lunes, 16 de julio de 2012

Librerías Compañeras


Como alguna vez dijera Miguel Cané, habitualmente se tiene la sensación de que “Publicar un libro en Buenos Aires es como recitar un soneto de Petrarca en la Bolsa de Comercio”. Efectivamente: una vez pasadas las adrenalinas de las inscripciones, la imprenta y la eventual presentación, el texto queda sometido al ingrato destino que le tiene reservado el actual sistema de distribución y venta de la mercancía “libros”. Las grandes cadenas, no podía ser de otro modo, vienen provocando grandes pérdidas. La de los libreros, desde ya, pero también la de los títulos: si usted no se apura a buscar la obra recientemente editada que le interesa, lo más probable es que “los despachantes de libros” no sepan a qué sótano ir a buscarla. No exagero: en los exhibidores, hasta los best-sellers tienen menos vida útil que un “tweet”, y esto es así porque las mega-editoriales vienen usando a las librerías como verdaderos depósitos para sus fabulosos tirajes. Claro que estas cifras excitan a los chochamus de “las industrias culturales”, quienes elaboran gráficos en base a los datos de la Cámara del Libro y otras fuentes igualmente prestigiadas. Siguiendo estas deliciosas curvas uno podría pensar que estamos en el mejor de los mundos: se edita, se vende y se lee. No vaya a creerse que estoy diciendo que la situación no ha mejorado, sobre todo desde el momento en que esos indicadores reflejan un efectivo repunte del mundo editorial. Sin embargo, si pensamos estos problemas tan sólo en términos de “industrias culturales”, es probable que terminemos creyendo que el país nunca anduvo mejor que cuando se lanzaban 20 manuales para self-managements por semana, olvidando que en misma época nadie tenía un mango.

Es evidente que hay un cierre “por arriba” que deja conformes tanto a las grandes empresas como a un sector de funcionarios estatales que andan con el paradigma cambiado. ¿Cómo se sale de esto? Me gusta imaginar que es posible la formación de una red nacional de Librerías Compañeras, una bien esparcida serie de locales a cargo del Estado en la cual sería posible encontrar, en cualquier punto del país, las producciones regionales, locales y nacionales. Las Librerías Compañeras con las que sueño podrían ser construidas por el/los estados nacional/provinciales (evitando ad infinitum el sovietismo en lo edilicio), o ser adecuaciones de algunas ya existentes (que habría que comprarles a los privados), pero en cualquier caso no deberían dejar de tener su café/salón de lectura y su eventual espacio para las presentaciones. En ellas, el lector interesado en la vida nacional, podría encontrar todo lo que la inteligencia argentina es capaz de generar para ser leído y aprovechado por los compatriotas. De este modo, el chaqueño podría acceder a lo que escribe el chubutense y el patagónico tendría en sus manos un volumen editado en Formosa o Jujuy, quebrando de ese modo el aislamiento al que nos condena la dependencia de las actuales cadenas de distribución y venta (una de ellas, será de Dios, acaba de ser comprada por el Monopolio). Como mi sueño es mío, no imagino locales pobres ni en la oferta ni en lo tecnológico: las Librerías Compañeras contarían con un servicio de consulta online para que los autores puedan saber en tiempo real el estado de sus ventas y la localización de las mismas, terminando así con la maldita costumbre de las casas editoriales de fumarse las ganancias de los escritores (mínimas, por otra parte). Además, esta digitalización permitiría que los lectores pudiesen consultar o colaborar con los autores que así lo deseen: no son pocos los libros que terminan admitiendo baches debido a que las grandes distancias, y la falta de recursos para salvarlas, hicieron imposible la toma o la constatación de datos en lugares alejados, y no son pocos los lectores dispuestos a salvar esas lagunas. El libro que viviera su existencia dentro del sistema de las Librerías Compañeras pasaría, ahora sí, a ser una obra verdaderamente nacional, tanto por su creador como por la certeza de llegar a sus destinatarios naturales.

Desde ya, quedarían excluidas las producciones que ya tienen su propio y aceitado circuito de comercialización, porque las Librerías Compañeras vendrían justamente a quebrar el monopolio de la distribución que hace que en un país fuertemente republicano -y, si se quiere, hasta jacobino- los niños terminen leyendo sobre príncipes y castillos. Otro punto sería el de los descuentos a aplicar: no deberían superar el 30% para los editores independientes (para que de este modo puedan reinvertir parte de la ganancia en nuevas ediciones), pero podrían llegar al 50% en el caso de editoriales más consolidadas o inclusive en el caso de las Universidades Nacionales o Provinciales que sí están en condiciones de aceptar una quita mayor. ¿De qué vivirían entonces, se me pregunta? De lo mismo que viven el resto de las librerías a las que no les va nada mal, pero además se las debería tener en cuenta a la hora de todas las exenciones impositivas habidas y por haber (el libro, para empezar, no paga IVA). Por mi parte, estoy convencido de que los índices que manejan los “industrio-culturosos” adolecen de falta de país, y de que existe una avidez tal de temas nacionales que las Librerías Compañeras serían un éxito. Pero si así no fuera y si la Nación o las Provincias debiesen “bancarlas”, pues bienvenido sea el Estado a sus genuinas funciones de reparación social y cultural. ¿O acaso estas Librerías no se llaman Compañeras?

Carlos Semorile

Un pedido para los que quieren


De nuestras discusiones ha ido surgiendo el tema cultural. Ha ido surgiendo de dos maneras. Como celebración y como aspiración.
Celebración porque quienes participamos en este espacio no somos huérfanos de cultura, nos sentimos más que parte de una “banda” que recibe múltiples legados. Los tenemos identificados, los reconocemos, los sabemos en parte marginales porque las políticas culturales (o su ausencia) permite esa marginalidad de nuestros “padres de la patria”. No solamente los ya conocidos. También los otros. Los famosos “grands hommes” que reza el Panteón allá en las callecitas parisinas por las que algunos nos perdimos y nos encontramos también. Algunos de esos “grands hommes” mueren en otros lados en el más perfecto abandono. Filósofos. Escritores. Músicos. Existe quizás sin proclama una patria amplia cuyo territorio, o más bien cuyo cuidado no está en manos de ningún guardia fronterizo ni asimilado. Una patria cultural que muchos llevamos dentro aunque tenemos muy diversas nacionalidades.
Aspiración, también. La cultura nos ha surgido como aspiración porque, precisamente, queremos más. No: queremos diferente. Así nació el pedido, hecho a nuestros colaboradores y a quien quiera participar, de hacernos llegar sus reflexiones sobre temas culturales. Especialmente, sobre lo que serían algunos aspectos importantes de una política cultural según su modo de pensar… y de querer.
Y así, Tata (ver lista de colaboradores) se acordó de este texto publicado alguna vez en el año 2004, cuando en Buenos Aires  se planteó la pregunta de cuáles serían las cualidades que debiera tener un secretario de cultura. Lo publicamos a pedido suyo mientras Carlos Semorile y el Profesor (ver lista de colaboradores, etc.), pluma en mano, nos dicen que el pedido, definitivamente, no cayó en el vacío.


ANIBAL FORD (1934-2009)
Es importante tener calle

“Hace cincuenta años que estamos discutiendo el maldito término de cultura, como diría Raymond Williams. Lo que es claro es que un secretario de Cultura no puede limitarse a la concepción tradicional del término como bellas artes, aunque se vea restringido a ellas por razones institucionales o por obsolescencia institucional o conceptual. La cultura es también memoria, genealogías del trabajo o de la vida cotidiana, formas regionales de entender la vida o la muerte, exploración tanto de las formas en que se cruzaron en el país, mal o bien, los gringos, los criollos y los pueblos prehispánicos. En el fondo –y tómese en cuenta que también hablamos de la cultura de la droga y de la violencia–, hablar, administrar e interpretar la cultura es ver cómo les damos sentido a nuestras diversas prácticas sociales o individuales. Hay una cultura de la política o de la ciudadanía y no sólo una política de la cultura. Y se puede seguir. Lo cierto es que éste es un tema colgado y que no se va a resolver si no cruzamos la cultura de las bellas artes con las culturas de la pobreza o de la exclusión, de la Recoleta con la de los caminos olvidados, la de las nuevas tecnologías con la de las memorias y los tiempos largos de la constitución fragmentaria de nuestro país. Por lo tanto, pienso que un secretario de Cultura tiene que tener calle y haber pateado barro en todas estas instancias.”


domingo, 15 de julio de 2012

Archipiélagos



En 1934, Ricardo Rojas estuvo durante cinco meses en la Isla Grande de Tierra del Fuego en calidad de preso político. En aquel confinamiento escribió una serie de artículos sobre aquella comarca que, en su americanismo, él prefería llamar “Onaisín”. De su estadía en el sur, Rojas hizo, como siempre, un llamamiento para volver argentino lo argentino (“De nada vale declamar contra las infiltraciones extranjeras, más o menos imperialistas, si los argentinos descuidamos nuestro deber”), y ese fervor nacional es lo que puede leerse en las páginas de “Archipiélago”. El libro conoció un par de ediciones en vida del autor, y luego vivió un letargo de callados anaqueles de donde lo rescató la interesada mirada de Federico Gargiulo, alma mater de la editorial Südpol. La nueva edición se presentó el viernes pasado en la Biblioteca Nacional, bajo el amoroso resguardo de los trabajadores de la Casa Museo de Ricardo Rojas, un colectivo de mujeres y hombres que obran el milagro de mantener funcionando un museo que, desde hace años, mantiene sus puertas cerradas al público.

Desde que los conozco, puedo asegurar que no han cesado de peticionar y de gestionar para evitar el colapso de la que fuera la casona de Rojas, un solar de exquisito diseño acechado por derrumbes, humedades y otros imponderables que constantemente ponen en peligro el patrimonio que ella conserva. Cual metáfora del conjunto de nuestra vida cultural, se desconoce todo lo que “la casa” atesora  y que aún no ha podido ser inventariado en su totalidad. El Museo sobrevive en un limbo de desidias parecido al que se retrata en “Archipiélago”, desenvolviéndose por sus propios medios, lo que equivale a decir que descansa en la energía que le insuflan las voluntades de sus trabajadoras y trabajadores. No está nada mal ese amor, tan parecido por otra parte al que todos los hacedores culturales derraman en cada proyecto que llevan adelante, dejando en ellos alma y vida. Pero tampoco está mal decir que el Estado tiene obligaciones y que, si las descuida, “de nada vale declamar contra las infiltraciones extranjeras, más o menos imperialistas”. Para ser más preciso: a todos nos persigue una conocida frustración, la de percibir que nuestras tradiciones culturales no son honradas plenamente.

Los isleros de la Casa de Ricardo Rojas siguen dando el ejemplo, juntándose en sus casas a falta del Museo, reeditando una obra y preparando otras. Ricardo Rojas no es una pluma menor de nuestras letras, y aunque tardíamente se haya colocado a la derecha de sí mismo, sus páginas nacionales no deberían andar como islotes a la deriva, desintegradas del continente del Pensamiento Nacional.


Carlos Semorile

miércoles, 11 de julio de 2012

Los mineros de Asturias: Una tradición solidaria


“Todos los 4 de Diciembre los mineros asturianos y del resto de España celebran la fiesta de su patrona Santa Barbara. El movimiento obrero fue esencial en la lucha por las libertades y la democracia en España. El himno de los mineros ha traspasado las barreras de la mina y se ha convertido en un himno solidario y reivindicativo para todos los trabajadores... No en vano el nacimiento de las Comisiones Obreras se sitúa dentro de una mina y ese movimiento obrero organizado les llevó a una de las principales revueltas antifranquistas, la huelga minera de 1962....Y lo que ocurrió en Asturias, en las huelgas que se desencadenaron en las minas entre abril y junio de 1962, puso en marcha la apasionante lucha por la libertad de este país. Lo que van a mostrar los mineros de Asturias durante el desarrollo del conflicto es que no son unos salvajes dinamiteros, como los pinta el régimen franquista sino que su cultura está hondamente enraizada en una tradición solidaria que heredan de sus mayores. No hay violencia. Todo se va produciendo a través de gestos silenciosos y acciones simbólicas. Si hablaban entre ellos, la represión podía ser mayor. Así que no entraban a trabajar si el picador de mayor prestigio no bajaba la percha con el mono y el casco. Entonces miraba a sus compañeros, y éstos entendían. No fue, además, sólo cosa de los hombres. Las mujeres ayudaban, y allí donde había esquiroles sembraban su camino de granos de maíz para llamarlos gallinas. Hasta que se unían a los demás”.

[texto que acompaña el video publicado en la entrada anterior. Cf. https://www.youtube.com/watch?v=x_XApseiqZ0]

Los que caminan

Nuestra común ignorancia



“Todos sabemos algo”. Por lo menos un cachito. Cada cual en su rubro, en su oficio, en su ocupación. Nadie parece escapar a esta afirmación que de un tiempo a esta parte anda circulando por las aulas argentinas.

“Todos sabemos algo”.

Ojalá la frase se expanda, tenga un largo camino, atraviese ríos, llanuras, pampas, cordilleras, bosques y selvas. Que no se limite a ciertas aulas de las escuelas públicas de la ciudad de Buenos Aires.

Mientras esperamos una entrevista con Gabriela Reche (maestra jardinera) que evoca en algún punto estos temas, se puede recalcar la importancia de esta afirmación de algunos maestros porque incluye una forma de generosidad.  Una propuesta, una invitación a no discriminar entre mi (tipo de) saber y el (tipo de) saber del otro.

“Todos sabemos algo”.

En cierta medida, la afirmación conlleva otra menos evidente. Si todos sabemos algo debe ser cierto también que nadie sabe todo sobre todo. Y esto es una buena noticia porque nos iguala en una común ignorancia. Quizás, si fuéramos capaces de tomar la exacta medida de nuestros pocos[1] saberes y de nuestra bochornosa[2] ignorancia sería más fácil dialogar. Con otras perspectivas. En definitiva, siempre se trata de mover las fronteras. Las internas. Las que más cuesta traspasar. Más allá de las dificultades a las que nos enfrentamos a diario –las personas normalmente constituidas, es decir más a menudo injustas que justas– en nuestros diálogos con quienes piensan diferente –lo que puede llegar a incluir al resto de la humanidad–, tengo en mente otra cosa: la posibilidad de seguir conociendo. 

Así, junto con recomendar la lectura de un viejo maestro  llamado Jacotot, el “Maestro Ignorante”, y de uno menos viejo llamado Rancière, que lo estudió al primero, quisiera compartir una suerte de ilusión: la posibilidad de aprender de quienes no tienen patente de sabios, de quienes a menudo han sido (des)calificados como ignorantes. A veces son ellos los que caminan, caminan, caminan, con la esperanza de que se abran las puertas de las grandes ciudades. 


Antonia


[1] En la medida en que todo saber resulta poco en relación a un universo amplio. O sea, teniendo en cuenta, aunque sea una banalidad, que todo es relativo.
[2] Por mucho que algunos estén patentado sabios y/o cultos, esa "patente" siempre será a su vez relativa ante la diversidad de los saberes posibles.

viernes, 6 de julio de 2012

Pasaje Valle: El tango los tangos 2º (1920)

Pasaje Valle: El tango los tangos 2º (1920):    El tango ha perdido su inocencia - como Buenos Aires, que se ha convertido en una de las diez metrópolis más grandes del mundo – y evol...

Pasaje Valle: El tango, los tangos... (1)



Pasaje Valle: El tango, los tangos... (1): Indudablemente el tango contiene elementos de la música afro-cubana como la habanera y el danzón. Para ciertos autores “milonga” es una pa...

lunes, 2 de julio de 2012

Versos de una maestra de piano

María Eugenia Romo nació en la V región de Chile a principios del siglo XX. De haber llegado a este mundo en una época y lugar menos rurales y patriarcales, hubiera sido una gran concertista. Sin embargo, dedicó su vida a enseñar piano, solfeo, compuso canciones y escribió poemas que usaba en clases para que los niños aprendan los números, las letras y por supuesto, las notas. Pero en su intimidad también dejaba fluir en versos sus esperanzas y añoranzas. Aunque ella fue mi abuela paterna (de hecho, la conocí muy poco), comparto el poema "Cuando me haya ido" más como un homenaje a la relación entre madre e hija, ese vínculo único que ningún otro lazo puede suplir. Pero los dejo con las palabras de María Eugenia. Son mucho mejores que las mías...

Valeria

CUANDO ME HAYA IDO
(María Eugenia Romo)

Búscame en el parque, en cada árbol
y en el banco aquél donde estuvimos
tantas veces hablando de nosotras,
que allí estará mi alma, allí contigo.

Búscame entre tus flores preferidas,
que allí estaré para alegrar tu vida,
perfumando con rosas y claveles
el aire que respires, niña mía.

Búscame en tu corazón apasionado,
que cuando tú me llames, yo vendré.
Búscame donde quieras, que yo siempre
a tu llamado pronto acudiré.

Búscame entre las nubes, en otoño,
cuando se acerquen esas tardes frías,
que yo te envolveré con mis recuerdos
para abrigarte siempre, hija mía.

sábado, 30 de junio de 2012

Como una carta eterna


Nunca pensé que escribir podía tener algo que ver con jugar a las bolitas. Y también con ese otro juego de nombre tan raro: pool. No suena linda la palabra y tampoco el ruido del palo –o como se llame– en las pelotitas. En mi barrio se jugaba. Había un salón de pool en toda la esquina. Vivíamos a media cuadra y por las noches, entre todos los ruidos interiores y exteriores, mi oído captaba precisamente ése: apenas un golpe en una pelota y todas las otras se dispersaban, rodaban, seguían su propio camino. Como las bolitas. Más lindas, más delicadas, de vidrio, de colores.
La imagen de las bolitas me asaltó esta mañana pensando en algo que pasó ayer. Tiene que ver con el texto que publicó en este espacio Carlos Semorile: “Echar de menos”.
No es primera vez que Carlos nos comparte una carta. Cada vez que nos comparte –lo que se le ocurra– me siento agradecida. Pero cuando además nos comparte una carta me carcome la envidia. No se lo he dicho. Se lo digo ahora. Yo supe recibir cartas. Hace mucho. Ahora llegan de vez en cuando por un exceso de voluntad de quienes las escriben. Pienso que las personas que reciben cartas son privilegiadas. Pero además de la alegría personal que se puede tener al recibir una carta, hay otra cosa. Ya lo hemos evocado: las cartas se están extinguiendo. No del todo, es cierto. Algunos correos se resisten, son electrónicos pero quieren seguir siendo cartas. Quién sabe por cuánto tiempo resistirán. No es que la gente haya dejado de escribirse. Se escribe. Y es más, se escribe todo el día con esos aparatitos diminutos, apretando teclas, mensajes van, mensajes vienen, con palabras abreviadas (¿por qué no?), de dudosa ortografía (ellos sabrán). La diferencia está quizás en el hecho de que esas palabras no quedarán. No están hechas para durar, para ser atesoradas. Su tiempo es el ahora. Por lo mismo, no acompañarán. No se podrá recurrir a ellas cuando hayan pasado muchos años. No nos dirán, como sí hacen las cartas, que no estamos solos porque alguna vez estuvimos acompañados. “Alguien nos escribió” quiere decir precisamente eso: alguien nos acompañó, nos sigue acompañando. En una relación de ida y vuelta, el destinatario de una carta es el remitente de otra. Y así, sucesivamente, en un perpetuo rodar.
Es un hecho. Algunas personas vivimos en una época en que la gente común mandaba cartas. Antes, en otros siglos, sólo lo hacían las personas de cierta posición social “elevada”. El siglo XX, que ciertos días parece ser el peor de todos, también arrojó gestos de una belleza inaudita. Ternuras. Delicadezas. Como la expansión de las cartas que se desarrolló junto con la escuela republicana, me imagino, es decir con el saber leer y escribir. Gracias a ese saber, personas de “baja” condición de pronto tuvieron alas. Porque ¿qué cosa es una carta sino algo que puede volar, transportarse de un lugar a otro para llevar mensajes? Hay un libro que habla de eso. En realidad habla de otra cosa pero en sus primeras líneas se refiere a un tren que transportaba cartas y que por eso “iba cargado de esperanzas”. El libro se llama La vida simplemente y lo escribió Oscar Castro. A lo mejor no es una exageración pensar que si se extinguen las cartas, también se extinguirá una manera de ser hombre, de ser mujer, uno junto a otro, unos con otros. Pero eso es triste y yo quería hablar de algo alegre.
Ayer, Carlos publicó “Echar de menos”. Y Valeria lo leyó. Carlos y Valeria no se conocen. No han sido presentados. No se han mirado a los ojos. No viven en un mismo país. Tienen una cordillera de por medio. Tengo la suerte de conocerlos a los dos. Años atrás, Valeria y yo compartimos una mesa. En esa mesa tomábamos apuntes. Esto fue en el último año de la escuela secundaria. Recuerdo perfectamente una característica de mi amiga que solía poner nervioso al profesor de historia. Valeria no respondía nunca a las preguntas que él le hacía. El profesor tenía una manera muy especial de preguntar. Caminaba por toda la sala y, de pronto, en el momento menos esperado, se detenía y apuntando un dedo cuasi acusador hacia un alumno, decía: “a ver, usted, ¿en qué año pasó tal cosa?” Valeria nunca se daba por aludida. Más de una vez, discretamente, le pegué un codazo o alguna patadita para que aterrizara. Porque Valeria se nos iba por las nubes como escribiendo cartas eternas. De Valeria aprendí que la distracción es una súbita disociación entre el lugar por donde vuelan los pensamientos y el lugar en el que se nos requiere. “De cuerpo presente” solía responder mi madre cuando era niña y pasaban lista en su propio colegio. El tema era el tiempo. El tiempo que se toma uno en ir y volver de esos paseos imaginarios. Y, más prosaicamente, desde el punto de vista de un profesor ofendido: el tiempo de la respuesta.
¿Por qué escribe la gente? Porque no puede decir.
Porque no todo se puede decir. No siempre. No en cualquier momento.
Ayer, Valeria leyó a Carlos y esa lectura le inspiró un texto que no quiso difundir ampliamente. Cosa que respeto porque pienso que cada escrito tiene sus destinatarios. A veces uno. Otras, dos, cuatro, cincuenta, cien. Cuando son más de mil se llama best-seller. Con su consentimiento, sin embargo, me improvisé cartero y le hice llegar ese texto a Carlos mientras pensaba en João, el amigo que inspiró el texto primero (“Echar de menos”). João, a quien ni Valeria ni yo conocíamos, pero ahora sí, un poquito, porque Carlos escribió. Y ahora Valeria también sabe algo de Carlos a través de su escrito. Y Carlos, algo de Valeria, a través de su escrito, etc. Etc.
De ahí lo de las bolitas. Lo de la sala de pool. Y ese ruido que no me dejaba dormir.
Repito la pregunta.
¿Por qué escribe la gente?
Porque algunos escribieron previamente y porque otros, distintos, escribirán. Y acaso lo que llamamos literatura no sea más que eso. Una carta eterna de todos para todos. 

Antonia

viernes, 29 de junio de 2012

Echar de menos


Estas líneas son para celebrar que, a veces, la reparación es posible.   

A mediados de los ´70, la casa de mis padres parecía un anexo de la Unesco. Vivíamos en alegre montonera gentes nacidas en el puerto, en provincias, en países hermanos y en comarcas lejanas. Familiares y desconocidos. Casi todos militantes, y alguna colada ocasional. Estaba Shirley, la norteamericana, cuya beba nació argentina y quién te dice si ahora sabe que en ella y su madre se reflejaron las luces de la antigua Saavedra. De vez en cuando, pasaba un compañero del interior que no necesitaba cantar para seducir al mujerío: alcanzaba con sus bigotazos y su melena, con su estampa de hombre dulce y recio a la vez. En la cocina de aquella casa dio sus primeros pasos mi prima Mirta, un mediodía que partí al colegio embebido en la maravilla de su andar tambaleante. Meses más tarde nacería su hermano, de modo que, en el medio del caos de aquellos años difíciles, aquello fue casi una maternidad.  

Estaba el vecino de la derecha, que era rico y de derecha, y estaban los vecinos de la izquierda, que eran pobres y de izquierda, y tenían una hija hippie, notable artesana, casi una artista, gran fumadora y conversadora insomne, y cuya hija trabajaba en un banco de 9 a 5. También estaban mis primas mayores, que iban y venían con sus destinos de bioquímicas y sus rebeldías y sus penas. Y atrás de ellas sus novios, con sus penas sin rebeldías y sus amores constantes. Con cada una de estas personas me unía algo: admiraba al cantor pintón, me enternecían mis primos pequeños, asistía al fastidio de mi hermana cuando el pretendiente de nuestra prima mayor mataba la espera jugando a irritarla, estaba embelesado con los maternales pechos de Shirley, jugaba al ajedrez con el vecino de izquierdas y correteaba a la nieta gringa del vecino de derechas. Cantaba todas las canciones, escuchaba todas las charlas y, para no perder palabra, era el último en ir a dormir.

Pero de todas las “visitas” que tuvimos, mi más amigo fue João. Como todos los demás, él tenía una deriva bien trajinada, con aprendizajes y culturas que se le iban sumando como pieles a la piel. No podría decir cuánto tiempo estuvo con nosotros, en todo caso el suficiente para adoptar el "Rechiflao en mi tristeza" de Mano a mano, o para regalarme lecturas exquisitas para esos años -y también para éstos-. João me introdujo en el mundo de Lucky Lucke y su sátira mordaz de lejano oeste de los pistoleros y los sheriffs, mis antiguos héroes de los tiempos idos. A cambio de este derrumbe mitológico, su temprana vocación paterna y su facilidad didáctica me alzaron hasta las Galias irredentas de Asterix y Obelix. Cuadro a cuadro, João me hacía comprender -y sentir- la historia desde el lado de los resistentes y, con esas herramientas, podía vislumbrar que la ironía es capaz, incluso, de desarmar al mayor de los imperios. Descubrí el placer que existe en la inteligencia, pues hasta allí me levó la cariñosa pedagogía de João, mi amigo brasilero.

Con quien, claro, jugábamos al fútbol. La sala era grande, al menos lo suficiente como para poner dos sillas como arcos y tener un par de metros para intentar unas gambetas. Que nunca me salieron, porque fueron proverbiales las palizas y goleadas que me pegaba con su habilidad carioca. Al final de uno de esos partidos, João me dijo que se le abría la oportunidad de volver a su país y que debía irse. Me lo explicó serenamente y me preguntó si lo iba a echar de menos. No me animé a decirle que no sabía el significado de la expresión “echar de menos”, y entonces le dije que no. Se sorprendió mucho con mi respuesta, y me repitió la pregunta. Comprendí que me había mandado un macanón, pero mantuve la negativa acaso porque estaba muy enojado con él debido a su partida. Sentí que lo desilusionaba, pero seguí jugando a la pelota como si nada. Y me lo reproché todos estos años.

Como con tantos otros compañeros y militantes, a João también le perdimos el rastro. Viajé varias veces a Brasil y siempre pensé en buscarlo, pero sin más datos que su nombre, era una tarea poco menos que imposible. Todo parecía destinado al desencuentro, hasta que João me ubicó a mí:
Carlos, no me sale de la memoria viejos tangos de Gardel, himnos y slogans de la lucha de los años 70 en Argentina. Es que mismo pasado tantos años (cuasi 40) tengo voluntad de volver a Argentina aún que sea por un día, únicamente para reverlos, o para rever lo que ha restado de mis viejos amigos que un día dejé para atrás. Pero por hora me contento con poder contactarlos y saber de Uds.
A pesar de una vida llena de sobresaltos y luchas, que esas si siempre conmigo estuvieran, hay un espacio muy grande guardado en mi corazón para la familia Maestre (y Semorile!): Mónica, Brígida, Carlos, Carlitos, Mariucho, La Abuela, tu hermanita y tantos otros. El haber entregue mis manos y mi juventud a tantas otras luchas a lo largo de tantos años he comprendido  que, al final, todo va dar en lo mismo y que solo con la dimensión de la poesía se puede explicar. Pero, mismo en contra todas las evidencias, como es mi característica, aún quiero contradecir, en este caso la poesía de Antonio Machado,  que nos dice que no hay camino y que al volver los ojos hacia  atrás la única cosa que veremos serán las pegadas en el espacio que nunca más habremos de pisar. Yo Volveré a ver mis amigos y amigas mismo que pase un siglo y caminaremos juntos por nuevas sendas.
Me quedé feliz en saber que estás vivo, que te casaste, tuviste hijos (¿?) e te tornaste un escritor. Aún me acuerdo de tu semblante de niño feliz a quien me gustaba ver reír y a decir cosas con inteligencia y humor.
Muchas veces, desde la guerra de las Malvinas, me preguntaba o que estarías  a hacer, tendría la junta militar te sacrificado junto con tantos otros jóvenes que cayeran en la emboscada? La verdad es que mi lucha por la sobrevivencia, mi familia  y mi dedicación  a la cuestión Africana  terminó por imponerse en el día a día, y los sentimientos  se fueran quedando apenas recuerdos lejanos, unos buenos, otros ni tanto, de una época difícil pero llena de sueños, solidaridad y compañerismo.
Pero, como me olvidar de las tardes de mate amargo en la casa de tus padres junto con toda la familia Maestre? Imposible. Como olvidarme del cariño de Monica y de los demás de la familia hacia mi? No quiero olvidarme. Definitivamente no quiero más olvidarme!
Bueno…Carlitos (se me permites aun llamarte así), tengo mucho que hacer, escribo (en portugués) en una revista especializada en África que ahora estamos a imprimir también en Brasil. Estamos en la Rio+20 y tengo materias para hacer.
Dile a Mónica que yo y Maria do Carmo le mandamos saludos, besos e abrazos!
Cuando pudieres deme noticias de todos.
Un grande abrazo. João Belisario (Juanito).
Todo en esta carta -y en las que siguieron- me enternece. Su intinerario marcado por un compromiso, su nueva vida en Angola y su escritura para la causa africana, sus recuerdos de gente que ya no está (esas noticias también tuve que darle), su convencimiento de que “todo va a dar en lo mismo” y de que sólo la poesía le hace justicia al camino de amores e ilusiones que juntos recorremos. También me alcanza de un modo especial que me hable de mi “semblante de niño feliz” porque era justamente él quien me hacía reír en medio de tanto miedo. Pienso en su hijo mayor, también llamado João, que tiene ahora la edad que tenía su padre cuando escapaba de las dictaduras y hacía feliz al hijo de sus amigos solidarios. Y en la fortuna de que ni él ni Mariana, su hermana, tengan que sufrir sobresaltos. Ahí se ancla, junto a la de João, mi voluntad de no olvidar.

Además, está la felicidad de saber que estamos vivos. Porque podríamos no estarlo, y entonces no hubiera alcanzado a agradecerle por Lucky Lucke, por la feijoada y los dulces que nos preparó su madre cuando vino a visitarlo, y porque los galos del mundo, desde alguna aldea arrinconada, resisten con lo que tienen a mano el avance de los romanos.

Y para decirte, caro João, que comencé a echarte de menos desde el momento en que me dijiste que tenías que partir.

Carlos Semorile

jueves, 31 de mayo de 2012

Viaje al País de Papelucho


Cada vez que el otoño nos regala sus dorados, una parte mía viaja a Santiago. Las hojas ambarinas, rojizas y rubias tapizaban las calles de Las Condes, el barrio donde la fortuna quiso que nos juntásemos casi toda la familia en aquel exilio del año 72. Escribo la palabra “exilio” con algo de pudor. Indudablemente lo fue para todos nosotros, inclusive para mí que, siendo un niño, me mantuve en un estado de asombro permanente. Claro que entonces no lo sabía, ni tampoco eran buenas todas las novedades y descubrimientos. La historia reciente se me imponía (habían asesinado a mi tío y desparecido a mi tía, aunque esa palabra -desaparecido- era extraña a nuestra lengua), y estaba furioso: me agarraba a trompadas cada dos por tres, como nunca antes y como nunca después. También me enamoraba a menudo, y es que la singular belleza de mis compañeritas impedía la indiferencia. Pero, entre las grescas rotundas y los idílicos romances, andaba como perdido pues, a pesar mío, seguía siendo el extranjero, beneficiado por las niñas y aborrecido por los pibes.

De aquella encrucijada vino a rescatarme Olga, mi abuela. Ella tenía los dones del amor y la lectura, y conjugando ambos me regaló “Papelucho”, un libro de la escritora Marcela Paz. Me da temor lo que pueda escribir ahora, porque intentar retratar a Papelucho sería como encorsetar a Mafalda. Papelucho es un niño sensible que, por eso mismo, piensa demasiado. Y como las cosas que piensa son “incomunicables”, se pasa las noches en vela hasta que consulta a la Domitila, la muchacha que hace las tareas de la casa:

“Lo que sucede es terrible. Muy terrible y anoche me he pasado la noche sin dormir pensando en esto. Es de aquellas cosas que no se pueden contar porque no salen de la boca. Y yo sé que mientras no la haya contado no podré dormir. Le pregunté a la Domitila, qué hacía ella cuando tenía un secreto terrible.
-Se lo cuento a otra -me contestó.
-Pero, ¿si es algo que no se puede contar a nadie?
-Entonces lo escribo en una carta.
-Tú no entiendes nada -le dije-. Es algo que no puede saberlo nadie.
-Entonces, escríbaselo a nadie -me dijo, y soltó la risa.
Otra vez es de noche y ya debería estar durmiendo. Pensando en lo que dijo la Domitila, he decidido escribirle a “nadie”, como ella dice, y que es lo que otros llaman su “diario”. Cuando esté escrito me habré librado de seguir pensando”.

Así nacen los “diarios” de Papelucho, doce aventuras en las que va consignando para “nadie” las vicisitudes de su ajetreada vida de niño quilombero que, navegando en un mar de buenas intenciones, invariablemente terminaba generando problemas allí donde se proponía llevar soluciones. Su familia, para decirlo con un término actual, es disfuncional: unos padres tan clasemedieros como conservadores, un hermano mayor que pasa de “hijo pródigo” a mero hippie, la inesperada llegada de una hermana menor (la dulce Jimena), y la desopilante Domitila, la única persona de la casa con la que se puede conversar. Sus amigos, que por otra parte no son muchos, viven en las “poblaciones”, o son adultos y, en ese caso, gente de trabajo. Por esta vía, llegué a comprender la soledad, o mejor dicho el abandono de mis nuevos amigos, los niños bien con los que estaba obligado a relacionarme allá en el Barrio Alto. Sólo que yo, que de alguna manera también estaba solo, tuve la dicha de tener una abuela que me introdujo en el camino del lector.

Los libros de Papelucho, que Olga me fue regalando a medida que los iba devorando, me abrieron un mundo que hasta ese momento permanecía abroquelado. Opacado. Papelucho cambió radicalmente mi soledad, la enriqueció hasta volverla valiosa, única, imprescindible. Con los años vendrían otras lecturas transformadoras, y alguna llegaría también de la mano de Olga y su “timing” para dar con el libro justo para cada edad. Pero ninguno como la saga de Papelucho, ora misionero, ora historiador, o detective, o disléxico -justo él- , o casi huérfano. Ya de regreso a la Argentina, y pasados los años, una de mis tías le pidió a un compañero gráfico que me encuadernara la colección. Así protegidos, los distintos Papeluchos llegaron a las manos de mis primas y primos, con resultados diversos. Claro, siendo ellos más chicos, les faltaba aquel otoño chileno que, aún hoy, me logra confundir: no sé si extraño Santiago o el placer de leer a Papelucho con la mirada inocente de aquellos años. O las dos cosas.

Alguna vez pasé por La Serena y me compré los doce títulos ante la mirada pasmada de los despachantes. Nuevecitos, impecables, con los hermosos dibujos de la Marcela Paz a los que, cosas de la memoria, no recordaba haber visto antes en colores. Hace unas semanas, siguiendo un impulso, tomé el primer título de los que sobrevivieron encuadernados y se lo llevé al más “léido” de mis sobrinos. Desde ese momento estoy, como los místicos, a la espera del milagro. Él sabe quien fue Olga Maestre, y ése es un enorme punto a favor para que abra ese libro que pasó por sus amorosas manos. Si lo hace, si deja que Papelucho le hable y le cuente, el mundo habrá ganado un lector. Y él será una persona más feliz.

Carlos Semorile


sábado, 21 de abril de 2012

Ceci n'est pas une voiture / Esto no es un auto


Les explications dans l'entretien ci-dessous 
Las explicaciones en la entrevista que se publica más abajo

"Un type du métier"


Venimos algo atrasados con la transcripción de las entrevistas que hemos estado preparando pero de a poco lo vamos a lograr. Para los amigos y colaboradores bilingues, acá va la versión original y completa de la entrevista con el profesor Jacques Alesi (ver entradas Un Profesor / Una voz de septiembre 2011). Pronto estará disponible una versión en castellano. Aprovechamos la ocasión para contarles que estamos trabajando también dentro del Proyecto Infancia(s) en un intercambio argentino-francés. Les iremos avisando. Se agradece la compañia de Malena Castro Parnin, asi como la ayuda de Jean-Pierre Dubreuil, sus propios colaboradores y de nuestros amigos Pascal Gosselin y Joëlle Lefort, en el proceso de edición de esta entrevista.


« Un type du métier ». 
Entretien avec Jacques Alési


Entretien réalisé à Creil en 2004 par A. García, une ancienne élève. La discussion a porté tout particulièrement sur les camps de vacances que Jacques Alési a conduits pendant toute sa vie d’enseignant. Camps de vacances dont il s’occupe désormais autrement grâce à l’association Creil Escapade et ses collaborateurs.

- Monsieur Alési, comment êtes-vous arrivé à Creil ?

- Je suis arrivé en 1947, tout simplement parce que je cherchais un poste de surveillant, pas trop loin de Paris, et que j’en ai eu l’opportunité. De 45 à 47, j’étais en Khâgne à Paris, à Henri IV. Un de mes copains était parti un an plus tôt, il était pion à l’ENP, puis il a été nommé ailleurs et il m’a dit qu’il y aurait sans doute un poste de libre. C’est par ce biais-là que ça c’est fait. Cela m’a permis de continuer à faire mes études à la Sorbonne. Il se trouvait que dans cette école, une école technique, il y avait une section de classes dites « nouvelles ». C’était le démarrage de la réforme de l’enseignement, le plan Wallon, voulu par la Résistance, qui aurait dû être la grande réforme de l’enseignement et qui a avorté, finalement, ça aurait coûté trop cher. Mais disons qu’il y avait des classes expérimentales qui essayaient de travailler avec une pédagogie relativement nouvelle. Alors... C’est les plus belles années que j’ai eues, d’une certaine manière. Des classes de vingt-cinq élèves maximum. Un aménagement horaire qui permettait de faire des tas de choses. Il y avait des « études du milieu ». On ne savait pas trop ce que c’était. Quand je suis arrivé, c’était en place depuis quatre ans. Alors on étudiait le milieu historique, le milieu géographique, le milieu industriel. Mois j’étais pion mais j’avais en charge quelques uns de ces enfants-là. Parce qu’il y avait les internes de la sixième qui étaient dans mon dortoir et, quand même, je voyais ce qui se faisait. De temps en temps on voyait les profs et tout ça. Après, j’ai passé l’équivalent du CAPES, ça s’appelait le CAEC à l’époque mais c’était la même chose. Je l’ai passé en 1951 et donc j’avais fait une demande de nomination, à l’époque on était nommé tout de suite. Je savais qu’il y avait un collègue qui partait à Beauvais. J’ai su qu’il y avait un poste de libre. J’ai dû être nommé le 24 septembre pour la rentrée du 1er octobre. Entre-temps il a fallu faire quelques démarches. Bref, j’ai commencé à la rentrée 1951 à Creil. C’est d’ailleurs à la suite de ça que j’ai commencé à faire un camp de vacances. Ça s’est emboîté comme ça. Parce qu’en classe de cinquième, on travaillait par centres d’intérêt. Les élèves avaient choisi la montagne. Bon, alors tout le monde parlait de la montagne… même si on n’y avait pas été. Alors on essayait de centrer le thème à partir de textes d’auteurs français. Et puis, c’est vers le deuxième semestre qu’il y a des gars, il y a des élèves qui m’ont dit : « ah… ça serait bien qu’on y aille »… (rires) Alors, en plus, le directeur était lui-même un gars du Jura, qui partait en vacances dans les Alpes en général. Quand je lui ai parlé de ça, ça lui a plu tout de suite parce qu’il était amoureux de la montagne. Et c’est lui qui m’a dit : « écoutez, la première année, n’allez pas dans les Alpes, c’est un peu dur, ils sont quand même petits les enfants. Allez plutôt dans les Vosges ». Il avait traîné ses bottes par là, il avait même des cartes. Moi, je n’y avais jamais mis les pieds à ce moment-là. Mais c’est un pays où il y a des tas de sentiers balisés. C’était magnifique. On est parti quinze jours avec onze élèves, onze gars, dans les Vosges. Au mois de… je ne sais plus, juillet-août 1951. C’est comme ça que ça a commencé.

- Puis cela a continué au collège Gabriel Havez

- En fait, au départ, Havez n’était pas un CES, mais une annexe de l’ENP. L’ouverture a été extraordinaire parce qu’il n’y avait qu’un seul bâtiment même pas clos selon les collègues qui étaient là dès le début avant que je n’arrive. Deux ans plus tard, c’est devenu administrativement un CES. Un deuxième bâtiment a été construit avec des bâtiments pour l’administration et la cantine. Quand je suis arrivé en1965, ça ne faisait pas longtemps que le Principal avait été nommé. Ça se mettait vraiment en route. L’ancien directeur avait encore un bout de logement dans le premier bâtiment. Ben oui… J’ai vécu heureux là dedans pendant 22 ans… dans un baraquement …

- Oui…le baraquement…à l’entrée du collège…

 - Parce que je l’ai demandé. En fait, les premières années, à Havez, il y avait mille, mille deux cents élèves, avec des classes très nombreuses. Ce qui fait qu’on n’arrivait jamais à avoir sa salle. On passait son temps à se balader, à se balader… Alors je ne sais plus si c’est en 72, 73 ou 74, par là, j’en ai eu marre de me balader. Tous les ans, je demandais si on ne pouvait pas avoir une salle, on me répondait que ce n’était pas possible et c’était vrai. Donc j’ai dit : « Et si je prenais un baraquement ? ». Ah oui… parce que personne n’aurait aimé en avoir ni n’en voulait. Alors je leur ai dit : « Je vous propose de prendre un baraquement… mais j’y reste ». J’en ai fait deux, un du côté des pompiers, mais qui n’y était plus quand tu y étais, et puis celui de l’entrée. A un moment donné, il y avait, le long des pompiers, trois baraquements qui avaient été réformés. Des bâtiments préfabriqués comme ça, que l’Education nationale livrait, il y en a eu un peu partout quand le directeur disait qu’il n’y avait plus assez de locaux, tout simplement parce que la communauté scolaire grandissait trop vite. Ça a duré longtemps. Et puis finalement… on était bien là-dedans… on avait un bon poêle, ça allait quoi (rires). Quand j’ai changé de baraquement, j’ai demandé qu’on me transfère le poêle… parce qu’il marchait bien (rires).

 - Et donc, tous les ans, vous avez emmené les gamins en vacances...

- Ça s’est trouvé comme ça. La deuxième année, nous sommes partis dans les Alpes, il y avait dix-huit élèves ; la troisième année, en Corse, cinquante… avec des collègues, des copains, tout ça. Et je les ai emmenés en vacances jusqu’en 93. Alors justement en 93, j’ai dit que j’arrêtais et d’ailleurs, j’ai arrêté de les emmener. A ce moment-là, quelqu’un du Service Jeunesse s’en est inquiété et a décidé, en quelque sorte, de donner une suite à ça. Il nous a suggéré de créer l’Association Creil Escapade. Alors, par ce biais, un groupe est parti au Maroc en 94, et on m’a embarqué pour préparer le terrain. J’avais commencé dans le cadre de l’ENP, puis du collège. C’était des camps de vacances d’établissement. Ça se faisait beaucoup au début, parce que, à l’époque, on a été aidé… Dans l’enseignement technique, ce genre d’organisation était une grande tradition. Il y avait l’A.R.O.V.E.T, Association régionale des œuvres de vacances de l’enseignement technique, ce qui permettait d’avoir une raison sociale et une subvention importante. Quand on avait obtenu l’agrément, la subvention était attribuée automatiquement par camp, au nombre d’enfants. Ensuite l’A.R.O.V.E.T est devenue l’A.R.O.E.V.E.N, l’Education nationale donc…Quand je suis arrivé à Havez, nous sommes devenus un camp de vacances de l’A.R.O.E.V.E.N, jusque dans les années 80. C’étaient des associations régionales donc par académie. Ensuite, l’A.R.O.E.V.E.N. d’Amiens a connu des affaires invraisemblables de malversations, de tout ce qu’on veut… Bon, bref, l’A.R.O.E.V.E.N. d’Amiens est morte en 1980, 81 ; pendant un an, on a dû avoir un fond de crédit que Havez a récupéré. Et après ça, on est devenu le camp de vacances de la coopérative de Gabriel Havez. Le problème alors, c’est qu’on n’avait pratiquement plus de subvention. La situation des gens n’était pas trop catastrophique à l’époque sur le plan financier, alors on arrivait à vivre comme ça. On sortait et de temps en temps, on avait un p’tit machin d’Amiens. Et donc ça a duré jusqu’en 1992… Fin 92, ça devenait délicat : on ne voulait plus de nous. En 93, on a quand même fait le camp mais sous une autre étiquette par le biais d’une association.

- Et aujourd’hui ? Vous continuez à partir ?

- Je fais le repérage.

- Vous partez toujours avant ?

Jusqu’à présent, je suis toujours parti avant, avec un ou deux animateurs. Cette année, c’est la Croatie. Quelquefois on écrit, mais on ne vous répond pas. L’autre jour, on a reçu un coup de fil de Dubrovnik, en anglais. Moi, je ne sais pas un mot d’anglais. C’en est resté là. Il y a une Alliance française à Split, je leur ai écrit, ils n’ont pas répondu… Je téléphone : « Ah oui ! C’est vous… vous avez écrit il y a quelque temps, non ?... Au fait, qu’est-ce que vous cherchiez ? » (rires). Je devrais rappeler ces temps-ci, mais je ne sais pas si je vais le faire ou si je vais me contenter… Si je suis sûr d’y aller avant, ça sera aussi bien, on s’arrangera au dernier moment.

- Et avec les enfants, ça se passe comment ?

- On n’a jamais eu de gros ennuis, sauf, les dernières années, où ça a un peu flotté, mais je pense que l’encadrement était flottant aussi, alors on ne peut rien dire. Mais les groupes que Pascal Gosselin (responsable de l'association Creil Escapade)  a emmenés en Grèce, en particulier Havez en l’an 2000, ça a été vraiment du gâteau, y compris dans le camping. Ils sont restés en très bons termes avec tous les patrons du camping. Ce n’est pas évident quand tu te balades avec un groupe. Ce qui m’avait frappé la dernière fois que je suis allé avec eux, c’était au Portugal il y a deux, trois ans, en 2001. J’étais resté à les attendre, dans un terrain, ce n’était même pas un camping, et bon, ils n’étaient pas faciles à calmer. C’était un groupe pas désagréable mais quand même agité, c’est la réputation d’Havez d’ailleurs. Comme disait toujours la prof de Gym à Havez quand elle emmenait des groupes : « Ils sont gentils, les enfants, mais qu’est-ce qu’ils font du bruit ! » (rires). Ce qui m’avait frappé, c’est que, bon, je les ai quittés là, juste avant la dernière étape, et ils ont fait un très bon retour. Ils ont eu juste un petit pépin parce qu’il y a un gars qui a jeté un mégot et ils ont foutu le feu à un champ. Y a pas besoin d’être d’Havez pour ça ! Non mais c’est vrai, quoi… Ce qui m’a frappé, ça a été le dernier camp, au Portugal. On était dans un orphelinat, un endroit où on retournait régulièrement quand on allait là-bas. C’était d’ailleurs en travaux, il y avait un petit terrain où camper. J’étais arrivé un jour ou deux avant eux pour bien voir les lieux, mais j’avoue que j’étais inquiet, parce qu’il y avait des choses qui étaient sacrément sommaires, c’était les sanitaires : deux ou trois toilettes, deux douches, trois lavabos, pour quand même cinquante…Je me suis dit « oh là là... qu’est-ce que ça va faire ? ». Et il ne s’est rien passé du tout. On n’a eu aucun problème. Les gosses étaient d’ailleurs beaucoup plus calmes au retour qu’à l’aller, peut-être qu’ils étaient fatigués !

 - Le maximum d’élèves que vous avez eus, pour avoir une idée, quand il y avait de grands groupes ?

- Des hordes ! (rires) On a dû monter à cent-quatre-vingt, au Portugal d’ailleurs, le premier Portugal. J’ai des archives de tout ça. Je ne sais pas si on pourrait le refaire. Ça, c’est peut-être un changement dans les mentalités. Je ne vois pas ça se faire à l’heure actuelle. Il y avait des moments où c’était un peu le foutoir mais quand même… Je ne sais pas si ça arriverait à être vivable. Parce qu’en fait la question est : ça marchait, pourquoi ? Parce que chaque groupe fonctionnait bien. Parce que tout seul, tu as beau être Directeur, tout seul ce n’est pas toi qui… quand il y a cent cinquante personnes… On ne manie pas cent cinquante personnes ! Tu peux travailler en cohésion avec les animateurs. On a bien eu jusqu’à huit ou neuf groupes. Parce que ça nous semblait évident mais ce n’est pas évident pour tout le monde. On a relativement peu de moyens. En ce qui concerne les animateurs, certains s’y mettent très bien, d’autres ne s’y mettent pas. Tu as des gens comme Jean-Marie, tu l’as peut-être connu, tu sais qu’il s’occupe des grands, tu ne t’inquiètes pas. Parce qu’il y a des gens comme ça, c’est tout. Parfois il y a des difficultés, des animateurs qui, à la dernière minute, ne peuvent pas venir, il faut alors les remplacer. Ou alors, je me souviens d’un gars qui a fait ce qu’il a pu mais qui s’est retrouvé avec une animatrice qui n’était pas drôle, c’est encore autre chose… bien qu’enseignante… et qui ne reviendra pas … (rires). Ah… ce n’est pas facile le « casting » !

- Est-ce qu’il y avait des équivalents, d’autres initiatives comme celle-là ?

- Je n’ai jamais su… En itinérant, je ne sais pas. En fixe sûrement. Dans l’Enseignement technique, il y a eu sans doute quelque chose comme ça. C’est vrai que, quand on annonçait notre effectif, en général… D’ailleurs… il y a ça aussi, je ne suis pas sûr qu’à l’heure actuelle… maintenant quand tu annonces un groupe de cinquante dans un camping, on te regarde, et on te dit non. Certains campings ne prennent pas de groupes. Alors toi, en Grèce, c’était en 1987, tu t’en souviens ? Pour aller à Mykonos, nous étions partis du Pirée ou du petit port à côté ?

- Je ne sais plus… Je ne sais plus d’où on était parti… je me souviens de l’arrivée… Justement… il fallait qu’on soit sage, on ne l’avait pas été, et vous nous aviez engueulés sur la place de Mykonos.

- Je m’en souviens, oui.

- Parce qu’il n’y avait pas de camping en fait…

- Et il ne fallait pas se faire voir… Ils l’ont encore fait en 2000.

- Mais alors, côté pratique, quand vous décidez de faire un camp, je suppose qu’il y a quelque chose à faire auprès de l’Education Nationale…

- Auprès de la Jeunesse et des Sports. Les camps doivent être déclarés, dès qu’il y a plus de douze personnes, je crois, plus de quatre ou cinq jours.

- Et comment faisiez-vous alors…parce que, quand je suis partie en Grèce, je me souviens que je n’avais pas mes papiers tout à fait en ordre

- Oui, ben ça, c’est quelque chose qu’on ne peut plus faire maintenant.

 - J’avais je ne sais plus quel problème avec mon passeport et il y avait une frontière qui était particulièrement délicate à passer.

- Oui, la Grèce.

- Et une des animatrices avait résolu le problème, elle avait été extraordinaire.

- Oui…Christelle…C’est sûr, c’est elle… Ben si tu veux, les papiers, c’est à nous de nous débrouiller pour les avoir. Tant qu’il ne se passe rien, c’est tout. Alors quand je pense aux gens qu’on a passés comme ça, en douce, il y en a eu un certain nombre... Moi, je ne savais pas comment faire, mais j’avais des copains étonnants, surtout avant toi, quelques années avant… Quand on prenait le train des fois… il y avait une façon de flanquer un tel bazar qu’à la fin, les gens ils renonçaient. J’avais un copain qui avait le chic pour tout emmêler. Personne n’y comprenait plus rien ! Oui, ça nous est arrivé. Un des plus beaux coups qu’on ait faits, c’est en 92 pour la Grèce. On a passé une petite qui n’avait pas de papiers. Une histoire de fous. Une famille avec des difficultés. On avait déjà emmené les grands, un ou deux ans avant. Tout d’un coup, on apprend que les enfants ont été mis à la DASS parce qu’il y avait des problèmes dans la famille, etc.…Bon, donc on contacte la DASS pour demander si on ne pouvait pas emmener les gosses vu qu’ils étaient inscrits. On avait encore un mois à peu près. Ils nous ont dit « Non, ce n’est pas possible, parce qu’il faut qu’ils s’habituent ». Donc ils ne nous ont pas lâché les gosses. Mais dix jours après, ils retournent dans la famille et donc ils viennent en Grèce, les trois enfants, dont une petite qui avait une dizaine d’années, quoi. La petite s’amène, elle me saute au cou, elle me fait la bise… et la mère me dit qu’elle n’a pas ses papiers (silence). La gamine me regarde, je lui dis : « Monte ! », mais oui, mais après ?... Là, pour entrer en Grèce, il y avait une animatrice qui avait sa fille sur son passeport. Ben voilà (…). Bref, on parlait de Mykonos…

- Oui, il n’y avait pas de camping et c’était très bien …

- Maintenant, on ne peut plus faire du camping sauvage comme on faisait…J’en ai d’excellents souvenirs. Un jour à Syracuse… il y avait un terrain comme ça, entre des H.L.M. et un terrain vague …Un jour, vers midi, on voit des gens qui nous appellent des fenêtres, et qui font descendre quelque chose au bout d’une ficelle…c’était des glaçons ! J’ai des souvenirs formidables comme ça : ce qui se passe avec les gens.

Oui, en Sardaigne, il y avait une fête populaire, nous avions tous dansé avec les gens du village, tous en groupe.

- Ah oui…

- J’en garde un merveilleux souvenir.

- Oui, ben ça ne m’étonne pas.

Donc, en somme, vous avez eu deux métiers, Monsieur Alési ?

- Oui… Mais enfin quand même…celui-là prenait moins de temps… Maintenant, à la limite, ça me prend plus de temps, si j’ose dire, parce qu’il y a tellement plus de paperasse à faire maintenant qu’à l’époque. D’autant plus qu’il faut bien qu’on demande des subventions

Qui subventionne aujourd’hui ?

Nous sommes maintenant subventionnés par la Jeunesse et les Sports, dans le cadre VVV (Ville, Vie, Vacances), opérations VVV qui ont pris la suite des opérations OPE (Opérations Prévention Eté). Il s’agissait de subventionner tout ce qui pouvait empêcher que les étés soient chauds dans les banlieues. C’était ça au départ… Et puis, je n’y connaissais rien. C’est dans le cadre de l’Association… que j’ai été mis au courant de ça, tu comprends ? Parce que moi, j’ai du mal dans ce genre de choses, ces affaires légales…C’est terrible, mais je suis allergique à tout ce qui est lois, tout ça. Alors donc, on a cette subvention et on en a une de la ville. Et, cette année, on aura peut-être un complément du Conseil Général, si on en a besoin, parce que s’il faut un Directeur qui ne soit pas un de nos copains, il va bien falloir trouver le moyen de le rémunérer un peu. Ça me fait suer, parce que c’est plus la même chose. D’un autre côté, c’est indispensable, sinon, on ne part pas. On ne va pas annoncer aux familles qu’on ne part pas. Ce qu’il y a surtout, c’est que, si on ne part pas, ces gamins-là ne partiront pas. C’est ça le problème. C’est ça qui serait embêtant. Ils ne verraient pas la Croatie et resteraient à Creil. Ah…on va y arriver. J’ai vraiment raclé les fonds de tiroir de tous les copains. J’en ai un tas qui seraient disponibles éventuellement.

- Monsieur Alési, quand vous avez commencé à emmener les gamins, ça s’inscrivait dans la continuité du programme d’étude. Et, ensuite ? Vous étiez tout seul. Il y avait des gens avec vous ?

- C’est une affaire qui s’est faite entre copains. Pour le deuxième groupe, ils étaient dix-huit, je suis parti avec un gars qui était, à l’époque surveillant à l’E.N.P. L’année suivante, c’était avec un collègue qui était aux ateliers. Et puis, pendant un certain nombre d’années, il y a eu un collègue par-ci, un collègue par-là, et puis un professeur de Maths qui a fait un ou deux camps avec moi, jusqu’au jour où il est devenu Maire de Verneuil…c’était foutu il fallait qu’il y soit pour le 14 Juillet (rires). C’est idiot mais c’est vrai. Ses fils sont venus, puis sa fille. Et puis, en 62, j’ai embarqué un collègue des ateliers qui s’appelait Thomas. Il a fait la Sicile en 62, et a fini en 77. On a fait seize camps ensemble. Et on a fait ensemble les trois-quarts des repérages avant le camp. Et, comme il était prof d’atelier, quinze jours avant le départ, un samedi après-midi, j’emmenais la 2 CV à Nogent-sur-Marne et dans les ateliers, on faisait ce qu’il fallait pour la mettre en état (rires).

C’est quoi votre secret ?

- Elle était moins belle il y a quelques années… Mais il y a deux ans, on l’a repeinte avec de la vraie peinture pour auto. C’est pour ça qu’elle est si belle !

Tout à l’heure, on va la prendre en photo.

- Oui… (rires). On l’entretient, c’est tout, on l’entretient. Heureusement, je connais un petit garagiste, un petit artisan, ce n’est pas facile à trouver. Le jour où le châssis pourrira, ce sera foutu, quoi. Le dessous est très corrodé. Mais le châssis est bon.

-Vous l’avez depuis quand ? C’est vraiment un grand mystère pour nous tous.

- Elle est de 59. On a quand même changé une fois le châssis, en 76 ou 80, je ne sais plus. Ce garagiste faisait les pneus chez Shell. Maintenant, on se connaît, il voit ce qu’il y a à faire et il le fait, c’est tout. L’autre jour, c’est lui qui l’a emmenée au Contrôle technique. Tu sais, ce contrôle technique précise tout ce qu’il est recommandé de faire… mais que tu n’es pas forcé de faire…il y a dix-huit points de contrôle (rires).

- Elle a été partout cette 2 CV ?

- Ah ben, elle a vu tout le pays, et elle a fait tous les camps jusqu’en 93. Un journaliste me l’a demandé l’autre jour, j’ai calculé qu’elle doit avoir 5 ou 600 000 kms. mais elle doit bien en avoir 150 000 de camps de vacances. Parce que, quand tu comptes une trentaine de camps, à raison de 5000 bornes par camp, ça fait bien les 150 000… De toutes manières, c’est le cinquième ou sixième moteur, je ne sais plus. Il vient d’Avignon d’ailleurs. On l’a changé en 93. On a eu du mal à arriver jusqu’à Avignon… La caisse commence à souffrir sérieusement, on a des morceaux à chaque fois. Le moteur, c’est le même garagiste qui s’en est occupé. Il a changé la boîte de vitesse il y a quelque temps. Enfin, c’est là qu’on voit que, même si tu peux régler toi-même ta 2 CV, quand c’est fait par un type du métier, ça se sent.

sábado, 24 de marzo de 2012

La casa nueva

Nosotros, los que hacemos este espacio, también recibimos cartas a veces. No son exactamente como las de antes pero son cartas, no palabras sueltas, no palabras abreviadas, son palabras enteras y por eso las publicamos. Tal como nos llegan: enteras.

Días atrás, me emocioné cuando mi compañera me dijo que nunca tuvo una casa tan linda como ésta en la que vivimos. Terminó de decirlo y se me agolparon un mundo de cosas. Apareció la imagen de la sala de Foster y Apoquindo, allá en Santiago, y recordé “La casa nueva”, el vals de Tito Fernández. Cantaba el Temucano: “Hoy estamos de fiesta, tenemos nueva casa… Vamos a vivir unidos en este minuto nuestra eternidad”. El recitado del valsecito (“La casa nueva, nuestra casa. Fruto de tantos años llenos de penas blancas”), me llevó a pensar en las casas de mi familia, en las mujeres de esas casas, en el cobijo que nos dieron, en el amor que ellas les pusieron. Y también en las “penas blancas” de esas mujeres, en la ausencia de techo muchas veces, en la falta de todo lo necesario otras tantas, en sus angustias de madres, en su coraje y en sus audacias. ¡Qué poco sabemos los hombres de tantas cosas! Recordé entonces el escrito de mi abuelo, cuando decía que nunca había podido olvidar “las cuatro palabras del epitafio antiguo: ‘Ella cuidó la casa’. Nadie le ha dicho más al corazón de una mujer, seguramente porque aquella mano, temblorosa de amor y sufrimiento no escribió para la mujer de sus amores, sino para la ausente de su amor: para la madre. ‘Ella cuidó la casa’… ¡Qué sencillo!, como que es sencilla siempre la ciencia insuperable del sentimiento”. Así de sencillo y hondo fue el regalo de Sandra, su dulce comentario: “Nunca tuve una casa tan linda como esta”. Y entonces tuve ganas de hacer como el Temucano y decirle: “Déjame bailar contigo la alegría linda del último vals… Déjame mirar tus ojos recordando tiempos que no volverán, amor, amor, amor”.

Carlos Semorile

jueves, 22 de diciembre de 2011

Una Carta


A Carlos Semorile le ha sucedido algo poco usual. Ha recibido una carta. Una carta es un objeto en vía de desaparición que deberíamos salir a defender porque en ese pedacito de papel se juegan muchas cosas. El tiempo, por ejemplo, que alguien se toma para decirle algo a otra persona. El tiempo que esa otra persona, se toma, para leer, escuchar, lo que ese alguien tenía que decirle. Carlos Semorile ha hecho también algo poco usual. Ha enviado la carta. La ha hecho viajar. Para que otros la reciban. Los documentos a continuación fueron primero publicados en la página dedicada a Don Buenaventura Luna. Con la complicidad de Carlos, reproducimos tanto su propia presentación como la carta que nos ofrece. 

Hace unos años viajamos a Calingasta, ese sur sanjuanino singularmente bello que es reconocido por su observatorio astronómico ubicado en la Pampa del Leoncito. Pasamos por su desértica “pampa”, por las arboladas villas de Barreal y Calingasta, por el magnífico Alcazar donde los huarpes del cacique Huazihul se inmolaron antes de ser esclavizados por los españoles. Pero nuestro destino era Tamberías, el pueblo donde Eusebio Dojorti estuvo secuestrado en 1932 junto con sus compañeros del diario “La Montaña”. Después de algunas vueltas, conseguimos ubicar la cárcel de la cual fugaran los periodistas luego de estar 77 días engrillados, hambrientos y sin abrigo suficiente para pasar el duro invierno cordillerano. Entre las ruinas de la antigua comisaría, se levanta la casa donde vive la familia Tello: ellos nos dejaron pasar a fotografiar la finca, y, entre presentaciones y charlas, nos brindaron la cristiana hospitalidad de hacernos sentir “como en casa”. Escribimos estas líneas porque ayer nos llegó una bella carta enviada desde Tamberías. La escribe Estela Campos, y en ella late esa “patria más dulce y suave” a la que todos aspiramos. La compartimos porque no puede ser solo nuestro el privilegio de este tesoro en el que, una vez más, se trasluce que “la patria es el pueblo”, y que es del pueblo la cultura que resiste los embates de la “civilización”.

Tamberías, 28 de Noviembre de 2011.

Querido Carlos: después de tanto tiempo vuelvo a ponerme en contacto con Uds. a fin de contarle: yo soy una nieta del Sr. Ernesto Tello. A lo mejor no me recuerda: mi nombre es Estela y vivo con ellos desde que tenía ocho años (…) Hemos estado muy consternados con el fallecimiento de mi abuela Antonia; gracias a Dios con el tiempo fuimos superándonos, claro que nunca del todo. El motivo de mi carta es para contarle que desde el año pasado formé un ballet folklórico, el cual decidimos bautizarlo como “Ballet Buenaventura Luna”, que está integrado por 26 personas que van desde niños de 5 años, jóvenes y adultos, los cuales hicimos la apertura de la Fiesta del Ajo 2011, y hemos sido convocados nuevamente para el 2012. Participamos en todos los eventos que nos invitan dentro del Departamento. Le cuento que con mucho esfuerzo hemos confeccionado nuestra vestimenta; los chicos salen a vender tortitas y sopaipillas que las madres preparan. Nuestra meta es poder comprarles a los varones sus botas. Bueno, sin nada más que contarle me despido con un abrazo, y esperamos que puedan venir a conocer a los chicos del Ballet. Me gustaría que pudiera venir a la Fiesta del Ajo que a ser el 28/01/12.
Espero no se ofenda porque yo le puse el nombre de don Buenaventura Luna a mi ballet, pero lo hicimos por el cariño y respeto que él nos inspira.
Gracias,
Estela Campos

jueves, 8 de diciembre de 2011

Infancia(s)

Proyecto Infancia(s). "Todo tiene un sonido".

Documento audio. Grabación de Azul (6 años) e Ignacia (12 años), experimentando con ramas y objetos (abanico, lápices, hojas de papel...) encontrados en una terraza y en una oficina. Las imágenes no tienen relación directa con el contenido sonoro pero remiten a las autoras.