viernes, 30 de septiembre de 2011

El árbol de Luis

Quisiera vivir en un árbol,

en la oquedad del árbol de la noche.

Me dormiría en este vientre seco,

regresando a la corteza

de la tibia quietud que me devuelve

a la tierra final de mi destino”.

Luis Oyarzún

Valdivia es una ciudad ubicada en el sur de Chile. Como en toda esa región, si no está lloviendo, está por llover. En los años 60´, podría casi haberse descrito una típica y perfecta ciudad de provincia al estilo Pleasantville (pero en el mundo real, obviamente: ni tan típica ni tan perfecta). Tenía su universidad, su correo en la Plaza, su radio, sus barrios, su paseo junto al río y su par de famosos cafés en los cuales se congregaban los habitantes a compartir un rato escapando de algún aguacero.

Pero como en las películas, la modernidad comenzó a llegar y con ella un proyecto de construcción. El Banco del Estado compró a finales de esa década un terreno en pleno centro en el cual proyectaba edificar sus nuevas oficinas. Pero los planos implicaban derribar un árbol único y centenario que se encontraba en ese mismo espacio.

Y de esto se enteró Luis Oyarzún. Luis era profesor de filosofía en la Universidad Austral, poeta y gran orador. Quienes lo conocieron creen que como él debe haber sido Sócrates. Pero también era un amante de la botánica y abogado de la Tierra. Por ello, inició una defensa de ese árbol que tal vez había visto hasta la llegada de los españoles. Realizó una campaña sin tregua a través de los medios de comunicación, sensibilizó a mucha gente hasta que finalmente consiguió que el edificio nuevo se construyera justo a un costado del tulípero.

Cada vez que voy a Valdivia, visito “el árbol de Luis”. Como si se tratara de una peregrinación. Pero cuando viajé el año pasado, tuve una grata sorpresa. El árbol estaba ahí, al final de una callecita, con la torre de la Iglesia Luterana de fondo. Al acercarme, vi que había algo más, una cosa muy pequeña y significativa: una placa. Una placa recordatoria de este académico y escritor que tanto quería a la naturaleza. Esta iniciativa había sido patrocinada por diferentes instituciones académicas y gubernamentales que tuvieron la sabiduría de ilustrar el homenaje con unos versos del mismo poeta.

Como todo detalle preciso, el hecho de encontrar esa placa fue bello, conmovedor. La historia de amor entre un hombre y un árbol. Grabada ahí para siempre. Para recordar que, más allá de la ignorancia, el olvido y la vulgaridad que vemos a diario, sí existen gestos de memoria, sí permanecen en el corazón colectivo ciertos seres humanos y sí, las ciudades pueden dejar entrever a los peatones que no todo lo que encuentran a su paso es casual y que hay rincones que parecieran no tener trascendencia, pero que no olvidan a ciertas personas, muy locales, muy de ahí, que como en la canción se fueron con “la lucha a cuestas y el alma abierta”.

Val


jueves, 29 de septiembre de 2011

Una voz

Esta voz no habla en castellano. Pero tampoco habla solamente francés. Habla un idioma especial, un idioma que es suyo, de la voz. Próximamente les contaremos lo que decía, lo que sigue diciendo ahí donde se encuentra.

Este apunte sonoro se vincula con la nota "Un profesor". Pulsar el botoncito... y escuchar.


video

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Teje que teje


Creo que uno de los primeros hitos en mi vida debe haber sido cuando aprendí a tejer. O uno de los primeros hitos que recuerde porque sin duda antes hubo el aprender a caminar, a leer y a escribir. También a contar, por cierto. Pero conservo sólo una vaga idea de cómo sucedió todo eso. Sí puedo evocar de manera muy nítida encontrarme en la sala de mi casa en el sofá con mi madre, muy cerca para alcanzar a ver sobre su hombro cómo funcionaba esta maravillosa cosa que me iba a permitir tener una bufanda ¡hecha por mí misma! Había esperado ansiosa ese momento ya que el trato era que primero ella cocinaba y luego me enseñaba. De modo que la clase tuvo aroma a deliciosa comida preparándose en el horno.

No recuerdo, ni en los diversos trabajos que he tenido en mi vida, haber visto tanta diversidad de mujeres y entendiéndose de manera tan generosa como en grupos de tejido. Me acuerdo perfectamente de varias compañeras de un curso de crochet que tomé hace unos años: había una economista jubilada que estaba aprovechando su tiempo libre en solamente darse gustos; una diseñadora de vestuario con ganas de creaciones nuevas, una estudiante de liceo aficionada a la confección de monitos japoneses, una dueña de casa con su hija adolescente que compartían el entusiasmo de los hilos. Había también una ingeniero civil. Venía a clases en moto. Usaba un traje acolchado de cuerpo entero estilo Kill Bill y aparecía con casco en mano y su bolsito con palillos. Solucionaba todo con fórmulas matemáticas. Cuando nadie tenía muy claro con cuántos puntos empezar y cómo ir aumentando y disminuyendo para lograr el resultado definitivo, ella compartía la solución que había descubierto: había que calcular que el número inicial fuera un múltiplo del número que una necesitara al final y funcionaba. Optamos todas por creerle y admirar su estrategia. No sé cuántas las utilizaron.

El tejido ha sido practicado por todas en todas partes y en todo momento. Permite tener un vínculo con cualquier mujer como dignas herederas de Eva. Más aún, hasta las diosas tejieron y el que no me crea que vea la imagen más arriba. Y de más está decir que tiene todos los adjetivos positivos existentes: es creativo, recreativo, productivo, permite distraerse, entretenerse, relajarse. Es el único trabajo que admite atención en él pero sin mezquinar la concentración. Yo tejo escuchando música y disfruto cada nota con cada punto en una armonía perfecta. Mi madre tejía viendo seriales policiales. Contaba, sumaba, restaba y al mismo tiempo descubría quién era el asesino.

Pero más allá de sus cualidades, este oficio es además un lazo afectivo que conduce hasta las raíces. Es saber de dónde vengo, recordar lo que me enseñó mi madre y que a su vez le había enseñado su madre, rememorar a mi abuelita (Dios, ¡cómo echo de menos a mi abuelita!). Pero también a mi bisabuela, mi tatarabuela, alguna tía o prima cuyo nombre ni conozco pero que seguramente también se sentó junto a una niñita, como yo, entusiasta y admirada del mundo de las mujeres grandes, a transmitirle lo que a ella le habían enseñado.

Tejer es amar. Es amar su identidad, su origen. Pensar con amor en la chimenea del hogar de su infancia al calor de la cual imaginó su futuro, en la llegada de la primavera para poder usar por fin el chaleco nuevo de algodón, en las tartas de manzana y en el piano como música de fondo. Tejer es amar a las personas que tejieron antes que una. Es amar a las personas para las cuales una está tejiendo. Y tejer es también amarse a sí misma. Amar su propia creatividad, su propio tiempo, su propia sencillez y sus propias memorias.

Val

lunes, 26 de septiembre de 2011

Olga se cruza con “El Morocho”

En esta oportunidad, escribo sobre quien me enseñó a “evocar”, mi abuela Olga Maestre, una mujer que cultivó –al menos para nosotros, sus nietos– una amorosa memoria.

Olga Maestre está por cumplir 17 años, y sale con una de sus hermanas a dar la tradicional “vuelta” a la Plaza 25 de Mayo, pleno centro de la vieja San Juan, la de las casitas con patios, la de los “palacios de adobe”. Se llevan tomadas del brazo, como hacían las muchachas de antes, y así caminan la tarde, con sus pasos cortos y sus sueños largos. En dirección contraria, vienen conversando dos hombres. Acaban de salir de “La Cosechera” y se dirigen al “Cervantes”, o al revés, desde el teatro de José Estornell van hacia la paqueta confitería. Se nota que no son de allí: son los “artistas” que vienen de Buenos Aires, han actuado en Mendoza y, luego seguirán rumbo a Chile. Vida de músicos. Uno de ellos es un guitarrista. El otro es Carlos Gardel. Cuando se cruzan con las niñas, los señores ralentizan sus pasos para insinuar un cabeceo galante mientras acarician apenas las alas de sus sombreros. Por debajo de su chambergo, la sonrisa de Gardel es un fulgor creciente que rivaliza con el sol perpetuo de los cuyanos. Sin embargo, las chicas no se desmayan. Son muchachas provincianas, curtidas, y no están para lujos. Años más tarde, Olga me dirá: “Gardel es el hombre más hermoso que yo haya visto jamás. Los dientes perfectos. La nariz recta. Una linda altura. Fuerte. El otro no era feo tampoco. Lindo hombre. También alto. Lindo color en la cara... Lo que pasa es que los hombres son más lindos que las mujeres, sin pinturas, ni tinturas, sin afeites. No hay engaños con un hombre”. Cuando me contaba estas cosas, Olga se dejaba llevar por un zonda mínimo, imperceptible casi, pero que la envolvía entera cada vez que su tremenda memoria la ligaba a su suelo natal. Esa cálida ráfaga hacía menos dolorosas las turbulencias de una época difícil. Su hombre, un bello y recio varón recién fugado de una infame cárcel cordillerana, caminaba Buenos Aires ensayando oficios y, por esos días de julio del ´33, describía el brillo piadoso de los cirios que millares de manos cargaban en lentas procesiones” durante las exequias de don Hipólito Yrigoyen.

Carlos Semorile

miércoles, 21 de septiembre de 2011

“Mañana, si amanece lindo…”



Uno de los temas que este espacio quiere privilegiar es todo cuanto refiere a nuestras escuelas, a nuestros maestros, a la experiencia de enseñar y aprender. Este es el relato de una maestra y es el relato de un inicio hace 25 años, escrito hace 25 años, en una escuela rural argentina. Ella, Cecilia Vaisman, tiene la palabra.


Lunes 1 de setiembre. 1986. 22.15 hs.

Llegar con sueño al pueblo y encontrarse con que había llovido bastante el fin de semana, no es lo mejor que le puede pasar a alguien que tiene que atravesar 70 km de camino de tierra para llegar a su hogar/trabajo/escuela y, mucho menos, si ese alguien es una “chica de asfalto” y temerosa como yo.

Fuimos coleando en la camioneta hasta lo de un tal Sánchez, primero por el camino de siempre, pero después por una callecita angosta de agua y barro; barro, agua y cunetas.

Luego a la Escuela 20, de acá para allá, rozando los bordes y dejando estela entre la huella patinosa. Ahí, los mates de la espera, más tarde las patinadas a pie hasta La Unión-almacén de ramos generales con equipo de radio-llamada, de ahí por radio a La Choza –puesto más cercano al lugar de destino-. Mientras la tormenta seguía acercándose.

A las tres de la tarde, un sulky y un jinete, Don Pascual Bailón Rodríguez en el rodado –un paisano viejo de esos que se escupen las manos a cada rato, con un montón de nietos-alumnos de acá y de allá-, el jinete, uno de esos nietos, Miguelito, funcionaba como tranquerero y acompañante. Cargar las cosas y salir rápido, antes de que se largue… Bajar por la cuneta en el sulky, cruzar charcos, terrenos desparejos. Boba, la pobre vieja y fea yegua de tiro, se quedaba y recibía continuos latigazos ante los que yo no podía disimular mis gestos de dolor. Tensión y miedo, miedo e incertidumbre.

A mitad de camino, los rayos se aparecían sin que yo quisiera mirarlos, cerca, muy cerca… fueron nueve, once, trece o treinta y cinco, no sé. Mucho más miedo. Enseguida los gotones. El problema no era mojarme o embarrarme yo, ni los libros ni la ropa; el tema eran los rayos, los desniveles, el sulky viejo y destartalado, la pobre yegua, el paisano abuelo, Miguelito. Ya no me entraba más miedo en el cuerpo, pero a la vez, extrañamente, me gustaba todo eso, igual que las patinadas en la camioneta.

Al fin, el chaparrón y La Choza aparecieron casi juntos. Luego el barro, los mates, el hambre.

Más tarde, lomito de chancho adobado, chorizo casero, puré y vino. Después el café y “la escoba del 15”, pero antes de esto, la charla de un paisano viejo abuelo que llegó acá hace cuarenta y tantos años de croto y tuvo siete hijos y dieciséis nietos ¡casi nada!

Entre los mates, el vellón de lana negra que capaz me toque hilar.

Y ahora, por fin la cama, en una pieza con techo de madera y ladrillos. La lluvia, la vida, las ganas de quedarme y compartir de algún modo esto. Mañana, si amanece lindo, la escuela… ¿qué más?...


lunes, 19 de septiembre de 2011

Encuentro

En Humahuaca (Jujuy, Argentina) existe un lugar llamado Tantanakuy. Casa del Tantanakuy que quiere decir encuentro en quechua.

Este lugar se relaciona con la iniciativa de una familia. Una familia en el sentido en que lo entendemos nosotros, los que hacemos este espacio. El padre, la madre, los hijos pero no el espíritu santo. En lugar del espíritu santo (o acompañando el espíritu santo y no tan santo): los amigos. En este caso, hablamos de la familia amplia de Jaime Torres, de Jaime Dávalos, entre muchos otros artistas. Se trataba de homenajear, celebrar, difundir la cultura de la región. Se trataba de no dejarla morir. De retenerla y de permitir que se siguiera desarrollando. En 1975 se realizó el primer encuentro. Y ese encuentro tuvo hijitos. En más de un sentido.

Año tras año, con sumo esfuerzo por parte de los organizadores, se hizo el Tantanakuy: cada uno de ellos podría dar lugar a un relato, en cada uno pasaron cosas “increíbles”. Algunos que han asistido recordarán la improvisación de un gran payador uruguayo junto a una coplera. Eso fue hace tan sólo unos años. Subrayemos: el payador era uruguayo y la coplera… coplera. O sea que estamos hablando de una visión amplia de lo regional, de lo cultural y de la palabra encuentro. Esa noche, el cielo estaba estrellado y había muchos niños correteando entre el público. Los niños siempre están al honor en la Casa del Tantanakuy. La Casa no discrimina, recibe veteranos también, pero su propuesta como centro cultural está especialmente dirigida a los niños y jóvenes. Ellos son los principales destinatarios de los talleres que ahí se realizan. Y son también quienes hacen y asisten al Tantanakuy infantil. Este encuentro se realiza desde 1983 todos los meses de octubre.

Según consta en la página de presentación:

“El Tantanakuy Infantil se realiza en el mes de octubre y anualmente reúne en su celebración, cada año en un lugar distinto de la provincia de Jujuy, a unos 600 niños y niñas que comparten sus creaciones. Se ejecuta a partir de aportes generosos y voluntarios, con apoyo del sistema escolar de la provincia. Aunque no cuenta con presupuesto propio, para cada edición se solicitan aportes particulares e institucionales. Con gran esfuerzo se logra su celebración con austeridad y gran convocatoria”.

Se puede recalcar que no solamente participan niños de la región: el año pasado un grupo llegó desde el conurbano bonaerense y otro desde Córdoba, con sus respectivos docentes. Y se produjo lo que tenia que producirse: el encuentro entre jóvenes que viven en un país tan grande, que a veces de una punta a otra pareciera que son países distintos, pero no, viéndolos tocar los sikus, los charangos, las guitarras, pero también los violines (hubo violines el año pasado, violines tocados por jóvenes apunados pero corajudos), uno entiende que son todos parte de una misma historia y de un mismo territorio (abierto).

Lectores viajeros: si no conocen el Tantanakuy, es para conocer. Y si además, tienen hijos, deseamos que alguna vez ellos puedan participar en ese festival (el próximo es el 12 de octubre) que está hecho para niños y adolescentes, y por ellos.

La experiencia del Tantanakuy infantil y del Centro Cultural, todos los días, es tan rica que esto sólo puede ser considerado como una primera presentación. Vamos a programar varias notas con sus organizadores. Ellos tienen todo que ver con Nuestro Querer.

Acá un video realizado en el marco del taller de cine, animado por Aldana Loiseau.

Este corto obtuvo el primer premio en el 3º Festival Iberoamericano Imágenes Jóvenes en la diversidad Cultural de Buenos Aires (2005).





domingo, 18 de septiembre de 2011

Tantanakuy


En este paisaje, en este espacio, pasan cosas... Pronto iremos contando qué...

Tantanakuy quiere decir encuentro

sábado, 17 de septiembre de 2011

Un profesor


En versión corta (en relación a una que ha circulado en otros ámbitos), este es un relato de ficción sobre hechos ciertos y un personaje verdadero: Jacques Alesi, profesor de francés, nivel secundario, en una ciudad del norte de Francia. En el año 1951 inició su primera coloniade vacaciones con alumnos de clase de “cinquième” (12 años). Hoy jubilado, sigue dirigiendo esas colonias de vacaciones. Estamos editando una entrevista realizada con él en el año 2004. La publicaremos próximamente en castellano. Este cuentito vendría a ser una introducción. 

***
 
En el pueblo de C. casi todos somos de un país. De otro país. Y en la escuela, esto se nota más que nada en los nombres. Mamadou, Rachida, Alfonso (ese soy yo), Youssef. De vez en cuando aparece un Michel, o un Jacques, como el viejo Alesi, que nos hace clases de redacción. Pero es raro. También se nota en la piel que uno vino de lejos. Los hay de color negro, café con leche, y amarillo. Yo soy morocho. Eso, acá, se dice tal cual lo dije: café con leche. Y yo me adapto. La que se pone contenta cuando yo me adapto es mi vieja. En el avión que nos trajo a Francia, se le dio por repetir “vamos a tener que adaptarnos Al, vamos a tener que adaptarnos, hijito”. A mí me da vergüenza cuando la vieja me dice “hijito”. Por suerte lo dice en castellano y nadie le entiende. Prefiero “Al”, como el bandido. Hay que ser un poco bandido porque así a uno le tienen miedo. Por eso, lo de la gorra. Me la pongo al revés y ando con las manos en los bolsillos. Si no, no hay forma. Te puede pasar lo que le pasó a Mamadou. Fue en la clase donde van los pibes que vienen llegando y no hablan francés. Mamadou era el más chiquito, tendría unos seis años, y siempre andaba con un saco de cuero amarillo, cerrado. Un día, la Madame le pidió que se lo sacara y que lo colgara. Mamadou no se movió. La Madame volvió a repetir. El pibe, como si nada. Ella se enojó, subió la voz. Pero Mamadou seguía sentado. De repente, la Madame pegó un grito y lo entró a correr. El pibe rajó. La Madame y Mamadou le daban vueltas a la sala de clases. Todos los chicos se reían. Hasta que ella lo atrapó, y ahí no más, le bajó el cierre. Mamadou no tenía remera. No tenía camisa. No tenía nada debajo del saco, salvo la piel del pecho, que también era negra. La Madame siguió gritando “que a quién se le ocurre...”, “que hay que vestirse”. Digamos, creo que dijo eso. En esa época, yo no hablaba mucho francés. Ahora hablo. También lo escribo. Pero me cuestan las redacciones. Así le llaman a una historia que los alumnos escriben sobre algún tema. Después te ponen nota. Yo nunca tengo buena nota y es por los respiros, dice Alesi, y por el desorden de las ideas. El viejo quiere que los que venimos de otro país, le hagamos una redacción sobre nuestro viaje y la llegada a Francia, con nuestras impresiones. Los que son de acá tienen tema libre. Es una pena que yo no tenga tema libre porque el viaje nuestro fue de lo más aburrido. Un montón de horas, encerrados en un avión con vista a un cielo lleno de agua y de nubes. Por eso pensé que a lo mejor uno podría escribir sobre el viaje de otro, y traté de imaginarme cómo habrá sido el viaje de Mamadou. No le puedo preguntar porque no vamos más a la misma escuela, él sigue en la primaria, y yo voy al “collège”, como corresponde a los que tienen más de once años (yo tengo doce). Pero se me ocurre que el viaje de Mamadou tiene que haber sido muy triste. Porque, en general, es triste ser negro. Esto, algún día, lo voy a tener que explicar. Y es que en la escuela no sólo cuentan los colores sino también si sos político o si sos económico. Hay gente que no lo entiende. Mi vieja, por ejemplo. Dice: “todos los niños del mundo son iguales”. Y no es así. Porque si sos político, apenas café con leche (como yo), te miran con sonrisas, sacuden la cabeza, y dicen “pobrecito”. Pero si sos económico, y más encima negro (como Mamadou), te persiguen por la sala de clases y te dejan en bolas. El viejo Alesi es una excepción. Y es una excepción importante porque mide dos metros de alto y por lo menos uno de ancho. Tiene una panza enorme y una nariz que le hace juego. Cuando se enoja, la nariz se le mueve, la boca ladra y pequeñas gotas de saliva saltan alrededor. Los alumnos bajan la cabeza y se miran. A mí, lo que me impresiona es la voz. Como de terremoto. Al viejo Alesi le da lo mismo la ropa de sus alumnos, y no hace diferencias entre económicos y políticos, negros, blancos y amarillos. Nos lleva de vacaciones. Los demás se impactan cuando yo digo que es cierto, que el año pasado fuimos a Grecia. No creen que es posible, porque en el pueblo de C. los pibes de cualquier país somos pobres. Pero el viejo tiene sus rebusques. Y si uno no puede poner plata, da igual, Alesi te lleva. Y si vos no tenés papeles, o sea documentos, también te lleva. Yo, por ejemplo, no tenía visa para ir a Grecia, y me escondieron bajo un asiento del micro, cuando los guardias de la frontera hicieron el control. “De rigor”, que le llaman. Fue lindo ese viaje. Durante todas las horas que anduvimos en barco y en micro, y fueron muchas, tres días nos demoramos, yo iba pensando que el viaje era de mentira, que no íbamos a Grecia, que volvíamos a casa. Lo malo es que te obliguen a escribir sobre un viaje cuando, en realidad, el que importa es el otro. El viaje de vuelta. Y ese no lo puedo contar porque todavía no he vuelto. Así fue como tuve la idea de escribir una redacción sobre Mamadou. Pero el viejo Alesi me dijo que no, que no va, que cada cual tiene su historia y que está bien compartirla. Y dijo también que nosotros, los pibes del pueblo de C. que somos de un país que no es éste, un poco éramos “huerfanitos de patria”, y que los pibes que sí son de acá, nos adoptan, y son fraternos, y que para ser fraternos, lo mejor es conocerse. Yo, para ser franco, no entendí bien este asunto y me enojé en serio. Le dije que yo no era huerfanito de nadie, que tenía mamá y papá, y aunque mi viejo quedó encerrado en un hospital, pero sin gravedad y a mucha honra, ya pronto lo largan y se viene con nosotros. Le dije que eso de ser huérfano de patria no debe ser tan así porque en mi país, que no es imperio (eso lo dice mi vieja), cabe varias veces este país, que sí es imperio. Y que, de últimas, el gol a los ingleses lo metió Maradona. Alesi se me quedó mirando, y me dijo que bueno, que no me embalara, que yo siempre me andaba embalando, y que por eso, no me ponía mejor nota. Que las ideas había que anotarlas, luego ordenarlas, seleccionarlas, desarrollarlas. En eso estoy. El borrador lo hago en criollo, si no las ideas se me confunden y no hay respiro. Debe ser porque me parezco a mi vieja. Pobre vieja. Para que no sufra, yo me voy adaptando. Al profesor, le voy a escribir algo sobre el viaje de ida, sin agua y sin nubes pero con muchas impresiones. Es bueno el viejo Alesi, y además, tiene un lindo nombre. En francés se pronuncia exactamente igual que “allez-y!”, con punto de exclamación, que quiere decir “vayan”. O sea: ¡vuelvan!
Antonia

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Invitación

“La mejor manera de alegrarte es intentar alegrar a alguien”.

Mark Twain

Varios amigos se encontraron una noche en París. Era en Montmartre. Tendrían en ese momento 25 años. Se juntaron en un departamento muy chiquito. La cita era para cenar. Como no había muchos muebles se sentaron en el suelo. Como no había mucho que comer… no pusieron platos, pusieron quesos, una baguette, y destaparon una botella de vino. Todos tenían caras tristonas. Algunos trabajaban, otros estudiaban, todos se dedicaban al teatro. Tenían otro punto en común: no les alcanzaba para el alquiler, y tenían dificultades en sus trabajos y estudios. De eso estaban hablando. En resumen: la noche pintaba mal. Hete aquí que uno de ellos dijo “basta, vamos a hacer un juego: que cada uno de nosotros cuente una buena noticia”. Los otros se miraron dudosos. El amigo insistió: “busquen, seguro que van a encontrar algo bueno que les haya pasado”. Era un juego. Durante algunos momentos cada uno se esforzó por buscar la cosa buena; y como todos eran actores, y querían jugar, hasta el que no tenía nada bueno que contar se esforzó por presentar las noticias que eran “más o menos” de la mejor manera posible. Finalmente, todos salieron contentos. Y desde luego no quedó ni queso, ni pan, ni vino.

Cándida