lunes, 18 de mayo de 2015

"Tal vez tenemos tiempo"

Tal vez tenemos tiempo aún
para ser y para ser justos.
De una manera transitoria
ayer se murió la verdad
y aunque lo sabe todo el mundo
todo el mundo lo disimula:
ninguno le ha mandado flores:
ya se murió y no llora nadie.
Tal vez entre olvido y apuro
tendremos la oportunidad
un poco antes del entierro
de nuestra muerte y nuestra vida
para salir de calle en calle,
de mar en mar, de puerto en puerto,
de cordillera en cordillera,
y sobre todo de hombre en hombre,
a preguntar si la matamos
o si la mataron otros,
si fueron nuestros enemigos
o nuestro amor cometió el crimen,
porque ya murió la verdad
y ahora podemos ser justos.
Antes debíamos pelear
con armas de oscuro calibre
y por herirnos olvidamos
para qué estabamos peleando.
Nunca se supo de quién era
la sangre que nos envolvía,
acusábamos sin cesar,
sin cesar fuimos acusados,
ellos sufrieron, y sufrimos,
y cuando ya ganaron ellos
y también ganamos nosotros
había muerto la verdad
de antigüedad o de violencia.
Ahora no hay nada que hacer:
todos perdimos la batalla.
Por eso pienso que tal vez
por fin pudiéramos ser justos
o por fin pudiéramos ser:
tenemos este último minuto
y luego mil años de gloria
para no ser y no volver.
 
Pablo Neruda

jueves, 14 de mayo de 2015

El mundo antes de que yo naciera



Le contaba ayer a un colega, que me había impactado profundamente enterarme que se estaban cumpliendo los 100 años del nacimiento de Orson Welles. Para mí, cuando era chica, él era un personaje del pasado, sin duda. Pero un pasado no tan lejano. O sería que como era una figura reconocida dentro de las aficiones de mi familia (el cine), me parecía que se trataba de alguien en cierto modo vigente, aunque no fuera el jovencito contemporáneo. 

Y esta conversación me hizo comentarle: “cuando yo era joven, él ya era viejo y sin embargo, lo conocía perfectamente. Los chicos de hoy probablemente no tienen idea de quién fue Orson Welles”. Me respondió que hacía un tiempo él había mencionado a un escritor y su compañera de oficina respondió que no sabía quién era porque era anterior a cuando ella había nacido. Y comprobamos ambos cuántas veces hemos estado escuchando ese argumento desde hace algún tiempo. 

“No tengo idea de quién fue Chaplin porque yo no había nacido”. Yo hubiera dicho eso en mi casa a los quince años, probablemente mi madre habría fruncido el ceño y hubiera dicho con un tono aterrador de ironía y reproche: “entonces según tú nadie podría opinar sobre Napoleón”. Pero hoy, conversando y compartiendo con diferentes muchachos, he podido observar que pareciera ser que lo que sucedió antes de que uno naciera puede no solamente olvidarse, sino que legítimamente ni siquiera haberse conocido. 

Y me hace volver a mi constante inquietud: el desplome espiritual del mundo de ayer. De cuando lo ocurrido “antes de que yo naciera “no estaba solamente en un libro de historia. Cuando las épocas pasadas, las películas clásicas, los referentes literarios y los grandes pensadores, eran parte de las sobremesas, de las conversaciones de bohemia junto a una botella de vino con los amigos donde parecía que ellos, Julio César, Rousseau, Stravinsky, también estaban participando de la tertulia. Del mismo modo, los hechos cotidianos se asociaban fácilmente a recuerdos colectivos. Así, mi madre de repente hacía unas conexiones increíbles como que cuando era adolescente daban noticias en el cine antes de la película, y que en una de esas matiné hubo un extra e informaron que se había asesinado a Kennedy, y que ella andaba con su amiga Kinka, y que tenía puesto un vestido con harto ruedo, porque en esos años todavía se usaban los vestidos con ruedo así como los que usaba Nathalie Wood en “Rebelde sin causa”, y que un caballero que estaba sentado adelante solo se había dado vuelta y les había dicho: “disculpen, pero no tengo con quién comentar la noticia. ¡Qué tremendo esto que maten a un Presidente!, ¿no?”.

Asimismo mi padre contaba una vez: “si la presencia inglesa era enorme en Chile, recuerden la Guerra del Pacífico, de hecho mi madre se llamaba Eugenia Victoria, por la reina Victoria, claro, en esos años a muchas niñas se les ponían ese nombre”, y más de alguien hubiera respondido, “así es pues, ScarlettO´Hara también le quería poner a su hija Eugenia Victoria”. Si relatara esta anécdota hoy, sin duda tendría que comenzar por explicar quiénes diantre fueron la reina Victoria y Scarlett O´Hara, y qué tenían que ver con Arturo Prat. Y si rematara agregando que esa moda del nombre duró casi todo el siglo XIX, mis interlocutores pensarían que estoy haciendo una broma. 

Y en medio de todos estos diálogos que rayaban en lo surrealista, crecí yo, divirtiéndome, emocionándome, enriqueciéndome. No quiero tampoco juzgar a quienes viven con los ojos totalmente puestos en el futuro. Quizás son menos angustiados que yo. De hecho, lo son. Tampoco quiero sentir algún grado de superioridad con respecto a los que ven la vida de otra manera. Es sólo que me entristece advertir que, muchas veces, se pierden de un patrimonio humano que me gustaría que también disfrutaran, porque percibo que esta negligencia se debe a la irresponsabilidad y egoísmo de los adultos de mi generación, que vivieron lo mismo que yo, pero que optaron por promover un mundo superfluo en el cual el conocimiento y el saber no tienen importancia. 

Cuando regresamos a Chile –a este transformado Chile– mi padre dio muchas conferencias sobre literatura española, su especialidad. En una ocasión, ante un auditorio de muchachos del colegio jesuita, unos alumnos preguntaron: “¿Por qué no estudiamos más autores chilenos nuevos? ¿Por qué tenemos que leer el Cid, a Lope de Vega, Marianela?” Ante lo cual mi padre, además de sugerirles y animarlos a no tener miedo a los clásicos porque no eran aburridos como parecía, respondió: “porque escribieron en español, nuestro idioma, siglos antes de que existiéramos. ¿No sienten que es una fortuna poder decir que Cervantes también es nuestro?”

Valeria Matus

La Lija - Viene volando el canto mejor

"Vaso `e la historia que va rebalsar
y con esa copa vamos a brindar
¡salú por el siempre, el jamás y el tal vez!
galopando largo, qué lindo va a ser.
Cuando suene el canto mejor
le nacerá al muerto un corazón."


lunes, 4 de mayo de 2015

La ciudad y sus latidos



4. El comercio



La Gran Vía era el nombre de una tienda que vendía principalmente telas. También vendía pijamas, frazadas y ropa escolar como uniformes, calcetines, blusas y delantales. Daba a la calle Ramírez, la principal avenida comercial de Osorno. Existía desde los años 20. Tenía esos amplios mostradores de madera donde se podían desplegar con toda comodidad los géneros para medirlos y apreciarlos en todo su conjunto: la textura, el grosor, los colores, los diseños. Los pesadísimo rollos se ordenaban uno sobre otro en largos estantes que cubrían los muros completos. 

Mi abuela, que tenía la afición de la costura, compró ahí desde que se casó a mediado de los años 40. Los propietarios eran los Anuch, familia árabe que había llegado durante la inmigración a Chile desde Medio Oriente. Todos los hermanos trabajaban en el negocio. Pero a mi abuela siempre la atendía uno de ellos: don Manuel. Un caballero. Con toda la postura y decoro de un caballero. Muchas veces fui con ella y nos atendía con mucha devoción, aprovechando la transacción para conversar, aconsejar una tela u otra, reír un rato, hablar del tiempo, en suma, compartir, esa bendición olvidada. 

Además, mi abuela tenía una cuenta, es decir, una suerte de crédito. En esa época, no existía la tarjeta plástica con códigos de seguridad y todo, pero sí se usaba una libreta donde don Manuel anotaba a mano lo que mi abuela llevaba y luego iba rayando a medida que ella iba cancelando la cuota correspondiente. No existía norma, ni banco, ni ley alguna que pudiera obligar a pagar esa cuenta. El contrato se basaba en la sola confianza y mi abuela nunca dejó de pasar puntualmente cada mes a cumplir con su compromiso. Había incluso hecho a su hijo prometer y jurar sobre todas las cabezas que si ella se moría un día cualquiera, lo primero que él haría sería pasar a La Gran Vía a consultar si había algún saldo pendiente para finiquitarlo.

Cuando mi abuela falleció, tuve la grata sorpresa de encontrarme con don Manuel en los funerales. Me dio un abrazo y dijo: “Se ha ido una gran dama. Es una pena tremenda”. Varios años atrás ya, regresé a Osorno por unas vacaciones (no voy casi nunca desde que partí) y pasé a La Gran Vía. Supuse que no me recordaban porque cuando los visitaba era una muchacha adolescente, entonces me presenté: “Hola, pasé a saludar, soy Valeria, la nieta de la señora Blanquita” (mi abuela se llamaba Blanca, pero siempre le decía “señora Blanquita”). Se produjo una euforia en el lugar. Me acogieron con una enorme sonrisa: “¡Qué gusto verla! ¡Se echa tanto de menos a su abuelita!”. Y seguramente ante mi expresión de interrogante, uno de los hermanos me contó: “Manuel falleció hace dos años. Un accidente. Fue atropellado. Una desgracia. Siempre tuvo buena salud. Podría estar vivo perfectamente”. 

Hace unos breves momentos, me enteré que La Gran Vía cerró. Por una decisión de los herederos, se remató todo y el local fue adquirido por una cadena de tiendas de ésas que se repiten a lo largo de todo Chile. No es la primera situación similar que ocurre en Osorno. Farmacias, librerías, ferreterías que eran parte de la memoria colectiva de muchas familias fueron vendidas y muchos edificios que eran patrimonio arquitectónico quedaron sumidos bajo el anonimato de los letreros luminosos. Recordé con esto también la lenta muerte del antiguo mercado. Era un sitio bellísimo con fruterías, florerías y carnicerías cuyos dueños agonizaron, comercialmente hablando, durante casi 20 años hasta que no pudieron seguir resistiendo a la intrusión de los supermercados. Ese mercado, que tenía la particularidad, a diferencia del común de los mercados, de ser muy luminoso porque contaba al fondo con un gigantesco ventanal, en sus últimos días tenía apariencia de matadero abandonado. 

El comercio se ha vuelto, tal vez injustamente, la instancia más vilipendiada de la actualidad. O quizás no es tan arbitraria su mala prensa. Es el espacio y el tiempo donde la impersonalidad de un sistema despiadado se despliega con todos sus poderes para anular nuestra esencia personal. Pero no siempre fue así. Hubo un momento en que las áreas comerciales no eran sitios enajenantes de histeria y frustración. Existieron dimensiones donde vender no era solo cobrar y comprar no era sólo adquirir. Se iba a buscar algo lindo, compartiendo un intercambio lindo, con solicitud, deferencia. También con cumplimiento. También con afecto. Con una disposición de urbanidad, civilidad, de ánimo atento y honesto hacia el otro. En suma, con humanidad. 

Valeria Matus

Mahoma y la templanza




El secreto de las creencias no radica tanto en su dogmatismo como en la piadosa ternura de algunos creyentes. Mis dos abuelas profesaban la misma fe, sólo que Asunta, mi nona paterna, lo hacía con vehemencia, con cierta beligerancia inclusive. Con esos modos suyos, consiguió que mi padre fuera monaguillo y que su hija mayor incluyese el nombre “María” en el de cada una de sus siete hijas. Llegó a tener una nieta monja que, para colmo de su dicha, fue madre superiora de un colegio religioso. Siendo monaguillo, a mi padre le tocaba asistir al cura en una importante ceremonia pero fue desplazado para que ese rol lo cumpliera el hijo de un notable del pueblo. Que yo sepa, no volvió a comulgar más nunca. Pero sería errado echarle toda la culpa a la curia. Era un científico en todo el sentido del término, y tarde o temprano hubiese colgado los hábitos. Eso sí: sus hijos no podíamos ser ni curas ni milicos.

Sin embargo, se llevaba de maravillas con su sobrina la monja, y solían tener esos diálogos picantes y mordaces que en las películas italianas mantienen  sacerdotes y “rojos”. De hecho, sus otras sobrinas –las hermanas de la madre superiora- militaban en la Fede, y también ellas sentían un apego especial por su tío y mentor ideológico. Inútiles habían resultado los gritos de la hermana de mi padre cada vez que las visitábamos en el pueblo: “Llegaron los comunistas, llegaron los comunistas!!!”. Ante el arribo del demonio, mis primas –entonces niñas- debían encerrarse en los cuartos y no salir hasta nuevo aviso. Mi pobre tía nunca imaginó que algunas de sus “Marías” estarían junto a mi viejo para recibir a Perón en Ezeiza. Recuerdo a la mayor de ellas al regreso de aquella odisea, los mechones desgreñados sobre el poncho montonero. Fue ella y no mi padre quien contó lo cerca que les pasaron las balas. Un milagro.

Con mi otra abuela, la de la fe indulgente y compasiva, mantuve furiosos debates acerca de la religión. Salía apenas de la infancia, y creía yo estar a la altura de esa mujer que, amorosa, se dolía de mi intolerancia. Era, al fin, el hijo del bioquímico, su vástago investido en el materialismo de la ciencia, el que había ido junto a su padre a ver de cerca a Neil Armstrong, de paso por Buenos Aires. ¿A qué creer en paparruchas si el hombre, en su progreso lineal y perpetuo, había caminado en la luna? Pero no advertía que estaba hecho de otra madera, y que la vistosa mecánica del alunizaje no desalojaba de mi corazón el sortilegio de los cuentos sobre ciertas comarcas -Bagdad, Cartago, Nazaret- y los hechos de algunos héroes y profetas. Las discusiones con la bubú Olga no eran sobre doctrinas, sino sobre “la dimensión de lo sagrado, que no es necesariamente lo religioso aunque se superpongan permanentemente”.

Todo esto viene a cuento de una pequeña cruz que compré siguiendo un impulso hace añares en una feria de artesanos y que reencontré hace poco en el fondo de una caja. Allí fue a parar luego del escándalo que mi novia de entonces –estrella de David al cuello– me hiciera por mi humilde crucecita. Ahora que lo pienso, resulta curioso que en nuestras discusiones –que no eran pocas– termináramos apelando a la fábula del profeta Mahoma y la montaña, un relato ni judío ni cristiano que servía para las reconciliaciones. Según ella, yo era la montaña y Mahoma…, bueno, en realidad el tema es quién ponía la templanza. Vuelvo a tocar mi despojada cruz artesanal, y rememoro todos estos diálogos entre creencias, atravesadas por la historia de los hombres que viven sus días en la tierra con un ojo puesto en el cielo de los dioses. Porque  “lo sagrado puede no acontecer, pero es lo que permanentemente esperamos”.

Carlos Semorile

lunes, 6 de abril de 2015

El gesto antiguo



A mi madre le regalaban todas las navidades un traje de baño. Ella sabía a priori lo que iba a encontrar debajo del árbol cada 24 de diciembre. No era sorpresa. Y la razón de este regalo era justificada: los primeros días de enero, la enviaban con su hermano a Maullín, un pequeño pueblo a la orilla de un río, al sur al final de la zona continental chilena, donde un tío abuelo tenía una casa que recibía a los familiares para la temporada estival. Los niños regresaban a su hogar a mediados de marzo justo antes de volver al colegio. 

Esa costumbre se repitió por años sin que nadie se cuestionara jamás la posibilidad de hacer otra cosa. Y debe de haber sido una muy buena decisión porque hasta el día de hoy mi madre recuerda las temporadas en Maullín como las más felices de su vida. Ese pueblo pequeño, perdido, donde la luz eléctrica llegó a mediados de la década del 50, sin semáforo pues había tan poco vehículo que, cuando pasaba uno, todo el mundo salía de su casa para mirar la novedad y donde los únicos panoramas eran ir a bañarse en las mañanas, pasear en el jardín admirando las flores e ir a la plaza al atardecer a conversar.

Ese hábito era uno de los tantos que la familia tenía. La vida estaba agradablemente estructurada en torno a ciclos que se respetaban de la manera más natural. Año nuevo celebrado pero con mesura, el posterior relajo, la vuelta a clases con la compras correspondientes, la pascua del conejo, las tareas, el tejido, las ruedas de póker de los padres, el 18 de septiembre que daba inicio a los chalecos más delgados, los exámenes de fin de año, el árbol navideño, y cerrado 1954, 1955, 1956 y así. A veces, algún matrimonio, bodas de plata, bautizo o evento en particular marcaba alguna distinción. Pero la existencia sucedía en torno a festejos simples: la temporada de espárragos, los aromos en flor, los días más largos. 

Cuando yo era pequeña, la organización era más flexible. El exilio de por sí no facilitaba planificación de largo aliento ya que siempre se estaba a la espera de mudarse. Pero fue posible consolidar algunos hábitos. Como nadie tenía cerca la casa en la playa de los abuelos o de los tíos y no había mucho recurso monetario, los días feriados o bien se iba de visita donde algún amigo que residía en otra ciudad o país o bien era el amigo el que venía a la casa, cosa que se disfrutaba igual porque uno hacía de anfitrión entonces se organizaban muchas salidas entretenidas y se preparaban comidas especiales. Variaba quién y dónde, pero como al final tampoco eran tantos los amigos ni tantos los lugares, ciertas familias y ciertas comarcas terminaron siendo mi propio pueblo chico. La televisión en ese entonces no era tan demoníaca y presentaba una programación diaria, semanal por lo que se podía esperar con entusiasmo el dibujo animado favorito cada miércoles o la hora del cine clásico los viernes por la noche, lo que me dio la oportunidad de conocer la cinematografía completa de Chaplin, de Hitchcock, de Marilyn Monroe. 

Un día llegó la globalización que achicó el planeta. Con ella, también se confundieron los hemisferios porque basta con tomar un avión para saltarse tres estaciones en seis horas. Y en esta fusión de puntos de referencia, sumada quizás a la posibilidad siempre existente al menos en términos virtuales de tener siempre acceso a todo a cualquier hora del día y cualquier día del año, también se fueron las rutinas. Así, se pueden comer frutillas en invierno y se puede ir a la nieve en verano, ver folletines a las tres de la mañana si se está desvelado o escuchar un recital en vivo de madrugada pues la televisión por cable me permite estar en vivo con Londres. También se puede tomar champaña aunque no se esté celebrando nada más que otro día de estado melancólico. Como dicen algunos cuando quieren adelantar su aperitivo a momentos antes del mediodía (el protocolo tradicional sostenía que beber alcohol antes de las doce del día no era de caballeros): “En algún lugar del mundo, ya es hora de tomar un whisky”. 

La rutina hoy produce el mismo terror que le producía a nuestros antepasados ser excomulgados. Pero lo cierto es que para la humanidad, la repetición nunca había sido un problema. Así lo demuestra el folklore en que los mismos ritmos y temas se han escuchado por siglos sin que haya aburrido nunca a ninguna generación, excepto la nuestra, ávida de constantes emociones nuevas. Y no es que la aventura y lo inédito no sean fabulosos. Claro que lo son. Sin embargo, adquieren ese sentido mágico cuando justamente se trata de un evento especial. La esencia de la cotidianeidad no tiene que ver con falta de riqueza, al contrario, es la certeza que las etapas felices no son efímeras como lo indican nuestras actuales verdades absolutas. Es la posibilidad de que ese verano increíble con los primos, ese pan casero al desayuno con los hermanos, esa velada inolvidable con los mejores amigos, esa tarde emocionante esperando Nochebuena, volverá a ser a perpetuidad sin nefastas alteraciones. 

Un joven artista chileno que viajó en busca del sueño americano declaró para un reportaje: “Nueva York es una ciudad fabulosa, extraordinaria, donde todo pasa y todo es posible; pero es una ciudad que te da solamente una oportunidad. Si la pierdes, no habrá otra”. Deduzco que si esa oportunidad se toma y se toma bien, se entra gloriosamente a ese circuito desenfrenado de experiencias únicas. Pero existe otra alternativa, la del mundo de antaño, del gesto antiguo, que consiste en un lugar donde la oportunidad está ahí siempre, cada lunes, cada viernes, cada primavera, cada otoño. El propio Monet, tan único, creador e innovador, se dio cuenta finalmente, en su búsqueda por captar “el momento” por excelencia, que no importaba pintar todos los días el mismo árbol que está en el jardín de la casa, porque al final, nunca es el mismo árbol. Basta que pase una nube y ya cambian todas las formas y todas las tonalidades, por lo tanto, todas las inspiraciones. ¿Puede haber opinión más confiable sobre los días que un sabio en la esencia misma de la luz y los colores?

Valeria Matus

domingo, 5 de abril de 2015

Una carta del Profesor



Lo que sigue es una carta enviada desde París por "El Profe" (miembro fundandor de este blog aunque sumamente reservado) a la Compañía Nacional de Autómatas La  Musaranga como consta en la presentación que sigue. Se la robamos al blog amigo "El Cedroniano" y la compartimos por estos lados porque, sencillamente, se nos da la gana.

Miguel Praino y su viola (visto por La Musaranga)


LA MUSARANGA. Colectivo de arte popular, militancia humana, arte y artesanía "povera", de integración social, etc.

A raíz de un envío postal recibido a fines de enero 2015, portando una serie de grabados representativa de la iconografía musaránguica del Puchero Misterioso, decidí publicar unas líneas de agradecimiento y adhesión a mis queridos y admirados compañeros.

Don Pedro:
Pese a los malos vientos liberales y privatizadores que soplan contra lo que fue cemento y orgullo de la República Francesa: sus Servicios Públicos, cuyo resultado es la degradación de los mismos, el mal funcionamiento, el encarecimiento, todo lo cuál hace que el aumento de conflictos sea notorio, materializándose en un recrudecimiento de la puteada directa, que suplanta la más o menos correcta pero ya antigua discusión por medio de la que se solucionaban los problemas que podían manifestarse.

Uno de los servicios más queridos y respetados fue el Correo y Telecomunicaciones, aquí en Francia PTT,  Postes, Télégraphes et Téléphones. Hoy en día –en gran parte privatizados o mercerizados–  cambió su nombre y es La Poste. El cartero (aquí le postier) era un personaje casi de la familia ya que empezaba a los 18 años a repartir las cartas y se jubilaba a los 60. Conocía las familias, veía nacer los chicos, los veía casarse, la gente lo llamaba por su nombre, y como eran tiempos menos urgentes, en más de una casa hacía parada, cafecito mediante, o más cerca del mediodía un vasito de blanco, mientras se enteraba de los reumatismos de los viejos, los amores de la nena o las peleas matrimoniales o entre vecinos. La vida, ¿no?

Pero el cartero sigue estando, trayendo las cartas, y yo que siempre los miré como portadores de misterio, porque  ¿qué dirán las cartas? ¿qué dramas o alegrías o dolores portará ese sobre cuadrado o rectangular que uno encontrará a la noche, cuando vuelve del trabajo?

Y después está la historia de Juana, la Juana de mi infancia que con sus 18 años estaba perdidamente enamorada del cartero –que tendría 20–  y se escribía cartas todos los días, para poder hablar con él y coquetear dulcemente. Y se casaron...

Y los versos de González Tuñón que dice algo como “yo quisiera abrir toda la correspondencia del mundo por ver si alguien, una sola persona tiene un recuerdo, un solo recuerdo para mí...”

En fin, mi querido Musarango Pedro, todo este espiche para agradecerte la hermosa, entrañable iconografía “musaránguica” del Puchero Misterioso que recibí el viernes pasado. Me hace bien, me reconcilia, me ayuda  a mantener la “ilusión hornera”. Y sobre todo, son muy hermosos los grabados. El Gallo Bataraz, el caballito, el loro, la dulce virgencita, Nelly la grande... Todo, todo grita que se puede, que hay aguante, que el alma, las almas se lo merecen.

Al otro día, sábado, a eso de las 10h00 me fui al jardín a podar un poco el cerco. Es ahí que charlo con los vecinos, con la gente que pasa, que siempre te hace un comentario sobre el frío o la lluvia. Pero en realidad yo esperaba  a la postière, que es una señora  de mucha gentileza y como casi todos los empleados del correo, viene de la Martinica o de la Guadalupe, o sea de las Antillas francesas. Y cuando llegó, con una carta menos agradable que la tuya, ya que era el aviso de lo que me toca pagar de impuestos, le dije “señora, le tengo que agradecer la carta que me trajo ayer”. ¿Y por qué?, me dice. “Y, por lo que traía el sobre, por el placer que me causó”. “Bueno  pero yo no tengo nada que ver, además es mi trabajo”. ¿Cómo que no tiene nada que ver”, le digo, “¿y el sino?, ¿usted nunca pensó que es una mensajera? Como tal trae usted buenas nuevas o malas. Ayer me trajo muy buenas, y por eso, le digo merci beaucoup.” Insistió: “bueno, pero yo no tengo que ver con lo que hay en los sobres que distribuyo...” “Usted no, pero el sino, sí... y la eligió...” Me miró a los ojos, y juro que pasaron en un instante por los suyos destellos de vudú, santerías, Orishas, y otros candomblés... Entonces riéndose, me dijo “para hablar de estas cosas es mejor hacerlo delante de una botella de rhum...” Y se fue a continuar con su reparto.

Bueno, Don Pedro, seguramente me daré una vuelta por allá en marzo o abril ya que me está haciendo falta. Me están haciendo falta.

Un abrazo fraterno para vos y para todos los compañeros y compañeras de la Musaranga, La Gloriosa.

Sábado, 04/04/2015     El Profe

lunes, 23 de marzo de 2015

Postdata(s) a propósito de la crisis del fútbol argentino vista por un inglés

En el interés de trasparencia, debería de añadir que traté de ir a ver River-Godoy Cruz con más o menos los mismos resultados como tuve en Boca; fracaso y rechazo total. Nadie me puede convencer que por un partido contra un pinche club de Mendoza, si visitantes, no tenia lugar por un pequeño británico! En vez de eso, muy fue a ver la exposición Manu Chao en el Haroldo Conti del ESMA- ya.
Andando, el taxista, hincha de River quien andaba escuchando el match en la radio, me dijo "a usted o a mi nos van a registrar, pero no paran a la barra brava.  Hay demasiado plata atrás.  Es crimen organizado que la policia no enfrenta".

Una solución: partidos con público solo femenina.

***

"Ya saben lo aburrido de los aereopuertos, pero parece que no tanto. Alli estoy en Ezeiza, dos horas antes de mi vuelo British a Londres.  Paso seguridad donde la policia pregunta el motivo del viaje- soy britanico pues se me puede tomar por Argentino fácilmente. Pues, que soy britanico y vivo en Londres—ah perdon, perdon
 
Y despues por el control migratorio, pasaportes, y larga cola mientres toman huellas de pulgada (en todo la historia se ha pescado algun criminal en estes controles?).  Vuelvo mas y mas irritado por el tipo grande detras mio quien grita en su cellular como si no tenia nada de amplificacion.  “ pues alli estas con el, con Carlos Bianchi?’ dice a su interlocutor- pues si, en el salon de Aerolineas.  Me doy la vuelta y imterrumpo su conversacion; el director tecnico?  El hombre grande se asusto un poco pero hace senal que si.
 
Despues del control charlamos un poco -es de Boca, pero va rumbo a Nice para una conferencia- es cardiologo. Mi amigo en el VIP dice que esta con el y voy a ver si entro para tener un selfie con el. Me haces el favor, le haces firmar mi pase a bordo  y yo espero afuera?  Si, como no. Pues en vez de ir al salon que British comparte con American, espero fuera del salon Aerolineas como un tifoso en la cancha de entrenamento, con lapiz y papel.
 
Pues alli estoy fuera del salon vip del AA esperando, y finalmente sale y toma el papel y lapiz como un profesional. Digo de manera muy nervioso algo sobre firmar.  Me compongo, y le pregunto si gano la Libertadores en 2004 con Tevez y Delgado.  No, no, fue en 2003, diculpe, discupe, mientra la companera/mujer con el se pone a reir- usted esta muy informado.
 
No resisto, y como puede ser que Tevez no fue covocado para el mundial?  Se mostro muy diplomatico, el hombre- no se, quizas tenia un problema con el director tecnico. Muchas gracias, y buen viaje
 
Asi termino mi pelegrinage de futbol en Argentina, el circulo completado.
Me voy llorando del pais, pero llevo conmigo la firma de Carlos Bianchi….."

 John Rhys Bevan

viernes, 20 de marzo de 2015

Un inglés frente a la crisis del fútbol argentino



Hay algo incongruo en empezar un peregrinaje a la Bombonera en medio de las boutiques de lujo de la avenida Santa Fe. Aún para un veterano con 50 años de canchas inglesas, incluidos los momentos más difíciles, le provoca cierta trepidación el mero nombre del estadio de Boca.

Dos horas antes del partido, a las cuatro de la tarde, subí al bus 152 a nivel de Callao y antes de recorrer cuatro cuadras, el colectivo que me llevaba además junto a dos jóvenes mujeres vestidas de Boca ya unos quince civiles inocentes, fue parado por un grupo de siete hombres, con uniformes negros, sin identificación ninguna, pero con bastones/porras y sus miradas feas, quienes nos rodearon en silencio por varios minutos. No pasó nada, pero sí cambió el ambiente. Y en eso un oficial de los colectivos le gritó al chofer de cambiar la ruta, seguramente por problemas de circulación generados como siempre por partidos en la capital. Aproveché para lanzar el diálogo con las dos de Boca con un “¿van siempre a la cancha, verdad?” Al confirmarlo, les pedí consejo de cómo conseguir una entrada, confiado que no habría tanta gente con ganas de ver un partido contra Defensa y Justicia, nombre que sugiere un equipo de burócratas de los ministerios respectivos a mi oído extranjero.

Con evidente orgullo, sacaron sus cartas de socio: algo parecido a una tarjeta de crédito con foto, para ellas, evidentemente de mayor relevancia que su proprio DNI. “Sin la tarjeta de socio o activo, nadie entra en la cancha de Boca”. ‘Pues ¿qué hago?’. “Primero, no compres ningún ‘entrada’ a los jóvenes que rodean el estadio. Son todas truchas”. Otra palabra aprendida. “Segundo”, y me miró, yo de 1m80, blanco, jubilado, “en tu lugar, lo mejor es pagarle a un policía”, todo dicho con una seriedad de uno que sabe que su consejo es el único correcto. Según ellas, son 70 mil socios y cien mil ‘activos’, ¡saber la diferencia! Mi optimismo bajó.

Y tenían toda la razón. La Bombonera es como Alcatraz al revés, ni te acercas sin tarjeta de ‘socio’ o ‘activo’. Y lo garantizan suficiente fuerzas del orden para parar una insurgencia generalizada.

Esto iba a ser mi quinto partido en mi vacación en Argentina de un mes –mi visita anterior fue para la Copa América de 2011. Y mi desafío era de visitar 10 canchas de BsAs, llegando a todos en colectivo, con mi tarjeta mágica SUBE.

El día de mi llegada, después del vuelo de 14 horas desde Londres, me fue en colectivo de Palermo a Liniers para el Vélez-Crucero del Norte. A pesar de los carriles centrales dedicados a los colectivos, el colectivo tarde bastante entre Palermo y Liniers. Paso rapido para mi ya que iba tratando de calcular si es que hay una relacion entre Juan B Justo y la cancion de Chuck Berry, Johnny Be Good. Ahora debería de declarar que soy hincha de Sunderland, no el club social-milonga del norte de Buenos Aires, sino el club de fútbol medio anti-social del norte de Inglaterra que esta semana pusieron su director técnico, el uruguayo Poyet, a la puerta. Tuve que ir a Vélez ya que un amigo de escuela cerca de Sunderland se llama Ernie Sarsfield. Al empezar el partido veo uno pasar, sorpresa, en camiseta de Inter de Milano, azul negro. Cuando le veo desde atrás veo escrito RICKY, alusión obvia a Ricky Álvarez, ex de Vélez prestado desde septiembre de Inter a Sunderland!!! Todo eso me da rabia pensar que hay quienes dicen que hoy en día no hay nostalgia en el fútbol.

Dos días antes mi fracasada visita a Boca, había ido calmamente a Racing contra Colon y me impresionaron tres cosas, además del talento del equipo que después aprendí faltaba casi todos los titulares; uno, no solamente todas las calles de Avellaneda parecen un festival del chorizo, pero adentro del estadio hay un parrilla-al carbón. Ustedes ni pueden imaginar los perros ‘calientes’ que sufrimos en Inglaterra. Secundo, los baños no llevan H y M sino ‘académicos’ y ‘académicas’. Tercero, ¡el estadio estaba lleno de mujeres y niños! Mi muestra no es muy científica –estaba yo en la platea a 400 pesos pero de los dos o tres miles en mi sección, todos pareciendo de orígenes medio humildes, diría que los hombres eran minoridad, o por lo menos el porcentaje de mujeres superaba de mucho el del parlamento británico. No habían grupos de hombres, sino parejas con sus hijos, o hasta hombres llevando bebes. Abajo de la platea, entre la cancha y el gran público dado que la Academia es circular, hay un área plana en forma de D que queda vacía por la mala perspectiva hacia el partido debido al hecho que está al nivel del césped. Mirando abajo en el secundo tiempo, veo que en este espacio vago jugaban a fútbol unos veinte niños y niñas, por lo que pude ver entre 3 y 6 años. En breve, ir al estadio parecía una cuadra de Renoir, grupos familiares en contexto bucólico, todo en orden, todo como debe de ser en el mundo.

Pero otra cosa que me llamó la atención es que yo era más o meno el único del público sin la camiseta de Racing, hombres, mujeres, viejos y niños. No se puede no notar el estilo/elegancia con que las mujeres llevan su camisetas, anudadas como en la playa, y todos visten su camiseta Racing como si fuera un desfile de moda. Esto pensamiento me vino como inconsciente, no lo pensaba de una manera pensada. Pero en un momento como me desperté; estaba mirando un grupo de hombres en camiseta de Racing y me vino’ la pregunta, ¿por qué están vestidos de mujer, estés tipos? A tal punto las mujeres están acaparándose de las canchas, por lo meno en las secciones menos baratos.

Por cierto que hay muchas medidas de seguridad, incluso la exclusión de hincha visitante, registro para sacar pirotécnicos etc. etc. Y mi base de investigación, taxistas, meseros y gente suelta, me asegura que la barra brava solo puede existir por la complicidad de los dueños de los clubes y tienen un aspecto de crimen organizado, cobrando/extorsionando a los vendedores alrededor de los estadios. Por cierto, mi experiencia con las barras bravas queda lejos de completa –y quizás tuve yo suerte– pero lo más seguro es que se utilice las maldades de unos pocos para condenar a toda la hincha.

Pero esta es una de las grandes contradicciones; la mayoría de los argentinos creen que los estadios son lugares de violencia, crimen, peligro, poblados de desempleados y gentes por lo menos dudosas. Mi experiencia en cuatro equipos en zonas relativamente populares (Liniers, Lanús, Avellaneda y Parque Patricios) es que el ir a la cancha es una actividad social y familiar, un espacio donde todos tienen los mismos derechos de gozar, insultar sus jugadores, discrepar con sus vecinos sobre los porqués misteriosos de este juego que uno puede estudiar pero nunca entender completamente. En fin, uno de los pocos espacios de verdadero estado de derecho donde todos son iguales frente al deporte/la ley.

Hablando de ley... el día de mi llegada a BsAs vi que jugaba Huracán. Siempre he querido ir al estadio de Parque Patricios desde que vi El Secreto en Sus Ojos y leí que la parte de la cancha era filmado allí, con sus escaleras/pasillos de falso mármol y su cara de art deco como recuerdo de otra época donde las fantasías, por lo menos arquitectónicas, eran pagables. Minutos antes de salir por el estadio, aprendí que el partido era ‘sin publico’, una suspensión por el abuso de pirotécnicos o no sé qué.

Pero tres días después me doy cuenta que Huracán si juega y esta vez si con público, contra unos venezolanos en Copa Libertadores. Vale. Camino a San Telmo y de allí a Parque Patricios pero antes de llegar al estadio, cacheo de la policía. Iba bien pero no me dan paso porque no tengo entrada. Y la boletería está a 10 cuadras. Me resigno, pero antes de irme veo un tipo dando fuertes instrucciones a automovilistas acercándose demasiado al estadio y le pido confirmación de la ubicación de la boletería. “Si” me dice, “pero hoy no venden, por la suspensión”. Con cara larga le explico que vengo de lejos. “Esperase acá”. En dos minutos vuelva y me da una entrada. “¿Cuanto le debo?” “Invitación de Huracán”. Y en platea, detrás de la bancada de suplentes. Que ángel. Durante el partido lo veo de nuevo, esta vez dando instrucciones dentro del publico—conclusión, policía en civil, pero obviamente de los buenos.

 Otra gran contradicción es que todos dicen que el fútbol en el país deteriora, sobre todo por la venta de los mejores jugadores a Europa y hasta el Golfo y China. Y cada vez se van más y más joven. Lógicamente tiene que ser cierto, pero igual la calidad que he visto me convence que esta es una de las grandes ligas, y el entusiasmo de la gente en el estadio tiende a confirmármelo.

Pero mi gran preocupación es que la liga es de treinta clubes y no de a veinte como en otros países. Algunos dicen que es para proteger Boca de un posible descenso, otros que no se quiere repetir la experiencia del descenso de River. (En Boca compré una ramera con los escudos de River, San Lorenzo, Independiente y Racing, cada uno con el año de su descenso respectivo y con la lema “Esas Manchas No Las Borran Nunca Mas”, todo en mayúsculas. Quiero al fútbol en gran parte por el sentido de humor, popular, del hincha). Inevitablemente, tener 30 equipos diluye la calidad de la liga y hay muchos partidos con poco en juego, perdidos y ganados de antemano, donde nadie se da la pena de apostar. Clubes nombrados por compañías de colectivos (Crucero del Norte) o, supongo, por una novia, como Rafaela (aun si uno me dijo que es por la ciudad en Santa Fe!).

Más que nada quiero al fútbol por los debates, donde nadie pierde porque todas las perspectivas son validas (¡delante la ley del deporte!), aún los mas extremos y los mas evidentemente falsas.  Mi mejor discusión de este mes fue en las cataratas de Iguazú, donde menos la esperaba. Me encontré con una familia de Córdoba y, como siempre en Argentina, los formalismos de los primeros encuentros se dan por acabados cuando surge, ineluctablemente, la pregunta “¿y con quien hinchas vos?” La respuesta del hijo de la familia de unos 12 años fue “Talleres”. Cómo es el nombre completo, le pregunto. “Club Atlético Talleres de Córdoba” responde con un ritmo y insistencia de quien habla con una persona de poca educación o que ya era un poco viejo para discusiones serias. Y por qué Talleres, le pregunto. Responde con las espaldas. No sé, tampoco, le digo, pero tengo una teoría. Para mí puede ser por los talleres de ferrocarril que crearon los gales y los escoses (para evitar la otra discusión inevitable) quienes fueron los que introdujeron el fútbol acá. Unos momentos de silencio y concentración. Su mirada me dejó claro que no podría quedar sin desafío una teoría tan ridícula, y de cualquier modo, quién era este viejo venido de un Reinado a pronunciarse sobre el deporte de los argentinos. “Yo no creo” me dice. Y cuatro, cinco segundos después, “Puede ser que viene de tallarines”. Con una actitud tal, este niño tiene futuro y no puede fracasar.

El fútbol argentino está en buenos manos, o como me dijo uno, lo seria “si no fuera por los dueños de los clubes y la AFA”

Crisis, ¿qué crisis?

Libérense de los mitos sobre la cancha, la hincha y los peligros. Me hace acordar al reinado de la Thatcher quien, entre otras cosas, odiaba tanto el fútbol como los trenes, los dos por la presencia de la clase obrera. Cada incidente fue utilizado no por mejorar la seguridad en los estadios, un derecho para todos, si no más por maldecir a la clase trabajadora y sus placeres/goces.

Muchas medidas contra el crimen y violencia en los estadios son importantísimas, pero son también básicas para cualquier país que se quiere civilizado. Y no hay que olvidar que estas violencias no empiezan en los estadios, son importadas del contexto social de pobreza, alienación y desempleo. Arréglense esas cosas y no tendrán más problemas en los estadios. Y por lo que veo, los problemas que hay son enormemente exagerados y en términos porcentuales, ¡me imagino que los niveles de crimen y violencia a la interior de las canchas no superan los de afuera!

Mejor mirar un poco los estadios, la mayoría que tienen unos cincuenta años. ¿Dónde va la colaboración masiva de los socios y activos y los derechos de los medios? Por cierto no es en el confort del espectador que se siente sobre el concreto ya de edad para jubilarse. ¿Y la comunicación? No he visto ni un cartel electrónico para dar la información básica- los equipos, la hora, los reemplazos, quien recibe cartón etc. etc.
Es como si se decía a la hincha: salva quien puede, ustedes apoyan al club pero no es reciproco.

Y esto sí es un país civilizado. ¿La prueba? Salgo de la Academia a las 11 de la noche, y gracias a gentiles informadores, llego a la parada del colectivo 22, que debe llevarme al centro. Espero, con una veinte gentes más, una media hora, y finalmente viene uno, pero nos pasa de largo. Voy a la pizzería de a lado y me tomo una cerveza una media hora y me reúno con los de mas potenciales pasajeros. A la medianoche, para un bus vacío, con un número que no corresponde con la parada y con una destinación que no tiene nada que ver con su ruta. Pregunto si va al centro y subo, pero al acercar mi tarjeta a la maquina SUBE el chofer me hace señal de pasar sin registrar. Con dos o tres paradas más, el bus casi se llena con gente vestida de celeste, y yo, sentado a lado del chofer. De repente grita a voz alta “Cierro”. Silencio y suben tres nuevos pasajeros más. “¿Cierro?” grita, silencio. La tercera vez y una voz desconectado desde atrás grita “ahora si” y la puerta cierre. Antes de bajarme en Entre Ríos, le pregunto al chofer, que cuando gritaba cierro era para que los pasajeros deciden cuando el bondi está lleno. Me mira con la misma mirada que el chico de Talleres en Iguazú. “Claro”. Le ofrezco la mano, y bajo. 

Es la una de la mañana cerca del Congreso. Hay gente en la calle comiendo helados, platicando, mirando negocios. No tanto como en el día, pero igual mucha gente. ¡Qué país!

John Rhys Bevan

viernes, 6 de marzo de 2015

"El mundo mágico de Coré" por Eugenio Matus


 Presentación

Mi padre nació en Quillota en 1929. Yo llegué a Francia en 1975 cuando tenía sólo dos años.  Mi padre había sido educado en los Hermanos Maristas, lo marcó la II Guerra Mundial cuyas noticias escuchaba por la radio, usaba traje y corbata para ir a la universidad*. Yo fui formada en el Viejo Continente, bajo el rigor de la escuela racionalista, con la aparición del tren de alta velocidad, de las noticias en directo por televisión cuando hasta los Juegos Olímpicos estaban teñidos por la lucha entre el Este y el Oeste. 

¿En qué minuto entonces me sentí identificada con Chile y con su memoria más allá de lo que conllevaba ser una hija de la dictadura? ¿Cómo es posible que sea capaz de mirar una revista antigua chilena y sentir que ahí tengo mis raíces? Mi padre hablaba poco de su infancia. Tal vez no le traía buenos recuerdos. No lo sé. Nunca lo sabré. Pero sí siempre habló, y con mucha alegría, de Coré. Y tal vez que compartiera conmigo ese mundo de fantasía fue uno de los elementos que me permitió descubrir que yo también venía de “ese país pequeño (…), donde historia, tierra y hombre se funden en un gran sentimiento nacional”**. Es posible que a través de ese hombre que recordaba sus ilusiones de pequeño, cuando esperaba emocionado que llegara cada semana un nuevo número de El Peneca, conocí ese Chile de mediados del siglo XX, ese país rural, sencillo, pero rico en formación y conocimiento, cuidadoso de esa enorme producción cultural, intelectual y creativa que alguna vez fue capaz de tener. 

Los dejo con algunos extractos de un artículo acerca de la obra de Coré que mi padre publicó para la revista Araucaria*** en el cual rinde homenaje a este maestro de lo imaginario, de lo universal, pero a la vez tan íntimo y familiar. Espero que a ustedes también los lleve a recorrer los rincones olvidados del Chile que ya no está, a reencontrar al niño que ya no está, porque quizás también ustedes desean volver a sentir esa patria en la cual alguna vez gobernar fue educar, esa patria ansiosa por volver a florecer, porque – al menos así lo creo yo- aquí no hay ningún país que construir, sino que un mundo que recuperar.

Valeria Matus

* Eugenio Matus Romo (1929-1997), profesor de literatura española, escritor y crítico literario.
**Del discurso pronunciado por Salvador Allende ante la Asamblea de Naciones Unidas en 1972.
*** Revista cultural publicada en el exilio entre 1978 y 1989. Se alimentaba de los artículos enviadas desde todo el mundo por intelectuales y artistas chilenos. 


El mundo mágico de Coré

Para una inmensa cantidad de chilenos, y seguramente muchos, muchísimos latinoamericanos, existe un nombre mágico que presidió sus sueños infantiles, que les descubrió un mundo de maravillas, que los instruyó, que marcó su imaginación para siempre: Coré. Coré, el gran dibujante de El Peneca.

Muchas veces he pensado en Coré, he mirado y remirado las viejas revistas, impresas en papel no muy fino, a veces francamente ordinario, un poco gastadas, descoloridas con los años, y comprendo que fue, en verdad, una fortuna inmensa la que tuvimos los niños de ese tiempo al contar con ese artista prodigioso.

¡Cómo esperábamos el día viernes por la tarde la llegada de El Peneca! Recuerdo que en mi pueblo, en Quillota, muchas veces, impaciente, rondé por la estación de los ferrocarriles a la hora en que habitualmente llegaba la revista, y tuve mi ejemplar antes de que lo recibieran las librerías. Los vendedores corrían por el andén, volcándola, en cuanto recibían los paquetes. Los viernes, a partir del mediodía, ya no tenía cabeza sino para pensar en el acontecimiento de la tarde. Imaginaba cómo sería la portada, qué historias habría ilustrado Coré. Y el tener un nuevo número de la revista en mano, el contemplar los dibujos del artista admirado, era un placer que disfrutaba con precipitación en un primer momento, y luego con detenimiento, con calmada delectación durante la semana, contemplando sin cansancio, sin límite de tiempo, cada escena, cada personaje, cada matiz de color.

(…)

Maravilloso Coré, amigo irremplazable de tantos miles y miles de niños de ese tiempo. ¡Cómo hubiera querido conocerlo, decirle todo lo que lo admiraba! ¡Cómo desearía ahora saber más de él, quién fue, qué vida llevó, dónde, cómo adquirió este arte estupendo!

Es curioso: en ese tiempo me parecía completamente normal que Coré existiera y que semana a semana pudiéramos gozar con su inagotable genio creador, con su técnica insuperable. Ahora, pasados los años, comparando su arte con el de otros, tantos otros, buenos o excelentes también, pensando sobre todo en el medio en que surgió Coré, pienso que se trata de un fenómeno verdaderamente extraordinario.

Coré, independientemente de las estilizaciones de Walt Disney, y en general de la imaginería de importación de la época, creó allá, en ese lejano rincón del sur del mundo, con su solo talento, un mundo fantástico personal, y fue capaz de desplegar ante los niños chilenos y latinomericanos, a los cuales se dirigía, con un arte perfecto, el cuadro complejo, rico admirablemente variados de la historia, de los mitos, de la literatura y del folklore universales.

(…)

Sobre Coré podría – debería – escribirse un largo libro bien documentado, con una iconografía lo más completa posible. Debería, además, buscarse, si es que existen en alguna parte, sus originales. Coleccionarse como objetos preciosos y dedicarles – si esto fuera posible ¿y por qué tendría que ser imposible? – una sala en algún museo.

No faltarán, espero, en el futuro, los que, por el bien de nuestra cultura y por un imperativo de justicia histórica, realicen una y otra tarea. La que por mi parte modestamente me he propuesto, creo que, que puede terminar aquí.

Quisiera agregar, sin embargo, la siguiente reflexión. Si Coré hubiera hecho lo que hizo en Francia, en Inglaterra, en Alemania o en Estados-Unidos, su nombre sería conocido universalmente, sus dibujos habrían sido reproducidos una y otra vez en ediciones de lujo, se le habrían dedicado monografías, exposiciones, programas de televisión y su nombre se citaría entre los más grandes dibujantes de todos los tiempos. Pero Coré es chileno, es latinoamericano y, naturalmente, no lo conoce nadie. Es decir, lo conocemos nosotros, las generaciones de chilenos, de latinoamericanos, que fuimos niños allá por la época en que él derrochaba su ingenio, y quizás el homenaje más íntimo que le rendimos cada vez que recordamos o volvemos a contemplar sus dibujos – al afecto y la admiración inalterables que sentimos por él – sea por último un homenaje mucho más valioso que el de la celebridad mundial.

Eugenio Matus

El artículo completo “El Mundo Mágico de Coré”, escrito por Eugenio Matus Romo para la Revista Araucaria, número 27, páginas 103 a 115, 1984 puede leerse en los siguientes links: 

miércoles, 4 de marzo de 2015

La Pobrecita



 
 
Este texto lo recibimos algunos afortunados como correo enviado desde Francia. Lo reproducimos para que haya otros afortunados. El objeto del correo indicaba: 

“La pobrecita, por los avatares del relato y porque no sé cómo se llama la plantita”


***


Mis queridos, mis queridas:

Tengo a bien informarles que La Pobrecita comenzó hace algunos días a anunciar el arribo, que creo inminente, de la primavera. Ésta comienza a manifestarse con un avance de más de 20 días. La Pobrecita, una planta floral llegada en maceta un día de hace muchos años, de esas de florería, que a las dos semanas suelen morir tristemente pese a que uno la cuide. Ni recuerdo quien la trajo, seguramente alguien conocido, seguramente invitado a cenar, que seguramente consideró que no se llega a una cena con las manos vacías. Seguro.

Recuerdo que un día la saqué al jardín porque me la tropecé en la entrada (soy un tipo que deviene motrizmente torpe cuando tengo un problema en la cabeza, ergo: siempre...) y desde ese día nunca más la entré. La dí por muerta varias veces a causa de sequías importantes (digamos que mis idas a Baires son en general en los meses de verano europeo) y puede pasar que no llueva y/o no sea regada. También le ha acaecido de dormir fuera, en crudos inviernos de más de10 bajo cero, pero ella, valiente, aguerrida, con una rabia de vivir y con tranquila humildad, renace de entre las inclemencias extremas.

Mi comportamiento deleznable hacia ella, me llena de bochorno, aunque siempre he llegado a tiempo –por cuánto tiempo encore, hélas!– para, ya sea hacerle beber poco a poco, como a esos perdidos en un desierto, moribundos, sedientos, a los que aparentemente no les llegó la hora. O cuando ya muerta –su aspecto inconfundible lo grita, ramas secas, sin hojas, tierra resecada y dura, y un gesto de rabia y desdén que me culpabiliza– hace que, buscando la tijera de podar o sécateur que no encuentro aunque lo tengo delante de mis narices, voy musitando palabras, frases de amargos autoreproches y quelques esquisses de juramentos que sé que no cumpliré pero bueno, encontré las tijeras, corro como un bombero que va a salvar a una petite vieille abandonada a su suerte en el medio de un incendio o una bella desmayada y opero: empiezo cortando las ramas más tristes que se quiebran con un chasquido seco de reproche, sigo bajando y cortando...

Me ha pasado ya de dejarla a ras de la tierra, y con una vana esperanza, junto a mis lágrimas, derramar una vez más a guisa de despedida los alegres chorritos transformados en lluvia fina, desde la jocosa regadera. Algunos días más tarde, saliendo ensimismado de la casa, mi vista tropieza forzosamente con La Pobrecita. De tener tanta vergüenza me ha pasado de mirarla y no verla.

La última vez que esto ocurrió, llegué a la avenida y algo se iluminó en mí, primero no le presté atención y seguí, pero no, no es posible y me volví corriendo (de acuerdo a mis posibilidades) con el pecho apretado por la esperanza, evaluando si no estoy exagerando ciertos sentimientos que sería mejor manifestar sobre otras contingencias, en fin, llego, abro el portillón, me acerco conteniendo el aliento y en puntas de pié la espío, veo los brotecitos verdeando ya, bien desde las puntas de sus ramitas, las hojitas que se meneaban como bailando con la brisa, y... huiiiijaaa..!!, no pude, no quise, no se merecía que contuviera mi gritar, y bailar y reírme y hablarle y gritarle: ¡campeona..! ¡Ejemplo..! ¡Eterna pese a todo..! ¡Vida..! ¡Vida..!

Miguel Praino
 

viernes, 27 de febrero de 2015

La mochila




 Uno de los objetos más lindos que existe es el libro. No importa cuál sea el libro, y casi en cualquier estado que el libro en cuestión se encuentre. Lo mismo se puede decir de las mochilas: más allá de sus estilos, todas son bellas porque no sólo invitan al viaje sino que, como los libros, ellas ya son el viaje. ¿Cómo no ver entonces el film de una viajera que elije cargar libros –con lo que pesan– en su mochila? Pues no. Sucede que con los años le tomé idea a ciertas estrellas del universo hollywoodense, y me resulta intolerable esa idea de ver “películas de” tal o cual actriz o actor. Muchos de ellos tuvieron comienzos promisorios pero luego, por presiones del medio, terminaron siendo casi una marca registrada de algún segmento limitado del devenir humano. Las pelis de Nicolas Cage, por ejemplo, remiten siempre al mismo argumento, lo mismo que las de Diane Lane. ¿Para qué ver una más de Reese Whiterspoon?

Así anduve, renegando, hasta que pudo más la curiosidad y el amor por las mochilas y los libros. Fue un paso afortunado pues “Alma salvaje” es una película notable, y la Whiterspoon realmente deja la piel en su composición de Cheryl Strayed, una excursionista que decide recorrer un sendero que cruza California, Oregón y Washington (conocido como el Pacific Crest Trail). La mina, en rigor, no es una mochilera pero se manda sola a recorrer más de 1700 kilómetros luego de perder a su madre y separarse de su pareja. Durante poco más de tres meses, Cheryl se pierde en lo salvaje –“en mi pena”- hasta comprender que su vida es “como todas las vidas: misteriosas, irrevocables y sagradas”. Así expresado, puede sonar liviano, como si fuese una peli onda new age o algo peor. Nada más lejos: es un film poderoso porque, de modo impecable, muestra el lado vulnerable de una mujer muy curtida y muy sufrida.

Casi al inicio, en su primer acampada, Cheryl lee un poema de Adrienne Rich que habla de la científica Marie Curie: “Murió siendo una mujer famosa y negando sus heridas, negando que sus heridas tenían el mismo origen que su poder”. Más adelante, cuando por fin accede a un camping hecho y derecho, se cruza con un montañista retirado que le hace ver cuánto peso de más lleva en su tremebunda mochila. Entre las cosas que sobran, están las páginas ya recorridas de la muy gruesa y pesada guía de viaje. El “asesor” las arranca de un tirón pero, cuando se dispone a prescindir también de los libros de poemas (entre ellos, el de Adrienne Rich), Cheryl se interpone y los salva. En esa escena se resume buena parte de las vidas de quienes alguna vez hemos sido o serán viajeros: no se debe cargar nada adicional porque, como bien advertía Alfredo Zitarrosa, “son más largos los caminos pa´l que va carga´o de más”.

Pero tampoco se deben dejar afuera de la mochila las páginas que van a salvarnos en las horas críticas del viaje. O las hojas de un diario en las que vamos dejando asentados los paisajes que amaremos, la magia de los encuentros, y el hilo difuso de nuestros pensamientos. Acaso un día volvamos a hojear esos cuadernos, a esa caligrafía que reconocemos a medias, igual que nos parece extraño el narrador y lo narrado, sus incertezas, sus tropiezos, sus ligerezas y sus momentos de dureza para consigo mismo. ¿Fuimos esos? ¿Todos esos que están allí? ¿Y cuáles de  todos ellos seguimos siendo y cuáles ya son polvo en el camino? Por todo esto, y por muchas más cosas que cada quien descubrirá según su propia deriva, bienvenida sea “Alma salvaje” (en el original, simplemente “Wild”). Y muchas gracias Reese Whiterspoon por aquello de que “todas las vidas son misteriosas, irrevocables y sagradas”.

Carlos Semorile