sábado, 5 de septiembre de 2015

Coplas a la vida de mi padre


La conmemoración de un año más del asesinato de García Lorca me hizo recordar a mi padre. No sé por qué este año especialmente, ya que la obra de García Lorca siempre ha sido algo muy simbólico para mí, pues envuelve las grandes pasiones que mi padre tenía: la libertad, la literatura y España.  

Mi padre había sido un aventurero. En el sentido romántico de la palabra. Tal vez porque él era más cercano al siglo XIX que al XXI. Y pienso que mi fijación con Corto Maltés (a quien el autor hace coincidentemente desaparecer durante la Guerra Civil española) tiene mucho que ver con una suerte de extrapolación que hago del marinero ficticio a ese hombre real que fue el primer gran amor de mi vida. En su itinerante trayectoria de maestro, fue profesor de castellano en la Escuela Militar de Santiago, en la Academia Diplomática de Pekín, catedrático en literatura española en Francia y en Chile. También participó en los programas de alfabetización en Cuba luego de la Revolución. Hizo clases particulares de piano y durante su época de estudiante en Madrid, se ganaba sus pesetas vendiendo reproducciones de cuadros de Velásquez que él pintaba. Escribió tres novelas, muchos artículos y críticas literarias y compuso un himno universitario.  

Tuvo un sueño frustrado: España. Si alguna vez anheló algo concreto y estable, fue haber podido quedarse por siempre en ese país donde –sólo supongo- pasó sus mejores momentos mientras cursaba un doctorado dedicado a la obra de Pío Baroja. Intentó obtener un puesto de profesor allá. Aunque cumplía con todos las exigencias académicas, las respuestas eran siempre tan negativas como evasivas. Hasta que alguien, quizás por compasión, le explicó que era muy difícil que una universidad ibérica fuera a interesarse por un latinoamericano para enseñar literatura española a los propios españoles. Y le sugirió mejor dedicarse a los hispanoamericanos, que estaba tan de moda en ese entonces. Pero ninguna oferta podría haberlo tentado a renunciar a las recopilaciones de Menéndez Pidal, a Pérez Galdós, a Cervantes. 

Durante su posterior estadía en Europa, tuvo sin embargo que  estudiar autores más cercanos. Le pedían charlas sobre nuestros escritores. Cumplió. En algunos casos, con mucha devoción. Tenía una inmensa admiración por Gabriela Mistral, también por María Luisa Bombal. Un especial afecto por Pablo de Rokha a quien había conocido en China. Pero en la mayoría de los casos, no pasó a ser más que una tarea. Nunca le creyó del todo al Boom. Nunca se conmovió con ese estilo. No compartía su énfasis en el uso experimental que hacía de la narración ni ese afán de buscar impresionar con recursos novedosos. Mi padre tenía más similitud con los pensadores griegos: sencillo, contemplativo, amante de la naturaleza y del silencio, de las ideas universales contadas en un lenguaje simple, pero con oratoria impecable. 

No tenía apegos materiales. Por eso quedé totalmente conmocionada un día que, hojeando un libro de Baroja que le había pertenecido, encontré entre medio un tiraje de cuatro fotografías mías con él sacadas en un fotomatón. No debo haber tenido más de cinco años y aparecíamos ahí abrazados, felices. Más allá de la perturbación que me provocó esa aparición inesperada, me dejó estupefacta pensar que a ese hombre, tan indiferente al mundo terrenal, en algún momento se le hubiera ocurrido hacer tal trámite fotográfico, hubiera luego querido atesorar una imagen tan cotidiana y la hubiera guardado. Pero no en cualquier lugar. La había conservado –quizás, probablemente, de manera inconsciente- en medio de uno de sus libros favoritos, entre las líneas de su escritor favorito. De ese hombre al cual le había dedicado centenares de clases, decenas de artículos y dos doctorados, en suma, una vida entera. 

A casi 20 años de su muerte, aún suelo recibir alguna correspondencia de alguien que me cuenta: “me acordé de tu papi el otro día”. Me parece sorprendente que haya personas que todavía necesitan declarar el enorme cariño que le tenían. Y me resulta asombroso que hoy, cuando las personas se esmeran en ser protagonistas,  en estampar su identidad e individualidad con todos los recursos postmodernos, este hombre, que durante sus últimos años no salía de su casa más que para hacer sus clases, que tenía como única vida social quedarse sentado en el comedor esperando que lo visitaran estudiantes, colegas, amigos y que nunca tuvo computador, pero que se le ocurrió contratar tv cable cuando se enteró que había un canal que transmitía solo programas sobre animales, haya dejado una huella tan grande con su paso anónimo en la Historia. 

Con él compartí infinitos momentos de música, de lectura, de caminatas con reflexiones y pláticas inolvidables. Respondía con solicitud a mis interminables preguntas y opiniones de niña. En una ocasión, sentencié con mucha certeza que no me gustaban los artistas modernos porque me parecían extraños. Respondió: “es que eres muy chiquitita todavía. Te basta Mozart o Renoir. Pero cuando seas más grande, cuando tengas veinte, treinta, cuarenta años, te vas a dar cuenta que no son suficiente. Y necesitarás cosas nuevas. Y ahí, los compositores y los pintores contemporáneos te van a gustar”. 

En las casi dos décadas que llevo sin él, me ha hecho falta en innumerables ocasiones. Quisiera haber podido comentarle tantas impresiones. De mi viaje a Cuba, a Jamaica, a Japón. Haberle contado que estuve en Tánger. Quisiera haber compartido con él mi satisfacción al leer al tremendo crítico Harold Bloom declarar que el realismo mágico había sido un disparate y que si bien había ayudado a América Latina a tener audiencia, no había sido bueno. Quisiera que hubiera conocido el Museo de la Memoria para que viera cómo quedaron retratados el rostro de sus alumnos fusilados. Y desearía haber podido decirle que tenía razón: ahora sí me gusta Prokofiev, y Debussy, y Kandinsky.  

Hace un par de años viajé a España por vacaciones. Me senté al atardecer a tomar una sangría en la Plaza Mayor. Y me sobrevino la idea que quizás unos 60 años atrás, él había estado en ese mismo lugar, mirando los mismos balcones y abrigando el mismo deseo que ese instante se detuviera y que la vida continuara como un perpetuo recorrido por plazas, librerías, museos y anticuarios. Y es la única vez que he sentido que me ocurría algo que no me hacía falta haber podido contarle. Porque eso que me estaba sucediendo, él lo había descubierto mucho antes de mi existencia. Y porque mediante una conjugación divina del tiempo con el espacio, estábamos juntos compartiendo esa copa, como si nos encontráramos reunidos en una viñeta de Hugo Pratt y que en cualquier minuto podría aparecer García Lorca a sentarse a nuestra mesa en ese momento sosegado, en que ya no dolía nada, no apremiaba nada, pues ya caía la tarde con sus tertulias sublimes en un año inexistente, en una escena inexistente, en una paz inexistente.
Valeria Matus

domingo, 23 de agosto de 2015

Nadie detiene al Gallo Cantor

Sobre el reestreno de la Cantata del Gallo Cantor
Buenos Aires, Hasta Trilce, 22 de agosto 2015

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Cuando fue lo de Trelew, Juan Gelman escribió unos versos tan estremecedores como aquella masacre, versos que Juan Cedrón musicalizó magistralmente. Nacía así la Cantata del Gallo Cantor que se pudo escuchar una sola vez en la Argentina de aquellos años duros, y que –después de haber sido grabada y muy escuchada en Francia – vuelve hoy a nuestra tierra por iniciativa de los muchachos de La Lija en fraterno ensamble con el Cuarteto Cedrón. Siempre, pero en esta ocasión en especial, la voz del Tata es como un compendio de la poesía social argentina: Tunón, Manzi, Gelman, pero también Bustos, Blomberg, más una multitud de giros, de inflexiones y de cadencias, que son de aquí porque nacieron de la atenta escucha que esos hombres tuvieron para con el habla criolla, el lunfardo, el idioma de los argentinos.

Por su parte, la voz del líder de La Lija, Cancerbero William, vibra en la estirpe viril y oriental de Zitarrosa, pero remite además a la Santa María de Onetti como el reverso imaginario pero verdadero de las ciudades del Plata. Y La Lija, como conjunto, son una amotinada banda de “arribeños” que ha tomado la herencia hispánica no como lápida sino como inspiración para producir música americana. Acaso sea una percepción muy subjetiva, pero escuchándolos recordé a los mejores conjuntos del folklore chileno –los “Quila”, los “Inti” –, cuando sus voces al unísono traían al pueblo como “coro”. Y ya que estamos, ¿ese piano maravilloso, no tiene reminiscencias del de Claudio Parra de Los Jaivas? Pero en el plano de los legados, La Lija se reconoce siguiendo la huella del Cuarteto Cedrón, y en su elegancia de sacos, chalecos y corbatas hay un intento de recobrar el tiempo y a lo que viaja en él: la memoria.

Memoria, entonces, de los Mártires de Trelew, de sus luchas que hicieron que –como nunca antes y nunca después– la oligarquía sintiera muy cerca de su garganta el cuchillo de la justicia aquí en la tierra. Memoria de la advertencia de Walsh: “Que esa clase esté temperamentalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella”. Memoria de María Antonia, de Albertito, de la Petisa María Angélica (como tantas veces escuché sus nombres en boca de sus compañeros que los amaron y los aman), y de todos los demás caídos por decir que “nosotros no solamente queremos la igualdad en la muerte, también queremos la igualdad en la vida, queremos la justicia en vida”. Celebración de sus vidas y de la luminosa belleza que sembraron para todos, y por eso “nadie detiene al día, nadie detiene al sol, nadie detiene al Gallo Cantor”.

Y estaba la emoción del Profe y del Tata rodeados de jóvenes, su cosecha de tantos años de amor a la vida. Y estaba el estremecimiento de sentir que esta potente versión de la Cantata del Gallo Cantor es un ajuste de cuentas con nuestra historia. Porque ahí estaban los 16, representados por los diez de La Lija más el Cuarteto devenido en quinteto (sumando el cello de Josefina García), y estábamos nosotros, el coro, completando el número. Porque, como dijo Scalabrini, “para el espíritu, las resurrecciones son cosas sin asombro”.

Carlos Semorile

lunes, 10 de agosto de 2015

Más allá de la muerte




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A pocas horas de ocurrido el fallecimiento de Manuel Contreras recuerdo un extraordinario testimonio publicado por la revista Análisis en su número 376, en abril de 1991: “Yo acuso al general Contreras” de Gladys Díaz. Habría que volver a publicarlo. Me ofrezco, ya que lo tengo, a copiar cada palabra con todo el respeto que se merece. No alcanza resumir ni intentar poner otras palabras en lugar de las que ese testimonio rescata, arranca, defiende, considera, ofrece.

Recuerdo también que en esos días me fui a la escuela con la revista en la mochila y que en el patio, durante un recreo, la leímos en voz alta con un entrañable compañero. Ambos quedamos impactados, no solamente por la historia que ahí se narraba sino por el cómo, por el coraje de Gladys Díaz –periodista, militante del MIR, detenida en 1975, prisionera de la DINA en Cuatro Álamos–, por la precisa y rigurosa manera que ella tenía de hacer de su relato un instrumento contra la infamia de algunos, contra la ignorancia de otros: no solamente contra el olvido, porque no podemos olvidar lo que no conocemos y nosotros, jóvenes entonces, conocimos también lo que había que conocer gracias a Gladys Díaz. Pero, también, era esa escritura un instrumento a favor de cierta humanidad, tal como la periodista junto con otros –por ejemplo, sus compañeros de la revista Análisis y tantos más que no se pueden nombrar– nos la ofrecieron como cosa digna de amar y defender. Por esto, indisociablemente, al enterarme de la muerte de Manuel Contreras se me viene a la mente la figura de Gladys Díaz, la de Juan Carlos Perelman y la de tantas personas que nos faltan.

Una extraña coincidencia hace que hoy, en Argentina, estemos a pocas horas de un acontecimiento sumamente relevante. Esta noche, en una sala de Buenos Aires, se presentará una obra llamada “Del Gallo Cantor. Cantata”, sobre poesías de Juan Gelman y música de Juan Cedrón. La obra fue creada en 1972, inmediatamente después de los fusilamientos de Trelew. Quizás el lector chileno lo recuerde. En agosto de 1972, en Argentina, se produjo una fuga de prisioneros políticos encarcelados en el penal de Rawson. 25 prisioneros lograron salir. Tras múltiples dificultades, llegaron a destino: al aeropuerto. 6 pudieron tomar y desviar un avión que los llevó a nuestro país donde contaron con la debida protección. Otros 19 quedaron en el aeropuerto sin poder huir. Fueron detenidos y fusilados el 22 de agosto de 1972. 16 murieron. Los tres sobrevivientes (liberados en 1973, tras la elección de Cámpora) fueron ulteriormente asesinados. Lo que también fue el caso de algunos de los fugados que encontraron refugio en Chile. Entre ellos, Mario Roberto Santucho.

En esos mismos días, Juan Gelman escribió una serie de poemas. Juan Cedrón les puso música. Uno de esos poemas se refería explícitamente a los fusilamientos. Los otros evocaban, desde diversos lugares, las añoranzas de una parte del pueblo argentino en esos años. La obra fue presentada en 1972 en Buenos Aires. Luego, tanto el poeta como los músicos salieron del país. Gelman (1930-2014) nunca volvió a radicarse en Argentina. Cedrón lo hizo hace once años. La obra no volvió a escucharse en Argentina. Pero sí en Francia donde pasó a ser una obra de culto. Por iniciativa de un grupo de jóvenes –muy jóvenes– músicos argentinos esta noche se presentará la Cantata del Gallo Cantor en Buenos Aires. Participarán en este concierto los creadores de la obra y estos mismos jóvenes (La Lija es su nombre), mostrando al público esa condición básica de los rescates que más importan: la unión, la acción conjunta entre generaciones que se conocen, se aprecian, se escuchan, se valoran y se arremangan para trabajar juntas.  

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Todo. Y se explicita en las palabras que esta noche quince músicos van a interpretar:

“nosotros no solamente queremos la igualdad en la muerte
también queremos la igualdad en la vida
queremos la justicia en vida
aunque sea corta y larga la muerte”

En estas horas en que todos los diarios de Chile y, probablemente del mundo, anuncian la muerte de Contreras, consciente de que nosotros no pudimos anunciarle a nadie la muerte de nuestros seres queridos más cercanos porque no conocemos ni siquiera la fecha, siento que  hoy más que nunca hay que seguir exigiendo por la vida. Ir al rescate de todas nuestras obras ignoradas, olvidadas, descuidadas, desatendidas. No me refiero o no me refiero solamente a tal o cual poema, composición, cuadro, escrito. Me refiero a esa obra mayor que constituye la manera de vivir de ciertas personas. La vida misma. Esa es –también– la obra. La manera que tantas valiosas personas tuvieron de vivir. La manera en que tantas personas siguen viviendo sin darse por vencidas.

Para los jóvenes de mañana, a lo mejor, no habrá otra herencia que no sea esa. La vida, tal como hombres y mujeres de todos nuestros pasados y de todos nuestros presentes, eligieron vivirla. Por eso pienso que, más allá de la muerte, hay que atender ciertas plumas que, desde Chile, desde Argentina, desde tantos otros lugares, nos vienen diciendo que ése y no otro ha sido siempre el objetivo: la igualdad y la justicia. En vida.

 
Antonia García Castro
  

jueves, 23 de julio de 2015

Cual Cándido, su jardín



Conversando acerca de las más frecuentes frustraciones de la personas hoy (soledad, desmotivación, sentimiento de fracaso), una amiga opinó: “siento que la gente está viviendo su vida como si fuera un reality de televisión. Las personas se miran a sí mismas bajo la inflexibilidad de un guion y según si la escena es buena o mala, la dejan o la eliminan. Así sin preguntarse lo que de verdad quieren, desean o necesitan”. 

¿Qué escenas son buenas? Sacarse una selfie sobre una pirámide azteca o delante de lo que quedó del muro de Berlín, asistir al lanzamiento de un libro cuando se es amigo del escritor, trabajar de manera independiente, movilizarse en bicicleta, dibujar, leer, tejer, siempre y cuando conduzcan a reconocimiento social. Grandes escenas: tener una cita en un bar lleno de gente que sólo vive escenas buenas y, en el momento en que las miradas de ambos se cruzan en una sonrisa, suena una música perfecta que revelará que se está frente al chico indicado. No importa si el chico es un inútil o un sociópata, pues una vez que la relación termine trágicamente, la armonía se recuperará con un viaje místico. ¿Qué escenas son malas? Tener un empleo monótono. Como estar en una oficina de correos, o de seguros, o tras un mostrador, ser reparador de lavadoras, panadero, gasfíter, sastre (salvo que se sea un emprendedor), corregir pruebas, tener jefe, tomar el transporte público, quedarse en su casa a descansar para un fin de semana largo. Y la escena con menor rating posible: casarse con un contador. Es aburrido para la audiencia, aun cuando se tratase de un hombre trabajador y afable. 

Pensé de pronto en la generación anterior a la irrupción masiva de las imágenes. Esa generación que pasó su infancia luego de la crisis del 29, que vivió su juventud bajo la II Guerra. Una generación real que se sentía feliz con los hitos que había logrado en su vida como aprender a nadar, recibir el primer salario, celebrar las bodas de plata. Una generación que apreciaba sentirse querida por sus pares –los vecinos, los amigos, los compañeros de trabajo- y que valoraba a cada una de esas personas –que no eran ni especiales, ni famosas- en su compañía y afecto. Cuando apareció la televisión, la adquirió, desde luego. No era un mal invento para amenizar las tardes de invierno, sobre todo en algunos climas. Y lo que veía en la pantalla -las mansiones, las lindas ropas, los continentes lejanos- le gustó, por supuesto. Lo disfrutaba mientras miraba. Pero ese mundo se acababa apenas el televisor se apagaba. No era parte de la existencia, nunca lo iba a ser, de modo que quedaba reducido a su justa medida doméstica. 

Los seres humanos siempre hemos desarrollado fantasías. La ensoñación es bella, lúdica, necesaria. Pero en algún momento, algo se distorsionó y comenzamos a creer que ese universo paralelo tiene la obligación de cumplirse. Que esa suerte de espejismo de nosotros mismos nos observa, evalúa, exige, por lo tanto, le debemos el final feliz que espera. Y se puede dar vida a los sueños. Sí. Pero requiere alimentar ciertas dedicaciones terrenales, ciertas reciprocidades concretas y ciertas tediosas virtudes que al público no le entretiene mirar. Y se cumplen y valen la pena, esos sueños, cuando son verdaderamente propios, cuando nacen desde lo íntimo, desde la esencia humana que busca su dicha sirviendo, amando, recibiendo y cultivando, cual Cándido, su jardín.  

Valeria Matus

viernes, 3 de julio de 2015

Carta desde París en día de cumpleaños

Jueves 2 juillet 2015

Ejemplo de paradoja, no he cruzado una sola persona que no me haya deseado todo lo imaginablemente mejor para mi persona con motivo de mi onomástico. Por empezar, cómo es que tanta gente lo recuerda o lo sabe? -y no hablo de mis compañeros, amigos (una cosa no excluye la otra) o familiares. No. En todos lados, en el banco, en Carrefour, donde fui a retirar un imprimante que había encargado, en la farmacia, a la que me envió mi dentista que también me dijo que los cumpla feliz Monsieur Prainó, mientras preparaba su pequeño utillaje -muy parecido al de los mecánicos de autos- compuesto de taladros, pinzas con todo tipo de picos, barretas como la de sacar clavos y otras menudencias. Porque, claro, anoche, miércoles, a las 20h47 mientras pensaba en levantarme tempranito para seguir con la cantata Chances (Suertes...!) mientras comía un huevo duro, un poco de rilletes de canard y una bondiola corsa que me trajo un amigo de Federico acompañado todo esto con una ensalada de berro, brotes de escarola y rúcula del jardín, todo debidamente regado con un  Gewurztraminer, vendimia tardía cosecha  1998, que me regaló una amigueta precisamente para uno de mis innumerables cumpleaños, porque,  dijo, "tocaste tan bien bien con el Cuarteto anoche, que me hiciste llorar",  en el momento de morder una Sfoglia di grano,especie de criollita itálica, se me desmoronaron tres coronas, esas que cuando sonrío los encandila a todos los que me miran, tanto es el brillo metálico que reflejan las luces, herencia del "exilio dorado" en sus épocas de mishiadura económica y desencanto ("la poesía cruel/de no pensar más en mí") como para pagarse coronas blancas que no te la reembolsa la seguridad social y que te cuestan uno y la mitad del otro. Luego que me sacó las tres raíces -una se resistió bastante, como esas tuercas que se quedan agarradas con el óxido- y mientras me recetaba el antibiótico, el anti inflamatorio y el doliprane,"por si le duele", como si la anestesia durara hasta el jueves próximo, y yo mordía un tapón de gaza para parar la sangre,me comentó risueño y mientras me daba la mano "beau cadeaux vous avez eu"(lindo regalo le tocó) a lo que le respondí mmmññnggmmbbbu mnmnññ,  fdfdmumn (por qué no te vas al carajo, pelotudo) a lo que me respondió merci, merci et a la prochaine...
Lo paradojal es que todos ustedes, mi querida gente, quedan en ridículo deseandomé cuanta lindeza se les ocurre que merezco, mientras el azar decide festejarme el cumple con semejante cachada. Bueno, de todas maneras no cedamos a la internacional del desánimo como dice Cris. Lo bueno es que todos ustedes me muestran buena onda , por lo que prometo seguir portándome bien, que para nosotros es portarse mal.

Bisous

El Profe