viernes, 31 de julio de 2026

La muerte de un trovador

 


El miércoles nos despertamos con la noticia de la muerte de Glen Hansard. El accidente que le arrebató la vida mientras circulaba en su motocicleta, entra en la categoría de cosas absurdas que pensamos que no deberían ocurrir. Y aunque sabemos bien que ocurren con espantosa frecuencia, seguimos sin encontrarle sentido. Hansard fue un músico dotado de un lirismo exquisito que se expresaba en melodías que iban desde un registro tiernísimo a una muy fogosa potencia.

Su experiencia como músico callejero siguió diciendo presente en su capacidad interpretativa arriba de un escenario o desde la intimidad de un pub, ya que nunca abandonó esa necesidad de hablar con los demás que tienen los genuinos juglares. Le importaba ese diálogo que personaliza el vínculo entre las personas, más allá de que unos fuesen cantantes y otros oyentes, estableciendo una horizontalidad que los hermana en el acto de juntarse.

Hoy resulta conmovedor verlo como el inexperto muchachito que con su guitarra eléctrica se suma a los “guerrilleros del soul” que pretendían ser “The Commitments”, y que se siente avergonzado porque su madre asiste al primer recital de la banda. Años más tarde, la película “Once” lo haría trascender desde elementos de su propia biografía musical y amorosa, pero también desde su humanidad, como cuando persigue al ladrón que le roba la funda de su guitarra con el dinero recaudado en la calle, y termina dándole parte de su ganancia.

Ya no era el escuálido jovencito que, como el resto de los varones del conjunto, tenía infundadas expectativas en sus compañeras coristas de voces celestiales y ademanes seductores, sino un muchacho que con los años había ganado solidez y seguridad en sus composiciones, y que se enamoraba de una migrante checa, música como él, pero como no la podía retener viajaba a visitarla y, ya más desahogado en su economía, le deja un piano vertical de regalo.

(Un poco antes, hacen una salida a las afueras de Dublín en la moto del padre de él y conversan mirando el mar: allí ella le dice que está casada y que tiene una hija pequeña. Él queda perplejo, pero no tanto como para dejarla conducir la motocicleta sin ninguna experiencia previa. Al final, la lleva a su casa y quedan en encontrarse en el ensayo del día siguiente. Lo cual nos lleva a pensar en el absurdo accidente de ayer y en que siempre nos atraviesan “causas y azares”).

La historia musical de Glen Hansard ha quedado registrada en muchos videos que dan cuenta de su solidaridad para con los menos favorecidos, su interés por la historia de Irlanda y la de sus legendarios trovadores, sus dúos con otras impresionantes cantantes irlandesas, su pedido de cuidados sanitarios durante la pandemia, su compañerismo con quienes tocó ocasionalmente o en forma estable -su atenta escucha de los que otros tocaban y decían con sus músicas-, su simpatía desbordante y su trashumancia irredenta y feliz.

Como diría un trovador de otra isla carísima a nuestros afectos, ahora Glen es de la memoria, ahora pertenece al viento: “Y para mi tañe el laúd con melodía que parece azul (…) Y para mi tañe el laúd precipitándolo como un alud; sospecho que su melodía llega de amar la poesía”. Como siempre hizo con su intenso amor de juglar. Esa pasión trovadoresca que nos atraviesa el alma.

 

Carlos Semorile

 

 

miércoles, 22 de julio de 2026

Aclaración para quien corresponda


Soy chilena. Viví en Francia. Hace 22 años que vivo en Argentina. Desde el primer día hasta hoy, solo he recibido en este país muestras de infinito cariño hacia mi persona y además hacia Chile y su historia. Recuerdo que una vez puse fin a una conversación con un chófer de taxi cuando manifestó expresiones racistas hacia el pueblo boliviano. Es cierto. Sucedió una vez. Creo que el peor racismo en Argentina se expresa entre nacionales y es un racismo de clase dirigido a sectores vulnerables de la sociedad. No es un rasgo argentino. Al menos, no me parece que sea un rasgo argentino. En muchos países, quizás en todos, se observa este fenómeno. Me sería penoso tener que contar algunos hechos sucedidos en Francia, en torno a estas cuestiones, pero no los olvido. Tampoco creo, a pesar de la gravedad de esos hechos, que ese sea el rasgo distintivo de Francia. Sin embargo, por haber frecuentado la prefectura de Bobigny, quiero compartir dos escenas que vi con mis ojos y escuché con mis oídos en Inmigraciones, puerto de Buenos Aires. 

Cuando tramité mi residencia aquí, una familia peruana tramitaba también su residencia y el hombre que estaba con su esposa y sus hijos no sabía que tenía que pagar un impuesto. No había llevado dinero. Cuesta mucho tramitar una residencia. Al darse cuenta de que tendría que volver, explicó con inmensa desolación a la persona que lo atendía, que era muy difícil para él ausentarse de su trabajo. Frente a las explicaciones del hombre, la joven funcionaria le dijo que, por favor, no se preocupara, que ella iba a dejar su expediente “aquí” (encima de la mesa), que volviera mañana sin hacer ninguna fila, que ella lo atendería de inmediato. Nadie me lo contó. Yo estuve ahí. Algunas semanas después fui a buscar mis documentos para luego tramitar el DNI, estaba esperando a mi hija y tenía una panza bastante visible. El funcionario que me entregó los papeles después de haberlos revisado, vale decir, sabiendo que yo era chilena, me preguntó: “¿su bebé va a nacer aquí?” Le dije que sí. Acotó: “le deseo mucha suerte a ud. y su bebé”. No podía existir mejor bienvenida por parte de un perfecto desconocido... 

Cuando volví a Chile, después de muchos años de vivir en Francia, me sentí ofendida cada vez que escuché un comentario desagradable sobre Francia o los franceses. Hoy no me siento ofendida por lo que se ha escuchado sobre Argentina, en distintos lados, en el contexto del Mundial, porque a ninguno de los míos se le ocurriría hacerse eco de la canallada a la que estamos asistiendo. Cabe sin embargo la aclaración y valga como declaración de amor. Entre las muchas cosas que amo en este país y en su gente, una peculiar forma de insultar sin insultar (además de las otras que también existen, ¡claro!...). Recuerdo el hecho, una noche, un auto casi se lleva por delante a una chica en bicicleta. Palabras van, palabras vienen. La chica se acomoda y le asesta al hombre: “¡Sos un caradura!” La amé. Aunque también amo la posibilidad del “enfoiré de ta race!!!” (justo…) y el “qué te pasa hueón conch…….” (con todas sus variantes). Se me hace que las tres expresiones y unas cuantas más le caben a quienes se hacen cómplices de difundir o repetir palabras que son agravio. Y nada más.

 

Antonia

 

 

viernes, 10 de julio de 2026

Un amor así

 

El tío Liam fue en sus mejores días un cientificista cabal y, en sus peores momentos, un materialista que negaba los fenómenos del espíritu humano. Fascinado por la renovación tecnológica de mediados del siglo pasado –esa que para él indicaba la evolución de la especie-, solía comprar artefactos que en el vecindario le daba a la familia un aura de adelantados. Un proyector de diapositivas, otro de películas –aunque sin parlantes, por lo cual veíamos cine mudo- y un magnetófono que llegó a usar sólo unas pocas veces.

Una fue en una cena familiar y de amigos, y él cada tanto se ausentaba de la mesa para llevar a distintos invitados ante el micrófono para que dijeran lo primero que les viniera a la mente. Sus hermanas y hermanos prefirieron entonar las baladas patrióticas tradicionales que cantaban sus padres y que cantaron sus abuelos. La captura lo tiene como maestro de ceremonias de una concurrencia remisa al contacto con el intimidante grabador, y a su adorada hija Maeve como figura estelar: “Yo soy Maeve, y tengo el pelo rubio y los ojos verdes”. Una vez, dos veces. Sigue una descripción de sus habilidades y pertenencias, que se repetirá a lo largo de la cinta y cada vez con menos intervalos. El “Yo soy Maeve” se oye como un ritornello en degradé: “Yo soy” y, al final, solo “Yo”.

Han pasado más de cincuenta y cinco años desde aquel encuentro, y me imagino al tío Liam fascinado con los dispositivos actuales que son capaces de telefonear, fotografiar, filmar, grabar audios, escribir textos y unas cuantas cosas más. Y pienso que sería crítico de la fugacidad de estos nuevos registros que son tan etéreos como el momento que aspiran a inmortalizar. Por el contrario, su arcaico magnetófono aún existe y asimismo se conserva la cinta en que grabó sus entrevistas y reportes durante la concurrida y bienaventurada reunión.

Pero el registro de esa noche también es la evidencia material de que algo se le fue de las manos en su afán de equilibrar voces y presencias. Cuando transitaba el tramo final de su vida, el ateo más rodeado de creyentes del mundo entero, reconoció que había deificado a su hija y que, cuando él ya no estuviera, el legado de este reinado ficticio iba a traer muchos problemas. Pero no creo que supiera hasta qué punto esa voz iba a persistir en presentarse de modo invariable como si aquel micrófono la siguiese grabando para perpetuar su fantasía de contar con un público complaciente.

Con el paso del tiempo, lo que perduró no fue la fascinación que Liam sentía por su hijita y que pretendía que los demás compartiéramos. Un amor así, llevó a Maeve de la fulguración a la colisión incesante. Su estela se fue deshilvanando en la medida que no pudo pasar del soliloquio al diálogo, y que tropezó cada vez más seguido con las secuelas de este amor absoluto. Feroz.

 

Neil Collins