Soy chilena. Viví en Francia. Hace 22 años que vivo en Argentina. Desde el primer día hasta hoy, solo he recibido en este país muestras de infinito cariño hacia mi persona y además hacia Chile y su historia. Recuerdo que una vez puse fin a una conversación con un chófer de taxi cuando manifestó expresiones racistas hacia el pueblo boliviano. Es cierto. Sucedió una vez. Creo que el peor racismo en Argentina se expresa entre nacionales y es un racismo de clase dirigido a sectores vulnerables de la sociedad. No es un rasgo argentino. Al menos, no me parece que sea un rasgo argentino. En muchos países, quizás en todos, se observa este fenómeno. Me sería penoso tener que contar algunos hechos sucedidos en Francia, en torno a estas cuestiones, pero no los olvido. Tampoco creo, a pesar de la gravedad de esos hechos, que ese sea el rasgo distintivo de Francia. Sin embargo, por haber frecuentado la prefectura de Bobigny, quiero compartir dos escenas que vi con mis ojos y escuché con mis oídos en Inmigraciones, puerto de Buenos Aires.
Cuando tramité mi residencia aquí, una familia peruana tramitaba también su residencia y el hombre que estaba con su esposa y sus hijos no sabía que tenía que pagar un impuesto. No había llevado dinero. Cuesta mucho tramitar una residencia. Al darse cuenta de que tendría que volver, explicó con inmensa desolación a la persona que lo atendía, que era muy difícil para él ausentarse de su trabajo. Frente a las explicaciones del hombre, la joven funcionaria le dijo que, por favor, no se preocupara, que ella iba a dejar su expediente “aquí” (encima de la mesa), que volviera mañana sin hacer ninguna fila, que ella lo atendería de inmediato. Nadie me lo contó. Yo estuve ahí. Algunas semanas después fui a buscar mis documentos para luego tramitar el DNI, estaba esperando a mi hija y tenía una panza bastante visible. El funcionario que me entregó los papeles después de haberlos revisado, vale decir, sabiendo que yo era chilena, me preguntó: “¿su bebé va a nacer aquí?” Le dije que sí. Acotó: “le deseo mucha suerte a ud. y su bebé”. No podía existir mejor bienvenida por parte de un perfecto desconocido...
Cuando volví a Chile, después de muchos años de vivir en Francia, me sentí ofendida cada vez que escuché un comentario desagradable sobre Francia o los franceses. Hoy no me siento ofendida por lo que se ha escuchado sobre Argentina, en distintos lados, en el contexto del Mundial, porque a ninguno de los míos se le ocurriría hacerse eco de la canallada a la que estamos asistiendo. Cabe sin embargo la aclaración y valga como declaración de amor. Entre las muchas cosas que amo en este país y en su gente, una peculiar forma de insultar sin insultar (además de las otras que también existen, ¡claro!...). Recuerdo el hecho, una noche, un auto casi se lleva por delante a una chica en bicicleta. Palabras van, palabras vienen. La chica se acomoda y le asesta al hombre: “¡Sos un caradura!” La amé. Aunque también amo la posibilidad del “enfoiré de ta race!!!” (justo…) y el “qué te pasa hueón conch…….” (con todas sus variantes). Se me hace que las tres expresiones y unas cuantas más le caben a quienes se hacen cómplices de difundir o repetir palabras que son agravio. Y nada más.
Antonia