domingo, 19 de agosto de 2012
miércoles, 15 de agosto de 2012
"Lo Popular" por Homero Manzi
“Alguna vez,
alguien que sea dueño de fuerzas geniales, tendrá que realizar el ensayo de la
influencia de lo popular en el destino de nuestra América, para recién
entonces, poder tener nosotros la noción admirativa de lo que somos.
Esta pobre
América que tenía su cultura y que estaba realizando, tal vez en dorado
fracaso, su propia historia y a la que, de pronto, iluminados almirantes, reyes
ecuménicos, sabios cardenales, duros guerreros y empecinados catequistas
ordenaron: ¡Cambia tu piel!... ¡Viste esta ropa!... ¡Ama a este Dios!... ¡Danza
esta música!... ¡Vive esta historia!
Nuestra pobre
América que comenzó a correr en una pista desconocida, detrás de metas ajenas,
y cargando quince siglos de desventajas.
Nuestra pobre
América que comenzó a tallar el cuerpo de Cristo cuando ya miles y miles de
manos afiebradas por el arte y por la fe habían perfeccionado la tarea en
experiencias luminosas.
Nuestra pobre
América que comenzó a rezar cuando ya eran prehistoria los viejos testamentos y
cuando los evangelistas habían escrito su mensaje; cuando Homero había
enhebrado su largo rosario de versos y cuando el Dante había cumplido su divino
viaje.
Nuestra pobre
América que comenzó su nueva industria cuando los toneles de Europa estaban
transpasados de olorosos y antiguos alcoholes; cuando los telares estaban
consagrados por las tramas sutiles y asombrosas; cuando la orfebrería podía
enorgullecer su pasado con nombres de excepción; cuando verdaderos magos,
seleccionando maderas con cavidades y barnices, sabían armar instrumentos de
maravillosa sonoridad; cuando la historia estaba llena de guerreros, el alma
llena de místicos, el pensamiento lleno de filósofos, la belleza llena de
artistas, y la ciencia llena de sabios.
Nuestra pobre
América, a la que parecía no corresponderle otro destino que el de la imitación
irredenta.
No podíamos
intentar nada nuestro. Todo estaba bien hecho. Todo estaba insuperablemente
terminado. ¿Para qué nuestra música? ¿Para qué nuestros dioses? ¿Para qué
nuestras telas? ¿Para qué nuestra ciencia?¿Para qué nuestro vino?
Todo lo que
cruzaba el mar era mejor y, cuando no teníamos salvación, apareció lo popular
para salvarnos.
Instinto de
pueblo. Creación de pueblo. Tenacidad de pueblo.
Lo popular no
comparó lo malo con lo bueno. Hacía lo malo y mientras lo hacía creaba el gusto
necesario para no rechazar su propia factura, y, ciegamente, inconcientemente,
estoicamente, prestó su aceptación a lo que surgía de sí mismo y su repudio
heroico a lo que venía desde lejos.
Mientras
tanto, lo antipopular, es decir lo culto, es decir lo perfecto, rechazando todo
lo propio y aceptando lo ajeno, trababa esa esperanza de ser que es el destino
triunfador de América.
Por eso yo,
ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre
Argentino, me he impuesto la tarea de amar todo lo que nace del pueblo, todo lo
que llega del pueblo, todo lo que escucha el pueblo.”
Homero Manzi
Sur (Barrio de Tango). Poesías
para Hombres
Corregidor, 2000
lunes, 6 de agosto de 2012
El ensayo
Siempre es
problemático el tema de los legados, cómo se los transmite, la forma en que se
los recibe, el modo en que en última instancia se los tramita. Respecto de
nuestro paso por la secundaria, coincidente con el inicio y la continuidad de la Dictadura, esa herencia
es lo suficientemente compleja como para admitir dos vertientes: la represiva,
continua y permanente, y la rebelde, esporádica e inesperada, aún para sus
ocasionales protagonistas.
Hubo unos cuantos episodios perversos
en aquel Vicente López opaco y monótono de los años dictatoriales. Uno de ellos
fue el día en que, de sopetón, decidieron cambiarle el nombre al cole. Algún
acuerdo entre bambalinas con el gobierno dominicano hizo que pasásemos a
llamarnos “Juan Pablo Duarte y Diez”, a lo que no podíamos dejar de agregarle
“fundador de la
República Dominicana”, como para hacernos entender. El día de
la imposición del nuevo nombre fue una jornada terrible. Tanto los invitados
-las autoridades de la cancillería del país caribeño-, como los anfitriones -la
militada vernácula-, se tomaron su tiempo para llegar al colegio, y también se
tomaron otro tiempo considerable para cumplir con el puntilloso protocolo. Todo
ese tiempo nos la pasamos en el patio, en estricta formación y bajo la atenta
supervisión de profesoras, preceptores, personal de maestranza… e inclusive
uniformados, que se paseaban entre nosotros con su castrense amor por las
líneas rectas. Fueron horas de estar ahí parados sin comida ni bebida, y sin la
más mínima chance de romper ni la monotonía de las filas, ni el abigarrado
silencio. Y fue justamente ese silencio espeso el que iba a darles un marco
sonoro a las caídas que se fueron
sucediendo cuando las compañeras y compañeros empezaron a desmayarse como
muñecos de un teatro impiadoso. En la sala de profesores se improvisó una
enfermería, y en el suelo del patio iban quedando sugestivos manchones rojos.
Mientras la lipotimia hacía su trabajo, los que íbamos quedando dábamos un paso
al frente y el rito, qué duda cabe, seguía con absoluta normalidad.
Hubo otra ceremonia a
la que algunos tuvimos la dicha de asistir, aunque no estaba escrito que aquel
fuera a ser un día memorable. En principio, porque ni sabíamos para qué se nos
seleccionaba con tanto esmero. Un día se apareció la rectora en el aula y le
pidió a la profesora de turno que señalara a los más responsables, a los
mejores. Se ve que no eran tantos porque la rectora siguió buscando por su
cuenta y riesgo. Traté de desaliñarme a los ojos de esta señora, pero algo me
delató y fui seleccionado para el evento secreto. Tuvimos que dar números de
documentos (como si no los conocieran) y llevar autorizaciones parentales: al
fin y al cabo, se trataba de una actividad extracurricular de excepción. No
recuerdo exactamente en qué momento nos enteramos que nos llevaban al estadio
de River para un ensayo general de la apertura ultra gimnástica del Mundial.
Pero sí me acuerdo que nos hicieron formar en las afueras junto a otros miles
de chicas y chicos, y que esa fue la única vez que entré a una cancha de fútbol
como si se tratase de un museo británico. Había excitación en el ambiente, como
cada vez que hacíamos algo distinto de lo habitual, pero además el marco era magnífico:
el Monumental colmado de bote a bote únicamente por jóvenes. Pese a que
estábamos “rigurosamente vigilados” (como los famosos trenes checos), esa
imagen era algo digno de verse.
Hicimos lo que nos pidieron: cantamos
el Himno, aplaudimos como “claque” a las chicas y sus piruetas y, en resumidas
cuentas, asistimos a una exhibición bastante más anodina y deslavada de la que
luego veríamos por la tele. Todo podría haber seguido así de prolijito y
aquietado, de no mediar la voz del locutor anunciando la simulada presencia de
los popes de la
Dictadura. Lo que siguió fue impensado y único: una
formidable silbatina bajó de los cuatro costados del estadio hasta tapar
cualquier otro sonido que no fuera el de nuestro rechazo más absoluto. Los
silbidos se convirtieron en gritos y en seguida en abucheos, y esa fabulosa
descarga sólo amainó por la fuerza de las amenazas que nos dirigieron los
preceptores y profesores, amenazados a su vez por los soldados, suboficiales y
oficiales que estaban apostados en las salidas de las tribunas. Pero no fue la
sangre inyectada en los ojos de las bestias lo que nos hizo callar: el elemento
decisivo para que consiguieran el silenciamiento fue que todos estábamos
“marcados” de antemano. Y ése fue precisamente el latiguillo que debimos
escuchar desde el apresurado cierre del ensayo hasta el regreso al colegio.
La anécdota prácticamente
termina allí: las prometidas sanciones no llegaron nunca, acaso porque 24
amonestaciones para 60.000 pibes hubiera sido como levantar la perdiz del grado
de repulsa social que cosechaba el régimen en pleno 1978 y a poco de la lavada
de cara del Mundial. Como corolorio quisiera señalar que los que allí puteamos
a Videla & compañía habíamos sido cuidadosamente escogidos como “lo mejor
de cada casa”. Éramos, supuestamente, los virtuosos, los no problemáticos, los
más aplicados alumnos de capital y el conurbano. No puedo hablar por mí –que
los odié toda la vida–, pero a esas chicas y chicos nadie les preguntó nunca,
entre otras muchas cosas, si querían estar cuatro horas parados al sol viendo
cómo sus compañeros se descomponían ante la mirada impasible de los
representantes del terror. Cuando se hable de lo que la sociedad civil hizo en
esos años, también habría que recordar el fenomenal julepe que los milicos se
llevaron aquel día de la cancha de River. De otra forma, estaremos cumpliendo
con la programación cultural de quienes no quieren que este sea un pueblo libre
y feliz: contarnos sólo la parte mala de la historia.
Carlos Semorile
viernes, 3 de agosto de 2012
martes, 31 de julio de 2012
Un acto de libertad
Una amiga del secundario
me cuenta que los actuales moradores de nuestro Nacional de Vicente López se
proponen relevar historias cotidianas del colegio durante la época de la Dictadura. Parece,
entonces, que el pasado siempre acecha y que es tarea del presente conjurarlo,
darle un orden, hacer un relato. Es lo que sigue a continuación: la narración
de un dolor antiguo y un homenaje a quien no supimos, no pudimos, o no
quisieron –otros no quisieron– prestarle una mínima esperanza en el porvenir.
Creo que estábamos en tercer año, o sea 1978. A la profesora de
literatura ya la conocíamos del curso anterior: buena mina, genuina vocación
docente, enamorada de algunos autores que, misterios de la currícula castrense,
nos dejaban leer. Hablo de “Relato de un náufrago”, de García Márquez, que es
el folletín de un marino mercante que sobrevive diez días en el mar, sin comida
ni bebida, luego de un naufragio de la armada colombiana. El tipo se salva y
pasa a ser ídolo nacional: lo condecoran, lo besan las reinas de la belleza y,
si mal no recuerdo, hasta le dan casa y dinero. Pero en las entregas de su
historia, que Gabo va escribiendo y publicando, salta que el buque naufragó
porque llevaba demasiadas toneladas de mercancías de contrabando. Escándalo. Le
sacan la casa, la pensión, las reinas ya ni lo miran, y vuelve a su mísera vida
de antes, pero peor porque ahora está estigmatizado. Pregunto: ¿cómo nos
dejaron leer esto los milicos? ¿Acaso creían que ellos eran tan distintos de
los corruptos marinos colombianos? ¿O fue una sutileza de la Blaustein, que logró contrabandear
a García Márquez para que al menos tuviésemos una idea de lo que nos estábamos
perdiendo?
El año anterior, ahora que lo pienso,
también nos puso cara a cara con la historia de la mano del “Martín Fierro”. Un
embole, dirán algunos. Pero no. La
Blaustein nos paseó con maestría por el poema, y entonces ya
no era una épica de tiempos idos y gauchos muertos, sino lo que ha sido y será
toda la vida: un alegato de la puta madre que lo parió. Un maravilloso y
trágico retrato de las injusticias y los heroísmos argentinos. Revisen nomás
los autores que han escrito al respecto: Borges, Martínez Estrada, Jauretche,
Hernández Arregui, Carlos Astrada, etcétera. La lista es larga y mi sapiencia
es corta. Pero, además, la profe nos tiraba data extra sobre el senador José
Hernández, sobre su rol como periodista, sobre sus compromisos. De ahí a
descubrir que se opuso a la
Guerra de la Triple Alianza había un solo paso. Ella, que por
obvias razones no nos podía llevar hasta ese conocimiento, al menos nos
señalaba el bondi que nos dejaba en la puerta.
Pero un día no se aguantó más. Llegó
distinta, no diría que más enérgica que otras veces porque era una persona
dinámica, pero tal vez sí más embalada. Pensándolo ahora, supongo que estaba
cabreada, algo la había enojado mucho. La clase comenzó con esa tensión en el
ambiente. Éramos tan infantiles que creíamos que el mundo se acababa cuando
alguien nos decía “saquen una hoja”. Y sin embargo, ella agarró para otro lado
y al rato fue volviendo a su verdadera naturaleza. Se dulcificó. Comenzó a
hablarnos como nadie que yo recuerde nos habló en todos esos años. Abrió su
corazón y nos dijo que no le gustaba la comunidad en la que todos vivíamos, que
la oprimía, que soñaba con una sociedad de iguales, sin hambre ni miseria, sin
explotadores ni oprimidos, sin importarle que llevase el nombre de socialista,
comunista, o cualquier otro. Mientras hablaba, sus propias palabras la iban emocionando.
Es fácil ahora entender por qué: en el medio de la más feroz represión, se
estaba permitiendo un acto de libertad. Me parece como si la estuviera viendo,
buscándonos la rebeldía en los ojos, tratando de encender los espíritus que se
mantenían apagados como fuegos del cuaternario. Ella vibraba y nosotros, sus
alumnos, callábamos. Con ese silencio cobarde le estábamos diciendo que su
sueño nos era ajeno, desconocido y peligroso. La vimos apagarse. El clima se
enfrío de nuevo, desapareció la dulzura, y en un último intento nos preguntó
directamente si no nos gustaría vivir en una sociedad diferente. Le contestamos
con el miedo. Pero no se dio por vencida: “¿En serio ninguno de ustedes sueña
en vivir en un mundo más justo?” No se alzó ninguna mano. La profesora
Blaustein contuvo sus lágrimas, nos dijo que la decepcionábamos, agarró su
cartera, y se marchó mucho antes del timbre. Nos dejó solos con nuestro terror,
y esta mala conciencia de no haberle agradecido nunca por haber pensado en
nosotros y en lo que nos estábamos perdiendo.
Carlos Semorile
lunes, 30 de julio de 2012
Una mirada que alumbra
![]() |
| Fotografía: gentileza de Fernando García Delgado |
Le pido muy especialmente al
lector que antes de leer… mire. Que mire atentamente la foto que le estamos
presentando. Luego que piense, que reflexione, que busque en el bosque espeso
de sus recuerdos. ¿Ha visto este objeto antes? ¿Lo reconoce? ¿Qué cosa es?
La escena que voy a contar
sucedió hace unos días en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. El dueño
de casa –de una casa en la que estábamos de visita– nos mostró esta maquinita y
nos tuvo a los presentes bien ocupados tratando de determinar de qué se
trataba. Alguno dijo que probablemente había servido para armar cigarrillos.
Otro que servía para cortar boletos. Una voz femenina sugirió que podía ser una
suerte de sello. Y así, uno tras otro, cada cual iba arrojando su idea,
mientras el dueño de casa sacudía la cabeza, diciendo que no, que no era ni
esto ni lo otro. En realidad, él tampoco sabía para qué servía pero ninguna de
las versiones lo convencía. No recuerdo ahora cómo fue que la máquina había
llegado a sus manos. Unas manos grandotas. Unas manos como sólo he visto en la
provincia de Buenos Aires pero sé que las hay también en otros pagos. Unas
manos que cuentan historias, esfuerzos, trabajo, hazañas y que, a veces,
ofrecen misterios, de la misma manera en que se ofrece un mate. Generosamente.
Armando una ronda.
No deja de ser asombroso que tan
pocos años (¿o será que fueron muchos?) después de inventada ya no podamos
decir con seguridad para qué servía una máquina como la de la foto. ¿Quiénes la
usaban? ¿Qué tipo de hombres o mujeres? ¿Para hacer qué? ¿En qué
circunstancias? ¿Y cómo era la vida alrededor de esa máquina? ¿Dónde la
guardaban? ¿Con qué otros objetos? Me gustaría tener las respuestas. Pero mucho
más me gustaría saber en qué piensa el dueño de casa cuando mira esta máquina,
cuando la guarda, cuando se la presenta a los invitados con una sonrisa pícara
y una mirada que alumbra.
Cándida
PS. El dueño de casa tiene nombre
y apellido. Pero tiene tanto nombre y tanto apellido que me acobardo y lo callo
(en esta ocasión).
sábado, 21 de julio de 2012
Paka Paka nuestro de cada día
En la medida en que algunos
lectores se conectan desde Rusia quizás no esté de más recordar que Paka Paka
es un canal de la televisión argentina dirigido a niños de 6 a 12 años, desarrollado por
el Ministerio de la
Educación.
Extrañamente, es en la televisión
–esa “caja boba” como ha dicho el poeta Acho Manzi– donde se está dando una experiencia cultural francamente innovadora. Me atrevería a decir que todas las personas interesadas en temas
culturales –no sólo culturales porque éstos nunca son exclusivamente culturales–
deberían mirar un poco el Paka Paka nuestro de cada día, tengan o no tengan
hijos, nietos, sobrinos, etc. ¿Por qué? Porque quizás haya en ese espacio un
camino al que nos podemos remitir para seguir creciendo los que, para
bien o para mal, tenemos más de 12 años. La consigna de Paka Paka suena en todo caso a invitación: “El Poder de la Imaginación”.
¿Qué muestra el canal? Por
ejemplo, niños que hablan sobre niños a otros niños. Niños que hablan sobre sí mismos, sobre sus
vidas, sus sueños, su entorno, sus costumbres sin la mediación de un adulto. Me refiero desde luego a la palabra,
a la manera en que se expresa y no a las condiciones de realización de los
programas. No a la convocatoria. Los adultos están presentes, pero en muchos
programas entre bambalinas, no son los protagonistas. Los protagonistas son los
niños y los adultos que los rodean están ahí para permitirles expresarse (es el
caso de programas como Autorretratos, Mi Escuela, La Lleva).
¿Sobre qué habla? Por
ejemplo, sobre literatura (Biblioteca Infinita). Sobre ciencia (La casa de la
ciencia). Sobre historia (Zamba). Sobre artes visuales (Veo veo). Sobre música
(Toco con todos). Sobre derechos (segmentos entre los programas). Sobre Buenos Aires, también, sus barrios. Sobre Argentina, en toda su diversidad. Sobre América
Latina, en toda su diversidad. Sobre África, Asia, el mundo. No todos los programas son argentinos. Los
hay de muchos países y esto tiene que ver con la manera en que trabaja el
canal, remito a los lectores interesados al sitio del mismo*. Pero lo que se
quiere subrayar es de qué manera Paka Paka involucra al niño en una relación
cultural. No se trata o no se trata prioritariamente de entretener al niño. Claramente la mayoría de los programas –con poquitas
excepciones e independientemente de que nos guste más éste que tal otro– están
dirigidos a niños que se postula creativos. Ejemplo: “Toco con todos” donde se
puede aprender a hacer instrumentos de música con (casi) nada y a transformar
la boca en instrumento sin decir palabra. Otro ejemplo: Los
experimentos de La Casa
de la Ciencia. O
sea, niños que saben y seguirán sabiendo. Niños que hacen y seguirán haciendo.
Niños que tienen su peculiar definición de esto o lo otro.
Hay más. Es raro que la televisión
reflexione sobre sí misma. En Paka Paka encontramos también una exasperante
gallina que crítica al gallo que se pasa el día viendo televisión y muy
especialmente un noticiero (Kikiriki): “¡es
la misma porquería de siempre!” grita la gallina y el gallo niega, dice que
es “diferente”: “claro, insiste la maldita gallina, ¡vos porque te conformás con poco!”.
Eso es lo que no hace Paka Paka y nos invita a lo mismo. A no
conformarnos con poco. A eso invita también a nuestros niños. Por eso pienso que si tenemos suerte y voluntad, si Paka Paka (y todo
cuanto hace posible este canal) puede seguir desarrollándose, de acá
a algunos años la diferencia entre adultos se dará también en esos términos:
los que vieron y los que no vieron Paka Paka que se asemeja a “una escuela de
todas las cosas”.
Durante varios años la televisión se me presentó como el circo romano. En peor. Porque
es una poderosa máquina que banaliza todos los males que aquejan nuestras
sociedades, manipula la información, tiende a generar depresión colectiva (las
noticias tienen que ser “malas” o no son y si además es posible deformarlas,
agravarlas, de manera a que estemos convencidos de que el fin del mundo es
para mañana o pasado mañana, mejor), favorece ciertos modelos culturales en detrimento de otros y, más generalmente, vende todo lo que puede ser vendible. Como si esto fuera poco, la televisión
nos mantiene sentaditos, ordenaditos y –debe haber algún vinculo– gorditos.
Estos aspectos del problema tienen una solución fácil: se apaga. Hay muchas
otras maneras de enterarse de lo que pasa fuera de casa.
Pero Paka Paka junto a otros canales similares señalan que desde la misma “caja” se puede emprender una suerte de batalla. Esa batalla es cultural. Y
es otras cosas más. Habrá que seguir investigando.
Ahora bien. Respecto a la mayoría
de los canales que no son Paka Paka ni asimilados… Referirse al poema de Acho
Manzi que fue canción. Entre otras cosas dice así. “Dale al electrón… dale al
electrón… dale con la lanza… y en el corazón…”
Antonia
*Si le interesa visitar el sitio internet de Paka Paka: busquelo y haga su propio experimento.
lunes, 16 de julio de 2012
Librerías Compañeras
Como alguna vez dijera Miguel Cané, habitualmente
se tiene la sensación de que “Publicar un libro en Buenos Aires es como recitar
un soneto de Petrarca en la Bolsa de Comercio”. Efectivamente: una vez pasadas
las adrenalinas de las inscripciones, la imprenta y la eventual presentación,
el texto queda sometido al ingrato destino que le tiene reservado el actual
sistema de distribución y venta de la mercancía “libros”. Las grandes cadenas,
no podía ser de otro modo, vienen provocando grandes pérdidas. La de los
libreros, desde ya, pero también la de los títulos: si usted no se apura a
buscar la obra recientemente editada que le interesa, lo más probable es que
“los despachantes de libros” no sepan a qué sótano ir a buscarla. No exagero: en
los exhibidores, hasta los best-sellers tienen menos vida útil que un “tweet”,
y esto es así porque las mega-editoriales vienen usando a las librerías como
verdaderos depósitos para sus fabulosos tirajes. Claro que estas cifras excitan
a los chochamus de “las industrias culturales”, quienes elaboran gráficos en
base a los datos de la Cámara del Libro y otras fuentes igualmente prestigiadas.
Siguiendo estas deliciosas curvas uno podría pensar que estamos en el mejor de
los mundos: se edita, se vende y se lee. No vaya a creerse que estoy diciendo
que la situación no ha mejorado, sobre todo desde el momento en que esos
indicadores reflejan un efectivo repunte del mundo editorial. Sin embargo, si
pensamos estos problemas tan sólo en términos de “industrias culturales”, es
probable que terminemos creyendo que el país nunca anduvo mejor que cuando se lanzaban
20 manuales para self-managements por semana, olvidando que en misma época
nadie tenía un mango.
Es evidente que hay un cierre “por
arriba” que deja conformes tanto a las grandes empresas como a un sector de
funcionarios estatales que andan con el paradigma cambiado. ¿Cómo se sale de
esto? Me gusta imaginar que es posible la formación de una red nacional de Librerías
Compañeras, una bien esparcida serie de locales a cargo del Estado en la cual
sería posible encontrar, en cualquier punto del país, las producciones
regionales, locales y nacionales. Las Librerías Compañeras con las que sueño
podrían ser construidas por el/los estados nacional/provinciales (evitando ad infinitum el sovietismo en lo
edilicio), o ser adecuaciones de algunas ya existentes (que habría que
comprarles a los privados), pero en cualquier caso no deberían dejar de tener
su café/salón de lectura y su eventual espacio para las presentaciones. En
ellas, el lector interesado en la vida nacional, podría encontrar todo lo que
la inteligencia argentina es capaz de generar para ser leído y aprovechado por
los compatriotas. De este modo, el chaqueño podría acceder a lo que escribe el
chubutense y el patagónico tendría en sus manos un volumen editado en Formosa o
Jujuy, quebrando de ese modo el aislamiento al que nos condena la dependencia
de las actuales cadenas de distribución y venta (una de ellas, será de Dios,
acaba de ser comprada por el Monopolio). Como mi sueño es mío, no imagino
locales pobres ni en la oferta ni en lo tecnológico: las Librerías Compañeras
contarían con un servicio de consulta online para que los autores puedan saber
en tiempo real el estado de sus ventas y la localización de las mismas,
terminando así con la maldita costumbre de las casas editoriales de fumarse las
ganancias de los escritores (mínimas, por otra parte). Además, esta
digitalización permitiría que los lectores pudiesen consultar o colaborar con
los autores que así lo deseen: no son pocos los libros que terminan admitiendo
baches debido a que las grandes distancias, y la falta de recursos para
salvarlas, hicieron imposible la toma o la constatación de datos en lugares
alejados, y no son pocos los lectores dispuestos a salvar esas lagunas. El
libro que viviera su existencia dentro del sistema de las Librerías Compañeras
pasaría, ahora sí, a ser una obra verdaderamente nacional, tanto por su creador
como por la certeza de llegar a sus destinatarios naturales.
Desde ya, quedarían excluidas las
producciones que ya tienen su propio y aceitado circuito de comercialización, porque
las Librerías Compañeras vendrían justamente a quebrar el monopolio de la
distribución que hace que en un país fuertemente republicano -y, si se quiere,
hasta jacobino- los niños terminen leyendo sobre príncipes y castillos. Otro
punto sería el de los descuentos a aplicar: no deberían superar el 30% para los
editores independientes (para que de este modo puedan reinvertir parte de la
ganancia en nuevas ediciones), pero podrían llegar al 50% en el caso de
editoriales más consolidadas o inclusive en el caso de las Universidades
Nacionales o Provinciales que sí están en condiciones de aceptar una quita
mayor. ¿De qué vivirían entonces, se me pregunta? De lo mismo que viven el
resto de las librerías a las que no les va nada mal, pero además se las debería
tener en cuenta a la hora de todas las exenciones impositivas habidas y por
haber (el libro, para empezar, no paga IVA). Por mi parte, estoy convencido de
que los índices que manejan los “industrio-culturosos” adolecen de falta de
país, y de que existe una avidez tal de temas nacionales que las Librerías
Compañeras serían un éxito. Pero si así no fuera y si la Nación o las
Provincias debiesen “bancarlas”, pues bienvenido sea el Estado a sus genuinas
funciones de reparación social y cultural. ¿O acaso estas Librerías no se
llaman Compañeras?
Carlos Semorile
Un pedido para los que quieren
De nuestras
discusiones ha ido surgiendo el tema cultural. Ha ido surgiendo de dos maneras.
Como celebración y como aspiración.
Celebración
porque quienes participamos en este espacio no somos huérfanos de cultura, nos
sentimos más que parte de una “banda” que recibe múltiples legados. Los tenemos
identificados, los reconocemos, los sabemos en parte marginales porque las políticas
culturales (o su ausencia) permite esa marginalidad de nuestros “padres de la patria”.
No solamente los ya conocidos. También los otros. Los famosos “grands hommes” que reza el Panteón allá
en las callecitas parisinas por las que algunos nos perdimos y nos encontramos
también. Algunos de esos “grands hommes”
mueren en otros lados en el más perfecto abandono. Filósofos. Escritores. Músicos.
Existe quizás sin proclama una patria amplia cuyo territorio, o más bien cuyo
cuidado no está en manos de ningún guardia fronterizo ni asimilado. Una patria
cultural que muchos llevamos dentro aunque tenemos muy diversas nacionalidades.
Aspiración,
también. La cultura nos ha surgido como aspiración porque, precisamente,
queremos más. No: queremos diferente.
Así nació el pedido, hecho a nuestros colaboradores y a quien quiera
participar, de hacernos llegar sus reflexiones sobre temas culturales. Especialmente,
sobre lo que serían algunos aspectos importantes de una política cultural según
su modo de pensar… y de querer.
Y así, Tata
(ver lista de colaboradores) se acordó de este texto publicado alguna vez en el
año 2004, cuando en Buenos Aires se
planteó la pregunta de cuáles serían las cualidades que debiera tener un
secretario de cultura. Lo publicamos a pedido suyo mientras Carlos Semorile y
el Profesor (ver lista de colaboradores, etc.), pluma en mano, nos dicen que el
pedido, definitivamente, no cayó en el vacío.
ANIBAL FORD
(1934-2009)
Es importante
tener calle
“Hace
cincuenta años que estamos discutiendo el maldito término de cultura, como
diría Raymond Williams. Lo que es claro es que un secretario de Cultura no
puede limitarse a la concepción tradicional del término como bellas artes,
aunque se vea restringido a ellas por razones institucionales o por
obsolescencia institucional o conceptual. La cultura es también memoria,
genealogías del trabajo o de la vida cotidiana, formas regionales de entender
la vida o la muerte, exploración tanto de las formas en que se cruzaron en el
país, mal o bien, los gringos, los criollos y los pueblos prehispánicos. En el
fondo –y tómese en cuenta que también hablamos de la cultura de la droga y de
la violencia–, hablar, administrar e interpretar la cultura es ver cómo les
damos sentido a nuestras diversas prácticas sociales o individuales. Hay una
cultura de la política o de la ciudadanía y no sólo una política de la cultura.
Y se puede seguir. Lo cierto es que éste es un tema colgado y que no se va a
resolver si no cruzamos la cultura de las bellas artes con las culturas de la
pobreza o de la exclusión, de la
Recoleta con la de los caminos olvidados, la de las nuevas
tecnologías con la de las memorias y los tiempos largos de la constitución
fragmentaria de nuestro país. Por lo tanto, pienso que un secretario de Cultura
tiene que tener calle y haber pateado barro en todas estas instancias.”
domingo, 15 de julio de 2012
Archipiélagos
En 1934, Ricardo Rojas estuvo durante
cinco meses en la Isla Grande de Tierra del Fuego en calidad de preso político.
En aquel confinamiento escribió una serie de artículos sobre aquella comarca
que, en su americanismo, él prefería llamar “Onaisín”. De su estadía en el sur,
Rojas hizo, como siempre, un llamamiento para volver argentino lo argentino
(“De nada vale declamar contra las infiltraciones extranjeras, más o menos
imperialistas, si los argentinos descuidamos nuestro deber”), y ese fervor
nacional es lo que puede leerse en las páginas de “Archipiélago”. El libro
conoció un par de ediciones en vida del autor, y luego vivió un letargo de
callados anaqueles de donde lo rescató la interesada mirada de Federico
Gargiulo, alma mater de la editorial Südpol. La nueva edición se presentó el
viernes pasado en la Biblioteca Nacional, bajo el amoroso resguardo de los
trabajadores de la Casa Museo de Ricardo Rojas, un colectivo de mujeres y
hombres que obran el milagro de mantener funcionando un museo que, desde hace
años, mantiene sus puertas cerradas al público.
Desde que los conozco, puedo asegurar
que no han cesado de peticionar y de gestionar para evitar el colapso de la que
fuera la casona de Rojas, un solar de exquisito diseño acechado por derrumbes,
humedades y otros imponderables que constantemente ponen en peligro el
patrimonio que ella conserva. Cual metáfora del conjunto de nuestra vida
cultural, se desconoce todo lo que “la casa” atesora y que aún no ha podido ser inventariado en su
totalidad. El Museo sobrevive en un limbo de desidias parecido al que se
retrata en “Archipiélago”, desenvolviéndose por sus propios medios, lo que
equivale a decir que descansa en la energía que le insuflan las voluntades de
sus trabajadoras y trabajadores. No está nada mal ese amor, tan parecido por
otra parte al que todos los hacedores culturales derraman en cada proyecto que
llevan adelante, dejando en ellos alma y vida. Pero tampoco está mal decir que
el Estado tiene obligaciones y que, si las descuida, “de nada vale declamar
contra las infiltraciones extranjeras, más o menos imperialistas”. Para ser más
preciso: a todos nos persigue una conocida frustración, la de percibir que
nuestras tradiciones culturales no son honradas plenamente.
Los isleros de la Casa de Ricardo Rojas
siguen dando el ejemplo, juntándose en sus casas a falta del Museo, reeditando
una obra y preparando otras. Ricardo Rojas no es una pluma menor de nuestras
letras, y aunque tardíamente se haya colocado a la derecha de sí mismo, sus páginas
nacionales no deberían andar como islotes a la deriva, desintegradas del
continente del Pensamiento Nacional.
Carlos Semorile
miércoles, 11 de julio de 2012
Los mineros de Asturias: Una tradición solidaria
“Todos los 4 de Diciembre los
mineros asturianos y del resto de España celebran la fiesta de su patrona Santa
Barbara. El movimiento obrero fue esencial en la lucha por las libertades y la
democracia en España. El himno de los mineros ha traspasado las barreras de la
mina y se ha convertido en un himno solidario y reivindicativo para todos los trabajadores...
No en vano el nacimiento de las Comisiones Obreras se sitúa dentro de una mina
y ese movimiento obrero organizado les llevó a una de las principales revueltas
antifranquistas, la huelga minera de 1962....Y lo que ocurrió en Asturias, en
las huelgas que se desencadenaron en las minas entre abril y junio de 1962, puso
en marcha la apasionante lucha por la libertad de este país. Lo que van a
mostrar los mineros de Asturias durante el desarrollo del conflicto es que no
son unos salvajes dinamiteros, como los pinta el régimen franquista sino que su
cultura está hondamente enraizada en una tradición solidaria que heredan de sus
mayores. No hay violencia. Todo se va produciendo a través de gestos
silenciosos y acciones simbólicas. Si hablaban entre ellos, la represión podía
ser mayor. Así que no entraban a trabajar si el picador de mayor prestigio no
bajaba la percha con el mono y el casco. Entonces miraba a sus compañeros, y
éstos entendían. No fue, además, sólo cosa de los hombres. Las mujeres
ayudaban, y allí donde había esquiroles sembraban su camino de granos de maíz
para llamarlos gallinas. Hasta que se unían a los demás”.
[texto
que acompaña el video publicado en la entrada anterior. Cf. https://www.youtube.com/watch?v=x_XApseiqZ0]
Nuestra común ignorancia
“Todos sabemos algo”. Por lo
menos un cachito. Cada cual en su rubro, en su oficio, en su ocupación. Nadie
parece escapar a esta afirmación que de un tiempo a esta parte anda circulando
por las aulas argentinas.
“Todos sabemos algo”.
Ojalá la frase se expanda, tenga
un largo camino, atraviese ríos, llanuras, pampas, cordilleras, bosques y
selvas. Que no se limite a ciertas aulas de las escuelas públicas de la ciudad
de Buenos Aires.
Mientras esperamos una entrevista
con Gabriela Reche (maestra jardinera) que evoca en algún punto estos temas, se
puede recalcar la importancia de esta afirmación de algunos maestros porque
incluye una forma de generosidad.
Una propuesta, una invitación a no discriminar entre mi (tipo de) saber
y el (tipo de) saber del otro.
“Todos sabemos algo”.
En cierta medida, la afirmación conlleva otra menos evidente. Si todos sabemos algo debe ser cierto también que
nadie sabe todo sobre todo. Y esto es una buena noticia porque nos iguala en una
común ignorancia. Quizás, si fuéramos capaces de tomar la exacta medida de
nuestros pocos[1] saberes y de nuestra bochornosa[2]
ignorancia sería más fácil dialogar. Con otras perspectivas. En definitiva,
siempre se trata de mover las fronteras. Las internas. Las que más cuesta
traspasar. Más allá de las dificultades a las que nos enfrentamos a diario –las
personas normalmente constituidas, es decir más a menudo injustas que justas– en
nuestros diálogos con quienes piensan diferente –lo que puede llegar a incluir
al resto de la humanidad–, tengo en mente otra cosa: la posibilidad de seguir
conociendo.
Así, junto con recomendar la lectura de un viejo maestro
llamado Jacotot, el “Maestro Ignorante”, y de uno menos viejo llamado Rancière,
que lo estudió al primero, quisiera compartir una suerte de ilusión: la
posibilidad de aprender de quienes no tienen patente de sabios, de quienes a
menudo han sido (des)calificados como ignorantes. A veces son ellos los que caminan,
caminan, caminan, con la esperanza de que se abran las puertas de las grandes
ciudades.
Antonia
[1] En la
medida en que todo saber resulta poco en relación a un universo amplio. O sea, teniendo
en cuenta, aunque sea una banalidad, que todo es relativo.
[2] Por
mucho que algunos estén patentado sabios y/o cultos, esa "patente" siempre será a
su vez relativa ante la diversidad de los saberes
posibles.
viernes, 6 de julio de 2012
Pasaje Valle: El tango los tangos 2º (1920)
Pasaje Valle: El tango los tangos 2º (1920): El tango ha perdido su inocencia - como Buenos Aires, que se ha convertido en una de las diez metrópolis más grandes del mundo – y evol...
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lunes, 2 de julio de 2012
Versos de una maestra de piano
María Eugenia Romo nació en la V región de Chile a principios del siglo
XX. De haber llegado a este mundo en una época y lugar menos rurales y
patriarcales, hubiera sido una gran concertista. Sin embargo, dedicó
su vida a enseñar piano, solfeo, compuso canciones y escribió poemas que usaba en clases
para que los niños aprendan los números, las letras y por supuesto, las
notas. Pero en su intimidad también dejaba fluir en versos sus
esperanzas y añoranzas. Aunque ella fue mi abuela paterna (de hecho, la
conocí muy poco), comparto el poema "Cuando me haya ido" más como un
homenaje a la relación entre madre e hija, ese vínculo único que ningún
otro lazo puede suplir. Pero los dejo con las palabras de María Eugenia.
Son mucho mejores que las mías...
Valeria
CUANDO ME HAYA IDO
(María Eugenia Romo)
Búscame en el parque, en cada árbol
y en el banco aquél donde estuvimos
tantas veces hablando de nosotras,
que allí estará mi alma, allí contigo.
Búscame entre tus flores preferidas,
que allí estaré para alegrar tu vida,
perfumando con rosas y claveles
el aire que respires, niña mía.
Búscame en tu corazón apasionado,
que cuando tú me llames, yo vendré.
Búscame donde quieras, que yo siempre
a tu llamado pronto acudiré.
Búscame entre las nubes, en otoño,
cuando se acerquen esas tardes frías,
que yo te envolveré con mis recuerdos
para abrigarte siempre, hija mía.
(María Eugenia Romo)
Búscame en el parque, en cada árbol
y en el banco aquél donde estuvimos
tantas veces hablando de nosotras,
que allí estará mi alma, allí contigo.
Búscame entre tus flores preferidas,
que allí estaré para alegrar tu vida,
perfumando con rosas y claveles
el aire que respires, niña mía.
Búscame en tu corazón apasionado,
que cuando tú me llames, yo vendré.
Búscame donde quieras, que yo siempre
a tu llamado pronto acudiré.
Búscame entre las nubes, en otoño,
cuando se acerquen esas tardes frías,
que yo te envolveré con mis recuerdos
para abrigarte siempre, hija mía.
sábado, 30 de junio de 2012
Como una carta eterna
Nunca
pensé que escribir podía tener algo que ver con jugar a las bolitas. Y también
con ese otro juego de nombre tan raro: pool. No suena linda la palabra y
tampoco el ruido del palo –o como se llame– en las pelotitas. En mi barrio se
jugaba. Había un salón de pool en toda la esquina. Vivíamos a media cuadra y
por las noches, entre todos los ruidos interiores y exteriores, mi oído captaba
precisamente ése: apenas un golpe en una pelota y todas las otras se
dispersaban, rodaban, seguían su propio camino. Como las bolitas. Más lindas,
más delicadas, de vidrio, de colores.
La
imagen de las bolitas me asaltó esta mañana pensando en algo que pasó ayer.
Tiene que ver con el texto que publicó en este espacio Carlos Semorile: “Echar
de menos”.
No
es primera vez que Carlos nos comparte una carta. Cada vez que nos comparte –lo
que se le ocurra– me siento agradecida. Pero cuando además nos comparte una
carta me carcome la envidia. No se lo he dicho. Se lo digo ahora. Yo supe
recibir cartas. Hace mucho. Ahora llegan de vez en cuando por un exceso de
voluntad de quienes las escriben. Pienso que las personas que reciben cartas
son privilegiadas. Pero además de la alegría personal que se puede tener al
recibir una carta, hay otra cosa. Ya lo hemos evocado: las cartas se están
extinguiendo. No del todo, es cierto. Algunos correos se resisten, son
electrónicos pero quieren seguir siendo cartas. Quién sabe por cuánto tiempo
resistirán. No es que la gente haya dejado de escribirse. Se escribe. Y es más,
se escribe todo el día con esos aparatitos diminutos, apretando teclas,
mensajes van, mensajes vienen, con palabras abreviadas (¿por qué no?), de
dudosa ortografía (ellos sabrán). La diferencia está quizás en el hecho de que
esas palabras no quedarán. No están hechas para durar, para ser atesoradas. Su
tiempo es el ahora. Por lo mismo, no acompañarán. No se podrá recurrir a ellas
cuando hayan pasado muchos años. No nos dirán, como sí hacen las cartas, que no
estamos solos porque alguna vez estuvimos acompañados. “Alguien nos escribió”
quiere decir precisamente eso: alguien nos acompañó, nos sigue acompañando. En
una relación de ida y vuelta, el destinatario de una carta es el remitente de
otra. Y así, sucesivamente, en un perpetuo rodar.
Es
un hecho. Algunas personas vivimos en una época en que la gente común mandaba
cartas. Antes, en otros siglos, sólo lo hacían las personas de cierta posición
social “elevada”. El siglo XX, que ciertos días parece ser el peor de todos,
también arrojó gestos de una belleza inaudita. Ternuras. Delicadezas. Como la
expansión de las cartas que se desarrolló junto con la escuela republicana, me
imagino, es decir con el saber leer y escribir. Gracias a ese saber, personas
de “baja” condición de pronto tuvieron alas. Porque ¿qué cosa es una carta sino
algo que puede volar, transportarse de un lugar a otro para llevar mensajes?
Hay un libro que habla de eso. En realidad habla de otra cosa pero en sus
primeras líneas se refiere a un tren que transportaba cartas y que por eso “iba
cargado de esperanzas”. El libro se llama La
vida simplemente y lo escribió Oscar Castro. A lo mejor no es una
exageración pensar que si se extinguen las cartas, también se extinguirá una
manera de ser hombre, de ser mujer, uno junto a otro, unos con otros. Pero eso
es triste y yo quería hablar de algo alegre.
Ayer,
Carlos publicó “Echar de menos”. Y Valeria lo leyó. Carlos y Valeria no se
conocen. No han sido presentados. No se han mirado a los ojos. No viven en un
mismo país. Tienen una cordillera de por medio. Tengo la suerte de conocerlos a
los dos. Años atrás, Valeria y yo compartimos una mesa. En esa mesa tomábamos
apuntes. Esto fue en el último año de la escuela secundaria. Recuerdo
perfectamente una característica de mi amiga que solía poner nervioso al profesor
de historia. Valeria no respondía nunca a las preguntas que él le hacía. El
profesor tenía una manera muy especial de preguntar. Caminaba por toda la sala
y, de pronto, en el momento menos esperado, se detenía y apuntando un dedo
cuasi acusador hacia un alumno, decía: “a ver, usted, ¿en qué año pasó tal
cosa?” Valeria nunca se daba por aludida. Más de una vez, discretamente, le
pegué un codazo o alguna patadita para que aterrizara. Porque Valeria se nos
iba por las nubes como escribiendo cartas eternas. De Valeria aprendí que la
distracción es una súbita disociación entre el lugar por donde vuelan los
pensamientos y el lugar en el que se nos requiere. “De cuerpo presente” solía
responder mi madre cuando era niña y pasaban lista en su propio colegio. El
tema era el tiempo. El tiempo que se toma uno en ir y volver de esos paseos
imaginarios. Y, más prosaicamente, desde el punto de vista de un profesor
ofendido: el tiempo de la respuesta.
¿Por
qué escribe la gente? Porque no puede decir.
Porque
no todo se puede decir. No siempre. No en cualquier momento.
Ayer,
Valeria leyó a Carlos y esa lectura le inspiró un texto que no quiso difundir
ampliamente. Cosa que respeto porque pienso que cada escrito tiene sus
destinatarios. A veces uno. Otras, dos, cuatro, cincuenta, cien. Cuando son más
de mil se llama best-seller. Con su consentimiento, sin embargo, me improvisé
cartero y le hice llegar ese texto a Carlos mientras pensaba en João, el amigo que inspiró el texto primero (“Echar de menos”). João, a quien ni Valeria ni yo
conocíamos, pero ahora sí, un poquito, porque Carlos escribió. Y ahora Valeria
también sabe algo de Carlos a través de su escrito. Y Carlos, algo de Valeria,
a través de su escrito, etc. Etc.
De
ahí lo de las bolitas. Lo de la sala de pool. Y ese ruido que no me dejaba
dormir.
Repito
la pregunta.
¿Por
qué escribe la gente?
Porque
algunos escribieron previamente y porque otros, distintos, escribirán. Y acaso
lo que llamamos literatura no sea más que eso. Una carta eterna de todos para
todos.
Antonia
viernes, 29 de junio de 2012
Echar de menos
Estas líneas son para celebrar que, a
veces, la reparación es posible.
A mediados de los ´70, la casa de mis
padres parecía un anexo de la Unesco. Vivíamos en alegre montonera gentes
nacidas en el puerto, en provincias, en países hermanos y en comarcas lejanas.
Familiares y desconocidos. Casi todos militantes, y alguna colada ocasional. Estaba
Shirley, la norteamericana, cuya beba nació argentina y quién te dice si ahora
sabe que en ella y su madre se reflejaron las luces de la antigua Saavedra. De
vez en cuando, pasaba un compañero del interior que no necesitaba cantar para seducir
al mujerío: alcanzaba con sus bigotazos y su melena, con su estampa de hombre dulce
y recio a la vez. En la cocina de aquella casa dio sus primeros pasos mi prima
Mirta, un mediodía que partí al colegio embebido en la maravilla de su andar
tambaleante. Meses más tarde nacería su hermano, de modo que, en el medio del
caos de aquellos años difíciles, aquello fue casi una maternidad.
Estaba el vecino de la derecha, que era
rico y de derecha, y estaban los vecinos de la izquierda, que eran pobres y de
izquierda, y tenían una hija hippie, notable artesana, casi una artista, gran
fumadora y conversadora insomne, y cuya hija trabajaba en un banco de 9 a 5. También
estaban mis primas mayores, que iban y venían con sus destinos de bioquímicas y
sus rebeldías y sus penas. Y atrás de ellas sus novios, con sus penas sin
rebeldías y sus amores constantes. Con cada una de estas personas me unía algo:
admiraba al cantor pintón, me enternecían mis primos pequeños, asistía al
fastidio de mi hermana cuando el pretendiente de nuestra prima mayor mataba la
espera jugando a irritarla, estaba embelesado con los maternales pechos de
Shirley, jugaba al ajedrez con el vecino de izquierdas y correteaba a la nieta
gringa del vecino de derechas. Cantaba todas las canciones, escuchaba todas las
charlas y, para no perder palabra, era el último en ir a dormir.
Pero de todas las “visitas” que tuvimos,
mi más amigo fue João. Como todos los demás, él tenía una deriva bien
trajinada, con aprendizajes y culturas que se le iban sumando como pieles a la
piel. No podría decir cuánto tiempo estuvo con nosotros, en todo caso el
suficiente para adoptar el "Rechiflao en mi tristeza" de Mano a mano, o para regalarme lecturas
exquisitas para esos años -y también para éstos-. João me introdujo en el mundo
de Lucky Lucke y su sátira mordaz de lejano oeste de los pistoleros y los sheriffs,
mis antiguos héroes de los tiempos idos. A cambio de este derrumbe mitológico,
su temprana vocación paterna y su facilidad didáctica me alzaron hasta las
Galias irredentas de Asterix y Obelix. Cuadro a cuadro, João me hacía comprender
-y sentir- la historia desde el lado de los resistentes y, con esas
herramientas, podía vislumbrar que la ironía es capaz, incluso, de desarmar al
mayor de los imperios. Descubrí el placer que existe en la inteligencia, pues
hasta allí me levó la cariñosa pedagogía de João, mi amigo brasilero.
Con quien, claro, jugábamos al fútbol. La
sala era grande, al menos lo suficiente como para poner dos sillas como arcos y
tener un par de metros para intentar unas gambetas. Que nunca me salieron,
porque fueron proverbiales las palizas y goleadas que me pegaba con su
habilidad carioca. Al final de uno de esos partidos, João me dijo que se le
abría la oportunidad de volver a su país y que debía irse. Me lo explicó
serenamente y me preguntó si lo iba a echar de menos. No me animé a decirle que
no sabía el significado de la expresión “echar de menos”, y entonces le dije
que no. Se sorprendió mucho con mi respuesta, y me repitió la pregunta.
Comprendí que me había mandado un macanón, pero mantuve la negativa acaso
porque estaba muy enojado con él debido a su partida. Sentí que lo
desilusionaba, pero seguí jugando a la pelota como si nada. Y me lo reproché
todos estos años.
Como con tantos otros compañeros y
militantes, a João también le perdimos el rastro. Viajé varias veces a Brasil y
siempre pensé en buscarlo, pero sin más datos que su nombre, era una tarea poco
menos que imposible. Todo parecía destinado al desencuentro, hasta que João me
ubicó a mí:
Carlos, no me sale de la memoria viejos tangos de Gardel,
himnos y slogans de la lucha de los años 70 en Argentina. Es que mismo pasado
tantos años (cuasi 40) tengo voluntad de volver a Argentina aún que sea
por un día, únicamente para reverlos, o para rever lo que ha restado de mis
viejos amigos que un día dejé para atrás. Pero por hora me contento con poder
contactarlos y saber de Uds.
A pesar de una
vida llena de sobresaltos y luchas, que esas si siempre conmigo estuvieran, hay
un espacio muy grande guardado en mi corazón para la familia Maestre (y
Semorile!): Mónica, Brígida, Carlos, Carlitos, Mariucho, La Abuela, tu
hermanita y tantos otros. El haber entregue mis manos y mi juventud a tantas
otras luchas a lo largo de tantos años he comprendido que, al final,
todo va dar en lo mismo y que solo con la dimensión de la poesía se puede
explicar. Pero, mismo en contra todas las evidencias, como es mi característica,
aún quiero contradecir, en este caso la poesía de Antonio Machado,
que nos dice que no hay camino y que al volver los ojos hacia atrás la
única cosa que veremos serán las pegadas en el espacio que nunca más
habremos de pisar. Yo Volveré a ver mis amigos y amigas mismo que pase un
siglo y caminaremos juntos por nuevas sendas.
Me quedé
feliz en saber que estás vivo, que te casaste, tuviste hijos (¿?) e
te tornaste un escritor. Aún me acuerdo de tu semblante de niño feliz a quien
me gustaba ver reír y a decir cosas con inteligencia y humor.
Muchas veces,
desde la guerra de las Malvinas, me preguntaba o que estarías a
hacer, tendría la junta militar te sacrificado junto con tantos otros jóvenes
que cayeran en la emboscada? La verdad es que mi lucha por la sobrevivencia, mi
familia y mi dedicación a la cuestión Africana terminó por
imponerse en el día a día, y los sentimientos se fueran quedando apenas
recuerdos lejanos, unos buenos, otros ni tanto, de una época difícil pero llena
de sueños, solidaridad y compañerismo.
Pero, como me
olvidar de las tardes de mate amargo en la casa de tus padres junto con
toda la familia Maestre? Imposible. Como olvidarme del cariño de Monica y
de los demás de la familia hacia mi? No quiero olvidarme. Definitivamente no quiero
más olvidarme!
Bueno…Carlitos (se
me permites aun llamarte así), tengo mucho que hacer, escribo (en portugués) en
una revista especializada en África que ahora estamos a imprimir también
en Brasil. Estamos en la Rio+20 y tengo materias para hacer.
Dile a Mónica que
yo y Maria do Carmo le mandamos saludos, besos e abrazos!
Cuando pudieres
deme noticias de todos.
Un grande abrazo. João
Belisario (Juanito).
Todo en esta carta -y en las que
siguieron- me enternece. Su intinerario marcado por un compromiso, su nueva
vida en Angola y su escritura para la causa africana, sus recuerdos de gente
que ya no está (esas noticias también tuve que darle), su convencimiento de que
“todo va a dar en lo mismo” y de que sólo la poesía le hace justicia al camino
de amores e ilusiones que juntos recorremos. También me alcanza de un modo
especial que me hable de mi “semblante de niño feliz” porque era justamente él quien me hacía reír en medio de tanto
miedo. Pienso en su hijo mayor, también llamado João, que tiene ahora la edad
que tenía su padre cuando escapaba de las dictaduras y hacía feliz al hijo de
sus amigos solidarios. Y en la fortuna de que ni él ni Mariana, su hermana,
tengan que sufrir sobresaltos. Ahí se ancla, junto a la de João, mi voluntad de
no olvidar.
Además, está la felicidad de saber que
estamos vivos. Porque podríamos no estarlo, y entonces no hubiera alcanzado a
agradecerle por Lucky Lucke, por la feijoada y los dulces que nos preparó su
madre cuando vino a visitarlo, y porque los galos del mundo, desde alguna aldea
arrinconada, resisten con lo que tienen a mano el avance de los romanos.
Y para decirte, caro João, que comencé a
echarte de menos desde el momento en que me dijiste que tenías que partir.
Carlos Semorile
jueves, 31 de mayo de 2012
Viaje al País de Papelucho
Cada vez que el otoño nos regala sus dorados, una parte mía viaja a Santiago. Las hojas ambarinas, rojizas y rubias tapizaban las calles de Las Condes, el barrio donde la fortuna quiso que nos juntásemos casi toda la familia en aquel exilio del año 72. Escribo la palabra “exilio” con algo de pudor. Indudablemente lo fue para todos nosotros, inclusive para mí que, siendo un niño, me mantuve en un estado de asombro permanente. Claro que entonces no lo sabía, ni tampoco eran buenas todas las novedades y descubrimientos. La historia reciente se me imponía (habían asesinado a mi tío y desparecido a mi tía, aunque esa palabra -desaparecido- era extraña a nuestra lengua), y estaba furioso: me agarraba a trompadas cada dos por tres, como nunca antes y como nunca después. También me enamoraba a menudo, y es que la singular belleza de mis compañeritas impedía la indiferencia. Pero, entre las grescas rotundas y los idílicos romances, andaba como perdido pues, a pesar mío, seguía siendo el extranjero, beneficiado por las niñas y aborrecido por los pibes.
De aquella encrucijada vino a rescatarme
Olga, mi abuela. Ella tenía los dones del amor y la lectura, y conjugando ambos
me regaló “Papelucho”, un libro de la escritora Marcela Paz. Me da temor lo que
pueda escribir ahora, porque intentar retratar a Papelucho sería como
encorsetar a Mafalda. Papelucho es un niño sensible que, por eso mismo, piensa
demasiado. Y como las cosas que piensa son “incomunicables”, se pasa las noches
en vela hasta que consulta a la Domitila, la muchacha que hace las tareas de la
casa:
“Lo
que sucede es terrible. Muy terrible y anoche me he pasado la noche sin dormir
pensando en esto. Es de aquellas cosas que no se pueden contar porque no salen
de la boca. Y yo sé que mientras no la haya contado no podré dormir. Le
pregunté a la Domitila, qué hacía ella cuando tenía un secreto terrible.
-Se
lo cuento a otra -me contestó.
-Pero,
¿si es algo que no se puede contar a nadie?
-Entonces
lo escribo en una carta.
-Tú
no entiendes nada -le dije-. Es algo que no puede saberlo nadie.
-Entonces,
escríbaselo a nadie -me dijo, y soltó la risa.
Otra
vez es de noche y ya debería estar durmiendo. Pensando en lo que dijo la
Domitila, he decidido escribirle a “nadie”, como ella dice, y que es lo que otros
llaman su “diario”. Cuando esté escrito me habré librado de seguir pensando”.
Así nacen los “diarios” de Papelucho,
doce aventuras en las que va consignando para “nadie” las vicisitudes de su
ajetreada vida de niño quilombero que, navegando en un mar de buenas
intenciones, invariablemente terminaba generando problemas allí donde se
proponía llevar soluciones. Su familia, para decirlo con un término actual, es
disfuncional: unos padres tan clasemedieros como conservadores, un hermano
mayor que pasa de “hijo pródigo” a mero hippie, la inesperada llegada de una
hermana menor (la dulce Jimena), y la desopilante Domitila, la única persona de
la casa con la que se puede conversar. Sus amigos, que por otra parte no son
muchos, viven en las “poblaciones”, o son adultos y, en ese caso, gente de
trabajo. Por esta vía, llegué a comprender la soledad, o mejor dicho el
abandono de mis nuevos amigos, los niños bien con los que estaba obligado a
relacionarme allá en el Barrio Alto. Sólo que yo, que de alguna manera también estaba
solo, tuve la dicha de tener una abuela que me introdujo en el camino del
lector.
Los libros de Papelucho, que Olga me fue
regalando a medida que los iba devorando, me abrieron un mundo que hasta ese
momento permanecía abroquelado. Opacado. Papelucho cambió radicalmente mi
soledad, la enriqueció hasta volverla valiosa, única, imprescindible. Con los
años vendrían otras lecturas transformadoras, y alguna llegaría también de la
mano de Olga y su “timing” para dar con el libro justo para cada edad. Pero
ninguno como la saga de Papelucho, ora misionero, ora historiador, o detective,
o disléxico -justo él- , o casi huérfano. Ya de regreso a la Argentina, y
pasados los años, una de mis tías le pidió a un compañero gráfico que me
encuadernara la colección. Así protegidos, los distintos Papeluchos llegaron a
las manos de mis primas y primos, con resultados diversos. Claro, siendo ellos
más chicos, les faltaba aquel otoño chileno que, aún hoy, me logra confundir:
no sé si extraño Santiago o el placer de leer a Papelucho con la mirada
inocente de aquellos años. O las dos cosas.
Alguna vez pasé por La Serena y me
compré los doce títulos ante la mirada pasmada de los despachantes. Nuevecitos,
impecables, con los hermosos dibujos de la Marcela Paz a los que, cosas de la
memoria, no recordaba haber visto antes en colores. Hace unas semanas,
siguiendo un impulso, tomé el primer título de los que sobrevivieron
encuadernados y se lo llevé al más “léido” de mis sobrinos. Desde ese momento
estoy, como los místicos, a la espera del milagro. Él sabe quien fue Olga
Maestre, y ése es un enorme punto a favor para que abra ese libro que pasó por
sus amorosas manos. Si lo hace, si deja que Papelucho le hable y le cuente, el
mundo habrá ganado un lector. Y él será una persona más feliz.
Carlos Semorile
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