viernes, 23 de marzo de 2018

Canción

Niña Azulita se mira
En el espejo del agua
Atrapa el río su risa
La baja por la montaña

Se acuesta niña Azulita
Sobre la verde pradera
Brisa acaricia su frente
Como a florcita que fuera

Niña Azulita pasea
Con vestidito bordado
El sol la toca de luces
Su madre se lo ha regalado

Por la orilla de aquel río
Niña Azulita paseaba
La sombra larga la sigue
Porque la tarde se acaba

Sonriendo niña Azulita
Toda la noche soñara
Flores ríos y montañas
Y que el tiempo no pasara

Flores ríos y montañas
Y que el tiempo no pasara


Miguel Praino

Mientras todo parece demorarse…


Puede que acaso las cosas se estén acomodando, pero ¿no será demasiado optimismo? ¿Desde cuándo las cuestiones se acomodan solas y en el sentido que uno pretende? Y si así fuera: ¿para qué uno se fatigó al cuete en el pasado, se cansa tanto en el presente, y se agota de sólo pensar en el porvenir? “Los melones se acomodan en el carro”, dicen los cómodos, y esa frase deschava su vagancia. Yúgenla, guachos!

Sucede que estamos refaccionando “la casita” y nos preocupan tantas cosas que por momentos las soluciones generan nuevos problemas, y las dificultades no nos permiten ver por dónde pasan los enmiendes. ¿Lo sabrán los “expertos”? Hacemos una cita con un arquitecto jocoso que en el pasado me dio una mano para tirar una pared, y liberar un ambiente que venía encarajinado. La entrevista es un fracaso desde el inicio. Se lo comió “el personaje”, nos atiende de taquito, y da consejos insólitos: habla de una casa preciosa donde viven “unos gays divinos” que adoptaron unos críos, y empalmaron la terraza con la cocina.

Pero nuestras pretensiones son bastante más modestas y, tal vez por ello, más difíciles de encaminar. Volvemos rumiando nuestra decepción, harto más desencantados porque en la previa –vía correo electrónico- le habíamos detallado los temas a resolver e inclusive le enviamos fotos de cada uno de los espacios a ser “tratados”. Pese a lo dicho desde la heterodoxia, faltaba “el plano”, y aquí hubo un salto intransigente y sin retorno hacia la ortodoxia. Tal vez sea eso, o tal vez que ya no escucha.

Días más tarde, recalamos en un comercio que promociona “espacios logrados” y ahí nos encontramos con los oídos atentos de Alejandra, quien lejos de vendernos nada nos recomienda el asesoramiento de otra profesional. Llamamos a Victoria, hacemos una cita “in situ”, pero antes le enviamos las fotos de referencia y un escrito que, junto con algunas incertidumbres, le cuenta una “Breve historia de nuestra cocina”.  

Cuando la arquitecta llega a casa, se nota que “había escuchado” lo que dijimos en el texto. Eso no quiere decir que se ciña estrictamente a lo allí narrado y, dado que es docente de diseño, nos plantea una serie de variantes en las que ni habíamos pensado. “Ahora nos toca escuchar a nosotros”, nos decimos mientras vaciamos muebles, los probamos en distintas ubicaciones, quitamos cuadros y despejamos adornos.

¿Quién fue el que dijo que los melones se acomodan solos? Para cuando llega el correo con las propuestas de Victoria, ya hemos realizado varias pruebas con mucho de ensayo y error, pero nada comparable a los desafíos que surgen de sus esquemas. Estos nuevos quebraderos de cabeza nos insumen muchas energías, y nos ponen en la necesidad de tomar las decisiones fatales, esas que importan.

Nuestros desayunos, almuerzos, meriendas y cenas se asemejan a “reuniones de trabajo”, y cada nueva charla deja picando una idea que en el momento menos pensado reaparece en los labios del otro: “¿Te acordás que el otro día dijiste de poner el bargueño en la cocina?” Parte de todo eso, junto con las decisiones finalmente adoptadas, van a parar a un nuevo escrito: “Breve crónica de nuestros desvelos reformistas”.

Experta en estas desveladas, Victoria nos responde amorosamente y se compromete a mandarnos los presupuestos. Ansiosos, acomodamos ya de puro gusto los melones, mientras todo parece acelerarse.

Carlos Semorile


domingo, 18 de marzo de 2018

La quinta


Comenzó como una idea de Moni que fue rápidamente secundada por Carlos, el otro Carlos. Se trata –se trataría- de alquilar una quinta para pasar el verano todos juntos, es decir la familia y los amigos, e inclusive amigos de amigos que podrían venir como invitados a pasar el día. En dicha quinta cada uno se acostaría y se levantaría a la hora que se le dé la gana, porque siempre habría otros que ya se habrían levantado antes, pasado por la panadería y preparado el opíparo desayuno.

En el silencio del verde parque, los “pajarillos” cantarían puntuales sus bucólicos trinos, mientras algunos conversan, otros leen y otros aún duermen, pero todo “pentagramado” de modo tal que a nadie le jodería el ruido a cacharros que viene de la cocina, o las habituales charlas a los gritos que suelen darse en los espacios abiertos entre aquel que decidió podar el césped y aquella que encendió la radio.

Tampoco habría roces entre gentes tan dispares en sus modos de ser y comportarse porque, gracias al Todo Generoso Dios de la Abundancia, habría de todo y para todos los gustos. El “Mito de la Heladera Siempre Llena” tiene la virtud de ni siquiera conjeturar los más que probables coletazos entre los que quieren escuchar jazz, los que adoran la cumbia o la salsa, y los que preferiríamos leer sin banda de sonido ambiente.

No sería razonable que nadie discuta por ninguna razón pudiendo ir hacia el refrigerador y servirse, y servir a los demás, un exquisito vino blanco, ya helado, acompañado de algún queso gourmet. Este ocurriría, supongamos, en horas cercanas al mediodía, mientras un parrillero solícito, a la vez experto y vocacional, ya vendría preparando el suculento asado que dejaría a todos en estado de pre-siesta.

Ese dulce “intermezzo”, obviamente, cada uno lo viviría según su leal saber y parecer: solo o acompañado, en una hamaca paraguaya colocada debajo de un árbol frondoso, en una lonita sobre el pasto, o “con la boca abierta al calor, como lagartos”, desde un colchón inflable en la pileta. ¿No les dije que la quinta tiene piscina? Se me pasó, pero no importa porque este es un sueño que opera por acumulación, y cada nueva versión supera a la anterior. ¿Faltaba hielo? Ahora hay…

Un hielito puede resultar indispensable al momento del vermouth, mientras se produce una espontánea reunión de co-inquilinos bajo la galería, desde la cual es posible observar el ocaso mientras suena el Bolero de Ravel. Luego, una ducha o un bañito reparador, o acaso una última pasada por la alberca. Ya debidamente refrescados, dan inicio las conversaciones más variadas, y también las más animadas y risueñas, mientras el crepitar del fuego anuncia que está por salir una preciada tanda de chorizos, mollejas y chinchulines. Tras la cena, algunos bailan, otros se retiran a sus aposentos, y los trasnochadores fuman y dejan vagar sus fantasías detrás del humo del tabaco.

Que es lo mismo que hacen Moni y el otro Carlos cada vez que nos juntamos y, pese a “los detractores”, vuelven a mejorar el fluido ensueño de “la quinta” mientras los incrédulos nos beneficiamos de su capacidad de imaginar un tiempo sagrado, lejos del peso de lo profano.


Carlos Semorile

El gesto de Luis


Suelo renegar cuando me sorprendo diciendo –o escucho a otros decir– que Fulanito o Menganita es tal o cual cosa. Como si las personas fueran una sola cosa y no esto y lo otro, un caos, un sinfín de contradicciones, además de otras expresiones que les dedica mi amigo Pascal…  Pero sucede, a veces, que algún rasgo, de pronto, sobresale. Un tono. Y si hubiera un pintor cerca, ese rasgo, ese tono podría dar lugar a un cuadro. Estamos escasos de pintores pero no de fotógrafos. Por suerte. Es así como el gesto de Luis fue registrado. Hace unos meses, con algunos amigos comentamos el tema del Mural de Argomedo en Valparaíso. En pocas palabras, se trata de un mural del año 70, que fue tapado en dictadura, y que resurgió. Desde entonces, ha sido defendido por algunas –pocas– personas. Hace un tiempo, el mural, maltratado de diversas maneras, fue nuevamente “agredido”, invadido, por una figura oscura que apareció literalmente de la noche a la mañana. En la foto se aprecia esa figura oscura y también, en rojo, la figura de Luis que intenta sacarle la silla, voltear al agresor. Declaro que me siento totalmente agradecida por el gesto de Luis y miembro de una estirpe de gente sumamente extraña y “sospechosa”, diría mi tío Enrique. Irreductiblemente sospechosa. Gente de transitar los mundos y de traernos, a cuento de nada, la mejor sonrisa en medio de tanta desolación que no hay forma de evitar. 

Mural de Argomedo - Valparaiso - 2018


Cándida