miércoles, 14 de marzo de 2018

Lied



Qué sola quedaste
rodeada de voces,
qué sola de vos...

Qué sola
de cantos y juegos de niños,
de tiempos soleados y tibios
Qué sola
de tardes de melancolía,
despierta de noche
soñando de día

Qué sola
del campo y la lluvia de otoño
Qué sola
de pastos quemados de frío
Anchura de cielos barridos
de vientos de arena y olvido

Qué sola quedaste
rodeada de voces
Qué sola
de vos...

Miguel Praino

martes, 13 de marzo de 2018

El arte de volver sin haberse ido

Gentileza de los compañeros de Estrella del Oriente. Nos permitimos compartir este otro texto de María Negro a quien tanto queremos...

***

A veces no sabe quién es. A veces se acuerda de cada detalle. Me mira llegar todas las mañanas y se presenta con formalidad. “Cómo le va, señora, mucho gusto” y sigue con su tecito. Nada parece resultarle trascendente hasta que su hija le acerca la caja con las fichas de dominó. Sus ojos se iluminan y acomoda en la blanca mesa, una por una las fichas. “¿Usted sabe jugar?”, siempre digo que sí y la nena que la habita salta de alegría. De pronto me regala una sonrisa que nos va a acompañar un buen rato, hasta que la pregunta retorne inevitablemente: “¿Vos quién eras?”

lunes, 5 de marzo de 2018

Los extraños

o como no morir asfixiado en el metro parisino

Thor Wickstrom

Lo primero que vi fue el guante. De cuero. El puño a la altura de mis ojos. Todo en ese día me parecía digno de atención por esto de andar lejos de casa en un lugar que, sin embargo, también fue mi casa, y que se parece a esos viejos amigos que “hace rato no se ven”. Uno no los tiene tan presentes, pero es cosa de volver a verlos para sentir que el cariño está.

Así miraba yo a París esa tarde. Sin reparar en ninguno de los detalles que pueden volver la ciudad insoportable. Contenta de todo, incluso de estar encerrada en un vagón del metro parisino, en hora pico, y como si fuera poco, en uno de los días más fríos del año. Reducida, como se dice, a mi más mínima expresión, en ese pequeño ángulo que se forma entre la puerta del vagón y los asientos. En el rincón. 

Como no había nada que hacer, se me dio por el guante. Del guante, pasé al brazo, del brazo a los hombros, al cabello que los cubría, hasta llegar al rostro en el que se distinguían dos ojos azules. Sonrientes. Cómplices. “Qué situación”, parecían decir. “Qué complicación”. “¿De dónde saldrá tanta gente?”. Sin animosidad. Más bien sorprendida por la situación, estaba la mujer. Como si la escena del vagón que se llena no se repitiera todos los días. Como si no fuera la única forma de volver a casa después de un día de trabajo. Hasta el primer sacudón. La mujer emitió entonces algún sonido. Una suerte de “ups”. Nos sonreímos. 

Era una mujer de cierta edad. No grande. Tampoco joven. Abusando un poco de la expresión se podría decir que era una mujer “encore jeune”. Una expresión impiadosa (así lo decidimos una vez con mi amiga Peggy, en una época –lejana– en que ambas éramos jóvenes a secas, jóvenes y punto, sin adjetivos, sin complementos, sin puntos suspensivos, jóvenes, así no más y ya está). Esta mujer, en cambio, era todavía joven y todavía bella (otra expresión impiadosa). Además de rubia, rubia, rubia, como la amiga de Tuñón.  Una gran delicadeza envolvía su persona, lo mismo que el tapado marrón. 

El vagón seguía llenándose. La gente entraba y empujaba hacia el fondo. La mujer quedó en equilibrio. Hubo otro sonido, una exclamación que no escuché del todo pero que quería decir que en cualquier momento iba a pisar a alguien, que desde luego no lo hacía a propósito, que no era su intención pero qué se le va a hacer…  Mientras esa parte del vagón seguía llenándose, en mi rincón subsistía un pequeño, ínfimo espacio libre, algo así como cinco o diez centímetros alrededor de mi persona por donde circulaba aire y, en el piso, ese espacio se traducía en una suerte de baldosa. Le hice señas a la mujer y en ese lenguaje de miradas, suspiros, sonidos más que palabras, le indiqué la baldosa invisible y le hice entender que pusiera su pie ahí. Me contestó con otro sonido. Como si de pronto hubiéramos inventado un lenguaje nuevo, un lenguaje de señas, sonoro, la mujer se desplazó y quedó mejor ubicada, en la baldosa. 

Así transcurrió un rato. Yo seguía pensando, en esto y en lo otro; en lo difícil que es volver a casa; en la precariedad de los transportes; en el frio; en lo linda que era esta mujer, en lo lindas que pueden ser las personas, hombres o mujeres; en lo traicioneras que son en cambio las palabras, ciertas asociaciones de palabras. ¿A quién podía importarle que la mujer fuera joven o no?  A ella quizás. Y quizás, precisamente, eso se advertía un poco en su manera de llevar el pelo, en su mirada, en la sonrisa sobre todo. Sin embargo, era una bella mujer. Punto. A secas, sí, como la mismísima juventud en otros tiempos. 

“Bajo en la próxima estación”, me avisó unos minutos más tarde. Le sonreí. Le deseé lo único que podía desearle en esas circunstancias y en ese horario. Pero lo que me mató fue lo último. Cuando se detuvo el vagón, con cara pícara, me dijo: “merci de votre hospitalité”. Gracias por su hospitalidad.

Y ahí entonces se me vino la alegría. Una alegría total. Como una vocecita que me decía: aún podemos entendernos. Los que nos conocemos y los que no nos conocemos. Los extraños...


Cándida



jueves, 8 de febrero de 2018

“Chercher le jaune"


En su notable artículo “What is our silence worth to Miley Cyrus?* (¿Cuánto vale nuestro silencio para Miley Cyrus?), el autor Andy Andrews se refiere a lo peligrosa que resulta nuestra pasividad cuando se trata de promover a personas cuyo trabajo vale ser conocido y reconocido. Deja de manifiesto cuánto le molesta que tantos se quejen por los libros y canciones que destacan en los medios, siendo que es muy poco lo que al final la gente hace al respecto, más allá de lamentarse.
La inversión que realizan en su marca personal cantantes como Justin Bieber le ha permitido tener un despliegue a nivel tan masivo -e incluso invasivo- que uno lo reconoce, aunque no tenga el más mínimo interés en hacerlo. Bajo la misma lógica, yo conozco Coca Cola, aunque no la tome porque prefiero la limonada o el jarabe de granadina. Al igual que Andy Andrews, escucho, entre otros, a Sugarcane Jane. Y estoy segura que la mayoría de quienes están leyendo estas líneas deben estar preguntándose: “¿Quiénes serán?”. Pero mientras no hablemos de ellos, contribuimos a que la notoriedad de Justin Bieber –y de paso su cuenta bancaria- siga aumentando. En el entretanto, muchos creadores geniales han muerto en el hambre y el frío. 

Sugarcane Jane es un dúo de música country, integrado por Anthony Crawford y su mujer Savana Lee. Esta pareja de fabulosos compositores e intérpretes ha grabado en pocos años 5 álbumes, ofrece constantemente conciertos -principalmente en el sur de Estados-Unidos- y participa en paralelo de extraordinarios proyectos con otros músicos. Fieles al campo y a la naturaleza, en lo personal se concentran en su vida familiar en Alabama, donde residen con sus tres pequeños hijos. En cuanto a Anthony Crawford, si este mundo fuera justo, él sería una leyenda a escala mundial. Se inició muy joven en su trayectoria, ha tocado con muchísimos grandes artistas, ha participado en giras con figuras como Neil Young y es autor y co-autor de decenas de canciones. Me permito suponer que es, en gran parte, una opción de ellos mantenerse de bajo perfil (aunque parezca inverosímil, el desenfreno de la fama no es ambición de todos). Y no creo que tengan reparo respecto a su público que, si bien no suma millones, es leal y conocedor. Sin embargo, soy insistente en el hecho que debieran, para beneficio de nosotros los espectadores, ocupar un lugar mucho más importante en el reconocimiento colectivo.

Nuestro silencio vale dinero y lo cobran unos pocos. No siempre los que lo merecen ni los que quisiéramos. Pero esto no se trata sólo de beneficio económico. Lo que está en juego es también nuestra riqueza como sociedad. Sin duda alguna, el aparato industrial que existe tras la cultura siempre ha sabido maniobrar. Pero en algún momento, fue bastante más usual que en un cine se pudiera ver en una sala una gran producción hollywoodense y en la de al lado una película de Antonioni. Cuando teníamos poco acceso directo a la información, teníamos que salir a buscarla. Entonces, nos movilizábamos. Preguntábamos, intercambiábamos, compartíamos, recomendábamos. ¡Cuánta música descubrimos gracias al amigo que nos prestó un disco para grabarlo en un cassette! Miremos esta misma escena al revés: si esto no hubiera sucedido, ¡cuántos atesorados momentos nos hubiéramos perdido!

En su película, “Prénom Carmen”, el director Jean-Luc Godard hace unas apariciones como actor, en una de las cuales comenta: “Il faut chercher dans la vie. Van Gogh, il a cherché le jaune. Il faut chercher”  (“Hay que buscar en la vida. Van Gogh buscó el amarillo. Hay que buscar.”). Tenemos un razonable derecho a ir más allá de la primera página del diario o de la lista de sugerencias de una aplicación virtual. Pero nuestra pereza suele quedarse en la comodidad de confiarnos. Sin embargo, más que nunca debemos hacer el esfuerzo de ser curiosos, activos y protagonistas. Como bien lo explica el artículo de Andrews, nuestra apatía omite, discrimina, margina. Deja demasiado espacio libre. Y cómo público, como oyentes, como lectores, como admiradores, tenemos la posibilidad de influir, de aportar, pues “promocionar a una persona y su creación es una manera en la que podemos cambiar el mundo.” ¡Y vaya que nos van quedando pocas maneras de cambiar el mundo! No descuidemos ésta.

 Valeria Matus