jueves, 31 de enero de 2013

¿Para qué sirve el progreso? por Roberto Arlt


Me tienen ya seco con la cuestión del progreso. Cuánto papanata encuentro por ahí, en cuanto comienzo a rezongar de que la vida es imposible en esta ciudad me contesta:
- Es que usted no se da cuenta de que progresamos.
Y acto seguido me endilga un discurso sobre el Progreso y la Civilización, que hubiera estado muy bien en tiempos de Juan Jacobo Rousseau, pero hoy no convence a nadie. Y si no, ustedes verán.

CALIDAD DE PROGRESO

La gente se deja embaucar con una serie de términos que en realidad no tienen valor alguno. Estos términos hacen carrera, se convierten en monedas de uso popular y cualquier otario, ante un caso serio, se considera con derecho a aplicarlos a situaciones que no se resuelven con el uso de un vocablo.
Y es que llega un momento en que las palabras asumen el carácter de moda; no interpretan un sentir sino un estado colectivo, quiero decir, un estado de estupidez colectiva.
Veamos esta palabrita Progreso.
De veinte años a esta parte hemos progresado bestialmente. En todos los órdenes. Antes, para vivir, una familia no necesitaba de alto jornal. Una casita de tres o cuatro piezas se alquilaba en cuarenta pesos; una pieza en doce y quince pesos; pero la mayoría de los habitantes de esta bendita ciudad vivían en casas holgadas, con fondo, jardín y parra.
El progreso ha hecho que por esa misma pieza, que pagábamos quince pesos, paguemos hoy cuarenta o cincuenta pesos; que la casa sea sustituida por el departamento, y que el departamento sea un rincón oscuro, con una superficie inferior a la de un pañuelo y donde para decir una mala palabra sea necesario encender la luz eléctrica, porque si no, la palabra no se ve. Hemos progresado.
Antes, una mediana familia tenía quinta con árboles, donde los chicos pudieran embarrarse a gusto, criarse sanos a más no poder. Hoy para los nuevos chicos tenemos un patiecito húmedo y oscuro, donde las ventoleras tienen tantas direcciones que lo menos que se pesca una criatura en un descuido es una “bronca” neumonía. Hemos progresado.

ARTÍCULOS DE CONSUMO

El pan era sabroso y el vino puro. Llegaba fin de año y el último bolichero le mandaba un canastón cargado de aguinaldos. El panadero ídem. Cierto es que no teníamos ómnibus que despachurraban criaturas por las calles, ni subterráneos, ni automóviles brillantes como espejos. El tren de vapor era un medio de traslación formidable, y el coche un lujo. Los días eran tranquilos. Flores era un barrio de quintas, Palermo ídem, Belgrado igual, Caballito también, Vélez Sársfield idénticamente. Quintas, cercos, bardales, madreselvas, glicinas, el aire de los crepúsculos estaba tan embalsamado de flores de verano, que la ciudad parecía un pequeño injerto en la perfección de los campos subdivididos. No había prisa en el vivir. El fonógrafo era un mecanismo insuperable; la radio no se concebía, el teléfono era propiedad de pocos felices, y más que medio de progreso, un lujo. Ud. ciego y sordo podía cruzar tranquilamente las calles, pero la tela de un traje era irrompible, los botines se hacían de cuero y no de cartón, el aceite de oliva no era de lino sino de olivas y el único que se gastaba, los carniceros no sabían dónde tirar el bofe y el hígado; la neurastenia era un mal desconocido, la tuberculosis, ¡hablar de la tuberculosis en aquellos tiempos daba más temor que hoy nombrar la lepra a la que nos hemos acostumbrado! y ciertas enfermedades, que no se pueden nombrar, deshonraban a una familia como el hecho de tener un hijo ladrón o asesino.

HEMOS PROGRESADO

Hoy no. Hemos progresado. No hay zanahoria que no esté dispuesto a demostrárselo. Hemos progresado. 
Es maravilloso. Nos levantamos a la mañana, nos metemos en un coche que corre en un subterráneo; salimos después de viajar entre luz eléctrica; respiramos dos minutos el aire de la calle en la superficie; nos metemos en un subsuelo o en una oficina a trabajar con luz artificial. A mediodía salimos, prensados, entre luces eléctricas, comemos con menos tiempo que un soldado en época de maniobras, nos enfundamos nuevamente en un subterráneo, entramos a la oficina a trabajar con la luz artificial, salimos y es de noche, viajamos entre luz eléctrica, entramos a un departamento, o a la pieza de un departamentito a respirar aire cúbicamente calculado por un arquitecto, respiramos a medida, dormimos con metro, nos despertamos automáticamente; cada tres meses compramos un par de botines de cartón cuero; cada seis meses renovamos un traje; cada año nos deterioramos más el estómago, los nervios, el cerebro, y a esto ¡a esto los cien mil zanahorias le llaman progreso! ¡Digan ustedes si no es cosa de poner una guillotina en cada esquina!

¿PARA QUÉ?

Puede usted decirme, querido señor, ¿para qué sirve este maldito progreso? Sea sincero. ¿Para qué sirve este progreso a usted, a su mujer y a sus hijos? ¿Para qué le sirve a la sociedad? ¿El teléfono lo hace más feliz, un aeroplano de quinientos caballos más moral, una locomotora eléctrica más perfecto, un subterráneo más humano? Si los objetos nombrados no le dan a usted salud, perfección interior, todo ese progreso no vale un pito, ¿me entiende? Los antiguos creían que la ciencia podía hacer feliz al hombre. ¡Qué curioso! Nosotros tenemos, con la ciencia en nuestras manos, que admitir lo siguiente: lo que hace feliz al hombre es la ignorancia. El resto, es música celestial…


Roberto Arlt




El Mundo, 23 de noviembre de 1929

Nuevas Aguafuertes Porteñas

miércoles, 23 de enero de 2013

El ahora de O-lan. Breve apunte sobre una traducción



“Esto no se dice en castellano”. O en francés. O en cualquier idioma al que se esté traduciendo algo. Esa es una frase relativamente común por parte de los correctores y/o editores cuando examinan una traducción ya realizada. Tal cosa no se dice en el idioma al que se está traduciendo. Por ende, hay que decirla de otra manera. “Local”.

En el marco de los textos que me ha tocado traducir, me ha pasado varias veces que los editores me señalen este asunto del “no se dice”. Hasta ahora la mayoría de las veces esta situación ha tenido que ver con rarezas propias al idioma del autor. Por lo mismo, no me he inmutado. En esos casos respondo a los editores: “en el texto original tampoco debería –según normas y, sobre todo, según costumbres– decirse tal como lo dice y sin embargo el autor así lo dijo”. Y eso es todo.

Pero existen casos especiales. Casos que me han llevado a pensar que la traducción siempre supone (a posteriori) un doble esfuerzo. Esfuerzo del traductor por acercar a un lector un texto inserto en una cultura diferente a la suya; esfuerzo del lector por acercarse a ese texto inserto en una cultura diferente, etc. No me parece que el trabajo de los traductores sea suprimir ese esfuerzo; solo hacerlo más llevadero. Bien. No quiero teorizar. Voy a dar un ejemplo. Lo voy a dar de memoria porque no tengo el texto a mano pero pronto lo volveré a tener y revisaré y llegado el caso corregiré esta nota.

Se trata de una frase de la novela “La buena tierra” de Pearl Buck. La novela ocurre en China, en el mundo rural, trata de la vida de varias generaciones de una misma familia y transcurre en las primeras décadas del siglo XX. En un momento dado, el personaje central Wang, después de múltiples peripecias, grandes sufrimientos, cantidad de dificultades, recuerda a su mujer muerta desde hace ya muchos años. O-lan es el nombre de esa mujer. Estamos más bien hacia el fin de la narración. Wang la recuerda, la evoca. Y se dice así mismo esto que cito de memoria:

“Qué lejos estaba el ahora de O-lan”.

Puede ser que diga: qué lejos estaba el ahora de su mujer. De lo que estoy absolutamente segura es del lugar que ocupa en la frase ese “ahora”.

Acá hay tres maravillas. La de la lengua original, propia a esos campesinos de esa zona de China, en esos momentos (lengua que no conocemos). La manera en que la autora que se expresa en inglés (pero que se crió y vivió largos años en China) nos la hace llegar, nos la restituye. Y la opción del traductor por preservar esa “rareza” que en este caso no está ligada a un estilo especial del narrador sino a toda una cultura que es la de los personajes mismos.

“Qué lejos estaba el ahora de O-lan.”

¿Y qué pasa si un editor viene, raya y dice: “eso no se dice así en castellano”?

Qué pasa si en vez de esa frase nos obligan a poner:
Cuánto tiempo había pasado desde esos momentos compartidos con O-lan.
O: qué lejos estaba esa vida con O-lan.

¿Sigue diciendo lo mismo el texto? ¿Qué es lo que le da su sentido a la oración? ¿Qué es lo que nos revela un sentimiento? Ya que de eso se trata la mayoría de las veces. De revelar un sentimiento. No solo un pensamiento ni frases porque sí.

Yo siento que nosotros lectores podemos entender cabalmente la situación de Wang. Su sentir. Así. Tal cual nos lo dicen en esta traducción. No hace falta que nos lo digan como lo hubiéramos dicho nosotros. Lo que interesa en este cuento es la manera de Wang. Y no hay error. El ahora de O-lan llega al corazón.

(Continuará)

AGC



miércoles, 12 de diciembre de 2012

El Capitancito - por Luis A. Castro



Cuento presentado con el seudónimo de PLUTARCO por Luis Alberto CASTRO al Concurso Literario de noviembre 1978 (Chile en el año de los Derechos Humanos 1978). Obtiene la MENCIÓN HONROSA. Publicado en “Todo Hombre tiene Derecho a Ser Persona”. Arzobispado de Santiago-Vicaría de la Solidaridad, Santiago de Chile, 1978.


-        ¡El pie izquierdo, idiota, el pie izquierdo! ! PROCEDER!!
La voz del soldado me llega lejana, atenuada, disminuida, como en sordina, mientras aferrado con ambas manos, las uñas hundidas en la carne y los dientes apretados de coraje, trata vanamente de cambiar, mi pie izquierdo enfermo por el derecho y trepar el último escalón en la vertical pared de la sucia bodega del Barco-Prisión.
            Por tres días, y sus largas noches, habíamos viajado en la panza del mercante, a media máquina, vejados, vigilados, sucios y hambrientos, camino al destierro en algún remoto lugar del Desierto calichero.
            La respiración jadeante por el esfuerzo inútil, el miedo reflejado en mis pupilas, el temor a la muerte tan cercana si me desplomo contra el fondo metálico a más de 10 metros de profundidad, hacen cada vez más difícil mi ascenso.
            Atrás, en largas filas, los prisioneros cansados, agotados, con su ánimo abatido, esperan inquietos su turno para subir y me miran preocupados y contritos.
            -¡El pie izquierdo, imbécil, el izquierddoo! ! - insiste la voz apremiante e impersonal del infante de marina, perdida para mis sentidos; porque mis oídos, mi pensamiento, mi instinto de autodefensa, toda mi capacidad física está concentrada y atenta para lograr introducir, en el lejano hoyo, el pie derecho, con el cual tendré la fuerza necesaria para salvar el último obstáculo y empinarme a la cubierta del barco “Andalién”, adosado, recién a las siete, me corresponde trepar para ver, por la cubierta escotilla, el cielo cubierto de negros nubarrones, las sombras de las grúas recortadas contra el horizonte, las débiles luces del barco que se mueve constantemente, esa fría y oscura madrugada del 10 de noviembre de 1973.
            Escucho sin oír los ruidos del barco, la marejada contra las piedras del muelle, las órdenes de los oficiales, el chocar de las armas contra la cubierta metálica de la nave y el murmullo de miles de voces de los prisioneros de guerra camino del destierro en la Pampa Salitrera.
            Desconocido destino, ignorada meta, presente incierto y futuro tan oscuro y negro como el de esa madrugada.
            Todo cuanto me rodea lo perciben mis sentidos sin sentirlo, tan dormidos como la ensoñadora y durmiente Antofagasta a la cual llegamos, mientras sin aliento intento encaramarme a la cubierta de la nave.
            La mirada perdida en el cielo encapotado, mientras las sombras se mueven fantasmalmente a mi alrededor me traslado al ya lejano Estadio Nacional.
            Sentado en el jardín de mi casa, comento con un amigo los vertiginosos acontecimientos que nos habían remecido como un terremoto, como una desgracia cósmica, como si nuestro universo se hubiese desintegrado y, ese constante movimiento al no detenerse nos hacía cimbrar con una angustia desesperante y demoledora.
            De pronto, una voz aguda, temblorosa, llena de siniestros presagios, llenó el ambiente, arrancándonos de nuestras cavilaciones, y la casa se repletó de hombres armados.
            Una voz de mando superó los sonidos de las botas claveteadas que retumbaban ignominiosamente en las piezas y en los pasillos.
– ¡¡Contra la pared!...¡Pronto!! ¡¡Las manos en la pared y las piernas separadas! ¡¡Y cuidadito, que cualquier movimiento en falso TE FUSILAMOS!! - ordenó el oficial vestido de civil a cargo del pelotón de hombres que invadían la casa y sus dependencias y que nos registraron, del cuello hasta los tobillos.
Luego, iniciaron una sistemática búsqueda por el entretecho, pieza por pieza, vaciando los cajones de los muebles, dando vuelta los colchones y rasgándolos. La lana de relleno, la ropa, los libros se amontonaron en el suelo en un caos espantoso y alucinante.
            Agotado por la forzada y prolongada posición, miro por debajo de mi brazo y, a lo lejos, observo como mi hija pretende, vanamente, sujetar a mi pequeño nieto de 3 años.
            El niño se revuelve y forceja y me llama con sorpresa.
Veo sus ojitos abiertos interrogativamente y comprendo, dolorosamente, el peligro que se cierne sobre el pequeñuelo y si se suelta y se mezcla entre los soldados.
            A mi nieto le llamamos el “Capitán” y, el chiquitín está convencido que es un oficial y, en sus juegos infantiles da órdenes como un perfecto jefe. Si ahora se figura que esto es un juego, su intervención podría mal interpretarse, provocando una tragedia, dado lo dramático de la situación.
            Ruego, silenciosamente, que el pequeño se tranquilice y mi corazón salta del pecho cuando veo que ha logrado zafarse de las manos maternas y corre como un gamo hacia nosotros. Se detiene en medio del grupo que formamos los detenidos y los soldados, busca con sus ojitos desconcertados y se dirige resueltamente hacia el oficial.
            Cierro mis ojos y sólo mis oídos se mantienen alerta y despiertos. - ¡SEÑOR!! - dice mi nieto implorante, y como nadie le hace juicio, se empina en sus débiles piececitos, carraspea y tira el faldón de la chaqueta del jefe, para llamar su atención.
¡¡ SEÑOR !! - repite - ¡por favor, NO MATE A MI TATITA! Mi abuelito me quiere y yo lo quiero. ¡POR FAVOR! ¡¡NO LO MATE!!
            Su voz resuena como un clarín apagando y superando todos los ruidos y llenando con sus ecos, los oídos del oficial y los soldados.
            Calla el niño y junto a su silencio otro más grande, sobrecogedor y poderoso comienza a envolvernos a todos en su red.
            El oficial, turbado, lentamente baja su arma y los soldados le imitan, inevitablemente conmovidos por la intervención dramática del niño.
            La dulce mirada de sus ojos claros, su melena rubia que cae en suave cascada sobre sus hombros, su carita pálida alzada hacia el cielo, parecen haber detenido el tiempo.
            Los soldados, inmóviles, miran a su jefe sin atreverse a romper la magia del instante. El oficial, cuyo rostro duro parece de granito, mira al niño con gesto airado que se va suavizando a medida que penetra en las claras pupilas del infante.
            Miro el conjunto abigarrado de soldados, mujeres y sombras y la emoción me sofoca, me sobrecoge ahogando mis angustias y temores.
            El pequeño niño rubio ha logrado el milagro de volvernos a todos al comienzo de las cosas; como el ángel armado de espada y fuego ha puesto en fuga el rencor, el odio, la incomprensión y el fanatismo, despertando el amor y la caridad en el corazón de los hombres. Su dulce pedido, su ruego apasionado, su angelical inocencia ahuyenta las sombras del miedo y de la muerte y los rayos del sol se vuelven cegados con la luz que mi nieto ha revivido.
            -¡¡Los prisioneros al coche!! Vámonos de CARRERA, MARRR!
            La voz ronca se agudiza para romper el mágico hechizo del amor y los hombres nos conducen al carro que espera en la calle.
            Al salir, los curiosos nos devuelven a la cruda realidad y los cientos de vecinos, que contemplan asombrados el operativo, nos miran con compasión y se despiden con silenciosas miradas de simpatía.
            Mi nieto, desde la puerta, nos observa, ahora ya sin temor, con asombro aún, pero sin miedo y, lo último que veo al doblar el vehículo la esquina, son sus bracitos que nos dicen amorosamente, adiós.
            Así comenzó el largo calvario que nos llevó con mi mujer, mi hijo y mis hermanos al Estadio Nacional, a las escotillas y camarines, a la pista de ceniza, al velódromo, a las mugrientas bodegas del barco, al tren y finalmente, a la desolada Pampa calichera.
            -¡El Pie izquierdo, hue...!!
            Hago un supremo esfuerzo, salto y caigo de bruces sobre cubierta. Me sacudo, recojo mis bultos y mis frazadas mientras camino hacia la pasarela y la alta escalera que baja hacia el muelle.
            Un largo convoy de coches ferroviarios, que parecen de juguete, nos esperan. Las luces de los focos nos encandilan, acostumbrados nuestros ojos a la sombría bodega.
            Los soldados nos reciben por lista de la Marina y nos encaminan al tren donde, apretadamente, nos sentamos y descansamos después de más de 4 angustiosas horas de pie.
            Cuando el tren serpentea subiendo, cansinamente por la quebrada de Negrita, rumbo a la Pampa, al desierto estéril, barrido por el viento seco y cálido, calcinado por el sol inflexible, esa madrugada, cuando el sol aún no aparece en el horizonte gris recortado por los lejanos cerros metalíferos; cuando sólo se contemplan las rojizas quebradas llenas de cascajos por donde el tren se desplaza lentamente, vuelve a mi memoria, donde está grabada con fuego, la figurita pequeña de mi nieto, implorando por mi vida, en un acto supremo de amor y de cariño que lo convierten en un auténtico y verdadero Capitán de Capitanes.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Recreando

Las posibilidades de la música popular son infinitas. Hoy los niños tienen a delicados artistas que, como puentes, les acercan estos legados de una manera novedosa, creativa, respetuosa. Los Musiqueros son uno de esos grupos, invitamos a los lectores a buscar por sí mismos y en otro momento difundiremos. En esta ocasión escuchamos a los Caracachumba.

Agradecemos muy especialmente esta contribución de Mónica.



lunes, 19 de noviembre de 2012

"Hannah, can you hear me?"



Hay algo terrible en esta escena tan famosa, tan justamente famosa, tan importante. No es el discurso de Chaplin, no son sus palabras. Sucede acá en el minuto 4.19. Es el aplauso. El aplauso de una masa que no es probablemente (todavía) el pueblo que invoca Chaplin y que sigue teniendo algo del rebaño que muge… como años después dirá Alekos Panagulis cuando daba su lucha, que era la misma lucha… Algo del rebaño siempre dispuesto a aplaudir al que habla más fuerte, más lindo o mejor… Personalmente tengo cierta preferencia por el minuto 4.42. Porque es el momento en que un hombre le habla directamente a otro hombre… que más encima es una mujer. Y ese hombre que es una mujer escucha… Cosa milagrosa. Realmente milagrosa. Alguien escucha. Y eso que pareciera -ya al final de la escena- que todo no era más que silencio. En eso radica la esperanza, se me hace. Escuchar incluso cuando pareciera que no hay nada que escuchar… Ni el grito de desesperanza, ni la queja muda de los que mueren con la boca cerrada (AGC)


sábado, 17 de noviembre de 2012

Cuando era chico quería ser grande

Especialmente para quienes tienen hijos chiquitos y/nietos. Los invitamos a conocer una nueva producción de Paka Paka. Son  cortos realizados en torno a los "grandes" de América Latina que los presentan... cuando eran chicos. Este capítulo está dedicado a Artigas. Una "pequeña" maravilla. Recomendamos también el episodio dedicado a Emiliano Zapata y... etc... además de Paka Paka, varios capítulos están disponibles en youtube, duran cuatro minutitos.

jueves, 1 de noviembre de 2012

La voz humana como instrumento



En 1949 decía D’Arienzo: "A mi modo de ver, el tango es, ante todo, ritmo, nervio, fuerza y carácter. El tango antiguo, el de la guardia vieja, tenía todo eso, y debemos procurar que no lo pierda nunca. Por haberlo olvidado, el tango argentino entró en crisis hace algunos años. Modestia aparte, yo hice todo lo posible para hacerlo resurgir. En mi opinión, una buena parte de culpa de la decadencia del tango correspondió a los cantores. Hubo un momento en que una orquesta típica no era más que un simple pretexto para que se luciera un cantor. Los músicos, incluyendo al director, no eran mas que acompañantes de un divo más o menos popular. Para mi, eso no debe ser. El tango también es música, como ya se ha dicho. Yo agregaría que es esencialmente música. En consecuencia, no puede relegarse a la orquesta que lo interpreta a un lugar secundario para colocar en primer plano al cantor. Al contrario, es para las orquestas y no para los cantores. La voz humana no es, no debe ser otra cosa que un instrumento más dentro de la orquesta. Sacrificárselo todo al cantor, al divo, es un error. Yo reaccioné contra ese error que generó la crisis del tango y puse a la orquesta en primer plano y al cantor en su lugar. Además, traté de restituir al tango su acento varonil, que había ido perdiendo a través de los sucesivos avatares. Le imprimí así en mis interpretaciones el ritmo, el nervio, la fuerza y el carácter que le dieron carta de ciudadanía en el mundo musical y que había ido perdiendo por las razones apuntadas. Por suerte, esa crisis fue transitoria, y hoy ha resurgido el tango, nuestro tango, con la vitalidad de sus mejores tiempos. Mi mayor orgullo es haber contribuido a ese renacimiento de nuestra música popular."

jueves, 18 de octubre de 2012

Infancias clandestinas


Nos disponemos a ver “Infancia clandestina” y mi compañera va preparando una pila de pañuelos descartables, con fundado temor de que no le alcancen. Se trata, valga la paradoja, de una película brillante sobre nuestros años más oscuros. Ya su sólo título me resulta un hallazgo, que luego la cinta refrenda con creces. Es uno de esos relatos que retratan la Historia porque cuenta las historias de muchos que vivieron situaciones similares, y que se acercan a Benjamín Ávila para agradecerle que su film refleje aquellas infancias clandestinas que algunos atravesamos.

¿En qué consiste la clandestinidad para un niño? En principio, y aún sin un marco represivo alrededor, una parte de la niñez consiste en resguardar algunas vivencias de la mirada de los adultos. Pero si esa es la disposición natural de las cosas, la clandestinidad obliga a derribar esta separación entre mayores y niños porque los primeros, en atención a las leyes de la supervivencia, se ven obligados a enterar -y entrenar- a los segundos de y en las modalidades de su mundo. Tarde o temprano, esto iba a pasar, pero la clandestinidad, o a veces la propia militancia de los padres, adelanta los tiempos y el niño se ve compelido a madurar antes de tiempo. ¿Es esto malo en sí mismo? No lo creo, pese a lo que digan los fundamentalistas de la niñez como territorio idílico e incorrupto. El niño, pese a todo, sigue conservando aquellos secretos que los adultos desconocen y que a veces, como bien muestra la película, pueden poner en peligro al conjunto. Fuera de eso, la clandestinidad se entiende tan bien como los colores del semáforo: ha sido explicada amorosamente, y ha sido recibida, desde ya que no con contento, pero sí con una seriedad que no es ajena al universo de los pibes. Uno de los grandes méritos de Benjamín Ávila pasa justamente por aquí: ese botija está integrado al mundo de sus mayores al punto de desear saber más del mismo -no menos, como se podría pensar-, y a la vez busca integrarse entre sus pares (los cuales, ay!, no tienen esa gimnasia de ir y venir atravesando las aduanas entre la niñez y la adultez).

En este punto, puedo sumarme al coro de los agradecidos, porque también fui ese niño que participaba como uno más de las reuniones de los adultos (o que las espiaba o escuchaba cuando no se podía estar). Y también, obvio, anduve haciendo migas entre caras desconocidas. Claro que hay un dolor en ello, pero este no deviene tanto de la clandestinidad -que, insisto, se comprende- como de la pérdida de lo que se ha debido dejar atrás. Sin embargo… en la nueva ciudad, en la escuela ajena, en el barrio nuevo, puede aparecer ese amor inesperado que -lo diremos con una fórmula arriesgada- nos estaba esperando. Digo, pues, que “la gracia” puede alcanzarnos. Y evoco, entonces, a Patricia Flores, chilena, alumna de una escuela tradicional y “momia” de los barrios altos de Santiago, una muy bella niña que compartía conmigo “la engorrosa vida de los tímidos”. La timidez es una suerte de cruelísima clandestinidad, y ambos quedamos absortos en una fascinación entre extraños que no supimos decirnos quiénes éramos en realidad. Te lo digo ahora, dulce Patricia: yo era, como Ernesto, un niño clandestino que te amaba a la distancia como se adoran los amores sin destino.

Carlos Semorile

Poema para un niño que habla con las cosas




(Adolfo Enrique, n. 1/3/55)

En su lenguaje de pequeños gritos,
de claras risas sueltas, porque sí,
como el trino.
De silencios vehementes.
De interjecciones adorables.
Viajando y preguntando con los ojos.
Radiante como el bebé que posara hace años,
¡muchos años!... para el afiche del Jabón Cadum,
que yo vi en las esquinas de un París inefable,
Adolfo Enrique habla con las cosas,
conversa con las flores de la tela estampada,
con sus juguetes diminutos,
con las navizas de un vecino huerto,
con el durazno en flor pintado
por el viejito Chi Pai Shi,
con el duende del techo,
con la dama dormida del sillón
-en la copia del cuadro de Picasso-,
con un hilo de luz, con una sombra
en la pared, y acaso,
con otro niño igual, pero invisible,
que se llama Futuro,
y hacia él va cantando

Llega hasta él cantando
entre veletas y panaderías.
Llega hasta él cantando
entre ferrocarriles, entre buques.
Llega hasta él cantando
entre tabernas, entre multitudes.
Llega hasta él cantando
entre gaviotas, entre florerías.
Llega hasta él cantando     
entre poleas, entre chimeneas.
Llega hasta él cantando
entre retornos, entre despedidas.
Llega hasta él cantando
entre palomas y guitarras.
Llega hasta él cantando
entre gentes que saben porqué viven y mueren.
Llega hasta él cantando
entre gentes que saber porqué ríen y bailan.
¡Llega hasta él cantando!

El verano plural que estalla en el prodigio
de la Argentina, vio nacer su nombre.
Adolfo, por Adolfo Rodríguez, un romántico,
un soñador, un hombre.
Enrique por Enrique, mi hermano, una bandera,
una pasión, un hombre.
El vivo sol de enero vibraba en la vereda.
Y la ilustre León de las ásperas gredas
y el río caudal de la caudal Asturias
y el aire enamorado de morriña y donaire
de las gallegas tierras,
corrieron por los finos canales de su sangre.
Y hacia la noche lo besó la luna.

Toma este mundo Adolfo Enrique, es tuyo.
Te lo presento (“¡Gracias!”). Cuando yo sólo sea
una querida voz que se ha callado,
un plinto vegetal de enredadera,
un nombre en una lápida, quizás obliterado,
un yuyo del sendero,
has de seguir la marcha hacia el Octavo Día.
Cantando, si tu voz quiere ser canto.
Combatiendo, si sigue pelea.
Y después, ya maduro, el mundo nuevo
que ayudaste a forjar, verás alzándose
por sobre las montañas del hierro y el cemento
y la fábricas y las mieses soñadas
y los puentes calientes y los ríos fantásticos.
Cuando vayas al fondo del destino
y un corazón, crecido con pan, esté esperando.

Toma este mundo, es tuyo. Te lo entrego.
El oficio de hombre es bello y duro.
La calle es ancha y larga.
Su frontera, el recuerdo y el olvido.
Sus horizontes, algo que vendrá.
No es puro idilio, no, pero es algo real y mágico.
Digno de ser vivido y defendido
y superado y transformado y andado por caminos de amor hacia la aurora,
en los días risueños y en las tristes jornadas.
Y amado, amado, amado.
Toma este mundo. Te lo doy por nada.
Y pasarán las horas y las horas.
y crecerán tus años. ¡Ay, que ninguna pena
destiña la amapola
celeste de tus venas!
Y un mundo más hermoso, más para ti, más alto,
para ti, pequeñito,
porteño estilizado y compadrito,
pero como si fueras
rebrote de torito,
rebrote de torito de Guisando,
pues tu dulzura devendrá tu fuerza.
Gala de Buenos Aires, flor del día,
gajo triunfal de bien plantada madre:
Esta mujer que tiene algo de árbol,
(la tercera voluntad de hacer de ti,
el capitán de la imaginería,
la madera más noble, el viento más alegre,
perfumado en el sol y la armonía).

Toma este mundo, cuídalo.
Es una cosa seria y es una simple cosa.
Conquístalo, contémplalo, ámalo para siempre,
musical niño mío,
predilecto del pan y de la rosa.

Te lo regalo, es tuyo.
Y te regalo un barco
y te regalo un barco dentro de una botella.
Una bota de vino
que vino del Mesón del Segoviano.
Un farol marinante.
Las golondrinas y las mariposas.
Una sirena anclada en el estante.
La bandalisa de los circos pobres.
La luna en el espejo.
Un mapa, un numeroso y palpitante mapa,
un mapa con las rutas
que siguiera Juancito Caminador, tu viejo.
La Esperanza.
Y una caja de música que traje de la estrella.
Toma este mundo, tómalo. ¡La vida es vasta y bella!
Mira siempre allá lejos, hijo mío… Allá lejos.

Raúl González Tuñón

miércoles, 10 de octubre de 2012

Los Cantores de Ciudad Evita




Se me hace cuento que empezó Ciudad Evita porque la juzgo eterna como las canciones que allí cantaban mis tíos en rondas de amigos  y “compañeros” (los términos son intercambiables), que reían y leían mientras se amaban y pensaban, y discutían metáforas y consignas como modos de hacer que la realidad no fuese indigna ni mezquina. En muchas de las 25.000 casas de “La Ciudad”, las madres de estos muchachos cocinaron política para sus hijos, porque en ese ámbito -la cocina, el lugar donde se pasa más tiempo que en casi ningún otro lugar de la casa-, ellas transmitieron un legado y pusieron a punto el peronismo como “cultura del oprimido”. “Esta circunstancia -escribió alguna vez Gregorio Levenson- se repite en miles de familias. De ellos nuestra memoria rescata a las de Lizzasi, Bettanin, Troxler, Osatinsky, la del autor de este trabajo, Chaves, Cedrón, etc.”. Y el sábado pasado tuve la dicha de juntar a una parte de esta “tribu dispersa”, al Tata Cedrón, de los pagos calamares de Platense, y a algunos de los cantores de la Ciudad Evita: Jorge Marinovich, Coco Alvero, Pepe Miguez. Los de “La Ciudad” cantaron las canciones de mis tíos, Juan Pablo y “Marucho” Maestre, para rescatarlas de un injusto olvido. Pero también interpretaron las de otros muchachos (del Negro Herrera, del Gordo Miguez, y otros que ya no están), y tanto cantaron, y tan bueno, que el Tata preguntó si en aquellos años hacían otra cosa aparte de estar de farra. Luego, él también se sumó al canto y entre todos hicieron un repertorio de zambas, huellas y estilos tan hermosos que motivaron una reflexión colectiva respecto de que esa riqueza es nuestra, y que ella y no otra nos expresa. Hace rato que el Tata viene bregando para que se conozca, se difunda y se valore el capital simbólico que encierra este “sonido criollo”. Pero tales cuestiones, junto con la enjundia que merecen, quedan para otro escrito. Hoy, feriado adelantado, esa “antología bárbara” de la insustituible música argentina, el Tata y sus amigos la llevaron a cabo en la verdulería de José. Pero además, anoche los suramenicanos ganamos Venezuela y quiero pensar, junto a Jorge Marinovich, que Juan Pablo Maestre nos lo dejó escrito en su bella canción: “Un alba lejana, hombro y corazón”.

Carlos Semorile