domingo, 10 de mayo de 2026

Sofá

Algo cambió cuando traje el sillón a la casa. Estaba al borde de calle Drago, bajo un árbol, las hojas de otoño salpicaban el tapizado de cuero raído. Era uno de esos sofás que de chica había visto en el escritorio del señor Wenger, el escribano de la mediacuadra. Su casa era enorme, con patio central, habitaciones de techos altos, aberturas y pisos de pino tea, bibliotecas sobrecargadas, secretaire casi cuadrado y un juego de sillones donde uno podía sentirse sapo de otro pozo o rey de la creación.

Uno de esos sofás me esperaba 35 años más tarde, a 600 km de mi barrio natal, abandonado bajo un cielo gris plomizo.

Allá lejos y hace tiempo, yo entraba a lo de Wenger de buena gana, atraída por olores y geografías distintas a las de mi casa, un lugar donde tempranamente me sentí extraña. Vagaba entre el patio y el fondo. Estudiaba el dibujo simétrico de esos colmenares devenidos baldosas, las guirnaldas de latón que allá arriba bordeaban las chapas del techo y las canaletas sedientas. Wenger, pelado, con giba e impecable camisa blanca, levantaba la vista del escritorio y sonreía a mi silueta recortada en el marco de la puerta. Tenía una de esas lámparas metálicas que dejan el rostro en sombras y echan luz sobre el papel y las manos. Me sentía chiquitita en casa ajena. Chiquitita ante las dimensiones de la casa, chiquitita ante la bandeja de galletas humeantes que Cata me extendía en la cocina, chiquitita ante la mirada del escribano que nadie debía molestar, chiquitita ante el mobiliario que más tarde reconocería como clásico, elegante y costoso.

Yo venía de terapia inmersa en aguas turbias. Empequeñecida ante la segunda mitad de vida que sin razón aparente me encontraba frágil. Contaba los adoquines que me acercaban al mate y la ventana del segundo piso; chiquitita tras 40 minutos de lucidez estéril, chiquitita ante las palabras imprecisas y la miopía emocional, chiquitita ante el vértigo de los minutos y el destino que es ahora, y ahora, y ahora...

Quizás por el desamparo que cae sobre los perdidos, mis días se sucedían con precisión matemática. La rutina me daba cierto alivio y repetía un esquema que los martes culminaba con una larguísima caminata desde el consultorio en Belgrano hasta mi casa en Villa Crespo. El zigzag por las mismas calles, el mismo semáforo interrumpiendo el ritmo acompasado, la misma pareja en la misma mesa del mismo bar. Rutina y tedio. Lo que hasta hacía poco tiempo me empujaba al naufragio ahora resultaba una precaria tabla de salvación. Doblé la esquina de Lavalleja y sólo tuve ojos para ese sillón que, ya abandonado, desafiaba el olvido. Entonces, por primera vez en meses, improvisé.

Una vez el señor Wenger se demoró en mí. Me llamó. Crucé el umbral del santuario y apoyé apenas el hombro en el escritorio. Wenger depositó un beso en mi cabeza, me levantó de las axilas y me sentó en el sofá de un cuerpo. La espalda rígida contra el respaldo, las piernas rectas y los pies en el precipicio del almohadón. El tapizado era frío al principio, y duro, pero mientras Wenger revisaba su biblioteca, el cuero tomó la temperatura de mi cuerpo. Y yo tomé la temperatura del templo que visitaría a diario, para avanzar por las láminas de aquel primer libro que Wenger depositó en mis manos, un ejemplar de mil y una páginas memorables, a mis anchas en esa butaca sin tiempo, ajustada a mi fantasía, y en eterno viaje.

Un vecino solícito me ayudó a cargar el sillón hasta el living. Lo puse junto a la ventana, a un paso de la biblioteca. Salí y volví a entrar sólo para verlo por primera vez en mi casa. Ni siquiera le pasé un trapo.

 

Bea