domingo, 18 de septiembre de 2022

Apunte de lectura - Écrire

Creo que lo que le reprocho a los libros en general es que no son libres. Se ve a través de la escritura: están fabricados, están organizados, reglamentados, conformes, se diría. Una función de revisión que el escritor ejerce a menudo hacia sí mismo. El escritor entonces se vuelve su propia censura. Me refiero a la búsqueda de la forma correcta, es decir la forma la más corriente, la más clara y la más inofensiva. Todavía hay generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Hasta jóvenes: libros encantadores, sin prolongación ninguna, sin noche. Sin silencio”.

 

 Marguerite Duras

 

sábado, 17 de septiembre de 2022

Dos relatos

 Un bruto

 


Se decía de él que, al igual que su padre, era un hombre rudo. Tendría en ese momento 40 años y trabajaba en una de las fábricas vecinas. Salía temprano en motocicleta. El día lo encontraba en la ruta. De su trabajo no contaba nunca nada. Pero se sabía que de regreso, entre la fábrica y la casa donde vivía con la madre, primero pasaba por el café. Pedía lo mismo siempre. Lo mismo que también pedían los demás. Esa bebida con gusto a anís que ahí, como en otras partes, tiene la preferencia de los que trabajan duro. No se le conocía otros gustos. Ni amigos ni novia. Era el solterón de la familia. “Un oso”, decía la hermana mayor cuando venía de visita, muy seria, como quien constata lo inevitable. “¡Un bruto!”, decía en cambio la menor, con ese tono que a veces tienen los niños cuando descubren algo que los maravilla. ¡Oh! ¡Un bruto! ¡Una mariposa! ¡Un caracol! Nunca les respondía. Ni parecía molesto. Lo único que sobresalía en su rostro era el bigote. Ancho como lo usaban los hombres de la región. Y el silencio que también se daba mucho por esa zona. ¿Para qué hablar? Parecían decir todos ellos. Eso era cosa de mujeres y de citadinos. Si de vez en cuando dirigía la palabra a alguien, ese alguien era su madre o su padre. Pero el padre no estaba. Hacía mucho que estaba enfermo y ahora vivía en el hospital. De operación en operación, el asunto se ponía peor. “Y ya casi no se le puede reconocer” había dicho la madre. “No me atrevo a mirar.” La enfermedad se le había declarado en la cara. ¿Cómo podía ser? ¿Una enfermedad así? ¿Tan terrible? ¿En la cara? Y al rato. “¿Cuándo lo irás a ver? ¿Eh? ¿Cuándo lo irás a ver?”. Pero nada. No respondía y no iba. “¿No tienes corazón que no vas?”. No señor. No iba. Esperaba. Lo único que se le escuchó decir alguna vez fue que cuando el padre volviera encontraría lindo su jardín. La huerta. Porque desde que no trabajaba más en la fábrica a eso se dedicaba el padre y aunque durante toda su vida había sido un hombre rudo, ahora se lo veía contento en medio de las acelgas y las lechugas. Eso él lo había visto. Y a lo mejor era por eso que lo esperaba ahí, no en la cocina, no en la puerta. “Ya no va ni al café, de lo único que se ocupa es del jardín. Pero el padre se va a morir”. Y el padre se había muerto sin que él hubiera pisado el hospital. Había caminado eso sí junto a los otros desde la calle del puente hasta la calle de la iglesia y de nuevo por la calle del puente. Hasta el cementerio. No volvió después. No volvió los otros días que no eran de entierro. Siguió ocupándose del jardín.

 

La cadenita 

Fue ahí donde lo conocí. Me mostró las acelgas, las lechugas, las zanahorias. Me dijo que la huerta la había hecho su padre. Esa noche comimos de aquello. Junto con la madre. En ese entonces yo era joven. Tan increíblemente joven que me pareció posible hacer ahí –en la cocina– lo que era común en otros lados. Una pequeña obra de teatro. Un monólogo. Algo gracioso. Algo que nos hiciera reír. Estaba de paso. Un familiar me había facilitado la estadía en el pueblo. Al otro día, ya me tenía que ir. Se hacía tarde. Él no estaba para la despedida. A su manera, la madre pedía disculpas.“¡Pero si dijo que iba a venir! Hace más de una hora que salió de la fábrica. ¡Este bruto se fue al café!”. Ya estaba dentro del taxi cuando se escuchó la motocicleta. Le pedí al taxista que por favor esperara. Me bajé. El también se bajó, se sacó el casco. Me entregó un paquetito. Me dijo que se había demorado porque primero había ido hasta el pueblo vecino. Había una librería. Pero no pudo elegir. Estaba lleno de libros. De ahí la cadenita. Luego no dijo nada más. 

 

A.

viernes, 16 de septiembre de 2022

Apunte de lectura

“¿Qué fue lo que pasó? Como no fueron sinceros, desconfiaron de ustedes. Cuando el pueblo vio que querían engañarlo, se enojó contra el asunto en masa y, cosa notable, se declaró en favor de esa pena de muerte, de la que, sin embargo, soporta todo el peso. Fue vuestra torpeza la que lo llevó a eso. Al tratar la cuestión de soslayo y sin franqueza la comprometieron por largo tiempo. Representaban una comedia. La chiflaron.” 

 

Victor Hugo

El último día de un condenado a muerte (prólogo)

1829

 

 

jueves, 25 de agosto de 2022

El rey Matías I - adaptaciones

Material de archivo (en francés) - Patio de los libros

El año 2012 fue declarado "Año Korczak" en Polonia, en ese marco se realizaron múltiples actividades. Este documental presenta fragmentos de espéctaculos en torno a la obra "El rey Matías primero". Durante seis meses se leyó y adaptó la obra de Korczak. Los espectaculos se presentaron en junio 2012 en París, Varsovia, Goma y Beni (Congo, RDC). Video realizado por la Asociación francesa Janusz Korczak (AFJK).


 
 
 
Otra adaptación en francés y en kamishibai - año 2018 tras la publicación de una nueva traducción 


 
 
Producción : Tornamai Co-production : Sors de ta boîte Creación de imágenes e interpretación : Maëlle Guéroult Música : Nicolas Roche https://tornamai.com/spectacle-le-roi... 

lunes, 22 de agosto de 2022

Amar, a fin de cuentas...

“Las cosas más hermosas que hemos leído se las debemos casi siempre a un ser querido. Y un ser querido será el primero a quien hablemos de ellas. Quizás, justamente, porque lo típico del sentimiento, al igual que del deseo de leer, consiste en preferir. Amar, a fin de cuentas, es regalar nuestras preferencias a los que preferimos.”

 

Daniel Pennac

sábado, 20 de agosto de 2022

Acerca de una secuencia

Foto / "Korczak", de A. Wajda (1990)

En la película “Korczak” de Andrzej Wajda hay una secuencia final que, en su momento, generó polémica. La polémica fue en Francia, quizás la hubo en otros lados. Le reprocharon a Wajda haber querido terminar la película con una nota de esperanza ajena a la realidad. Una suerte de final feliz que resultaba intolerable. La realidad era otra. ¿Cuál era la realidad?

Janusz Korczak es visitante frecuente de este espacio y como Paulo un compañero de todos los días. Por las dudas: ese fue el seudónimo que eligió Henryk Goldszmidt nacido en Polonia en 1878. Fue un médico, pediatra, director del orfanato de niños judíos de Varsovia, escritor y educador. De un oficio a otro, le fue naciendo una mirada, una voz, una forma diferente de entender a niñas y niños. Se le reconoce también como uno de los precursores de sus derechos. Tres guerras conoció Korczak y fue la última la que acabó con él. Un 6 de agosto de 1942.

Sobre esos últimos años trata la película y no sobre los treinta años anteriores en que Korczak vivió y cometió todas las transformaciones que estaban al alcance de su mano. Sin embargo,  no es posible reprocharle a Wajda el haber recortado así esa biografía. Vemos la película y también tenemos la sensación de que todo está ahí como se advierte quizás en la escena que ilustra esta nota y que no es la escena final. 

Pero esa secuencia… El tren… Tendría –dijeron algunos– que haber terminado su película unos minutos antes porque-todos-sabemos que no hay forma de escapar de ese tren. La última secuencia induce en error. Mira que mostrar a los niños salir felices, saltando y corriendo, como quien va de paseo… 

Sin embargo, más de una escena parece increible en la vida de Korczak. En realidad, su vida entera. Eso es lo que sobresale cuando lo leemos. Ya sean sus cartas, sus escritos pedagógicos, sus novelas o los relatos que destinó especialmente a las infancias. Hace poco su novela El Rey Matías primero llegó al Patio de los libros gracias a un  amigo viajante. Todo lo demás fue azar (¿fue azar?). Un 6 de agosto iniciamos la lectura. Leído el primer capítulo hubo un pequeño motín para dar inicio al segundo: por favor... ¡un avance!

Lo mismo hoy. No fue suficiente leer solo un capítulo. Hoy también nos enteramos de que ese libro se publicó en el año 22. Veo la cara confiada de estos niños que se disponen a escuchar el relato y entiendo que Wajda tuvo razón. Su escena final no es ajena a la realidad. Hay algo más. Algo escapa. Algo siempre escapa. No tienen poder sobre aquello. Aunque no sepamos nombrar lo que es aquello. Es eso, lo que no sabemos nombrar, lo que salva.

Es así como llegamos a este día, a este año 22, mi querido Andrzej. Con los niños. Con una sonrisa. Con Korczak.

 

A.