lunes, 9 de noviembre de 2015

La llave



Tuve la sensación al entrar que los objetos habían estado jugando o que una gran fiesta había tenido lugar en ausencia de los dueños.
Habría sido la fiesta de las cosas chiquitas. Las grandes no podían jugar. Eran demasiado pesadas, demasiado importantes. A nadie se le ocurriría que el piano, que estaba en el salón, pudiera amanecer en la cocina. Lo mismo pasaba con el sillón y con las mesas. Incluso con los cuadros que miraban en silencio como los buenos amigos que comprenden muchas cosas. Ellos tampoco podían cambiar de lugar.
Pero las cosas chiquitas habían estado jugando –ahora era una certeza–al escondite y a la mancha. A la mancha sobre todo, y era por eso que una pantufla había quedado en medio de la cocina. Sorprendida en su huida en el instante preciso en que los dueños habían abierto la puerta. Y ahí se había quedado. Inmóvil. Haciéndose la distraída, como si no hubiera nada más natural que una pantufla sola (de muchos colores) abandonada en medio de la cocina, soñando con ser un zapatito de cristal.
Ese gentil ajetreo no tenía nada que ver con el desorden que uno ve, ciertos días, en otras casas. Casas oscuras, aunque se prenda la luz, donde no hay forma de ganar la batalla de los hombres con sus cosas. Uno siente en esas casas que algo se ha perdido. Algo que la gente lleva adentro y que no sabe cómo nombrar. Para no asustarse, le ponen nombres conocidos de cosas que se ven. Le dicen anteojos, llaves, billetera. No quedaría bien andar preguntando por el alma o por la alegría.
Tampoco era el desorden de esos extraños coleccionistas que se niegan a tirar sus cositas –dicen así: “mis cositas”– y se ven envueltos, primero, luego sumergidos por una montaña de objetos. Alguna vez escuché hablar de un hombre que no salía de su departamento porque no podía abrir la puerta. En su caso, no es que faltara la llave sino que la cantidad de papeles acumulados (pilas y pilas de papeles, una vida entera de papeles, revistas y diarios) había terminado por acabar con los espacios libres y el departamento se había vuelto trinchera. Aunque nadie atacaba jamás.
No, no era nada de eso. Era algo más lindo, más tierno. (Algo parecido a la palabra remolino).
Y ahí fue que ella le dijo a sus amigas No sé dónde puse la llave.
No se alarmó. Sólo dijo No sé dónde puse la llave, así como otras veces decía Qué día más bonito. O: Llueve.
Subió las escaleras.
Las bajó.
Las amigas empezaron a recorrer los espacios con la mirada. Volví a tener la sensación de que las cosas chiquitas habían estado jugando. Y que, un poco, se estaban haciendo las graciosas y las miraban ir y venir, subir y bajar, girar, agitar manos y brazos, al compás de una risa burlona que la calle no dejaba escuchar. Por los autos sobre todo.
Hasta que dije Basta. Para que me vieran de una vez. En realidad, no estaba escondida. Era la única cosa chiquita que no había jugado. No me gusta jugar. Aparte no puedo. Paso mucho tiempo afuera. No como todo esos objetos que sólo saben quedarse. (Los vasos se ofenden cuando lo digo. Argumentan que estar en boca de todos es mucho más emocionante que andar en una cartera o en una mochila o –peor– en el bolsillo de un pantalón. ¡Qué saben! Lo que pasa es que me tienen envidia, porque si yo no aparezco… se pudre todo).
Y acá estoy. Un esfuercito y ya está.
¡Pero qué chicas más distraídas! Me buscan donde no estoy y no me ven en mi lugar.
En fin, qué desgracia la mía. Con un poco de suerte, en un rato me encuentran y salimos a pasear.


 Antonia

domingo, 8 de noviembre de 2015

La magia de un disco



Un disco nuevo era uno de los placeres más grandiosos que podía ocurrirme en esas añejas décadas de los 70 y 80. Cuando digo “disco” es efectivamente eso: un Long Play  o vinilo como se les llama más comúnmente ahora. Aún tengo algunos tesoros por ahí como mi primer LP, que me deben de haber obsequiado mis padres cuando tenía unos 5 años,  “Pedrito y el Lobo” contado por Gérard Philippe e interpretado por la Orquesta de Unión Soviética. 

En aquellos tiempos en que las cosas no eran desechables y no existía el consumo desenfrenado, comprar un disco era un real evento. Y como todo acontecimiento, tenía varias etapas. La primera y la más difícil: juntar el dinero. Porque eran caros y más aún para mi ingreso que consistía solamente en mi mesada. Después me fui poniendo más astuta y los pedía como regalo. Así una vez ocurrió un milagro navideño y recibí dos discos: Elizabeth Schwarzkopf cantando arias de Mozart y una compilación de Charleston. Pero lo normal era tener que esperar mucho tiempo para agregar uno a la colección. Dicho sea de paso, armar una colección, de lo que fuera, en ese entonces, era una labor que requería años de pasión y paciencia. 

Luego venía la etapa más eufórica: ir a la tienda y adquirirlo. Las disquerías de por sí eran lugares fantásticos, sólo superados por las jugueterías. Cuando chica, iba por los cuentos infantiles narrados por grandes actores. Desconozco si ese tipo de grabaciones se realiza todavía. Ojalá porque era un pasatiempos realmente bello que llamaba mucho a la imaginación. Muchas voces acompañaron mis tardes: Catherine Deneuve contando La Cenicienta; Michèle Morgan, la Bella Durmiente. Después, decidir qué llevar comenzó a requerir todo un trabajo de análisis y uno solía enfrentarse a decisiones complicadas. Si esta orquesta o esta otra. Si este violinista o este otro. Pero se iba aprendiendo y con algo de práctica, uno iba poniéndose más ágil. En esas investigaciones, llegué a conclusiones propias, como que prefería a Carl María Giulini. También Claudio Arrau para Beethoven, pero Martha Argerich para Schumann. 

Y finalmente, acontecía el momento más preciado: llegar a la casa, abrir el plástico, sacar el disco con mucho cuidado, observarlo, darlo vuelta, mirar la etiqueta, colocarlo en el tocadiscos y escucharlo. Y como no se conseguía un disco nuevo muy seguido, lo normal era que uno lo escuchara, y lo volviera a escuchar, y de nuevo lo volviera a escuchar. Hasta que se sabía el disco de memoria, también el cuadernillo que lo acompañaba, cada página, cada ilustración, cada foto, cada palabra. Lo más común era que el rito terminara cuando ocurría la tragedia fatal: el disco se había rayado. 

Con todo lo anterior, no quiero tampoco desmerecer los demás formatos de música grabada que existían o surgieron después. La doble casetera que me obsequiaron para mi decimoséptimo cumpleaños marcó un hito en mi vida, pues me permitió acceder por poquísima inversión a una infinidad de nuevos estilos musicales. A través de ese aparato, se sumaron a mi espacio personal conjuntos folklóricos, bandas de rock, leyendas de la canción. Las innumerables oportunidades de la música digital también me merecen un debido reconocimiento, porque quizás ha sido la forma más democrática de acercar a las personas a esta maravillosa expresión artística. Hace poco, con solo un touch, conseguí en menos en menos de dos minutos tener en mi teléfono 36 canciones de Linda Ronstadt por 10 dólares en total. Sin embargo, me quedó la sensación de haber hecho un buen negocio más que haber disfrutado el puro placer de escuchar música. 

Los vinilos ejercen nuevamente fascinación. Se alaba su calidad de sonido, la precisión que puede alcanzar la grabación, lo deslumbrante de las carátulas. Pero los discos traen consigo otra dimensión: sentir que se vuelve a un mundo en el cual se tiene tiempo. Una vida en que las cosas no son un mero trámite, sino que representan descubrimientos, entusiasmos, expectativas y satisfacciones. El lazo afectivo con una música era una historia de muchos capítulos: se gestaba en la casa, o en el colegio, o por casualidad. A veces era un amor a primera vista. Otras veces, la música seducía de a poco y se hacía de rogar para ser conseguida. Pero de un modo u otro, el disco era un acompañante que recorría un largo camino desde que salía de su bodega hasta que llegaba a su destino final: el estante que iba a ser su hogar por el resto de su vida.

 Valeria Matus

jueves, 5 de noviembre de 2015

Canciones para los niños-larvas


Daniel Frascoli - Romina Grosso - Pedro Fernández Mouján


Las bellas canciones de “Larvas” son sugerentes, melodiosas y poéticas. Cada una cuenta la historia de un personaje, seis niños y una niña con historias densas como prontuarios. Las músicas y los arreglos de Daniel Frascoli nos hacen viajar al tiempo donde la melodía importaba, cuando las canciones se dejaban cantar. Y la interpretación de Romina Grosso tiene reminiscencias de las grandes cancionistas argentinas: por momentos, su voz adquiere un timbre agónico que cobija y a la vez enaltece el dramatismo de esas vidas tronchadas.

De origen, Elías Castelnuovo las retrató en su libro “Larvas”, que recoge su experiencia como maestro en un reformatorio bonaerense. Castelnuovo tiene la mano pesada para señalar que los asilados representaban “en miniatura todo lo más raro y espantoso que produce la especie humana”. En su lugar, otro hubiese redactado un informe, pero la fina ironía del rioplatense se detiene en cada pústula del físico o del alma de esos siete pibes. Por  eso mismo, es una proeza haber convertido en poseía una prosa dura que te deja a la intemperie.

Esa hazaña es obra de la cantautora Romina Grosso y del escritor y periodista Pedro Fernández Mouján. Como ellos mismos dicen, “el trabajo musical Larvas (canciones para Castelnuovo) surge de la necesidad de volver a tejer partes que parecen haber quedado deshilachadas en una trama cultural e identitaria en relación con los barrios porteños, la cultura de Buenos Aires y Argentina, sus músicas, su literatura”. Han rescatado a un olvidado y, la pucha!, se impone ahora la pregunta por el futuro de este gran trabajo.

¿Qué decir al respecto si las canciones son hermosas, y si además tienen el mérito enorme de llevarlo a uno al conocimiento de un “maldito”? Pero sucede que la Argentina crea cosas maravillosas que el “sistema cultural” deja a un costado. Y así se regresa siempre al panorama que pintaba Castelnuovo: “No era la soledad de una persona que se niega deliberadamente a alternar con los demás: era la soledad forzada de una multitud de almas sombrías, desligadas entre sí, a quienes la fatalidad había embutido en una misma lata de sardinas”.

La chance de no ser “una multitud de almas sombrías” pasa, creo, por compartir, por crear una comunidad dichosa, ligada por sólidos lazos culturales. Por brindarnos enteros, como aquí lo han hecho Grosso, Frascoli y Fernández Mouján. Ahí están las canciones de “Larvas”, son suyas!, escúchelas, cántelas, hágalas conocer. Allí está Castelnuovo, es nuestro, y ni usted ni nadie merecen perdérselo. Dése un tiempo para Pestolazzi, Frititis, Mandiga, Guitarrita, Amarrete, Caruncho, los niños-larvas que ahora tienen sus canciones.

¿Qué espera para oír la armónica de Ana María? ¿No la ve? Ella ha venido a rescatarlo con su música. Está parada al lado de su lecho de convaleciente, y le pregunta “canturreando”: “¿Qué tiene este hijo? ¿Por qué llora este hijo querido? ¿Cómo es que está tan solo este pobre hijo de mi alma?” Levántese, amigo. “Por el boquete de la ventanita, ahora penetraba también la claridad en mi corazón”. No vacile más: “Hay que tener fe en los chicos”. Hay que creer en los pibes, en nuestra valía y en la delicia de las canciones.

Carlos Semorile