viernes, 4 de enero de 2019

Los soñadores


Érase una mujer que estaba enamorada de un hombre que no le correspondía. Sólo habían tenido tiempo atrás una relación pasajera y ella así lo aceptaba. En algún evento, alguien la abordó con cierto ánimo seductor. Instintivamente, ella colocó sus manos sobre su escote, pensando que sin querer se había descuidado y que con ello había dado una señal equívoca. Cuando un día, hablando de su amor imposible, me contó esta anécdota, dijo: “yo le soy fiel aun cuando no esté conmigo e incluso si ni siquiera está aquí para verme.”

En los años 90´, ya parecía esto una idea bastante singular. Algo obsesiva, cosa que en efecto ella era. Hoy en día, sería considerado una soberana idiotez. Una sensiblería ridícula. Pero en realidad no se trataba de un delirio romántico, sino que era un comportamiento bastante más pragmático del que demostraría alguien que opine que lo sensato era olvidar y buscarse a otro –como si olvidar fuera un acto de mera voluntad y como si el “otro” se tratara de un florero. Es cierto que ella no estaba interesada en asuntos amorosos. Era una mujer de carácter fuerte, muy carismática e independiente. También era atractiva y coqueta. Se pintaba siempre los labios de un rojo bien fuerte. Tenía muchas amistades, salía, cantaba y tocaba la guitarra, reía a carcajadas.

Pero también era una persona que tenía la firme convicción de que se debía ser íntegra y consecuente consigo misma. Y así como era hacendosa, así como actuaba con sus amigos de manera generosa y desinteresada, estaba convencida de que una debía serle fiel al hombre que amaba. Se había impuesto esa norma y nada ni nadie le impedirían obedecerla. Nadie la obligaba. Eligió hacerlo. Así como alguien elige aprender álgebra o tocar el piano y se empeña en el rigor. Y acataba aunque fuera bajo su única mirada y la mirada del que no estaba. Pertenecía a la clase que Milan Kundera describe como los “soñadores”, “aquéllos que viven bajo la mirada imaginaria de personas ausentes.” 


Valeria Matus


miércoles, 2 de enero de 2019

El Tantanakuy visto por Jaime Torres


Hacer algo como resucitar a quien amamos

“[…] en 1973 regresé a la Quebrada para darme el placer de celebrar el Carnaval con mi gente. Y aquí toqué por puro gusto, sin importarme siquiera mi mano que se inflamó de tanto darle y darle a las cuerdas, ni cualquier otra circunstancia que no fuera disfrutar ese momento tan trascendente para mí. Conocí gente maravillosa, tuve el honor de ser invitado a integrar una comparsa. “Los Cholos”, y durante esas semanas tuve oportunidad de reflexionar mucho, profundo, junto a otros amigos. 

[…] Éramos muy poquitos, es cierto. Con los amigos que yo había llevado, los músicos no llegábamos a diez. Entonces esa era la cuestión que no cerraba del todo. Cómo algo tan hermoso no convocaba a todos. Eduardo, mi papá, al verme la mano tan hinchada como la tenía, pensó que me había peleado con alguno. Es que a mí siempre me gustó ‘tirar guantes’ y hasta entrenaba en el Luna Park. Pero no, no me había peleado con nadie; por el contrario, ya en camino al médico le comenté a Eduardo cuán extraordinaria fue la experiencia que había vivido. Y tampoco omití reiterarle esas dudas que me fueron surgiendo luego. Conociéndome como me conocía, y sabiendo que no me iba a quedar quieto, entonces me preguntó: “¿Y vos qué pensas” “Yo creo –le respondí– que hay que convocar a toda la gente de los alrededores y acompañarlos para que vivan con inmensa alegría ese sentido de fiesta que se irá perdiendo si no hacemos nada”.

Esa fue –lo recuerdo claramente– la primera conclusión que imaginé como preludio de lo que un año después se transformaría en el Tantanakuy. Estaba obsesionado por encontrarle la vuelta al asunto. Estando en casa murmuraba para mí, junto al oído atento de mi padre, “quizás podamos reunirnos con más gente en una de esas casas antiguas, con esos fondos tan bellos que todavía quedan, o pensar en algo más grande con gente que sienta el mismo impulso; ocupar los espacios…”. Y bueno, así nos pusimos en campaña. En principio nos juntamos con unos amigos y fueron apareciendo las propuestas. En algún momento pensamos también que podíamos convocar al encuentro en una escuela. Hasta que finalmente en el ’75 –que fue cuando organizamos el primer Tantanakuy– la convocatoria se realizó al pie del Monumento a la Independencia, en sus escalinatas. En el centro mismo de Humahuaca. 

De manera que nos arremangamos y fuimos poniendo en marcha un plan, por así llamarlo, que consistía en hacer algo como resucitar a quien amamos. La cuestión era resolver cómo. ¿Podríamos hacer una fiesta en las escalinatas de un monumento? ¿Se podría convocar a todos; cuál era la mejor forma de hacerlo? ¿Qué estábamos dispuestos a hacer y qué cosas no haríamos? 

Discutimos todo. Y de lo que estuvimos bien seguros todos es de diferenciarlo de los festivales. De esa cosa competitiva que cada uno trata de mostrar para “venderse” al público.

En general todo festival lleva la propuesta de un negocio detrás; porque las empresas grabadoras están advertidas, porque la publicidad figura en el orden del día, y entonces se discuten cuestiones de cartel, y la “popularidad” y todo ese otro pedo que siempre precede al “arriba las palmas” y bien fuerte ese aplauso. Algo horrible. Nosotros no queríamos esas características. Que no fueran las competencias ni los aplausos, ni la presentación de artistas ilustres, sino que lo principal fuera el hecho de la participación y la satisfacción de haber participado.

Entonces buscando un nombre apropiado, elegimos el que nos pareció más adecuado; Tantanakuy, en lengua quechua significa “congregación”, reunión de unos con otros por mutua citación.


Jaime Torres


Fuente: Jaime Torres. Ecos y sones de nuestra tierra, de Luis Sznaiberg, Buenos Aires, Garantizar SGR, 2004, Fragmentos del Capítulo 5. “Tantanakuy. Encuentro”. pp. 62-64.

Presentir al padre


Pasamos por su cuadra decenas de veces –sobre todo cuando un servidor trabajaba por esa zona de Paternal-, pero nunca percibimos que allí estaba el taller del carpintero Vidoje. Cierto que nada lo anuncia, y que más bien se llega al mismo mediante cita previa. Y como teníamos las coordenadas, fuimos ver a nuestro amigo para llevarle un dinero adeudado, pues compramos usados unos preciosos sillones escandinavos que necesitaban de su sabia mano de restaurador.

Llegamos con el ánimo de repetir la ceremonia del café con galletitas (nacido durante sus jornadas de trabajo en nuestra casa), y actualizar el rito de la charla larga, al vaivén de la nostalgia y sus emociones.

Esta vez el relato es breve, pero condensa un destilado de amor filial. La Segunda Guerra había separado a la familia: el padre debió acudir a filas, y su mujer y sus muchos hijos –entre ellos “Vido”, con apenas 5 cinco años- fueron a parar a un campo de refugiados, en las condiciones que ustedes imaginarán. Hacía años que el niño no veía a su padre, y su único recuerdo del mismo era haber estado aferrado al cuello paterno, mientras su papá cruzaba un río con él a horcajadas.

Pero lo reconoció de inmediato cuando lo vio aparecer, como un espectro andrajoso, buscando a su familia entre la marea de refugiados. Y corrió hacia a él y se abrazó a su cintura, con la fuerza inaudita de los supervivientes que se aferran a la vida. Nos lo cuenta y se emociona: ahora mismo, Vido va cruzando el río abrazado al recuerdo de su padre.


Carlos Semorile