viernes, 24 de abril de 2026

¿Y si fuera una milonga?

Hace casi tres años conocimos la Casa del Bicentenario de Avellaneda. Nos habían invitado a la milonga que se hace allí, y que recuerdo como tumultuosa de principio a fin. Mucha gente para entrar, para pedir el pastel de papas y el vaso de bebida que si no me despisto venían incluidos en el precio de la entrada, la pista totalmente ocupada a la hora de la clase para principiantes, y todavía más cuando las tangueras y tangueros –o sea, todos- coparon la parada. 

Este sábado pasado nos invitamos solos y la odisea fue llegar porque esa tarde jugaba Independiente y tuvimos que dar una vuelta larga para sortear los vallados y cortes de calles. La Casa del Bicentenario sigue igual de hermosa que entonces, pero esta vez nos pareció más grande. Es el problema de los puntuales y de los que desconocen los ritos que manejan los habitués, quienes se toman su tiempo como harán durante el resto de su disfrutada noche.

Desde luego hay algo así como estaciones que irán pautando el transcurrir de las horas (la clase de inicio, el baile de a tres pistas y una -no tanguera- que hace de puente hacia las tres que siguen, la orquesta en vivo), pero acá nadie corre a nadie. Están quienes apenas llegan se cambian los zapatos, pero son las menos. La mayoría relojea el salón, se ubica donde se amucha su círculo de amistades, saluda a conocidos, conversa o escucha, y recién luego se cambia los timbos.   

Digámoslo mejor: hay un ambiente donde inclusive el más otario no puede dejar de percibir que existen códigos, sobreentendidos bien fundamentados que suponen entendimientos mutuos nacidos del roce y del encuentro frecuente. Pero hay algo más. Es una ética del cuidado del compañero y la compañera que están allí por las mismas razones que uno se regaló a sí mismo pasarla como los dioses bailando la danza que más nos identifica en esta orilla del universo.

Son un montón de gestos chiquitos, casi imperceptibles, que van desde la amorosa recepción del recién llegado y que todavía no manya ni el paso básico, hasta las complicidades entre compañeras y compañeros que están ahí –“taconeando espero” y de repente se acercan unas a otros (o a otras), sacan el bastón de mariscal tanguero y pelan unos pasos que son una delicia porque, todo hay que decirlo, aquí se goza de muchos modos, también mirando bailar.

Esta crónica tiene una parte que es una celebración íntima (el placer de ver la elegancia en los desplazamientos rítmicos de Malena, quien además musicalizó la juntada), y otra parte que es una provocación a la autora de “Lo que cae del cielo o formas de bailar el tango”: ¿de qué nos estamos olvidando, Antonia?

Como la respuesta puede demorarse, digamos que entrar a la milonga es penetrar en un tiempo aparte, donde rigen otras leyes y ni siquiera molestan los bombos de los hinchas del rojo que salen de la cancha. Son un eco de fondo, como en una película de Solanas, mientras adentro suenan unos tangazos, unos valsecitos y hasta unas chacareras preciosas que hacen que uno se pregunte: ¿Y si la vida fuera una milonga? ¿Y si lo demás todo lo demás es puro verso?

 

Carlos Semorile

miércoles, 1 de abril de 2026

Vientos blancos

 


En un país de inmensidades como es el nuestro, no es extraño que dos obras lleven casi el mismo nombre: “El viento blanco”, de Juan Carlos Dávalos, que narra una travesía de arrieros norteños que cruzan una tropilla de reses a través de la Cordillera, y la pieza teatral “Viento blanco”, de Santiago Loza, un unipersonal que cuenta con la dirección de Valeria Lois y Santiago Rausch, y que interpreta magistralmente Mariano Saborido.

Debemos poner comillas la palabra “monólogo” porque nos parece que en el soliloquio del personaje de Mario hay mucho de diálogos pasados, pero actualizados en su presente atravesado por la inclemencia del viento blanco del Sur, y porque por su voz también pasan las palabras de sus dos interlocutores principales: su madre y su único y amado amigo; si los escuchamos es gracias a los prodigiosos cambios de registro de Saborido.

Esto se insinúa desde el inicio mismo de la representación, ya que es el propio actor quien nos sumerge en el sonido ululante que preside un territorio desolado y hostil donde ni flores crecen. En un momento en el que muchas puestas apelan a sofisticados artificios técnicos, se percibe que lo que estamos a punto de ver (aún sin saber si va a gustarnos o no) es una genuina expresión de lo que entendemos por teatro. Y se agradece tanto…

Después resulta que la trama va escalando a través del despliegue siempre amplio, y entregado y generoso, de las capacidades actorales de Mariano Saborido. Hay un talento (que ha sido reconocido y premiado), pero sobre todo no hay desbordes que busquen la complacencia fácil del público ni la aprobación de la conducta, no siempre sencilla, del personaje. En este sentido, la puesta le hace justicia al texto que dio origen a la obra.

Ese don nos hizo ver inmensidades y locaciones cerradas, una iglesia abandonada y una cueva enclavada frente a la vastedad del mar. Y como en el relato de Dávalos, más allá de las obvias diferencias, sentimos la condena de esos vientos blancos, entre la violencia y la acaso posible redención.

 

Carlos Semorile