domingo, 6 de noviembre de 2022

Lo que cae del cielo o formas de bailar el tango

 

Para M. L.

 

Una canción muy conocida del querido Rubén Blades dice que “si naciste pa’martillo… del cielo te caen los clavos”. Así me sucedió a mí ayer. Solo que no fueron clavos sino zapatos. Un par de zapatos negros de bailar tango.

El cuento que muchas conocemos dice que los zapatos eran rojos y que con esos zapatos se bailaba hasta morir. El cuentito era más bien de terror y el amor al baile se pagaba caro. Pero hoy la historia es otra y el color es lo de menos. 

Sucede que vengo de una familia en la que se baila.

Lucho bailaba. El mismo Lucho que no podía bailar, bailaba. Tenía una deformación en el pie que no era compatible con la danza. Sin embargo, todos los que bailamos sabemos que no se baila con los pies sino con algo que vive dentro nuestro. Lucho sabía. Y bailó. La porfía se le presentaba así. Sonriente y pícara. Danzarina. De igual forma se le presentó a su hija, mi madre, gran bailarina de cueca y otras danzas. Hasta donde puedo recordar días antiguos y otros más recientes, mi madre siempre es feliz cuando baila. También lo fue mi tía. Esa diosa. La más renombrada. Mi tía-abuela. Bailarina de tango ella. Como yo. Lo digo con una sonrisa estilo Lucho. Mirándome la punta del pie. Es decir los zapatos. Negros.

A veces, como en el tango (por ejemplo en “Pavadita”), la vida hace pausas. Ayer le oí decir a una profesora que esas pausas se bailan. Más bien: son parte del baile y un momento de complicidad con quien se está bailando. Creo en eso con todas mis fuerzas porque… no se baila con los pies. No se baila con los pies pero –el tango– se baila con zapatos. Por el desliz. Porque el tango es desliz. Así fue como tras una pausa que duró una cantidad interesante de años se me vino la idea peregrina e irresistible de retomar el tango más o menos ahí donde lo había dejado (no pongo comas a propósito). Y en el día de ayer se presentó una magnífica oportunidad pero… no tenía zapatos. 

No tenía zapatos pero tenía amiga. “¿Cuánto calzas?” no parece, en principio, una pregunta que siembre esperanzas o que infunda valor. Sin embargo resultó ambas cosas. Todo lo que siguió fue mágico. Porque mi amiga también es bailarina y también sabe de pausas. Y sabe conducir un auto y el camino que va de su casa a mi barrio, que es también su barrio, y todo lo que es dicho, es hecho, y así fue como me ofrendó en préstamo sus zapatos de tango para que ellos –y de paso, yo– siguieran, siguiéramos bailando.

Ahora más bonito que antes. 

Por la belleza del gesto (suyo). 

Por ese largo andar (de los zapatos). 

Por la sonrisa que fue de ambas.

 

A.

 

viernes, 28 de octubre de 2022

"Deseo que recuerden todo el cariño..."

 

Ya pasaron más de cuatro años desde aquella carta colectiva que enviamos a nuestros amigos extraviados Glen y Declan para invitarlos a retomar el contacto porque “el tiempo pasa, la etapa es dura para todos, y es una pena no vernos y acompañarnos”. Era un llamado y un pedido, ambos esperanzados, porque sentíamos la ausencia y no nos la explicábamos dado que no habían ocurrido disputas ni agrias rupturas.

 No existiendo rencores ni cuentas pendientes escribí, ya a título personal, que “Ojalá respondan, y finalmente nos veamos. Pero en el caso de que no lo hicieran, deseo que recuerden todo el cariño que nos hemos brindado y todo aquello que aún tenemos en común”. Como esa respuesta no llegó –y no hace falta decir que la época trajo novedades poco favorables para la mayoría–, tal vez debamos cuestionarnos si era verdad aquello de que aún teníamos cosas en común.

 Acaso una lectura posible sea ésa: los vínculos se van deshilachando cuando, pese a todos los intentos por mantenerlos vivos, ese territorio compartido se dispersa en parcelas que ya no tienen cohesión. No hay malquerencia, tal vez ni siquiera se ha perdido el antiguo afecto, pero lo cierto es que no existe el cultivo de ese hábitat que nos cobijaba de manera pareja –o al menos eso queremos creer–.

 Todos alguna vez fuimos llamados a encuentros a los que no acudimos porque no nos sentimos interpelados, y a su vez convocamos a citas en las que fuimos desairados. No me digan que nunca es triste la verdad. Digamos más bien que hicimos el intento y que no pudo ser.

 

Neil Collins

 

jueves, 20 de octubre de 2022

"La tierra se extendía en silencio..."

 ¿Se acuerdan? Había un jardín que no tenía flores pero que luego tuvo. Y había Laura… que algunos de ustedes conocen. Sé que no lo habrán olvidado. La anormalidad de la post-pandemia no nos quitó el jardín de Laura. Ni a Laura. Siempre podemos ir. Este martes fuimos. L. y P. 10 y 9 años no conocían. “¡Arriba! Vamos”. Al jardín de Laura… se sube… Pregunta de ambos: “¿se puede?” Respuesta: sí, se puede. Ponemos la mantita que hemos llevado, nos acostamos. “¿Nos acostamooosss?” Sí, esa es la forma más bonita de observar el cedro en el jardín. Y de escuchar. Cositas que pasan. Luego Laura (no confundir las Laura) lee un cuento. Luego: operativo poético como ustedes ya conocen, no es novedad… Pero para ellos sí. Nuevamente: “¿se puede?”. Con ojos muy abiertos. Justo hace poco estuvimos hablando con una muchachita acerca de lo que se puede y no se puede en los muros, en las veredas. Pero este martes lo que llama la atención -más allá de los muros- es la conciencia que tienen algunos niños (¿muchos niños? ¿cuántos?) de lo que NO se puede… 
 
Años atrás, muchos años, en el patio, una nena queriendo escribir una frase en grande en una hoja de papel se dio cuenta que no le iba a caber completa. Se le sugirió que hiciera doblar la frase. Como se dobla en una esquina. (Eso no sirve para los papelógrafos, conste; pero esto era un dibujo, eran palabras dibujadas en papel, ¿quién podía impedirlo?). Otra vez la frase con sus ojos abiertos: “¿se puede?”.
 
“La tierra se extendía en silencio”, decía el cuento.

 

 

 Patio de los libros