sábado, 31 de mayo de 2014
viernes, 30 de mayo de 2014
Un compromiso de amor
Sobre Luis A. Castro
Lucho no caminó hasta los seis años. Se desplazaba sentado en el suelo, porque había nacido con una deformación en su pie derecho, en lo que se conoce como pie bot. Pero lo que no caminaba, lo hablaba. El verbo fue fundamental en su vida. Pero no cualquier verbo, tan rápido como logró desplazarse por la casa apoyado solo en sus posaderas, salían las palabras a borbotones de su boca. Es que su mente iba a una velocidad que lejos de disminuir con los años, fue aumentando. Como no caminaba, leía. Y su mente iba al ritmo de sus lecturas, que luego traducía en palabras. Con los años, las distintas operaciones le pusieron de pie, pero siguió hablando a la misma velocidad.
Cuando empezó a caminar, también
empezó a bailar. Y lo hacía como para hacerle rueda. Amaba bailar casi tanto
como hablar. Era su forma de disfrutar de la vida.
Aunque como herencia de su
infancia de niño limitado en sus movimientos, nunca gustó de los deportes, sí
aprendió a patinar. Y por la calle Euclides de San Miguel, vacía de coches,
como buena calle dormida de los años cincuenta, él se desplazaba libre conmigo
en brazos. Apretada a su cuello, yo sentía que todo el mundo giraba y que
éramos aviones prontos a despegar.
Pero por sobre todo me gustaba
escuchar a Lucho. Sus palabras iban siempre acompañadas de sonrisas, sus bellos
dientes brillaban casi tanto como sus ojos también hermosos, almendrados,
alegres, siempre tan jóvenes, incluso cuando cumplió ochenta años. Me gustaba
escuchar los versos, las anécdotas, las explicaciones, las complicidades.
Lucho convencía de cualquier cosa
con su verbo, pero tuvo algunos grandes
fracasos. El más sonado fue cuando debía conseguir a cualquier precio una
certificación decente para que su hija expulsada por cimarrera, fuera aceptada
en otro Liceo. Pero fue un fracaso glorioso, porque él consiguió diez puntos
positivos en el alma de la hija, contra unas tantas omisiones y ausencias. Su verbo se jugó entero por convencer que
aunque su hija se saltara todas las normas, era la que iba por el buen camino,
porque su ausencia de clases era síntoma de libertad, la necesaria para
desarrollo de su intelecto y felicidad
futura. La Dirección,
implacable, no cedió ni ante su verbo, ni su sonrisa, ni su galantería. El
certificado fue inmostrable y el resultado provocó una levantada de cejas de
nuestra madre, quien contra sus propias
normas, había delegado (avergonzada), tan delicada misión por única vez en este
ex marido, poco fiable para sus estándares, difíciles de alcanzar hay que decirlo.
Pero también tuvo éxitos grandes:
como esa noche de octubre del año 1971, en que preso por extremista!!... (él que
era un honorable socialdemócrata del Partido Socialista), lo vimos salir cerca
de la medianoche, del cuartel Zañartu de investigaciones, como anfitrión que
sale a dejar al invitado, mientras se hacía acompañar por el subprefecto.
Luego, la velada fue inolvidable en nuestra casa de Avenida Matta. El relato de
su interrogatorio, divino. Por ahí deben andar los apuntes que de ese relato
hice en algún momento de añoranzas y recuerdos.
Ni siquiera en Chacabuco se quedó
callado. Cuando lo vi en la sala de la Filarmónica, la sonrisa estaba en receso, su
lengua andaba a una velocidad más moderada, pero su verbo seguía intacto.
Luego, vinieron ocho años de
exilio interno. Otros arrestos, algunas soledades. Pero su relato interminable
y su sonrisa, me hicieron menos pesado el camino.
También vino en los años ochenta
su exilio y luego el mío, las cartas
reemplazaron entonces su voz. Pero tenían su tono y su velocidad, así que más
que leerlas, las escuchaba. Nos vimos en Francia, luego vino una vez a Chile y
dos veces fui yo a verlo a Canadá. Esto, entre sus 58 y 86 años. Fueron
torrentes de palabras. Del año 2011, tengo casi veinte grabaciones. En algunas
de ellas, tengo que decirle que pare, que deje hablar a su mujer!... esto le
provocaba risas, muchas risas. Sabía que era un hablador, uno de los más
desbordantes habladores.
Ayer me dijeron que no quiere
hablar. Tampoco comer. Ni levantarse. Pero ni lo segundo, ni lo tercero, me
hablan tanto de su estado, como el que ya no quiera hablar. Por eso, hoy, yo
heredera de su hablar rápido y mal modulado y de su pasión por dialogar y
también por bailar, que aprendió a patinar en sus brazos, quise verbalizar de
esta manera, porque a él, vanidoso, le
habría gustado escribir sobre sí mismo, incluso en esta etapa. Es mi propia
forma también, de dialogar con este hombre que ha sido mi padre y a quien
pareciera, también en mi mayor fracaso, no lograré cumplir el compromiso de
amor, de tomar su mano y decirle, aquí en Chile: “estamos en paz” y dejarlo
partir.
Luisa Castro Nilo
jueves, 29 de mayo de 2014
Las voces amadas
Se van los amigos después de los fideos
con tuco y el vinito rico, del lemon pie con su cafecito, y de los mates que
ayudan a prolongar la conversa hasta bien entrada la hora de las confesiones.
La casa queda habitada por un susurro de cosas dichas y cosas no dichas,
cuestiones que es preciso hilvanar en comentarios y pareceres antes de que se nos
pierdan entre el barullo de las obligaciones y los apuros cotidianos. Esto
puede suceder mientras lavamos los platos y acomodamos las sillas, o bien a la
mañana siguiente, durante el desayuno, pero hasta que esa charla no se da, la
reunión no ha terminado. Se prolonga adentro de cada uno, como deseamos que
perduren lo bello, lo lindo y lo bueno.
Mientras escribo sobre estos asuntos,
aparece una imagen que ha quedado del lado amable de la vida. Son Thelma y
Louise, libres, locas y lindas, sonriendo para su única foto dichosa. Están a
punto de vivir esos “dos días en la vida (que) nunca vienen nada mal” y que han
quedado en la historia del cine y de quienes nos metimos en el Thunderbird de
Louise, deseando para ellas un final feliz que nunca llegó. Cuando aquí se
estrenó la película, aún no existían los dispositivos de captura y
“viralización” de imágenes que tenemos hoy en día, de modo que a la salida de
la función me afané una foto de esas que antes pegaban en las puertas de los
cines. Se la regalé a mi novia de entonces, pero tiempo después volvió a mis
manos, y es la misma foto que ahora surge en mi pantalla y me hace pensar en esas
dos “chicas” grandes destinadas a no poder dar marcha atrás. Cada paso que dan las
va acercando al barranco, todo las empuja hacia allí, y sólo el amoroso Harvey
Keitel les tiende una mano. Quiere hablar con ellas, les ruega poder conversar
para solucionar el balurdo en el que andan metidas, pero la palabra de un
hombre ya no vale gran cosa para estas mujeres curtidas en desengaños. La
persecución del cierre es desproporcionada, absurda y brutal. Desamparadas y
acorraladas, Thelma y Louise hacen de su debilidad fortaleza y deciden marcharse
para siempre.
Vuelvo a revivir el rosario de
injusticias que ha marcado sus vidas, y retorna la pregunta por el diálogo que
no pudo ser. Regresan las palabras que compartimos durante el día con los
amigos acerca de mantener una buena conversación con quienes queremos, ya sea que
los amemos en la amistad, en el amor de pareja o en los vínculos familiares. La
estrepitosa manera de transitar esta época acelerada, nos encapsula y aísla, y de
un modo u otro todos andamos en busca de la conversación perdida. Porque, más
allá de la genialidad de Fito para trocar cine en música, no ansiamos sólo “dos
días en la vida”. Cuando queremos, queremos, y deseamos ser acompañados por las
voces amadas, en todo el amplio arco de sus risas, sus decires y ocurrencias. Y
que así sea “todos los días de la vida”, porque nacemos de antiguas
conversaciones, y las palabras nos acompañan desde la cuna hasta el sepulcro.
Con palabras nos arrullan, y con palabras nos educan; y luego, conversando, llegan
los amigos, y nos enamoramos conversando, y conversando hacemos los hijos, a
quienes cobijamos entre palabras de bienaventuranza que aprendimos cuando, siendo
niños y a escondidas, escuchábamos las conversaciones de nuestros mayores.
Carlos
Semorile
jueves, 22 de mayo de 2014
Los puros ojos
No recuerdo en qué obra de títeres,
un personaje, admirando un bello paisaje, se decía a sí mismo: “¡cómo me gusta
este lugar!”. Pero eso fue lo que pensé el otro
día cuando, llevando a mi hija a la escuela, pasamos frente a unos afiches que
anunciaban un concierto de Jaime Torres. Un poco más allá había un anuncio
inusual. Se trataba del mismo concierto pero no lo anunciaba un afiche sino un pequeño
mural. El nombre de Jaime Torres estaba escrito a mano (pintado) por un tiempo más
largo a lo que dura un afiche. Hasta el próximo concierto, me imagino, el próximo
anuncio.
En esos mismos días, en otro lugar, otro afiche había aparecido. De un modo distinto, también se trataba de un anuncio inusual. Había sido hecho de manera artesanal por los artistas de La Musaranga para anunciar el ciclo que están realizando junto a Tata Cedrón y otros (muchos) queridos músicos. Esto quiere decir que se podía en ese momento, acá, en este lugar (Buenos Aires, Argentina), escuchar en vivo a dos artistas como son ellos, los anunciados. Los músicos de la pared.
De pronto me sentí con suerte. Muchas veces he tenido la ocasión de ir a escucharlos. Y mi hija también. Pensé (no sin orgullo): “por siempre, podré decir que pertenezco a una generación que escuchó a Tata Cedrón, a Jaime Torres y a cada uno de los músicos que los rodean: en vivo. Nadie me lo contó, no tuve que poner los discos, estuve ahí, cerquita de ellos”. En la sala, claro. Como auditora. Como público. Y al rato me vino uno de esos pensamientos absurdos que más bien preocupan: “¿cómo será no haberlos escuchado nunca en vivo?”. No me gustó ese pensamiento y lo mandé a pasear a otro lado. Me quedé con la sensación primera: “¡cómo me gusta este lugar!” Este país donde todavía los anuncios pueden hacerse a mano. Y donde los músicos, los entrañables músicos, se presentan “en vivo”. Por eso, como se dice en mi patria, hay que “puro” tener ojos para mirar. (Y oídos para escuchar...)
Antonia
miércoles, 7 de mayo de 2014
La cocina
La vida es una suma de tiempo que deja rastro visible en los cacharros de la cocina
Vuelta y vuelta se cocinan los días. Condimento a gusto de esperanza,
sueños, miedos, muertes silenciosas. Cacharros en tensión: en ello
pienso cuando miro la vida del que cuenta historias: cuántas más saldrán
del caldero, cuántas más entrarán en el silencio tiznado de la
historia. Cuánto dura la cocina de la escritura, cuánto tarda en
cocinarse un personaje creíble en una cocina económica que respira con
la leña justa. Un hombre de tinta que muchas veces tarda en tener nombre
y que nace en los recreos del que tiene que ganar la moneda para su
sustento. La idea es sorprender al arte con la mejor caricia. De
caradura este escritor mete mano, toca, ofende, raspa, la pollerita de
los días y noches sin fisuras: revuelve, sin paz, con el pensamiento, en
el papel, con la tinta, con teclas, repitiéndose ideas sobre los
cacharros fundacionales de su cocina. Una batería chamuscada le
resguarda la inventiva, las dudas: a qué inventar, si la mejor
literatura esta en la calle, en las brasas, la leña, en el fuego
inesperado de mi propia cocina. El escritor sabe de la última cena. Sabe
que llegará sin aviso, lenta o rápido serán detalles que solo
importarán a los demás, los que todavía tengan lugar en la mesa, los que
sigan manchando cacharros de cocina. Con el barco escorado habrá que
encarar la última página en blanco, mancharla, dejar constancia del
límite de la sombra en la pared más cercana. Habrá que utilizar una
brasa apagada mientras bajo la económica quedan tres tirantes y el corte
de una rama.
Edgardo Lois
lunes, 5 de mayo de 2014
"Una trigueña que les quite el sueño"
Almuerzo dominguero con dos amigos, y la
charla que primero se demora, luego merodea, y finalmente entra de lleno en el
tema de la dificultad para –una vez separados- volver a armar pareja. Los
tópicos se repiten, al igual que las situaciones y los desencuentros. Además,
electrónica mediante, todo se precipita: con relativa facilidad, dice uno de
ellos, se cree haber obtenido cierta intimidad con una persona hasta hace nada
desconocida, pero con la misma liviandad ese vínculo se diluye, y ese nombre –o
acaso ese rostro, si se produjo el encuentro- vuelve a perderse en la multitud.
Escritas hace más de un siglo y medio, las palabras del filósofo alemán siguen
resultando proféticas: “La época de la burguesía se caracteriza y distingue de
todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por
la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud
y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles del pasado, con todo su
séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas
envejecen antes de echar raíces. Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo
lo sagrado es profanado, y al fin, el hombre se ve forzado, por la fuerza de
las cosas, a contemplar con su mirada fría su vida y sus relaciones con los
demás”. Mi amigo no usó estas frases, pero la idea es la misma: “Todo lo sólido
se desvanece en el aire”.
El problema es que no estamos hechos
para mirar despasionadamente nuestras vidas y las de quienes queremos o
podríamos llegar a amar. Tampoco estamos preparados para la frialdad, de la que
rehuimos y que sólo soportamos cuando no nos queda más remedio. “¿Cómo
podemos imaginar cómo debería ser nuestra vida sin la iluminación que nos
procura la vida de los otros?”, se pregunta uno de los personajes de “Años
luz”, una muy buena novela de James Salter que, anécdotas al margen, indaga en
los modos que toma la vida de pareja ante el trepidar incesante del tiempo. Así
son las cosas, al menos este mediodía en que el encuentro ilumina rincones de
nuestras vidas, recovecos que gustosamente abrimos a la fraternidad que nos
une. Nuestra amistad es esta larga conversación que venimos manteniendo hace
tantos años, una plática que inclusive busca incluir a los amigos que, por una
razón u otra, hoy no están sentados a la mesa. El otro amigo me pregunta qué
pienso de los lances amorosos que nos cuenta y yo, libresco al fin, vuelvo a
Salter y a su idea de que también el amor es una conversación mantenida a lo
largo del tiempo. Es más: si ese diálogo es fluido, “es el pan de la vida
sexual”.
Como dice la canción, “yo quiero
para mis amigos la mejor tierra, un mate calentito
en el invierno, y una trigueña que les quite el sueño”, y entonces despliego
estas ideas “salterianas” que he adoptado como propias. Bajo su luz, volvemos a
discernir los posibles amores que están en danza, los que aún no se han
desvanecido en el aire de este otoño porteño. Y es por ello que, cuando nos
despedimos, siento que algo hemos avanzado, al menos en términos de una tibia
esperanza. Porque aún cuando todo parece estar en contra de que dos personas
comiencen una conversación que les dure toda la vida, y aún cuando nada lo
anuncie, “siempre nos salva un accidente. Una persona a quien jamás
hemos visto”.
Carlos Semorile
jueves, 1 de mayo de 2014
Sobre una forma de morir que es como otra vida
La Justicia reconoció los
restos del compañero Miguel Ángel Bustos, secuestrado de su domicilio en Parque
Chacabuco el 30 de mayo de 1976.
Miguel Ángel Bustos fue un
extraordinario poeta y trabajador de prensa, con una destacada labor en ambos
campos, y una de las tantas víctimas de la dictadura 1976-1983. Trabajó en
Panorama, El Cronista Comercial y otros medios, fue autor de libros como Visión
de los hijos del mal y El Himalaya o la moral de los pájaros y al momento de su
desaparición militaba en el frente de intelectuales que apoyaba al Partido
Revolucionario de los Trabajadores. Está reconocido como uno de los más grandes
poetas de su generación.
VIENTRE PROFETA SIN TIEMPO
Yo no soy de ningún siglo.
Vivo ausente del tiempo. Soy mi
siglo como soy mi sexo y mi delirio.
Soy el siglo liberado de toda
fecha y penumbra.
Pero cuando muera, el profeta que
hay en mí se alzará como un niño sin moral y sin patria. Un niño loco con
lengua de alaridos. Entonces amanecerá en el millón de
Galaxias.
Madres del futuro; cuidado;
cuando muera puedo volver.
Entonces, ay, vientre que me
aguardas, dulcísimo catedral de tinieblas.
de "Visión de los hijos del mal" (1967) /M-A.B
lunes, 28 de abril de 2014
Los Diablos de Prometeo
No es el título de un ensayo, ni tampoco
una relectura del antiguo mito griego. Es más: cuando lo adoptamos como nombre
ni siquiera sabíamos qué cosa era un mito, ni mucho menos quién había sido Prometeo.
No sólo éramos muy chicos: éramos muy brutos. Recuerdo que conversábamos sobre
la malísima suerte de haber nacido en una calle bautizada con el nombre de un
tipo al que no conocía nadie. Peor aún: con ese apodo extrañísimo, nadie sabía
cómo llegar hasta nuestra cuadra ya que, en nuestro imaginario, ningún geógrafo
sensato se animaría a estampar esas cuatro sílabas fatídicas en un mapa.
Sin embargo, el pasaje Prometeo era una
delicia: apenas dos cuadras de casas bajas separadas por la transitada arteria
Iberá, lo cual hacía que cada uno de los “dos pasajes” tuviese vida propia. Allí
se fueron instalando nuestros padres a principios de los años ´60, y allí
crecimos sus hijos, entre los vecinos de Núñez, sosegados y apacibles, ni tan
acelerados como los de la zona comercial de Belgrano, ni tan remotos como los
casi bonaerenses de Saavedra. Los días siguieron tranquilos, un genuino remanso
de bonhomía y buena vecindad, hasta que los pibes empezamos a crecer un poco, y
alguien echó a rodar una redonda y las tardes se llenaron de fútbol y gritos.
Como si nos hubiésemos juramentado,
apenas llegados de la escuela revoleábamos los portafolios, sorbíamos apenas un
poco de leche, y ya estábamos en la calle jugando a la pelota. Jugando en
serio, digo, dejando el alma en cada pique, chivando como cosacos, desgañitándonos
todo el tiempo, peleándonos a muerte por un penal no cobrado y un tiro que pasó
rozando el imaginario travesaño. El pasaje había perdido la calma: aunque
todavía no nos llamábamos así, estaban naciendo “Los Diablos de Prometeo”.
El nombre fue idea de mi viejo, y tengo
dos hipótesis al respecto: o fue una manera de conciliar a “bosteros” y
“gallinas” bajo el amparo del prestigio que en aquel entonces tenían los
“diablos rojos” de Avellaneda, o fue una genialidad semántica de la que
vendríamos a darnos cuenta pasados los años y los libros, cuando al fin supimos
todo lo que el titán Prometeo hizo por nosotros. Sea como fuere, nosotros
aceptamos el bautismo junto con las demás directivas de nuestro director
técnico, preparador físico, levantador anímico, chofer e hincha número uno.
Todo eso fue mi padre, y también nuestro fotógrafo.
Gracias a él, nos quedó un retrato de
aquel conjunto, una foto que ha virado al sepia y en la que estamos los once
titulares de aquella aventura prometeica –y una hermana colada, que aspiraba a
sumarse al equipo-. Ahí, como en las tribus primitivas, estamos los hijos del
barrio, todos emprimados entre sí, los Niro con los Lombardi (y un primo más de
esta tanada), los Semorile con los Misenti, más el flaco Alejandro Schijman
(aprímico), y Dante no sé cuánto (y un primo suyo) que fueron los únicos
miembros del “segundo pasaje” que llegaron a sumarse a Los Diablos. Al fondo,
está nuestro estadio, el Parque Saavedra, y al frente la ternura de unos
rostros benditos que aún nada sabían de los peligros de robarle el fuego a los
dioses.
Carlos Semorile
domingo, 20 de abril de 2014
Del cuaderno de Cándida - Pensamientos fragmentados
“La experiencia de la escritura
se me ha presentado al día de hoy marcada por dos tensiones. Una trata de
volver el mundo inteligible, la otra soportable (incluso querible). Si hubiera
que elegir entre las dos, creo que elegiría la segunda”.
viernes, 18 de abril de 2014
No estamos solos pero estamos tristes
La noticia se hizo pública hace
unas horas y aunque nadie puede decir que fue una sorpresa, el hecho está ahí.
Gabriel García Márquez ha muerto y la gente lo está llorando. Como se llora a
un amigo, como se llora a un ser querido. A un padre, a un hermano. Escritores
geniales hay unos cuantos, los hubo antes de Gabo y los habrá después porque la
humanidad es así. Persistente en sus esfuerzos. En sus tremendas ganas de seguir
adelante a pesar de todo. Pero escritores que despierten la ternura de la gente
son menos frecuentes. La gente lo ama a Gabriel. La gente, en realidad, no quiere
vivir sin Gabriel. Y por eso la gente lo estamos llorando.
¿Qué cosa es un escritor? No tengo
la menor idea. Pero hay algo mágico, sí, en esa manera que algunos tienen de
enredar su vida con la de todos. De decirle algo a todos. Una forma de
generosidad, de bondad en la mirada, anterior a la palabra. Porque primero es
la mirada. Después la palabra, como una caricia, como una manera de decir a
quien quiera leer: “vamos a seguir perdiendo y, sin embargo, todo va a estar
bien, ya vas a ver, todo va a estar bien”. Y por eso quizás los libros de
García Márquez nunca estuvieron meramente en una biblioteca sino que sus
lectores se los llevaron puestos como un traje que se fue gastando sin hacerse
viejo. Un traje que nunca compitió con otros trajes, más nuevos, más vistosos,
más lujosos. Un traje que tuvo siempre la medida exacta de las cosas que
nosotros –hombres y mujeres de América Latina– soñamos y no tuvimos, de
nuestras pequeñas y grandes derrotas, de nuestras pequeñas y grandes alegrías.
Hay un poema escrito por un poeta
argentino hace ya muchos años. Dejo de lado al poeta y me concentro en el poema
que habla de Hiranyaka, el “mejor de los albañiles autor de paredes famosas”
quien, un día, es requerido por la muerte. La Parca se acerca y decide llevarse a Hiranyaca
porque quiere un palacio como nunca nadie tuvo y, entonces, le pregunta:
¿dónde está tu corazón?
tiene que venir también tu corazón
no lo tengo contestó Hiranyaka
ha hecho su casa en una mujer
oh muerte restos de mi corazón
encontrarás en cada casa de este
reino
en cada pared que levanté hay
restos de mi
corazón
pero mi corazón
ha hecho su casa en una mujer
Cabe pensar que la muerte quiso
en este día que Gabriel García Márquez fuera a escribir para ella y solamente
para ella los libros que, primero, escribió para nosotros. Y le habrá exigido
la muerte también su corazón. Pero su corazón está acá, quizás en una mujer,
pero también en cada página que escribió y que nos pertenece. Y cuando el
llanto haya pasado, cuando la sensación de pérdida haya pasado, nos quedará esa
página como una sola página eterna que nada puede borrar. Nos quedará también
esa total seguridad de que estamos menos solos porque García Márquez estuvo un
tiempo entre nosotros.
Entonces podremos realizar
nosotros también el milagro. El pequeño milagro del libro abierto como una
resurrección de todos nuestros muertos.
Antonia García Castro
jueves, 17 de abril de 2014
Por el camino del globo y los tíos
No es la primera vez que me pasa, pero
en los cumpleaños la gente tiende a confundirse. Por ejemplo, mientras se hace
el asado, mi suegra me ve en el arenero del club con uno de los niños y me
dice: “¡Qué bien, cuidando al sobrinito!” La verdad que no: el pibe se cuida solo
y él solito “banca los trapos” frente a grandotes que le llevan una cabeza, o
más. Sucede que el niño ha convertido el “trepador” en un barco que navega las
procelosas aguas de su imaginación, y los grumetes le deben obediencia al
Capitán Valentín. Mediante el prodigio de su parla van apareciendo el timón,
las velas, el mar, los peces, otros barcos, el ancla, y entonces aprovecho para
incrementar su diccionario de marinería: proa, popa, eslora, babor, estribor,
astrolabio. ¿Que es muy chiquito y no entiende los conceptos que dichas
palabras encierran? Probablemente. Sin embargo, las ha repetido como Dios
manda, y alguna vez, tal vez el día menos pensado, las tendrá a su disposición
o se las brindará a alguien más.
“Los tíos no educan”, suelen mascullar los
padres con la bronquita apenas contenida, y algo de insana envidia también. Es
cierto, pero olvidan decir que las tías y los tíos también siembran en sus exclusivas
criaturas. En mi caso, no sería quien soy si no hubiese mirado las películas de
cowboys acompañado de los comentarios mordaces y sardónicos de mis tíos
varones. Cada sábado, por la pantalla del viejo canal once, los apaches
rodeaban, arteros, la caravana de pacíficos colonos que querían hacer progresar
aquellas “tierras de nadie”. Cruzando la calle, mis amigos del barrio miraban
la misma cinta del salvaje Lejano Oeste, y odiaban a los ladinos comanches o
sioux sin sospechar que -sí o sí- el Séptimo de Caballería llegaría a tiempo
para impedir la matanza de los desolados “farmers”. A mí, entre risotadas, me
lo habían contado mis tíos, quienes también competían a adelantar líneas
completas del seductor diálogo final entre el muchachito y la inocente blonda
que lo rescataba del vicio y la perdición del “saloon”. No voy a negar que todo
ello me alejaba de mis cuatecitos, pero lo que perdí en inocencia lo gané en
ironía para, con estudio y también con suerte, tratar de ser “un gil avivado”.
Por mi parte, y en tiempos de alarmante
neutralidad del lenguaje, me encanta enseñarles palabras lunfardas a mis
sobrinas y sobrinos. Sus rostros revelan un asombro genuino, a la vez que parecen
descubrir el otro lado de la realidad, una orilla más divertida y menos opaca
que les permite decir “cheno” en vez de noche, o reemplazar llovizna por garúa.
Por lo que llevo dicho, podría pensarse que sólo me interesa este aspecto del
vínculo, pero no es tan así. Ya me gustaría haber heredado las habilidades
manuales de mi tío Negro, que cuando yo era pibe me hacía los barriletes más
lindos del mundo. No sólo me los hacía, sino que –con infinita paciencia y
amor- me enseñaba a hacerlos, desde el dibujo y los cortes, hasta el armado y
el engrudo, y saber remontarlo. Pero no hubo caso: sólo me interesaba verlos
volar. Irse y quedarse, pero siempre un poquito más allá que acá.
Los papalotes del tío Negro, si mal no
recuerdo, fueron posteriores al globo azul y rojo de la tía Betty. Ella
trabajaba en una tienda de Belgrano, y tenía un largo viaje hasta Ciudad Evita.
Sin embargo, en Puente Saavedra decidió comprarme un tremendo globo, y lo llevó
con ella en lo sucesivos bondis del problemático regreso. Contando con la
solidaridad de los demás pasajeros, la tía Betty siempre tuvo una ventanilla
disponible para que el globazo fuera viajando “a su aire” hasta llegar a
destino. Caminó luego desde la parada hasta la casa familiar donde, más que
satisfecha, me entregó su regalo. Pero, enseguida, quedó perpleja: apenas
recibido de sus manos, no tuve mejor idea que salir al jardín y soltarlo para
ver cómo se perdía en el diáfano cielo. Los papás siempre hablan de sus dolores
paternos, pero pregúntele a Betty cómo fue ese día de su vida como tía.
Como en los cumpleaños, estoy algo
confuso y probablemente todo sucedió en un orden inverso al de este relato.
Poco importa, porque tuve tías y tíos que me regalaron palabras necesarias,
hermosos barriletes artesanales, y un brillante y viajero globo rojo y azul.
Carlos Semorile
La Musaranga
En estos días, los artistas de La Musaranga están haciendo un ciclo junto a Tata Cedrón en Buenos Aires. Se encontrarán más informaciones sobre el ciclo en El Cedroniano. Por lo pronto dejamos acá una visión. Un cuadro. Un pequeño momento robado para que quienes no conocen tengan ganas de conocer. A los artistas, claro.
![]() |
| La Musaranga / foto de Ana Forlano |
jueves, 3 de abril de 2014
Abril en la Quiaca por Carlos Semorile
El “feis” tiene estas cosas de que
aparece una inocente foto fronteriza e involuntariamente se te disparan algunos
recuerdos. Corría 1985 y no digo que se hablara únicamente del cometa Halley,
pero sí que era un tema –por decir lo menos- recurrente en los medios. Se
insistía, por ejemplo, en que su deriva lo aproximaría a nuestro planeta como
ya había ocurrido en 1910, pero, claro, sin la paranoia delirante de aquellos
años locos. En el plano estrictamente local, comenzaron a postularse las
comarcas desde las que podría verse más nítidamente el paso flamígero de su
cabellera, y entonces el Norte argentino picó en punta como observatorio
natural del fenómeno. De allí nació en la barra de amigos una idea peregrina:
juntarnos en Humahuaca cerca de diez cuates y avanzar desde allí hacia La
Quiaca filosofando, con las miradas puestas en el cielo y los instintos bien
aferrados a la tierra.
Conforme avanzaban los meses, nos fuimos
dando cuenta de la suma fatal de diversas imposibilidades. Nuestra juventud y,
por ende, nuestra cerril estrechez conspiraba seriamente contra el proyecto.
Quien no tenía un trabajo que lo ataba, cursaba una carrera que ídem o corría
el riesgo de abandonar un noviazgo prometedor. Sin embargo, ninguno aflojaba y entonces
decidimos que cada quien saldría cuándo pudiera hacerlo y, por los medios a su
alcance, tomaría el camino que en cada caso lo llevara a estar el 10 de abril
de 1986 en la quimérica plaza central de La Quiaca, cuya existencia real y no
imaginada era para nosotros un completo misterio. O sea: “Abril en La Quiaca”.
Mantuvimos el lema cual si fuera un
estandarte de los cruzados, y con él nos dimos ánimos y buscamos mantener la
moral en alto. Pero lo cierto fue que, de la casi decena inicial de amigos,
sólo tres rumbeamos para el Norte: el flaco Alejandro Tiscornia por su lado, y
Sandra Palomares y un servidor, como la pareja que éramos, por nuestra cuenta. Con
las arcas vacías, nuestro equipaje consistía en las prendas más imprescindibles
y en muchos panes de centeno tipo ladrillo, de esos que pesan toneladas y
masticás sólo si sos guapo o tenés mucho ragú. En Retiro nos tomamos el tren
que nos depositó en Tucumán, ciudad que atravesamos con el espanto de ver
todavía en sus paredes pintadas “anti-terroristas” que oprimían los corazones y
las conciencias. Salimos de raje para Salta, sin chances de conocerla y
disfrutarla, tan flacos teníamos los bolsillos. En Jujuy, hicimos el transbordo
a un mini micro que comenzó al ascenso hacia el frío intenso y las cornisas inmensurables:
al primero lo combatimos con hojas y más hojas de diario (nunca le debimos
tanto al “gran diario argentino”), y la noche –piadosa– nos ocultó los
precipicios que sorteamos a un ritmo infernal.
Amanecimos en la frontera, tomamos un
desayuno reparador, y nos dispusimos a cruzar a Villazón para aprovechar el
día. Mientras hacíamos los trámites aduaneros y la milicada comenzaba su
habitual verdugeo de aquellos años (aunque mucho más suave que el que le daban
a los coyas), vimos aparecer por el ancho puente internacional la quitojesca
figura del Flaco Tiscornia, quien llegaba alucinado de su fugaz paso por
Bolivia. Nos abrazamos ipso facto, y reingresamos a la Argentina a contarnos
las viajeras peripecias y a celebrar nuestro módico “Abril en La Quiaca”.
Nos subimos los tres al mismo micro que
nos había llevado en volandas, pero esta vez descubriendo cada recodo de aquel camino
sembrado de prodigios y maravillas. El Flaco siguió derecho hasta Jujuy, y
nosotros nos bajamos en Humahuaca, y pasamos luego a Tilcara. Allí comenzamos
otro viaje, el de dejarnos hechizar por el Norte, sus colores, sus sabores, su
incaico pasado, su hermosa gente y sus susurradas historias. Y algunas noches,
cuando me agarraba el Capricornio, me emponchaba con lo que hubiera a mano y
salía a buscar el Halley, aunque más no fuese su cola, su estela difuminada que
también faltó a la cita.
No importa, porque si lo hubiese visto
tampoco le agregaría nada a esta historia que hoy escribo pensando en aquella
barra de amigos. Importa sí que sepamos que alguna vez, y todavía, fuimos y
somos capaces de soñar viajes, amores y osadías.
miércoles, 2 de abril de 2014
Recordando al arquitecto Osvaldo Cedrón
Este texto, testimonio, carta,
gesto de amor, fue escrito pocos días después de que muriera Osvaldo Cedrón
(arquitecto, docente, militante peronista). Un ser entrañable. Hoy no es el
aniversario de nada pero no hace falta. Del “Cholo” es bueno acordarse todos
los días. En los días de sol y en los otros. Especialmente en los otros para
que igual salga el sol.
***
Mar
del Plata, 20 de septiembre de 2005
Por Silvana Inés Lado de Cipolla.
Despidiendo al Cholo
Hoy hace un mes que perdí a
Carlos y no puedo todavía escribir algo para él. Pero sí puedo hacer algo que
él seguramente hubiera hecho de haber estado: escribir una despedida para el
CHOLO.
No tuve la dicha de estar entre
sus amigos íntimos, pero sí el honor de conocer al Cholo y disfrutar de sus
charlas y anécdotas en reuniones con amigos comunes y en la Sociedad de Fomento. Y es
por esos ratos compartidos que puedo decir que el Cholo era de esas personas
que hacen que las palabras compromiso y solidaridad tengan algún sentido.
El Cholo llegó a Mar del Plata de
la mano de su viejo que pensaba que esta ciudad era "la utopía
socialista" y pronto se chocó con otra realidad. Y habrá sido por esa
realidad y por ese ideal que el Cholito decidió comprometerse para que la
ciudad fuera otra.
No conozco toda su trayectoria
como arquitecto, y de eso podrán dar mejor fe los colegas, pero sí fui testigo
de su trabajo en los planes de vivienda y de que sacaba de su bolsillo para
pagar las cuotas de los beneficiarios porque "pobre pibe, la mujer quedó
embarazada de nuevo y no puede pagar".
O como esa vez en que le entraron
en su casa a robar y, además de ofrecerles el auto a los ladrones y ayudarles a
cargar las cosas, como los chorros no sabían manejar los llevó él hasta la
villa donde vivían y se vino "en bondi".
Ese era el Cholo. Preocupado
siempre por los demás, por los que no habían tenido posibilidades, por los
"descamisados". Porque el Cholo era profundamente peronista.
El Cholito siempre participó en la Sociedad de Fomento del
barrio junto con Carlos que, al revés que el Cholo, era profundamente radical.
En una elección de la sociedad de fomento, después de contar los votos el Cholo
viene corriendo, se abraza a Carlos y grita "¡Carlitos, le ganamo´a los
radicales!". Todos nos reímos a carcajadas y Carlos le aclara "Pero
Cholito, yo soy radical". El Cholo se queda un segundo pensando, lo vuelve
a abrazar y le dice "No importa, somos del pueblo, del movimiento nacional
y popular"
No sé si el Cholo creía en el
cielo. Pero como yo sí creo me lo imagino diseñando lugares con ventanales
enormes para que entre mucha luz, peleando con San Pedro para que deje entrar a
alguno que no tuvo una vida fácil y cayó en la tentación..., discutiendo mano a
mano con el barba y tomándose un vinito con Carlos mientras arman un movimiento
celestial y popular.
Una vez lo escuche al Cholo decir
sobre alguien "es buena persona, pero tiene demasiada universidad". Y
demasiada universidad no era buena si te embotaba el sentido de la calle.
¡Hasta en eso tenía razón el
Cholo! Sólo la calle y la vida te enseñan la medida del adoquín cuando te
golpea en la cara.
En este momento siento que nos
quedan pocos locos cerca, que corremos peligro de que se extingan y perdamos a
los que imaginan utopías y salen al ruedo a pelear para hacerlas realidad. Sin
ellos el mundo se vuelve gris y aburrido. Así que si ven por ahí uno de estos
locos lindos, abrácenlos fuerte para que no se vayan y convénzanlos pronto de
que no se puede vivir sin aire.
Fuente: http://escuelaprimaria22mdp.blogspot.com.ar/2011/07/1era-propuesta-de-modificacion-del.html
jueves, 6 de marzo de 2014
El primo gramsciano
Cuando uno crece en una familia mitad
peroncha y mitad zurda, se acostumbra a la aspereza de ciertos debates. Se
sabe, por ejemplo, que toda calma es transitoria, y que en cualquier momento se
pudre la raviolada porque alguno dejó caer una moneda de canto y algún otro se
dispuso a definir su lado bolche o su lado peronio. En ese momento, todo se
alborota sin prisa -pero sin pausa- hasta alcanzar un clímax de tensiones propio
de los clanes sicilianos. Y encima, como si fuésemos poco diversos, una de
las primas se trajo de Cuba a un tano del PCI.
Si mal no recuerdo, fueron bajando por
el corazón andino de la
América Latina, gozando de demoradas postas en sus comarcas
más campesinas, agrarias e indígenas. Todo cuadraba bajo el exotismo con el que
los europeos miran a los sudacas, y además el milanés se hallaba bajo los
efectos narcotizantes del romance. Pero imagínense el malambo que se le hizo en
el marote al pobre Luigi cuando finalmente llegó a esta Argentina cosmopolita,
sin campesinado a la vista, con un PS inexistente, un PC minúsculo, y una clase
trabajadora históricamente peronista. De entrada nomás, el gramsciano nos
recriminó la inadecuación de la realidad con respecto a los libros. Es decir, a
sus libros, porque mientras él nos tiraba por la cabeza los “Cuadernos de la cárcel”
y citas escogidas de Benedetto Croce, nosotros le devolvíamos gentilezas con
volúmenes de Cooke, Jauretche y el General. Él nos corría llamándonos fascistas,
y los criollos le recordábamos suculentas anécdotas del Duce y sus dulces
“camicie nere”. Todo con una cortesía, una franqueza y una pasión tipificadas
en el Código Penal.
Pero la sangre nunca llegó al río
porque, haciendo cada quien sus concesiones, siempre supimos manejar nuestras
diferencias. Pero, además, porque el tano tiene un carisma impresionante y nos
fue ganando los corazones a golpes de simpatía, una inteligencia notable, y
algunas refinadas ironías como seguir diciéndonos “fachos” a los miembros
peronistas de la familia. Así y todo, cierta vez Luigi logró unificar a la
totalidad del primaje, sin distinción de banderías. Hablábamos de fútbol, más
específicamente de los respectivos ídolos nacionales de este deporte, y
seguramente ya hastiado de nuestro sideral fanatismo por el Diego, Luigi
exclamó: “Basta!!! Maradona é solo un uomo!!!”
Para qué!!! Los gritos se escuchaban hasta
el Marenostrum de los antiguos romanos, y debe haber sido algún dios de aquella
estirpe el que salvó la vida del primo Luigi. En medio de iracundos aullidos,
nos fuimos levantando de la mesa, mientras el italiano nos observaba como se
supone que un danés decodifica a un somalí. Luego, pasó el tiempo, que todo lo
tamiza y –dicen- cura las heridas. Nuestra prima y Luigi se casaron, y cada vez
que pueden viajan desde Milán a la tierra de sus tíos y primos peronistas. Y
nosotros, los exaltados, cuando limamos nuestros más abismales desacuerdos,
volvemos a decir la frase que pone cada cosa en su lugar y vuelve el mundo a su
tamaño original: “Maradona é solo un uomo!!!”
Carlos Semorile
jueves, 20 de febrero de 2014
Sobre el Gran Circo Hermanos Corales
Hace algunas semanas, a raíz de circunstancias misteriosas
y largas de contar (me abstengo), recuperé de un viejo cassete, un tango. Hasta
ahí nada anormal. Resulta que el tango, hecho en Buenos Aires, era chileno y
hablaba de mi barrio. Razón por la cual yo tenía ese cassete. Decidí ponerlo en Internet
para que otros lo pudieran escuchar. El tango tenía una particularidad y es que
evocaba lo que había sido ese barrio en los años 20-30. Entre otras cosas: un
circo y una familia de artistas circenses, los hermanos Corales. Hete aquí que
hoy ese video puesto en Internet recibió un comentario, de un familiar… de los
Corales… Y entonces ahora sí no puedo resistir a la tentación de compartir el
comentario, el tango, un texto relacionado con el rescate de la grabación
(San Diego en el corazón). Y para los enamorados del circo, una reseña completa de los Hermanos Corales. AGC.
***
Jueves 20 de febrero 2014
Está creación del gran Chito
Faró, dedicado a mi barrio San Diego, en cuya letra, dice “Tarde de verano
cuando llegaba el circo, y los mocosos descalzos corriendo tras el tony Chalupa;
y Los Hermanos Corales” que emoción, Los Hermanos Corales, Ellos son: Mis tíos,
Dalberto Tomas, Ramón y Mis tías; Luz, Orlanda, Catalina, Flor, Doris y mi
Madre, Juana. Todos ellos los Hermanos Corales, del gran Circo Hermanos
Corales, fundado por mi abuelo: Juan Corales González, El SEÑOR CORALES, junto
con su esposa mi recordada, y añorada abuela doña: Sara Toro de Corales. Tantas
emociones juntas, al oír esta creación, recordar a mis tíos y tías, a mis
abuelos, y el barrio San Diego, donde crecí. Lugar juegos en la Plaza Almagro,
tienda Zabala, que cada mes de marzo, era la primera en uniformes, aquellas
matinés del cine Esmeralda, librería Marconi, farmacia Francesa, casa Sierra y
casa Val, Mercado Sur. Calle San Diego, testigo silencioso de mis aventuras de
juventud, cierro mis ojos y puedo recorrerte, San Diego, sin olvidar detalles,
y recodo, desde Alameda, hasta Placer… algún día si Dios quiere he de volver a
ti. Mis sinceros agradecimientos a la señora Lucia Nilo Vidal.
Mauricio Corales
viernes, 14 de febrero de 2014
jueves, 13 de febrero de 2014
Del cuaderno de Cándida - Pensamientos fragmentados
“No digo que sea una verdad. Pero
sí una posibilidad. La función de un libro, a lo mejor, es acompañar. No
enseñar, no revelar, no entretener. Todo eso puede ser, son otras posibilidades.
Me imagino que no hay porqué elegir entre unas u otras. Pero me resulta
reconfortante pensar que la función de un libro es acompañar. Exactamente como
dos amigos pueden acompañarse uno a otro. Caminar un rato. Hablar o callarse.
Hablar y callarse. Escuchar al otro. Sentir la suerte que uno tiene porque ese
otro, es amigo. Es amiga. Llevarlo del brazo. Llevarla. O que te lleve. Todos
los libros que he amado se parecen a mis amigos. Son amigos. Entonces la cuestión
sería, para el que escribe un libro, cómo se quiere acompañar. Si uno va a
andar a los gritos, golpeando las mesas, diciendo: he aquí una verdad. O si uno
se va a poner a un costado, para que en el libro de uno, se expresen los demás.
O… etc. Las posibilidades deben ser infinitas”.
miércoles, 12 de febrero de 2014
Historia de la silla
Nos llega la noticia de la muerte de Santiago Feliú
y, al menos para los de mi generación, es como si se nos hubiese muerto un
hermano. Una muerte injusta, rastrera, con ganas de jodernos la vida llevándose
a un tipo sensible, creador de piezas bellas y memorables, con una hondura y
una mirada necesaria para el mundo.
Al menor de los Feliú lo adoramos desde sus primeras
visitas a Buenos Aires, cuando el amor por Milanés y Rodríguez estaba más que cimentado.
Pero Santiago era un par, era uno de nosotros encaramado a los escenarios con
su timidez, su guitarra y su armónica. Era el muchacho al que podías saludar a
la salida de un recital, y en una calle de San Telmo –mordiéndote los celos-
permitir que tu novia le diese un largo abrazo y, a la cubana, un par de besos.
Fue el tipo que una vez dejó el alma en un Teatro IFT
lleno de estudiantes barbudos, y muchachas fascinadas con su estampa. Ese día
salimos cantando un grupo de amigas y amigos, y cantando tropezamos con una
destartalada silla de mimbre que parecía salida de la canción de Silvio. Le
hicimos, pues, los honores del caso, y cantando la llevamos hasta “La
Verdulería”, donde inclusive nos retratamos con ella. Estábamos tan felices por
el concierto de Feliú, que decidimos que la silla quedara entre nosotros como
recuerdo de aquella noche de alegrías y canciones. Esa misma madrugada, beodos
y todo, la llevamos a la imprenta que nos daba de comer en esos años y la
instalamos en un rinconcito especial.
Hace rato que la silla-tótem se desmembró, y ya hace muchos
años que abandonamos el intento de saber quién es y de dónde salió una de las
muchachas que nos acompaña en la foto de “La Verdulería”. Todo ello es
accesorio. Lo único que importa es que al menos una noche en nuestras vidas supimos
ser contemporáneos de un joven trovador enamorado. Y que, mientras vivamos,
cantaremos sus canciones mientras evocamos su hermosa y ya eterna sonrisa.
Carlos Semorile

viernes, 7 de febrero de 2014
La cocina del cantar popular por Carlos Semorile
De entre las cosas que me enamoran de mi trigueña, destaco que suele cantar cuando se enfrasca en la cocina. No siempre, no todas las veces, pero, si está en vena, canta mientras amasa unos panes o prepara un postre. No es extraño que al escucharla evoque a mi joven madre, cuando se paseaba por la casa cantando La compañera, Merceditas o El Corralero. Con su hermosa voz educada en el coro del colegio de las monjas, ella podía pasar, sin demasiados conflictos, de algún villancico clásico a la Zamba del Chaguanco. Todas bellas canciones, pero a mí me emocionaba cuando arrancaba con estos versos: "Eras la tempranera, niña primera, amanecida flor, suave rosa, galana, la más bonita tucumana". No exagero si digo que, cuando mi churita cocina y canta, vuelvo a sentir que en el aire vibran los compases, pero también la sencilla elegancia criolla de La tempranera.
Todo esto viene a cuento de algunas
charlas que desde hace tiempo venimos teniendo con el Tata Cedrón acerca de la
música argentina. En un escrito anterior, conté sobre una juntada de cantores
en la que, luego de hacer un repertorio de bellas zambas, huellas y estilos, surgió una reflexión
colectiva respecto de que esa riqueza es nuestra, y que ella y no otra nos
expresa. Allí decía que hace rato que el Tata viene bregando para que se
conozca, se difunda y se valore el capital simbólico que encierra este “sonido
criollo”, pero que tales cuestiones quedaban a la espera de un tiempo propicio.
Que no es otro que este de ahora, en el que comenzamos a dejar testimonios
provisorios, pero enjundiosos, de aquello que consideramos que debe ser pensado
para que podamos modificar todo lo que sea necesario para que ese sonido criollo
no se pierda.
Alguien podría preguntar, “¿pero, por
qué habría de perderse?” Bueno, le responderíamos, por la misma razón que las
mujeres ya no cantan en sus cocinas, y los señores ya no silban para acompañar
los tangos que se les meten en el alma –como recuerdo lo hacía mi padre–. “¿Es
que acaso alguien se lo ha prohibido?” No es tan sencillo como eso, les diremos
con un resto de lecturas foucaultianas: el actual sistema de producción,
distribución y difusión musical no precisa prohibir nada pues le basta saturar
el mercado con “otras músicas” para que nadie tenga noticias de que existe una Zamba
de la Candelaria
o una Tonada del viejo amor. En concreto: si la hija de mi morocha, que también
cocina bonito, tuviese su misma índole cantora no podría recorrer un repertorio
que desconoce casi absolutamente. Y a no ser que uno crea que la Zamba de Lozano o la Milonga sentimental no
merecen ser escuchadas, disfrutadas y atesoradas por las nuevas generaciones de
argentinos, esto es ciertamente penoso.
Decíamos que estas líneas son
provisionales pero, aún en su estado de transitoriedad, elegimos decir de
entrada que nos enfrentamos a un enemigo al que no le conviene que nuestra
diversidad musical se encuentre con los oídos que serían sus naturales
destinatarios: los de nuestros propios compatriotas. Esa maquinaria tiene un
rostro difuso pero no puede eludir tener, aunque más no sea, algún nombre: “el
mercado”, sus “industrias culturales”. Seguiremos escrachándolos para que nadie
se llame a engaño.
Carlos Semorile
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