lunes, 15 de agosto de 2022

Sin título

El barrio de Santa Rita es el único de Buenos Aires que no tiene plaza. A muchos de sus habitantes le importa que la haya, que exista un espacio verde, que sea a su vez lugar de encuentros. De muy distintas maneras a lo largo de décadas vecinas y vecinos han intentado organizarse para que la plaza se convierta en realidad. Al día de hoy la plaza no existe en el sentido de que si tuviéramos que dar su dirección, no podríamos hacerlo. Pero de encuentro en encuentro, de conversación en conversación, han nacido y crecido hijos, son esos que revolotean en cada pequeña acción y han crecido precisamente así... escuchando hablar de esa plaza. La plaza de Santa Rita es hoy ese espacio efímero de encuentro. También es el motivo de una propuesta lanzada hace algunos meses para diseñar la plaza de nuestros sueños en cuento, en dibujo, en cuadro, en poema, en canción... El cuento que sigue se ubica ahí. Como inicio de una propuesta que se desarrollará en el Patio de los libros. Continuará...

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La plaza de Santa Rita era la más linda. Juana siempre lo supo. Lo que más le gustaba eran los gatos que solían pasearse por ahí cada vez que iba a la plaza con su mamá o con su papá. A Juana le encantaban los gatos y cuando no había ninguno los dibujaba. Uno de sus gatos preferidos, un gato azul, vivía en una de las paredes de la plaza. Y es que la plaza tenía una pared que era para eso. Para que las niñas y los niños pudieran dibujar lo que quisieran con tiza. A Juana le encantaba dibujar gatos con tiza en las paredes de la plaza y en otras también. Salvo los días de lluvia. Claro.

Una vez me la encontré sentada al borde de un camino que atravesaba toda la plaza. Se la veía muy contenta contemplando algo que estaba en el cielo. Miré yo también pero no vi nada. –¿Qué haces Juana? – le pregunté y Juana abrió grande los ojos y me llamó para que me sentara a su lado. Luego me la mostró. Una nube preciosa. Gris perla. Con forma de gato. Perlita, le pusimos. Pero Perlita era una gata muy vagabunda, se quedó un ratito y se fue.

Sí, a Juana le gustaba mucho ir a la plaza de Santa Rita. Fue muchas veces. Le gustaba correr, a veces sola, a veces con amigos mientras los grandes métale a charlar y charlar. También le gustaban los árboles. Algunos, los más jóvenes, eran flaquitos. El tronco cabía en la mano de Juana. Otros no. Otros eran añosos y no cabían en el abrazo de Juana. Hacia falta llamar a los amigos. Abrazar de a varios. Por eso, siempre le pareció raro que algunos dijeran que no había plaza en Santa Rita. Por eso también cuando muchos años después volvió a ese barrio, después de un largo largo viaje… No pudo creer lo que vio.

¿Lo ven?

  

* propuesta para una futura actividad / Patio de los libros