domingo, 20 de marzo de 2016

“Vení, acercate, no tengas miedo…”



Esta historia de la tía Betty es pequeña, pero adorable. Un día de 1950 y  pico, siendo ella apenas una piba, se subió al 134 en Cabildo y Blanco Encalada con intenciones de llegar a la Escuela Comercial de Santa Fe y Guise. Pagó el boleto y al avanzar por el pasillo se dio cuenta que el único  asiento libre quedaba al lado de “un churro bárbaro”. Intimidada por la estampa del galán, se hizo chiquita en una esquinita del troley, y pretendió pasar desapercibida. Pero nunca imaginó que el muchacho –para ella, un señor– comenzara a mirarla y a cantarle bajito: “Vení, acercate, no tengas miedo, que tengo el puño, ya ves, anclao. Yo sólo quiero contarte un cuento de unos amores que he balconeao. Dicen que dicen, que era una mina todo ternura, como eras vos, que fue el orgullo de un mozo taura de fondo bueno, como era yo”.

“Dicen que dicen” es un tango que Gardel popularizó allá por 1930 y que veinte años más tarde fue rescatado por Julio Sosa. Y dice la tía Betty que a cada estrofa, ella se alejaba más hacia el fondo del pasaje y hacia lo profundo de su timidez. Me la imagino de un rojo subido, deseando que el joven la dejase en paz y, a la vez, anhelando tener el coraje de sentarse al lado de aquel buen mozo y seguir cantando juntos hasta el final del recorrido.

Carlos Semorile

lunes, 14 de marzo de 2016

Muros



"No estará de más recordar que la espiritualidad de las cosas inanimadas es una virtud que no se puede improvisar ni adquirir con dinero, porque nadie, ni con mucho oro, lograría improvisar un muro viejo ornado de hiedra"

Arlt

Foto / Jean Barak
 

sábado, 5 de marzo de 2016

Otras copas...

Como complemento de información o apéndice a "La copa de la amistad".




“¿(…) será posible que una triste taza dure más que una persona, digo yo, qué injusticia, pero así son las cosas, y el muerto al hoyo y el vivo al bollo, y hay que celebrar mientras se pueda, y si se rompe algo me iré a llorar al baño, como cuando Ricardo, que estaba de gaucho, se enredó con las boleadoras y rodó por la escalera, y él no me acuerdo ni me importa si se rompió algo pero a mí me rompió dos copas violetas, talladas, de cristal veneciano, que nunca se lo perdoné y después de eso nuestra relación se resintió bastante, pero yo en el momento me porté como señora educada que soy, que no importaban las copas dije, lo importante es la amistad, pero es que los hombres son tan torpes, Dios mío (...)”.

Graciela Beatriz Cabal
Las cenizas de papá