jueves, 31 de julio de 2014

Pensamientos palestinos por Carlos Semorile


Las imágenes de una joven palestina rescatando libros de entre las ruinas que provocaron los bombardeos israelíes, es harto elocuente de una verdad sencilla: para ser quienes somos, necesitamos de nuestras palabras. Explicado a la inversa: para que este genocidio sea posible, los palestinos han sido despojados previamente de su condición humana, pues en los discursos de sus enemigos –ya hay varios testimonios al respecto- ellos no tienen derecho a existir. No se puede acordar con los palestinos porque son taimados y, por ende, su palabra no tiene ningún valor: dado que no son fiables, de sus bocas sólo salen mentiras y cuentos inverosímiles. Si dicen, por ejemplo, que las bombas arrasan colegios, templos y hospitales, en realidad es que –pese a estar advertidos- usan a sus propios niños como escudos humanos. Son culpables hasta de la improbable angustia que pudiera llegar a sentir un piloto israelí por la carga de muerte que se vio obligado a derramar sobre esas ciudades.

Hace tres semanas que a muchos, pero a muchísimos de nosotros nos vienen rondando este tipo de “pensamientos palestinos”: cómo se procesa que cuatro pibes que juegan a la pelota en una playa sean alcanzados por un misil lanzado desde un barco de guerra; cómo es volver al cementerio un día sí y otro también para dejar allí –mutilados, quemados, desarticulados- a quienes fueron parte de la propia vida; qué clase de intemperie es esa en la que todos los sitios son blancos de la metralla que llueve desde un cielo inclemente de sofisticación y furia. Peor aún: ¿qué atisbo de esperanza es posible cuando lo único cierto es la incesante persecución y el incesante exterminio? ¿Cuándo concluye la matanza, o sólo terminará cuando el último palestino abandone el último pueblo de Gaza? 

Mientras estas preguntas permanecen sin respuesta, una muchacha revuelve los escombros y rescata libros que fueron escritos en su propia lengua, en ese lenguaje que –según el Estado de Israel- los palestinos usan para disfrazar la verdad y desorientar a los incautos. Está resguardando papeles y escritos que ojalá atesoren pensamientos nacionales: relatos, tradiciones, poemas, credos, ideas y proyectos de un pueblo que aspira a tener una Nación digna de ese nombre. Esa joven sabe lo que hace: los nosocomios, las iglesias, las escuelas y todo lo demás, salvo las vidas perdidas, pueden volver a levantarse siempre que haya un pensamiento palestino que en sus propias palabras, y no en el idioma que el invasor usa para ultrajarlos, les diga quiénes son ellos y de qué son capaces.

    Vuelvo a mirar las fotos. No las de los niños masacrados, ni las de los sepelios múltiples, ni tampoco las de los hospitales arruinados. Y no porque crea, como dicen algunas “almas bellas”, que provoquen o infundan morbo: la Biblia tiene escenas igualmente espantosas y están ahí para que nos enteremos de los complejos vericuetos que tiene el ser humano. Observo nuevamente las únicas fotos que me ayudan a pensar en Palestina: la muchacha mira a la cámara, termina de acomodar los libros, y las palabras, los ideales y el pensamiento palestino vuelven a caminar sobre ese suelo sagrado.

viernes, 4 de julio de 2014

La peluquera belga



(Escribo este relato cuando aún faltan algunas horas para que la Argentina y Bélgica definan quién se va y quién sigue en el Mundial. Mientras eso sea una incógnita, me puedo permitir recordar sin rencor, pero también sin sorna, a la improvisada peluquera belga que hace muchos años conocí en Managua).


Nomás llegabas a la Nicaragua sandinista y ya necesitabas comenzar a adecuarte al “sistema”: no había un transporte especial que te llevara del aeropuerto a la ciudad, y me recuerdo haciendo ese trayecto semicolgado en un simple bondi de línea. Una vez arribado, resultaba difícil encontrar “el centro” de Managua, y es que entre el terremoto de 1972 y la guerra contra Somoza muchos edificios habían pasado a ser terrenos baldíos con, por ejemplo, un tanque inutilizado enseñorándose entre los escombros. Buscaba “el trocen” pero en realidad necesitaba un hotel, algo sencillito y acomodado a mis flacos bolsillos, pero el único que quedaba en pie era “El Intercontinental”, con precios ídem. Le debo haber provocado pena al conserje, con mi aspecto desarrapado y mis costillas flotantes, porque él mismo me recomendó que buscase el “Hotel Norma”. No quedaba lejos, tampoco cerca, pero era lo único que había sin más chances ni alternativas.

Resultó ser una pensión que administraba, justamente, doña Norma y su señor esposo, dos personas mayores que no eran precisamente la alegría de vivir. Sin embargo, la posada era el paraíso de los jóvenes -y a veces no tan jóvenes- extranjeros que llegaban a conocer por dentro la Revolución Sandinista. Tenía una disposición espacial que invitaba al encuentro de los ocasionales residentes, con un amplio patio que ocupaba buena parte del terreno –que incluía los baños y las duchas-, y con una gran galería techada que anticipaba los cuartos, obligadamente compartidos. En aquella galería, con sus hamacas colgantes y sus largos mesones, se hablaban todos los idiomas y también eran babélicas las comidas y las bebidas. Los desayunos estaban incluidos en el servicio, cafés muy negros y tortillas de maíz, y se extendían “ad infinitum” a medida que los aprovisionados gringos compartían sus mantecas de maní con la que untaban cualquier cosa que aparentase ser sólida.

Pero el fiestón “mais grande” lo armaron dos brasileros que se llamaban como uno solo: Joao y Gilberto. En medio de tantos contingentes que iban y venían hacia los cafetales en plan de brigadas solidarias, la historia de estos apolíticos muchachos gays desentonaba con rasgos de sainete. En realidad, amaban la cultura yanqui y, a golpes de enormes esfuerzos y sacrificios, habían salido de los andurriales más pobres de San Pablo con el sueño de establecerse y triunfar en Miami. Pero el destino, que a veces pega estas tremendas volteretas soviéticas, quiso que fuesen prolijamente afanados por milicos colombianos durante una requisa de rutina. Afano que no advirtieron hasta llegar a Venezuela, donde se pusieron a vender comidas regionales en el consulado brasilero para juntar centavo tras centavo y, algún día lejano, como en las películas que glorifican al “self made man”, comprarse sus pasajes a USA. En Caracas los conoció un “servicio” sandinista que se apiadó de ellos y los hizo llegar hasta Managua, y les ordenó esperar un nuevo contacto que los depositaría, de polizontes, en un barco que rumbeara hacia a los Unaited.

 O sea que, mientras los demás nos desplazábamos por Nicaragua y volvíamos a aterrizar en “El Norma” para reencontrarnos y proseguir nuestras interminables pláticas políticas, Joao y Gilberto estaban obligados a pasarse los días clavados en el hospedaje, a la espera del misterioso personaje del buque fantasma. Con una diferencia no menor. Joao era algo mayor y le ponía mucha onda pero, en cambio, Gilberto estaba muy fastidiado: él se había imaginado bajo las rutilantes luces de La Florida y estaba varado en una ciudad pobre, semi derruida y, muchas veces, sin suministro eléctrico.

Ha de ser por eso –para levantarle el ánimo a su compadre- que un día Joao nos prometió a todos (los suizos, mis hermanos irlandeses, los italianos Carlo y Roberto, los belgas, las francesas, la gringa piola que era visitada por el hermano de Omar Cabezas, una chilena, un uruguayo y este porteño) que armaría unas caipirinhas que nos volarían las cabezas. Con la escasez existente, pensé que deliraba. Pero Joao y Gilberto salieron de “rotation”, y volvieron con los limones tipo lima y, aún más asombroso, con un par de bolsas de azúcar blanca. Pidieron música (doña Norma accedió), se pusieron manos a la obra, y empezaron a circular los cócteles. En un par de horas de tomar un trago atrás de otro, ya podíamos bailar samba subidos a las hamacas y cantar en un dialecto bastante similar al portugués devenido en brasilero. Pese a las alevosas resacas, fue un éxito rotundo que acrecentó la ya importante camaradería internacional.

Lamentamos, pues, que algunos se fueran yendo (como los irlandeses, llevándose operada a la entrañable Mary O´Grady Walsh, pero esa es otra historia), mientras otros permanecían, y otros volvimos a viajar. Y, al regresar a la hostería, nos enteramos que Gilberto se había puesto de novio con un vecino que atendía un “paladar” de la esquina, y ahora todo “lo nica” le parecía maravilloso, sublime, excelso. Pero no todas eran rosas: el hombre del navío ya les había pasado las coordenadas y la cuenta regresiva hacía más tristes y a la vez más dulces las horas del amor. El sabio Joao lo miraba gozar y sufrir, mientras preparaba sus consuelos para las previsibles “saudades” de Gilberto.

Por el contrario, otros y otras, como los suizos y los belgas, andaban pidiendo la escupidera: el gusto por el exotismo había dado paso al hartazgo, pese a que muchas veces les habíamos advertido que no confundiesen la idiosincrasia latina de los nicas con síntomas revolucionarios. Pero, bueno, ellos extrañaban sus chocolates, los horarios cumplidos, y me animaría a decir que al “sistema” en general. Mi vuelo de regreso coincidía con el de ellos, y nos despedimos de “El Norma” con una cortada de pelo para los viajeros varones a cargo de una de las muchachas belgas. Mary Fins no era peluquera ni nada parecido: sólo pretendió serlo una amistosa tarde tropical, lejos de su Bruselas natal, y algunos osados le seguimos la corriente.  

A la mañana siguiente, los dos “pelados” rioplatenses le devolvimos el favor. Íbamos en el ómnibus que nos llevaba del aeropuerto al centro de la ciudad de Guatemala, cuando la belga casi se mata por bajarse del micro en movimiento. Había visto un puesto callejero de golosinas y, viniendo de la carestía  nicaragüense, pensó que era el único en toda Guatemala y se tiró de palomita. Con lo justito, la atajamos con el yorugua, y en un francés espantoso le aseguramos que aquí iba a poder hartarse de chocolates y dulces. Nos entendió pero nos miró con odio y, lo que es peor, no nos creyó hasta que se lo confirmó una francesa, testigo de su posible deceso. La juzgué desagradecida. Y, desde aquel día, me hice a mí mismo el juramento de que nunca más dejo que me rape ninguna improvisada -y adicta- peluquera de Bruselas.

Carlos Semorile

martes, 1 de julio de 2014

El río divino de las hermosas canciones



Era apenas un niño, pero guardo algunos recuerdos “soberanos” de La Peña de los Parra. Para empezar, significaba incursionar en la noche larga de los vinos y las canciones, y allí percibir esa fraternidad espontánea que se daba de mesa en mesa, y también en los pasillos de la casona y también en las esperas porque estábamos en el Chile de la Unidad Popular y para cada cosa había que hacer una cola. Había una primera espera, para conseguir la mesa, y luego esperas sucesivas hasta que llegaban los platos criollos. Bien calientitos porque, a pesar de la mucha gente y los muchos ponchos, en el invierno santiaguino el frío se hacía sentir y mucho. Al menos hasta que los cantores terminaban de comer también ellos, y se subían a la humilde tarima que hacía las veces de escenario.

Era súper extraño eso de que “los artistas” estuvieran ahí nomás, cantando al lado de uno como simples mortales: Víctor Jara, Isabel y Ángel Parra y, al menos una noche, unos ignotos jóvenes cubanos llamados Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Y es que aquella peña era una cofradía en el más cabal sentido de la palabra. Una hermandad donde las caras sonaban conocidas porque, sencillamente, eran conocidas: ese muchacho de barba era todos los muchachos de barba, y esa muchacha a su lado era todas las pololas compañeras de todas las marchas y todos los actos. Y las canciones eran de todos, y se escuchaban con unción y se entonaban a voz en cuello, dependiendo de si era una de escuchar o una de cantar.

A mí me gustaba “Río Manzanares”: estaba creído que era un torrente chileno más ancho y bravo que el mismísimo Mapocho, y me dejaba en el alma una nostalgia anticipada que, siendo un cabro chico, se suponía que todavía no debía sentir. En plan de añoranzas y melancolías a destiempo, me emocionaba “Lo que yo más quiero”, que curiosamente también le canta a un río que “no se quiere detener”. Y cuanto más me acuerdo de aquellas bohemias tempranas, más pienso que lo que no se ha detenido es la fuerza de esas y otras canciones que, al final de la noche, nos íbamos cantando, abrazados y felices, por una callecita empedrada. Buscábamos la guaga del regreso, pero nos demoraban los antiguos adoquines, la mortecina luz de una farola colonial, la lozanía cómplice de aquella dicha preciosa, y el río divino de todas las hermosas canciones.

Carlos Semorile

"De estar ahí..."

Invitamos a nuestros lectores a visitar el blog amigo: "El Cedroniano". En especial la entrada publicada esta mañana que reproduce un texto de Miguel Praino, también conocido como "El Profesor" (violinista luego violista del Cuarteto Cedrón desde hace 50 años).

Pulsar acá:

miércoles, 25 de junio de 2014

Músicas desamparadas

"Hay músicas desamparadas. Músicas sin domicilio fijo, músicas sin techo. Músicas que son como esos próceres que después de haber batallado durante una vida en pos de las mejores causas murieron en un país lejano llamado olvido. Músicas a las que les debemos –no sé exactamente en qué parte– algo de lo que somos y –como dice el tango– algo de “lo que soñamos ser”. Músicas que no van a tener otro lugar donde alojarse como no sea el que podemos darles en nuestro corazón (...)"

Ver articulo completo : Radio Universidad de Chile

martes, 17 de junio de 2014

Cuando la muerte puede ser un acto de vida



Fotografía de V. Matus
 
Sigisfredo Victoriano Venegas falleció el fin de semana. Me enteré por los medios, como también ahí supe recién cómo se llamaba. 

Lo ubicaba, pues era un personaje típicamente chileno del centro de Santiago. Vendía el diario La Segunda y algunos juegos de azar en la esquina de la calle Huérfanos con Morandé. Lo distinguía su manera particular de ejercer su oficio. Siempre usaba disfraces llamativos. El más recurrente era un traje de reo del siglo pasado, a rayas azules con blanco con el gorro correspondiente. Pero tenía muchos otros: el frac con su banda presidencial, el as de pique, el oso panda, el Rambo con pantalones de combate y todo. También por la prensa me enteré de que los confeccionaba él mismo.

Hoy, en esa esquina en la cual uno lo encontraba infaltablemente a la hora de almuerzo, cuando todos los oficinistas salimos a hacer alguna diligencia, se hallaban dispuestos en los adoquines sus trajes y algunos objetos personales. También ahí estaban la viuda y una de las hijas. Numerosas personas se detuvieron a dar el pésame, dejar flores e incluso monedas para ayudar con los gastos del funeral. Y la frase más escuchada era: “lo echaremos de menos”. 

Pero lo más conmovedor de esto, más allá de las sorprendentemente numerosas muestras de cariño, fue el gesto ciudadano. La genuina conmoción de seres anónimos que perdieron a otro ser anónimo. Nadie pidió un homenaje. Ni la municipalidad, ni los colegas, ni ninguna organización. Fue un homenaje espontáneo. Un homenaje de la gente para alguien. Pero un alguien que se había transformado en parte de nuestro patrimonio. 

Sigisfredo era alegre y su familia desea que con esa misma alegría se lo recuerde. Su partida fue lamentada entre todos los transeúntes. Pero también debe recordarnos que no hemos sido totalmente devorados por un monstruo urbano. Somos todavía capaces de dar reconocimiento a la capacidad de sobrevivencia (no olvidemos que estamos hablando de alguien que toda la vida vendió diarios en la calle) y aún podemos valorar el ingenio, la creatividad y el humor como representativo de nuestra cultura, de nuestro pueblo, en suma, de nosotros mismos y con ello también valorarnos nosotros mismos. 

No, esta ciudad no es gris, ni triste, ni está muerta. La cordillera resplandece luego de un día de lluvia. Y como en toda ciudad viva, las personas mueren. Y al morir, dejan ausencia. Una ausencia que se nota porque el desapego no nos ha engullido del todo, porque todavía sentimos y queremos sentir, porque en cierta medida, todavía somos y queremos ser pueblo pequeño y porque, en el medio de la vorágine que significa salir a las dos de la tarde a la calle Huérfanos, nos nace detenernos a dar un pésame a la familia de un ser que conocimos, tal como hacen los provincianos (la provincia, bendita sea, dicho sea de paso).

 Valeria Matus

domingo, 1 de junio de 2014

GENTE NECESARIA

Hay gente que con solo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales,
que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente, que con solo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas.
Que con solo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con solo abrir la boca
llega hasta todos los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después, como si nada.

Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria,
pues sabe, que a la vuelta de la esquina,
hay gente que es así, tan necesaria.

viernes, 30 de mayo de 2014

Un compromiso de amor



Sobre Luis A. Castro

 

Lucho no caminó hasta los seis años. Se desplazaba sentado en el suelo, porque había nacido con una deformación en su pie derecho, en lo que se conoce como pie bot. Pero lo que no caminaba, lo hablaba. El verbo fue fundamental en su vida. Pero no cualquier verbo, tan rápido como logró desplazarse por la casa apoyado solo en sus posaderas, salían las palabras a borbotones de su boca. Es que su mente iba a una velocidad que lejos de disminuir con los años, fue aumentando. Como no caminaba, leía. Y su mente iba al ritmo de sus lecturas, que luego traducía en palabras. Con los años, las distintas operaciones le pusieron de pie, pero siguió hablando a la misma velocidad.

Cuando empezó a caminar, también empezó a bailar. Y lo hacía como para hacerle rueda. Amaba bailar casi tanto como hablar. Era su forma de disfrutar de la vida.

Aunque como herencia de su infancia de niño limitado en sus movimientos, nunca gustó de los deportes, sí aprendió a patinar. Y por la calle Euclides de San Miguel, vacía de coches, como buena calle dormida de los años cincuenta, él se desplazaba libre conmigo en brazos. Apretada a su cuello, yo sentía que todo el mundo giraba y que éramos aviones prontos a despegar.

Pero por sobre todo me gustaba escuchar a Lucho. Sus palabras iban siempre acompañadas de sonrisas, sus bellos dientes brillaban casi tanto como sus ojos también hermosos, almendrados, alegres, siempre tan jóvenes, incluso cuando cumplió ochenta años. Me gustaba escuchar los versos, las anécdotas, las explicaciones, las complicidades.

Lucho convencía de cualquier cosa con su verbo, pero tuvo algunos  grandes fracasos. El más sonado fue cuando debía conseguir a cualquier precio una certificación decente para que su hija expulsada por cimarrera, fuera aceptada en otro Liceo. Pero fue un fracaso glorioso, porque él consiguió diez puntos positivos en el alma de la hija, contra unas tantas omisiones y ausencias.  Su verbo se jugó entero por convencer que aunque su hija se saltara todas las normas, era la que iba por el buen camino, porque su ausencia de clases era síntoma de libertad, la necesaria para desarrollo de su intelecto y  felicidad futura. La Dirección, implacable, no cedió ni ante su verbo, ni su sonrisa, ni su galantería. El certificado fue inmostrable y el resultado provocó una levantada de cejas de nuestra  madre, quien contra sus propias normas, había delegado (avergonzada), tan delicada misión por única vez en este ex marido, poco fiable para sus estándares, difíciles de alcanzar  hay que decirlo.

Pero también tuvo éxitos grandes: como esa noche de octubre del año 1971, en que preso por extremista!!... (él que era un honorable socialdemócrata del Partido Socialista), lo vimos salir cerca de la medianoche, del cuartel Zañartu de investigaciones, como anfitrión que sale a dejar al invitado, mientras se hacía acompañar por el subprefecto. Luego, la velada fue inolvidable en nuestra casa de Avenida Matta. El relato de su interrogatorio, divino. Por ahí deben andar los apuntes que de ese relato hice en algún momento de añoranzas y recuerdos.

Ni siquiera en Chacabuco se quedó callado. Cuando lo vi en la sala de la Filarmónica, la sonrisa estaba en receso, su lengua andaba a una velocidad más moderada, pero su verbo seguía intacto.

Luego, vinieron ocho años de exilio interno. Otros arrestos, algunas soledades. Pero su relato interminable y su sonrisa, me hicieron menos pesado el camino.

También vino en los años ochenta su exilio y luego el mío,  las cartas reemplazaron entonces su voz. Pero tenían su tono y su velocidad, así que más que leerlas, las escuchaba. Nos vimos en Francia, luego vino una vez a Chile y dos veces fui yo a verlo a Canadá. Esto, entre sus 58 y 86 años. Fueron torrentes de palabras. Del año 2011, tengo casi veinte grabaciones. En algunas de ellas, tengo que decirle que pare, que deje hablar a su mujer!... esto le provocaba risas, muchas risas. Sabía que era un hablador, uno de los más desbordantes habladores.

Ayer me dijeron que no quiere hablar. Tampoco comer. Ni levantarse. Pero ni lo segundo, ni lo tercero, me hablan tanto de su estado, como el que ya no quiera hablar. Por eso, hoy, yo heredera de su hablar rápido y mal modulado y de su pasión por dialogar y también por bailar, que aprendió a patinar en sus brazos, quise verbalizar de esta manera, porque a él, vanidoso,  le habría gustado escribir sobre sí mismo, incluso en esta etapa. Es mi propia forma también, de dialogar con este hombre que ha sido mi padre y a quien pareciera, también en mi mayor fracaso, no lograré cumplir el compromiso de amor, de tomar su mano y decirle, aquí en Chile: “estamos en paz” y dejarlo partir.


Luisa Castro Nilo

jueves, 29 de mayo de 2014

Las voces amadas



Se van los amigos después de los fideos con tuco y el vinito rico, del lemon pie con su cafecito, y de los mates que ayudan a prolongar la conversa hasta bien entrada la hora de las confesiones. La casa queda habitada por un susurro de cosas dichas y cosas no dichas, cuestiones que es preciso hilvanar en comentarios y pareceres antes de que se nos pierdan entre el barullo de las obligaciones y los apuros cotidianos. Esto puede suceder mientras lavamos los platos y acomodamos las sillas, o bien a la mañana siguiente, durante el desayuno, pero hasta que esa charla no se da, la reunión no ha terminado. Se prolonga adentro de cada uno, como deseamos que perduren lo bello, lo lindo y lo bueno.

Mientras escribo sobre estos asuntos, aparece una imagen que ha quedado del lado amable de la vida. Son Thelma y Louise, libres, locas y lindas, sonriendo para su única foto dichosa. Están a punto de vivir esos “dos días en la vida (que) nunca vienen nada mal” y que han quedado en la historia del cine y de quienes nos metimos en el Thunderbird de Louise, deseando para ellas un final feliz que nunca llegó. Cuando aquí se estrenó la película, aún no existían los dispositivos de captura y “viralización” de imágenes que tenemos hoy en día, de modo que a la salida de la función me afané una foto de esas que antes pegaban en las puertas de los cines. Se la regalé a mi novia de entonces, pero tiempo después volvió a mis manos, y es la misma foto que ahora surge en mi pantalla y me hace pensar en esas dos “chicas” grandes destinadas a no poder dar marcha atrás. Cada paso que dan las va acercando al barranco, todo las empuja hacia allí, y sólo el amoroso Harvey Keitel les tiende una mano. Quiere hablar con ellas, les ruega poder conversar para solucionar el balurdo en el que andan metidas, pero la palabra de un hombre ya no vale gran cosa para estas mujeres curtidas en desengaños. La persecución del cierre es desproporcionada, absurda y brutal. Desamparadas y acorraladas, Thelma y Louise hacen de su debilidad fortaleza y deciden marcharse para siempre.

Vuelvo a revivir el rosario de injusticias que ha marcado sus vidas, y retorna la pregunta por el diálogo que no pudo ser. Regresan las palabras que compartimos durante el día con los amigos acerca de mantener una buena conversación con quienes queremos, ya sea que los amemos en la amistad, en el amor de pareja o en los vínculos familiares. La estrepitosa manera de transitar esta época acelerada, nos encapsula y aísla, y de un modo u otro todos andamos en busca de la conversación perdida. Porque, más allá de la genialidad de Fito para trocar cine en música, no ansiamos sólo “dos días en la vida”. Cuando queremos, queremos, y deseamos ser acompañados por las voces amadas, en todo el amplio arco de sus risas, sus decires y ocurrencias. Y que así sea “todos los días de la vida”, porque nacemos de antiguas conversaciones, y las palabras nos acompañan desde la cuna hasta el sepulcro. Con palabras nos arrullan, y con palabras nos educan; y luego, conversando, llegan los amigos, y nos enamoramos conversando, y conversando hacemos los hijos, a quienes cobijamos entre palabras de bienaventuranza que aprendimos cuando, siendo niños y a escondidas, escuchábamos las conversaciones de nuestros mayores.                                                                                                                                               

 Carlos Semorile

jueves, 22 de mayo de 2014

Los puros ojos


No recuerdo en qué obra de títeres, un personaje, admirando un bello paisaje, se decía a sí mismo: “¡cómo me gusta este lugar!”. Pero eso fue lo que pensé el otro día cuando, llevando a mi hija a la escuela, pasamos frente a unos afiches que anunciaban un concierto de Jaime Torres. Un poco más allá había un anuncio inusual. Se trataba del mismo concierto pero no lo anunciaba un afiche sino un pequeño mural. El nombre de Jaime Torres estaba escrito a mano (pintado) por un tiempo más largo a lo que dura un afiche. Hasta el próximo concierto, me imagino, el próximo anuncio. 



En esos mismos días, en otro lugar,  otro afiche había aparecido. De un modo distinto, también se trataba de un anuncio inusual. Había sido hecho de manera artesanal por los artistas de La Musaranga para anunciar el ciclo que están realizando junto a Tata Cedrón y otros (muchos) queridos músicos. Esto quiere decir que se podía en ese momento, acá, en este lugar (Buenos Aires, Argentina), escuchar en vivo a dos artistas como son ellos, los anunciados. Los músicos de la pared.



De pronto me sentí con suerte. Muchas veces he tenido la ocasión de ir a escucharlos. Y mi hija también. Pensé (no sin orgullo): “por siempre, podré decir que pertenezco a una generación que escuchó a Tata Cedrón, a Jaime Torres y a cada uno de los músicos que los rodean: en vivo. Nadie me lo contó, no tuve que poner los discos, estuve ahí, cerquita de ellos”. En la sala, claro. Como auditora. Como público. Y al rato me vino uno de esos pensamientos absurdos que más bien preocupan: “¿cómo será no haberlos escuchado nunca en vivo?”. No me gustó ese pensamiento y lo mandé a pasear a otro lado. Me quedé con la sensación primera: “¡cómo me gusta este lugar!” Este país donde todavía los anuncios pueden hacerse a mano. Y donde los músicos, los entrañables músicos, se presentan “en vivo”. Por eso, como se dice en mi patria, hay que “puro” tener ojos para mirar. (Y oídos para escuchar...)

Antonia

miércoles, 7 de mayo de 2014

La cocina

La vida es una suma de tiempo que deja rastro visible en los cacharros de la cocina



Vuelta y vuelta se cocinan los días. Condimento a gusto de esperanza, sueños, miedos, muertes silenciosas. Cacharros en tensión: en ello pienso cuando miro la vida del que cuenta historias: cuántas más saldrán del caldero, cuántas más entrarán en el silencio tiznado de la historia. Cuánto dura la cocina de la escritura, cuánto tarda en cocinarse un personaje creíble en una cocina económica que respira con la leña justa. Un hombre de tinta que muchas veces tarda en tener nombre y que nace en los recreos del que tiene que ganar la moneda para su sustento. La idea es sorprender al arte con la mejor caricia. De caradura este escritor mete mano, toca, ofende, raspa, la pollerita de los días y noches sin fisuras: revuelve, sin paz, con el pensamiento, en el papel, con la tinta, con teclas, repitiéndose ideas sobre los cacharros fundacionales de su cocina. Una batería chamuscada le resguarda la inventiva, las dudas: a qué inventar, si la mejor literatura esta en la calle, en las brasas, la leña, en el fuego inesperado de mi propia cocina. El escritor sabe de la última cena. Sabe que llegará sin aviso, lenta o rápido serán detalles que solo importarán a los demás, los que todavía tengan lugar en la mesa, los que sigan manchando cacharros de cocina. Con el barco escorado habrá que encarar la última página en blanco, mancharla, dejar constancia del límite de la sombra en la pared más cercana. Habrá que utilizar una brasa apagada mientras bajo la económica quedan tres tirantes y el corte de una rama.
Edgardo Lois 

lunes, 5 de mayo de 2014

"Una trigueña que les quite el sueño"



Almuerzo dominguero con dos amigos, y la charla que primero se demora, luego merodea, y finalmente entra de lleno en el tema de la dificultad para –una vez separados- volver a armar pareja. Los tópicos se repiten, al igual que las situaciones y los desencuentros. Además, electrónica mediante, todo se precipita: con relativa facilidad, dice uno de ellos, se cree haber obtenido cierta intimidad con una persona hasta hace nada desconocida, pero con la misma liviandad ese vínculo se diluye, y ese nombre –o acaso ese rostro, si se produjo el encuentro- vuelve a perderse en la multitud. Escritas hace más de un siglo y medio, las palabras del filósofo alemán siguen resultando proféticas: “La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y al fin, el hombre se ve forzado, por la fuerza de las cosas, a contemplar con su mirada fría su vida y sus relaciones con los demás”. Mi amigo no usó estas frases, pero la idea es la misma: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”.

El problema es que no estamos hechos para mirar despasionadamente nuestras vidas y las de quienes queremos o podríamos llegar a amar. Tampoco estamos preparados para la frialdad, de la que rehuimos y que sólo soportamos cuando no nos queda más remedio. “¿Cómo podemos imaginar cómo debería ser nuestra vida sin la iluminación que nos procura la vida de los otros?”, se pregunta uno de los personajes de “Años luz”, una muy buena novela de James Salter que, anécdotas al margen, indaga en los modos que toma la vida de pareja ante el trepidar incesante del tiempo. Así son las cosas, al menos este mediodía en que el encuentro ilumina rincones de nuestras vidas, recovecos que gustosamente abrimos a la fraternidad que nos une. Nuestra amistad es esta larga conversación que venimos manteniendo hace tantos años, una plática que inclusive busca incluir a los amigos que, por una razón u otra, hoy no están sentados a la mesa. El otro amigo me pregunta qué pienso de los lances amorosos que nos cuenta y yo, libresco al fin, vuelvo a Salter y a su idea de que también el amor es una conversación mantenida a lo largo del tiempo. Es más: si ese diálogo es fluido, “es el pan de la vida sexual”. 

Como dice la canción, “yo quiero para mis amigos la mejor tierra, un mate calentito en el invierno, y una trigueña que les quite el sueño”, y entonces despliego estas ideas “salterianas” que he adoptado como propias. Bajo su luz, volvemos a discernir los posibles amores que están en danza, los que aún no se han desvanecido en el aire de este otoño porteño. Y es por ello que, cuando nos despedimos, siento que algo hemos avanzado, al menos en términos de una tibia esperanza. Porque aún cuando todo parece estar en contra de que dos personas comiencen una conversación que les dure toda la vida, y aún cuando nada lo anuncie, “siempre nos salva un accidente. Una persona a quien jamás hemos visto”.

Carlos Semorile

jueves, 1 de mayo de 2014

Sobre una forma de morir que es como otra vida



La Justicia reconoció los restos del compañero Miguel Ángel Bustos, secuestrado de su domicilio en Parque Chacabuco el 30 de mayo de 1976.


Miguel Ángel Bustos fue un extraordinario poeta y trabajador de prensa, con una destacada labor en ambos campos, y una de las tantas víctimas de la dictadura 1976-1983. Trabajó en Panorama, El Cronista Comercial y otros medios, fue autor de libros como Visión de los hijos del mal y El Himalaya o la moral de los pájaros y al momento de su desaparición militaba en el frente de intelectuales que apoyaba al Partido Revolucionario de los Trabajadores. Está reconocido como uno de los más grandes poetas de su generación.


VIENTRE PROFETA SIN TIEMPO

Yo no soy de ningún siglo.
Vivo ausente del tiempo. Soy mi siglo como soy mi sexo y mi delirio.
Soy el siglo liberado de toda fecha y penumbra.

Pero cuando muera, el profeta que hay en mí se alzará como un niño sin moral y sin patria. Un niño loco con lengua de alaridos. Entonces amanecerá en el millón de
Galaxias.

Madres del futuro; cuidado; cuando muera puedo volver.

Entonces, ay, vientre que me aguardas, dulcísimo catedral de tinieblas.
                                                                                                                                                                  
                                                                                        de "Visión de los hijos del mal" (1967) /M-A.B
 

lunes, 28 de abril de 2014

Los Diablos de Prometeo







No es el título de un ensayo, ni tampoco una relectura del antiguo mito griego. Es más: cuando lo adoptamos como nombre ni siquiera sabíamos qué cosa era un mito, ni mucho menos quién había sido Prometeo. No sólo éramos muy chicos: éramos muy brutos. Recuerdo que conversábamos sobre la malísima suerte de haber nacido en una calle bautizada con el nombre de un tipo al que no conocía nadie. Peor aún: con ese apodo extrañísimo, nadie sabía cómo llegar hasta nuestra cuadra ya que, en nuestro imaginario, ningún geógrafo sensato se animaría a estampar esas cuatro sílabas fatídicas en un mapa.           

Sin embargo, el pasaje Prometeo era una delicia: apenas dos cuadras de casas bajas separadas por la transitada arteria Iberá, lo cual hacía que cada uno de los “dos pasajes” tuviese vida propia. Allí se fueron instalando nuestros padres a principios de los años ´60, y allí crecimos sus hijos, entre los vecinos de Núñez, sosegados y apacibles, ni tan acelerados como los de la zona comercial de Belgrano, ni tan remotos como los casi bonaerenses de Saavedra. Los días siguieron tranquilos, un genuino remanso de bonhomía y buena vecindad, hasta que los pibes empezamos a crecer un poco, y alguien echó a rodar una redonda y las tardes se llenaron de fútbol y gritos.

Como si nos hubiésemos juramentado, apenas llegados de la escuela revoleábamos los portafolios, sorbíamos apenas un poco de leche, y ya estábamos en la calle jugando a la pelota. Jugando en serio, digo, dejando el alma en cada pique, chivando como cosacos, desgañitándonos todo el tiempo, peleándonos a muerte por un penal no cobrado y un tiro que pasó rozando el imaginario travesaño. El pasaje había perdido la calma: aunque todavía no nos llamábamos así, estaban naciendo “Los Diablos de Prometeo”.

El nombre fue idea de mi viejo, y tengo dos hipótesis al respecto: o fue una manera de conciliar a “bosteros” y “gallinas” bajo el amparo del prestigio que en aquel entonces tenían los “diablos rojos” de Avellaneda, o fue una genialidad semántica de la que vendríamos a darnos cuenta pasados los años y los libros, cuando al fin supimos todo lo que el titán Prometeo hizo por nosotros. Sea como fuere, nosotros aceptamos el bautismo junto con las demás directivas de nuestro director técnico, preparador físico, levantador anímico, chofer e hincha número uno. Todo eso fue mi padre, y también nuestro fotógrafo.

Gracias a él, nos quedó un retrato de aquel conjunto, una foto que ha virado al sepia y en la que estamos los once titulares de aquella aventura prometeica –y una hermana colada, que aspiraba a sumarse al equipo-. Ahí, como en las tribus primitivas, estamos los hijos del barrio, todos emprimados entre sí, los Niro con los Lombardi (y un primo más de esta tanada), los Semorile con los Misenti, más el flaco Alejandro Schijman (aprímico), y Dante no sé cuánto (y un primo suyo) que fueron los únicos miembros del “segundo pasaje” que llegaron a sumarse a Los Diablos. Al fondo, está nuestro estadio, el Parque Saavedra, y al frente la ternura de unos rostros benditos que aún nada sabían de los peligros de robarle el fuego a los dioses.
Carlos Semorile

domingo, 20 de abril de 2014

Del cuaderno de Cándida - Pensamientos fragmentados



“La experiencia de la escritura se me ha presentado al día de hoy marcada por dos tensiones. Una trata de volver el mundo inteligible, la otra soportable (incluso querible). Si hubiera que elegir entre las dos, creo que elegiría la segunda”.

viernes, 18 de abril de 2014

No estamos solos pero estamos tristes



La noticia se hizo pública hace unas horas y aunque nadie puede decir que fue una sorpresa, el hecho está ahí. Gabriel García Márquez ha muerto y la gente lo está llorando. Como se llora a un amigo, como se llora a un ser querido. A un padre, a un hermano. Escritores geniales hay unos cuantos, los hubo antes de Gabo y los habrá después porque la humanidad es así. Persistente en sus esfuerzos. En sus tremendas ganas de seguir adelante a pesar de todo. Pero escritores que despierten la ternura de la gente son menos frecuentes. La gente lo ama a Gabriel. La gente, en realidad, no quiere vivir sin Gabriel. Y por eso la gente lo estamos llorando.

¿Qué cosa es un escritor? No tengo la menor idea. Pero hay algo mágico, sí, en esa manera que algunos tienen de enredar su vida con la de todos. De decirle algo a todos. Una forma de generosidad, de bondad en la mirada, anterior a la palabra. Porque primero es la mirada. Después la palabra, como una caricia, como una manera de decir a quien quiera leer: “vamos a seguir perdiendo y, sin embargo, todo va a estar bien, ya vas a ver, todo va a estar bien”. Y por eso quizás los libros de García Márquez nunca estuvieron meramente en una biblioteca sino que sus lectores se los llevaron puestos como un traje que se fue gastando sin hacerse viejo. Un traje que nunca compitió con otros trajes, más nuevos, más vistosos, más lujosos. Un traje que tuvo siempre la medida exacta de las cosas que nosotros –hombres y mujeres de América Latina– soñamos y no tuvimos, de nuestras pequeñas y grandes derrotas, de nuestras pequeñas y grandes alegrías.

Hay un poema escrito por un poeta argentino hace ya muchos años. Dejo de lado al poeta y me concentro en el poema que habla de Hiranyaka, el “mejor de los albañiles autor de paredes famosas” quien, un día, es requerido por la muerte. La Parca se acerca y decide llevarse a Hiranyaca porque quiere un palacio como nunca nadie tuvo y, entonces, le pregunta:

¿dónde está tu corazón?

tiene que venir también tu corazón
no lo tengo contestó Hiranyaka
ha hecho su casa en una mujer
oh muerte restos de mi corazón

encontrarás en cada casa de este reino
en cada pared que levanté hay restos de mi
corazón
pero mi corazón
ha hecho su casa en una mujer


Cabe pensar que la muerte quiso en este día que Gabriel García Márquez fuera a escribir para ella y solamente para ella los libros que, primero, escribió para nosotros. Y le habrá exigido la muerte también su corazón. Pero su corazón está acá, quizás en una mujer, pero también en cada página que escribió y que nos pertenece. Y cuando el llanto haya pasado, cuando la sensación de pérdida haya pasado, nos quedará esa página como una sola página eterna que nada puede borrar. Nos quedará también esa total seguridad de que estamos menos solos porque García Márquez estuvo un tiempo entre nosotros.

Entonces podremos realizar nosotros también el milagro. El pequeño milagro del libro abierto como una resurrección de todos nuestros muertos.

 
Antonia García Castro

jueves, 17 de abril de 2014

Por el camino del globo y los tíos





No es la primera vez que me pasa, pero en los cumpleaños la gente tiende a confundirse. Por ejemplo, mientras se hace el asado, mi suegra me ve en el arenero del club con uno de los niños y me dice: “¡Qué bien, cuidando al sobrinito!” La verdad que no: el pibe se cuida solo y él solito “banca los trapos” frente a grandotes que le llevan una cabeza, o más. Sucede que el niño ha convertido el “trepador” en un barco que navega las procelosas aguas de su imaginación, y los grumetes le deben obediencia al Capitán Valentín. Mediante el prodigio de su parla van apareciendo el timón, las velas, el mar, los peces, otros barcos, el ancla, y entonces aprovecho para incrementar su diccionario de marinería: proa, popa, eslora, babor, estribor, astrolabio. ¿Que es muy chiquito y no entiende los conceptos que dichas palabras encierran? Probablemente. Sin embargo, las ha repetido como Dios manda, y alguna vez, tal vez el día menos pensado, las tendrá a su disposición o se las brindará a alguien más.   

“Los tíos no educan”, suelen mascullar los padres con la bronquita apenas contenida, y algo de insana envidia también. Es cierto, pero olvidan decir que las tías y los tíos también siembran en sus exclusivas criaturas. En mi caso, no sería quien soy si no hubiese mirado las películas de cowboys acompañado de los comentarios mordaces y sardónicos de mis tíos varones. Cada sábado, por la pantalla del viejo canal once, los apaches rodeaban, arteros, la caravana de pacíficos colonos que querían hacer progresar aquellas “tierras de nadie”. Cruzando la calle, mis amigos del barrio miraban la misma cinta del salvaje Lejano Oeste, y odiaban a los ladinos comanches o sioux sin sospechar que -sí o sí- el Séptimo de Caballería llegaría a tiempo para impedir la matanza de los desolados “farmers”. A mí, entre risotadas, me lo habían contado mis tíos, quienes también competían a adelantar líneas completas del seductor diálogo final entre el muchachito y la inocente blonda que lo rescataba del vicio y la perdición del “saloon”. No voy a negar que todo ello me alejaba de mis cuatecitos, pero lo que perdí en inocencia lo gané en ironía para, con estudio y también con suerte, tratar de ser “un gil avivado”.

Por mi parte, y en tiempos de alarmante neutralidad del lenguaje, me encanta enseñarles palabras lunfardas a mis sobrinas y sobrinos. Sus rostros revelan un asombro genuino, a la vez que parecen descubrir el otro lado de la realidad, una orilla más divertida y menos opaca que les permite decir “cheno” en vez de noche, o reemplazar llovizna por garúa. Por lo que llevo dicho, podría pensarse que sólo me interesa este aspecto del vínculo, pero no es tan así. Ya me gustaría haber heredado las habilidades manuales de mi tío Negro, que cuando yo era pibe me hacía los barriletes más lindos del mundo. No sólo me los hacía, sino que –con infinita paciencia y amor- me enseñaba a hacerlos, desde el dibujo y los cortes, hasta el armado y el engrudo, y saber remontarlo. Pero no hubo caso: sólo me interesaba verlos volar. Irse y quedarse, pero siempre un poquito más allá que acá.

Los papalotes del tío Negro, si mal no recuerdo, fueron posteriores al globo azul y rojo de la tía Betty. Ella trabajaba en una tienda de Belgrano, y tenía un largo viaje hasta Ciudad Evita. Sin embargo, en Puente Saavedra decidió comprarme un tremendo globo, y lo llevó con ella en lo sucesivos bondis del problemático regreso. Contando con la solidaridad de los demás pasajeros, la tía Betty siempre tuvo una ventanilla disponible para que el globazo fuera viajando “a su aire” hasta llegar a destino. Caminó luego desde la parada hasta la casa familiar donde, más que satisfecha, me entregó su regalo. Pero, enseguida, quedó perpleja: apenas recibido de sus manos, no tuve mejor idea que salir al jardín y soltarlo para ver cómo se perdía en el diáfano cielo. Los papás siempre hablan de sus dolores paternos, pero pregúntele a Betty cómo fue ese día de su vida como tía.

Como en los cumpleaños, estoy algo confuso y probablemente todo sucedió en un orden inverso al de este relato. Poco importa, porque tuve tías y tíos que me regalaron palabras necesarias, hermosos barriletes artesanales, y un brillante y viajero globo rojo y azul.  

Carlos Semorile

La Musaranga

En estos días, los artistas de La Musaranga están haciendo un ciclo junto a Tata Cedrón en Buenos Aires. Se encontrarán más informaciones sobre el ciclo en El Cedroniano. Por lo pronto dejamos acá una visión. Un cuadro. Un pequeño momento robado para que quienes no conocen tengan ganas de conocer. A los artistas, claro. 

La Musaranga / foto de Ana Forlano

jueves, 3 de abril de 2014

Abril en la Quiaca por Carlos Semorile




El “feis” tiene estas cosas de que aparece una inocente foto fronteriza e involuntariamente se te disparan algunos recuerdos. Corría 1985 y no digo que se hablara únicamente del cometa Halley, pero sí que era un tema –por decir lo menos- recurrente en los medios. Se insistía, por ejemplo, en que su deriva lo aproximaría a nuestro planeta como ya había ocurrido en 1910, pero, claro, sin la paranoia delirante de aquellos años locos. En el plano estrictamente local, comenzaron a postularse las comarcas desde las que podría verse más nítidamente el paso flamígero de su cabellera, y entonces el Norte argentino picó en punta como observatorio natural del fenómeno. De allí nació en la barra de amigos una idea peregrina: juntarnos en Humahuaca cerca de diez cuates y avanzar desde allí hacia La Quiaca filosofando, con las miradas puestas en el cielo y los instintos bien aferrados a la tierra.

Conforme avanzaban los meses, nos fuimos dando cuenta de la suma fatal de diversas imposibilidades. Nuestra juventud y, por ende, nuestra cerril estrechez conspiraba seriamente contra el proyecto. Quien no tenía un trabajo que lo ataba, cursaba una carrera que ídem o corría el riesgo de abandonar un noviazgo prometedor. Sin embargo, ninguno aflojaba y entonces decidimos que cada quien saldría cuándo pudiera hacerlo y, por los medios a su alcance, tomaría el camino que en cada caso lo llevara a estar el 10 de abril de 1986 en la quimérica plaza central de La Quiaca, cuya existencia real y no imaginada era para nosotros un completo misterio. O sea: “Abril en La Quiaca”.

Mantuvimos el lema cual si fuera un estandarte de los cruzados, y con él nos dimos ánimos y buscamos mantener la moral en alto. Pero lo cierto fue que, de la casi decena inicial de amigos, sólo tres rumbeamos para el Norte: el flaco Alejandro Tiscornia por su lado, y Sandra Palomares y un servidor, como la pareja que éramos, por nuestra cuenta. Con las arcas vacías, nuestro equipaje consistía en las prendas más imprescindibles y en muchos panes de centeno tipo ladrillo, de esos que pesan toneladas y masticás sólo si sos guapo o tenés mucho ragú. En Retiro nos tomamos el tren que nos depositó en Tucumán, ciudad que atravesamos con el espanto de ver todavía en sus paredes pintadas “anti-terroristas” que oprimían los corazones y las conciencias. Salimos de raje para Salta, sin chances de conocerla y disfrutarla, tan flacos teníamos los bolsillos. En Jujuy, hicimos el transbordo a un mini micro que comenzó al ascenso hacia el frío intenso y las cornisas inmensurables: al primero lo combatimos con hojas y más hojas de diario (nunca le debimos tanto al “gran diario argentino”), y la noche –piadosa nos ocultó los precipicios que sorteamos a un ritmo infernal.

Amanecimos en la frontera, tomamos un desayuno reparador, y nos dispusimos a cruzar a Villazón para aprovechar el día. Mientras hacíamos los trámites aduaneros y la milicada comenzaba su habitual verdugeo de aquellos años (aunque mucho más suave que el que le daban a los coyas), vimos aparecer por el ancho puente internacional la quitojesca figura del Flaco Tiscornia, quien llegaba alucinado de su fugaz paso por Bolivia. Nos abrazamos ipso facto, y reingresamos a la Argentina a contarnos las viajeras peripecias y a celebrar nuestro módico “Abril en La Quiaca”.
Nos subimos los tres al mismo micro que nos había llevado en volandas, pero esta vez descubriendo cada recodo de aquel camino sembrado de prodigios y maravillas. El Flaco siguió derecho hasta Jujuy, y nosotros nos bajamos en Humahuaca, y pasamos luego a Tilcara. Allí comenzamos otro viaje, el de dejarnos hechizar por el Norte, sus colores, sus sabores, su incaico pasado, su hermosa gente y sus susurradas historias. Y algunas noches, cuando me agarraba el Capricornio, me emponchaba con lo que hubiera a mano y salía a buscar el Halley, aunque más no fuese su cola, su estela difuminada que también faltó a la cita.

No importa, porque si lo hubiese visto tampoco le agregaría nada a esta historia que hoy escribo pensando en aquella barra de amigos. Importa sí que sepamos que alguna vez, y todavía, fuimos y somos capaces de soñar viajes, amores y osadías.