jueves, 30 de marzo de 2017

“Ese espacio minúsculo”



M. era un joven como tantos en Osorno en los años 60. Trabajaba como empleado del Banco del Estado y tenía como novia a una muchacha de buena familia. Una existencia muy normal hasta que se destapó un hecho algo escandaloso para su medio: M. y un colega, llevaban un tiempo robando billetes, que iban extrayendo de a poco, luego de cada jornada. Entonces la existencia muy normal se vio quebrada por una condena a varios meses de prisión. Sin embargo, la novia, esa muchacha de bien, se mantuvo fiel. Lo visitó todos los días y le llevaba un plato de comida. Cuando salió de la cárcel, contrajeron matrimonio. Pero faltaba algo más difícil de reanudar: el trabajo. 

Y apareció alguien que venía de una historia muy distinta: don Max. Don Max era alemán y había llegado muy joven al sur de Chile a finales de la década del 30, huyendo del fascismo, con su pequeña hija. La madre de la niña había muerto en Europa. Se quedó en Chile, donde volvió a casarse y tuvo cuatro hijos más. Cuando M. fue liberado, don Max ya había hecho una fortuna con una empresa constructora. Entonces, ofreció a M. un puesto. “¿Y por qué no darle una oportunidad?” respondió, sin más, a los que preguntaron.

Cuando don Max murió, uno de los hijos asumió la gerencia. Su primera decisión fue despedir a quien había sido el brazo derecho de su padre. M. intervino en su defensa, alegando que era un tremendo error quedarse sin el hombre de confianza. No solamente se trataba de la persona que mejor conocía el negocio, sino porque significaba dejar en la calle a alguien que había sido, por tres décadas, de una lealtad intachable. Era una resolución, además de estúpida, inhumana. M. fue despedido también. Y mientras la herencia de don Max era despilfarrada en casinos y autos de lujo, la señora de M. tuvo la idea de tomar pensionistas –habían adquirido una casa con varias habitaciones que de algo podía servir– y asumió las riendas de obtener el ingreso necesario.

“Siempre me ha atraído ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano, uno solo… Porque, en verdad, es ahí donde ocurre todo”, explica Svetlana Alexievich, escritora que se ha dedicado al oficio de entrevistas. Cuando el obispo Myriel no delata por hurto a Jean Valjean, celebramos la grandeza humana. Pero la historia de M. no fue escrita por Víctor Hugo. Fue relatada por mi madre, un día con una copa de más, porque nadie en estado sobrio cuenta que, hace cincuenta años, un amigo estuvo preso por ladrón. Pero también porque nadie puede explicar los puntos de inflexión que tienen las vidas reales ni cómo se conjugan en ella tantas dimensiones diferentes. Ambicionar, mentir. Proteger, agradecer. Amar de más, amar de menos. Cuidar y descuidar. Arriesgar. Todo puede caber en un ser humano de alguna forma y bajo razones que buscamos comprender en las novelas o las películas. Grandezas y bajezas, incoherencias y consistencias, son interrogantes que nos resuelven los personajes de ficción. Pero las cosas realmente ocurren, como dice la bielorrusa, ahí. En cada uno. 

Valeria Matus

viernes, 24 de febrero de 2017

Fraternidad y errancia



A mis amigos trato de eximirlos de mis obsesiones. Nos vemos poco y a veces los encuentro sobrepasados por las circunstancias, peleando palmo a palmo para no caer abatidos. No siempre sucede pero cuando ellos están monotemáticos prefiero ahorrarme y ahorrarles mis extravíos o, sin ir tan lejos, dejar de lado mis preferencias, que no son las de ellos. Por ejemplo: me encantaría explorar con Damien el hecho de que tal vez nuestros antepasados se cruzaron en más de una ocasión a lo largo de la historia de la isla, los míos recibiendo a los suyos tras el naufragio de los buques españoles de la Armada Invencible. Pero Damien se aburriría pronto, y a Sean tampoco le interesa el tema de los legados. A quien sí le gustaría es a Glen, pero el Vikingo es demasiado nómade y anda de acá para allá haciendo plata para comprar el terreno donde un día, asegura, se afincará y conversaremos tantas cosas.

Mientras tanto, cada uno a su turno, los tres vuelven a preguntarme por Nancy. Se ve que no me oyen, porque ya no sé en qué idioma decirles que nada me ata a Nancy (tampoco se escuchan a ellos mismos que son quienes habitualmente traen y comparten noticias frescas de la susodicha). Y se nota que tampoco me leen: no pido que lo hagan siempre pero si cada tanto me leyeran, sabrían que considero que mi hermana sufre el “síndrome de hija única”. Tampoco quiero meter el dedo en sus llagas y preguntarles cómo andan sus hermanas y hermanos, qué saben realmente de sus vidas, cuándo fue que fraternizaron por última vez. De todos modos, entiendo que no hay maldad en sus requerimientos, tan sólo una inocente idea de lo fraterno como continuidad sin conflictos desde la infancia compartida hasta este presente en que todos andamos como planetas errantes, orbitando ingrávidos en diferentes galaxias.

Se los digo aquí, queridos amigos: fraternidad y errancia son los términos en que experimentamos la hermandad en la vida real. ¿O acaso no somos “como hermanos” porque anduvimos vagando y deambulando, perdiéndonos y volviéndonos a encontrar varias veces en senderos y encrucijadas diversas? El camino, no la sangre, nos empujó a la fraternidad. Luego, la hermandad nos llevó a errancias compartidas, en las que los hermanos no siempre estuvieron.

O lo hicieron pero vicariamente, sustituyendo o pretendiendo reemplazar al hermano ausente. Entiendo que Nancy participó de muchos momentos, más que ningún otro hermano o hermana, pero recuerden ustedes que esto no funcionó nunca de manera recíproca. Para ser más claro: nuestros hermanos, y en especial Nancy, mantuvieron cerradas las compuertas de sus propias errancias y eso clausuró las chances de ampliar el círculo de las fraternidades. 

Y cuando alguna vez logramos sortear el cerrojo, fuimos injuriados impiadosamente y finalmente arrojados de vuelta al otro lado de la cerca (por aquellos años soñé que Nancy me ahorcaba). Como dije, no quiero abrumarlos con mis inquietudes pero, ¿no les recuerda la empalizada con la que los ingleses amurallaron Dublín para mantenernos aparte a los irlandeses y evitar el contagio de la cultura gaélica? Aunque no me lo crean, el “síndrome de hija única” tiene algo de conquista, colonización y apartheid. Funciona un poco como la Corona Británica: consigue mantener intactos sus empelucados rituales al costo de no tener nunca un par. Allá ellos. Se pierden la dicha de la trashumancia y la hermandad que surge de sus jornadas compartidas.

Neil Collins


jueves, 26 de enero de 2017

El eterno




De Macedonio Fernández sólo he leído un texto. Un texto corto. Dos páginas. Las he leído tantas veces que, a lo mejor, cuentan como un libro completo. Yo creo (por lo que he llegado a saber de Macedonio) que él no se ofendería por esta situación. Porque si él fue capaz de escribir un libro entero con 56 prólogos a una novela eternamente anunciada… bien puede uno, en calidad de lector, quedarse detenido en dos páginas que dicen, precisamente, que hay novelas buenas y novelas malas y finales que no los aguantan ni los vecinos. Me encanta Macedonio. Lo adivino completito en esas dos páginas que incluso, a veces, me hacen llorar. 

Hace unos días, en Cura Malal, pueblo de la provincia de Buenos Aires, éramos varios reunidos en ese sitio llamado Corral de Piedra que muchas manos y muchos esfuerzos han hecho posible. (El lector curioso y amante de las cosas y las almas bellas podría buscar, informarse y quizás algún día dirigir sus pasos hasta este lugar que no tiene nada que envidiar a esos pueblos inventados y de papel). Ahí estábamos, entonces, viendo un episodio de “Escenas de la novela argentina”, programa dirigido y presentado por Piglia.  Elegimos uno al azar y el azar quiso que fuera el episodio dedicado a Macedonio. Lo disfrutamos. Piglia tuvo ese don –también– de ser un extraordinario lector y al escucharlo uno siente unas ganas tremendas de ir al libro. (No importa el libro. El libro que Piglia esté comentando). En ese episodio, el libro en cuestión era, claro, uno de Macedonio: Museo de la novela de la eterna. Pensé que eso iba a hacer de regreso a Buenos Aires: dirigirme derechito a Corregidor para comprar las obras completas y en especial esa… La eterna. En el programa de Piglia también se hablaba de otro libro de locos… el que recoge las anotaciones que Borges hizo en los márgenes de los libros que leyó. Frente a estos experimentos literarios, uno no puede más que quedarse pensativo: ¡cuántas posibilidades tienen los libros! Y uno que a veces se asusta por tan poco… como quien dice saltando un charquito ahí donde otros saltan precipicios…

Hete aquí que, a los dos días, todos los que nos habíamos reunido en Cura Malal emprendimos viaje hacia Villa Ventana, otro pueblo ubicado a unos cien kilómetros del lado de la sierra. (No sé describir paisajes, que el que lee esto haga un esfuercito e imagine cosas lindas. Por las dudas va una foto). Una parte del grupo tenía que trabajar ahí, preparar la próxima residencia artística que tendrá lugar en Corral de Piedra. La otra parte tenía toda libertad para hacer lo que más le gustara. Los que eran niños dirigieron sus pasos hacia el arroyo. Yo busqué un lugar a la sombra y me aferré al libro de tapas duras con el que en estos días voy a todos lados. Hasta que escuché decir que en ese pueblo había una biblioteca.

Villa Ventana - vista desde el arroyo

Se trataba de un pueblo muy chiquito en apariencia, de caminos de tierra y bastante turístico. La persona que nos recibía me certificó no solamente que había una biblioteca, sino que, además, era bellísima, que la bibliotecaria era muy amable y se llamaba Amalia y que en cuanto a la biblioteca se llamaba… Macedonio Fernández…

Hay que creer o reventar, suele decir mi media naranja.  Ahí no más tomé el plano que me ofrecían, mi bolso, mi libro y me fui en busca de la biblioteca. No estaba muy lejos. A partir de ahí… no hubo forma de cerrar la boca… ni de decir algo coherente… porque era cierto, la biblioteca era bellísima, maravillosa, incluso, sobre todo el espacio infantil donde fui a ubicarme pensando en mis niñas, en lo mucho que hubieran disfrutado conocer un lugar así, luminoso, como colgado en medio de un cuadro, y con un catálogo que me inspiró cierta ternura por el personaje del ladrón de libros que comenté hace unos años…  Toda la colección Robin Hood (¡toda!)… Pero también una delicada selección de autores y ediciones muy recientes… Incluyendo una edición juvenil de “El jugador” (que yo también llevaba en mi bolso, aunque en una edición sin tapa dura). Una edición juvenil… ¡i-lus-tra-da!... Todo eso lo iba mirando, mientras Amalia, sentada en frente, me iba contando que en el pueblo vivía también una escritora y me mostraba sus bellísimas obras para chicos.

En eso estábamos cuando un libro puesto en un lugar relevante llamó mi atención. Como si me hubiera encontrado con la amiga más querida en medio del monte, a kilómetros de nuestras casas respectivas, me puse a sonreír. Amalia dio vuelta la cara para ver qué era lo que estaba mirando y le dije: “yo conozco a la autora de ese libro”. Y entonces le tocó a ella sorprenderse y alegrarse porque esa autora es una de sus preferidas y mía también. Nadie (o pocos) como ella sabe cuanta magia puede haber en los gestos más ordinarios, en los diminutos, en los más ínfimos rincones de la tierra.

Tenía que irme, pero ¿cómo irme así? ¿Puedo mirar lo demás? Amalia dice que sí. Y entonces entro a revisar toda la biblioteca y ahí es que me encuentro con el tesoro: todas las obras de Macedonio Fernández ubicadas en un mueble central y el famoso libro de Borges con las anotaciones al margen. Me llevo ese libro a la mesa y luego el otro: Museo de la novela de la eterna. Tomo apuntes. Miro por la ventana. A eso de las 18.00 salgo de la biblioteca. Hago como que salgo. Camino y me encuentro con el resto del grupo. Todo eso parece real y hay testigos. Pero es mentira. Yo sigo ahí. En la mesa, tomando apuntes y mirando, a ratos, por la ventana. Como un eterno lector de Macedonio.


AGC