El libro llegó el lunes 26 de enero a la tarde.
El epígrafe, eso fue lo primero que me llamó la atención. Parece un epitafio. Pero al revés. Un epitafio que no despide. Que recibe.
A.
El libro llegó el lunes 26 de enero a la tarde.
El epígrafe, eso fue lo primero que me llamó la atención. Parece un epitafio. Pero al revés. Un epitafio que no despide. Que recibe.
A.
Esta Santa Rita llegó a casa en el año 2024. Estuvo primero en la vereda pero no prosperó ahí. Hace algunos meses la cambié de lugar, la hice subir al jardín, y le pedí que me ayudara a cuidar la casa junto a otras Santa Ritas (¿se escribirá así? ¿en plural?) Solo una prosperó. A esta se le cayeron todas las hojas y durante varios meses estuvo así. Parecía seca. Por consejo del jardinero, la seguí regando como si nada. Como si no me hubiera dado cuenta. Como si creyera en lo que dijo sobre el hecho de que, aun cuando la superficie se ve seca, la raíz sigue viva y solo es cosa de esperar y confiar. Confiar regando porque si no la planta se muere. Confiar y regar serían entonces dos cosas indisociables, un solo y mismo gesto.
No es lindo lo que cuento: es cierto. Aquí está la flor. Las flores.
Cándida
En los próximos días, nuestra querida amiga, La Matus, como la nombró uno de nuestros colaboradores, va a estar presentando un libro que reúne algunas de sus contribuciones a este blog. Nos alegramos del nacimiento de un nuevo libro en estos días, en este lugar, en este siglo... Sabemos que los libros comparten con quienes los escriben su peculiar condición y por eso son seres vivos... Que vivan entonces los amigos que escriben libros. Que vivan los libros amigos. La autora tiene una notable cualidad que no ha sido dada a todos los mortales (en algún lugar, quizás en este mismo blog, lo debo haber escrito, yo, Cándida, su empedernida lectora): Ella, estando aquí, estando plenamente aquí... está también y al mismo tiempo en otra parte. Insisto: no es metafórico. Es esa manera de deambular que ella tiene, algo de lo que más amamos. Inolvidable es para mí La fábula del telegrama y es lo de Matus que elijo compartir. Su don. Su gesto heroico. Su extravagancia.
Hace un mes que nos falta esa risa suya que estallaba y quedaba reverberando en el ambiente, y que era tan contagiosa como su intensa vitalidad y su entusiasmo por las cosas que amaba: su marido (al que conoció en unos bailes de carnaval en el Club Independiente), sus hijos, su nieta y nietos, su sobrina y sobrinos, sus vecinas/amigas, sus compañeras de cursos y talleres (que fueron parte del despliegue de una curiosidad que no se agotaba), y la casa que con su compañero levantaron con tantísimo sacrificio y cariño.
Allí se daba aquello que tan bien dijo Kapuscinski: “¡Armenios! Tienen que estar juntos. Se buscan a lo largo y ancho del mundo y –trágica paradoja de su destino- cuanto más grande y diseminada es su diáspora, tanto mayor es su mutua añoranza, el deseo y la necesidad de estar juntos”. Y agrega que la mesa es el punto central de cualquier hogar armenio, tal como fueron las dos mesas de su casa, la de la sala y la de su querido patio. Se impone el recuerdo de Mary relajada en su patio florido, entre la brisa y los trinos tempraneros.
Carlos Semorile