viernes, 28 de septiembre de 2012

"Lo que más quiero" (Violeta e Isabel Parra)

Carta de Victor Jara


Compartido por Carlos Semorile a quien agradecemos.
 
De una carta de Víctor a Joan Jara, enviada desde Londres en 1968: 

“Mijita, de repente pienso que vivir en un país donde tienes todo el mundo en tus manos a través de la noticia, con una información tan “instructiva” e “imparcial” es mucho más dañino que vivir en un país como el nuestro, donde la noticia es manejada por otra nación que domina, pero, por último donde no sientes, al menos en forma tan apremiante, la inutilidad de la existencia. Si no, no me explico toda esa juventud drogada y que se escapa de sí misma hacia cualquier lado para encontrar algo verdadero, o que se suicidan para encontrar la única verdad de estar vivo, la muerte. Con todo te colocan como con una estaca contra la pared: con el hoyo en la yugular de Martin Luther King, con la vista de la viuda llorando desconsoladamente a su lado; con el bombardeo de Viet Nam, del hundimiento de un barco donde se salvaron unos pocos, del estreno de una película de Tony Richardson, del color del rouge que se usará esta semana o la nueva galleta para el perro. No tienes tiempo de elegir o meditar tu elección. Si no escoges inmediatamente te quedas atrás hasta que desapareces, Parece que a nadie le gusta ser uno mismo, aunque se esté solo. Amorcito, Chile además de estar en manos de los norteamericanos y de poseer otros defectos, es un lugar donde la tierra es tierra y el pan es pan; un lugar donde se puede encontrar uno mismo y encontrar a los demás con compás de verdadera vida, de vida pura, natural. Ojalá que nunca la “civilicen” como acá. La prefiero así; bruta, suelta y libre.”

jueves, 27 de septiembre de 2012

La niña de mis ojos



Dejo un poco a lo bruto un testimonio sobre estos asuntos de cómo se miran los hechos o de las varias lecturas que puede tener un hecho.

Fue así. Hoy iba de la mano con mi hija de 6 años por un barrio de Buenos Aires que no es ni el más pobre, ni el más rico, ni el más esto ni lo otro. Un barrio de arbolitos, pajaritos, relativamente comercial y que tiene varias ventajas comparativas, como se dice, entre esas que las cacerolas permanecen por lo general en las cocinas a lo largo del año.  Al llegar a cierta esquina bastante transitada veo lo siguiente. Nótese que dije “veo”, no escucho, porque el ruido en esa esquina es muy fuerte. Veo, en la vereda de enfrente, un hombre con un montón de cajones de frutas desparramadas. Son frutillas. Y veo a otro hombre con dedo amenazante que se aleja.  Sigo mi camino mirando al que se aleja. No entiendo totalmente la escena pero en algún punto la entiendo y no escucho a mi hija que se enoja conmigo, pero es que cerca del pelao (es un pelao) hay un niño y el niño llora y una mujer trata de calmar al hombre. (Horas después me voy a acordar de Chaplin. Porque es muy llamativo. Pareciera que Chaplin hizo obra futurista además de todo. Es tal el bullicio de las ciudades que una escena así puede ser muda hasta el metro de distancia). Bueno, en eso le explico a mi hija que pareciera que hay un problema pero que viene un policía y que debe ser para arreglar el asunto (oh… candidez…). El policía viene y saluda de beso al pelao… Termino de captar la escena y atravieso la calle. Se han juntado varias personas con gestos típicos de “yo sé”, “yo vi todo”. Tres de ellas están recogiendo las frutillas. Me arrimo y pregunto si puedo ayudar, me dicen que sí. Luego otra y otra y otra. De pronto hay un montón de gente recogiendo frutillas. Entre frutilla y frutilla, me voy enterando. El pelao vende fruta del lado de allá del kiosco (de periódicos) y se enojó con este de acá que estaba ofreciendo una promoción de frutillas. Vino y le tiró toda la mercadería al suelo, toda, todos los cajones que son unos diez, los desparramó. Una señora dice que fue a hablar con el cana “pero ese cana es un coimero, se alzó de hombros y me dijo ‘yo no vi nada’, imaginate, como si uno fuera más que el otro ¡si los dos venden en la calle!... y la calle no es de nadie”. Y cuando todas las frutillas estuvieron en sus cajones, una vieja preguntó: ¿a cuánto está el kilo? Y tras ella todas las mujeres preguntaron lo mismo (es un hecho que eran todas mujeres salvo el vendedor, un hombre bajo, muy delgado, entre 40 y 50 años que no era precisamente un galán).

Mi hija me preguntó luego con la bolsita de frutillas en la mano si era cierto que la fruta la había tirado un borracho (es que hubo varias versiones). Le aclaré que no, que no era un borracho, que era otro vendedor que no quería que… etc. Y la conclusión de esta hija después de que las circunstancias fueran aclaradas fue la siguiente:  

¿qué buena es la gente, no mamá? Viste cómo todos ayudaron…

Por eso cuento la historia en este espacio. No por la mano que arrojó. Sino por la que recogió (que no era una). Y por los ojos.


Cándida

miércoles, 26 de septiembre de 2012

martes, 18 de septiembre de 2012

Tikitiklip

En la prolongación de la nota publicada sobre Paka Paka durante el mes de julio, les dejamos una muestra de un programa destinado a los niños realizado en Chile por Ojitos Producciones. “Cada videoclip es una pequeña historia en que los decorados y personajes son interpretados por diferentes artesanías tradicionales”. Además de los videos hay libros y otras realizaciones destinadas a niños de diversas edades. Pueden consultar la página: http://www.ojitos.cl/ Otros videos están disponibles. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Desde el alma

Desde... Chile, Luisa nos deja esta interpretación de Don Roberto Parra a quien hemos sabido querer... mucho

martes, 11 de septiembre de 2012

Visto en Santiago hoy...


Las grandes alamedas

Hoy es 11 de septiembre y antes de que la tele nos imponga su agenda de camiones hidrantes y jóvenes apaleados en las calles de Santiago, quisiera evocar otras imágenes de aquel pueblo y de su amor en las grandes alamedas. Tampoco en aquellos años de la Unidad Popular era fácil llegar hasta la Moneda. Las marchas debían sortear las emboscadas de los “pijecitos” de Patria y Libertad, sus cadenazos si lograban acercarse, e inclusive algunos disparos a la distancia. Para evitar los católicos predios universitarios y a sus francotiradores confesionales, las multitudes hacían un rodeo de varias cuadras y, aunque resulte inverosímil, mantenían el humor intacto. Con esa misma alegría, las columnas avanzaban hacia la segunda encerrona, avenida arriba, a recibir los huevazos que llovían desde los edificios paquetes. Sólo que esta vez la cosa era menos despareja: los trabajadores, particularmente los mineros, revoleaban piedras como respuesta, y a nuestro paso iba quedando un reguero de ventanales rotos y cogotudos indignados. Siendo apenas un niño, me sentía protegido por la destreza de nuestros “arqueros”, pero todavía más por la franqueza de sus sonrisas aún en el fragor del enfrentamiento. No olvidaré nunca que de las bocas de aquellos hombres rudos salían tantas consignas como piropos, y que las muchachas caminaban envueltas en banderas y requiebros. Luego, la trabajosa llegada a la plaza, el flamear de las banderas, el cántico acompasado y una voz inconfundible que se derrama sobre las conciencias que fueron hasta ahí a escucharla, a escucharse. Parafraseando a Silvio, podría decir que en una sola marcha cabe el mundo, que una sola de aquellas manifestaciones alcanzaba para comprender lo más sustantivo y rescatable del entramado social. Ese desplazarnos en grupos por las calles, como si fuéramos pequeñas aldeas recién amanecidas, aquella ternura en las ayudas necesarias y en cada gesto espontáneo hacia el semejante, la comunicación horizontal sin respetar ni clases ni estamentos, el abrazo de las parejas, los abrazos de los camaradas. Y la gran marea humana de las cosas de todos: los ideales compartidos, la emergencia de un líder, los símbolos del común destino, la fraternidad sobre la tierra y la felicidad en los parques. Los rostros hermanos y el fulgor divino en las miradas. La supremacía del amor. 


Carlos Semorile

miércoles, 22 de agosto de 2012

"Salvemos la política" por Danilo Bahamondes


Hoy se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Danilo Bahamondes ("el Gitano"), quien tuvo un rol central en la gestación de la Brigada Ramona Parra y –posteriormente– en la creación y desarrollo de la Brigada Chacón en Chile. Dejamos para más adelante el homenaje que se merece y nos limitamos a recordar algunas palabras pronunciadas en los años 90, respecto a lo que era entonces la coyuntura política chilena. Cualquier parecido con su presente, ya bien iniciado el siglo XXI,  no es mera casualidad.


“No estamos llamando a salvar a los políticos, los políticos ya están desprestigiados. Bueno, salvemos la política. Porque si la política se sigue desprestigiando, el país, los ciudadanos, quedan a merced de payasos, saltimbanquis, de animadores de televisión, de modelos top one; el país queda a merced de populistas, o de alguien que cante muy bien boleros. Se supone que si un candidato es de la UDI, hay un proyecto político detrás, un fundamento histórico, que existe incluso detrás de ser de derecha; y el que es de izquierda, se supone que tiene un fundamento histórico para pensar en otro tipo de municipio, otro tipo de alcaldía, otro tipo de participación ciudadana en su comuna. Tiene que haber diferencias para poder elegir bien, y eso hoy no existe”.


Danilo Bahamondes



* Citado en: Palabras escritas en un muro, por Alejandra Sandoval, Ediciones Sur, Santiago de Chile 2001

miércoles, 15 de agosto de 2012

"Lo Popular" por Homero Manzi


“Alguna vez, alguien que sea dueño de fuerzas geniales, tendrá que realizar el ensayo de la influencia de lo popular en el destino de nuestra América, para recién entonces, poder tener nosotros la noción admirativa de lo que somos.
Esta pobre América que tenía su cultura y que estaba realizando, tal vez en dorado fracaso, su propia historia y a la que, de pronto, iluminados almirantes, reyes ecuménicos, sabios cardenales, duros guerreros y empecinados catequistas ordenaron: ¡Cambia tu piel!... ¡Viste esta ropa!... ¡Ama a este Dios!... ¡Danza esta música!... ¡Vive esta historia!
Nuestra pobre América que comenzó a correr en una pista desconocida, detrás de metas ajenas, y cargando quince siglos de desventajas.
Nuestra pobre América que comenzó a tallar el cuerpo de Cristo cuando ya miles y miles de manos afiebradas por el arte y por la fe habían perfeccionado la tarea en experiencias luminosas.
Nuestra pobre América que comenzó a rezar cuando ya eran prehistoria los viejos testamentos y cuando los evangelistas habían escrito su mensaje; cuando Homero había enhebrado su largo rosario de versos y cuando el Dante había cumplido su divino viaje.
Nuestra pobre América que comenzó su nueva industria cuando los toneles de Europa estaban transpasados de olorosos y antiguos alcoholes; cuando los telares estaban consagrados por las tramas sutiles y asombrosas; cuando la orfebrería podía enorgullecer su pasado con nombres de excepción; cuando verdaderos magos, seleccionando maderas con cavidades y barnices, sabían armar instrumentos de maravillosa sonoridad; cuando la historia estaba llena de guerreros, el alma llena de místicos, el pensamiento lleno de filósofos, la belleza llena de artistas, y la ciencia llena de sabios.
Nuestra pobre América, a la que parecía no corresponderle otro destino que el de la imitación irredenta.
No podíamos intentar nada nuestro. Todo estaba bien hecho. Todo estaba insuperablemente terminado. ¿Para qué nuestra música? ¿Para qué nuestros dioses? ¿Para qué nuestras telas? ¿Para qué nuestra ciencia?¿Para qué nuestro vino?
Todo lo que cruzaba el mar era mejor y, cuando no teníamos salvación, apareció lo popular para salvarnos.
Instinto de pueblo. Creación de pueblo. Tenacidad de pueblo.
Lo popular no comparó lo malo con lo bueno. Hacía lo malo y mientras lo hacía creaba el gusto necesario para no rechazar su propia factura, y, ciegamente, inconcientemente, estoicamente, prestó su aceptación a lo que surgía de sí mismo y su repudio heroico a lo que venía desde lejos.
Mientras tanto, lo antipopular, es decir lo culto, es decir lo perfecto, rechazando todo lo propio y aceptando lo ajeno, trababa esa esperanza de ser que es el destino triunfador de América.
Por eso yo, ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre Argentino, me he impuesto la tarea de amar todo lo que nace del pueblo, todo lo que llega del pueblo, todo lo que escucha el pueblo.”

Homero Manzi
Sur (Barrio de Tango). Poesías para Hombres
Corregidor, 2000

lunes, 6 de agosto de 2012

El ensayo


 Siempre es problemático el tema de los legados, cómo se los transmite, la forma en que se los recibe, el modo en que en última instancia se los tramita. Respecto de nuestro paso por la secundaria, coincidente con el inicio y la continuidad de la Dictadura, esa herencia es lo suficientemente compleja como para admitir dos vertientes: la represiva, continua y permanente, y la rebelde, esporádica e inesperada, aún para sus ocasionales protagonistas.  


Hubo unos cuantos episodios perversos en aquel Vicente López opaco y monótono de los años dictatoriales. Uno de ellos fue el día en que, de sopetón, decidieron cambiarle el nombre al cole. Algún acuerdo entre bambalinas con el gobierno dominicano hizo que pasásemos a llamarnos “Juan Pablo Duarte y Diez”, a lo que no podíamos dejar de agregarle “fundador de la República Dominicana”, como para hacernos entender. El día de la imposición del nuevo nombre fue una jornada terrible. Tanto los invitados -las autoridades de la cancillería del país caribeño-, como los anfitriones -la militada vernácula-, se tomaron su tiempo para llegar al colegio, y también se tomaron otro tiempo considerable para cumplir con el puntilloso protocolo. Todo ese tiempo nos la pasamos en el patio, en estricta formación y bajo la atenta supervisión de profesoras, preceptores, personal de maestranza… e inclusive uniformados, que se paseaban entre nosotros con su castrense amor por las líneas rectas. Fueron horas de estar ahí parados sin comida ni bebida, y sin la más mínima chance de romper ni la monotonía de las filas, ni el abigarrado silencio. Y fue justamente ese silencio espeso el que iba a darles un marco sonoro a las caídas que se  fueron sucediendo cuando las compañeras y compañeros empezaron a desmayarse como muñecos de un teatro impiadoso. En la sala de profesores se improvisó una enfermería, y en el suelo del patio iban quedando sugestivos manchones rojos. Mientras la lipotimia hacía su trabajo, los que íbamos quedando dábamos un paso al frente y el rito, qué duda cabe, seguía con absoluta normalidad.

Hubo otra ceremonia a la que algunos tuvimos la dicha de asistir, aunque no estaba escrito que aquel fuera a ser un día memorable. En principio, porque ni sabíamos para qué se nos seleccionaba con tanto esmero. Un día se apareció la rectora en el aula y le pidió a la profesora de turno que señalara a los más responsables, a los mejores. Se ve que no eran tantos porque la rectora siguió buscando por su cuenta y riesgo. Traté de desaliñarme a los ojos de esta señora, pero algo me delató y fui seleccionado para el evento secreto. Tuvimos que dar números de documentos (como si no los conocieran) y llevar autorizaciones parentales: al fin y al cabo, se trataba de una actividad extracurricular de excepción. No recuerdo exactamente en qué momento nos enteramos que nos llevaban al estadio de River para un ensayo general de la apertura ultra gimnástica del Mundial. Pero sí me acuerdo que nos hicieron formar en las afueras junto a otros miles de chicas y chicos, y que esa fue la única vez que entré a una cancha de fútbol como si se tratase de un museo británico. Había excitación en el ambiente, como cada vez que hacíamos algo distinto de lo habitual, pero además el marco era magnífico: el Monumental colmado de bote a bote únicamente por jóvenes. Pese a que estábamos “rigurosamente vigilados” (como los famosos trenes checos), esa imagen era algo digno de verse.

Hicimos lo que nos pidieron: cantamos el Himno, aplaudimos como “claque” a las chicas y sus piruetas y, en resumidas cuentas, asistimos a una exhibición bastante más anodina y deslavada de la que luego veríamos por la tele. Todo podría haber seguido así de prolijito y aquietado, de no mediar la voz del locutor anunciando la simulada presencia de los popes de la Dictadura. Lo que siguió fue impensado y único: una formidable silbatina bajó de los cuatro costados del estadio hasta tapar cualquier otro sonido que no fuera el de nuestro rechazo más absoluto. Los silbidos se convirtieron en gritos y en seguida en abucheos, y esa fabulosa descarga sólo amainó por la fuerza de las amenazas que nos dirigieron los preceptores y profesores, amenazados a su vez por los soldados, suboficiales y oficiales que estaban apostados en las salidas de las tribunas. Pero no fue la sangre inyectada en los ojos de las bestias lo que nos hizo callar: el elemento decisivo para que consiguieran el silenciamiento fue que todos estábamos “marcados” de antemano. Y ése fue precisamente el latiguillo que debimos escuchar desde el apresurado cierre del ensayo hasta el regreso al colegio.

La anécdota prácticamente termina allí: las prometidas sanciones no llegaron nunca, acaso porque 24 amonestaciones para 60.000 pibes hubiera sido como levantar la perdiz del grado de repulsa social que cosechaba el régimen en pleno 1978 y a poco de la lavada de cara del Mundial. Como corolorio quisiera señalar que los que allí puteamos a Videla & compañía habíamos sido cuidadosamente escogidos como “lo mejor de cada casa”. Éramos, supuestamente, los virtuosos, los no problemáticos, los más aplicados alumnos de capital y el conurbano. No puedo hablar por mí –que los odié toda la vida–, pero a esas chicas y chicos nadie les preguntó nunca, entre otras muchas cosas, si querían estar cuatro horas parados al sol viendo cómo sus compañeros se descomponían ante la mirada impasible de los representantes del terror. Cuando se hable de lo que la sociedad civil hizo en esos años, también habría que recordar el fenomenal julepe que los milicos se llevaron aquel día de la cancha de River. De otra forma, estaremos cumpliendo con la programación cultural de quienes no quieren que este sea un pueblo libre y feliz: contarnos sólo la parte mala de la historia.

Carlos Semorile



martes, 31 de julio de 2012

Un acto de libertad


Una amiga del secundario me cuenta que los actuales moradores de nuestro Nacional de Vicente López se proponen relevar historias cotidianas del colegio durante la época de la Dictadura. Parece, entonces, que el pasado siempre acecha y que es tarea del presente conjurarlo, darle un orden, hacer un relato. Es lo que sigue a continuación: la narración de un dolor antiguo y un homenaje a quien no supimos, no pudimos, o no quisieron –otros no quisieron– prestarle una mínima esperanza en el porvenir.


Creo que estábamos en tercer año, o sea 1978. A la profesora de literatura ya la conocíamos del curso anterior: buena mina, genuina vocación docente, enamorada de algunos autores que, misterios de la currícula castrense, nos dejaban leer. Hablo de “Relato de un náufrago”, de García Márquez, que es el folletín de un marino mercante que sobrevive diez días en el mar, sin comida ni bebida, luego de un naufragio de la armada colombiana. El tipo se salva y pasa a ser ídolo nacional: lo condecoran, lo besan las reinas de la belleza y, si mal no recuerdo, hasta le dan casa y dinero. Pero en las entregas de su historia, que Gabo va escribiendo y publicando, salta que el buque naufragó porque llevaba demasiadas toneladas de mercancías de contrabando. Escándalo. Le sacan la casa, la pensión, las reinas ya ni lo miran, y vuelve a su mísera vida de antes, pero peor porque ahora está estigmatizado. Pregunto: ¿cómo nos dejaron leer esto los milicos? ¿Acaso creían que ellos eran tan distintos de los corruptos marinos colombianos? ¿O fue una sutileza de la Blaustein, que logró contrabandear a García Márquez para que al menos tuviésemos una idea de lo que nos estábamos perdiendo?

El año anterior, ahora que lo pienso, también nos puso cara a cara con la historia de la mano del “Martín Fierro”. Un embole, dirán algunos. Pero no. La Blaustein nos paseó con maestría por el poema, y entonces ya no era una épica de tiempos idos y gauchos muertos, sino lo que ha sido y será toda la vida: un alegato de la puta madre que lo parió. Un maravilloso y trágico retrato de las injusticias y los heroísmos argentinos. Revisen nomás los autores que han escrito al respecto: Borges, Martínez Estrada, Jauretche, Hernández Arregui, Carlos Astrada, etcétera. La lista es larga y mi sapiencia es corta. Pero, además, la profe nos tiraba data extra sobre el senador José Hernández, sobre su rol como periodista, sobre sus compromisos. De ahí a descubrir que se opuso a la Guerra de la Triple Alianza había un solo paso. Ella, que por obvias razones no nos podía llevar hasta ese conocimiento, al menos nos señalaba el bondi que nos dejaba en la puerta.

Pero un día no se aguantó más. Llegó distinta, no diría que más enérgica que otras veces porque era una persona dinámica, pero tal vez sí más embalada. Pensándolo ahora, supongo que estaba cabreada, algo la había enojado mucho. La clase comenzó con esa tensión en el ambiente. Éramos tan infantiles que creíamos que el mundo se acababa cuando alguien nos decía “saquen una hoja”. Y sin embargo, ella agarró para otro lado y al rato fue volviendo a su verdadera naturaleza. Se dulcificó. Comenzó a hablarnos como nadie que yo recuerde nos habló en todos esos años. Abrió su corazón y nos dijo que no le gustaba la comunidad en la que todos vivíamos, que la oprimía, que soñaba con una sociedad de iguales, sin hambre ni miseria, sin explotadores ni oprimidos, sin importarle que llevase el nombre de socialista, comunista, o cualquier otro. Mientras hablaba, sus propias palabras la iban emocionando. Es fácil ahora entender por qué: en el medio de la más feroz represión, se estaba permitiendo un acto de libertad. Me parece como si la estuviera viendo, buscándonos la rebeldía en los ojos, tratando de encender los espíritus que se mantenían apagados como fuegos del cuaternario. Ella vibraba y nosotros, sus alumnos, callábamos. Con ese silencio cobarde le estábamos diciendo que su sueño nos era ajeno, desconocido y peligroso. La vimos apagarse. El clima se enfrío de nuevo, desapareció la dulzura, y en un último intento nos preguntó directamente si no nos gustaría vivir en una sociedad diferente. Le contestamos con el miedo. Pero no se dio por vencida: “¿En serio ninguno de ustedes sueña en vivir en un mundo más justo?” No se alzó ninguna mano. La profesora Blaustein contuvo sus lágrimas, nos dijo que la decepcionábamos, agarró su cartera, y se marchó mucho antes del timbre. Nos dejó solos con nuestro terror, y esta mala conciencia de no haberle agradecido nunca por haber pensado en nosotros y en lo que nos estábamos perdiendo.


Carlos Semorile

lunes, 30 de julio de 2012

Una mirada que alumbra

Fotografía: gentileza de Fernando García Delgado


Le pido muy especialmente al lector que antes de leer… mire. Que mire atentamente la foto que le estamos presentando. Luego que piense, que reflexione, que busque en el bosque espeso de sus recuerdos. ¿Ha visto este objeto antes? ¿Lo reconoce? ¿Qué cosa es?

La escena que voy a contar sucedió hace unos días en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. El dueño de casa –de una casa en la que estábamos de visita– nos mostró esta maquinita y nos tuvo a los presentes bien ocupados tratando de determinar de qué se trataba. Alguno dijo que probablemente había servido para armar cigarrillos. Otro que servía para cortar boletos. Una voz femenina sugirió que podía ser una suerte de sello. Y así, uno tras otro, cada cual iba arrojando su idea, mientras el dueño de casa sacudía la cabeza, diciendo que no, que no era ni esto ni lo otro. En realidad, él tampoco sabía para qué servía pero ninguna de las versiones lo convencía. No recuerdo ahora cómo fue que la máquina había llegado a sus manos. Unas manos grandotas. Unas manos como sólo he visto en la provincia de Buenos Aires pero sé que las hay también en otros pagos. Unas manos que cuentan historias, esfuerzos, trabajo, hazañas y que, a veces, ofrecen misterios, de la misma manera en que se ofrece un mate. Generosamente. Armando una ronda.

No deja de ser asombroso que tan pocos años (¿o será que fueron muchos?) después de inventada ya no podamos decir con seguridad para qué servía una máquina como la de la foto. ¿Quiénes la usaban? ¿Qué tipo de hombres o mujeres? ¿Para hacer qué? ¿En qué circunstancias? ¿Y cómo era la vida alrededor de esa máquina? ¿Dónde la guardaban? ¿Con qué otros objetos? Me gustaría tener las respuestas. Pero mucho más me gustaría saber en qué piensa el dueño de casa cuando mira esta máquina, cuando la guarda, cuando se la presenta a los invitados con una sonrisa pícara y una mirada que alumbra.


Cándida


PS. El dueño de casa tiene nombre y apellido. Pero tiene tanto nombre y tanto apellido que me acobardo y lo callo (en esta ocasión).

sábado, 21 de julio de 2012

Paka Paka nuestro de cada día


En la medida en que algunos lectores se conectan desde Rusia quizás no esté de más recordar que Paka Paka es un canal de la televisión argentina dirigido a niños de 6 a 12 años, desarrollado por el Ministerio de la Educación.

Extrañamente, es en la televisión –esa “caja boba” como ha dicho el poeta Acho Manzi– donde se está dando una experiencia cultural francamente innovadora. Me atrevería a decir que todas las personas interesadas en temas culturales –no sólo culturales porque éstos nunca son exclusivamente culturales– deberían mirar un poco el Paka Paka nuestro de cada día, tengan o no tengan hijos, nietos, sobrinos, etc. ¿Por qué? Porque quizás haya en ese espacio un camino al que nos podemos remitir para seguir creciendo los que, para bien o para mal, tenemos más de 12 años. La consigna de Paka Paka suena en todo caso a invitación: “El Poder de la Imaginación”.

¿Qué muestra el canal? Por ejemplo, niños que hablan sobre niños a otros niños. Niños que hablan sobre sí mismos, sobre sus vidas, sus sueños, su entorno, sus costumbres sin la mediación de un adulto. Me refiero desde luego a la palabra, a la manera en que se expresa y no a las condiciones de realización de los programas. No a la convocatoria. Los adultos están presentes, pero en muchos programas entre bambalinas, no son los protagonistas. Los protagonistas son los niños y los adultos que los rodean están ahí para permitirles expresarse (es el caso de programas como Autorretratos, Mi Escuela, La Lleva).

¿Sobre qué habla? Por ejemplo, sobre literatura (Biblioteca Infinita). Sobre ciencia (La casa de la ciencia). Sobre historia (Zamba). Sobre artes visuales (Veo veo). Sobre música (Toco con todos). Sobre derechos (segmentos entre los programas). Sobre Buenos Aires, también, sus barrios. Sobre Argentina, en toda su diversidad. Sobre América Latina, en toda su diversidad. Sobre África, Asia, el mundo. No todos los programas son argentinos. Los hay de muchos países y esto tiene que ver con la manera en que trabaja el canal, remito a los lectores interesados al sitio del mismo*. Pero lo que se quiere subrayar es de qué manera Paka Paka involucra al niño en una relación cultural. No se trata o no se trata prioritariamente de entretener al niño. Claramente la mayoría de los programas –con poquitas excepciones e independientemente de que nos guste más éste que tal otro– están dirigidos a niños que se postula creativos. Ejemplo: “Toco con todos” donde se puede aprender a hacer instrumentos de música con (casi) nada y a transformar la boca en instrumento sin decir palabra. Otro ejemplo: Los experimentos de La Casa de la Ciencia. O sea, niños que saben y seguirán sabiendo. Niños que hacen y seguirán haciendo. Niños que tienen su peculiar definición de esto o lo otro.

Hay más. Es raro que la televisión reflexione sobre sí misma. En Paka Paka encontramos también una exasperante gallina que crítica al gallo que se pasa el día viendo televisión y muy especialmente un noticiero (Kikiriki): “¡es la misma porquería de siempre!” grita la gallina y el gallo niega, dice que es “diferente”: “claro, insiste la maldita gallina, ¡vos porque te conformás con poco!”. Eso es lo que no hace Paka Paka y nos invita a lo mismo. A no conformarnos con poco. A eso invita también a nuestros niños. Por eso pienso que si tenemos suerte y voluntad, si Paka Paka (y todo cuanto hace posible este canal) puede seguir desarrollándose, de acá a algunos años la diferencia entre adultos se dará también en esos términos: los que vieron y los que no vieron Paka Paka que se asemeja a “una escuela de todas las cosas”.

Durante varios años la televisión se me presentó como el circo romano. En peor. Porque es una poderosa máquina que banaliza todos los males que aquejan nuestras sociedades, manipula la información, tiende a generar depresión colectiva (las noticias tienen que ser “malas” o no son y si además es posible deformarlas, agravarlas, de manera a que estemos convencidos de que el fin del mundo es para mañana o pasado mañana, mejor), favorece ciertos modelos culturales en detrimento de otros y, más generalmente, vende todo lo que puede ser vendible. Como si esto fuera poco, la televisión nos mantiene sentaditos, ordenaditos y –debe haber algún vinculo– gorditos. Estos aspectos del problema tienen una solución fácil: se apaga. Hay muchas otras maneras de enterarse de lo que pasa fuera de casa. Pero Paka Paka junto a otros canales similares señalan que desde la misma “caja” se puede emprender una suerte de batalla. Esa batalla es cultural. Y es otras cosas más. Habrá que seguir investigando.

Ahora bien. Respecto a la mayoría de los canales que no son Paka Paka ni asimilados… Referirse al poema de Acho Manzi que fue canción. Entre otras cosas dice así. “Dale al electrón… dale al electrón… dale con la lanza… y en el corazón…”

Antonia

*Si le interesa visitar el sitio internet de Paka Paka: busquelo y haga su propio experimento.

"500 años después" (Acho Manzi, J. Cedrón) - Cuarteto Cedrón, 1997