jueves, 27 de septiembre de 2018

El panqueque cósmico


El Buenos Aires del siglo XX tuvo sus ya legendarias “Lecherías” que prácticamente desaparecieron con el siglo. Se trataba de un ámbito aséptico, con mesas de mármol y blancos azulejos en las paredes. Lugar silencioso al que concurría un público heterogéneo aunque con el común denominador del consumo lácteo, y si bien no necesariamente abstemio, posiblemente no bebedor habitual de alcohol, y de recursos modestos dado lo económico de sus productos. Algunos tangos, irónicamente hacen mención de las lecherías, entre ellos “Seguí mi consejo” de Eduardo Salvador Trongé y música de Salvador Merico: “No vayas a lecherías a piyar café con leche” (...). La lechería era la otra cara porteña del bodegón o del almacén con despacho de bebidas alcohólicas, pero ambas convivían pacíficamente. Además de la leche fría con vainillas y el clásico café con leche, había una gama de opciones gastronómicas: pebetes de queso o jamón y queso, jugos de frutas exprimidas, arroz con leche, cuajadas que luego cedieron el lugar al yogur, el infaltable Toddy, flan con crema o dulce de leche, copos de maíz...

Cuando todavía no existían los “Pumper Nik” que invadieron la década del 70 y luego los híbridos y plastificados “Mac Donald” y “Burger Kin”, una variante de las lecherías eran las tradicionales “martonas”, es decir “La Martona”. Se trataba de lecherías con la particularidad del agregado del mostrador “herradura” que oficiaba de mesa colectiva, y por cuyo espacio interior, varios mozos se movían. Los clientes ocupaban banquitos altos y quedaban a la espera que el azar designara el mozo que lo atendería. Las martonas se diferenciaban del bar tradicional, donde cada mozo atiende un sector de atención o una cantidad de mesas fijas. A pesar de no poseer la magia del bar sin apuro del “Cafetín de Buenos Aires”, tenían un clima especial. No era un espacio para el diálogo. Quizá para concurrir solo con algo de ritual silencioso por lo individual de los asientos-banquetas y la mesa mostrador compartida. La leche extraída por bombeo de un tanque metálico llegaba al vaso con alguna burbuja que creaba la ilusión de un fresco ordeñe. Otro código era el que regía cuando se solicitaba un huevo pasado por agua o dos y consistía en preguntar los minutos. Por ejemplo: Huevo al agua, tres minutos o Par al agua tres minutos y medio. Generalmente no se respetaban los tiempos y lo conveniente, para no recibir el o los huevos crudos, era pedir cuatro o más minutos, cosa de asegurar una cocción de tres.

Pero una especialidad, casi exclusiva de las martonas, eran los panqueques con dulce de leche, miel o crema. Eran diferentes a los caseros. Estos finitos y flexibles, muy cercanos a la masa de un canelón. Aquellos, gruesos y ligeramente esponjosos. Años más tarde aparecieron en algunos bares llamados americanos y como novedad llegada del exterior, un tipo de panqueques similares a los de la martona. Se los llamó lo que fonéticamente se pronuncia bafle. Luego, como todas las modas, se extinguieron. Los de La Martona permanecieron. Parte de la magia de los panqueques martonenses lo constituía su elaboración bien a la vista. Cuando se pedía un panqueque de dulce de leche, el mozo repetía, subiendo la voz, panqueque dulce, omitiendo “de leche”, “crema” o “miel”. Inmediatamente, quizá como señal recordatoria, ponía sobre la herradura-mesa un tenedor, cuchillo y servilleta de papel. Después de la circulación por la barra continuando la atención, se dirigía hacia la trastienda del local, rumbo a la cocina y piletón de lavado. En este camino, a la entrada misma de esos lugares ocultos, se encontraba una plancha metálica con sus picos a gas permanentemente encendidos. A un costado estaba una olla grande que contenía la masa líquida para elaborar el panqueque, un cucharón y una paleta para evitar el pegado y posteriormente darlo vuelta.

Y aquí empezaba la apasionante cosmogénesis:

El mozo a quien se había solicitado el pedido se convertía en un solemne demiurgo que derramaba la cantidad exacta de materia para el nacimiento del panqueque. Siempre lograba un círculo perfecto y coronaba esta exactitud pasando la parte convexa del cucharón por la masa, ya en proceso de cocción, para asegurar una equitativa distribución. Alea jacta est (la suerte estaba echada) y se iba prosiguiendo su recorrida por la herradura. Daba la impresión de un tácito desentendimiento de la elaboración iniciada. A partir de ese momento comenzaba una carrera cósmica. El Big Bang ya era un hecho. De la nada hacia la gestación del universo del panqueque. Una pequeña y asombrosa historia cósmica iniciaba su efímera existencia. Un mozo cualquiera iba a pasar por la precisa coordenada espacio temporal y en el momento justo, haría interceder una paleta entre el dorso del panqueque y la plancha caliente evitando así una cocción despareja o su eventual quemazón. Más tarde otro mozo o, quizá el azar determinara que fuera el demiurgo inicial, con acrobática destreza y a modo de salto mortal, lo daba vuelta quedando a la vista una transformación asombrosa. Lo que fuera una amarilla masa líquida, ahora convertida en una compacta superficie marrón. La historia natural del panqueque proseguía la ruta irreversible del espacio-tiempo. Cuando el tiempo cósmico lo marcara, el mozo demiurgo, quizá impelido por un reloj interior, pasaría frente a la plancha metálica del fuego eterno, para encontrarse con la criatura circular con textura y color perfecto. El panqueque había cumplido su destino existencial. Colocado en un plato metálico esperaba la abundante porción de dulce de leche y era llevado ante el verdugo comensal para su inevitable paso hacia la muerte.

Jamás se supo de un panqueque quemado o desparejo, ni disputas por los méritos de su elaboración colectiva en el silencioso éxito sin planificación. La sincronización se cumplía cual destino fatal e inexorable.

Todo esto es un recuerdo algo melancólico y teñido de nostalgia. Ya no hay martonas. Es lamentable y no se trata de una actitud reaccionaria y conservadora frente al progreso, sino que surge como defensa frente a los patéticos Burger Kin y Mac Donald donde está estudiado cada centímetro cuadrado y cada segundo. Un espacio-tiempo para más efectivas ganancias y con empleados, auténticamente empleados, porque necesitan trabajar y no son los culpables de un sistema. Adiestrados –más bien amaestrados– para sonreír y tener buenos modales. Ante el pedido de un cliente se pone en funcionamiento un ritmo febril y general. Un movimiento más parecido a una bolsa de comercio que a un universo estético. No es una queja o añoranza de pasado, sino una posición: Jamás renunciar a la Poesía.
                         

Otto Carlos Miller