En 1949 decía D’Arienzo: "A mi modo de ver,
el tango es, ante todo, ritmo, nervio, fuerza y carácter. El tango antiguo, el
de la guardia vieja, tenía todo eso, y debemos procurar que no lo pierda nunca.
Por haberlo olvidado, el tango argentino entró en crisis hace algunos años. Modestia
aparte, yo hice todo lo posible para hacerlo resurgir. En mi opinión, una buena
parte de culpa de la decadencia del tango correspondió a los cantores. Hubo un
momento en que una orquesta típica no era más que un simple pretexto para que
se luciera un cantor. Los músicos, incluyendo al director, no eran mas que
acompañantes de un divo más o menos popular. Para mi, eso no debe ser. El tango
también es música, como ya se ha dicho. Yo agregaría que es esencialmente
música. En consecuencia, no puede relegarse a la orquesta que lo interpreta a
un lugar secundario para colocar en primer plano al cantor. Al contrario, es
para las orquestas y no para los cantores. La voz humana no es, no debe ser
otra cosa que un instrumento más dentro de la orquesta. Sacrificárselo todo al
cantor, al divo, es un error. Yo reaccioné contra ese error que generó la
crisis del tango y puse a la orquesta en primer plano y al cantor en su lugar.
Además, traté de restituir al tango su acento varonil, que había ido perdiendo
a través de los sucesivos avatares. Le imprimí así en mis interpretaciones el
ritmo, el nervio, la fuerza y el carácter que le dieron carta de ciudadanía en
el mundo musical y que había ido perdiendo por las razones apuntadas. Por
suerte, esa crisis fue transitoria, y hoy ha resurgido el tango, nuestro tango,
con la vitalidad de sus mejores tiempos. Mi mayor orgullo es haber contribuido
a ese renacimiento de nuestra música popular."
jueves, 1 de noviembre de 2012
jueves, 18 de octubre de 2012
Infancias clandestinas
Nos disponemos a ver “Infancia
clandestina” y mi compañera va preparando una pila de pañuelos descartables,
con fundado temor de que no le alcancen. Se trata, valga la paradoja, de una
película brillante sobre nuestros años más oscuros. Ya su sólo título me
resulta un hallazgo, que luego la cinta refrenda con creces. Es uno de esos
relatos que retratan la
Historia porque cuenta las historias de muchos que vivieron
situaciones similares, y que se acercan a Benjamín Ávila para agradecerle que
su film refleje aquellas infancias clandestinas que algunos atravesamos.
¿En qué consiste la clandestinidad para
un niño? En principio, y aún sin un marco represivo alrededor, una parte de la
niñez consiste en resguardar algunas vivencias de la mirada de los adultos.
Pero si esa es la disposición natural de las cosas, la clandestinidad obliga a
derribar esta separación entre mayores y niños porque los primeros, en atención
a las leyes de la supervivencia, se ven obligados a enterar -y entrenar- a los
segundos de y en las modalidades de su mundo. Tarde o temprano, esto iba a
pasar, pero la clandestinidad, o a veces la propia militancia de los padres,
adelanta los tiempos y el niño se ve compelido a madurar antes de tiempo. ¿Es
esto malo en sí mismo? No lo creo, pese a lo que digan los fundamentalistas de
la niñez como territorio idílico e incorrupto. El niño, pese a todo, sigue
conservando aquellos secretos que los adultos desconocen y que a veces, como
bien muestra la película, pueden poner en peligro al conjunto. Fuera de eso, la
clandestinidad se entiende tan bien como los colores del semáforo: ha sido
explicada amorosamente, y ha sido recibida, desde ya que no con contento, pero
sí con una seriedad que no es ajena al universo de los pibes. Uno de los grandes
méritos de Benjamín Ávila pasa justamente por aquí: ese botija está integrado
al mundo de sus mayores al punto de desear saber más del mismo -no menos, como
se podría pensar-, y a la vez busca integrarse entre sus pares (los cuales,
ay!, no tienen esa gimnasia de ir y venir atravesando las aduanas entre la
niñez y la adultez).
En este punto, puedo sumarme al coro de
los agradecidos, porque también fui ese niño que participaba como uno más de
las reuniones de los adultos (o que las espiaba o escuchaba cuando no se podía
estar). Y también, obvio, anduve haciendo migas entre caras desconocidas. Claro
que hay un dolor en ello, pero este no deviene tanto de la clandestinidad -que,
insisto, se comprende- como de la pérdida de lo que se ha debido dejar atrás. Sin
embargo… en la nueva ciudad, en la escuela ajena, en el barrio nuevo, puede
aparecer ese amor inesperado que -lo diremos con una fórmula arriesgada- nos
estaba esperando. Digo, pues, que “la gracia” puede alcanzarnos. Y evoco,
entonces, a Patricia Flores, chilena, alumna de una escuela tradicional y
“momia” de los barrios altos de Santiago, una muy bella niña que compartía
conmigo “la engorrosa vida de los tímidos”. La timidez es una suerte de cruelísima
clandestinidad, y ambos quedamos absortos en una fascinación entre extraños que
no supimos decirnos quiénes éramos en realidad. Te lo digo ahora, dulce
Patricia: yo era, como Ernesto, un niño clandestino que te amaba a la distancia
como se adoran los amores sin destino.
Carlos Semorile
Poema para un niño que habla con las cosas
(Adolfo Enrique, n.
1/3/55)
En su
lenguaje de pequeños gritos,
de claras
risas sueltas, porque sí,
como el
trino.
De
silencios vehementes.
De
interjecciones adorables.
Viajando y
preguntando con los ojos.
Radiante
como el bebé que posara hace años,
¡muchos
años!... para el afiche del Jabón Cadum,
que yo vi
en las esquinas de un París inefable,
Adolfo
Enrique habla con las cosas,
conversa
con las flores de la tela estampada,
con sus
juguetes diminutos,
con las
navizas de un vecino huerto,
con el
durazno en flor pintado
por el
viejito Chi Pai Shi,
con el
duende del techo,
con la dama
dormida del sillón
-en la
copia del cuadro de Picasso-,
con un hilo
de luz, con una sombra
en la
pared, y acaso,
con otro
niño igual, pero invisible,
que se
llama Futuro,
y hacia él
va cantando
Llega hasta
él cantando
entre
veletas y panaderías.
Llega hasta
él cantando
entre
ferrocarriles, entre buques.
Llega hasta
él cantando
entre
tabernas, entre multitudes.
Llega hasta
él cantando
entre
gaviotas, entre florerías.
Llega hasta
él cantando
entre
poleas, entre chimeneas.
Llega hasta
él cantando
entre
retornos, entre despedidas.
Llega hasta
él cantando
entre
palomas y guitarras.
Llega hasta
él cantando
entre
gentes que saben porqué viven y mueren.
Llega hasta
él cantando
entre
gentes que saber porqué ríen y bailan.
¡Llega
hasta él cantando!
El verano
plural que estalla en el prodigio
de la Argentina, vio nacer su
nombre.
Adolfo, por
Adolfo Rodríguez, un romántico,
un soñador,
un hombre.
Enrique por
Enrique, mi hermano, una bandera,
una pasión,
un hombre.
El vivo sol
de enero vibraba en la vereda.
Y la
ilustre León de las ásperas gredas
y el río
caudal de la caudal Asturias
y el aire
enamorado de morriña y donaire
de las
gallegas tierras,
corrieron
por los finos canales de su sangre.
Y hacia la
noche lo besó la luna.
Toma este
mundo Adolfo Enrique, es tuyo.
Te lo
presento (“¡Gracias!”). Cuando yo sólo sea
una querida
voz que se ha callado,
un plinto
vegetal de enredadera,
un nombre
en una lápida, quizás obliterado,
un yuyo del
sendero,
has de
seguir la marcha hacia el Octavo Día.
Cantando,
si tu voz quiere ser canto.
Combatiendo,
si sigue pelea.
Y después,
ya maduro, el mundo nuevo
que
ayudaste a forjar, verás alzándose
por sobre
las montañas del hierro y el cemento
y la
fábricas y las mieses soñadas
y los
puentes calientes y los ríos fantásticos.
Cuando
vayas al fondo del destino
y un
corazón, crecido con pan, esté esperando.
Toma este
mundo, es tuyo. Te lo entrego.
El oficio
de hombre es bello y duro.
La calle es
ancha y larga.
Su
frontera, el recuerdo y el olvido.
Sus
horizontes, algo que vendrá.
No es puro
idilio, no, pero es algo real y mágico.
Digno de
ser vivido y defendido
y superado
y transformado y andado por caminos de amor hacia la aurora,
en los días
risueños y en las tristes jornadas.
Y amado,
amado, amado.
Toma este
mundo. Te lo doy por nada.
Y pasarán
las horas y las horas.
y crecerán
tus años. ¡Ay, que ninguna pena
destiña la
amapola
celeste de
tus venas!
Y un mundo
más hermoso, más para ti, más alto,
para ti,
pequeñito,
porteño
estilizado y compadrito,
pero como
si fueras
rebrote de
torito,
rebrote de
torito de Guisando,
pues tu
dulzura devendrá tu fuerza.
Gala de
Buenos Aires, flor del día,
gajo triunfal
de bien plantada madre:
Esta mujer
que tiene algo de árbol,
(la tercera
voluntad de hacer de ti,
el capitán
de la imaginería,
la madera
más noble, el viento más alegre,
perfumado
en el sol y la armonía).
Toma este
mundo, cuídalo.
Es una cosa
seria y es una simple cosa.
Conquístalo,
contémplalo, ámalo para siempre,
musical
niño mío,
predilecto
del pan y de la rosa.
Te lo
regalo, es tuyo.
Y te regalo
un barco
y te regalo
un barco dentro de una botella.
Una bota de
vino
que vino
del Mesón del Segoviano.
Un farol
marinante.
Las
golondrinas y las mariposas.
Una sirena
anclada en el estante.
La
bandalisa de los circos pobres.
La luna en
el espejo.
Un mapa, un
numeroso y palpitante mapa,
un mapa con
las rutas
que
siguiera Juancito Caminador, tu viejo.
La Esperanza.
Y una caja
de música que traje de la estrella.
Toma este
mundo, tómalo. ¡La vida es vasta y bella!
Mira
siempre allá lejos, hijo mío… Allá lejos.
Raúl González Tuñón
miércoles, 10 de octubre de 2012
Los Cantores de Ciudad Evita
Se me hace cuento que empezó Ciudad
Evita porque la juzgo eterna como las canciones que allí cantaban mis tíos en
rondas de amigos y “compañeros” (los
términos son intercambiables), que reían y leían mientras se amaban y pensaban,
y discutían metáforas y consignas como modos de hacer que la realidad no fuese
indigna ni mezquina. En muchas de las 25.000 casas de “La Ciudad”, las madres de
estos muchachos cocinaron política para sus hijos, porque en ese ámbito -la cocina, el lugar
donde se pasa más tiempo que en casi ningún otro lugar de la casa-, ellas transmitieron
un legado y pusieron a punto el peronismo como “cultura del oprimido”. “Esta
circunstancia -escribió alguna vez Gregorio Levenson- se repite en miles de
familias. De ellos nuestra memoria rescata a las de Lizzasi, Bettanin, Troxler,
Osatinsky, la del autor de este trabajo, Chaves, Cedrón, etc.”. Y el sábado
pasado tuve la dicha de juntar a una parte de esta “tribu dispersa”, al Tata
Cedrón, de los pagos calamares de Platense, y a algunos de los cantores de la Ciudad Evita: Jorge
Marinovich, Coco Alvero, Pepe Miguez. Los de “La Ciudad” cantaron las
canciones de mis tíos, Juan Pablo y “Marucho” Maestre, para rescatarlas de un
injusto olvido. Pero también interpretaron las de otros muchachos (del Negro
Herrera, del Gordo Miguez, y otros que ya no están), y tanto cantaron, y tan
bueno, que el Tata preguntó si en aquellos años hacían otra cosa aparte de
estar de farra. Luego, él también se sumó al canto y entre todos hicieron un
repertorio de zambas, huellas y estilos tan hermosos que motivaron una
reflexión colectiva respecto de que esa riqueza es nuestra, y que ella y no
otra nos expresa. Hace rato que el Tata viene bregando para que se conozca, se
difunda y se valore el capital simbólico que encierra este “sonido criollo”.
Pero tales cuestiones, junto con la enjundia que merecen, quedan para otro
escrito. Hoy, feriado adelantado, esa “antología bárbara” de la insustituible
música argentina, el Tata y sus amigos la llevaron a cabo en la verdulería de
José. Pero además, anoche los suramenicanos ganamos Venezuela y quiero pensar,
junto a Jorge Marinovich, que Juan Pablo Maestre nos lo dejó escrito en su bella
canción: “Un alba lejana,
hombro y corazón”.
Carlos Semorile
sábado, 29 de septiembre de 2012
viernes, 28 de septiembre de 2012
Carta de Victor Jara
Compartido por Carlos Semorile a quien agradecemos.
De una carta de Víctor a Joan Jara, enviada
desde Londres en 1968:
“Mijita, de repente pienso que vivir en un país
donde tienes todo el mundo en tus manos a través de la noticia, con una
información tan “instructiva” e
“imparcial” es mucho más dañino que vivir en un país como el nuestro,
donde la noticia es manejada por otra nación que domina, pero, por
último donde no sientes, al menos en forma tan apremiante, la inutilidad
de la existencia. Si no, no me explico toda esa juventud drogada y que
se escapa de sí misma hacia cualquier lado para encontrar algo
verdadero, o que se suicidan para encontrar la única verdad de estar
vivo, la muerte. Con todo te colocan como con una estaca contra la
pared: con el hoyo en la yugular de Martin Luther King, con la vista de
la viuda llorando desconsoladamente a su lado; con el bombardeo de Viet
Nam, del hundimiento de un barco donde se salvaron unos pocos, del
estreno de una película de Tony Richardson, del color del rouge que se
usará esta semana o la nueva galleta para el perro. No tienes tiempo de
elegir o meditar tu elección. Si no escoges inmediatamente te quedas
atrás hasta que desapareces, Parece que a nadie le gusta ser uno mismo,
aunque se esté solo. Amorcito, Chile además de estar en manos de los
norteamericanos y de poseer otros defectos, es un lugar donde la tierra
es tierra y el pan es pan; un lugar donde se puede encontrar uno mismo y
encontrar a los demás con compás de verdadera vida, de vida pura,
natural. Ojalá que nunca la “civilicen” como acá. La prefiero así;
bruta, suelta y libre.”
jueves, 27 de septiembre de 2012
La niña de mis ojos
Dejo un poco a lo bruto un testimonio
sobre estos asuntos de cómo se miran los hechos o de las varias lecturas que
puede tener un hecho.
Fue así. Hoy iba de la mano con
mi hija de 6 años por un barrio de Buenos Aires que no es ni el más pobre, ni
el más rico, ni el más esto ni lo otro. Un barrio de arbolitos, pajaritos,
relativamente comercial y que tiene varias ventajas comparativas, como se dice,
entre esas que las cacerolas permanecen por lo general en las cocinas a lo
largo del año. Al llegar a cierta
esquina bastante transitada veo lo siguiente. Nótese que dije “veo”, no
escucho, porque el ruido en esa esquina es muy fuerte. Veo, en la vereda de
enfrente, un hombre con un montón de cajones de frutas desparramadas. Son
frutillas. Y veo a otro hombre con dedo amenazante que se aleja. Sigo mi camino mirando al que se aleja. No
entiendo totalmente la escena pero en algún punto la entiendo y no escucho a mi
hija que se enoja conmigo, pero es que cerca del pelao (es un pelao) hay un
niño y el niño llora y una mujer trata de calmar al hombre. (Horas después me
voy a acordar de Chaplin. Porque es muy llamativo. Pareciera que Chaplin hizo
obra futurista además de todo. Es tal el bullicio de las ciudades que una
escena así puede ser muda hasta el metro de distancia). Bueno, en eso le
explico a mi hija que pareciera que hay un problema pero que viene un policía y
que debe ser para arreglar el asunto (oh… candidez…). El policía viene y saluda
de beso al pelao… Termino de captar la escena y atravieso la calle. Se han
juntado varias personas con gestos típicos de “yo sé”, “yo vi todo”. Tres de
ellas están recogiendo las frutillas. Me arrimo y pregunto si puedo ayudar, me
dicen que sí. Luego otra y otra y otra. De pronto hay un montón de gente
recogiendo frutillas. Entre frutilla y frutilla, me voy enterando. El pelao vende
fruta del lado de allá del kiosco (de periódicos) y se enojó con este de acá
que estaba ofreciendo una promoción de frutillas. Vino y le tiró toda la
mercadería al suelo, toda, todos los cajones que son unos diez, los desparramó.
Una señora dice que fue a hablar con el cana “pero ese cana es un coimero, se
alzó de hombros y me dijo ‘yo no vi nada’, imaginate, como si uno fuera más que
el otro ¡si los dos venden en la calle!... y la calle no es de nadie”. Y cuando
todas las frutillas estuvieron en sus cajones, una vieja preguntó: ¿a cuánto
está el kilo? Y tras ella todas las mujeres preguntaron lo mismo (es un hecho
que eran todas mujeres salvo el vendedor, un hombre bajo, muy delgado, entre 40
y 50 años que no era precisamente un galán).
Mi hija me preguntó luego con la
bolsita de frutillas en la mano si era cierto que la fruta la había tirado un
borracho (es que hubo varias versiones). Le aclaré que no, que no era un
borracho, que era otro vendedor que no quería que… etc. Y la conclusión de esta
hija después de que las circunstancias fueran aclaradas fue la siguiente:
¿qué
buena es la gente, no mamá? Viste cómo todos ayudaron…
Por eso cuento la historia en
este espacio. No por la mano que arrojó. Sino por la que recogió (que no era
una). Y por los ojos.
Cándida
miércoles, 26 de septiembre de 2012
martes, 25 de septiembre de 2012
martes, 18 de septiembre de 2012
Tikitiklip
En la prolongación de la nota publicada sobre Paka Paka durante el mes de julio, les dejamos una muestra de un programa destinado a los niños realizado en Chile por Ojitos Producciones. “Cada videoclip es una pequeña historia en que los decorados y personajes son interpretados por diferentes artesanías tradicionales”. Además de los videos hay libros y otras realizaciones destinadas a niños de diversas edades. Pueden consultar la página: http://www.ojitos.cl/ Otros videos están disponibles.
domingo, 16 de septiembre de 2012
Desde el alma
Desde... Chile, Luisa nos deja esta interpretación de Don Roberto Parra a quien hemos sabido querer... mucho
martes, 11 de septiembre de 2012
Las grandes alamedas
Carlos Semorile
sábado, 8 de septiembre de 2012
miércoles, 22 de agosto de 2012
"Salvemos la política" por Danilo Bahamondes
Hoy se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Danilo Bahamondes ("el Gitano"), quien
tuvo un rol central en la gestación de la Brigada Ramona Parra y –posteriormente–
en la creación y desarrollo de la Brigada
Chacón en Chile. Dejamos para más adelante el homenaje que se merece
y nos limitamos a recordar algunas palabras pronunciadas en los años 90, respecto
a lo que era entonces la coyuntura política chilena. Cualquier parecido con su presente, ya bien iniciado el siglo XXI, no es mera casualidad.
“No estamos llamando a salvar a
los políticos, los políticos ya están desprestigiados. Bueno, salvemos la
política. Porque si la política se sigue desprestigiando, el país, los
ciudadanos, quedan a merced de payasos, saltimbanquis, de animadores de
televisión, de modelos top one; el país queda a merced de populistas, o de alguien
que cante muy bien boleros. Se supone que si un candidato es de la UDI, hay un proyecto político detrás,
un fundamento histórico, que existe incluso detrás de ser de derecha; y el que es
de izquierda, se supone que tiene un fundamento histórico para pensar en otro tipo
de municipio, otro tipo de alcaldía, otro tipo de participación ciudadana en su
comuna. Tiene que haber diferencias para poder elegir bien, y eso hoy no existe”.
Danilo Bahamondes
* Citado en: Palabras escritas en un muro, por Alejandra Sandoval, Ediciones Sur,
Santiago de Chile 2001
domingo, 19 de agosto de 2012
miércoles, 15 de agosto de 2012
"Lo Popular" por Homero Manzi
“Alguna vez,
alguien que sea dueño de fuerzas geniales, tendrá que realizar el ensayo de la
influencia de lo popular en el destino de nuestra América, para recién
entonces, poder tener nosotros la noción admirativa de lo que somos.
Esta pobre
América que tenía su cultura y que estaba realizando, tal vez en dorado
fracaso, su propia historia y a la que, de pronto, iluminados almirantes, reyes
ecuménicos, sabios cardenales, duros guerreros y empecinados catequistas
ordenaron: ¡Cambia tu piel!... ¡Viste esta ropa!... ¡Ama a este Dios!... ¡Danza
esta música!... ¡Vive esta historia!
Nuestra pobre
América que comenzó a correr en una pista desconocida, detrás de metas ajenas,
y cargando quince siglos de desventajas.
Nuestra pobre
América que comenzó a tallar el cuerpo de Cristo cuando ya miles y miles de
manos afiebradas por el arte y por la fe habían perfeccionado la tarea en
experiencias luminosas.
Nuestra pobre
América que comenzó a rezar cuando ya eran prehistoria los viejos testamentos y
cuando los evangelistas habían escrito su mensaje; cuando Homero había
enhebrado su largo rosario de versos y cuando el Dante había cumplido su divino
viaje.
Nuestra pobre
América que comenzó su nueva industria cuando los toneles de Europa estaban
transpasados de olorosos y antiguos alcoholes; cuando los telares estaban
consagrados por las tramas sutiles y asombrosas; cuando la orfebrería podía
enorgullecer su pasado con nombres de excepción; cuando verdaderos magos,
seleccionando maderas con cavidades y barnices, sabían armar instrumentos de
maravillosa sonoridad; cuando la historia estaba llena de guerreros, el alma
llena de místicos, el pensamiento lleno de filósofos, la belleza llena de
artistas, y la ciencia llena de sabios.
Nuestra pobre
América, a la que parecía no corresponderle otro destino que el de la imitación
irredenta.
No podíamos
intentar nada nuestro. Todo estaba bien hecho. Todo estaba insuperablemente
terminado. ¿Para qué nuestra música? ¿Para qué nuestros dioses? ¿Para qué
nuestras telas? ¿Para qué nuestra ciencia?¿Para qué nuestro vino?
Todo lo que
cruzaba el mar era mejor y, cuando no teníamos salvación, apareció lo popular
para salvarnos.
Instinto de
pueblo. Creación de pueblo. Tenacidad de pueblo.
Lo popular no
comparó lo malo con lo bueno. Hacía lo malo y mientras lo hacía creaba el gusto
necesario para no rechazar su propia factura, y, ciegamente, inconcientemente,
estoicamente, prestó su aceptación a lo que surgía de sí mismo y su repudio
heroico a lo que venía desde lejos.
Mientras
tanto, lo antipopular, es decir lo culto, es decir lo perfecto, rechazando todo
lo propio y aceptando lo ajeno, trababa esa esperanza de ser que es el destino
triunfador de América.
Por eso yo,
ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre
Argentino, me he impuesto la tarea de amar todo lo que nace del pueblo, todo lo
que llega del pueblo, todo lo que escucha el pueblo.”
Homero Manzi
Sur (Barrio de Tango). Poesías
para Hombres
Corregidor, 2000
lunes, 6 de agosto de 2012
El ensayo
Siempre es
problemático el tema de los legados, cómo se los transmite, la forma en que se
los recibe, el modo en que en última instancia se los tramita. Respecto de
nuestro paso por la secundaria, coincidente con el inicio y la continuidad de la Dictadura, esa herencia
es lo suficientemente compleja como para admitir dos vertientes: la represiva,
continua y permanente, y la rebelde, esporádica e inesperada, aún para sus
ocasionales protagonistas.
Hubo unos cuantos episodios perversos
en aquel Vicente López opaco y monótono de los años dictatoriales. Uno de ellos
fue el día en que, de sopetón, decidieron cambiarle el nombre al cole. Algún
acuerdo entre bambalinas con el gobierno dominicano hizo que pasásemos a
llamarnos “Juan Pablo Duarte y Diez”, a lo que no podíamos dejar de agregarle
“fundador de la
República Dominicana”, como para hacernos entender. El día de
la imposición del nuevo nombre fue una jornada terrible. Tanto los invitados
-las autoridades de la cancillería del país caribeño-, como los anfitriones -la
militada vernácula-, se tomaron su tiempo para llegar al colegio, y también se
tomaron otro tiempo considerable para cumplir con el puntilloso protocolo. Todo
ese tiempo nos la pasamos en el patio, en estricta formación y bajo la atenta
supervisión de profesoras, preceptores, personal de maestranza… e inclusive
uniformados, que se paseaban entre nosotros con su castrense amor por las
líneas rectas. Fueron horas de estar ahí parados sin comida ni bebida, y sin la
más mínima chance de romper ni la monotonía de las filas, ni el abigarrado
silencio. Y fue justamente ese silencio espeso el que iba a darles un marco
sonoro a las caídas que se fueron
sucediendo cuando las compañeras y compañeros empezaron a desmayarse como
muñecos de un teatro impiadoso. En la sala de profesores se improvisó una
enfermería, y en el suelo del patio iban quedando sugestivos manchones rojos.
Mientras la lipotimia hacía su trabajo, los que íbamos quedando dábamos un paso
al frente y el rito, qué duda cabe, seguía con absoluta normalidad.
Hubo otra ceremonia a
la que algunos tuvimos la dicha de asistir, aunque no estaba escrito que aquel
fuera a ser un día memorable. En principio, porque ni sabíamos para qué se nos
seleccionaba con tanto esmero. Un día se apareció la rectora en el aula y le
pidió a la profesora de turno que señalara a los más responsables, a los
mejores. Se ve que no eran tantos porque la rectora siguió buscando por su
cuenta y riesgo. Traté de desaliñarme a los ojos de esta señora, pero algo me
delató y fui seleccionado para el evento secreto. Tuvimos que dar números de
documentos (como si no los conocieran) y llevar autorizaciones parentales: al
fin y al cabo, se trataba de una actividad extracurricular de excepción. No
recuerdo exactamente en qué momento nos enteramos que nos llevaban al estadio
de River para un ensayo general de la apertura ultra gimnástica del Mundial.
Pero sí me acuerdo que nos hicieron formar en las afueras junto a otros miles
de chicas y chicos, y que esa fue la única vez que entré a una cancha de fútbol
como si se tratase de un museo británico. Había excitación en el ambiente, como
cada vez que hacíamos algo distinto de lo habitual, pero además el marco era magnífico:
el Monumental colmado de bote a bote únicamente por jóvenes. Pese a que
estábamos “rigurosamente vigilados” (como los famosos trenes checos), esa
imagen era algo digno de verse.
Hicimos lo que nos pidieron: cantamos
el Himno, aplaudimos como “claque” a las chicas y sus piruetas y, en resumidas
cuentas, asistimos a una exhibición bastante más anodina y deslavada de la que
luego veríamos por la tele. Todo podría haber seguido así de prolijito y
aquietado, de no mediar la voz del locutor anunciando la simulada presencia de
los popes de la
Dictadura. Lo que siguió fue impensado y único: una
formidable silbatina bajó de los cuatro costados del estadio hasta tapar
cualquier otro sonido que no fuera el de nuestro rechazo más absoluto. Los
silbidos se convirtieron en gritos y en seguida en abucheos, y esa fabulosa
descarga sólo amainó por la fuerza de las amenazas que nos dirigieron los
preceptores y profesores, amenazados a su vez por los soldados, suboficiales y
oficiales que estaban apostados en las salidas de las tribunas. Pero no fue la
sangre inyectada en los ojos de las bestias lo que nos hizo callar: el elemento
decisivo para que consiguieran el silenciamiento fue que todos estábamos
“marcados” de antemano. Y ése fue precisamente el latiguillo que debimos
escuchar desde el apresurado cierre del ensayo hasta el regreso al colegio.
La anécdota prácticamente
termina allí: las prometidas sanciones no llegaron nunca, acaso porque 24
amonestaciones para 60.000 pibes hubiera sido como levantar la perdiz del grado
de repulsa social que cosechaba el régimen en pleno 1978 y a poco de la lavada
de cara del Mundial. Como corolorio quisiera señalar que los que allí puteamos
a Videla & compañía habíamos sido cuidadosamente escogidos como “lo mejor
de cada casa”. Éramos, supuestamente, los virtuosos, los no problemáticos, los
más aplicados alumnos de capital y el conurbano. No puedo hablar por mí –que
los odié toda la vida–, pero a esas chicas y chicos nadie les preguntó nunca,
entre otras muchas cosas, si querían estar cuatro horas parados al sol viendo
cómo sus compañeros se descomponían ante la mirada impasible de los
representantes del terror. Cuando se hable de lo que la sociedad civil hizo en
esos años, también habría que recordar el fenomenal julepe que los milicos se
llevaron aquel día de la cancha de River. De otra forma, estaremos cumpliendo
con la programación cultural de quienes no quieren que este sea un pueblo libre
y feliz: contarnos sólo la parte mala de la historia.
Carlos Semorile
viernes, 3 de agosto de 2012
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