miércoles, 3 de septiembre de 2025

En los techos

Sube al techo con el fin de revisar donde está el problema, la causa del agua en su habitación. Sube con impermeable, con dificultad, con una escoba. Ha llovido. Sigue lloviendo. Hay agua estancada en una canaleta. Intenta hacerla circular. Barre el agua. Entonces lo ve. En un techo vecino. Una persona, parece un hombre, está sentado bajo la lluvia. Lleva ropa impermeable y un paraguas. No se mueve. No se esconde, no va a ninguna parte. Como otros toman sol, parece tomar lluvia, gris del cielo. Y querer estar ahí. En la lluvia. Con ella. ¿Qué se estarán diciendo? ¿En qué idioma? No hay silencio. Repiquetear de la lluvia. Violines, dijo el poeta, de la lluvia.

A.

martes, 2 de septiembre de 2025

Lo que espera en el camino


"Chicas si alguna vez tienen miedo... inquietud o si no saben por dónde seguir, recuerden que la abuela ya pasó por ahí".
 
 
Citado de memoria
Dicho por Juana a Mercedes, mi amiga, su sobrina, y a mí 
A. 
Julio 2025

domingo, 31 de agosto de 2025

Iansa y el colibrí

 

Iansa, nuestra amiga, nada sabía del colibrí cuando escribió esa carta a fines del año 2023, tampoco sabía otras cosas que acababan de suceder, ambas nos habíamos concentrado en una pequeña parte de nuestros quehaceres. La frase estaba ahí aunque dicha en francés: “¡hay que creer entonces en la acción del colibrí...!” La retomé en mi respuesta. Pero no la entendí. No cabalmente. No vi con claridad la sonrisa que habrá tenido Iansa al escribir esas palabras habiendo reflexionado a sus quehaceres y los míos, y a la desazón que ciertos días la habitaba. Hoy al releer ese intercambio me sorprendió la frase como si la leyera por primera vez. Quise saber si esa exclamación de Iansa era una expresión francesa que yo no conocía. Y era sí una expresión pero también una leyenda no de Francia sino de nuestras tierras. Y dice así. 

Cuenta la leyenda que un día se produjo un gran incendio en un bosque. Todos los animales, aterrorizados y consternados, observaban impotentes el desastre. Solo el pequeño colibrí se movía con rapidez, recogiendo unas gotas con el pico para echarlas sobre el fuego. Después de un rato, el armadillo, molesto por su insignificante esfuerzo, le dijo: «¡Colibrí! ¿No estás loco? ¡No vas a apagar el fuego con esas gotas de agua!». Y el colibrí le respondió: «Lo sé, pero estoy haciendo mi parte».

Podría haber copiado la leyenda y punto pero las cosas no nos caen exactamente del cielo. De muchas correspondencias están hechas nuestras vidas. Nuestros pequeños saberes. Como retazos de algún traje de Arlequín, así igualito nos llevamos, y en tal o cual circunstancia me envuelvo toda en tal amiga o amigo. Palabritas y silencios de personas que nos habitan, en compañía de quienes hemos sido y seguiremos siendo los que somos. Y nada más.

 

Antonia

jueves, 31 de julio de 2025

El corazón de lo real

 

Hace unas semanas leí que habían traducido otro trabajo de la estadounidense Jane Lazarre, que es la autora del que a mi entender es el mejor libro que se haya escrito acerca de la maternidad, “El nudo materno”. En este caso se trata de un trabajo que reúne una conferencia que dio en Barcelona en 2008 y un ensayo de 2022 que da título al libro, “Una escritora en el tiempo”, que sigue siendo “la hija del comunista”, blanca y judía, que se casó con un hombre negro y tuvo dos hijos negros.

Su planteo acerca de la constitutiva ambivalencia de ser madre es una idea emancipatoria porque cuestiona todos los mandatos que atraviesan a las mujeres que, desde el momento en que se convierten en madres, cargan con ellos lo sepan o no. Además, como descubrí hace poco en unos videos de iutú, Lazarre es muy simpática y una gran conversadora de esas que no se guardan nada y que en su generosidad recomienda leer ciertos libros, ciertas autoras y autores. 

Fue así que llegué a la para mí desconocida Jeanette Winterson y a su libro “¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”, frase con la que su madre de adopción pretendía reconducirla al camino recto de su desoladora visión del mundo. Cuando la inglesa Jeanette abordó por primera vez el vínculo que mantuvo con la señora Winterson, lo trabajó como una novela –“Las naranjas no son la única fruta”- que la consagró como escritora y sobre la que luego la BBC hizo una miniserie.

Tuvieron que pasar 25 años, y varios dolorosos aprendizajes acerca de la necesidad de ser amada y de aprender a amar, para que Jeanette Winterson escribiera estas memorias que, al igual que Lazarre, tampoco se guardan nada. Se trata de un libro extraordinario en el más cabal sentido de la palabra: mientras su madre adoptiva bregaba por condenarla a lo establecido, Jeanette descubrió, a través de la lectura, que había otros mundos disponibles. Luego, claro, necesitó escribir.

Al pergeñar estas líneas me obligo a ejercitar la cautela para no revelar más que lo estrictamente necesario a quienes se decidan a leerlo. Pero no puedo dejar de mencionar una cita que ella hace de Mircea Eliade, cuando “en una frase encantadora llama al hogar ‘el corazón de lo real’”. Porque sólo el coraje de esta mujer insumisa pudo obrar el milagro de hacer que, narrando años de desdicha programada, sintamos que nos invita a habitar un hogar donde palpita “el corazón de lo real”.

 

Carlos Semorile

domingo, 13 de abril de 2025

Estar emocionados

 

De entre las muchas cosas que me gustan de mi amigo y tocayo Carlos, una que sintetiza varias otras es su manera apasionada de estar en el mundo. Carlos Ernesto –tal su nombre completo– es, por ello mismo, un hombre de excesos: en el amor, en la amistad, en las charlas llevadas a veces hasta la polémica laberíntica, en su gusto por el morfi y por el chupi, y también en su piedad política que retorna siempre como una de las variantes de una sensibilidad que no todos le quieren admitir.

Ayer mismo él me recordaba alguna charla que tuvimos respecto del tema de ser hombres sensibles que, para reconocernos como tales, debimos eludir aquel mandato patriarcal que aún estaba vigente cuando éramos niños a mediados de los años ´60 del siglo pasado: “los hombres no lloran”. Y aquí debo agregar que siendo Carlos Ernesto –como lo llamaba su mamá Yolanda– un tipo guapo, lo es mucho más cuando sus ojos se le humedecen y la emoción aflora plena en su rostro viril.

Pero además resulta que tiene una hija a la que adora, y cuya sensibilidad –heredada, pero también muy propia de ella– no pocas veces la puso en los bretes típicos de un presente hostil para con la diferencia. De esos episodios, y de otros que no vienen al caso pero que han sido igual o peor de bravos, nuestra sobrina debió acorazarse y endurecerse, dejando a un lado ese aspecto suyo que la inclina hacia el arte, y también hacia el semejante que padece sin los amparos de los privilegiados.

Éste fue, según me cuenta su padre, el meollo de una de las últimas “grandes charlas” (ya dijimos de qué entusiasta manera nuestro amigo las valora, y esto se debe a que las necesita como el aire que respira) que mantuvieron y que él rescata como un gran paso adelante para que la joven se reconozca en sus emociones más genuinas, esas que no están atravesadas por los prejuicios individualistas de ese egoísmo brutal que pretende que seamos cada vez menos hermanos en lo humano.

Carlos Ernesto cree que si lo pongo por escrito su sensible hija lo entenderá mejor que de su boca. Pienso que con su ejemplo alcanza porque, como dice el Tata, “estar en el mundo es estar emocionados”.

 

Carlos Semorile