viernes, 7 de febrero de 2014

La cocina del cantar popular por Carlos Semorile


De entre las cosas que me enamoran de mi trigueña, destaco que suele cantar cuando se enfrasca en la cocina. No siempre, no todas las veces, pero, si está en vena, canta mientras amasa unos panes o prepara un postre. No es extraño que al escucharla evoque a mi joven madre, cuando se paseaba por la casa cantando La compañera, Merceditas o El Corralero. Con su hermosa voz educada en el coro del colegio de las monjas, ella podía pasar, sin demasiados conflictos, de algún villancico clásico a la Zamba del Chaguanco. Todas bellas canciones, pero a mí me emocionaba cuando arrancaba con estos versos: "Eras la tempranera, niña primera, amanecida flor, suave rosa, galana, la más bonita tucumana". No exagero si digo que, cuando mi churita cocina y canta, vuelvo a sentir que en el aire vibran los compases, pero también la sencilla elegancia criolla de La tempranera.

Todo esto viene a cuento de algunas charlas que desde hace tiempo venimos teniendo con el Tata Cedrón acerca de la música argentina. En un escrito anterior, conté sobre una juntada de cantores en la que, luego de hacer un repertorio de bellas zambas, huellas y estilos, surgió una reflexión colectiva respecto de que esa riqueza es nuestra, y que ella y no otra nos expresa. Allí decía que hace rato que el Tata viene bregando para que se conozca, se difunda y se valore el capital simbólico que encierra este “sonido criollo”, pero que tales cuestiones quedaban a la espera de un tiempo propicio. Que no es otro que este de ahora, en el que comenzamos a dejar testimonios provisorios, pero enjundiosos, de aquello que consideramos que debe ser pensado para que podamos modificar todo lo que sea necesario para que ese sonido criollo no se pierda.

Alguien podría preguntar, “¿pero, por qué habría de perderse?” Bueno, le responderíamos, por la misma razón que las mujeres ya no cantan en sus cocinas, y los señores ya no silban para acompañar los tangos que se les meten en el alma –como recuerdo lo hacía mi padre–. “¿Es que acaso alguien se lo ha prohibido?” No es tan sencillo como eso, les diremos con un resto de lecturas foucaultianas: el actual sistema de producción, distribución y difusión musical no precisa prohibir nada pues le basta saturar el mercado con “otras músicas” para que nadie tenga noticias de que existe una Zamba de la Candelaria o una Tonada del viejo amor. En concreto: si la hija de mi morocha, que también cocina bonito, tuviese su misma índole cantora no podría recorrer un repertorio que desconoce casi absolutamente. Y a no ser que uno crea que la Zamba de Lozano o la Milonga sentimental no merecen ser escuchadas, disfrutadas y atesoradas por las nuevas generaciones de argentinos, esto es ciertamente penoso.

Decíamos que estas líneas son provisionales pero, aún en su estado de transitoriedad, elegimos decir de entrada que nos enfrentamos a un enemigo al que no le conviene que nuestra diversidad musical se encuentre con los oídos que serían sus naturales destinatarios: los de nuestros propios compatriotas. Esa maquinaria tiene un rostro difuso pero no puede eludir tener, aunque más no sea, algún nombre: “el mercado”, sus “industrias culturales”. Seguiremos escrachándolos para que nadie se llame a engaño.

Carlos Semorile

lunes, 20 de enero de 2014

Estrellas - un documental de Federico León y Marcos Martínez

Agradecemos a Mónica Miller el habernos señalado este documental.

Sinopsis: "Un grupo de condición marginal encuentra que haciendo de sí mismo y utilizando sus casas como decorados puede encontrar una salida artística y laboral. Se mezclan actores profesionales con actores ocasionales, directores de cine con poetas villeros, productores extranjeros con amas de casa devenidas actrices protagonistas. Estrellas reflexiona sobre las formas de representar la pobreza, la moda de lo marginal, la autogestión como método de creación y supervivencia, los límites entre ficción y realidad".

viernes, 17 de enero de 2014

La Negra Ester - Roberto Parra / Andrés Pérez

La Negra Ester es una obra escrita en décimas por don Roberto Parra que narra un episodio autobiográfico. La obra de teatro fue montada en Chile a fines de los años 1980. Durante muchos años fue representada por este elenco que marcó tanto a su público. Este video rescata de una manera novedosa lo que fue esa experiencia teatral y músical llevada a cabo por el Gran Circo Teatro y cada uno de sus maravillosos artistas. 


sábado, 11 de enero de 2014

Los libros de la calle Tucumán - por Carlos Semorile

  Mónica sale de hacer un trámite en pleno microcentro, y camina hacia el hórrido “metrobús” bajo la canícula porteña. Avanza por Tucumán cuando de repente se topa con una escena de película: una decena de jóvenes, muchachos y adultos se arrebatan revisando los títulos de una montaña de libros que rebasan un container custodiado por unos laburantes.

Al principio, nada está muy claro: cómo llegaron hasta allí esos volúmenes, y quién o quiénes administran ese aquelarre de lectores abalanzados sobre el material? Alrededor, mientras tanto, los oficinistas, los profesionistas, pasan indiferentes a esta colmena que examina rápidamente y descarta, que hojea con fruición y, de alguna manera, se las arregla para asegurarse las obras escogidas. No hay tiempo que perder, se dice Mónica a sí misma, y alcanza a manotear Las olas de Virginia Woolf, uno de un escritor chileno, y otro de su amado Onetti. A su lado, temiendo acaso un malentendido, una señora le advierte que debe pagarle a los obreros. Mónica le muestra su cosecha a uno de los trabajadores, y este le dice que son quince pesos. Quince pesos, piensa Moni: “Menos que un café!”

Cuando horas después me lo cuenta en la cocina de su casa, en su cara se mantienen el asombro y la dicha. Porque más allá de imaginar al fallecido dueño de tamaña biblioteca –y a la desaprensiva familia que decidió tirarla a la calle-, le dura la felicidad de haber visto a ese conjunto de espíritus amantes de los libros. Pero, sobre todo, los rostros de los laburantes, ansiosos de saber qué mundos se abren detrás de todas esas palabras.

miércoles, 8 de enero de 2014

Sobre la realidad - Fedor Dostoievski



“Yo tengo mis ideas propias sobre la creación en arte, y aquello que los demás califican de casi fantástico y excéntrico constituye para mí muchas veces lo más característico de la realidad.

¡En cualquier periódico hallará usted relatos de los sucesos más reales y al mismo tiempo los más extraordinarios!

Pero, ¿quién va a fijarse en ellos, a iluminarlos y escribirlos? Son cosas de todos los días y todas las horas, y en modo alguno excepciones. ¡Qué estrechez y pequeñez en el modo de considerar y penetrar la realidad! Y siempre lo mismo, lo mismo.

Así dejamos que la realidad nos pase por delante de los ojos, sin verla”.   


Fragmento de una carta de 1869

lunes, 2 de diciembre de 2013

"Tu nombre es y será ternura" por Carlos Semorile



A mi madre no le gustaba su nombre. Alguna vez, siendo niña, juntó coraje y se lo planteó a su padre. Mucho tiempo después, Brígida contó la escena.

Alto, desgarbado, manos finas,
padre, no puedo olvidar tu tez cetrina.
Recuerdo tu dulzura cuando niña,
anudando ternura y rubias trenzas.

Tu nombre es y será ternura,
me dijiste, sentándome en tus faldas.
No habrá quien no te quiera, y me sacabas
el rouge de las mejillas cándidas

Siguió sin gustarle, y ya de grande le buscó la vuelta. “Brigitte”, cuando la Bardot estaba de moda, luego fue “Brigi”, que se pronunciaba “Briyi” y que derivó en “Briyis” para los más cercanos, y más tarde en “Gigi”, como la conocieron sus nietos. Mudanzas todas que no cambiaron lo esencial pues, como la diosa celta a la que debía el nombre, Brígida alimentó el fuego de la inspiración y las letras. Leyó mucho, al igual que su padre y sus hermanos, y como ellos también escribió algunas cosas. Semblanzas de una infancia que no fue fácil pero que, en su voz, se vuelve dulce.

Tres cuadras para arriba,
tres cuadras para abajo,
ida y vuelta cada tarde como una letanía,
y los hermanos tras los árboles espiando,
y contando luego lo que sus hermanas hacían.
¡Qué gracia nos causaban, su seguirnos, su osadía!

En la pieza angosta, en la pieza chica
no tan pequeña ya, junto a la madre
dormíamos, jugábamos unidos y
apretados como un haz de trigo.

Eso era en los duros tiempos del hambre. Cebolla, aceite, sal y esencias. Fue la comida del amor que nos hermanaba.

Y el pan con manteca tan dorado, caliente en largas marraquetas, o los churrascos, los mejores, hechos en el pequeño braserito al pie de la escalera.

“Apretados como un haz de trigo (en) los duros tiempos del hambre”, y sin embargo…

El carnaval más lindo que tuvimos era un patio largo lleno de agua, tapada la rejilla; los hermanos y la mamá jugando a que la vida era alegre, una eterna maravilla.

En el hall de mosaicos blancos, negros; paredes verdes al aceite donde aprendimos los primeros palos, las primeras letras, me veo como ayer un día de Reyes, mirando al aparadorcito, la camita de un juego de dormitorio tan celeste. Y en la noche anterior junto a la madre y los hermanos preparar el pastito, los zapatos, el pesebre donde el niño Dios dormía esperando amanecer con un juguete. También la imagen vuelve, todos parados arriba de la mesa, con los regalos, de vestidos, de zapatitos, que mi madre nos probaba, nos ponía, nos sacaba con alegría de recién nacidos.

Antes, cuando los padres aún estaban juntos, habían vivido en una casa más espaciosa:

Escalones altos que llevaban parecía al cielo, y Vos traviesa, pelito corto, dientes de conejo, te escapabas a trasponer las líneas que te llevaban con tu hermano a la libertad soñada de una puerta de calle; tu meta acariciada.

Ay, Rafael,
Rafael, cantábamos tras la celosía de la puerta ventana;
y el viejo enojado se volvía.
Nosotros,
pánico y risa,
escapábamos.

La veo como hoy y como siempre, cancel antigua y un largo corredor lleno de piezas de techos altos, paredes viejas. Allí jugamos nuestra infancia en aquella terraza de color rojizo, corriendo de punta a punta, con los frazadas tiradas por el piso, pellizcando el patay que se soleaba, mirando por la claraboya de color verdoso, o cambiando juguetes con la vecinita a cambio de unos higos verdes.

Y el padre a veces contando historias de luces malas en el campo; y de que él retornaría con el tiempo convertido en árbol.

Esa y otras historias del padre poeta, como un árbol de versos que buscaría siempre fuera y dentro de sí.
           
Te recuerdo padre, Padre Poema,
dulces palabras dichas con voz tierna,
baja, queda.
Quizá fue poco, nada;
quién decirlo pudiera;
pero calaron hondo en mi piel, en mi cabeza,
y hoy te evoco con corazón de niña,
y elevo un rezo, una plegaria,
brindo con vino y rosas
por el recuerdo de cuando fui niña.

Padre amado dónde estás...
Te he esperado tanto, te he buscado tanto
aún sabiendo y sin saber que estás en lo más alto de mí.
En cada pequeña canción, en los poemas,
en los poetas a los que amo tanto.
Porque amo los silencios y la noche
y recuerdo siempre tu bohemia y tu melancolía,
y en ese tu sentir
y en este mi permanente recuerdo
es que seguiré amando en silencio,
calladamente, cada cosa que te recuerde,
porque de Vos aprendí la ternura.
Pienso en el padre, en el poeta cada día.

Eusebio, el poeta, sembró palabras, pero Olga, la madre, fue el pilar que les dio cimientos firmes a los hijos.

Hay tanto resplandor en tu blancura, tanta mudez, tan larga espera, que si uno comienza a reconstruir al correr de la pluma lo que quiere decir el sentimiento, es como si te manchara, te ultrajara, porque estas líneas están llenas de tu ternura. Madre, derrama tu mágica luz por las mañanas.

Desde allí, desde ese rincón quiso modificar su mundo.
Derribar paredes..., comprar muebles pequeños, manteles de hilo...., tener la grande y hermosa cocina circular.
El espacioso living para que todo el que la visitara se hallara bien. Hoy sigue como entonces, en la pequeña silla de la penitencia.
Ojalá siempre continué allí.
Su corazón nos alberga a todos.

Llegaría el amor, y con el amor los hijos, la familia, la casa abierta a los amigos, a los compañeros y a la alegría.        

Pórtate bien, te digo
y tú sonríes...
Pórtate bien, repito
y tú me miras.
Quisiera estar segura
mi querido...
que te portes bien
porque lo quieres,
y también...
porque a veces
te lo pido.

Tú me ofreciste el pan,
la mesa compartida,
(la suma del amor hecha plegaria),
el llanto de los niños,
tu beso en mi mejilla,
y para siempre el calor
de tus benditas manos,
acariciando el nácar
de mi piel dormida.
Será el amor que llenará mis días,
agobio y alegría...
Tú estarás siempre en mí
volviendo cada día.

Vendrían los tiempos sombríos y, años más tarde, Brigi retrataría la luz y el sacrificio de Pablo, su hermano asesinado.

Y estarás siempre en mi memoria cuando el aire se llene de guitarras. Cuando miro el sol, lo evoco y veo su sonrisa amada. Iluminando el tiempo en que vivió y se dio a tantos por tan poco, mi querido hermano.

Pasaron los días, las inclemencias pasaron, y ella siguió escribiendo. Y preguntando…

Te busco Dios cada mañana
en la tibieza del sol de mi ventana.
Te busco en mi rosal florido,
hallándote en mi pena adormecido.

Hace algunos días, Brígida partió hacia el misterio. Se fue serena, tal como vivió o quiso vivir, sin apenas molestar a nadie. Tenía razón su padre: su nombre es y será ternura. Brigi hizo el resto. No hay quien no te quiera.

Tu hijo Carlos

miércoles, 23 de octubre de 2013

Virtudes Choique por Carlos Joaquín Durán

Había una vez una escuela en medio de las montañas. Los chicos que iban a aquel lugar a estudiar, llegaban a caballo, en burro, en mula y andando.

Como suele suceder en estas escuelitas perdidas, el lugar tenía una sola maestra- una solita, que amasaba el pan, trabajaba una quintita, hacía sonar la campana y también hacía la limpieza.

Me olvidaba: la maestra de aquella escuela se llamaba Virtudes Choique. Era una morocha más linda que el 25 de Mayo. Y me olvidaba de otra cosa: Virtudes Choique ordeñaba cuatro cabras, y encima era una maestra llena de inventos, cuentos y expediciones. (Como ven, hay maestras y maestras). Esta del cuento, vivía en la escuela. Al final de la hilera de bancos, tenía un catre y una cocinita. Allí vivía, cantaba con la guitarra, y allí sabía golpear la caja y el bombo.

Y ahora viene la parte de los chicos.

Los chicos no se perdían un solo día de clase. Principalmente, porque la señorita Virtudes tenía tiempo para ellos. Además, sabía hacer mimos, y de vez en cuando jugaba al fútbol con ellos. En último lugar estaba el mate cocido de leche de cabra, que Virtudes servía cada mañana. La cuestión es que un día Apolinario Sosa volvió al rancho y dijo a sus padres:

- ¡Miren, miren ... ! ¡Miren lo que me ha puesto la maestra en el cuaderno!

El padre y la madre miraron, y vieron una letras coloradas. Como no sabían leer, pidieron al hijo que les dijera- entonces Apolinario leyó:

- "Señores padres: les informo que su hijo Apolinario es el mejor alumno".

Los padres de Apolinario abrazaron al hijo, porque si la maestra había escrito aquello, ellos se sentían bendecidos por Dios.

Sin embargo, al día siguiente, otra chica llevó a su casa algo parecido. Esta chica se llamaba Juanita Chuspas, y voló con su mula al rancho para mostrar lo que había escrito la maestra:
-
"Señores padres: les informo que su hija Juanita es la mejor alumna".

Y acá no iba a terminar la cosa. Al otro día Melchorcito Guare llegó a su rancho chillando como loco de alegría:

- ¡Mire mamita,... ! ¡Mire, Tata... ! La maestra me ha puesto una felicitación de color colorado, acá. Vean: "Señores padres: les informo que su hijo Melchor es el mejor alumno".

Así a los cincuenta y seis alumnos de la escuela llevaron a sus ranchos una nota que aseguraba: "Su hijo es el mejor alumno".

Y así hubiera quedado todo, si el hijo del boticario no hubiera llevado su felicitación. Porque, les cuento: el boticario, don Pantaleón Minoguye, apenas se enteró de que su hijo era el mejor alumno, dijo:

- Vamos a hacer una fiesta. ¡Mi hijo es el mejor de toda la región! Sí. Hay que hacer un asado con baile. El hijo de Pantaleón Minoguye ha honrado a su padre, y por eso lo voy a celebrar como Dios manda.

El boticario escribió una carta a la señorita Virtudes. La carta decía:

-"Mi estimadísima, distinguidísima y hermosísima maestra:
El sábado que viene voy a dar un asado en honor de mi hijo. Usted es la primera invitada. Le pido que avise a los demás alumnos, para que vengan al asado con sus padres. Muchas gracias. Beso sus pies, Pantaleón Minoguye; boticario".

Imagínese el revuelo que se armó. Ese día cada chico voló a su casa para avisar del convite.

Y como sucede siempre entre la gente sencilla, nadie faltó a la fiesta. Bien sabe el pobre cuánto valor tiene reunirse, festejar, reírse un rato, cantar, saludarse, brindar y comer un asadito de cordero.

Por eso, ese sábado todo el mundo bajó hasta la casa del boticario, que estaba de lo más adornada. Ya estaba el asador, la pava con el mate, varias fuentes con pastelitos, y tres mesas puestas una al lado de la otra. En seguida se armó la fiesta.

Mientras la señorita Virtudes Choique cantaba una baguala, el mate iba de mano en mano, y la carne del cordero se iba dorando.

Por fin, don Pantaleón, el boticario, dio unas palmadas y pidió silencio. Todos prestaron atención. Seguramente iba a comunicar una noticia importante, ya que el convite era un festejo.

Don Pantaleón tomó un banquito, lo puso en medio del patio y se subió. Después hizo ejem, ejem, y sacando un papelito leyó el siguiente discurso:

- "Señoras, señores, vecinos, niños. ¡Queridos convidados! Los he reunido a comer el asado aquí presente, para festejar una noticia que me llena de orgullo. Mi hijo, mi muchachito, acaba de ser nombrado por la maestra, doña Virtudes Choique, el mejor alumno. Así es. Nada más, ni nada menos...

El hijo del boticario se acercó al padre, y le dio un vaso con vino. Entonces el boticario levantó el vaso, y continuó: Por eso, señoras y señores, los invito a levantar el vaso y brindar por este hijo que ha honrado a su padre, a su apellido, y a su país. He dicho ".

Contra lo esperado, nadie levantó el vaso. Nadie aplaudió. Nadie dijo ni mu. Al revés. Padres y madres empezaron a mirarse unos a otros, bastante serios.

El primero en protestar fue el papá de Apolinario Sosa:

- Yo no brindo nada. Acá el único mejor es mi chico, el Apolinario.

Ahí nomás se adelantó colorado de rabia el padre de Juanita Chuspas, para retrucar:

- ¡Qué están diciendo, pues! Acá la única mejorcita de todos es la Juana, mi muchachita.

Pero ya empezaban los gritos de los demás, porque cada cual desmentía al otro diciendo que no, que el mejor alumno era su hijo. Y que se dejaran de andar diciendo mentiras.

A punto de que don Sixto Pillén agarrara de las trenzas a doña Dominga Llanos, y todo se fuera para el lado del demonio, cuando pudo oírse la voz firme de la señorita Virtudes Choique.

- ¡Párense... ! ¡Cuidado con lo que están por hacer ... ! ¡Esto es una fiesta!

La gente bajó las manos y se quedó quieta.

Todos miraban fiero a la maestra. Por fin, uno dijo:

- Maestra: usted ha dicho mentira. Usted ha dicho a todos lo mismo.

Entonces sucedió algo notable. Virtudes Choique empezó a reírse loca de contenta.

Por fin, dijo:

- Bueno. Ya veo que ni acá puedo dejar de enseñar. Escuchen bien, y abran las orejas. Pero abran también el corazón. Porque si no entienden, adiós fiesta. Yo seré la primera en marcharme.

Todos fueron tomando asiento.

Entonces la señorita habló así:

- Yo no he mentido. He dicho verdad. Verdad que pocos ven, y por eso no creen. Voy a darles ejemplo de que digo verdad:

"Cuando digo que Melchor Guare es el mejor no miento. Melchorcito no sabrá las tablas de multiplicar, pero es el mejor arquero de la escuela, cuando jugamos al fútbol...

"Cuando digo que Juanita Chuspas es la mejor no miento. Porque si bien anda floja
en Historia, es la más cariñosa de todas...

"Y cuando digo que Apolinario Sosa es mi mejor alumno tampoco miento. Y Dios es testigo que aunque es desprolijo, es el más dispuesto para ayudar en lo que sea...

"Tampoco miento cuando digo que aquel es el mejor en matemáticas... pero me callo si no es servicial.

"Y aquél otro, es el más prolijo. Pero me callo si le cuesta prestar algún útil a sus compañeros.

"Y aquélla otra es peleadora, pero escribe unas poesías preciosas.

"Y aquél, que es poco hábil jugando a la pelota, es mi mejor alumno en dibujo.

"Y aquélla es mi peor alumna en ortografía, ¡pero es la mejor de todos a la hora de trabajo manual!

"¿Debo seguir explicando? ¿Acaso no entendieron? Soy la maestra y debo construir el mundo con estos chicos. Pues entonces, ¿con qué levantaré la patria? ¿Con lo mejor o con lo peor?

Todos habían ido bajando la mirada. Los padres estaban más bien serios. Los hijos sonreían contentos.

Poco a poco cada cual fue buscando a su chico. Y lo miró con ojos nuevos. Porque siempre habían visto principalmente los defectos, y ahora empezaban a sospechar que cada defecto tiene una virtud que le hace contrapeso. Y que es cuestión de subrayar, estimular y premiar lo mejor.

Porque con eso se construye mejor. Cuenta la historia que el boticario rompió el largo silencio. Dijo:

- ¡A comer ... ! ¡La carne ya está a punto, y el festejo hay que multiplicarlo por cincuenta y seis ... !

Comieron más felices que nunca. Brindaron. Jugaron a la taba. Al truco. A la escoba de quince. Y bailaron hasta las cuatro de la tarde.

lunes, 30 de septiembre de 2013

El sacrilegio de leer a Borges



Juan Pablo lleva un libro debajo del brazo. Siempre. Pero además los lee. Y los discute, no solamente con los otros -como suele hacerse en bares y en casas- sino con los autores. Porque hace rato que viene leyendo, y porque hace todavía más tiempo que no comulga, en ningún terreno, con el cuento de la autoridad. Lee a los existencialistas -tan de boga en aquellos años-, y en el colegio monta una obra vanguardista, pero asimismo lee a los estructuralistas y a otros que, desde la psicología, revalorizan al cuestionado Freud. Lee política, claro, y lee historia y sociología, y sigue leyendo en los muchos colectivos y trenes en que viaja de un lado al otro muchas horas por día. Pero también lee a Vargas Llosa, a Giovanni Papini, a Brecht, a Rulfo. Y acaso haya leído a Scorza. 

Al que leyó seguro fue a Borges. Que no estaba bien visto debido a sus encandilamientos sajones y escandinavos, y a su memorable encono con el peronismo. Por lo tanto, entre la militancia, leer a Borges era un sacrilegio. Pero Pablo no compraba ninguno de los mandatos a la moda, sin importar del tipo que fueran. Ni aún aquellos que vinieran de los propios compañeros que condenaban a Borges sin haberlo leído nunca. Juan Pablo, pienso, nunca entendió el compromiso como una serie de renunciamientos pavos a los placeres de esta vida. Le encantaba Borges, como le gustaban la inteligencia y el humor. Y celebro que nunca se haya privado de leerlo.

Carlos Semorile

martes, 10 de septiembre de 2013

Para no ser turistas de nuestra propia cultura - por Carlos Semorile

Casi con un pie en el avión que la llevaba de regreso a su Venezuela, Cecilia Todd se hizo un tiempito para pasar por el Centro Cultural Francisco Paco Urondo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Allí brindó una charla sobre las influencias en la música folklórica latinoamericana, y luego desgranó unas canciones para refrendar con ejemplos musicales lo que antes había explicado de palabra. Hizo un par de ritmos harto difíciles que son bien propios de distintos estados o provincias, y también pasaron por su maravillosa voz el Polo margariteño y Pajarillo verde, dos de sus más afamadas canciones. Luego, explicó que una de las cosas que más le gustan de México son Las mañanitas porque son un modo propio de homenajear a quien cumple años, y cantó una versión venezolana que no es justamente el “happy birthday”.

 Finalmente, y a pedido de una compatriota suya presente en la sala, nos deleitó con la canción de cuna de los venezolanos. La misma, explicó, sigue la melodía del Himno Nacional de Venezuela, y no se sabe qué fue primero, si el himno o el arrullo para los niños. Cuando en su momento Víctor Jara la escuchó, le gustó tanto que le sumó unos versos que terminan diciendo: “Cuando seas grande/podré descansar/la voz de Bolívar/en ti vibrará”. Cecilia agregó que afortunadamente a nadie se le ocurrió que los niños se duerman escuchando un “rap”, pues de ese modo en vez de sueños tendrían pesadillas.

Al decir esto, la Todd retomaba un tema sobre el que ya había dicho lo suyo durante su exposición; a saber: qué música escuchamos y bajo qué formas musicales se forman las nuevas generaciones de latinoamericanos. Todos conocemos –y seguramente aplaudimos– el Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, las que originalmente fundara José Antonio Abreu y que hoy cuentan con Gustavo Dudamel al frente de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar. Las mismas han logrado la inclusión social de millares de jóvenes, con dignidad y fluido acceso a la cultura, pero Cecilia Todd razonablemente cuestionaba que estos niños –principalmente de provincias y de barriadas humildes– conocen una música eurocentrista pero desconocen la propia. Y el mismo fenómeno se repite a nivel de los instrumentos: los jóvenes aprenden a tocar el violín pero nada saben del cuatro, instrumento que está en el centro de los ritmos venezolanos, que es lo mismo que decir en el corazón de la cultura popular de ese país hermano. A modo de reparación, el gobierno venezolano ha declarado que este es el Año del Cuatro, promoviéndose su conocimiento y difusión. Como aquí también sabemos de ese tipo de movidas, nos preguntamos: ¿qué pasa cuando termina el Año del Cuatro, o el Año de la Milonga Surera, o el centenario de tal o cual referente musical?

Nada pasa. O mejor dicho: pasa que seguimos “visitando” nuestra cultura como si fuésemos una suerte de turistas ocasionales en nuestra propia Patria, en vez de (como dice una amiga, venezolana ella), “amar lo nuestro y convertirlo, de una vez y para siempre, en estilo de vida, pero de una manera espontánea, enérgica y perseverante, que dependa de nosotros mismos, porque lo sintamos como una indeleble marca en la sangre”.

Carlos Semorile

viernes, 6 de septiembre de 2013

PROYECTO: "ENEMIGO", EL PUEBLO: HOMENAJE

PROYECTO: "ENEMIGO", EL PUEBLO: HOMENAJE:  Te invitamos  a colocar una guirnalda en la sepultura de un trabajador, estudiante, conscripto, niño, joven o anciano ejecutado entr...

martes, 3 de septiembre de 2013

No estando ellos

Se los ve relajados a los dos. Son los finales de los años ´60, y Carlos María y Juan Pablo descansan en el fondo de la casa de Ezeiza. Puede que la foto haya sido tomada luego de un partidito de fútbol, pues Carlos tiene pantalones cortos, zapatillas, remera y medias de deporte, todo de blanco. Pablo, en cambio, lleva pantalón de sport, mocasines y remera de manga corta, y está echado de espaldas sobre una lona, con los brazos cruzados bajo la cabeza. Si se mira en detalle, se observa la malla de su reloj. Muy cerquita suyo, Carlos María se acaricia el torso con la mano izquierda, mientras con la palma de la mano derecha sostiene su cabeza. Ambos miran algo que sucede más allá del foco: Juan Pablo ha girado la vista y Carlos parece haber abierto apenas sus ojos. Se diría que, antes de mirar a los otros, han estado conversando de ratos y por momentos en silencio, lo cual es una de las formas menos frecuentes de la amistad, y acaso también de la filosofía. Presiento la dicha que les provoca ese pensar juntos, arrimados a la ligustrina y a una prudente distancia del resto. Es evidente que han buscado y conquistado ese momento, y que luego de la momentánea distracción que capturó la fotografía, rumbearon de nuevo hacia sus temas y siguieron intercambiando ideas. ¿Será por la cualidad etérea del pensamiento que se los ve intemporales, o será porque los dos se fueron demasiado pronto? No estando ellos, una forma tenaz de la pena ocupó sus lugares durante mucho tiempo. Pero si se mira bien la imagen, aquel fue un homenaje inadecuado. Juan Pablo y Carlos María supieron de la amistad, del disfrute, del amor, de pasarla lindo, de la mesa bien servida y las hermosas canciones. Una filosofía del buen vivir que debe ser honrada con gozo y felicidad compartida. Si es al amparo de las ligustrinas, mejor.

Carlos Semorile





domingo, 18 de agosto de 2013

El deber de un alumno - Un recuerdo de Plenilunio



La dictadura actuó en Chile como una poderosa máquina de dispersión que fabricó (además de todo lo demás) aislamiento e ignorancia. Así, personas que fueron referentes para algunos jóvenes de los años 60-70 pudieron ser ignoradas (no siempre, sin duda, no se puede generalizar al extremo) por jóvenes de otras generaciones. Es el caso del profesor Lautaro Videla Stefoni. Cabría preguntar: ¿qué saben hoy de Lautaro Videla S. los jóvenes chilenos que se preparan a ser profesores? ¿Saben algo? Ojalá que sí. Es bueno darse cuenta –en estos momentos en que la Educación ocupa un lugar tan importante en el debate público, en estos momentos en que volvemos a plantearnos el problema de la Educación que queremos o que necesitamos– que no partimos de cero. No partimos de cero. Tenemos grandes pedagogos en Chile, tenemos “con qué” pensar que otra educación es posible. Porque ya fue posible. Y es que a veces hay que mirar hacia atrás para reencontrarse con la utopía.

Teniendo esto en mente, queremos compartir un breve testimonio de quien fuera un alumno de don Lautaro Videla Stefoni. Quien lo escribe se hace llamar Plenilunio. Hoy también podría llamarse Bienvenido.

***




Me voy a referir a Lautaro Videla Stefoni, alias el Choro Videla, o El Abuelo como se le denominaba cariñosamente, ambos calificativos expresados con mucho respeto. Lautaro era Trotskista y un grupo significativo de escolares de la Escuela Consolidada Miguel Dávila Carson nos reuníamos en su casa de Goyocalán en la Población Dávila para jugar canasta o ajedrez, o a conversar sin límites.

En la Escuela Consolidada, a la salida de una clase dictada por el profesor Videla, al pasar por su lado, él me dice: “Praxi, quédate, tengo que conversar contigo”. Y al salir todos mis compañeros: “Oye cabeza hueca, dime la razón  por la cual te niegas sistemáticamente a traer el cuaderno en limpio de lo ocurrido en mis clases cuando lo solicito para revisarlo, me obligas a ponerte un 1 y bajas ostensiblemente tu promedio de notas en el ramo”. “Profesor –respondo yo– cuando solicita el cuaderno Ud. dice ‘La próxima clase es OBLIGACIÓN  traer el cuaderno en limpio, el que no lo traiga tendrá un 1’, yo no hago las cosas por obligación, las hago porque es mi deber hacerlas”.

“Entiendo”, me respondió. En la próxima clase en que solicitó el cuaderno en limpio dijo: “El jueves revisaré el cuaderno en limpio, es obligación para todos, excepto para el señor Guerrero”. Ese anuncio me costó sangre, y mucho sudor, ya que desde mi cuaderno de apuntes hube de reconstruir todas las clases en que me había negado a presentar el bendito cuaderno. Mi promedio subió visiblemente en Estudios Sociales, gracias al cuidado profesional del profesor para con sus alumnos.

Me emocioné hasta las lágrimas cuando supe de la muerte de mi profesor Lautaro Videla Stefoni.


Plenilunio


Más información.- Acá encontrarán un texto leído en el cementerio Parque del Recuerdo dedicado a la vida y obra del buen profesor: Homenaje a Lautaro Videla S. – Marzo 2012