sábado, 29 de septiembre de 2012
viernes, 28 de septiembre de 2012
Carta de Victor Jara
Compartido por Carlos Semorile a quien agradecemos.
De una carta de Víctor a Joan Jara, enviada
desde Londres en 1968:
“Mijita, de repente pienso que vivir en un país
donde tienes todo el mundo en tus manos a través de la noticia, con una
información tan “instructiva” e
“imparcial” es mucho más dañino que vivir en un país como el nuestro,
donde la noticia es manejada por otra nación que domina, pero, por
último donde no sientes, al menos en forma tan apremiante, la inutilidad
de la existencia. Si no, no me explico toda esa juventud drogada y que
se escapa de sí misma hacia cualquier lado para encontrar algo
verdadero, o que se suicidan para encontrar la única verdad de estar
vivo, la muerte. Con todo te colocan como con una estaca contra la
pared: con el hoyo en la yugular de Martin Luther King, con la vista de
la viuda llorando desconsoladamente a su lado; con el bombardeo de Viet
Nam, del hundimiento de un barco donde se salvaron unos pocos, del
estreno de una película de Tony Richardson, del color del rouge que se
usará esta semana o la nueva galleta para el perro. No tienes tiempo de
elegir o meditar tu elección. Si no escoges inmediatamente te quedas
atrás hasta que desapareces, Parece que a nadie le gusta ser uno mismo,
aunque se esté solo. Amorcito, Chile además de estar en manos de los
norteamericanos y de poseer otros defectos, es un lugar donde la tierra
es tierra y el pan es pan; un lugar donde se puede encontrar uno mismo y
encontrar a los demás con compás de verdadera vida, de vida pura,
natural. Ojalá que nunca la “civilicen” como acá. La prefiero así;
bruta, suelta y libre.”
jueves, 27 de septiembre de 2012
La niña de mis ojos
Dejo un poco a lo bruto un testimonio
sobre estos asuntos de cómo se miran los hechos o de las varias lecturas que
puede tener un hecho.
Fue así. Hoy iba de la mano con
mi hija de 6 años por un barrio de Buenos Aires que no es ni el más pobre, ni
el más rico, ni el más esto ni lo otro. Un barrio de arbolitos, pajaritos,
relativamente comercial y que tiene varias ventajas comparativas, como se dice,
entre esas que las cacerolas permanecen por lo general en las cocinas a lo
largo del año. Al llegar a cierta
esquina bastante transitada veo lo siguiente. Nótese que dije “veo”, no
escucho, porque el ruido en esa esquina es muy fuerte. Veo, en la vereda de
enfrente, un hombre con un montón de cajones de frutas desparramadas. Son
frutillas. Y veo a otro hombre con dedo amenazante que se aleja. Sigo mi camino mirando al que se aleja. No
entiendo totalmente la escena pero en algún punto la entiendo y no escucho a mi
hija que se enoja conmigo, pero es que cerca del pelao (es un pelao) hay un
niño y el niño llora y una mujer trata de calmar al hombre. (Horas después me
voy a acordar de Chaplin. Porque es muy llamativo. Pareciera que Chaplin hizo
obra futurista además de todo. Es tal el bullicio de las ciudades que una
escena así puede ser muda hasta el metro de distancia). Bueno, en eso le
explico a mi hija que pareciera que hay un problema pero que viene un policía y
que debe ser para arreglar el asunto (oh… candidez…). El policía viene y saluda
de beso al pelao… Termino de captar la escena y atravieso la calle. Se han
juntado varias personas con gestos típicos de “yo sé”, “yo vi todo”. Tres de
ellas están recogiendo las frutillas. Me arrimo y pregunto si puedo ayudar, me
dicen que sí. Luego otra y otra y otra. De pronto hay un montón de gente
recogiendo frutillas. Entre frutilla y frutilla, me voy enterando. El pelao vende
fruta del lado de allá del kiosco (de periódicos) y se enojó con este de acá
que estaba ofreciendo una promoción de frutillas. Vino y le tiró toda la
mercadería al suelo, toda, todos los cajones que son unos diez, los desparramó.
Una señora dice que fue a hablar con el cana “pero ese cana es un coimero, se
alzó de hombros y me dijo ‘yo no vi nada’, imaginate, como si uno fuera más que
el otro ¡si los dos venden en la calle!... y la calle no es de nadie”. Y cuando
todas las frutillas estuvieron en sus cajones, una vieja preguntó: ¿a cuánto
está el kilo? Y tras ella todas las mujeres preguntaron lo mismo (es un hecho
que eran todas mujeres salvo el vendedor, un hombre bajo, muy delgado, entre 40
y 50 años que no era precisamente un galán).
Mi hija me preguntó luego con la
bolsita de frutillas en la mano si era cierto que la fruta la había tirado un
borracho (es que hubo varias versiones). Le aclaré que no, que no era un
borracho, que era otro vendedor que no quería que… etc. Y la conclusión de esta
hija después de que las circunstancias fueran aclaradas fue la siguiente:
¿qué
buena es la gente, no mamá? Viste cómo todos ayudaron…
Por eso cuento la historia en
este espacio. No por la mano que arrojó. Sino por la que recogió (que no era
una). Y por los ojos.
Cándida
miércoles, 26 de septiembre de 2012
martes, 25 de septiembre de 2012
martes, 18 de septiembre de 2012
Tikitiklip
En la prolongación de la nota publicada sobre Paka Paka durante el mes de julio, les dejamos una muestra de un programa destinado a los niños realizado en Chile por Ojitos Producciones. “Cada videoclip es una pequeña historia en que los decorados y personajes son interpretados por diferentes artesanías tradicionales”. Además de los videos hay libros y otras realizaciones destinadas a niños de diversas edades. Pueden consultar la página: http://www.ojitos.cl/ Otros videos están disponibles.
domingo, 16 de septiembre de 2012
Desde el alma
Desde... Chile, Luisa nos deja esta interpretación de Don Roberto Parra a quien hemos sabido querer... mucho
martes, 11 de septiembre de 2012
Las grandes alamedas
Carlos Semorile
sábado, 8 de septiembre de 2012
miércoles, 22 de agosto de 2012
"Salvemos la política" por Danilo Bahamondes
Hoy se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Danilo Bahamondes ("el Gitano"), quien
tuvo un rol central en la gestación de la Brigada Ramona Parra y –posteriormente–
en la creación y desarrollo de la Brigada
Chacón en Chile. Dejamos para más adelante el homenaje que se merece
y nos limitamos a recordar algunas palabras pronunciadas en los años 90, respecto
a lo que era entonces la coyuntura política chilena. Cualquier parecido con su presente, ya bien iniciado el siglo XXI, no es mera casualidad.
“No estamos llamando a salvar a
los políticos, los políticos ya están desprestigiados. Bueno, salvemos la
política. Porque si la política se sigue desprestigiando, el país, los
ciudadanos, quedan a merced de payasos, saltimbanquis, de animadores de
televisión, de modelos top one; el país queda a merced de populistas, o de alguien
que cante muy bien boleros. Se supone que si un candidato es de la UDI, hay un proyecto político detrás,
un fundamento histórico, que existe incluso detrás de ser de derecha; y el que es
de izquierda, se supone que tiene un fundamento histórico para pensar en otro tipo
de municipio, otro tipo de alcaldía, otro tipo de participación ciudadana en su
comuna. Tiene que haber diferencias para poder elegir bien, y eso hoy no existe”.
Danilo Bahamondes
* Citado en: Palabras escritas en un muro, por Alejandra Sandoval, Ediciones Sur,
Santiago de Chile 2001
domingo, 19 de agosto de 2012
miércoles, 15 de agosto de 2012
"Lo Popular" por Homero Manzi
“Alguna vez,
alguien que sea dueño de fuerzas geniales, tendrá que realizar el ensayo de la
influencia de lo popular en el destino de nuestra América, para recién
entonces, poder tener nosotros la noción admirativa de lo que somos.
Esta pobre
América que tenía su cultura y que estaba realizando, tal vez en dorado
fracaso, su propia historia y a la que, de pronto, iluminados almirantes, reyes
ecuménicos, sabios cardenales, duros guerreros y empecinados catequistas
ordenaron: ¡Cambia tu piel!... ¡Viste esta ropa!... ¡Ama a este Dios!... ¡Danza
esta música!... ¡Vive esta historia!
Nuestra pobre
América que comenzó a correr en una pista desconocida, detrás de metas ajenas,
y cargando quince siglos de desventajas.
Nuestra pobre
América que comenzó a tallar el cuerpo de Cristo cuando ya miles y miles de
manos afiebradas por el arte y por la fe habían perfeccionado la tarea en
experiencias luminosas.
Nuestra pobre
América que comenzó a rezar cuando ya eran prehistoria los viejos testamentos y
cuando los evangelistas habían escrito su mensaje; cuando Homero había
enhebrado su largo rosario de versos y cuando el Dante había cumplido su divino
viaje.
Nuestra pobre
América que comenzó su nueva industria cuando los toneles de Europa estaban
transpasados de olorosos y antiguos alcoholes; cuando los telares estaban
consagrados por las tramas sutiles y asombrosas; cuando la orfebrería podía
enorgullecer su pasado con nombres de excepción; cuando verdaderos magos,
seleccionando maderas con cavidades y barnices, sabían armar instrumentos de
maravillosa sonoridad; cuando la historia estaba llena de guerreros, el alma
llena de místicos, el pensamiento lleno de filósofos, la belleza llena de
artistas, y la ciencia llena de sabios.
Nuestra pobre
América, a la que parecía no corresponderle otro destino que el de la imitación
irredenta.
No podíamos
intentar nada nuestro. Todo estaba bien hecho. Todo estaba insuperablemente
terminado. ¿Para qué nuestra música? ¿Para qué nuestros dioses? ¿Para qué
nuestras telas? ¿Para qué nuestra ciencia?¿Para qué nuestro vino?
Todo lo que
cruzaba el mar era mejor y, cuando no teníamos salvación, apareció lo popular
para salvarnos.
Instinto de
pueblo. Creación de pueblo. Tenacidad de pueblo.
Lo popular no
comparó lo malo con lo bueno. Hacía lo malo y mientras lo hacía creaba el gusto
necesario para no rechazar su propia factura, y, ciegamente, inconcientemente,
estoicamente, prestó su aceptación a lo que surgía de sí mismo y su repudio
heroico a lo que venía desde lejos.
Mientras
tanto, lo antipopular, es decir lo culto, es decir lo perfecto, rechazando todo
lo propio y aceptando lo ajeno, trababa esa esperanza de ser que es el destino
triunfador de América.
Por eso yo,
ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre
Argentino, me he impuesto la tarea de amar todo lo que nace del pueblo, todo lo
que llega del pueblo, todo lo que escucha el pueblo.”
Homero Manzi
Sur (Barrio de Tango). Poesías
para Hombres
Corregidor, 2000
lunes, 6 de agosto de 2012
El ensayo
Siempre es
problemático el tema de los legados, cómo se los transmite, la forma en que se
los recibe, el modo en que en última instancia se los tramita. Respecto de
nuestro paso por la secundaria, coincidente con el inicio y la continuidad de la Dictadura, esa herencia
es lo suficientemente compleja como para admitir dos vertientes: la represiva,
continua y permanente, y la rebelde, esporádica e inesperada, aún para sus
ocasionales protagonistas.
Hubo unos cuantos episodios perversos
en aquel Vicente López opaco y monótono de los años dictatoriales. Uno de ellos
fue el día en que, de sopetón, decidieron cambiarle el nombre al cole. Algún
acuerdo entre bambalinas con el gobierno dominicano hizo que pasásemos a
llamarnos “Juan Pablo Duarte y Diez”, a lo que no podíamos dejar de agregarle
“fundador de la
República Dominicana”, como para hacernos entender. El día de
la imposición del nuevo nombre fue una jornada terrible. Tanto los invitados
-las autoridades de la cancillería del país caribeño-, como los anfitriones -la
militada vernácula-, se tomaron su tiempo para llegar al colegio, y también se
tomaron otro tiempo considerable para cumplir con el puntilloso protocolo. Todo
ese tiempo nos la pasamos en el patio, en estricta formación y bajo la atenta
supervisión de profesoras, preceptores, personal de maestranza… e inclusive
uniformados, que se paseaban entre nosotros con su castrense amor por las
líneas rectas. Fueron horas de estar ahí parados sin comida ni bebida, y sin la
más mínima chance de romper ni la monotonía de las filas, ni el abigarrado
silencio. Y fue justamente ese silencio espeso el que iba a darles un marco
sonoro a las caídas que se fueron
sucediendo cuando las compañeras y compañeros empezaron a desmayarse como
muñecos de un teatro impiadoso. En la sala de profesores se improvisó una
enfermería, y en el suelo del patio iban quedando sugestivos manchones rojos.
Mientras la lipotimia hacía su trabajo, los que íbamos quedando dábamos un paso
al frente y el rito, qué duda cabe, seguía con absoluta normalidad.
Hubo otra ceremonia a
la que algunos tuvimos la dicha de asistir, aunque no estaba escrito que aquel
fuera a ser un día memorable. En principio, porque ni sabíamos para qué se nos
seleccionaba con tanto esmero. Un día se apareció la rectora en el aula y le
pidió a la profesora de turno que señalara a los más responsables, a los
mejores. Se ve que no eran tantos porque la rectora siguió buscando por su
cuenta y riesgo. Traté de desaliñarme a los ojos de esta señora, pero algo me
delató y fui seleccionado para el evento secreto. Tuvimos que dar números de
documentos (como si no los conocieran) y llevar autorizaciones parentales: al
fin y al cabo, se trataba de una actividad extracurricular de excepción. No
recuerdo exactamente en qué momento nos enteramos que nos llevaban al estadio
de River para un ensayo general de la apertura ultra gimnástica del Mundial.
Pero sí me acuerdo que nos hicieron formar en las afueras junto a otros miles
de chicas y chicos, y que esa fue la única vez que entré a una cancha de fútbol
como si se tratase de un museo británico. Había excitación en el ambiente, como
cada vez que hacíamos algo distinto de lo habitual, pero además el marco era magnífico:
el Monumental colmado de bote a bote únicamente por jóvenes. Pese a que
estábamos “rigurosamente vigilados” (como los famosos trenes checos), esa
imagen era algo digno de verse.
Hicimos lo que nos pidieron: cantamos
el Himno, aplaudimos como “claque” a las chicas y sus piruetas y, en resumidas
cuentas, asistimos a una exhibición bastante más anodina y deslavada de la que
luego veríamos por la tele. Todo podría haber seguido así de prolijito y
aquietado, de no mediar la voz del locutor anunciando la simulada presencia de
los popes de la
Dictadura. Lo que siguió fue impensado y único: una
formidable silbatina bajó de los cuatro costados del estadio hasta tapar
cualquier otro sonido que no fuera el de nuestro rechazo más absoluto. Los
silbidos se convirtieron en gritos y en seguida en abucheos, y esa fabulosa
descarga sólo amainó por la fuerza de las amenazas que nos dirigieron los
preceptores y profesores, amenazados a su vez por los soldados, suboficiales y
oficiales que estaban apostados en las salidas de las tribunas. Pero no fue la
sangre inyectada en los ojos de las bestias lo que nos hizo callar: el elemento
decisivo para que consiguieran el silenciamiento fue que todos estábamos
“marcados” de antemano. Y ése fue precisamente el latiguillo que debimos
escuchar desde el apresurado cierre del ensayo hasta el regreso al colegio.
La anécdota prácticamente
termina allí: las prometidas sanciones no llegaron nunca, acaso porque 24
amonestaciones para 60.000 pibes hubiera sido como levantar la perdiz del grado
de repulsa social que cosechaba el régimen en pleno 1978 y a poco de la lavada
de cara del Mundial. Como corolorio quisiera señalar que los que allí puteamos
a Videla & compañía habíamos sido cuidadosamente escogidos como “lo mejor
de cada casa”. Éramos, supuestamente, los virtuosos, los no problemáticos, los
más aplicados alumnos de capital y el conurbano. No puedo hablar por mí –que
los odié toda la vida–, pero a esas chicas y chicos nadie les preguntó nunca,
entre otras muchas cosas, si querían estar cuatro horas parados al sol viendo
cómo sus compañeros se descomponían ante la mirada impasible de los
representantes del terror. Cuando se hable de lo que la sociedad civil hizo en
esos años, también habría que recordar el fenomenal julepe que los milicos se
llevaron aquel día de la cancha de River. De otra forma, estaremos cumpliendo
con la programación cultural de quienes no quieren que este sea un pueblo libre
y feliz: contarnos sólo la parte mala de la historia.
Carlos Semorile
viernes, 3 de agosto de 2012
martes, 31 de julio de 2012
Un acto de libertad
Una amiga del secundario
me cuenta que los actuales moradores de nuestro Nacional de Vicente López se
proponen relevar historias cotidianas del colegio durante la época de la Dictadura. Parece,
entonces, que el pasado siempre acecha y que es tarea del presente conjurarlo,
darle un orden, hacer un relato. Es lo que sigue a continuación: la narración
de un dolor antiguo y un homenaje a quien no supimos, no pudimos, o no
quisieron –otros no quisieron– prestarle una mínima esperanza en el porvenir.
Creo que estábamos en tercer año, o sea 1978. A la profesora de
literatura ya la conocíamos del curso anterior: buena mina, genuina vocación
docente, enamorada de algunos autores que, misterios de la currícula castrense,
nos dejaban leer. Hablo de “Relato de un náufrago”, de García Márquez, que es
el folletín de un marino mercante que sobrevive diez días en el mar, sin comida
ni bebida, luego de un naufragio de la armada colombiana. El tipo se salva y
pasa a ser ídolo nacional: lo condecoran, lo besan las reinas de la belleza y,
si mal no recuerdo, hasta le dan casa y dinero. Pero en las entregas de su
historia, que Gabo va escribiendo y publicando, salta que el buque naufragó
porque llevaba demasiadas toneladas de mercancías de contrabando. Escándalo. Le
sacan la casa, la pensión, las reinas ya ni lo miran, y vuelve a su mísera vida
de antes, pero peor porque ahora está estigmatizado. Pregunto: ¿cómo nos
dejaron leer esto los milicos? ¿Acaso creían que ellos eran tan distintos de
los corruptos marinos colombianos? ¿O fue una sutileza de la Blaustein, que logró contrabandear
a García Márquez para que al menos tuviésemos una idea de lo que nos estábamos
perdiendo?
El año anterior, ahora que lo pienso,
también nos puso cara a cara con la historia de la mano del “Martín Fierro”. Un
embole, dirán algunos. Pero no. La
Blaustein nos paseó con maestría por el poema, y entonces ya
no era una épica de tiempos idos y gauchos muertos, sino lo que ha sido y será
toda la vida: un alegato de la puta madre que lo parió. Un maravilloso y
trágico retrato de las injusticias y los heroísmos argentinos. Revisen nomás
los autores que han escrito al respecto: Borges, Martínez Estrada, Jauretche,
Hernández Arregui, Carlos Astrada, etcétera. La lista es larga y mi sapiencia
es corta. Pero, además, la profe nos tiraba data extra sobre el senador José
Hernández, sobre su rol como periodista, sobre sus compromisos. De ahí a
descubrir que se opuso a la
Guerra de la Triple Alianza había un solo paso. Ella, que por
obvias razones no nos podía llevar hasta ese conocimiento, al menos nos
señalaba el bondi que nos dejaba en la puerta.
Pero un día no se aguantó más. Llegó
distinta, no diría que más enérgica que otras veces porque era una persona
dinámica, pero tal vez sí más embalada. Pensándolo ahora, supongo que estaba
cabreada, algo la había enojado mucho. La clase comenzó con esa tensión en el
ambiente. Éramos tan infantiles que creíamos que el mundo se acababa cuando
alguien nos decía “saquen una hoja”. Y sin embargo, ella agarró para otro lado
y al rato fue volviendo a su verdadera naturaleza. Se dulcificó. Comenzó a
hablarnos como nadie que yo recuerde nos habló en todos esos años. Abrió su
corazón y nos dijo que no le gustaba la comunidad en la que todos vivíamos, que
la oprimía, que soñaba con una sociedad de iguales, sin hambre ni miseria, sin
explotadores ni oprimidos, sin importarle que llevase el nombre de socialista,
comunista, o cualquier otro. Mientras hablaba, sus propias palabras la iban emocionando.
Es fácil ahora entender por qué: en el medio de la más feroz represión, se
estaba permitiendo un acto de libertad. Me parece como si la estuviera viendo,
buscándonos la rebeldía en los ojos, tratando de encender los espíritus que se
mantenían apagados como fuegos del cuaternario. Ella vibraba y nosotros, sus
alumnos, callábamos. Con ese silencio cobarde le estábamos diciendo que su
sueño nos era ajeno, desconocido y peligroso. La vimos apagarse. El clima se
enfrío de nuevo, desapareció la dulzura, y en un último intento nos preguntó
directamente si no nos gustaría vivir en una sociedad diferente. Le contestamos
con el miedo. Pero no se dio por vencida: “¿En serio ninguno de ustedes sueña
en vivir en un mundo más justo?” No se alzó ninguna mano. La profesora
Blaustein contuvo sus lágrimas, nos dijo que la decepcionábamos, agarró su
cartera, y se marchó mucho antes del timbre. Nos dejó solos con nuestro terror,
y esta mala conciencia de no haberle agradecido nunca por haber pensado en
nosotros y en lo que nos estábamos perdiendo.
Carlos Semorile
lunes, 30 de julio de 2012
Una mirada que alumbra
![]() |
| Fotografía: gentileza de Fernando García Delgado |
Le pido muy especialmente al
lector que antes de leer… mire. Que mire atentamente la foto que le estamos
presentando. Luego que piense, que reflexione, que busque en el bosque espeso
de sus recuerdos. ¿Ha visto este objeto antes? ¿Lo reconoce? ¿Qué cosa es?
La escena que voy a contar
sucedió hace unos días en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. El dueño
de casa –de una casa en la que estábamos de visita– nos mostró esta maquinita y
nos tuvo a los presentes bien ocupados tratando de determinar de qué se
trataba. Alguno dijo que probablemente había servido para armar cigarrillos.
Otro que servía para cortar boletos. Una voz femenina sugirió que podía ser una
suerte de sello. Y así, uno tras otro, cada cual iba arrojando su idea,
mientras el dueño de casa sacudía la cabeza, diciendo que no, que no era ni
esto ni lo otro. En realidad, él tampoco sabía para qué servía pero ninguna de
las versiones lo convencía. No recuerdo ahora cómo fue que la máquina había
llegado a sus manos. Unas manos grandotas. Unas manos como sólo he visto en la
provincia de Buenos Aires pero sé que las hay también en otros pagos. Unas
manos que cuentan historias, esfuerzos, trabajo, hazañas y que, a veces,
ofrecen misterios, de la misma manera en que se ofrece un mate. Generosamente.
Armando una ronda.
No deja de ser asombroso que tan
pocos años (¿o será que fueron muchos?) después de inventada ya no podamos
decir con seguridad para qué servía una máquina como la de la foto. ¿Quiénes la
usaban? ¿Qué tipo de hombres o mujeres? ¿Para hacer qué? ¿En qué
circunstancias? ¿Y cómo era la vida alrededor de esa máquina? ¿Dónde la
guardaban? ¿Con qué otros objetos? Me gustaría tener las respuestas. Pero mucho
más me gustaría saber en qué piensa el dueño de casa cuando mira esta máquina,
cuando la guarda, cuando se la presenta a los invitados con una sonrisa pícara
y una mirada que alumbra.
Cándida
PS. El dueño de casa tiene nombre
y apellido. Pero tiene tanto nombre y tanto apellido que me acobardo y lo callo
(en esta ocasión).
sábado, 21 de julio de 2012
Paka Paka nuestro de cada día
En la medida en que algunos
lectores se conectan desde Rusia quizás no esté de más recordar que Paka Paka
es un canal de la televisión argentina dirigido a niños de 6 a 12 años, desarrollado por
el Ministerio de la
Educación.
Extrañamente, es en la televisión
–esa “caja boba” como ha dicho el poeta Acho Manzi– donde se está dando una experiencia cultural francamente innovadora. Me atrevería a decir que todas las personas interesadas en temas
culturales –no sólo culturales porque éstos nunca son exclusivamente culturales–
deberían mirar un poco el Paka Paka nuestro de cada día, tengan o no tengan
hijos, nietos, sobrinos, etc. ¿Por qué? Porque quizás haya en ese espacio un
camino al que nos podemos remitir para seguir creciendo los que, para
bien o para mal, tenemos más de 12 años. La consigna de Paka Paka suena en todo caso a invitación: “El Poder de la Imaginación”.
¿Qué muestra el canal? Por
ejemplo, niños que hablan sobre niños a otros niños. Niños que hablan sobre sí mismos, sobre sus
vidas, sus sueños, su entorno, sus costumbres sin la mediación de un adulto. Me refiero desde luego a la palabra,
a la manera en que se expresa y no a las condiciones de realización de los
programas. No a la convocatoria. Los adultos están presentes, pero en muchos
programas entre bambalinas, no son los protagonistas. Los protagonistas son los
niños y los adultos que los rodean están ahí para permitirles expresarse (es el
caso de programas como Autorretratos, Mi Escuela, La Lleva).
¿Sobre qué habla? Por
ejemplo, sobre literatura (Biblioteca Infinita). Sobre ciencia (La casa de la
ciencia). Sobre historia (Zamba). Sobre artes visuales (Veo veo). Sobre música
(Toco con todos). Sobre derechos (segmentos entre los programas). Sobre Buenos Aires, también, sus barrios. Sobre Argentina, en toda su diversidad. Sobre América
Latina, en toda su diversidad. Sobre África, Asia, el mundo. No todos los programas son argentinos. Los
hay de muchos países y esto tiene que ver con la manera en que trabaja el
canal, remito a los lectores interesados al sitio del mismo*. Pero lo que se
quiere subrayar es de qué manera Paka Paka involucra al niño en una relación
cultural. No se trata o no se trata prioritariamente de entretener al niño. Claramente la mayoría de los programas –con poquitas
excepciones e independientemente de que nos guste más éste que tal otro– están
dirigidos a niños que se postula creativos. Ejemplo: “Toco con todos” donde se
puede aprender a hacer instrumentos de música con (casi) nada y a transformar
la boca en instrumento sin decir palabra. Otro ejemplo: Los
experimentos de La Casa
de la Ciencia. O
sea, niños que saben y seguirán sabiendo. Niños que hacen y seguirán haciendo.
Niños que tienen su peculiar definición de esto o lo otro.
Hay más. Es raro que la televisión
reflexione sobre sí misma. En Paka Paka encontramos también una exasperante
gallina que crítica al gallo que se pasa el día viendo televisión y muy
especialmente un noticiero (Kikiriki): “¡es
la misma porquería de siempre!” grita la gallina y el gallo niega, dice que
es “diferente”: “claro, insiste la maldita gallina, ¡vos porque te conformás con poco!”.
Eso es lo que no hace Paka Paka y nos invita a lo mismo. A no
conformarnos con poco. A eso invita también a nuestros niños. Por eso pienso que si tenemos suerte y voluntad, si Paka Paka (y todo
cuanto hace posible este canal) puede seguir desarrollándose, de acá
a algunos años la diferencia entre adultos se dará también en esos términos:
los que vieron y los que no vieron Paka Paka que se asemeja a “una escuela de
todas las cosas”.
Durante varios años la televisión se me presentó como el circo romano. En peor. Porque
es una poderosa máquina que banaliza todos los males que aquejan nuestras
sociedades, manipula la información, tiende a generar depresión colectiva (las
noticias tienen que ser “malas” o no son y si además es posible deformarlas,
agravarlas, de manera a que estemos convencidos de que el fin del mundo es
para mañana o pasado mañana, mejor), favorece ciertos modelos culturales en detrimento de otros y, más generalmente, vende todo lo que puede ser vendible. Como si esto fuera poco, la televisión
nos mantiene sentaditos, ordenaditos y –debe haber algún vinculo– gorditos.
Estos aspectos del problema tienen una solución fácil: se apaga. Hay muchas
otras maneras de enterarse de lo que pasa fuera de casa.
Pero Paka Paka junto a otros canales similares señalan que desde la misma “caja” se puede emprender una suerte de batalla. Esa batalla es cultural. Y
es otras cosas más. Habrá que seguir investigando.
Ahora bien. Respecto a la mayoría
de los canales que no son Paka Paka ni asimilados… Referirse al poema de Acho
Manzi que fue canción. Entre otras cosas dice así. “Dale al electrón… dale al
electrón… dale con la lanza… y en el corazón…”
Antonia
*Si le interesa visitar el sitio internet de Paka Paka: busquelo y haga su propio experimento.
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