viernes, 18 de abril de 2014

No estamos solos pero estamos tristes



La noticia se hizo pública hace unas horas y aunque nadie puede decir que fue una sorpresa, el hecho está ahí. Gabriel García Márquez ha muerto y la gente lo está llorando. Como se llora a un amigo, como se llora a un ser querido. A un padre, a un hermano. Escritores geniales hay unos cuantos, los hubo antes de Gabo y los habrá después porque la humanidad es así. Persistente en sus esfuerzos. En sus tremendas ganas de seguir adelante a pesar de todo. Pero escritores que despierten la ternura de la gente son menos frecuentes. La gente lo ama a Gabriel. La gente, en realidad, no quiere vivir sin Gabriel. Y por eso la gente lo estamos llorando.

¿Qué cosa es un escritor? No tengo la menor idea. Pero hay algo mágico, sí, en esa manera que algunos tienen de enredar su vida con la de todos. De decirle algo a todos. Una forma de generosidad, de bondad en la mirada, anterior a la palabra. Porque primero es la mirada. Después la palabra, como una caricia, como una manera de decir a quien quiera leer: “vamos a seguir perdiendo y, sin embargo, todo va a estar bien, ya vas a ver, todo va a estar bien”. Y por eso quizás los libros de García Márquez nunca estuvieron meramente en una biblioteca sino que sus lectores se los llevaron puestos como un traje que se fue gastando sin hacerse viejo. Un traje que nunca compitió con otros trajes, más nuevos, más vistosos, más lujosos. Un traje que tuvo siempre la medida exacta de las cosas que nosotros –hombres y mujeres de América Latina– soñamos y no tuvimos, de nuestras pequeñas y grandes derrotas, de nuestras pequeñas y grandes alegrías.

Hay un poema escrito por un poeta argentino hace ya muchos años. Dejo de lado al poeta y me concentro en el poema que habla de Hiranyaka, el “mejor de los albañiles autor de paredes famosas” quien, un día, es requerido por la muerte. La Parca se acerca y decide llevarse a Hiranyaca porque quiere un palacio como nunca nadie tuvo y, entonces, le pregunta:

¿dónde está tu corazón?

tiene que venir también tu corazón
no lo tengo contestó Hiranyaka
ha hecho su casa en una mujer
oh muerte restos de mi corazón

encontrarás en cada casa de este reino
en cada pared que levanté hay restos de mi
corazón
pero mi corazón
ha hecho su casa en una mujer


Cabe pensar que la muerte quiso en este día que Gabriel García Márquez fuera a escribir para ella y solamente para ella los libros que, primero, escribió para nosotros. Y le habrá exigido la muerte también su corazón. Pero su corazón está acá, quizás en una mujer, pero también en cada página que escribió y que nos pertenece. Y cuando el llanto haya pasado, cuando la sensación de pérdida haya pasado, nos quedará esa página como una sola página eterna que nada puede borrar. Nos quedará también esa total seguridad de que estamos menos solos porque García Márquez estuvo un tiempo entre nosotros.

Entonces podremos realizar nosotros también el milagro. El pequeño milagro del libro abierto como una resurrección de todos nuestros muertos.

 
Antonia García Castro

jueves, 17 de abril de 2014

Por el camino del globo y los tíos





No es la primera vez que me pasa, pero en los cumpleaños la gente tiende a confundirse. Por ejemplo, mientras se hace el asado, mi suegra me ve en el arenero del club con uno de los niños y me dice: “¡Qué bien, cuidando al sobrinito!” La verdad que no: el pibe se cuida solo y él solito “banca los trapos” frente a grandotes que le llevan una cabeza, o más. Sucede que el niño ha convertido el “trepador” en un barco que navega las procelosas aguas de su imaginación, y los grumetes le deben obediencia al Capitán Valentín. Mediante el prodigio de su parla van apareciendo el timón, las velas, el mar, los peces, otros barcos, el ancla, y entonces aprovecho para incrementar su diccionario de marinería: proa, popa, eslora, babor, estribor, astrolabio. ¿Que es muy chiquito y no entiende los conceptos que dichas palabras encierran? Probablemente. Sin embargo, las ha repetido como Dios manda, y alguna vez, tal vez el día menos pensado, las tendrá a su disposición o se las brindará a alguien más.   

“Los tíos no educan”, suelen mascullar los padres con la bronquita apenas contenida, y algo de insana envidia también. Es cierto, pero olvidan decir que las tías y los tíos también siembran en sus exclusivas criaturas. En mi caso, no sería quien soy si no hubiese mirado las películas de cowboys acompañado de los comentarios mordaces y sardónicos de mis tíos varones. Cada sábado, por la pantalla del viejo canal once, los apaches rodeaban, arteros, la caravana de pacíficos colonos que querían hacer progresar aquellas “tierras de nadie”. Cruzando la calle, mis amigos del barrio miraban la misma cinta del salvaje Lejano Oeste, y odiaban a los ladinos comanches o sioux sin sospechar que -sí o sí- el Séptimo de Caballería llegaría a tiempo para impedir la matanza de los desolados “farmers”. A mí, entre risotadas, me lo habían contado mis tíos, quienes también competían a adelantar líneas completas del seductor diálogo final entre el muchachito y la inocente blonda que lo rescataba del vicio y la perdición del “saloon”. No voy a negar que todo ello me alejaba de mis cuatecitos, pero lo que perdí en inocencia lo gané en ironía para, con estudio y también con suerte, tratar de ser “un gil avivado”.

Por mi parte, y en tiempos de alarmante neutralidad del lenguaje, me encanta enseñarles palabras lunfardas a mis sobrinas y sobrinos. Sus rostros revelan un asombro genuino, a la vez que parecen descubrir el otro lado de la realidad, una orilla más divertida y menos opaca que les permite decir “cheno” en vez de noche, o reemplazar llovizna por garúa. Por lo que llevo dicho, podría pensarse que sólo me interesa este aspecto del vínculo, pero no es tan así. Ya me gustaría haber heredado las habilidades manuales de mi tío Negro, que cuando yo era pibe me hacía los barriletes más lindos del mundo. No sólo me los hacía, sino que –con infinita paciencia y amor- me enseñaba a hacerlos, desde el dibujo y los cortes, hasta el armado y el engrudo, y saber remontarlo. Pero no hubo caso: sólo me interesaba verlos volar. Irse y quedarse, pero siempre un poquito más allá que acá.

Los papalotes del tío Negro, si mal no recuerdo, fueron posteriores al globo azul y rojo de la tía Betty. Ella trabajaba en una tienda de Belgrano, y tenía un largo viaje hasta Ciudad Evita. Sin embargo, en Puente Saavedra decidió comprarme un tremendo globo, y lo llevó con ella en lo sucesivos bondis del problemático regreso. Contando con la solidaridad de los demás pasajeros, la tía Betty siempre tuvo una ventanilla disponible para que el globazo fuera viajando “a su aire” hasta llegar a destino. Caminó luego desde la parada hasta la casa familiar donde, más que satisfecha, me entregó su regalo. Pero, enseguida, quedó perpleja: apenas recibido de sus manos, no tuve mejor idea que salir al jardín y soltarlo para ver cómo se perdía en el diáfano cielo. Los papás siempre hablan de sus dolores paternos, pero pregúntele a Betty cómo fue ese día de su vida como tía.

Como en los cumpleaños, estoy algo confuso y probablemente todo sucedió en un orden inverso al de este relato. Poco importa, porque tuve tías y tíos que me regalaron palabras necesarias, hermosos barriletes artesanales, y un brillante y viajero globo rojo y azul.  

Carlos Semorile

La Musaranga

En estos días, los artistas de La Musaranga están haciendo un ciclo junto a Tata Cedrón en Buenos Aires. Se encontrarán más informaciones sobre el ciclo en El Cedroniano. Por lo pronto dejamos acá una visión. Un cuadro. Un pequeño momento robado para que quienes no conocen tengan ganas de conocer. A los artistas, claro. 

La Musaranga / foto de Ana Forlano

jueves, 3 de abril de 2014

Abril en la Quiaca por Carlos Semorile




El “feis” tiene estas cosas de que aparece una inocente foto fronteriza e involuntariamente se te disparan algunos recuerdos. Corría 1985 y no digo que se hablara únicamente del cometa Halley, pero sí que era un tema –por decir lo menos- recurrente en los medios. Se insistía, por ejemplo, en que su deriva lo aproximaría a nuestro planeta como ya había ocurrido en 1910, pero, claro, sin la paranoia delirante de aquellos años locos. En el plano estrictamente local, comenzaron a postularse las comarcas desde las que podría verse más nítidamente el paso flamígero de su cabellera, y entonces el Norte argentino picó en punta como observatorio natural del fenómeno. De allí nació en la barra de amigos una idea peregrina: juntarnos en Humahuaca cerca de diez cuates y avanzar desde allí hacia La Quiaca filosofando, con las miradas puestas en el cielo y los instintos bien aferrados a la tierra.

Conforme avanzaban los meses, nos fuimos dando cuenta de la suma fatal de diversas imposibilidades. Nuestra juventud y, por ende, nuestra cerril estrechez conspiraba seriamente contra el proyecto. Quien no tenía un trabajo que lo ataba, cursaba una carrera que ídem o corría el riesgo de abandonar un noviazgo prometedor. Sin embargo, ninguno aflojaba y entonces decidimos que cada quien saldría cuándo pudiera hacerlo y, por los medios a su alcance, tomaría el camino que en cada caso lo llevara a estar el 10 de abril de 1986 en la quimérica plaza central de La Quiaca, cuya existencia real y no imaginada era para nosotros un completo misterio. O sea: “Abril en La Quiaca”.

Mantuvimos el lema cual si fuera un estandarte de los cruzados, y con él nos dimos ánimos y buscamos mantener la moral en alto. Pero lo cierto fue que, de la casi decena inicial de amigos, sólo tres rumbeamos para el Norte: el flaco Alejandro Tiscornia por su lado, y Sandra Palomares y un servidor, como la pareja que éramos, por nuestra cuenta. Con las arcas vacías, nuestro equipaje consistía en las prendas más imprescindibles y en muchos panes de centeno tipo ladrillo, de esos que pesan toneladas y masticás sólo si sos guapo o tenés mucho ragú. En Retiro nos tomamos el tren que nos depositó en Tucumán, ciudad que atravesamos con el espanto de ver todavía en sus paredes pintadas “anti-terroristas” que oprimían los corazones y las conciencias. Salimos de raje para Salta, sin chances de conocerla y disfrutarla, tan flacos teníamos los bolsillos. En Jujuy, hicimos el transbordo a un mini micro que comenzó al ascenso hacia el frío intenso y las cornisas inmensurables: al primero lo combatimos con hojas y más hojas de diario (nunca le debimos tanto al “gran diario argentino”), y la noche –piadosa nos ocultó los precipicios que sorteamos a un ritmo infernal.

Amanecimos en la frontera, tomamos un desayuno reparador, y nos dispusimos a cruzar a Villazón para aprovechar el día. Mientras hacíamos los trámites aduaneros y la milicada comenzaba su habitual verdugeo de aquellos años (aunque mucho más suave que el que le daban a los coyas), vimos aparecer por el ancho puente internacional la quitojesca figura del Flaco Tiscornia, quien llegaba alucinado de su fugaz paso por Bolivia. Nos abrazamos ipso facto, y reingresamos a la Argentina a contarnos las viajeras peripecias y a celebrar nuestro módico “Abril en La Quiaca”.
Nos subimos los tres al mismo micro que nos había llevado en volandas, pero esta vez descubriendo cada recodo de aquel camino sembrado de prodigios y maravillas. El Flaco siguió derecho hasta Jujuy, y nosotros nos bajamos en Humahuaca, y pasamos luego a Tilcara. Allí comenzamos otro viaje, el de dejarnos hechizar por el Norte, sus colores, sus sabores, su incaico pasado, su hermosa gente y sus susurradas historias. Y algunas noches, cuando me agarraba el Capricornio, me emponchaba con lo que hubiera a mano y salía a buscar el Halley, aunque más no fuese su cola, su estela difuminada que también faltó a la cita.

No importa, porque si lo hubiese visto tampoco le agregaría nada a esta historia que hoy escribo pensando en aquella barra de amigos. Importa sí que sepamos que alguna vez, y todavía, fuimos y somos capaces de soñar viajes, amores y osadías.

miércoles, 2 de abril de 2014

Recordando al arquitecto Osvaldo Cedrón




Este texto, testimonio, carta, gesto de amor, fue escrito pocos días después de que muriera Osvaldo Cedrón (arquitecto, docente, militante peronista). Un ser entrañable. Hoy no es el aniversario de nada pero no hace falta. Del “Cholo” es bueno acordarse todos los días. En los días de sol y en los otros. Especialmente en los otros para que igual salga el sol.

***


Mar del Plata, 20 de septiembre de 2005



Por Silvana Inés Lado de Cipolla.



Despidiendo al Cholo

Hoy hace un mes que perdí a Carlos y no puedo todavía escribir algo para él. Pero sí puedo hacer algo que él seguramente hubiera hecho de haber estado: escribir una despedida para el CHOLO.

No tuve la dicha de estar entre sus amigos íntimos, pero sí el honor de conocer al Cholo y disfrutar de sus charlas y anécdotas en reuniones con amigos comunes y en la Sociedad de Fomento. Y es por esos ratos compartidos que puedo decir que el Cholo era de esas personas que hacen que las palabras compromiso y solidaridad tengan algún sentido.

El Cholo llegó a Mar del Plata de la mano de su viejo que pensaba que esta ciudad era "la utopía socialista" y pronto se chocó con otra realidad. Y habrá sido por esa realidad y por ese ideal que el Cholito decidió comprometerse para que la ciudad fuera otra.

No conozco toda su trayectoria como arquitecto, y de eso podrán dar mejor fe los colegas, pero sí fui testigo de su trabajo en los planes de vivienda y de que sacaba de su bolsillo para pagar las cuotas de los beneficiarios porque "pobre pibe, la mujer quedó embarazada de nuevo y no puede pagar".

O como esa vez en que le entraron en su casa a robar y, además de ofrecerles el auto a los ladrones y ayudarles a cargar las cosas, como los chorros no sabían manejar los llevó él hasta la villa donde vivían y se vino "en bondi".

Ese era el Cholo. Preocupado siempre por los demás, por los que no habían tenido posibilidades, por los "descamisados". Porque el Cholo era profundamente peronista.

El Cholito siempre participó en la Sociedad de Fomento del barrio junto con Carlos que, al revés que el Cholo, era profundamente radical. En una elección de la sociedad de fomento, después de contar los votos el Cholo viene corriendo, se abraza a Carlos y grita "¡Carlitos, le ganamo´a los radicales!". Todos nos reímos a carcajadas y Carlos le aclara "Pero Cholito, yo soy radical". El Cholo se queda un segundo pensando, lo vuelve a abrazar y le dice "No importa, somos del pueblo, del movimiento nacional y popular"


No sé si el Cholo creía en el cielo. Pero como yo sí creo me lo imagino diseñando lugares con ventanales enormes para que entre mucha luz, peleando con San Pedro para que deje entrar a alguno que no tuvo una vida fácil y cayó en la tentación..., discutiendo mano a mano con el barba y tomándose un vinito con Carlos mientras arman un movimiento celestial y popular.

Una vez lo escuche al Cholo decir sobre alguien "es buena persona, pero tiene demasiada universidad". Y demasiada universidad no era buena si te embotaba el sentido de la calle.

¡Hasta en eso tenía razón el Cholo! Sólo la calle y la vida te enseñan la medida del adoquín cuando te golpea en la cara.



En este momento siento que nos quedan pocos locos cerca, que corremos peligro de que se extingan y perdamos a los que imaginan utopías y salen al ruedo a pelear para hacerlas realidad. Sin ellos el mundo se vuelve gris y aburrido. Así que si ven por ahí uno de estos locos lindos, abrácenlos fuerte para que no se vayan y convénzanlos pronto de que no se puede vivir sin aire.

Fuente: http://escuelaprimaria22mdp.blogspot.com.ar/2011/07/1era-propuesta-de-modificacion-del.html

jueves, 6 de marzo de 2014

El primo gramsciano



Cuando uno crece en una familia mitad peroncha y mitad zurda, se acostumbra a la aspereza de ciertos debates. Se sabe, por ejemplo, que toda calma es transitoria, y que en cualquier momento se pudre la raviolada porque alguno dejó caer una moneda de canto y algún otro se dispuso a definir su lado bolche o su lado peronio. En ese momento, todo se alborota sin prisa -pero sin pausa- hasta alcanzar un clímax de tensiones propio de los clanes sicilianos. Y encima, como si fuésemos poco diversos, una de las primas se trajo de Cuba a un tano del PCI.

Si mal no recuerdo, fueron bajando por el corazón andino de la América Latina, gozando de demoradas postas en sus comarcas más campesinas, agrarias e indígenas. Todo cuadraba bajo el exotismo con el que los europeos miran a los sudacas, y además el milanés se hallaba bajo los efectos narcotizantes del romance. Pero imagínense el malambo que se le hizo en el marote al pobre Luigi cuando finalmente llegó a esta Argentina cosmopolita, sin campesinado a la vista, con un PS inexistente, un PC minúsculo, y una clase trabajadora históricamente peronista. De entrada nomás, el gramsciano nos recriminó la inadecuación de la realidad con respecto a los libros. Es decir, a sus libros, porque mientras él nos tiraba por la cabeza los “Cuadernos de la cárcel” y citas escogidas de Benedetto Croce, nosotros le devolvíamos gentilezas con volúmenes de Cooke, Jauretche y el General. Él nos corría llamándonos fascistas, y los criollos le recordábamos suculentas anécdotas del Duce y sus dulces “camicie nere”. Todo con una cortesía, una franqueza y una pasión tipificadas en el Código Penal.

Pero la sangre nunca llegó al río porque, haciendo cada quien sus concesiones, siempre supimos manejar nuestras diferencias. Pero, además, porque el tano tiene un carisma impresionante y nos fue ganando los corazones a golpes de simpatía, una inteligencia notable, y algunas refinadas ironías como seguir diciéndonos “fachos” a los miembros peronistas de la familia. Así y todo, cierta vez Luigi logró unificar a la totalidad del primaje, sin distinción de banderías. Hablábamos de fútbol, más específicamente de los respectivos ídolos nacionales de este deporte, y seguramente ya hastiado de nuestro sideral fanatismo por el Diego, Luigi exclamó: “Basta!!! Maradona é solo un uomo!!!”

Para qué!!! Los gritos se escuchaban hasta el Marenostrum de los antiguos romanos, y debe haber sido algún dios de aquella estirpe el que salvó la vida del primo Luigi. En medio de iracundos aullidos, nos fuimos levantando de la mesa, mientras el italiano nos observaba como se supone que un danés decodifica a un somalí. Luego, pasó el tiempo, que todo lo tamiza y –dicen- cura las heridas. Nuestra prima y Luigi se casaron, y cada vez que pueden viajan desde Milán a la tierra de sus tíos y primos peronistas. Y nosotros, los exaltados, cuando limamos nuestros más abismales desacuerdos, volvemos a decir la frase que pone cada cosa en su lugar y vuelve el mundo a su tamaño original: “Maradona é solo un uomo!!!” 


Carlos Semorile

jueves, 20 de febrero de 2014

Sobre el Gran Circo Hermanos Corales



Hace algunas semanas, a raíz de circunstancias misteriosas y largas de contar (me abstengo), recuperé de un viejo cassete, un tango. Hasta ahí nada anormal. Resulta que el tango, hecho en Buenos Aires, era chileno y hablaba de mi barrio. Razón por la cual yo tenía ese cassete. Decidí ponerlo en Internet para que otros lo pudieran escuchar. El tango tenía una particularidad y es que evocaba lo que había sido ese barrio en los años 20-30. Entre otras cosas: un circo y una familia de artistas circenses, los hermanos Corales. Hete aquí que hoy ese video puesto en Internet recibió un comentario, de un familiar… de los Corales… Y entonces ahora sí no puedo resistir a la tentación de compartir el comentario, el tango, un texto relacionado con el rescate de la grabación (San Diego en el corazón). Y para los enamorados del circo, una reseña completa de los Hermanos Corales.  AGC.

***

Jueves 20 de febrero 2014

Está creación del gran Chito Faró, dedicado a mi barrio San Diego, en cuya letra, dice “Tarde de verano cuando llegaba el circo, y los mocosos descalzos corriendo tras el tony Chalupa; y Los Hermanos Corales” que emoción, Los Hermanos Corales, Ellos son: Mis tíos, Dalberto Tomas, Ramón y Mis tías; Luz, Orlanda, Catalina, Flor, Doris y mi Madre, Juana. Todos ellos los Hermanos Corales, del gran Circo Hermanos Corales, fundado por mi abuelo: Juan Corales González, El SEÑOR CORALES, junto con su esposa mi recordada, y añorada abuela doña: Sara Toro de Corales. Tantas emociones juntas, al oír esta creación, recordar a mis tíos y tías, a mis abuelos, y el barrio San Diego, donde crecí. Lugar juegos en la Plaza Almagro, tienda Zabala, que cada mes de marzo, era la primera en uniformes, aquellas matinés del cine Esmeralda, librería Marconi, farmacia Francesa, casa Sierra y casa Val, Mercado Sur. Calle San Diego, testigo silencioso de mis aventuras de juventud, cierro mis ojos y puedo recorrerte, San Diego, sin olvidar detalles, y recodo, desde Alameda, hasta Placer… algún día si Dios quiere he de volver a ti. Mis sinceros agradecimientos a la señora Lucia Nilo Vidal.


Mauricio Corales





jueves, 13 de febrero de 2014

Del cuaderno de Cándida - Pensamientos fragmentados



“No digo que sea una verdad. Pero sí una posibilidad. La función de un libro, a lo mejor, es acompañar. No enseñar, no revelar, no entretener. Todo eso puede ser, son otras posibilidades. Me imagino que no hay porqué elegir entre unas u otras. Pero me resulta reconfortante pensar que la función de un libro es acompañar. Exactamente como dos amigos pueden acompañarse uno a otro. Caminar un rato. Hablar o callarse. Hablar y callarse. Escuchar al otro. Sentir la suerte que uno tiene porque ese otro, es amigo. Es amiga. Llevarlo del brazo. Llevarla. O que te lleve. Todos los libros que he amado se parecen a mis amigos. Son amigos. Entonces la cuestión sería, para el que escribe un libro, cómo se quiere acompañar. Si uno va a andar a los gritos, golpeando las mesas, diciendo: he aquí una verdad. O si uno se va a poner a un costado, para que en el libro de uno, se expresen los demás. O… etc. Las posibilidades deben ser infinitas”.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Historia de la silla


Nos llega la noticia de la muerte de Santiago Feliú y, al menos para los de mi generación, es como si se nos hubiese muerto un hermano. Una muerte injusta, rastrera, con ganas de jodernos la vida llevándose a un tipo sensible, creador de piezas bellas y memorables, con una hondura y una mirada necesaria para el mundo.

Al menor de los Feliú lo adoramos desde sus primeras visitas a Buenos Aires, cuando el amor por Milanés y Rodríguez estaba más que cimentado. Pero Santiago era un par, era uno de nosotros encaramado a los escenarios con su timidez, su guitarra y su armónica. Era el muchacho al que podías saludar a la salida de un recital, y en una calle de San Telmo –mordiéndote los celos- permitir que tu novia le diese un largo abrazo y, a la cubana, un par de besos.

Fue el tipo que una vez dejó el alma en un Teatro IFT lleno de estudiantes barbudos, y muchachas fascinadas con su estampa. Ese día salimos cantando un grupo de amigas y amigos, y cantando tropezamos con una destartalada silla de mimbre que parecía salida de la canción de Silvio. Le hicimos, pues, los honores del caso, y cantando la llevamos hasta “La Verdulería”, donde inclusive nos retratamos con ella. Estábamos tan felices por el concierto de Feliú, que decidimos que la silla quedara entre nosotros como recuerdo de aquella noche de alegrías y canciones. Esa misma madrugada, beodos y todo, la llevamos a la imprenta que nos daba de comer en esos años y la instalamos en un rinconcito especial. 

Hace rato que la silla-tótem se desmembró, y ya hace muchos años que abandonamos el intento de saber quién es y de dónde salió una de las muchachas que nos acompaña en la foto de “La Verdulería”. Todo ello es accesorio. Lo único que importa es que al menos una noche en nuestras vidas supimos ser contemporáneos de un joven trovador enamorado. Y que, mientras vivamos, cantaremos sus canciones mientras evocamos su hermosa y ya eterna sonrisa.

Carlos Semorile

viernes, 7 de febrero de 2014

La cocina del cantar popular por Carlos Semorile


De entre las cosas que me enamoran de mi trigueña, destaco que suele cantar cuando se enfrasca en la cocina. No siempre, no todas las veces, pero, si está en vena, canta mientras amasa unos panes o prepara un postre. No es extraño que al escucharla evoque a mi joven madre, cuando se paseaba por la casa cantando La compañera, Merceditas o El Corralero. Con su hermosa voz educada en el coro del colegio de las monjas, ella podía pasar, sin demasiados conflictos, de algún villancico clásico a la Zamba del Chaguanco. Todas bellas canciones, pero a mí me emocionaba cuando arrancaba con estos versos: "Eras la tempranera, niña primera, amanecida flor, suave rosa, galana, la más bonita tucumana". No exagero si digo que, cuando mi churita cocina y canta, vuelvo a sentir que en el aire vibran los compases, pero también la sencilla elegancia criolla de La tempranera.

Todo esto viene a cuento de algunas charlas que desde hace tiempo venimos teniendo con el Tata Cedrón acerca de la música argentina. En un escrito anterior, conté sobre una juntada de cantores en la que, luego de hacer un repertorio de bellas zambas, huellas y estilos, surgió una reflexión colectiva respecto de que esa riqueza es nuestra, y que ella y no otra nos expresa. Allí decía que hace rato que el Tata viene bregando para que se conozca, se difunda y se valore el capital simbólico que encierra este “sonido criollo”, pero que tales cuestiones quedaban a la espera de un tiempo propicio. Que no es otro que este de ahora, en el que comenzamos a dejar testimonios provisorios, pero enjundiosos, de aquello que consideramos que debe ser pensado para que podamos modificar todo lo que sea necesario para que ese sonido criollo no se pierda.

Alguien podría preguntar, “¿pero, por qué habría de perderse?” Bueno, le responderíamos, por la misma razón que las mujeres ya no cantan en sus cocinas, y los señores ya no silban para acompañar los tangos que se les meten en el alma –como recuerdo lo hacía mi padre–. “¿Es que acaso alguien se lo ha prohibido?” No es tan sencillo como eso, les diremos con un resto de lecturas foucaultianas: el actual sistema de producción, distribución y difusión musical no precisa prohibir nada pues le basta saturar el mercado con “otras músicas” para que nadie tenga noticias de que existe una Zamba de la Candelaria o una Tonada del viejo amor. En concreto: si la hija de mi morocha, que también cocina bonito, tuviese su misma índole cantora no podría recorrer un repertorio que desconoce casi absolutamente. Y a no ser que uno crea que la Zamba de Lozano o la Milonga sentimental no merecen ser escuchadas, disfrutadas y atesoradas por las nuevas generaciones de argentinos, esto es ciertamente penoso.

Decíamos que estas líneas son provisionales pero, aún en su estado de transitoriedad, elegimos decir de entrada que nos enfrentamos a un enemigo al que no le conviene que nuestra diversidad musical se encuentre con los oídos que serían sus naturales destinatarios: los de nuestros propios compatriotas. Esa maquinaria tiene un rostro difuso pero no puede eludir tener, aunque más no sea, algún nombre: “el mercado”, sus “industrias culturales”. Seguiremos escrachándolos para que nadie se llame a engaño.

Carlos Semorile

lunes, 20 de enero de 2014

Estrellas - un documental de Federico León y Marcos Martínez

Agradecemos a Mónica Miller el habernos señalado este documental.

Sinopsis: "Un grupo de condición marginal encuentra que haciendo de sí mismo y utilizando sus casas como decorados puede encontrar una salida artística y laboral. Se mezclan actores profesionales con actores ocasionales, directores de cine con poetas villeros, productores extranjeros con amas de casa devenidas actrices protagonistas. Estrellas reflexiona sobre las formas de representar la pobreza, la moda de lo marginal, la autogestión como método de creación y supervivencia, los límites entre ficción y realidad".

viernes, 17 de enero de 2014

La Negra Ester - Roberto Parra / Andrés Pérez

La Negra Ester es una obra escrita en décimas por don Roberto Parra que narra un episodio autobiográfico. La obra de teatro fue montada en Chile a fines de los años 1980. Durante muchos años fue representada por este elenco que marcó tanto a su público. Este video rescata de una manera novedosa lo que fue esa experiencia teatral y músical llevada a cabo por el Gran Circo Teatro y cada uno de sus maravillosos artistas. 


sábado, 11 de enero de 2014

Los libros de la calle Tucumán - por Carlos Semorile

  Mónica sale de hacer un trámite en pleno microcentro, y camina hacia el hórrido “metrobús” bajo la canícula porteña. Avanza por Tucumán cuando de repente se topa con una escena de película: una decena de jóvenes, muchachos y adultos se arrebatan revisando los títulos de una montaña de libros que rebasan un container custodiado por unos laburantes.

Al principio, nada está muy claro: cómo llegaron hasta allí esos volúmenes, y quién o quiénes administran ese aquelarre de lectores abalanzados sobre el material? Alrededor, mientras tanto, los oficinistas, los profesionistas, pasan indiferentes a esta colmena que examina rápidamente y descarta, que hojea con fruición y, de alguna manera, se las arregla para asegurarse las obras escogidas. No hay tiempo que perder, se dice Mónica a sí misma, y alcanza a manotear Las olas de Virginia Woolf, uno de un escritor chileno, y otro de su amado Onetti. A su lado, temiendo acaso un malentendido, una señora le advierte que debe pagarle a los obreros. Mónica le muestra su cosecha a uno de los trabajadores, y este le dice que son quince pesos. Quince pesos, piensa Moni: “Menos que un café!”

Cuando horas después me lo cuenta en la cocina de su casa, en su cara se mantienen el asombro y la dicha. Porque más allá de imaginar al fallecido dueño de tamaña biblioteca –y a la desaprensiva familia que decidió tirarla a la calle-, le dura la felicidad de haber visto a ese conjunto de espíritus amantes de los libros. Pero, sobre todo, los rostros de los laburantes, ansiosos de saber qué mundos se abren detrás de todas esas palabras.

miércoles, 8 de enero de 2014

Sobre la realidad - Fedor Dostoievski



“Yo tengo mis ideas propias sobre la creación en arte, y aquello que los demás califican de casi fantástico y excéntrico constituye para mí muchas veces lo más característico de la realidad.

¡En cualquier periódico hallará usted relatos de los sucesos más reales y al mismo tiempo los más extraordinarios!

Pero, ¿quién va a fijarse en ellos, a iluminarlos y escribirlos? Son cosas de todos los días y todas las horas, y en modo alguno excepciones. ¡Qué estrechez y pequeñez en el modo de considerar y penetrar la realidad! Y siempre lo mismo, lo mismo.

Así dejamos que la realidad nos pase por delante de los ojos, sin verla”.   


Fragmento de una carta de 1869

lunes, 2 de diciembre de 2013

"Tu nombre es y será ternura" por Carlos Semorile



A mi madre no le gustaba su nombre. Alguna vez, siendo niña, juntó coraje y se lo planteó a su padre. Mucho tiempo después, Brígida contó la escena.

Alto, desgarbado, manos finas,
padre, no puedo olvidar tu tez cetrina.
Recuerdo tu dulzura cuando niña,
anudando ternura y rubias trenzas.

Tu nombre es y será ternura,
me dijiste, sentándome en tus faldas.
No habrá quien no te quiera, y me sacabas
el rouge de las mejillas cándidas

Siguió sin gustarle, y ya de grande le buscó la vuelta. “Brigitte”, cuando la Bardot estaba de moda, luego fue “Brigi”, que se pronunciaba “Briyi” y que derivó en “Briyis” para los más cercanos, y más tarde en “Gigi”, como la conocieron sus nietos. Mudanzas todas que no cambiaron lo esencial pues, como la diosa celta a la que debía el nombre, Brígida alimentó el fuego de la inspiración y las letras. Leyó mucho, al igual que su padre y sus hermanos, y como ellos también escribió algunas cosas. Semblanzas de una infancia que no fue fácil pero que, en su voz, se vuelve dulce.

Tres cuadras para arriba,
tres cuadras para abajo,
ida y vuelta cada tarde como una letanía,
y los hermanos tras los árboles espiando,
y contando luego lo que sus hermanas hacían.
¡Qué gracia nos causaban, su seguirnos, su osadía!

En la pieza angosta, en la pieza chica
no tan pequeña ya, junto a la madre
dormíamos, jugábamos unidos y
apretados como un haz de trigo.

Eso era en los duros tiempos del hambre. Cebolla, aceite, sal y esencias. Fue la comida del amor que nos hermanaba.

Y el pan con manteca tan dorado, caliente en largas marraquetas, o los churrascos, los mejores, hechos en el pequeño braserito al pie de la escalera.

“Apretados como un haz de trigo (en) los duros tiempos del hambre”, y sin embargo…

El carnaval más lindo que tuvimos era un patio largo lleno de agua, tapada la rejilla; los hermanos y la mamá jugando a que la vida era alegre, una eterna maravilla.

En el hall de mosaicos blancos, negros; paredes verdes al aceite donde aprendimos los primeros palos, las primeras letras, me veo como ayer un día de Reyes, mirando al aparadorcito, la camita de un juego de dormitorio tan celeste. Y en la noche anterior junto a la madre y los hermanos preparar el pastito, los zapatos, el pesebre donde el niño Dios dormía esperando amanecer con un juguete. También la imagen vuelve, todos parados arriba de la mesa, con los regalos, de vestidos, de zapatitos, que mi madre nos probaba, nos ponía, nos sacaba con alegría de recién nacidos.

Antes, cuando los padres aún estaban juntos, habían vivido en una casa más espaciosa:

Escalones altos que llevaban parecía al cielo, y Vos traviesa, pelito corto, dientes de conejo, te escapabas a trasponer las líneas que te llevaban con tu hermano a la libertad soñada de una puerta de calle; tu meta acariciada.

Ay, Rafael,
Rafael, cantábamos tras la celosía de la puerta ventana;
y el viejo enojado se volvía.
Nosotros,
pánico y risa,
escapábamos.

La veo como hoy y como siempre, cancel antigua y un largo corredor lleno de piezas de techos altos, paredes viejas. Allí jugamos nuestra infancia en aquella terraza de color rojizo, corriendo de punta a punta, con los frazadas tiradas por el piso, pellizcando el patay que se soleaba, mirando por la claraboya de color verdoso, o cambiando juguetes con la vecinita a cambio de unos higos verdes.

Y el padre a veces contando historias de luces malas en el campo; y de que él retornaría con el tiempo convertido en árbol.

Esa y otras historias del padre poeta, como un árbol de versos que buscaría siempre fuera y dentro de sí.
           
Te recuerdo padre, Padre Poema,
dulces palabras dichas con voz tierna,
baja, queda.
Quizá fue poco, nada;
quién decirlo pudiera;
pero calaron hondo en mi piel, en mi cabeza,
y hoy te evoco con corazón de niña,
y elevo un rezo, una plegaria,
brindo con vino y rosas
por el recuerdo de cuando fui niña.

Padre amado dónde estás...
Te he esperado tanto, te he buscado tanto
aún sabiendo y sin saber que estás en lo más alto de mí.
En cada pequeña canción, en los poemas,
en los poetas a los que amo tanto.
Porque amo los silencios y la noche
y recuerdo siempre tu bohemia y tu melancolía,
y en ese tu sentir
y en este mi permanente recuerdo
es que seguiré amando en silencio,
calladamente, cada cosa que te recuerde,
porque de Vos aprendí la ternura.
Pienso en el padre, en el poeta cada día.

Eusebio, el poeta, sembró palabras, pero Olga, la madre, fue el pilar que les dio cimientos firmes a los hijos.

Hay tanto resplandor en tu blancura, tanta mudez, tan larga espera, que si uno comienza a reconstruir al correr de la pluma lo que quiere decir el sentimiento, es como si te manchara, te ultrajara, porque estas líneas están llenas de tu ternura. Madre, derrama tu mágica luz por las mañanas.

Desde allí, desde ese rincón quiso modificar su mundo.
Derribar paredes..., comprar muebles pequeños, manteles de hilo...., tener la grande y hermosa cocina circular.
El espacioso living para que todo el que la visitara se hallara bien. Hoy sigue como entonces, en la pequeña silla de la penitencia.
Ojalá siempre continué allí.
Su corazón nos alberga a todos.

Llegaría el amor, y con el amor los hijos, la familia, la casa abierta a los amigos, a los compañeros y a la alegría.        

Pórtate bien, te digo
y tú sonríes...
Pórtate bien, repito
y tú me miras.
Quisiera estar segura
mi querido...
que te portes bien
porque lo quieres,
y también...
porque a veces
te lo pido.

Tú me ofreciste el pan,
la mesa compartida,
(la suma del amor hecha plegaria),
el llanto de los niños,
tu beso en mi mejilla,
y para siempre el calor
de tus benditas manos,
acariciando el nácar
de mi piel dormida.
Será el amor que llenará mis días,
agobio y alegría...
Tú estarás siempre en mí
volviendo cada día.

Vendrían los tiempos sombríos y, años más tarde, Brigi retrataría la luz y el sacrificio de Pablo, su hermano asesinado.

Y estarás siempre en mi memoria cuando el aire se llene de guitarras. Cuando miro el sol, lo evoco y veo su sonrisa amada. Iluminando el tiempo en que vivió y se dio a tantos por tan poco, mi querido hermano.

Pasaron los días, las inclemencias pasaron, y ella siguió escribiendo. Y preguntando…

Te busco Dios cada mañana
en la tibieza del sol de mi ventana.
Te busco en mi rosal florido,
hallándote en mi pena adormecido.

Hace algunos días, Brígida partió hacia el misterio. Se fue serena, tal como vivió o quiso vivir, sin apenas molestar a nadie. Tenía razón su padre: su nombre es y será ternura. Brigi hizo el resto. No hay quien no te quiera.

Tu hijo Carlos