Hace casi tres años conocimos la Casa del Bicentenario de Avellaneda. Nos habían invitado a la milonga que se hace allí, y que recuerdo como tumultuosa de principio a fin. Mucha gente para entrar, para pedir el pastel de papas y el vaso de bebida que si no me despisto venían incluidos en el precio de la entrada, la pista totalmente ocupada a la hora de la clase para principiantes, y todavía más cuando las tangueras y tangueros –o sea, todos- coparon la parada.
Este sábado pasado nos invitamos solos y la odisea fue llegar porque esa tarde jugaba Independiente y tuvimos que dar una vuelta larga para sortear los vallados y cortes de calles. La Casa del Bicentenario sigue igual de hermosa que entonces, pero esta vez nos pareció más grande. Es el problema de los puntuales y de los que desconocen los ritos que manejan los habitués, quienes se toman su tiempo como harán durante el resto de su disfrutada noche.
Desde luego hay algo así como estaciones que irán pautando el transcurrir de las horas (la clase de inicio, el baile de a tres pistas y una -no tanguera- que hace de puente hacia las tres que siguen, la orquesta en vivo), pero acá nadie corre a nadie. Están quienes apenas llegan se cambian los zapatos, pero son las menos. La mayoría relojea el salón, se ubica donde se amucha su círculo de amistades, saluda a conocidos, conversa o escucha, y recién luego se cambia los timbos.
Digámoslo mejor: hay un ambiente donde inclusive el más otario no puede dejar de percibir que existen códigos, sobreentendidos bien fundamentados que suponen entendimientos mutuos nacidos del roce y del encuentro frecuente. Pero hay algo más. Es una ética del cuidado del compañero y la compañera que están allí por las mismas razones que uno se regaló a sí mismo pasarla como los dioses bailando la danza que más nos identifica en esta orilla del universo.
Son un montón de gestos chiquitos, casi imperceptibles, que van desde la amorosa recepción del recién llegado y que todavía no manya ni el paso básico, hasta las complicidades entre compañeras y compañeros que están ahí –“taconeando espero” – y de repente se acercan unas a otros (o a otras), sacan el bastón de mariscal tanguero y pelan unos pasos que son una delicia porque, todo hay que decirlo, aquí se goza de muchos modos, también mirando bailar.
Esta crónica tiene una parte que es una celebración íntima (el placer de ver la elegancia en los desplazamientos rítmicos de Malena, quien además musicalizó la juntada), y otra parte que es una provocación a la autora de “Lo que cae del cielo o formas de bailar el tango”: ¿de qué nos estamos olvidando, Antonia?
Como la respuesta puede demorarse, digamos que entrar a la milonga es penetrar en un tiempo aparte, donde rigen otras leyes y ni siquiera molestan los bombos de los hinchas del rojo que salen de la cancha. Son un eco de fondo, como en una película de Solanas, mientras adentro suenan unos tangazos, unos valsecitos y hasta unas chacareras preciosas que hacen que uno se pregunte: ¿Y si la vida fuera una milonga? ¿Y si lo demás –todo lo demás– es puro verso?
Carlos Semorile