jueves, 1 de noviembre de 2012

La voz humana como instrumento



En 1949 decía D’Arienzo: "A mi modo de ver, el tango es, ante todo, ritmo, nervio, fuerza y carácter. El tango antiguo, el de la guardia vieja, tenía todo eso, y debemos procurar que no lo pierda nunca. Por haberlo olvidado, el tango argentino entró en crisis hace algunos años. Modestia aparte, yo hice todo lo posible para hacerlo resurgir. En mi opinión, una buena parte de culpa de la decadencia del tango correspondió a los cantores. Hubo un momento en que una orquesta típica no era más que un simple pretexto para que se luciera un cantor. Los músicos, incluyendo al director, no eran mas que acompañantes de un divo más o menos popular. Para mi, eso no debe ser. El tango también es música, como ya se ha dicho. Yo agregaría que es esencialmente música. En consecuencia, no puede relegarse a la orquesta que lo interpreta a un lugar secundario para colocar en primer plano al cantor. Al contrario, es para las orquestas y no para los cantores. La voz humana no es, no debe ser otra cosa que un instrumento más dentro de la orquesta. Sacrificárselo todo al cantor, al divo, es un error. Yo reaccioné contra ese error que generó la crisis del tango y puse a la orquesta en primer plano y al cantor en su lugar. Además, traté de restituir al tango su acento varonil, que había ido perdiendo a través de los sucesivos avatares. Le imprimí así en mis interpretaciones el ritmo, el nervio, la fuerza y el carácter que le dieron carta de ciudadanía en el mundo musical y que había ido perdiendo por las razones apuntadas. Por suerte, esa crisis fue transitoria, y hoy ha resurgido el tango, nuestro tango, con la vitalidad de sus mejores tiempos. Mi mayor orgullo es haber contribuido a ese renacimiento de nuestra música popular."

jueves, 18 de octubre de 2012

Infancias clandestinas


Nos disponemos a ver “Infancia clandestina” y mi compañera va preparando una pila de pañuelos descartables, con fundado temor de que no le alcancen. Se trata, valga la paradoja, de una película brillante sobre nuestros años más oscuros. Ya su sólo título me resulta un hallazgo, que luego la cinta refrenda con creces. Es uno de esos relatos que retratan la Historia porque cuenta las historias de muchos que vivieron situaciones similares, y que se acercan a Benjamín Ávila para agradecerle que su film refleje aquellas infancias clandestinas que algunos atravesamos.

¿En qué consiste la clandestinidad para un niño? En principio, y aún sin un marco represivo alrededor, una parte de la niñez consiste en resguardar algunas vivencias de la mirada de los adultos. Pero si esa es la disposición natural de las cosas, la clandestinidad obliga a derribar esta separación entre mayores y niños porque los primeros, en atención a las leyes de la supervivencia, se ven obligados a enterar -y entrenar- a los segundos de y en las modalidades de su mundo. Tarde o temprano, esto iba a pasar, pero la clandestinidad, o a veces la propia militancia de los padres, adelanta los tiempos y el niño se ve compelido a madurar antes de tiempo. ¿Es esto malo en sí mismo? No lo creo, pese a lo que digan los fundamentalistas de la niñez como territorio idílico e incorrupto. El niño, pese a todo, sigue conservando aquellos secretos que los adultos desconocen y que a veces, como bien muestra la película, pueden poner en peligro al conjunto. Fuera de eso, la clandestinidad se entiende tan bien como los colores del semáforo: ha sido explicada amorosamente, y ha sido recibida, desde ya que no con contento, pero sí con una seriedad que no es ajena al universo de los pibes. Uno de los grandes méritos de Benjamín Ávila pasa justamente por aquí: ese botija está integrado al mundo de sus mayores al punto de desear saber más del mismo -no menos, como se podría pensar-, y a la vez busca integrarse entre sus pares (los cuales, ay!, no tienen esa gimnasia de ir y venir atravesando las aduanas entre la niñez y la adultez).

En este punto, puedo sumarme al coro de los agradecidos, porque también fui ese niño que participaba como uno más de las reuniones de los adultos (o que las espiaba o escuchaba cuando no se podía estar). Y también, obvio, anduve haciendo migas entre caras desconocidas. Claro que hay un dolor en ello, pero este no deviene tanto de la clandestinidad -que, insisto, se comprende- como de la pérdida de lo que se ha debido dejar atrás. Sin embargo… en la nueva ciudad, en la escuela ajena, en el barrio nuevo, puede aparecer ese amor inesperado que -lo diremos con una fórmula arriesgada- nos estaba esperando. Digo, pues, que “la gracia” puede alcanzarnos. Y evoco, entonces, a Patricia Flores, chilena, alumna de una escuela tradicional y “momia” de los barrios altos de Santiago, una muy bella niña que compartía conmigo “la engorrosa vida de los tímidos”. La timidez es una suerte de cruelísima clandestinidad, y ambos quedamos absortos en una fascinación entre extraños que no supimos decirnos quiénes éramos en realidad. Te lo digo ahora, dulce Patricia: yo era, como Ernesto, un niño clandestino que te amaba a la distancia como se adoran los amores sin destino.

Carlos Semorile

Poema para un niño que habla con las cosas




(Adolfo Enrique, n. 1/3/55)

En su lenguaje de pequeños gritos,
de claras risas sueltas, porque sí,
como el trino.
De silencios vehementes.
De interjecciones adorables.
Viajando y preguntando con los ojos.
Radiante como el bebé que posara hace años,
¡muchos años!... para el afiche del Jabón Cadum,
que yo vi en las esquinas de un París inefable,
Adolfo Enrique habla con las cosas,
conversa con las flores de la tela estampada,
con sus juguetes diminutos,
con las navizas de un vecino huerto,
con el durazno en flor pintado
por el viejito Chi Pai Shi,
con el duende del techo,
con la dama dormida del sillón
-en la copia del cuadro de Picasso-,
con un hilo de luz, con una sombra
en la pared, y acaso,
con otro niño igual, pero invisible,
que se llama Futuro,
y hacia él va cantando

Llega hasta él cantando
entre veletas y panaderías.
Llega hasta él cantando
entre ferrocarriles, entre buques.
Llega hasta él cantando
entre tabernas, entre multitudes.
Llega hasta él cantando
entre gaviotas, entre florerías.
Llega hasta él cantando     
entre poleas, entre chimeneas.
Llega hasta él cantando
entre retornos, entre despedidas.
Llega hasta él cantando
entre palomas y guitarras.
Llega hasta él cantando
entre gentes que saben porqué viven y mueren.
Llega hasta él cantando
entre gentes que saber porqué ríen y bailan.
¡Llega hasta él cantando!

El verano plural que estalla en el prodigio
de la Argentina, vio nacer su nombre.
Adolfo, por Adolfo Rodríguez, un romántico,
un soñador, un hombre.
Enrique por Enrique, mi hermano, una bandera,
una pasión, un hombre.
El vivo sol de enero vibraba en la vereda.
Y la ilustre León de las ásperas gredas
y el río caudal de la caudal Asturias
y el aire enamorado de morriña y donaire
de las gallegas tierras,
corrieron por los finos canales de su sangre.
Y hacia la noche lo besó la luna.

Toma este mundo Adolfo Enrique, es tuyo.
Te lo presento (“¡Gracias!”). Cuando yo sólo sea
una querida voz que se ha callado,
un plinto vegetal de enredadera,
un nombre en una lápida, quizás obliterado,
un yuyo del sendero,
has de seguir la marcha hacia el Octavo Día.
Cantando, si tu voz quiere ser canto.
Combatiendo, si sigue pelea.
Y después, ya maduro, el mundo nuevo
que ayudaste a forjar, verás alzándose
por sobre las montañas del hierro y el cemento
y la fábricas y las mieses soñadas
y los puentes calientes y los ríos fantásticos.
Cuando vayas al fondo del destino
y un corazón, crecido con pan, esté esperando.

Toma este mundo, es tuyo. Te lo entrego.
El oficio de hombre es bello y duro.
La calle es ancha y larga.
Su frontera, el recuerdo y el olvido.
Sus horizontes, algo que vendrá.
No es puro idilio, no, pero es algo real y mágico.
Digno de ser vivido y defendido
y superado y transformado y andado por caminos de amor hacia la aurora,
en los días risueños y en las tristes jornadas.
Y amado, amado, amado.
Toma este mundo. Te lo doy por nada.
Y pasarán las horas y las horas.
y crecerán tus años. ¡Ay, que ninguna pena
destiña la amapola
celeste de tus venas!
Y un mundo más hermoso, más para ti, más alto,
para ti, pequeñito,
porteño estilizado y compadrito,
pero como si fueras
rebrote de torito,
rebrote de torito de Guisando,
pues tu dulzura devendrá tu fuerza.
Gala de Buenos Aires, flor del día,
gajo triunfal de bien plantada madre:
Esta mujer que tiene algo de árbol,
(la tercera voluntad de hacer de ti,
el capitán de la imaginería,
la madera más noble, el viento más alegre,
perfumado en el sol y la armonía).

Toma este mundo, cuídalo.
Es una cosa seria y es una simple cosa.
Conquístalo, contémplalo, ámalo para siempre,
musical niño mío,
predilecto del pan y de la rosa.

Te lo regalo, es tuyo.
Y te regalo un barco
y te regalo un barco dentro de una botella.
Una bota de vino
que vino del Mesón del Segoviano.
Un farol marinante.
Las golondrinas y las mariposas.
Una sirena anclada en el estante.
La bandalisa de los circos pobres.
La luna en el espejo.
Un mapa, un numeroso y palpitante mapa,
un mapa con las rutas
que siguiera Juancito Caminador, tu viejo.
La Esperanza.
Y una caja de música que traje de la estrella.
Toma este mundo, tómalo. ¡La vida es vasta y bella!
Mira siempre allá lejos, hijo mío… Allá lejos.

Raúl González Tuñón

miércoles, 10 de octubre de 2012

Los Cantores de Ciudad Evita




Se me hace cuento que empezó Ciudad Evita porque la juzgo eterna como las canciones que allí cantaban mis tíos en rondas de amigos  y “compañeros” (los términos son intercambiables), que reían y leían mientras se amaban y pensaban, y discutían metáforas y consignas como modos de hacer que la realidad no fuese indigna ni mezquina. En muchas de las 25.000 casas de “La Ciudad”, las madres de estos muchachos cocinaron política para sus hijos, porque en ese ámbito -la cocina, el lugar donde se pasa más tiempo que en casi ningún otro lugar de la casa-, ellas transmitieron un legado y pusieron a punto el peronismo como “cultura del oprimido”. “Esta circunstancia -escribió alguna vez Gregorio Levenson- se repite en miles de familias. De ellos nuestra memoria rescata a las de Lizzasi, Bettanin, Troxler, Osatinsky, la del autor de este trabajo, Chaves, Cedrón, etc.”. Y el sábado pasado tuve la dicha de juntar a una parte de esta “tribu dispersa”, al Tata Cedrón, de los pagos calamares de Platense, y a algunos de los cantores de la Ciudad Evita: Jorge Marinovich, Coco Alvero, Pepe Miguez. Los de “La Ciudad” cantaron las canciones de mis tíos, Juan Pablo y “Marucho” Maestre, para rescatarlas de un injusto olvido. Pero también interpretaron las de otros muchachos (del Negro Herrera, del Gordo Miguez, y otros que ya no están), y tanto cantaron, y tan bueno, que el Tata preguntó si en aquellos años hacían otra cosa aparte de estar de farra. Luego, él también se sumó al canto y entre todos hicieron un repertorio de zambas, huellas y estilos tan hermosos que motivaron una reflexión colectiva respecto de que esa riqueza es nuestra, y que ella y no otra nos expresa. Hace rato que el Tata viene bregando para que se conozca, se difunda y se valore el capital simbólico que encierra este “sonido criollo”. Pero tales cuestiones, junto con la enjundia que merecen, quedan para otro escrito. Hoy, feriado adelantado, esa “antología bárbara” de la insustituible música argentina, el Tata y sus amigos la llevaron a cabo en la verdulería de José. Pero además, anoche los suramenicanos ganamos Venezuela y quiero pensar, junto a Jorge Marinovich, que Juan Pablo Maestre nos lo dejó escrito en su bella canción: “Un alba lejana, hombro y corazón”.

Carlos Semorile


viernes, 28 de septiembre de 2012

"Lo que más quiero" (Violeta e Isabel Parra)

Carta de Victor Jara


Compartido por Carlos Semorile a quien agradecemos.
 
De una carta de Víctor a Joan Jara, enviada desde Londres en 1968: 

“Mijita, de repente pienso que vivir en un país donde tienes todo el mundo en tus manos a través de la noticia, con una información tan “instructiva” e “imparcial” es mucho más dañino que vivir en un país como el nuestro, donde la noticia es manejada por otra nación que domina, pero, por último donde no sientes, al menos en forma tan apremiante, la inutilidad de la existencia. Si no, no me explico toda esa juventud drogada y que se escapa de sí misma hacia cualquier lado para encontrar algo verdadero, o que se suicidan para encontrar la única verdad de estar vivo, la muerte. Con todo te colocan como con una estaca contra la pared: con el hoyo en la yugular de Martin Luther King, con la vista de la viuda llorando desconsoladamente a su lado; con el bombardeo de Viet Nam, del hundimiento de un barco donde se salvaron unos pocos, del estreno de una película de Tony Richardson, del color del rouge que se usará esta semana o la nueva galleta para el perro. No tienes tiempo de elegir o meditar tu elección. Si no escoges inmediatamente te quedas atrás hasta que desapareces, Parece que a nadie le gusta ser uno mismo, aunque se esté solo. Amorcito, Chile además de estar en manos de los norteamericanos y de poseer otros defectos, es un lugar donde la tierra es tierra y el pan es pan; un lugar donde se puede encontrar uno mismo y encontrar a los demás con compás de verdadera vida, de vida pura, natural. Ojalá que nunca la “civilicen” como acá. La prefiero así; bruta, suelta y libre.”

jueves, 27 de septiembre de 2012

La niña de mis ojos



Dejo un poco a lo bruto un testimonio sobre estos asuntos de cómo se miran los hechos o de las varias lecturas que puede tener un hecho.

Fue así. Hoy iba de la mano con mi hija de 6 años por un barrio de Buenos Aires que no es ni el más pobre, ni el más rico, ni el más esto ni lo otro. Un barrio de arbolitos, pajaritos, relativamente comercial y que tiene varias ventajas comparativas, como se dice, entre esas que las cacerolas permanecen por lo general en las cocinas a lo largo del año.  Al llegar a cierta esquina bastante transitada veo lo siguiente. Nótese que dije “veo”, no escucho, porque el ruido en esa esquina es muy fuerte. Veo, en la vereda de enfrente, un hombre con un montón de cajones de frutas desparramadas. Son frutillas. Y veo a otro hombre con dedo amenazante que se aleja.  Sigo mi camino mirando al que se aleja. No entiendo totalmente la escena pero en algún punto la entiendo y no escucho a mi hija que se enoja conmigo, pero es que cerca del pelao (es un pelao) hay un niño y el niño llora y una mujer trata de calmar al hombre. (Horas después me voy a acordar de Chaplin. Porque es muy llamativo. Pareciera que Chaplin hizo obra futurista además de todo. Es tal el bullicio de las ciudades que una escena así puede ser muda hasta el metro de distancia). Bueno, en eso le explico a mi hija que pareciera que hay un problema pero que viene un policía y que debe ser para arreglar el asunto (oh… candidez…). El policía viene y saluda de beso al pelao… Termino de captar la escena y atravieso la calle. Se han juntado varias personas con gestos típicos de “yo sé”, “yo vi todo”. Tres de ellas están recogiendo las frutillas. Me arrimo y pregunto si puedo ayudar, me dicen que sí. Luego otra y otra y otra. De pronto hay un montón de gente recogiendo frutillas. Entre frutilla y frutilla, me voy enterando. El pelao vende fruta del lado de allá del kiosco (de periódicos) y se enojó con este de acá que estaba ofreciendo una promoción de frutillas. Vino y le tiró toda la mercadería al suelo, toda, todos los cajones que son unos diez, los desparramó. Una señora dice que fue a hablar con el cana “pero ese cana es un coimero, se alzó de hombros y me dijo ‘yo no vi nada’, imaginate, como si uno fuera más que el otro ¡si los dos venden en la calle!... y la calle no es de nadie”. Y cuando todas las frutillas estuvieron en sus cajones, una vieja preguntó: ¿a cuánto está el kilo? Y tras ella todas las mujeres preguntaron lo mismo (es un hecho que eran todas mujeres salvo el vendedor, un hombre bajo, muy delgado, entre 40 y 50 años que no era precisamente un galán).

Mi hija me preguntó luego con la bolsita de frutillas en la mano si era cierto que la fruta la había tirado un borracho (es que hubo varias versiones). Le aclaré que no, que no era un borracho, que era otro vendedor que no quería que… etc. Y la conclusión de esta hija después de que las circunstancias fueran aclaradas fue la siguiente:  

¿qué buena es la gente, no mamá? Viste cómo todos ayudaron…

Por eso cuento la historia en este espacio. No por la mano que arrojó. Sino por la que recogió (que no era una). Y por los ojos.


Cándida

miércoles, 26 de septiembre de 2012

martes, 18 de septiembre de 2012

Tikitiklip

En la prolongación de la nota publicada sobre Paka Paka durante el mes de julio, les dejamos una muestra de un programa destinado a los niños realizado en Chile por Ojitos Producciones. “Cada videoclip es una pequeña historia en que los decorados y personajes son interpretados por diferentes artesanías tradicionales”. Además de los videos hay libros y otras realizaciones destinadas a niños de diversas edades. Pueden consultar la página: http://www.ojitos.cl/ Otros videos están disponibles. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Desde el alma

Desde... Chile, Luisa nos deja esta interpretación de Don Roberto Parra a quien hemos sabido querer... mucho

martes, 11 de septiembre de 2012

Visto en Santiago hoy...


Las grandes alamedas

Hoy es 11 de septiembre y antes de que la tele nos imponga su agenda de camiones hidrantes y jóvenes apaleados en las calles de Santiago, quisiera evocar otras imágenes de aquel pueblo y de su amor en las grandes alamedas. Tampoco en aquellos años de la Unidad Popular era fácil llegar hasta la Moneda. Las marchas debían sortear las emboscadas de los “pijecitos” de Patria y Libertad, sus cadenazos si lograban acercarse, e inclusive algunos disparos a la distancia. Para evitar los católicos predios universitarios y a sus francotiradores confesionales, las multitudes hacían un rodeo de varias cuadras y, aunque resulte inverosímil, mantenían el humor intacto. Con esa misma alegría, las columnas avanzaban hacia la segunda encerrona, avenida arriba, a recibir los huevazos que llovían desde los edificios paquetes. Sólo que esta vez la cosa era menos despareja: los trabajadores, particularmente los mineros, revoleaban piedras como respuesta, y a nuestro paso iba quedando un reguero de ventanales rotos y cogotudos indignados. Siendo apenas un niño, me sentía protegido por la destreza de nuestros “arqueros”, pero todavía más por la franqueza de sus sonrisas aún en el fragor del enfrentamiento. No olvidaré nunca que de las bocas de aquellos hombres rudos salían tantas consignas como piropos, y que las muchachas caminaban envueltas en banderas y requiebros. Luego, la trabajosa llegada a la plaza, el flamear de las banderas, el cántico acompasado y una voz inconfundible que se derrama sobre las conciencias que fueron hasta ahí a escucharla, a escucharse. Parafraseando a Silvio, podría decir que en una sola marcha cabe el mundo, que una sola de aquellas manifestaciones alcanzaba para comprender lo más sustantivo y rescatable del entramado social. Ese desplazarnos en grupos por las calles, como si fuéramos pequeñas aldeas recién amanecidas, aquella ternura en las ayudas necesarias y en cada gesto espontáneo hacia el semejante, la comunicación horizontal sin respetar ni clases ni estamentos, el abrazo de las parejas, los abrazos de los camaradas. Y la gran marea humana de las cosas de todos: los ideales compartidos, la emergencia de un líder, los símbolos del común destino, la fraternidad sobre la tierra y la felicidad en los parques. Los rostros hermanos y el fulgor divino en las miradas. La supremacía del amor. 


Carlos Semorile

miércoles, 22 de agosto de 2012

"Salvemos la política" por Danilo Bahamondes


Hoy se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Danilo Bahamondes ("el Gitano"), quien tuvo un rol central en la gestación de la Brigada Ramona Parra y –posteriormente– en la creación y desarrollo de la Brigada Chacón en Chile. Dejamos para más adelante el homenaje que se merece y nos limitamos a recordar algunas palabras pronunciadas en los años 90, respecto a lo que era entonces la coyuntura política chilena. Cualquier parecido con su presente, ya bien iniciado el siglo XXI,  no es mera casualidad.


“No estamos llamando a salvar a los políticos, los políticos ya están desprestigiados. Bueno, salvemos la política. Porque si la política se sigue desprestigiando, el país, los ciudadanos, quedan a merced de payasos, saltimbanquis, de animadores de televisión, de modelos top one; el país queda a merced de populistas, o de alguien que cante muy bien boleros. Se supone que si un candidato es de la UDI, hay un proyecto político detrás, un fundamento histórico, que existe incluso detrás de ser de derecha; y el que es de izquierda, se supone que tiene un fundamento histórico para pensar en otro tipo de municipio, otro tipo de alcaldía, otro tipo de participación ciudadana en su comuna. Tiene que haber diferencias para poder elegir bien, y eso hoy no existe”.


Danilo Bahamondes



* Citado en: Palabras escritas en un muro, por Alejandra Sandoval, Ediciones Sur, Santiago de Chile 2001

miércoles, 15 de agosto de 2012

"Lo Popular" por Homero Manzi


“Alguna vez, alguien que sea dueño de fuerzas geniales, tendrá que realizar el ensayo de la influencia de lo popular en el destino de nuestra América, para recién entonces, poder tener nosotros la noción admirativa de lo que somos.
Esta pobre América que tenía su cultura y que estaba realizando, tal vez en dorado fracaso, su propia historia y a la que, de pronto, iluminados almirantes, reyes ecuménicos, sabios cardenales, duros guerreros y empecinados catequistas ordenaron: ¡Cambia tu piel!... ¡Viste esta ropa!... ¡Ama a este Dios!... ¡Danza esta música!... ¡Vive esta historia!
Nuestra pobre América que comenzó a correr en una pista desconocida, detrás de metas ajenas, y cargando quince siglos de desventajas.
Nuestra pobre América que comenzó a tallar el cuerpo de Cristo cuando ya miles y miles de manos afiebradas por el arte y por la fe habían perfeccionado la tarea en experiencias luminosas.
Nuestra pobre América que comenzó a rezar cuando ya eran prehistoria los viejos testamentos y cuando los evangelistas habían escrito su mensaje; cuando Homero había enhebrado su largo rosario de versos y cuando el Dante había cumplido su divino viaje.
Nuestra pobre América que comenzó su nueva industria cuando los toneles de Europa estaban transpasados de olorosos y antiguos alcoholes; cuando los telares estaban consagrados por las tramas sutiles y asombrosas; cuando la orfebrería podía enorgullecer su pasado con nombres de excepción; cuando verdaderos magos, seleccionando maderas con cavidades y barnices, sabían armar instrumentos de maravillosa sonoridad; cuando la historia estaba llena de guerreros, el alma llena de místicos, el pensamiento lleno de filósofos, la belleza llena de artistas, y la ciencia llena de sabios.
Nuestra pobre América, a la que parecía no corresponderle otro destino que el de la imitación irredenta.
No podíamos intentar nada nuestro. Todo estaba bien hecho. Todo estaba insuperablemente terminado. ¿Para qué nuestra música? ¿Para qué nuestros dioses? ¿Para qué nuestras telas? ¿Para qué nuestra ciencia?¿Para qué nuestro vino?
Todo lo que cruzaba el mar era mejor y, cuando no teníamos salvación, apareció lo popular para salvarnos.
Instinto de pueblo. Creación de pueblo. Tenacidad de pueblo.
Lo popular no comparó lo malo con lo bueno. Hacía lo malo y mientras lo hacía creaba el gusto necesario para no rechazar su propia factura, y, ciegamente, inconcientemente, estoicamente, prestó su aceptación a lo que surgía de sí mismo y su repudio heroico a lo que venía desde lejos.
Mientras tanto, lo antipopular, es decir lo culto, es decir lo perfecto, rechazando todo lo propio y aceptando lo ajeno, trababa esa esperanza de ser que es el destino triunfador de América.
Por eso yo, ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre Argentino, me he impuesto la tarea de amar todo lo que nace del pueblo, todo lo que llega del pueblo, todo lo que escucha el pueblo.”

Homero Manzi
Sur (Barrio de Tango). Poesías para Hombres
Corregidor, 2000

lunes, 6 de agosto de 2012

El ensayo


 Siempre es problemático el tema de los legados, cómo se los transmite, la forma en que se los recibe, el modo en que en última instancia se los tramita. Respecto de nuestro paso por la secundaria, coincidente con el inicio y la continuidad de la Dictadura, esa herencia es lo suficientemente compleja como para admitir dos vertientes: la represiva, continua y permanente, y la rebelde, esporádica e inesperada, aún para sus ocasionales protagonistas.  


Hubo unos cuantos episodios perversos en aquel Vicente López opaco y monótono de los años dictatoriales. Uno de ellos fue el día en que, de sopetón, decidieron cambiarle el nombre al cole. Algún acuerdo entre bambalinas con el gobierno dominicano hizo que pasásemos a llamarnos “Juan Pablo Duarte y Diez”, a lo que no podíamos dejar de agregarle “fundador de la República Dominicana”, como para hacernos entender. El día de la imposición del nuevo nombre fue una jornada terrible. Tanto los invitados -las autoridades de la cancillería del país caribeño-, como los anfitriones -la militada vernácula-, se tomaron su tiempo para llegar al colegio, y también se tomaron otro tiempo considerable para cumplir con el puntilloso protocolo. Todo ese tiempo nos la pasamos en el patio, en estricta formación y bajo la atenta supervisión de profesoras, preceptores, personal de maestranza… e inclusive uniformados, que se paseaban entre nosotros con su castrense amor por las líneas rectas. Fueron horas de estar ahí parados sin comida ni bebida, y sin la más mínima chance de romper ni la monotonía de las filas, ni el abigarrado silencio. Y fue justamente ese silencio espeso el que iba a darles un marco sonoro a las caídas que se  fueron sucediendo cuando las compañeras y compañeros empezaron a desmayarse como muñecos de un teatro impiadoso. En la sala de profesores se improvisó una enfermería, y en el suelo del patio iban quedando sugestivos manchones rojos. Mientras la lipotimia hacía su trabajo, los que íbamos quedando dábamos un paso al frente y el rito, qué duda cabe, seguía con absoluta normalidad.

Hubo otra ceremonia a la que algunos tuvimos la dicha de asistir, aunque no estaba escrito que aquel fuera a ser un día memorable. En principio, porque ni sabíamos para qué se nos seleccionaba con tanto esmero. Un día se apareció la rectora en el aula y le pidió a la profesora de turno que señalara a los más responsables, a los mejores. Se ve que no eran tantos porque la rectora siguió buscando por su cuenta y riesgo. Traté de desaliñarme a los ojos de esta señora, pero algo me delató y fui seleccionado para el evento secreto. Tuvimos que dar números de documentos (como si no los conocieran) y llevar autorizaciones parentales: al fin y al cabo, se trataba de una actividad extracurricular de excepción. No recuerdo exactamente en qué momento nos enteramos que nos llevaban al estadio de River para un ensayo general de la apertura ultra gimnástica del Mundial. Pero sí me acuerdo que nos hicieron formar en las afueras junto a otros miles de chicas y chicos, y que esa fue la única vez que entré a una cancha de fútbol como si se tratase de un museo británico. Había excitación en el ambiente, como cada vez que hacíamos algo distinto de lo habitual, pero además el marco era magnífico: el Monumental colmado de bote a bote únicamente por jóvenes. Pese a que estábamos “rigurosamente vigilados” (como los famosos trenes checos), esa imagen era algo digno de verse.

Hicimos lo que nos pidieron: cantamos el Himno, aplaudimos como “claque” a las chicas y sus piruetas y, en resumidas cuentas, asistimos a una exhibición bastante más anodina y deslavada de la que luego veríamos por la tele. Todo podría haber seguido así de prolijito y aquietado, de no mediar la voz del locutor anunciando la simulada presencia de los popes de la Dictadura. Lo que siguió fue impensado y único: una formidable silbatina bajó de los cuatro costados del estadio hasta tapar cualquier otro sonido que no fuera el de nuestro rechazo más absoluto. Los silbidos se convirtieron en gritos y en seguida en abucheos, y esa fabulosa descarga sólo amainó por la fuerza de las amenazas que nos dirigieron los preceptores y profesores, amenazados a su vez por los soldados, suboficiales y oficiales que estaban apostados en las salidas de las tribunas. Pero no fue la sangre inyectada en los ojos de las bestias lo que nos hizo callar: el elemento decisivo para que consiguieran el silenciamiento fue que todos estábamos “marcados” de antemano. Y ése fue precisamente el latiguillo que debimos escuchar desde el apresurado cierre del ensayo hasta el regreso al colegio.

La anécdota prácticamente termina allí: las prometidas sanciones no llegaron nunca, acaso porque 24 amonestaciones para 60.000 pibes hubiera sido como levantar la perdiz del grado de repulsa social que cosechaba el régimen en pleno 1978 y a poco de la lavada de cara del Mundial. Como corolorio quisiera señalar que los que allí puteamos a Videla & compañía habíamos sido cuidadosamente escogidos como “lo mejor de cada casa”. Éramos, supuestamente, los virtuosos, los no problemáticos, los más aplicados alumnos de capital y el conurbano. No puedo hablar por mí –que los odié toda la vida–, pero a esas chicas y chicos nadie les preguntó nunca, entre otras muchas cosas, si querían estar cuatro horas parados al sol viendo cómo sus compañeros se descomponían ante la mirada impasible de los representantes del terror. Cuando se hable de lo que la sociedad civil hizo en esos años, también habría que recordar el fenomenal julepe que los milicos se llevaron aquel día de la cancha de River. De otra forma, estaremos cumpliendo con la programación cultural de quienes no quieren que este sea un pueblo libre y feliz: contarnos sólo la parte mala de la historia.

Carlos Semorile