viernes, 31 de julio de 2020

El cucú del bandoneón


El músico Julio Coviello festejó su cumpleaños tocando cada una hora desde un balcón como forma de estar en contacto con el público a pesar del aislamiento social

 
Fuente: Lorena Otero / Julio Coviello

Tres días antes del 25 julio, mirando las redes sociales, vi la foto de un evento que me llamó la atención. “Ese lugar lo conozco”, fue lo primero que pensé. Y claro, era el frente de la casita de mis viejos, en el barrio de Once. En realidad, de nuestros viejos, porque la imagen formaba parte de la invitación que hacía mi hermano y bandoneonista, Julio Coviello, a festejar su cumpleaños Nº 37 tocando desde el balcón en el que durante tantos años se había escuchado su música. Esa fue la forma que encontró para expresar su arte en el contexto del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio por la pandemia de coronavirus.

La historia cuenta que a los 16 años empezó a tocar el bandoneón inspirado en una concertina de juguete que vio y ejecutó en una fiesta familiar. Luego vendrían años de estudio en el conservatorio Manuel de Falla y su trabajo en orquestas y grupos de tango, incluida la Fernández Fierro. Actualmente, es bandoneonista de Cañón, del Cuarteto Cedrón y da clases en los conservatorios de Morón y Banfield en la provincia de Buenos Aires. 

Sin embargo, para poder hacer todo eso, existió un paso previo: su nacimiento. Fue un 25 de julio de 1983, a las 12:30, horario que también eligió para arrancar los conciertos de cumpleaños. 

Lo que sigue es una cronología, a partir de mi experiencia personal, de las 6 presentaciones en las que cada una hora, “cual reloj cucú”, según palabras de Julio, salió con su instrumento a balconear a la calle Misiones.

12:30 Vivo de Instagram (Duración 15 minutos)

En la imagen se ve que toca de espaldas mientras la sombra de su cuerpo en movimiento contrasta con la luz del sol. La disposición de la cámara no permite saber qué pasa con el público en la calle. La transmisión no es de buena calidad, pero escuchar esas notas hace que la distancia afectiva se sienta un poco menos. Por otro lado, en el chat pasan los saludos de cumpleaños, los emojis de aplausos, corazones y algún que otro recuerdo: “Aprendí a tocar este tango por tu versión”, escribe alguna de las más de 20 personas conectadas.

13:30 Vivo de Instagram (Duración 13 minutos)

Los seguidores se suman a la transmisión, que por momentos es deficiente. La imagen es otra: Julio está de espaldas y solo se ven sus hombros, su cabeza y el bandoneón. Ahora se puede observar lo que sucede en la calle. Pasan distintos vehículos y muchos de los que caminan miran para arriba. Una señora de campera negra y barbijo es la primera espectadora y alguien comenta en el chat: “Qué divina la mujer”. Luego, el video se corta, pero siguen llegando los saludos de cumple entre los 17 conectados. La transmisión vuelve y aunque el sonido no es claro, el acontecimiento en sí llama la atención. Ya son tres en el público que aplauden desde abajo cuando termina el show. Julio agradece y avisa que regresa en una hora.


Fuente: propia / Julio Coviello y una persona como público en el vivo de Instagram

14:30 Vivo de Instagram (Sin transmisión)

Por varios minutos intento actualizar la página, pero el ícono del vivo no aparece. Le pregunto por privado a Julio qué había pasado y me responde: “No se transmitió, pero se hizo. Cantamos (los tangos) “Sur” (de Troilo-Manzi) y “Melodía de Arrabal” (de Gardel-Le Pera-Battistella). Lamento habérmelo perdido y recuerdo algo que había puesto mi hermano en el aviso del evento: “Intentaré transmitir en vivo desde mi Instagram (…) Pero confío más en la tecnología del bandoneón, que cuando me falla, sé bien por qué es”. El que avisa no es traidor.

15:30 Vivo de Instagram (Duración: 14 minutos)

La imagen es la misma que a las 13:30 y la calidad del video es mejor. Julio toca el tango “Amurado” (de Laurenz- Maffia). Su público es un joven que dejó su moto sobre un poste. En los comentarios de IG ponen: “Quiero ser el motoquero”. El bandoneonista se mueve con pasión y la música fluye por su cuerpo. Ya son 4 las personas que aplauden, respetando la distancia y usando barbijos. En el chat de 20 seguidores, las palmas son virtuales. Luego, Julio propone cantar un tango para cerrar y eligen “Sur”. Mientras, en el chat le sugieren: “Poné una lata con un hilo para que dejen plata ahí”. Julio toca un tema más y se despide de las 6 personas, incluidos niños, que forman la audiencia. Se para y saluda a lo lejos. “Es como (Juan Domingo) Perón”, bromean desde Instagram, haciendo un paralelismo con los gestos del ex presidente hacia la multitud desde el balcón de Casa Rosada. 

A medida que pasan los balconeos siento que el acontecimiento amerita ampliar la perspectiva y por vivir a pocas cuadras voy a verlo de cuerpo presente. Además, por problemas técnicos no hay más transmisiones en Instagram.

16:30 Vivo (Duración 15 minutos)

Ahora miro desde abajo en la vereda y hace frío. Me acompañan mi amiga y vecina Lorena Otero y su pareja, Galileo Bodoc. Se escuchan tanto los ruidos del tránsito que Julio tiene que esperar a que pase un camión con un altavoz para poder empezar a tocar. Acá no se corta el sonido ni la imagen. A lo sumo si me corro me tapan algunas ramas del árbol seco. Somos 8 personas separadas por la distancia, pero unidas por la melodía. Un señor, sin dejar de caminar dice: “(Astor) Piazzolla”, en referencia al famoso bandoneonista marplatense, mientras que una chica baila muy sutilmente. Julio lo nota y sugiere: “Toquemos una milonga, que vi movimiento de pies”. Luego, propone un tango a pedido y Galileo grita: “Nostalgias” (de Cadícamo y Cobián). La ejecución empieza y, a medida que avanza, quien había solicitado el tema se pone a cantar, primero tímido, después con seguridad y afinado. El resto, disfrutamos ese aquí y ahora. Al final, un vecino afirma: “Tendría que tocar todos los sábados. En un rato salgo con mate y torta fritas”. 

"La Guitarrita" (Arolas)


17:30 Vivo (Duración 13 minutos)

Somos 8 personas y dos perros los que estamos en la calle. Julio está listo para su última salida. Empieza la música y cantamos festivamente “Por una cabeza” (de Gardel).  Se acerca una pianista amiga del músico junto a su pareja. Julio la saluda y recuerda que hace muchos años ensayaban en esa casa cuando compartían orquesta. El tango “Uno” (de Discépolo y Mores) sale por nuestras gargantas y atraviesa el barbijo. Para el cierre, del bandoneón sale un vals y dos parejas se ponen a bailar. El balconeo termina con agradecimientos, gritos de feliz cumpleaños y un hombre que dice: “Ahora tiene que pasar la gorra”.

¿Pero cuál fue el efecto de esta escena para quienes participamos en vivo y en directo? Mejor que opinen personas que nunca habían visto a Julio tocando el fueye.

Lorena Otero dijo que lo sintió como un paréntesis en medio de este tiempo de locura en el contexto de la pandemia: “Me quedé con la sensación de que me transporté a otro lugar y que, a través de la música y de observar a las personas que estaban en ese momento, todos los que estábamos ahí nos transportábamos. Hubo una sensación calidez que se transmitió cuando él tocaba y que llegó en forma de pasión”.

En tanto, Galileo Bodoc relató: “Estar debajo del balcón donde tocó Julio fue una experiencia breve, pero muy placentera y transformadora por la calidad de su ejecución y además por ver la situación social y cultural que ocurrió en ese pedacito de calle. Se sintió como un bálsamo de alegría, una acción mancomunada que, supongo, hizo irse sonriendo a todos los que estábamos ahí. Y creo que ahí se completó el propósito artístico de la música, en este caso”.

Al respecto, el propio Julio reflexionó sobre el significado de haber actuado en el espacio público: “Lo que me di cuenta es que abriendo la ventana se generan otras cosas, menos virtuales o más cercanas. Que la respuesta al aislamiento podía ser otra que no fuera una pantalla y ver de qué modo nos organizamos entre la gente que está alrededor nuestro. Salir al balcón a tocar y que pase un cartonero y que te felicite o que el vecino, que está hace años viviendo al lado tuyo, salga del balcón de enfrente y te escuche por primera vez”.

Julio concluye que es el espacio público el que nos hace llegar a una cantidad más diversa de personas porque todos lo transitamos y no está circunscripto a ningún gusto determinado: “Depende de qué calle y qué barrio, pero, en general, hay una paridad, una igualdad y una no clasificación. El sonido le llega y listo. Estamos acostumbrados a vivir rodeados de gente afín a nuestra manera de vivir. En mi caso, las únicas experiencias diferentes fueron la escuela pública y cuando tocaba en la calle en San Telmo”.

Yo me quedo con la alegría de haber soltado la virtualidad y haber sido parte de esa comunión musical que nos hizo sentir un poco más vivos.

Feliz cumpleaños, hermanito. Abrazo de codo.


Melina Coviello