sábado, 14 de enero de 2023
domingo, 8 de enero de 2023
"Hemos aprendido..."
"Hemos aprendido a querer y considerar como nuestra a cualquiera criatura que sufre y se desampara."
Olivia Saso
El homenaje
Cuando todos partieron al homenaje, no sin antes preguntarle una vez más si quería ir, les dijo que no, que no se preocuparan, que se iba a quedar con el niño. Prefiero quedarme aquí. ¿En casita? preguntó la tía, con ese tono que usaba cada vez que ejercía de maestra marcando las faltas ajenas al margen y en rojo. De ahí quizás las manchas en su cara y en su cuello. Hoy tocaba así. ¿Quién sabe? Mañana tocaría distinto. Pero no le contestó. Besito, besito y adiós. Luego jugó un buen rato con el niño, tomaron once, y ahora, ya cansado o aburrido, le estaba pidiendo un cuento. ¿Qué cuento? Oye Iván, yo no sé contar cuentos. Aparte, no tenía ganas. Le ofreció ver monitos. No quiero monoooo, decía el niño con voz llorosa. Hasta que algo le llamó la atención, unas miniaturas en un estante del comedor, y se olvidó del cuento.
Salió al patio y se sentó.
Era un patio pequeño, de baldosas rojas, que tenía en uno de sus bordes una franja de tierra donde su madre había plantado pensamientos y los cuidaba con esmero.
Volvió a la conversación de esos días. ¿Por qué había que homenajear a la muerte? La pregunta estaba dirigida a su madre pero era su tía la que había respondido. A la muerte no, no seas tonta, a los muertos. Ya, ¿pero por qué? ¿Lo haces a propósito? No. ¿Cómo vas a decir eso? Pero si ninguno de ellos eligió morir. Claro que no, por eso mismo, porque los mataron y porque los negaron, ya sabes que los negaron. Sí, pero no sabemos si los mataron. ¿Cómo que no sabemos? Sabemos pero no sabemos. Y ahí había quedado la cuestión. Toda enredada.
Los ojos puestos en la pared de ladrillo vio pasar a su madre. Años atrás. En bicicleta. Vestido blanco de flores azul oscuro. La misma madre leyéndole cuentos. Todas las noches, antes de dormir. Salvo una. La noche en que leyó él. Ese señor que desde hacía un tiempo vivía con ellas. Ese señor al que conocía con tres nombres diferentes y que resultó ser su padre. ¿Podía haberlo intuido esa noche? ¿Podía haber tenido la sospecha de que ese hombre era su padre? Lo recordaba con un chocolate en la mano y la propuesta de leer, algo tímido, como diciendo si tú quieres, yo te leo, y ella, después de pensarlo un poquito, le había dicho que sí. Inaugurando ambos y sin más ceremonia lo que iban a ser. Padre e hija para toda la vida. Y casi se podía decir que había habido suerte. Nadie estaba a salvo pero había vida.
Pensó en su tío. Su tío con voz gruesa y con cara de malo. Solo ella sabía que era bueno. Mucho tiempo tuvo esa creencia de que solo ella sabía que era bueno. Por los paseos. Los paseos de la mano y los relatos. Porque su tío conocía piratas muy peligrosos. Así le dijo una vez o parecido cuando el paseo fue hasta la playa, y la hizo mirar con mucha atención, con muchísima atención algo que no podía ver porque era de noche. Y la noche, al igual que el mar, era inmensa y se podía recorrer sin descanso. Sin miedo. El tío le había contado aquella historia acerca de un ataque al sol. Unos maleantes una vez se propusieron robárselo y lo esperaron, en barcas, en el lugar donde el sol se pone. El sol los enfrentó valientemente pero fue herido por una lanza envenenada y todo se tiñó de rojo alrededor. De ahí el crepúsculo. Durante años, el sol no había vuelto a salir y los habitantes de varios pueblos, como si esa fuera su condena por no haber sabido defender al sol, se habían quedado a oscuras. Siempre mirando al mar, los ojos fijos en el lugar de la caída. Hasta que alguien, el tío no sabía decir quién, y no quería mentir, pero alguien que él suponía podía ser un niño, o una niña, había mirado en otra dirección y sólo ahí el sol se levantó.
Cerró los ojos. El homenaje estaría por empezar. En algún lugar, la foto de Cecilia. Recordó los dichos de aquella mujer de rostro bondadoso. Yo no quiero encontrarla. No así como la encuentran. Y sintió rabia. Mucha rabia. Por esa muerte que se robaba todo, que día tras día se robaba todo, y de la vida de Cecilia no quedaba más nada sino una foto, y el rostro de ellos, el rostro de los asesinos, lo que ellos hicieron, como si aquello fuera una gran obra, digna de ser conmemorada, nunca la obra de Cecilia y de sus compañeros, y de los compañeros de los compañeros, nunca se trataba de honrar tanto esfuerzo, incluyendo el esfuerzo de los vecinos que habían preparado el homenaje, todas esas familias aun de pie porque tanta injusticia, porque no hay que acostumbrarse a tanta injusticia.
Pero de eso no se hablaba. O poco. Y ella se preguntaba, a veces, si no había en ese poco hablar, en ese desconocer esfuerzo, y lucha, y vida, otra forma de olvido. ¿Otro tipo de injusticia? ¿Algo que tampoco se podía perdonar?
De pronto advirtió que no estaba sola frente a la pared y las flores. Ahí estaba el niño. Calladito y sentado a su lado. El hijo de la vecina Belén que quería ir al homenaje y no tenía con quien dejarlo. Ella se había ofrecido. Para tener una razón. Una oportunidad –ella también– de quedarse callada. Por no saber explicar los pensamientos que le daban vueltas. Otro día lo haría. Otro día lo lograría. Le hizo un cariño al niño y lo sentó en sus rodillas. Cuando el sol desaparece, había dicho el tío, tú tienes que dar la espalda al mar. Y el sol aparecerá por ahí. O por allá. Mira bien. Por donde menos lo esperas.
Ana
sábado, 7 de enero de 2023
Talk to me like the rain...
"I will read long books and the journals of dead writers. I will feel closer to them than I ever felt to people I used to know before I withdrew from the world. It will be sweet and cool this friendship of mine with dead poets, for I won’t have to touch them or answer their questions. They will talk to me and not expect me to answer. And I’ll get sleepy listening to their voices explaining the mysteries to me. I’ll fall asleep with the book still in my fingers, and it will rain. I’ll wake up and hear the rain and go back to sleep. A season of rain, rain, rain…"
Talk to me like the rain... and let me listen
T.W.
viernes, 6 de enero de 2023
lunes, 2 de enero de 2023
Coraje
Coraje es lo que ella tuvo. Aunque ella lo contaría distinto y diría que eso
se llama indignación. Sucedió el año 93. El 11 de septiembre de 1993. Por la
mañana. Todo fue rápido, abrupto, sin esperas.
Primero, en Alameda, la concentración. Luego el arranque. Apenas unos pasos. De pronto, nada. No se avanza. Será que una vez más alguien apagó la llama de la libertad. O será que a esa hora ya está vallada la zona y no es posible pasar por Morandé. ¿Qué les cuesta? ¿A qué le temen? ¿Temen? ¿Es una demostración de poder? El poder de cortar caminos, de otorgar espacios, tú aquí, tú allá. No insistan parecen decir las vallas: por esta calle, no. Pero sí. Hay que puro empujar. Saltar las vallas. Nada de eso se ve. La masa es compacta. Avanza, retrocede. Vuelve a avanzar. Ella sabe lo que viene después. Elige ubicarse a un costado. Camina a contramano. La sigo. Hay piedras en el camino y hay una obra en construcción. En la pared improvisada con tablones de madera se lee un papelógrafo de la Chacón sobre la necesidad de una nueva constitución. Son los obreros de esa construcción los que lanzan las piedras. Piedras que van a parar a las manos, a los bolsos, a las carteras de los que pasan por ahí y sin mediar palabra porque ciertos gestos no se explican, se repiten. Ya está. Ruidos. Gases. La masa se dispersa. Se corre. Una micro se detiene en toda la esquina. Subimos. Una piedra equivoca el rumbo y rompe un vidrio. Bullicio. Una mujer muy delgada, de muchos años, va sentada, lleva un limón en la mano derecha. Ella le habla, le avisa, quizás pide permiso, la abraza cubriéndole la cabeza. Otra vez, vidrios rotos. El chófer arranca, intenta salir del sector, sigue su recorrido durante unos minutos y al rato frena. Encara a los pasajeros. Que los que quieran seguir con el recorrido se bajen y esperen otra micro porque esta micro… esta micro se va para el cementerio. Aplauso general. Muy pocos bajan. Casi no se puede respirar pero hay alegría. Finalmente, se llega a destino. Los homenajes. Los recuerdos. El silencio. El silencio. El silencio. Para luego emprender la caminata. Esa larga caminata que va del cementerio hasta el centro, del cementerio hasta el corazón de la ciudad. No a la casa después del deber cumplido. Al centro, al corazón, porque eso es cumplir con el deber y porque no es lo mismo homenajear a los muertos que estar muertos. No estamos muertos. No nos quedamos en el cementerio. Salimos. Seguimos caminando. Y no se habla pero se siente en el cuerpo que ese es el sentido correcto. Hasta que otra vez el palacio de gobierno. La Plaza de la Constitución. Moneda con Morandé. Nuevamente las vallas. Ella está ahí. Se abre paso. Y también están ellos. Un grupo que recién ha llegado custodiado por Carabineros de Chile. Militantes pero custodiados, miembros de la coalición de gobierno. Se les permite pasar. Ingresan y depositan una ofrenda floral. Morandé 80. Alrededor los que observan la escena ya no forcejean. Acompañan. “Se siente, se siente Allende está presente”. “Compañeros detenidos desaparecidos”. “Presentes”. Todo con punto de exclamación y hasta la victoria siempre. Y es entonces que ella también levanta la voz. Increpa a los de la ofrenda. Compañeros. Compañeros, ¿no les da vergüenza? ¡No les da vergüenza! Con qué derecho hacen su homenaje unos cuantos. Dice. Con qué derecho se apoderan de las calles y le quitan al pueblo su propio derecho de homenajear a sus muertos, siendo que ese pueblo es el que estuvo en las calles, y a pedradas limpias, contra los balazos, en las ollas populares, contra los balazos, con qué derecho esos cuantos aceptan las vallas para llevar sus miserables flores. Dice. Sus miserables flores.
Estas y otras palabras iban saliendo de su boca y caían por todas partes pero alrededor todo era sorpresa y emoción y equivocación. Que no será para tanto señora, que no se me enoje, no ve que “se siente, se siente”…
Cosa notable, ella dijo compañeros, siendo que esos nunca fueron sus compañeros. Pero sí lo fueron de otros que ella amó. Otra cosa notable, siendo que ese día ella tuvo ese coraje, o esa indignación, o quizás la indignación sea fruto del coraje que ya se tiene, del coraje con el que se vive, todas las veces que no estamos muertos, ella no lo contó. Por la tarde y en los días siguientes no lo contó. Nunca lo contó.
Ana