón…”

Antonia

*Si le interesa visitar el sitio internet de Paka Paka: busquelo y haga su propio experimento.

"500 años después" (Acho Manzi, J. Cedrón) - Cuarteto Cedrón, 1997

lunes, 16 de julio de 2012

Librerías Compañeras


Como alguna vez dijera Miguel Cané, habitualmente se tiene la sensación de que “Publicar un libro en Buenos Aires es como recitar un soneto de Petrarca en la Bolsa de Comercio”. Efectivamente: una vez pasadas las adrenalinas de las inscripciones, la imprenta y la eventual presentación, el texto queda sometido al ingrato destino que le tiene reservado el actual sistema de distribución y venta de la mercancía “libros”. Las grandes cadenas, no podía ser de otro modo, vienen provocando grandes pérdidas. La de los libreros, desde ya, pero también la de los títulos: si usted no se apura a buscar la obra recientemente editada que le interesa, lo más probable es que “los despachantes de libros” no sepan a qué sótano ir a buscarla. No exagero: en los exhibidores, hasta los best-sellers tienen menos vida útil que un “tweet”, y esto es así porque las mega-editoriales vienen usando a las librerías como verdaderos depósitos para sus fabulosos tirajes. Claro que estas cifras excitan a los chochamus de “las industrias culturales”, quienes elaboran gráficos en base a los datos de la Cámara del Libro y otras fuentes igualmente prestigiadas. Siguiendo estas deliciosas curvas uno podría pensar que estamos en el mejor de los mundos: se edita, se vende y se lee. No vaya a creerse que estoy diciendo que la situación no ha mejorado, sobre todo desde el momento en que esos indicadores reflejan un efectivo repunte del mundo editorial. Sin embargo, si pensamos estos problemas tan sólo en términos de “industrias culturales”, es probable que terminemos creyendo que el país nunca anduvo mejor que cuando se lanzaban 20 manuales para self-managements por semana, olvidando que en misma época nadie tenía un mango.

Es evidente que hay un cierre “por arriba” que deja conformes tanto a las grandes empresas como a un sector de funcionarios estatales que andan con el paradigma cambiado. ¿Cómo se sale de esto? Me gusta imaginar que es posible la formación de una red nacional de Librerías Compañeras, una bien esparcida serie de locales a cargo del Estado en la cual sería posible encontrar, en cualquier punto del país, las producciones regionales, locales y nacionales. Las Librerías Compañeras con las que sueño podrían ser construidas por el/los estados nacional/provinciales (evitando ad infinitum el sovietismo en lo edilicio), o ser adecuaciones de algunas ya existentes (que habría que comprarles a los privados), pero en cualquier caso no deberían dejar de tener su café/salón de lectura y su eventual espacio para las presentaciones. En ellas, el lector interesado en la vida nacional, podría encontrar todo lo que la inteligencia argentina es capaz de generar para ser leído y aprovechado por los compatriotas. De este modo, el chaqueño podría acceder a lo que escribe el chubutense y el patagónico tendría en sus manos un volumen editado en Formosa o Jujuy, quebrando de ese modo el aislamiento al que nos condena la dependencia de las actuales cadenas de distribución y venta (una de ellas, será de Dios, acaba de ser comprada por el Monopolio). Como mi sueño es mío, no imagino locales pobres ni en la oferta ni en lo tecnológico: las Librerías Compañeras contarían con un servicio de consulta online para que los autores puedan saber en tiempo real el estado de sus ventas y la localización de las mismas, terminando así con la maldita costumbre de las casas editoriales de fumarse las ganancias de los escritores (mínimas, por otra parte). Además, esta digitalización permitiría que los lectores pudiesen consultar o colaborar con los autores que así lo deseen: no son pocos los libros que terminan admitiendo baches debido a que las grandes distancias, y la falta de recursos para salvarlas, hicieron imposible la toma o la constatación de datos en lugares alejados, y no son pocos los lectores dispuestos a salvar esas lagunas. El libro que viviera su existencia dentro del sistema de las Librerías Compañeras pasaría, ahora sí, a ser una obra verdaderamente nacional, tanto por su creador como por la certeza de llegar a sus destinatarios naturales.

Desde ya, quedarían excluidas las producciones que ya tienen su propio y aceitado circuito de comercialización, porque las Librerías Compañeras vendrían justamente a quebrar el monopolio de la distribución que hace que en un país fuertemente republicano -y, si se quiere, hasta jacobino- los niños terminen leyendo sobre príncipes y castillos. Otro punto sería el de los descuentos a aplicar: no deberían superar el 30% para los editores independientes (para que de este modo puedan reinvertir parte de la ganancia en nuevas ediciones), pero podrían llegar al 50% en el caso de editoriales más consolidadas o inclusive en el caso de las Universidades Nacionales o Provinciales que sí están en condiciones de aceptar una quita mayor. ¿De qué vivirían entonces, se me pregunta? De lo mismo que viven el resto de las librerías a las que no les va nada mal, pero además se las debería tener en cuenta a la hora de todas las exenciones impositivas habidas y por haber (el libro, para empezar, no paga IVA). Por mi parte, estoy convencido de que los índices que manejan los “industrio-culturosos” adolecen de falta de país, y de que existe una avidez tal de temas nacionales que las Librerías Compañeras serían un éxito. Pero si así no fuera y si la Nación o las Provincias debiesen “bancarlas”, pues bienvenido sea el Estado a sus genuinas funciones de reparación social y cultural. ¿O acaso estas Librerías no se llaman Compañeras?

Carlos Semorile

Un pedido para los que quieren


De nuestras discusiones ha ido surgiendo el tema cultural. Ha ido surgiendo de dos maneras. Como celebración y como aspiración.
Celebración porque quienes participamos en este espacio no somos huérfanos de cultura, nos sentimos más que parte de una “banda” que recibe múltiples legados. Los tenemos identificados, los reconocemos, los sabemos en parte marginales porque las políticas culturales (o su ausencia) permite esa marginalidad de nuestros “padres de la patria”. No solamente los ya conocidos. También los otros. Los famosos “grands hommes” que reza el Panteón allá en las callecitas parisinas por las que algunos nos perdimos y nos encontramos también. Algunos de esos “grands hommes” mueren en otros lados en el más perfecto abandono. Filósofos. Escritores. Músicos. Existe quizás sin proclama una patria amplia cuyo territorio, o más bien cuyo cuidado no está en manos de ningún guardia fronterizo ni asimilado. Una patria cultural que muchos llevamos dentro aunque tenemos muy diversas nacionalidades.
Aspiración, también. La cultura nos ha surgido como aspiración porque, precisamente, queremos más. No: queremos diferente. Así nació el pedido, hecho a nuestros colaboradores y a quien quiera participar, de hacernos llegar sus reflexiones sobre temas culturales. Especialmente, sobre lo que serían algunos aspectos importantes de una política cultural según su modo de pensar… y de querer.
Y así, Tata (ver lista de colaboradores) se acordó de este texto publicado alguna vez en el año 2004, cuando en Buenos Aires  se planteó la pregunta de cuáles serían las cualidades que debiera tener un secretario de cultura. Lo publicamos a pedido suyo mientras Carlos Semorile y el Profesor (ver lista de colaboradores, etc.), pluma en mano, nos dicen que el pedido, definitivamente, no cayó en el vacío.


ANIBAL FORD (1934-2009)
Es importante tener calle

“Hace cincuenta años que estamos discutiendo el maldito término de cultura, como diría Raymond Williams. Lo que es claro es que un secretario de Cultura no puede limitarse a la concepción tradicional del término como bellas artes, aunque se vea restringido a ellas por razones institucionales o por obsolescencia institucional o conceptual. La cultura es también memoria, genealogías del trabajo o de la vida cotidiana, formas regionales de entender la vida o la muerte, exploración tanto de las formas en que se cruzaron en el país, mal o bien, los gringos, los criollos y los pueblos prehispánicos. En el fondo –y tómese en cuenta que también hablamos de la cultura de la droga y de la violencia–, hablar, administrar e interpretar la cultura es ver cómo les damos sentido a nuestras diversas prácticas sociales o individuales. Hay una cultura de la política o de la ciudadanía y no sólo una política de la cultura. Y se puede seguir. Lo cierto es que éste es un tema colgado y que no se va a resolver si no cruzamos la cultura de las bellas artes con las culturas de la pobreza o de la exclusión, de la Recoleta con la de los caminos olvidados, la de las nuevas tecnologías con la de las memorias y los tiempos largos de la constitución fragmentaria de nuestro país. Por lo tanto, pienso que un secretario de Cultura tiene que tener calle y haber pateado barro en todas estas instancias.”


domingo, 15 de julio de 2012

Archipiélagos



En 1934, Ricardo Rojas estuvo durante cinco meses en la Isla Grande de Tierra del Fuego en calidad de preso político. En aquel confinamiento escribió una serie de artículos sobre aquella comarca que, en su americanismo, él prefería llamar “Onaisín”. De su estadía en el sur, Rojas hizo, como siempre, un llamamiento para volver argentino lo argentino (“De nada vale declamar contra las infiltraciones extranjeras, más o menos imperialistas, si los argentinos descuidamos nuestro deber”), y ese fervor nacional es lo que puede leerse en las páginas de “Archipiélago”. El libro conoció un par de ediciones en vida del autor, y luego vivió un letargo de callados anaqueles de donde lo rescató la interesada mirada de Federico Gargiulo, alma mater de la editorial Südpol. La nueva edición se presentó el viernes pasado en la Biblioteca Nacional, bajo el amoroso resguardo de los trabajadores de la Casa Museo de Ricardo Rojas, un colectivo de mujeres y hombres que obran el milagro de mantener funcionando un museo que, desde hace años, mantiene sus puertas cerradas al público.

Desde que los conozco, puedo asegurar que no han cesado de peticionar y de gestionar para evitar el colapso de la que fuera la casona de Rojas, un solar de exquisito diseño acechado por derrumbes, humedades y otros imponderables que constantemente ponen en peligro el patrimonio que ella conserva. Cual metáfora del conjunto de nuestra vida cultural, se desconoce todo lo que “la casa” atesora  y que aún no ha podido ser inventariado en su totalidad. El Museo sobrevive en un limbo de desidias parecido al que se retrata en “Archipiélago”, desenvolviéndose por sus propios medios, lo que equivale a decir que descansa en la energía que le insuflan las voluntades de sus trabajadoras y trabajadores. No está nada mal ese amor, tan parecido por otra parte al que todos los hacedores culturales derraman en cada proyecto que llevan adelante, dejando en ellos alma y vida. Pero tampoco está mal decir que el Estado tiene obligaciones y que, si las descuida, “de nada vale declamar contra las infiltraciones extranjeras, más o menos imperialistas”. Para ser más preciso: a todos nos persigue una conocida frustración, la de percibir que nuestras tradiciones culturales no son honradas plenamente.

Los isleros de la Casa de Ricardo Rojas siguen dando el ejemplo, juntándose en sus casas a falta del Museo, reeditando una obra y preparando otras. Ricardo Rojas no es una pluma menor de nuestras letras, y aunque tardíamente se haya colocado a la derecha de sí mismo, sus páginas nacionales no deberían andar como islotes a la deriva, desintegradas del continente del Pensamiento Nacional.


Carlos Semorile

miércoles, 11 de julio de 2012

Los mineros de Asturias: Una tradición solidaria


“Todos los 4 de Diciembre los mineros asturianos y del resto de España celebran la fiesta de su patrona Santa Barbara. El movimiento obrero fue esencial en la lucha por las libertades y la democracia en España. El himno de los mineros ha traspasado las barreras de la mina y se ha convertido en un himno solidario y reivindicativo para todos los trabajadores... No en vano el nacimiento de las Comisiones Obreras se sitúa dentro de una mina y ese movimiento obrero organizado les llevó a una de las principales revueltas antifranquistas, la huelga minera de 1962....Y lo que ocurrió en Asturias, en las huelgas que se desencadenaron en las minas entre abril y junio de 1962, puso en marcha la apasionante lucha por la libertad de este país. Lo que van a mostrar los mineros de Asturias durante el desarrollo del conflicto es que no son unos salvajes dinamiteros, como los pinta el régimen franquista sino que su cultura está hondamente enraizada en una tradición solidaria que heredan de sus mayores. No hay violencia. Todo se va produciendo a través de gestos silenciosos y acciones simbólicas. Si hablaban entre ellos, la represión podía ser mayor. Así que no entraban a trabajar si el picador de mayor prestigio no bajaba la percha con el mono y el casco. Entonces miraba a sus compañeros, y éstos entendían. No fue, además, sólo cosa de los hombres. Las mujeres ayudaban, y allí donde había esquiroles sembraban su camino de granos de maíz para llamarlos gallinas. Hasta que se unían a los demás”.

[texto que acompaña el video publicado en la entrada anterior. Cf. https://www.youtube.com/watch?v=x_XApseiqZ0]

Los que caminan

Nuestra común ignorancia



“Todos sabemos algo”. Por lo menos un cachito. Cada cual en su rubro, en su oficio, en su ocupación. Nadie parece escapar a esta afirmación que de un tiempo a esta parte anda circulando por las aulas argentinas.

“Todos sabemos algo”.

Ojalá la frase se expanda, tenga un largo camino, atraviese ríos, llanuras, pampas, cordilleras, bosques y selvas. Que no se limite a ciertas aulas de las escuelas públicas de la ciudad de Buenos Aires.

Mientras esperamos una entrevista con Gabriela Reche (maestra jardinera) que evoca en algún punto estos temas, se puede recalcar la importancia de esta afirmación de algunos maestros porque incluye una forma de generosidad.  Una propuesta, una invitación a no discriminar entre mi (tipo de) saber y el (tipo de) saber del otro.

“Todos sabemos algo”.

En cierta medida, la afirmación conlleva otra menos evidente. Si todos sabemos algo debe ser cierto también que nadie sabe todo sobre todo. Y esto es una buena noticia porque nos iguala en una común ignorancia. Quizás, si fuéramos capaces de tomar la exacta medida de nuestros pocos[1] saberes y de nuestra bochornosa[2] ignorancia sería más fácil dialogar. Con otras perspectivas. En definitiva, siempre se trata de mover las fronteras. Las internas. Las que más cuesta traspasar. Más allá de las dificultades a las que nos enfrentamos a diario –las personas normalmente constituidas, es decir más a menudo injustas que justas– en nuestros diálogos con quienes piensan diferente –lo que puede llegar a incluir al resto de la humanidad–, tengo en mente otra cosa: la posibilidad de seguir conociendo. 

Así, junto con recomendar la lectura de un viejo maestro  llamado Jacotot, el “Maestro Ignorante”, y de uno menos viejo llamado Rancière, que lo estudió al primero, quisiera compartir una suerte de ilusión: la posibilidad de aprender de quienes no tienen patente de sabios, de quienes a menudo han sido (des)calificados como ignorantes. A veces son ellos los que caminan, caminan, caminan, con la esperanza de que se abran las puertas de las grandes ciudades. 


Antonia


[1] En la medida en que todo saber resulta poco en relación a un universo amplio. O sea, teniendo en cuenta, aunque sea una banalidad, que todo es relativo.
[2] Por mucho que algunos estén patentado sabios y/o cultos, esa "patente" siempre será a su vez relativa ante la diversidad de los saberes posibles.

viernes, 6 de julio de 2012

Pasaje Valle: El tango los tangos 2º (1920)

Pasaje Valle: El tango los tangos 2º (1920):    El tango ha perdido su inocencia - como Buenos Aires, que se ha convertido en una de las diez metrópolis más grandes del mundo – y evol...

Pasaje Valle: El tango, los tangos... (1)



Pasaje Valle: El tango, los tangos... (1): Indudablemente el tango contiene elementos de la música afro-cubana como la habanera y el danzón. Para ciertos autores “milonga” es una pa...

lunes, 2 de julio de 2012

Versos de una maestra de piano

María Eugenia Romo nació en la V región de Chile a principios del siglo XX. De haber llegado a este mundo en una época y lugar menos rurales y patriarcales, hubiera sido una gran concertista. Sin embargo, dedicó su vida a enseñar piano, solfeo, compuso canciones y escribió poemas que usaba en clases para que los niños aprendan los números, las letras y por supuesto, las notas. Pero en su intimidad también dejaba fluir en versos sus esperanzas y añoranzas. Aunque ella fue mi abuela paterna (de hecho, la conocí muy poco), comparto el poema "Cuando me haya ido" más como un homenaje a la relación entre madre e hija, ese vínculo único que ningún otro lazo puede suplir. Pero los dejo con las palabras de María Eugenia. Son mucho mejores que las mías...

Valeria

CUANDO ME HAYA IDO
(María Eugenia Romo)

Búscame en el parque, en cada árbol
y en el banco aquél donde estuvimos
tantas veces hablando de nosotras,
que allí estará mi alma, allí contigo.

Búscame entre tus flores preferidas,
que allí estaré para alegrar tu vida,
perfumando con rosas y claveles
el aire que respires, niña mía.

Búscame en tu corazón apasionado,
que cuando tú me llames, yo vendré.
Búscame donde quieras, que yo siempre
a tu llamado pronto acudiré.

Búscame entre las nubes, en otoño,
cuando se acerquen esas tardes frías,
que yo te envolveré con mis recuerdos
para abrigarte siempre, hija mía.

“¿Vio Doña? Le dije que iba a volver”


Doña: ¿y a usted le parece que me va a dar la cabeza para la música? ¿Qué me van a dejar entrar, con esta pinta?... Si se entera mi viejo, me mata a palos, porque siempre me dice que esas son cosas de maricas…

¿No tiene un pucho, doña? Uno sólo, ya sé que me va a decir que me cuide, pero yo porros no fumo, quédese tranquila, y le prometo que cuando me compre otra pilcha, voy y me anoto. Otro día que pase con el carro, le cuento…

Y con ésta última promesa, recobrando una lánguida sonrisa de infancia casi olvidada en su cara de adulto prematuro, Jorge arrió el caballo, perdiéndose de a poco su imagen en la maraña de trastos viejos que asomaban desde atrás. Pasaron meses sin que se lo volviera a ver. Otros chicos, quizás hermanos, tal vez más pequeños que Jorge, pasaban con sus carros, reflejando el mismo agobio en sus rostros, de una infancia robada a los golpes.

Al cabo de tres años, y como si fuera producto de una alucinación, se sintió a lo lejos una música de flauta que venía enredándose entre los perfumes de fresias y paraísos. La radio no estaba prendida, tampoco el equipo de música. Gente en la vereda, no había… Tal vez el canto de un pájaro aún desconocido… No, seguramente se trataba de una alucinación… Pero, ese melodía… que evocaba los sonidos del renacimiento. Quizás quedaron anidados en las semillas de algún árbol y retornaban al presente las viejas noticias que portaban los juglares. De pronto, una sonrisa ocupó todo el paisaje. Era la de un adolescente de alrededor de diecisiete años, que llegaba con su carro a caballo y llevaba una flauta en la mano.

“¿Vio Doña?, le dije que iba a volver a contarle. Con la guita, todavía falta un poco para que puedan comer mis nuevos hermanitos, el viejo sigue chupando, pero yo, todas las tardes me rajo a la sociedad de fomento y… mire si tendré suerte en la vida. Los mandamás de ahí hacen una rifa para recaudar fondos y me regalan la flauta. Ellos dicen que avancé mucho y que prometo. Yo, ¿qué quiere que le diga? No me importaría no aparecer en la tele, como esos señores serios de saco y corbata que están en las orquestas. A mí, me gusta andar con mi carro recorriendo las calles. A veces me hago la siesta debajo de un árbol, otras me voy a la laguna y me siento a tocar frente al agua. Además la gente ya me mira a la cara cuando paso tocando y dicen: ahí viene el chico de la flauta, y me dan comida, botellas y diarios y yo siempre unos manguitos llevo para la casa”.

A medida que hablaba, su rostro se iba iluminando y sus ojos parecían querer devorarse toda la energía del día.

Una noche de estas, paso y le regalo una serenata. Siempre que toco, pienso en usted, de lo buena que fue conmigo… La semana que viene le traigo unos higos”.

Diciendo esto, Jorge arrió el caballo con una mano y con la otra, tocó la flauta. Su imagen crecía tras los trastos viejos. Era el amo de su propio feudo, cual príncipe todopoderoso, poseía todo.

Era feliz.

Mónica Miller