Siguiendo
el rastro de mis muy lejanos antepasados irlandeses (el tatarabuelo de mi
abuelo fue un prisionero irlandés que llegó a Buenos Aires con las Primeras
Invasiones Inglesas), leí e investigué bastante sobre la historia de ese pueblo
que durante siglos fuera sometido por Inglaterra a lo que sin duda fue un
genocidio cultural a largo plazo.
Pero
ningún sometimiento se produce sin que se le oponga algún tipo de resistencia,
y en la historia de Irlanda es posible encontrar muchas formas que, en soledad
o combinadas, le permitieron a los irlandeses mantener formas soberanas de vida
comunitaria aún bajo el yugo de un invasor impiadoso. Más allá de los intentos de
orden más político –armados o parlamentaristas–, se destacan otros dos de índole
cultural que ya tenían una larga historia detrás: la traducción y la educación.
Cuando
San Patricio cristianizó la isla creó una iglesia monástica que no interfirió
con la estructura de la sociedad gaélica, y a la que se incorporaron los druidas,
poetas y bardos ambulantes del período celta. Cuando estos miembros de la clase
erudita tomaron contacto con el latín, se valieron de él para volcar en
irlandés las viejas sagas y relatos que hasta ese momento sólo habían circulado
a través de la tradición oral. Estaban inaugurando una perdurable tradición
irlandesa: la de la traducción, muy ligada a las escuelas de todo tipo
–monásticas y seculares– donde se enseñaba la historia local en la lengua
nativa.
Pero Inglaterra, mediante la
imposición de su idioma y el cambio de los topónimos originales, fue
traduciendo Irlanda a su propio sistema de valores y creencias. Además, andando
el tiempo, estableció la prohibición de la educación formal de los católicos irlandeses
en todos los niveles, para reducirlos al estado cultural más bajo posible. La
respuesta alcanzó características de guerra de guerrillas en el plano educativo:
surgieron las “escuelas de terrenitos” (Hedge Schools), así llamadas pues el maestro y sus
alumnos se reunían en setos, muros, fosos, cunetas y cuanto lugar fuese
propicio para dar y recibir clases al aire libre sin ser descubiertos por las
autoridades.
En
un país como la Argentina,
donde la escuela representó -y representa aún- un pilar de las aspiraciones de
nivelación social, no debería resultar difícil comprender lo crucial de
semejante batalla por el conocimiento. Pero también habría que entender la fase
previa que antecedió y permitió sostener el nivel cultural del pueblo irlandés:
sin traducción no hubiese sido posible establecer un marco de referencia
cultural desde donde contar la propia historia y sus enseñanzas, y así
determinar el significado de los hechos del pasado –y asimismo los del presente–
para que sirvan como un modo de integración comunitaria.
Dicho
esto, el tema es si sólo se traduce de un idioma a otro, o si la traducción es
un procedimiento al que siempre hay que recurrir para no hallarnos entrampados
en una programación cultural que adquiere formas de arrasamiento social, y que
precisa de subjetividades colonizadas que –en mansedumbre– obedezcan sin
cuestionar. Debemos preguntarnos si todo tipo de educación (la de orden institucional,
la que se da en el seno familiar, incluso la que nos brindamos unos a otros) no
debe recrearse por una traducción permanente que decodifique la opacidad de un
mundo que el Poder inventaría desde la falsía.
Claro
que esto ha sucedido en el pasado –pues todo revisionismo lleva la marca de la
traducción–, y que no ha dejado de acontecer. Pero es tal la avalancha de
mentiras que a diario socavan la posibilidad de distinguir entre lo verdadero y
lo falso, que resulta imperioso ejercitar un tipo traducción que nos permita
recuperar un horizonte de certezas culturales (quiénes somos, qué anhelamos,
hacia dónde queremos ir) que resista la degradación a la que se nos quiere
someter. Una traducción de amparo que sirva de pensamiento, reflexión y capacidad de acción. Una traducción que sea tanto resistencia como programa.
¿Es
esta una tarea que sólo deban acometer los intelectuales o, como preferimos
llamarlos, los pensadores? ¿Tiene que salir de las voces de los poetas que
suelen ser profetas? Con todo cariño por unos y otros, creo que este es un
trabajo que tenemos que hacer entre todos porque, como enseña el caso de Irlanda,
quien no traduce queda “traducido”. Asumamos el reto de la traducción
incesante. Nos va la vida en ello.
Carlos Semorile