jueves, 27 de junio de 2013

Sobre los 50 años del Cuarteto Cedrón : "Por prepotencia de trabajo"

Hace unos días escribí un texto sobre las dificultades que aquejan a los artistas populares en Argentina. No me olvido del tema. Lo retomaré. Me parece de vital importancia poder instalarlo y discutirlo como problema: reconocer que parte de nuestros artistas no están trabajando en las condiciones que se merecen y que su trabajo se ve a menudo obstaculizado por las más variadas presiones y falta de atenciones. Pero hoy vengo a hablar de otra cosa. (Aunque quizás es lo mismo). Hoy quisiera celebrar el hecho de que, a pesar de las dificultades, el Cuarteto Cedrón sigue estando con nosotros.

Son cincuenta años de trabajo los que se van a festejar el próximo 3 de julio en el Cervantes. Y es primera vez… creo que es primera vez que el festejo de una nueva década se hace en Argentina.

En este concierto estarán: Juan “Tata” Cedrón (guitarra y voz), Miguel Praino (viola), Román Cedrón (contrabajo), Daniel Cabrera (bandoneón). Aunque algunos podrían ser los padres de los otros –de hecho lo son– todos son viejos compañeros. Hace cincuenta años que Tata y Miguel Praino tocan juntos. Hace veinte que Román Cedrón es el contrabajista del Cuarteto. En los años 1990 y 2000, Daniel Cabrera –músico uruguayo, residente en Francia– se integró a la formación con su bandoneón y participó en distintos proyectos como la creación en Avignon de Antígona, en la que el Cuarteto hacía el Coro, y La Típica, orquesta de catorce músicos que revivió para un público francés los estilos de las grandes orquesta de tango.

Algunos ven en el Cuarteto algo así como un sueño que tuvo Tata. Desde esa perspectiva se podría decir que es un sueño realizado. El Cuarteto Cedrón nos guste mucho, poquito o nada, existe. Tiene una obra. Ocupa un lugar. Y existe a la manera de todo lo que existe. Pero, más que nada, a la manera de un árbol. “De la raíz a la copa”. Se cree que puede tocar el cielo y quizás puede. Pero lo que más tiene es raíz. Cantidad de raíces que van a nutrirse en las diferentes capas de tierra que conforman la Argentina. Y que se extienden, se extienden, no paran nunca de extenderse y de explorar los mundos subterráneos. En esos mundos subterráneos, el Cuarteto Cedrón es un sol. Si alguno tiene dudas que escuche el último disco. (Esto no es publicidad: es educación sonora). Ese disco alumbra. Se recomienda escuchar todos los temas pero como esta nota la escribo yo y como yo es arbitrario, escuchen primero “Siete”. Luego, el disco. “En vivo”. Así se llama ese trabajo y es una grabación del año 1988. En 1988 no estuvimos. Muchos no estuvieron. El 3 de julio podemos estar. En vivo. Vivos.

Cuando un grupo de músicos se mantiene por tantos años como identidad, como unidad, como conjunto sonoro, esa palabra –vivos– toma un matiz especial. Cada vez se notan más las ausencias. Se podría hacer una larga lista de invitados que no ocuparán butacas pero que estarán, sin duda, en el Cervantes. Los traerán sus hijos, sus sobrinos, quizás sus nietos, sus amigos, los amigos de sus amigos. Porque de eso se trataba, también, de reunir alrededor. O sea de amistad, de hermandad, de hacer las cosas con otros, para otros. Hay quienes dicen que el Cuarteto es un hombre solo. Se equivocan. Salvo si es una metáfora porque a menudo el Cuarteto debe pelear y en esos días pareciera, casi pareciera que está solo en medio de la contienda. Pero no. El Cuarteto es una de las más formidables obras conjuntas que ha visto nacer este país en los últimos 50 años. Eso fue Gotán. Eso fue el Taller de Garibaldi. Eso fue el disco Madrugada. Eso fue el permanente homenaje que los músicos han rendido a los poetas. Y eso es hoy la presencia de los músicos en Argentina. Ellos están acá “por prepotencia de trabajo”: el suyo.

El resultado de todo eso es una obra sonora. No se puede leer al Cuarteto aunque algunos escriban libros sobre el grupo. Al Cuarteto hay que escucharlo. Y en esa posibilidad que nos damos de escucharlo o no escucharlo se juegan también muchas cosas.

(Volveremos sobre estas cuestiones, más allá de los festejos, porque son temas que les importan a ellos, los músicos y a nosotros que no queremos vivir sin músicos: ¿qué escuchamos? ¿Por qué? ¿Para qué? Y ¿qué pasa cuando no escuchamos? ¿Qué tipo de persona se va construyendo en ese escuchar y en ese no escuchar? ¿Quién determina, en definitiva, lo que escuchamos? ¿Existe la libertad sonora? ¿O también ahí, a nivel de nuestros oídos, hubo una dictadura que duró mucho más que siete años?).

Por último, en los conciertos del Cuarteto Cedrón sucede también algo curioso. Sucede en los teatros y en la vereda. No tiene que ver con los lugares. Así como hay ausentes, hay  rostros nuevos. Y eso también le da un matiz especial a la palabra “vivos”. Resulta conmovedor ver a los jóvenes, cada vez más jóvenes, que se acercan a la obra del Cuarteto. Ahí también hubo obstáculos en el camino. Casi se podría decir que todo fue hecho para que ese encuentro no se produjera. Y sin embargo se produjo. Se sigue produciendo. 

Entonces, este festejo del 3 de julio es también un homenaje a la perseverancia. De un lado y otro del escenario. Perseverancia de los músicos y de su público. Unidos. A pesar de los pesares.


Antonia García Castro*



* Autora de "Cuarteto Cedrón. Tango y Quimera", Ed. Corregidor, 2010.

miércoles, 26 de junio de 2013

"Angelitos Negros"



En el año 1982, entré a trabajar como maestra suplente, en el Barrio Charrúa, que no por llamarse así, está precisamente habitado por uruguayos en su mayoría, sino más bien, por la comunidad boliviana, chilenos, y también paraguayos. Como a mi me designaron 2 días más tarde, que a la otra maestra que tenía un 2º grado igual que yo, ella aprovechó para elegir de todos los niños que había, a los más rubiecitos y castañitos, dejándome para mí a todos los nenes negros y morochitos, sin saber, que mi debilidad en este mundo son los negros y los morochos. Todo comenzó a funcionar, hasta que a los pocos días mis alumnos me dijeron, que los chicos de 2º "A" les decían: negros bolivianos y chinos cochabambinos. Esa noche al regresar a casa recordé que tenía un casete de Los Olimareños donde interpretaban el tema “Angelitos Negros” Al otro día lo llevé y lo escuchamos. Yo no tendría el dinero para pagar, el placer que me dio ver los rostros de esos niños mientras escuchaban, luego hablamos, reflexionamos, y nos expresamos juntos, y puedo asegurar que desde ese día, nunca, pero nunca más, se habló del tema de la negritud en el aula, a menos que no fuese para reivindicarla, y valorarla. Todo esto lo escribo porque una amiga me anda diciendo porqué no escribo un libro sobre mis experiencias docentes, los docente y los niños. No puedo contar las maravillas escritas, pintadas, y talladas, que surgieron, de la escucha de “Angelitos Negros” y escribo esto como un tributo a sus autores y la pasión de esos dos grandes que fueron y son Los Olimareños.

María Cristina Amatti Scibona


viernes, 10 de mayo de 2013

Jorge Cedrón en Players vs Angeles Caídos, una película de Alberto Fischerman (1969)

En esta película participó, como actor, el cineasta Jorge Cedrón (1942-1980) a quién le debemos entre otros importantes trabajos la adaptación cinematográfica de Operación Masacre (1972). Se aprovecha la ocasión para anunciar que se está trabajando en una próxima edición de las obras del cineasta en formato DVD, así como en la reedición del libro que le dedicara Fernando Martín Peña. Avisaremos cuando llegue el momento. Respecto a la aparición del Tigre, ver en especial los 5 primeros minutos y los siguientes: 1.10.13 / 1.15.10 / 1.18.36. 

martes, 30 de abril de 2013

Otro padre...



“Para mí, un militante, un cuadro, un hombre nuevo es aquel que cuando sueña con sus hijos, cuando desea que sus hijos estudien, que tengan salud, que tengan una vida digna, que tengan una vida justa, no está soñando solamente con sus hijos, está soñando con todos los hijos de un pueblo, de una patria o del mundo”.

Enérico García Concha

miércoles, 24 de abril de 2013

"Mi padre"



“…El ciego sol, la sed y la fatiga…”, decían los versos escuchados tantas veces a Lucho, en esas tardes domingueras cuando iba a casa o salíamos a la Quinta Normal en los paseos de hombre separado con hijos. Eran los versos de Castilla de Manuel Machado,  que ni por el franquismo del autor,  habían sido desterrados de su poemario preferido.

“Por la terrible estepa castellana”... me vino a la mente esa mañana de diciembre de 1973, cuando el calor subía desde la tierra y esperábamos que los guardias militares revisaran nuestras carteras y bultos, en la entrada al campo de prisioneros de Chacabuco. 

 

 
La iglesia, la Filarmónica, el teatro, casas alineadas en callejones, torres de vigilancia con personal armado. El todo rodeado de alambrada de púas. Luego sabríamos que además, había sido rodeado  de minas anti-personales. El ingreso al teatro que brillaba de limpito, con sus tablas anchas, hermosas y lustradas.  Al frente, limpio también, e inútil, el escenario. La escena estaba ahora en la platea. Bancas largas, perfectamente ordenadas donde se sentarían unos cinco prisioneros y sus respectivas visitas, flanqueados por un conscripto en cada cabeza. No fuera que se hablara más de lo debido.

Las bambalinas, en un edificio renombrado en medio de la antigua Alameda de Las Delicias.

Sentarse y esperar que venga el prisionero, el que luego entrará en medio de una fila ordenada y silenciosa. Entre ellos el recitador de antaño. Los versos por primera vez detenidos y casi olvidados. La miseria del Estadio, la ignominia del viaje en el barco Andalién, han relegado la poesía y la risa. Los han cubierto también las andanzas de un puma que sembraba  de cadáveres los caminos y el desierto. Sin saludar, mi padre pregunta si es cierto que han fusilado a su amigo y camarada Mario Silva en Antofagasta. Hablamos de la familia, del estado de su hija embarazada y de naderías. Por primera vez los ojos de mi padre dicen más que su boca. Me pide libros, entre ellos un tomo de Estudio de la Historia  de Toynbee y me recomienda que cuide mi salud...

Se retiran los prisioneros y luego las visitas. El bus parte con su carga ahora silenciosa. Van quedando atrás solo unos alambres de púas, que detienen el paso de los hombres que miran con ojos ansiosos al grupo que pareciera ir hacia la libertad y que en realidad se devuelve a una cárcel un tanto más grande, lo mismo de amarga.

Hoy, con su suerte de gozador de la vida, ni el Estadio, ni Chacabuco, están en sus recuerdos. Sin embargo, cuando estuvimos juntos hace poco más de un año, me recitó como antes, como hace más de cincuenta años: “...el ciego sol, la sed y la fatiga... por la terrible estepa castellana, al destierro, con doce de los suyos –polvo, sudor y hierro– el Cid cabalga”.

Luisa Castro Nilo

viernes, 12 de abril de 2013

Sobre Mario Superby Jeldres

BREVE INFORMACIÓN SOBRE LA MUERTE DE MARIO


"El 23 de diciembre de 1973 fueron ejecutados por carabineros en el sector de Molco, Choshuenco, en el Complejo Panguipulli, dos personas:
- Hugo Rivol VASQUEZ MARTINEZ, 21 años, estudiante universitario, militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR);
- Mario Edmundo SUPERBY JELDRES, 23 años [militante del MIR].
Ambos se encontraban internados en la montaña, en el sector de Choshuenco, desde donde bajaban al pueblo esporádicamente a alimentarse. Según información de prensa de la época, « dos extremistas fueron muertos durante el transcurso de un operativo que hicieron a las 23,45 horas funcionarios de Choshuenco al lugar denominado Molco. En momentos que Carabineros patrullaba el sector fueron atacados con disparos de armas por los extremistas, repeliendo de inmediato el ataque. Durante la balacera fue muerto con impactos en el tórax Hugo Rivol Vásquez Martínez, 21 años, el que portaba un rifle marca Winchester de repetición. Andaba con otro sujeto apodado «El Braulio», quién fue herido en las piernas y mientras era conducido al Hospital de Panguipulli dejó de existir en el camino ».
La Comisión se formó convicción que el enfrentamiento informado no ocurrió, y que las muertes de ambos afectados constituyó una violación a sus derechos fundamentales de responsabilidad de agentes del Estado que usando innecesaria o excesivamente la fuerza, dispararon sobre ellos". 

Más información sobre el caso y las acciones judiciales emprendidas ACA".


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EPÍLOGO DEL LIBRO “TODOS LOS DÍAS DE LA VIDA. RECUERDOS DE UN MILITANTE DEL MIR” DE ENÉRICO GARCÍA CONCHA, EDITORIAL CUARTO PROPIO (SANTIAGO DE CHILE, 2010)


Mario Superby J. (1950-1973)



12 de abril


Hacía varias semanas que el amigo soñaba con Mario. Eso fue lo que te comentó, sin dar mayores precisiones, notando simplemente la insistencia, la sorprendente presencia de Mario en sus sueños.
Opinaste, entonces, lo siguiente:
–Será que Mario nos está pidiendo que lo vayamos a ver.
Y agregaste:
–Falta poco para su cumpleaños. Lo que yo te propongo es que vayamos en esa fecha.
El 12 de abril (que en el año 2006 fue un día miércoles), ambos se dirigieron al Cementerio General de Santiago.
No conocías el lugar exacto de la tumba. Habías estado en el velorio, no así en el entierro al que concurrieron, además de amigos y familiares, uniformados y no uniformados, representantes de las mismas fuerzas que, el 23 de diciembre de 1973, asesinaron a Mario Superby Jeldres. El amigo tampoco sabía. Mario no figuraba en los registros de la oficina de informaciones pero se pudo identificar el mausoleo familiar.
En sus alrededores, una mujer, empleada del cementerio, estaba limpiando. Los vio aproximarse, escuchó la pregunta acerca de un mausoleo y les dijo:
–Ah... Ustedes están buscando al hijo de doña Clarisa.
Aunque sorprendido, no atinaste a decir otra cosa que sí, que eran amigos. Y que “yo a Mario lo conozco desde chico porque éramos vecinos”. Preguntaste:
–Dígame... ¿Doña Clarisa está viva?
Supiste que iba al cementerio una vez al mes. Probablemente te emocionaste. No sólo por los duraznos sino también por las palabras que ella te dijo, algunos años después de la muerte de Mario (sobre tu propia madre, sobre doña Julia).
La señora les indicó el mausoleo.
–Este... – preguntaste en voz baja, sin muchas esperanzas -, usted... ¿nos abriría la puerta? ¿nos dejaría entrar?
Y los dejó.
Ya más cerca de Mario, pensaste que probablemente doña Clarisa iba a venir, al igual que ustedes, por ser 12 de abril. Le pediste al amigo que fuera a comprar un ramo de flores y una botella de vino. Tú te quedaste en el mausoleo. Conseguiste una escoba y te pusiste a barrer. Estuviste un buen tiempo, así, barriendo la tumba de Mario.
El amigo había vuelto con las flores y el vino, cuando a lo lejos divisaron la silueta de una mujer. Se detuvo. Era evidente que los había visto y apuró el paso.
La mujer tendría más de ochenta años. Alta, erguida, ancha y fuerte, los encaró.
–¡Y ustedes quiénes son!
–Doña Clarisa - dijiste. ¿No me reconoce? Soy...
Luego presentaste al amigo.
Clarisa Jeldres reconoció, escuchó el motivo invocado y con expresión de asombro, les preguntó:
–Y ustedes... ¿todavía se acuerdan de mi hijo?
–Todos los días de la vida... doña Clarisa.
(Esas fueron tus palabras. Y se las repetiste).
–Todos los días de la vida.

AGC

domingo, 7 de abril de 2013

Congrio a la cuyana

Este relato de Carlos Semorile fue "preparado" en el marco de una invitación específica a escribir sobre cocina e inmigración. Si alguno de los lectores tuvo una experiencia de este tipo y si tiene ganas de contarla, puede acercarnos su testimonio. La idea era abordar el tema de la inmigración desde su cocina y en sus más diversas facetas. A veces se trataba de mantenter un gusto, un sabor, olores, a la distancia. Otras veces se trataba de adentrarse en el país y en la cultura (las culturas) que recibía(n), aprendiendo a comer platos diferentes. Otras se armaron increibles mestizajes culinarios... Etc. Publicaremos otros textos de esta serie.

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Olga Maestre fue una de esas cocineras del pueblo que aprenden su oficio paliando el hambre de sus críos en humildes cocinas y con lo que tienen a la mano. Hasta el final de sus días, su especialidad fue el bife a la criolla, bien jugosito y, por lo mismo, acompañado de una buena cantidad de pan. Podría haberme muerto creyendo que era un plato “de diseño” si no hubiese descubierto que en la zona cuyana argentina, y también en Chile y en Perú, se lo conoce como “bife a lo pobre”. Olga había nacido en San Juan y toda una cordillera, y una mala comunicación interregional, la separó de los pescados chilenos y otras delicias del Pacífico. Pero durante su exilio en Santiago tuvo que darse maña con los frutos del mar, más específicamente con el congrio y en dos oportunidades. La primera era toda una prueba, pues se trataba de una familia chilena, así que había que esmerarse. Con la desconfianza de las gentes criadas en los valles hacia las carnes no vacunas, sazonó el congrio con limones y naranjas, y lo aromatizó con varias especies. La prueba fue superada: los Viñas se mostraron tan sorprendidos como satisfechos. La segunda visita era un “compañerazo” que estaba de paso y al que se proponía agasajar repitiendo la experiencia. Y mejorándola. Los cítricos, desde ya, pero muchas más hierbas que la vez anterior, de modo que el congrio estuviese bien adobado y perfumado. Horas y horas de trabajo y dedicación en la cocina de la calle Foster. Le salió exquisito, y la consigna era no pedir de repetir por si al cumpa le apetecía hacerlo. Cosa que efectivamente sucedió, un par de veces. Un éxito. Sólo restaba el comentario del agasajado para cerrar la jornada con gloria y honor: “Muy bueno, doña Olga”. Pero, ay!, agregó: “Sencillito, como me gusta a mí”. 

Carlos Semorile

lunes, 25 de marzo de 2013

Emigrantes - Una novela sin palabras



¿Qué es lo que lleva a tanta gente a dejarlo todo atrás para viajar hacia un país desconocido, un lugar en el que no tienen familia ni amigos, donde nada tiene nombre y el futuro es una incógnita? Esta novela gráfica sin palabras es la historia de cualquier emigrante, refugiado, desplazado, y un homenaje a todos los que han realizado el viaje.

SHAUN TAN es autor e ilustrador de “La cosa perdida” y “El árbol rojo”, ambos galardonados con numerosos premios internacionales y con una mención de honor en el premio Bologna Ragazzi, ambos publicados también por Barbara Fiore Editora. Entre los libros ilustrados por Shaun anteriores a éstos se incluyen “The Rabbits”, de John Marsden (Libro ilustrado del año de la CBCA), y dos más con Gary Crew: “Memorial” (un libro de honor de la CBCA) y “The Viewer” (ganador del premio Crichton de ilustración). En 2001, Shaun  recibió el World Fantasy Best Artist Award por el conjunto de su obra.

EMIGRANTES es un libro ilustrado sin palabras, una novela gráfica silenciosa. A través de una serie de imágenes conectadas, cuenta la historia de un emigrante anónimo que deja su país natal en penosas circunstancias, cruza un océano hasta una nueva ciudad y aprende cómo vivir en ella.
La historia podría haber ocurrido en torno al año 1900, coincidiendo con las grandes corrientes migratorias de Europa hacia países como Australia y Estados Unidos. La mayor parte de mi investigación inicial se basó en historias autobiográficas recogidas por emigrantes tanto en este periodo como más recientemente; sin embargo, el mundo del libro surge, en última instancia, de referencias directas: mi interés como artista ha sido desplazar al lector con el fin de explorar mejor la idea de ser un inmigrante dentro de una cultura ajena. La ciudad donde se ilustran la mayoría de los sucesos es imaginaria; en ella, aspectos fundamentales como el idioma, el transporte, la comida, la vivienda y el trabajo son bastante extraños y, a menudo, surrealistas.
Una de las razones fundamentales por las que decidí prescindir del texto fue destacar este principio: el protagonista no puede leer ni comprender nada, así que el lector tampoco debería poder. Además, hay una lógica interna en la que todos los detalles que pueden apreciarse a medida que la historia progresa (cómo funcionan las cosas, etc.) y la ausencia de narrativa escrita parecen invitar a una lectura visual más cercana y mucho más pausada. El misterio de ese mundo se mantiene también por la ausencia de explicaciones y sugiere un viaje irreal, que es lo que he tratado de encontrar: un equivalente ficticio a la realidad a la que se enfrentan muchos inmigrantes, tanto los de otra época como nuestros contemporáneos.
La creación de lo que es, en realidad, una fantasía “social-realista” también resulta valiosa al aprovechar la naturaleza universal de todas las historias sobre migraciones, que comparten hilos comunes en los que no importan ni los lugares ni las épocas concretas, donde los individuos son de donde vienen y adonde van. Además de no necesitar traducción, considero que el material gráfico debería ser igualmente comprensible para lectores de diferentes procedencias, careciendo por sí mismo de cualquier referencia cultural. Esto fue probablemente mi mayor desafío al diseñar el libro, que tiene un sencillo formato de novela gráfica: cómo hacer que las cosas estén claras y llenas de significado, pero sean reconocibles sólo marginalmente y estén abiertas a múltiples interpretaciones.
El estilo de las ilustraciones surge sobre todo de esas viejas fotografías color sepia, auténticos documentos de la vida social de los siglos xix y principios del xx, y de algún modo el libro se comporta como una película muda, silenciosa. Mis dibujos están hechos todos a lápiz y son bastante “fotorrealistas”; intentan crear un mundo convincente de personas, animales, edificios, objetos domésticos, vehículos y paisajes naturales, todos ellos imaginarios. Una de mis primeras ideas fue hacer que el libro se pareciera a un extraño álbum de fotografías, pues me parecía que ese tipo de álbumes eran como libros ilustrados y silenciosos.
Confío en que mi libro se “lea” en parte, como una novela sobre inmigración, pero también que vaya más allá de cualquier cuestión social: que se entienda cómo las circunstancias pueden cambiar inevitablemente en la vida de todos nosotros, y cómo las personas aprenden a adaptarse y a aceptar las nuevas situaciones, sin importarles lo extraño o desconcertante que parecen al principio.


domingo, 24 de marzo de 2013

Caso Gaspar por Elsa Bornemann



Aburrido de recorrer la ciudad con su valija a cuestas para vender —por lo menos— doce manteles diarios, harto de gastar suelas, cansado de usar los pies, Gaspar decidió caminar sobre las manos. Desde ese momento, todos los feriados del mes se los pasó encerrado en el altillo de su casa, practicando posturas frente al espejo. Al principio, le costó bastante esfuerzo mantenerse en equilibrio con las piernas para arriba, pero al cabo de reiteradas pruebas el buen muchacho logró marchar del revés con asombrosa habilidad. Una vez conseguido esto, dedicó todo su empeño para desplazarse sosteniendo la valija con cualquiera de sus pies descalzos. Pronto pudo hacerlo y su destreza lo alentó.

—¡Desde hoy, basta de zapatos! ¡Saldré a vender mis manteles caminando sobre las manos! —exclamó Gaspar una mañana, mientras desayunaba. Y —dicho y hecho— se dispuso a iniciar esa jornada de trabajo andando sobre las manos.

Su vecina barría la vereda cuando lo vio salir. Gaspar la saludó al pasar, quitándose caballerosamente la galera: —Buenos días, doña Ramona. ¿Qué tal los canarios?

Pero como la señora permaneció boquiabierta, el muchacho volvió a colocarse la galera y dobló la esquina. Para no fatigarse, colgaba un rato de su pie izquierdo y otro del derecho la valija con los manteles, mientras hacía complicadas contorsiones a fin de alcanzar los timbres de las casas sin ponerse de pie.

Lamentablemente, a pesar de su entusiasmo, esa mañana no vendió ni siquiera un mantel. ¡Ninguna persona confiaba en ese vendedor domiciliario que se presentaba caminando sobre las manos!

—Me rechazan porque soy el primero que se atreve a cambiar la costumbre de marchar sobre las piernas... Si supieran qué distinto se ve el mundo de esta manera, me imitarían...Paciencia... Ya impondré la moda de caminar sobre las manos... —pensó Gaspar, y se aprestó a cruzar una amplia avenida.

Nunca lo hubiera hecho: ya era el mediodía... los autos circulaban casi pegados unos contra otros. Cientos de personas transitaban apuradas de aquí para allá.

—¡Cuidado! ¡Un loco suelto! —gritaron a coro al ver a Gaspar. El muchacho las escuchó divertido y siguió atravesando la avenida sobre sus manos, lo más campante.

—¿Loco yo? Bah, opiniones...

Pero la gente se aglomeró de inmediato a su alrededor y los vehículos lo aturdieron con sus bocinazos, tratando de deshacer el atascamiento que había provocado con su singular manera de caminar. En un instante, tres vigilantes lo rodearon.

—Está detenido —aseguró uno de ellos, tomándolo de las rodillas, mientras los otros dos se comunicaban por radioteléfono con el Departamento Central de Policía. ¡Pobre Gaspar! Un camión celular lo condujo a la comisaría más próxima, y allí fue interrogado por innumerables policías:

—¿Por qué camina con las manos? ¡Es muy sospechoso! ¿Qué oculta en esos guantes? ¡Confiese! ¡Hable!

Ese día, los ladrones de la ciudad asaltaron los bancos con absoluta tranquilidad: toda la policía estaba ocupadísima con el "Caso Gaspar—sujeto sospechoso que marcha sobre las manos".

A pesar de que no sabía qué hacer para salir de esa difícil situación, el muchacho mantenía la calma y —¡sorprendente!— continuaba haciendo equilibrio sobre sus manos ante la furiosa mirada de tantos vigilantes. Finalmente se le ocurrió preguntar:

—¿Está prohibido caminar sobre las manos?

El jefe de policía tragó saliva y le repitió la pregunta al comisario número 1, el comisario número 1 se la transmitió al número 2, el número 2 al número 3, el número 3 al número 4... En un momento, todo el Departamento Central de Policía se preguntaba: ¿ESTA PROHIBIDO CAMINAR SOBRE LAS MANOS? Y por más que buscaron en pilas de libros durante varias horas, esa prohibición no apareció. No, señor. ¡No existía ninguna ley que prohibiera marchar sobre las manos ni tampoco otra que obligara a usar exclusivamente los pies!

Así fue como Gaspar recobró la libertad de hacer lo que se le antojara, siempre que no molestara a los demás con su conducta. Radiante, volvió a salir a la calle andando sobre las manos. Y por la calle debe encontrarse en este momento, con sus guantes, su galera y su valija, ofreciendo manteles a domicilio... ¡Y caminando sobre las manos!

Copyright Elsa Bornemann c/o Guillermo Schavelzon & Asoc., Agencia Literaria

jueves, 14 de marzo de 2013

Las lentejas de Lacan bajo el credo del Islam



(A raíz de este auge pontificio, comento en el muro de la amiga Teresa Perrone mis ganas de vivir alguna vez bajo un completo sistema republicano. Teresa, de onda, me advierte que hay repúblicas islamistas, feítas-feítas, y eso me lleva a recordar este ya lejano episodio):

Ay!, el Islam, Teresa. Hace muchos años atrás, estando yo con una amiga, me reencontré con un primo lejano que se había casado con la mejor amiga de la más tierna infancia de mi amiga (se entiende, no?). Para celebrar ambos reencuentros, los invité a los 3 a mi casa,  una semana más tarde, a cenar unas lentejas bien criollazas. Mi primo y su mujer me aclararon que ellos eran vegetarianos y que aceptaban las lentejas, pero sin chorizo colorado, sin panceta, sin pimentón, en fin…

La cosa es que durante el encuentro, nos contaron que, junto con estar culminando la carrera de Psicología, ambos eran aplicados estudiosos de Lacan, del cual leían la mismas 3 páginas desde hacía un año en un grupo “ad hoc”, intentando desentrañar su sentido más hondo. Ipso facto, nos dijeron que, además, los dos se habían pasado al Islam, y que ahora, luego de años de catolicismo en un caso, y de agnosticismo en el otro, eran devotos de Mahoma. Imaginate: quisimos saber cómo compaginaban el Islam con Lacan. Las explicaciones se sucedían pero no eran demasiado satisfactorias: eran, para que te des una idea, una lectura lacaniana del Islam y, en otros momentos, una lectura islamista de Lacan.

Mientras tanto, estos amigos tan eclécticos abandonaron las lentejas sanitas y comenzaron a dar cuenta de las lentejas hechas con panceta, chorizo colorado y la mar en coche. También se pasaron del agua mineral al vino, y vaya uno a saber si alguno de estos cambios fue el detonante de un cuasi cisma que se produjo en la pareja. Sucedió cuando la amiga de mi amiga dijo que ellos creían en las 4 verdades del Islam, y mi primo la reprendió con un brillo asesino en los ojos: “Las 5 verdades”, la corrigió, y pasó a enumerarlas. Fue un momento tenso, acaso por el abandono de la dieta vegetariana, tal vez por el seminario inconcluso de Lacan, o quizás por esas divergencias en la cantidad de verdades que caben en una fe. Luego, la cosa se recompuso entre ellos, e incluso se terminaron el vino y las lentejas buenas (o sea, las nuestras).

Nunca más volví a verlos. Y desde aquella infausta noche desconfío del Islam, de Lacan, y de los que se proclaman vegetarianos pero sucumben ante un plato de lentejas como las que me enseñó a hacer mi abuela.

(Addenda para el consejo de la amiga Teresa: temo que si se estableciera una república islámica argenta, no me dejarían comer lentejas y me harían estudiar a Lacan).

Carlos Semorile

viernes, 8 de marzo de 2013

El rey de papel

Otro trabajo de Ojitos Producciones y Tikitiklip desde Chile / Visto en Paka Paka


domingo, 3 de marzo de 2013

Gramática de la Fantasía

Un aporte de Mónica al cuaderno de apuntes colectivo. Fragmento de un libro de Gianni Rodari.

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"El juego consiste en inventar e ilustrar una historia colectiva que puede ser estimulada por un mazo de cartas apropiado, preparado por el animador pegando sobre una cincuentena de cartulinas figuras e imágenes diversas recortadas de diarios o revistas. La lectura de estas imágenes es siempre diversa porque cada carta del mazo se relaciona con la precedente sólo a través de una libre asociación de ideas o mediante un juego de fantasía. El animador sentado en medio del círculo de niños hace elegir a uno de los niños una carta al azar: éste deberá interpretarla verbalmente iniciado así la historia colectiva. Su exposición le servirá para ilustrar, sobre una base blanca (con una pintura o con un collage), la primera parte de la historia, y al compañero siguiente, que deberá continuar la narración, interpretando a su vez otra carta, para relacionarla con el episodio precedente e ilustrando los acontecimientos narrativos igualmente con una pintura o un collage junto al precedente. El juego continúa hasta llegar al último niño. El resultado es un largo panel ilustrado por todos los niños, que podrán releer visualmente su historia colectiva. (…)

A mi parecer es un juego precioso. Tan bonito que quisiera haberlo inventado yo. Pero no tengo envidia de Franco Passatore y de sus compañeros: los he visto trabajar en Roma, durante una fiesta del diario L’Unitá. Conocen gran número de juegos de invención y disponen de una técnica de “animación” reafirmada con decenas y decenas de experimentos. Por ejemplo, dan a los niños tres objetos disparatados ­–una cafetera, una botella vacía, una zapa­– y con ellos los invitan a inventar y representar una pequeña escena. Es casi como inventar una historia con tres palabras, pero mucho mejor, evidentemente, porque los objetos ofrecen a la imaginación un soporte mucho más sólido que las palabras: se pueden mirar, tocar, manipular, extrayéndoles numerosas sugerencias fantásticas; la historia se puede desprender de un gesto casual; de un ruido… El carácter colectivo de la invención, además, no hace sino estimularla: entran en juego y se confrontan creativamente experiencias diversas, recuerdos y ritmos personales, la función crítica del grupo".

Fuente: Gianni RODARI, Gramática de la fantasía. Introducción al arte de inventar historias, Ed. Colihue/Biblioser. pp. 78-79 (cap. 23).

viernes, 1 de marzo de 2013

Chile: Viola Soto Guzmán - Premio Nacional de Educación



Una contribución de Luisa al cuaderno de apuntes colectivo

Conversando con Viola Soto Guzmán - Premio Nacional de Educación
Participación en Diálogo académico en torno a Educación y Pobreza.
2011
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Yo creo que represento  la vivencia de una larga historia de la educación, voy a cumplir 90 años y sigo trabajando en este campo.

Mi maestro principal fue don Juan Gómez Milla que me inserto en muchas aventuras que nos llevaron a enriquecer el sistema desde el Liceo Experimental Manuel de Salas que me marco para siempre. El liceo fue un verdadero pionero de la institución democrática,  construyendo   la educación conforme a los  principios democráticos de John Dewey, que era lo que se empezaba a desarrollar en nuestro país.

En mis comienzos como estudiante entré primero como practicante al Manuel Salas, y más tarde  profesora (después de ganar un concurso), y luego me eligió la comunidad como Coordinadora del  Liceo.

Viví una experiencia que he aplicado durante toda mi vida, y que ha resultado ser muy exitosa, porque me han llamado de muchas partes. Empecé en Honduras perfeccionando profesores y posteriormente me encontré en Venezuela haciendo el mismo  modelo experimental del liceo Manuel de Salas: Diagnóstico inicial para conocer la cultura y experiencias de los participantes, preparar un proyecto pertinente de programa a partir de ese conocimiento, presentarlo al curso pidiéndoles que hicieran sus aporte para luego constituir el programa definitivo, y así centrarme en una práctica dialógica con mis alumnos y la comunidad educativa.

En Honduras me  encontré con un país cuyos profesores  aún no habían logrado titularse como tales, lo que significaba una profunda necesidad de formación.  A pesar de eso acepté al Ministro  de Educación que me nombrara Asesora Técnica del Directorio de Educación, pero con una premisa, que me permitiera primero diagnosticar en terreno los problemas de profesorado y los estudiantes en sus propias escuelas.

En el fondo mi orientación consistía en considerar a todos los miembros de una comunidad en igualdad de condiciones, incluso a los alumnos, con el respeto y la admiración de su participación, y luego ver a directores como líderes de sus escuelas, y aprender lo que ellos necesitaban aprender.

En el Liceo Manuel de Salas también me encontré que había experimentadas profesoras y jóvenes profesoras que me enseñaron siempre. Por ejemplo: Yo hice la primera clase y puse números para la asistencia, y concurro  al  Consejo de Profesores y una profesora dice ¿quién puso números en el control de la asistencia?. Entonces digo; yo puse números, porque en el libro había un pequeño espacio; entonces me dice: “los alumnos no son números y hay que trabajarlos con respeto, y con  identidad, desde ahora en adelante cuando tu llegues a realizar clases debes tratarlos por su nombre Víctor, Manuel, María Etc…”

Esto me marcó profundamente, entré inmediatamente en algo que hoy día es el mismo enfoque educacional, en el que sigo trabajando,  el diálogo; pero un diálogo fuera del poder vertical, un diálogo en que tanto los profesores, los especialistas  y  los alumnos  participábamos,   incorporando a sus familias, y  entonces sin que se supieran las teorías científicas posteriores que han desarrollado la afectividad y el principio de inteligencia social, además del principio de la razón;  lo hice con una afectividad que surgía de mi comunicación con ellos  y que coincide con el pensamiento  de Varela y de  Maturana,  respecto de “la necesaria aceptación del otro como un legítimo otro para construir comunidad”, una afectividad que me surgía del aprendizaje que tuve con mi madre cuando la veía entusiasmada en sus tareas educativas.   Entonces construía una convivencia  y  experiencia en que esos alumnos o esos maestros con quienes  trabajé, se sentían pares míos y hablaban desde sus experiencias que íbamos transformando, comentando y compartiendo.

Mucho más tarde conociendo el trabajo de  Daniel Goleman, en su célebre libro: Inteligencia Emocional,  (1995), me emocioné comprobando que yo manejaba naturalmente muchos de los principios que él recomendaba, y que alumnos míos egresados en 1959 también recordaban la afectividad vivida por nosotros.  Con ellos aún mantengo esos vínculos afectivos, que se expresan en encuentros anuales hasta la fecha. Esto ha sido para mí algo muy significativo.

En el liceo no había especialistas más importantes que otros, desde el profesor de Artes Visuales, hasta el de Educación Física, de Filosofía, o yo como profesora de Historia, todos éramos iguales, y todos teníamos algún espacio dialógico en el cual podíamos hablar desde un proyecto común interdisciplinario con los alumnos y salir fuera de la escuela y conocer el ambiente en el que vivíamos.

Como ejemplo en su interrelación con la problemática de la realidad, por lo menos una vez al año se realizaba un Proyecto en que profesores y alumnos elegían una temática en que participaban las diferentes asignaturas. Así para el Mundial de Fútbol, que distraía a los alumnos en las clases consideramos necesario dedicarnos al Proyecto el Mundial del Fútbol, liderado por los y las  profesoras de Ed. Física,  al que aportamos todos los profesores de diferentes asignaturas.

Posteriormente, yo aprendí a trabajar con la teoría crítica que desarrolle posteriormente en todos los encuentros con diferentes grupos con  que trabajé desde el Pre grado al Postgrado y en los cargos que tuve con la UNESCO y la OEA entre otras instituciones.

Entre mis experiencias, yo trabajé siempre con toda la comunidad del liceo, me di cuenta de la importancia del Director, me di cuenta lo importante del coordinador, lo importante de  los profesores y de los alumnos,  y la importancia de los asistentes de la educación y la importancia de la gestión democrática con los apoderados, es decir con toda la comunidad educativa.

Como anécdota en uno de los cursos que fui profesora jefe comienzan a llegar los  apoderados, y llega un caballero que trabajaba en el comercio de la pescadería, y al llegar me pregunta donde me siento, a lo que respondo: aquí están todos los asientos disponibles, el que va llegando se sienta en la primera fila. Por último, llegó un administrador que trabajaba la dirección de la exportación chilena y quedó en el último asiento. Fuimos conversando y se produjo ese encuentro solidario, democrático en que todos se sentían  bien e iguales.

Yo conocí por primera vez en mi vida lo que significaba el aprendizaje  interdisciplinario y de convivencia democrática  de los maestros, en que todos participábamos, nos respetábamos y todos aprendíamos de todos, y desde ese primer instante descubrí como se aprende de otros cuando hay dialogo afectivo y cuando hay respeto sin considerar como enemigos a los que opinan distinto .

Cuando más adelante, salió la teoría de la neurociencia, yo me sentí realmente impresionada, ya que veía que todo lo que decía la teoría, ya lo habíamos practicado nosotros en el liceo, una relación entre las partes del cerebro: donde se da por un lado el trabajo racional, cognitivo; y por otra el trabajo creativo y también en otra parte el trabajo afectivo y la estrecha interrelación entre esas partes.

Más tarde incorporé  la teoría de sistema, y desde esa teoría yo empecé a penetrar en los diversos países en que hice clases,  donde era imposible hablar de educación sin entender lo que el poder político, económico, social y cultural había diseñado para los regímenes educacionales.  Por consiguiente, yo no podría en estos momentos hablar de todas las criticas que tengo acerca de los conflictos que estamos viviendo, sin recurrir a la Teoría de Sistema, gracias a esta aprendí que en este país, nosotros habíamos vivido una educación de búsqueda y creciente integración social y que habíamos aprendido mucho de ella, y del diseño del sistema del Estado Garante, que se apoyaba en el progreso de la ciencia que permitiría el desarrollo y la incorporación progresiva de la población en la educación.  Pero que luego se cortó violentamente  con la dictadura militar todo lo que habíamos construido en materia de educación democrática, y fuimos despedidos de nuestros cargos académicos, muchos que habíamos tenido larga experiencia educacional produciéndose una diáspora a todo el resto del mundo; mundo que se abrió en esos instantes para todos nosotros de manera extraordinaria;  el que llegaba a algún lugar se encontraba con los brazos abiertos, nos entregaban posibilidades de ejercer cargos superiores para América Latina, como yo ejercí en OEA en el Proyecto de Perfeccionamiento de Profesores de A. Latina.  Este pensamiento se sustentaba en lo mismo que aprendí en el liceo  Manuel de Salas. Resulto increíblemente positivo, porque ellos venían de distintos países con distintos niveles y aprendían que todos sentíamos respeto por todos, y  que el Diagnostico,  la  interdisciplina, el trato democrático y afectivo eran esenciales.

Más adelante se me encargo la investigación de la pobreza, junto a mi colega Abraham Magendzo que surgio de la propuesta de la Conferencia General de UNESCO en su 22ª  sesión para 1984 – 85, porque no había suficiente información para llegar a conclusiones.

Comencé por la literatura, que no era usada en las investigaciones, mucho más tarde empezó a usarse en el mundo de la revolución científica y tecnológica. Esta investigación fue un hito importante en mi vida.

No entiendo como estamos nosotros encarcelados dentro de un sistema, que emerge desde el Estado , y con un transfondo que no veo manejar en Chile; ya no se trata de hablar de postmodernidad o de modernidad. Se trata de hablar que vivimos en un cambio epocal, donde se mira la vida de la educación de modo diferente: la revolución científica tecnologica que emergio en los años 50, esa revolución científico tecnológica que nos lleva a  entender el momento actual en que estamos, porque me permite comprender como la informática surge, y como la globalización de esa revolución científico tecnológica implica entender a la comunidad como el eje mas importante de todos, y lleva a nuestros países a entender como la economía y la libertad económica presente en nuestras instituciones nos cambia toda la perspectiva en que trabajamos, y trae muchos errores.

Hay muchos que dicen que no podemos cambiar la influencia de nuestra economía en nuestra educación, pero en Chile se ha exagerado, y entonces la economía viene a ser el fin de toda comunidad educativa, y eso ha sido una marca que nos lleva a cometer muchos errores, porque ha subordinado los otros fines.

Cuando entra la Concertación, entra con un fin democrático de solidaridad y equidad, pero ya estaban amarrados en la constitución y las leyes de la dictadura; el paso del estado garante al estado subsidiario; entonces estamos viviendo una experiencia tremendamente difícil porque la economía es la que guía los principales asuntos de la educación, es la que nos trae muchos problemas en nuestros tiempo actual como la segmentación de la población en estratos diferentes impidiendo el aprendizaje intersocial y cultural que exige la integración de una nación.

jueves, 28 de febrero de 2013

Chile se moviliza

A partir del domingo 10 de marzo, 22.30, por Canal La Red, se podrá ver un programa dedicado a las movilizaciones sociales en Chile. El Canal cuenta con una señal en vivo por lo cual debe ser posible verlo desde otros países. Así que ojo al piojo.


sábado, 23 de febrero de 2013

Recuerdo de Don Isaías



Hace unos días atrás, en la aleta Llico, de Arauco, murió don Isaías Carvallo. Su muerte sólo mereció unas palabras de unos pocos habituales de estos medios, y ellas debido fundamentalmente a las circunstancias de su muerte. Murió quemado en la mediagua de emergencia que recibió como damnificado del maremoto del 2010. Don Isaías fue pescador artesanal y tenía ¿cuánto? ¿90 años?

A don Isaías lo conocí el año 1958, cuando fuimos por primera vez a veranear a la caleta. Su casa estaba en la esquina del callejón con la playa. Nunca aprendió a nadar pues en el mar, a la hora del naufragio –nos decía– nadar o no nadar no hace la diferencia. Él había sobrevivido a tres en su vida. De él recibí las primeras lecciones de pesca en el golfo, en bote de madera –la “Luz-pesca”–, a remos, con red de enmalle de hilo, con piedras como pesos. Salíamos “a levantar” de madrugada, hacia “Punta del Litre”, o más allá a “la Huirá larga” o al “Bajo de afuera”, y traíamos las corvinillas, o las corvinas, los congrios colorados o las pescás cuando se calaba más a mar abierto, fuera de las piedras y los huiros. Pero la historia de don Isaías con mi familia se remonta más atrás, al año 1944, cuando mi padre va a Llico a hacer un reemplazo como profesor (su primera destinación) y don Isaías le da alojamiento en una pieza de su casa. El maremoto del 60 le llevó casa, bote y aperos de pesca. Ignoro cómo se rearmó, pero al cabo de los años, cuando nos reencontramos, de nuevo tenía su bote y los elementos para pescar. Pero ahora las salidas a la pesca eran con su hijo, el Miguel, temprano de madrugada o durante el día cuando se asomaban los “bolos” de fardela que anunciaban la posibilidad de la presencia de la sierra y salíamos a revolear. Un día a mediados del 72 supe que Miguel y otros dos compañeros se habían perdido cuando se dirigían a Lota con un cargamento de píures. Supe de sus recorridos por el litoral esperando encontrar algún resto de su hijo. Nada apareció. Y el recuerdo de Miguel es una cruz sin tumba, como tantas otras, en un cerro con vista al mar.

A los años murió su mujer, la señora Nenita y entonces su soledad se le vino encima. El maremoto del 2010 nuevamente le llevó su casa. Y se tuvo que ir a vivir a la “aldea” instalada en Llico para los damnificados, a una de esas precarias mediaguas de madera.
La anunciada solución definitiva para los afectados por el maremoto no lo alcanzó: Primero fue el ramalazo de fuego que consumió su vida.

En cualquier caso, viejo Isaías, no merecías morir así. Quería compartir con otros estas palabras de recuerdo.

Un abrazo a la distancia,
Raúl Moraga Arcil

jueves, 14 de febrero de 2013

La sonrisa de Carlos Fuentes - Elena Poniatowska

Arriba de El Ángel, arriba del Monumento a la Revolución, arriba de la Catedral, Carlos Fuentes siempre estaba arriba. De joven, le daba miedo la altura; todavía en julio de 1959, cuando el triunfo de la Revolución Cubana, en el mismo avión que el general Cárdenas, preguntaba: ¿Tú crees que se va a caer? Ya entonces volaba alto. Desde niño estuvo destinado a la altura. Acababa de publicar La región más transparente, que hizo estallar a la ciudad de México. Antes, todos escribían triste. Triste la Revolución con tanta masacre inútil, triste la provincia en la que se cocía morosamente el ate de guayaba en un perol, como escribió Agustín Yáñez; triste la sombra del caudillo y la de todos los que habían hecho la Revolución y ahora, en una lujosa oficina, ignoraban el lento pero seguro empuje de su barriga.

Así las cosas, Fuentes hizo irrupción, reventó nuestro mundito como habría de hacerlo el Paricutín y nos recordó que teníamos agallas. Él siempre las tuvo. Ambicioso, audaz, ágil, elegante, subía al escenario de un brinco. Siempre caminó aprisa, siempre hizo de tripas corazón. La palabra siempre le va muy bien a Fuentes, y todos podemos decirle a Silvia y a Cecilia, así, a coro y con la voz alta y fuerte, que Fuentes vivirá siempre al lado de sus libros, estará con nosotros siempre y que no es una frase de consuelo, es una realidad.

Lo veo allá al fondo, de pie; lo veo aquí, al lado, sonríe. Su sonrisa era la de su padre, don Rafael Fuentes, que a raíz de la publicación de La región más transparente decía: Ahora ya soy el padre de Carlos Fuentes. Todo envuelto en el chipi chipi de Jalapa, esa ciudad en la que el pastito crece entre las piedras; Fuentes era veracruzano de pies a cabeza, veracruzano de los altos vasos de café con leche del Café de la Parroquia que los meseros rellenan y vuelven a llenar al sonido de la cuchara, ting, ting, ting, como en una canción de Cri-Cri, como si todos fuéramos niños antes del pecado original. Fuentes era un poco así, tenía al niño que fue en la niña de sus ojos, reían sus ojos, adentro de sus ojos estaba su vigor, su entusiasmo, su afán totalizador, su amor a México. Echaban chispas sus ojos, porque Fuentes era un seductor, pero, como aclaró Ángeles Mastretta, un seductor confiable.

Sólo quisiera destacar dos actitudes de Carlos Fuentes a lo largo de su vida (a pesar de que le era imposible llevar la cuenta de todos los doctorados concedidos en universidades estadunidenses): una, su actitud crítica frente a Estados Unidos, y dos, su patriotismo. Su gran tema fue México, la razón de su obra es México y su eternidad, como la de Balzac, yace en el retrato que hizo de nosotros.

Pronto hablaremos de sus libros, de La región..., La muerte de Artemio Cruz y Aura; pronto reflexionaremos sobre lo que significa la celebridad, pronto habrá páginas de ensayos en varios idiomas, pronto repetiremos lo que él respondió una y otra vez: El Nobel me lo dieron cuando se lo dieron a García Márquez y pronto, también, tomaremos en cuenta una frase suya dicha hace poco frente a Carmen Aristegui: No quiero ni pensar que Peña Nieto pueda ser presidente de la República.

A Fuentes le habría gustado la manifestación del 19 de mayo del Zócalo al Ángel. Una pancarta decía: Bienvenidos los jóvenes al despertar de la conciencia. Los estábamos esperando. Atentamente, La Patria.

Una noche en la que varios nos encontrábamos en el jardín de su casa de Apóstol Santiago, en San Jerónimo, Carlos de pronto preguntó: ¿Dónde está la Güerita? Hoy le respondemos: Carlos, aquí está la Güerita, no te preocupes, vamos a cuidarla entre todos.


Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2012/05/23/opinion/a05a1cul

viernes, 8 de febrero de 2013

Poema para un niño que habla con las cosas - Fragmento




“El oficio de hombre es bello y duro.
La calle es ancha y larga.
Su frontera, el recuerdo y el olvido.
Sus horizontes, algo que vendrá.
No es puro idilio, no, pero es algo real y mágico.
Digno de ser vivido y defendido
y superado y transformado y andado por caminos de amor”


Raúl González Tuñón


jueves, 31 de enero de 2013

¿Para qué sirve el progreso? por Roberto Arlt


Me tienen ya seco con la cuestión del progreso. Cuánto papanata encuentro por ahí, en cuanto comienzo a rezongar de que la vida es imposible en esta ciudad me contesta:
- Es que usted no se da cuenta de que progresamos.
Y acto seguido me endilga un discurso sobre el Progreso y la Civilización, que hubiera estado muy bien en tiempos de Juan Jacobo Rousseau, pero hoy no convence a nadie. Y si no, ustedes verán.

CALIDAD DE PROGRESO

La gente se deja embaucar con una serie de términos que en realidad no tienen valor alguno. Estos términos hacen carrera, se convierten en monedas de uso popular y cualquier otario, ante un caso serio, se considera con derecho a aplicarlos a situaciones que no se resuelven con el uso de un vocablo.
Y es que llega un momento en que las palabras asumen el carácter de moda; no interpretan un sentir sino un estado colectivo, quiero decir, un estado de estupidez colectiva.
Veamos esta palabrita Progreso.
De veinte años a esta parte hemos progresado bestialmente. En todos los órdenes. Antes, para vivir, una familia no necesitaba de alto jornal. Una casita de tres o cuatro piezas se alquilaba en cuarenta pesos; una pieza en doce y quince pesos; pero la mayoría de los habitantes de esta bendita ciudad vivían en casas holgadas, con fondo, jardín y parra.
El progreso ha hecho que por esa misma pieza, que pagábamos quince pesos, paguemos hoy cuarenta o cincuenta pesos; que la casa sea sustituida por el departamento, y que el departamento sea un rincón oscuro, con una superficie inferior a la de un pañuelo y donde para decir una mala palabra sea necesario encender la luz eléctrica, porque si no, la palabra no se ve. Hemos progresado.
Antes, una mediana familia tenía quinta con árboles, donde los chicos pudieran embarrarse a gusto, criarse sanos a más no poder. Hoy para los nuevos chicos tenemos un patiecito húmedo y oscuro, donde las ventoleras tienen tantas direcciones que lo menos que se pesca una criatura en un descuido es una “bronca” neumonía. Hemos progresado.

ARTÍCULOS DE CONSUMO

El pan era sabroso y el vino puro. Llegaba fin de año y el último bolichero le mandaba un canastón cargado de aguinaldos. El panadero ídem. Cierto es que no teníamos ómnibus que despachurraban criaturas por las calles, ni subterráneos, ni automóviles brillantes como espejos. El tren de vapor era un medio de traslación formidable, y el coche un lujo. Los días eran tranquilos. Flores era un barrio de quintas, Palermo ídem, Belgrado igual, Caballito también, Vélez Sársfield idénticamente. Quintas, cercos, bardales, madreselvas, glicinas, el aire de los crepúsculos estaba tan embalsamado de flores de verano, que la ciudad parecía un pequeño injerto en la perfección de los campos subdivididos. No había prisa en el vivir. El fonógrafo era un mecanismo insuperable; la radio no se concebía, el teléfono era propiedad de pocos felices, y más que medio de progreso, un lujo. Ud. ciego y sordo podía cruzar tranquilamente las calles, pero la tela de un traje era irrompible, los botines se hacían de cuero y no de cartón, el aceite de oliva no era de lino sino de olivas y el único que se gastaba, los carniceros no sabían dónde tirar el bofe y el hígado; la neurastenia era un mal desconocido, la tuberculosis, ¡hablar de la tuberculosis en aquellos tiempos daba más temor que hoy nombrar la lepra a la que nos hemos acostumbrado! y ciertas enfermedades, que no se pueden nombrar, deshonraban a una familia como el hecho de tener un hijo ladrón o asesino.

HEMOS PROGRESADO

Hoy no. Hemos progresado. No hay zanahoria que no esté dispuesto a demostrárselo. Hemos progresado. 
Es maravilloso. Nos levantamos a la mañana, nos metemos en un coche que corre en un subterráneo; salimos después de viajar entre luz eléctrica; respiramos dos minutos el aire de la calle en la superficie; nos metemos en un subsuelo o en una oficina a trabajar con luz artificial. A mediodía salimos, prensados, entre luces eléctricas, comemos con menos tiempo que un soldado en época de maniobras, nos enfundamos nuevamente en un subterráneo, entramos a la oficina a trabajar con la luz artificial, salimos y es de noche, viajamos entre luz eléctrica, entramos a un departamento, o a la pieza de un departamentito a respirar aire cúbicamente calculado por un arquitecto, respiramos a medida, dormimos con metro, nos despertamos automáticamente; cada tres meses compramos un par de botines de cartón cuero; cada seis meses renovamos un traje; cada año nos deterioramos más el estómago, los nervios, el cerebro, y a esto ¡a esto los cien mil zanahorias le llaman progreso! ¡Digan ustedes si no es cosa de poner una guillotina en cada esquina!

¿PARA QUÉ?

Puede usted decirme, querido señor, ¿para qué sirve este maldito progreso? Sea sincero. ¿Para qué sirve este progreso a usted, a su mujer y a sus hijos? ¿Para qué le sirve a la sociedad? ¿El teléfono lo hace más feliz, un aeroplano de quinientos caballos más moral, una locomotora eléctrica más perfecto, un subterráneo más humano? Si los objetos nombrados no le dan a usted salud, perfección interior, todo ese progreso no vale un pito, ¿me entiende? Los antiguos creían que la ciencia podía hacer feliz al hombre. ¡Qué curioso! Nosotros tenemos, con la ciencia en nuestras manos, que admitir lo siguiente: lo que hace feliz al hombre es la ignorancia. El resto, es música celestial…


Roberto Arlt




El Mundo, 23 de noviembre de 1929

Nuevas Aguafuertes Porteñas