domingo, 17 de agosto de 2014

Abrazar a San Martín



 

Es casi un lugar común darle con un caño a “El santo de la espada”, la película de Torre Nilson sobre la etapa sudamericana de la vida de José de San Martín. No he vuelto a verla, y seguramente muchas de las críticas que se le han hecho –y aún se le hacen- estén bien fundadas. Es cierto, por ejemplo, que a aquel San Martín le sobraba bronce y le faltaba humanidad. Pero, como nos recuerda Ángela Milocco, los censores pusieron el grito en el cielo por la escena en que Alcón se desabrochaba ansiosamente el cuello y, entre arcadas, alcanzaba a pedir "láudano". "Un general no vomita", fue la orden que recibió Torre Nilson. En las escuelas nos enseñaban un prócer similar, un anciano rompe cocos con sus máximas a Merceditas y no mucho más. Sin embargo, todavía recuerdo como si fuera hoy la mañana en que las maestras nos llevaron a ver el film, y las alumnas y alumnos, tomados de las manos, subimos muchísimos peldaños hasta alcanzar la súper pullman del viejo cine General Paz. Mentiría si dijera que me acuerdo del momento en que me atrapó la proyección, pero una cosa es segura: desde ese día quedé fascinado tanto por el personaje como por su epopeya.

Obviamente, desconocía que coordinar el cruce de la Cordillera de los Andes con semejante cantidad de hombres y animales representaba una hazaña superior a la de Aníbal y su paso por los Alpes y los Pirineos. Desconocía asimismo que, a nivel marcial/estratégico, su proeza es admirada y estudiada en las academias militares del orbe entero. Muchos menos sabía entonces de su credo americanista, ni de su rechazo a convertirse en verdugo de los caudillos federales y sus montoneras. Pero la peli de Torre Nilson, mucho más allá de la sufriente y olvidable Evangelina Salazar, significó la posibilidad de contar con un héroe propio. Acostumbrados a los filmes yanquis, los chicos de esa época tuvimos un espejo donde poder ver, al fin, una respetable figura nuestra y no un monigote importado y asesino. Y como muchos años más tarde pedirían los versos de “Aquellos soldaditos de plomo”, el general San Martín nos representó, además, al jefe de un ejército popular.

A ese José Francisco lo seguí queriendo a lo largo del tiempo, más allá del mal uso que de él hicieron las sucesivas dictaduras. Y quiso la fortuna que uno de mis grandes amigos también reverenciara al Libertador: tomamos la costumbre de llamarnos y saludarnos cada 17 de agosto, y llegamos a fotografiarnos abrazando un torso de San Martín que encontramos en un cerro de Bariloche. Un abrazo tardío para quien se pasó la infancia jugando a ser un granadero de Maipú y Chacabuco, pero abrazo al fin y, lo más lindo, en una cumbre nevada.

Por todo esto, no puedo ver sino con mucha ternura y felicidad la imagen tomada en la última Plaza de Mayo, esa foto divina en la que un niño se abalanza sobre el San Martín que conoce y ama de ver en Paka-Paka. Es un estrujón con todo el cuerpo, con todas las emociones y con todos los pensamientos que ese pequeño le viene dedicando al Padre de la Patria. En ese abrazo hay reconocimiento, gratitud, y sentido de pertenencia a una historia gloriosa y digna de ser abrazada. Y ese apretón es también una lección de cómo deben transmitirse los legados, y de qué manera son recibidas las herencias cuando el traspaso generacional se hace amorosamente.

Como casi todo (no todo, eh?) lo que hace Paka-Paka, y por eso muchos de sus contenidos se han vuelto indispensables para tantas niñas y niños que tienen hambre de futuro. Entre ellos, mi sobrino Valentín, a quien le andamos debiendo su remera del Libertador. O la hija del Flaco Tiscornia: “Una tarde nos fuimos a Tecnópolis con mis hijas a ver el ‘Asombroso musical de Zamba’. Al comenzar el espectáculo, la pasión en los ojos de las niñas me decía que no se perdían una. De repente, Lila comienza a llorar. Más angustiado que ella, la abrazo y le pregunto: Lila, ¿por qué llorás? Y, entre lágrimas y mocos que caían, me dice: Es que yo quiero estar ahí, ayudando a San Martín a cruzar la Cordillera!!!"

Carlos Semorile






viernes, 15 de agosto de 2014

Lo que pide ser nombrado

SOBRE LA CONFERENCIA DE PRENSA DE IGNACIO HURBAN, NIETO RECUPERADO DE LAS FAMILIAS CARLOTTO Y MONTOYA




Ignacio Hurban (Guido Montoya Carlotto) y su esposa Celeste

 La desaparición forzada, la cuestión de la desaparición forzada de personas, está atravesada de múltiples maneras por el tema de la identidad. Lo está acá (Argentina). Lo está allá (Chile). Lo está en todos lados donde ha habido desaparecidos. Se habla de 90.000 desaparecidos en América Latina desde mediados de los años 60 en adelante. Pero desaparecidos hubo antes, en otros sitios, y los sigue habiendo. Los contextos políticos varían, los métodos, los dispositivos, el nivel de organización también. Años y años uno podría estudiar las diferencias, las similitudes. Las interpenetraciones entre una realidad y otra. Algunos lo hacen: estudian. Y entre las cosas que estudian, vinculado con éstas y otras cuestiones: la identidad, la memoria, sus relaciones. Pero por más que se estudie siempre hay un hecho que desbarata lo poco o lo mucho que uno cree saber.

Eso es también lo que ocurrió la semana pasada en Argentina, cuando Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, encontró a su nieto. A los pocos días, el viernes 8 de agosto, tuvo lugar una conferencia de prensa de Estela junto a su nieto. En rigor fue la conferencia del nieto. Los medios difundieron primero fragmentos. Luego el documento completo. Un documento que interesará a muchos –entre ellos, las personas que, desde distintas disciplinas, trabajan temas memoriales y otras temáticas relacionadas con las dictaduras en el Cono Sur y la defensa de los derechos humanos. Lo que quedó ahí registrado, además del simbólico reencuentro público entre ambos –el encuentro en privado había sucedido días antes–, es el esfuerzo de una sociedad por dialogar consigo misma. Quizás no sea la mejor forma de expresarlo, pero que cueste decirlo tiene que ver con el fondo del asunto, con lo que se nos escapa, empezando por los nombres.

“Buenas tardes a todos, yo soy Ignacio… o Guido… porque ella [señalando a Estela de Carlotto] está muy firme con esa decisión”. Eso fue lo primero que dijo adelantándose a las preguntas de los periodistas. “Entre colegas nos decíamos, ¿cómo te tenemos que preguntar? ¿Por Ignacio? ¿Por Guido?”. Entonces precisó: “Yo estoy acostumbrado a mi nombre Ignacio y lo quiero seguir manteniendo. Lo voy a seguir conservando. Pero también entiendo que hay una familia que me está buscando hace treinta y pico de años de esa manera”. Lo volverá a decir durante la conferencia (“Vamos con Ignacio”). Durante dos días, se le había conocido como “Guido”. Nombre que le dio su madre (Laura Carlotto) durante las pocas horas que pasó con él. Luego vino “Guido Carlotto”, apellido de la madre y apellido por el que se conoce a la abuela. Inmediatamente después se habló de Guido Montoya Carlotto y se incorporó a los relatos el padre (Walmir Oscar Montoya), asesinado al igual que la madre durante la dictadura. Entremedio se había “filtrado” –muy a pesar de la voluntad de las Abuelas– el nombre bajo el cual “Guido” había vivido todos estos años, 36 años: Ignacio Hurban. Por eso, no era de extrañar que mientras hablaba y decía precisamente eso: “Yo soy Ignacio”, el nombre de “Guido” apareciera en pantalla y en boca de los periodistas que hablaron con él.

Fue impactante asistir en directo (gracias a la difusión de la conferencia completa por Canal 7) a la incorporación del nombre de Ignacio durante la conferencia. En un primer momento no hubo caso: “Guido, lo que yo te quería preguntar…” y el entrevistado corregía, sonriente y tenaz: “Ignacio”. Hasta que, bien avanzada la conferencia, un periodista lo dijo: “Ignacio…”. Uno de los primeros en hacerlo fue el periodista de “Gente” y agregó algo que también remeció: “Te quería agradecer que nos hayas permitido cubrir la mejor noticia, por lo menos en mi caso, la mejor noticia que cubrí en mi vida”. Y conmovió porque no es fácil imaginar que en la revista “Gente”… haya gente así… Capaz de manifestar tan abiertamente su emoción y su total conciencia de asistir a un hecho histórico.

Al pasar, menciono que no necesariamente la inusual atención que generó en los medios nacionales e internacionales la recuperación de este nieto tiene que ver con el “famosismo” (sic), como dijo un (famoso) periodista. Cabe la posibilidad de que sus colegas entiendan el rol que ha jugado cada cual en esta historia. Uno de ellos escribió: “Estela, una señora común que asumió responsabilidades extraordinarias y que obtiene resultados increíbles”. Cierre del paréntesis.

En diferentes oportunidades durante la conferencia, Ignacio Hurban usó la palabra “feliz”. Tanto para referirse al hecho de descubrirse nieto de las familias Carlotto y Montoya, como para referirse a su vida junto a sus padres adoptivos. Pero también habló de la alegría de la gente. Y, efectivamente, ha sido un hecho llamativo, la alegría “incluso de personas inesperadas” dijo en varias oportunidades Estela de Carlotto. Las manifestaciones de cariño y apoyo han llegado desde distintos países, también de Chile. Y es que hacía tiempo que una buena noticia no volvía a unirnos como la gran familia que somos quienes de una u otra manera nos vinculamos con una historia que, antes de ser tragedia, fue esperanza. Y eso es lo que hoy vuelve a renacer, en alguna medida, quizás modestamente, cuando se escucha a Ignacio hablar de cuanto sabe, de cuanto ignora y de “lo que se cifra en el nombre”, como dijo un poeta.

Durante la conferencia, conciente del dilema del nombre, me asaltaba otra duda. ¿Cómo hacemos para abordar esto? “Esto” tan difícil de nombrar que, sin embargo, pide ser nombrado. Y es que la aparición de un nieto conlleva, en medio de la alegría, el drama de un hijo que no conocerá a sus padres (“verdaderos”, “biológicos” no parecen palabras adecuadas). Pero también el drama de los padres. Las identidades múltiples de los padres asesinados, en este caso, en tanto militantes. Las identidades múltiples de los hijos que han vivido 6, 10, 20, 30, 40 años en la ignorancia de una parte –fundamental– de su historia. ¿Puede un hijo renacer en nombre de un padre, de una madre? ¿Pueden los padres renacer en sus hijos? Algo de eso ha habido en estas experiencias. (Sin olvidar a los padres adoptivos, que en este caso, según lo dicho por Ignacio, son personas que lo criaron con gran amor). Suelen faltar las palabras para encarar lo que implica la ignorancia, la ausencia y, también, la historia anterior. La que en permanencia pide ser escrita, reescrita no sólo porque siempre parece faltar algo sino también, y sobre todo, porque esa historia sigue su curso. Extrañamente sigue su curso hacia atrás y hacia adelante. Tampoco es la manera de decirlo pero se puede intentar.

Hacia atrás: porque nuestro conocimiento de las cosas del pasado no es algo que podamos dar por cerrado. No es un envase que se pueda “llenar” con más o menos elementos. Sin duda el conocimiento requiere herramientas precisas pero esas herramientas no están dadas de antemano ni son independientes de lo que se quiera saber. Por lo cual, antes de determinar qué es lo que “podemos” conocer, habría que preguntar qué es lo que “queremos” conocer. Ese es el orden. O pareciera ser. Según el objetivo, los medios. Es cierto que a lo mejor, hoy, no puedo saber en qué circunstancias murió tal persona. Pero a lo mejor puedo saber cómo vivió. Y ése es, también, el sentido de una iniciativa como “Los latidos de la memoria” llevada a cabo, en Chile, por Paulina Pavez y Karen Bascuñán, patrocinada por Radio Universidad de Chile. Me refiero a las capsulas radiales dadas a conocer hace unos días: se trata de micro-relatos que evocan lo que una persona (ejecutado político o detenido desaparecido) fue en vida. Iniciativa relevante que permite asociar a un nombre, un pasado anterior al crimen, revelar una forma de ser, un vínculo, un entorno y una idea que todavía no ocupa el lugar que se merece. Y es que los ausentes, víctimas del terrorismo de Estado, nos faltan a todos. Nos faltan con nombre y apellido, en tanto individuos. Y nos faltan como parte de un conjunto que fue un ideario político.

Hacia adelante: nunca podremos decirle a Laura Carlotto y a Oscar Montoya que el hijo que les nació, en medio de esperanzas y combates, se convirtió en un hombre. Que ese hombre ha sido una persona de trabajo y de talento. Que eligió desandar el camino y remontar hasta el origen de una historia que, siendo suya, era la historia de muchos. Y sin embargo este episodio es parte de la historia larga donde todo cabe, incluso lo mejor.

Hay una foto que ha circulado en estos días. Se ve a Ignacio con su mujer, al finalizar la conferencia de prensa. La expresión de ella dice cuanto costó llegar hasta ahí, cuanto cariño hay de por medio. La expresión de Ignacio… no se puede nombrar. Confío en que, escasos de palabras para decir la esperanza, iremos aprendiendo.
 
(PD. Hace unas pocas horas, según declaración por radio de Estela de Carlotto, trascendió que Ignacio habría decidido agregar a su nombre actual, el nombre de Guido). 


Antonia Garcia Castro

VER LA CONFERENCIA DE PRENSA COMPLETA DE IGNACIO: PULSAR AQUI

domingo, 10 de agosto de 2014

El latir de Estela




El ojo atento del fotógrafo capturó no sólo el emocionado gesto de Carlotto, sino que fue mucho más allá: sincronizó el pulso del diafragma de su máquina con el latido de Estela. Podría decirse que esa imagen centellea, que esa foto trepida, aunque en verdad está palpitando –y así quedará en la historia- para recordar el día en que todos latimos al unísono de un amoroso y amado corazón.  

En ese pulsar colectivo que ayer nos hermanó a raudales, fue inevitable que recordáramos las cosas de todos, como las veces que marchamos puteando, y las veces que marchamos cantando, siempre hasta reventar las plazas. Pero también tuvimos momentos donde cada quien recordó a cada uno de aquellos que no llegaron a ver el cielo de este “día claro, diáfano y feliz”. Y por eso, entre lágrimas, quisiéramos poder decirles a nuestros muertos que Guido, el hijo de Laura Carlotto, encontró el camino de regreso, y que Estela se llevó la mano al pecho. Como siempre, pero distinto. Para albergar sus muchas emociones, claro, pero también para seguir cobijándonos a nosotros y a ustedes, que ayer vibraron en cada uno de nosotros.

Carlos Semorile
6 de agosto 2014

miércoles, 6 de agosto de 2014

La ciudad y sus latidos

 1. Las calles


Diferentes acontecimientos me llevaron a vivir, desde muy niña, en diferentes lugares. Puedo decir entonces que, tal como mi imaginario alter ego Corto Maltés, tengo anclas en muchos puertos y puedo sentirme en casa en continentes, ciudades y pueblos que -lo apostaría- no tienen otra conexión entre sí más que quien escribe. 

Luego de más de dos décadas de ausencia, volví hace poco a Dijon, capital de la región francesa de Borgoña, donde transcurrió mi primera infancia. Como itinerante que soy, siempre ando con un plano en la cartera. Dijon no fue la excepción, puesto que había salido de ahí a los 8 años de edad y no tenía la certeza de saber ubicarme bien. Emprendí entonces a primera hora de un lunes por la mañana un recorrido por el pasado. Quería volver a ver la escuela, el trayecto que hacía cada día, el barrio.

Y ocurrió algo milagroso: yo no recordaba hacia dónde había que ir, pero mi cuerpo sí lo sabía. Instintivamente mis pies me indicaban si doblar, seguir, caminar unas cuadras más. Y todo fue apareciendo como en un sueño: el parquecito al final de la subida, la panadería que estaba a la vuelta, y, en esa callecita que tenía un nombre tan lindo, “Rue des Vignes” (calle de las viñas): ¡mi casa! ¡Ahí estaba mi casa intacta! Entonces, sobrevino un sentimiento inesperado: no era yo la que sentía cariño por esa ciudad. ¡Era la ciudad la que me quería a mí! Esa bellísima ciudad que me había visto aprender a leer y escribir en uno de sus pupitres, estaba ahí recibiéndome con amor a cada paso que daba sobre sus calles. Y parecía que cada esquina hacía aparecer ante mí una imagen de antaño para darme la bienvenida por haber regresado. 

Las remembranzas comenzaron a sucederse a lo largo de cada paseo: el cine, la librería, la juguetería; el parque y todos los sitios donde tuve momentos de regocijo con mis padres – y también de desazón (como sucede hasta en las mejores familias). La avenida Víctor Hugo, la rue de Fontaine, la rue Docteur Durande, y muchas más, donde amigos franceses nos abrieron tantas veces la puerta de su hogar, porque eran afectuosos, hospitalarios, porque nos quisieron y aún nos quieren, porque solidarizaban con Chile porque algunos habían sido a su vez de la Resistencia durante la Guerra y comprendían la tragedia de un pueblo herido. Lo que era una confusión de edificios revueltos en el recuerdo comenzó a ordenarse como un puzzle cuyas piezas van conformando la fotografía final. Y cada muro, puerta, vitrina, contenía una razón a los dolores y alegrías que se habían mantenido latentes en la edad adulta. Como que todo hubiera estado ahí guardado para explicarme por qué había ocurrido todo lo que siguió a mi partida. 

En algún capítulo de “La Caída”, Albert Camus pregunta a través del protagonista: “¿Sabe usted, amigo mío, lo que significa la criatura solitaria errando en las grandes ciudades?”. Recordé esa frase mientras transitaba. Pero no era un andar sombrío ni abandonado como en la novela. Porque las propias paredes se encargaron de acompañarme con la evocación de ese tiempo en que no andaba errando ni estaba sola. Las calles eran como enormes murales con pinturas imaginarias donde se estaban dibujados todos los capítulos de mi propia existencia y la ciudad me abrazaba ahora como diciéndome: “Tranquila, niña, lo malo se acabó. ¡Mira mejor qué felicidad fue que pasaras por aquí alguna vez!”


Valeria Matus

jueves, 31 de julio de 2014

Pensamientos palestinos por Carlos Semorile


Las imágenes de una joven palestina rescatando libros de entre las ruinas que provocaron los bombardeos israelíes, es harto elocuente de una verdad sencilla: para ser quienes somos, necesitamos de nuestras palabras. Explicado a la inversa: para que este genocidio sea posible, los palestinos han sido despojados previamente de su condición humana, pues en los discursos de sus enemigos –ya hay varios testimonios al respecto- ellos no tienen derecho a existir. No se puede acordar con los palestinos porque son taimados y, por ende, su palabra no tiene ningún valor: dado que no son fiables, de sus bocas sólo salen mentiras y cuentos inverosímiles. Si dicen, por ejemplo, que las bombas arrasan colegios, templos y hospitales, en realidad es que –pese a estar advertidos- usan a sus propios niños como escudos humanos. Son culpables hasta de la improbable angustia que pudiera llegar a sentir un piloto israelí por la carga de muerte que se vio obligado a derramar sobre esas ciudades.

Hace tres semanas que a muchos, pero a muchísimos de nosotros nos vienen rondando este tipo de “pensamientos palestinos”: cómo se procesa que cuatro pibes que juegan a la pelota en una playa sean alcanzados por un misil lanzado desde un barco de guerra; cómo es volver al cementerio un día sí y otro también para dejar allí –mutilados, quemados, desarticulados- a quienes fueron parte de la propia vida; qué clase de intemperie es esa en la que todos los sitios son blancos de la metralla que llueve desde un cielo inclemente de sofisticación y furia. Peor aún: ¿qué atisbo de esperanza es posible cuando lo único cierto es la incesante persecución y el incesante exterminio? ¿Cuándo concluye la matanza, o sólo terminará cuando el último palestino abandone el último pueblo de Gaza? 

Mientras estas preguntas permanecen sin respuesta, una muchacha revuelve los escombros y rescata libros que fueron escritos en su propia lengua, en ese lenguaje que –según el Estado de Israel- los palestinos usan para disfrazar la verdad y desorientar a los incautos. Está resguardando papeles y escritos que ojalá atesoren pensamientos nacionales: relatos, tradiciones, poemas, credos, ideas y proyectos de un pueblo que aspira a tener una Nación digna de ese nombre. Esa joven sabe lo que hace: los nosocomios, las iglesias, las escuelas y todo lo demás, salvo las vidas perdidas, pueden volver a levantarse siempre que haya un pensamiento palestino que en sus propias palabras, y no en el idioma que el invasor usa para ultrajarlos, les diga quiénes son ellos y de qué son capaces.

    Vuelvo a mirar las fotos. No las de los niños masacrados, ni las de los sepelios múltiples, ni tampoco las de los hospitales arruinados. Y no porque crea, como dicen algunas “almas bellas”, que provoquen o infundan morbo: la Biblia tiene escenas igualmente espantosas y están ahí para que nos enteremos de los complejos vericuetos que tiene el ser humano. Observo nuevamente las únicas fotos que me ayudan a pensar en Palestina: la muchacha mira a la cámara, termina de acomodar los libros, y las palabras, los ideales y el pensamiento palestino vuelven a caminar sobre ese suelo sagrado.

viernes, 4 de julio de 2014

La peluquera belga



(Escribo este relato cuando aún faltan algunas horas para que la Argentina y Bélgica definan quién se va y quién sigue en el Mundial. Mientras eso sea una incógnita, me puedo permitir recordar sin rencor, pero también sin sorna, a la improvisada peluquera belga que hace muchos años conocí en Managua).


Nomás llegabas a la Nicaragua sandinista y ya necesitabas comenzar a adecuarte al “sistema”: no había un transporte especial que te llevara del aeropuerto a la ciudad, y me recuerdo haciendo ese trayecto semicolgado en un simple bondi de línea. Una vez arribado, resultaba difícil encontrar “el centro” de Managua, y es que entre el terremoto de 1972 y la guerra contra Somoza muchos edificios habían pasado a ser terrenos baldíos con, por ejemplo, un tanque inutilizado enseñorándose entre los escombros. Buscaba “el trocen” pero en realidad necesitaba un hotel, algo sencillito y acomodado a mis flacos bolsillos, pero el único que quedaba en pie era “El Intercontinental”, con precios ídem. Le debo haber provocado pena al conserje, con mi aspecto desarrapado y mis costillas flotantes, porque él mismo me recomendó que buscase el “Hotel Norma”. No quedaba lejos, tampoco cerca, pero era lo único que había sin más chances ni alternativas.

Resultó ser una pensión que administraba, justamente, doña Norma y su señor esposo, dos personas mayores que no eran precisamente la alegría de vivir. Sin embargo, la posada era el paraíso de los jóvenes -y a veces no tan jóvenes- extranjeros que llegaban a conocer por dentro la Revolución Sandinista. Tenía una disposición espacial que invitaba al encuentro de los ocasionales residentes, con un amplio patio que ocupaba buena parte del terreno –que incluía los baños y las duchas-, y con una gran galería techada que anticipaba los cuartos, obligadamente compartidos. En aquella galería, con sus hamacas colgantes y sus largos mesones, se hablaban todos los idiomas y también eran babélicas las comidas y las bebidas. Los desayunos estaban incluidos en el servicio, cafés muy negros y tortillas de maíz, y se extendían “ad infinitum” a medida que los aprovisionados gringos compartían sus mantecas de maní con la que untaban cualquier cosa que aparentase ser sólida.

Pero el fiestón “mais grande” lo armaron dos brasileros que se llamaban como uno solo: Joao y Gilberto. En medio de tantos contingentes que iban y venían hacia los cafetales en plan de brigadas solidarias, la historia de estos apolíticos muchachos gays desentonaba con rasgos de sainete. En realidad, amaban la cultura yanqui y, a golpes de enormes esfuerzos y sacrificios, habían salido de los andurriales más pobres de San Pablo con el sueño de establecerse y triunfar en Miami. Pero el destino, que a veces pega estas tremendas volteretas soviéticas, quiso que fuesen prolijamente afanados por milicos colombianos durante una requisa de rutina. Afano que no advirtieron hasta llegar a Venezuela, donde se pusieron a vender comidas regionales en el consulado brasilero para juntar centavo tras centavo y, algún día lejano, como en las películas que glorifican al “self made man”, comprarse sus pasajes a USA. En Caracas los conoció un “servicio” sandinista que se apiadó de ellos y los hizo llegar hasta Managua, y les ordenó esperar un nuevo contacto que los depositaría, de polizontes, en un barco que rumbeara hacia a los Unaited.

 O sea que, mientras los demás nos desplazábamos por Nicaragua y volvíamos a aterrizar en “El Norma” para reencontrarnos y proseguir nuestras interminables pláticas políticas, Joao y Gilberto estaban obligados a pasarse los días clavados en el hospedaje, a la espera del misterioso personaje del buque fantasma. Con una diferencia no menor. Joao era algo mayor y le ponía mucha onda pero, en cambio, Gilberto estaba muy fastidiado: él se había imaginado bajo las rutilantes luces de La Florida y estaba varado en una ciudad pobre, semi derruida y, muchas veces, sin suministro eléctrico.

Ha de ser por eso –para levantarle el ánimo a su compadre- que un día Joao nos prometió a todos (los suizos, mis hermanos irlandeses, los italianos Carlo y Roberto, los belgas, las francesas, la gringa piola que era visitada por el hermano de Omar Cabezas, una chilena, un uruguayo y este porteño) que armaría unas caipirinhas que nos volarían las cabezas. Con la escasez existente, pensé que deliraba. Pero Joao y Gilberto salieron de “rotation”, y volvieron con los limones tipo lima y, aún más asombroso, con un par de bolsas de azúcar blanca. Pidieron música (doña Norma accedió), se pusieron manos a la obra, y empezaron a circular los cócteles. En un par de horas de tomar un trago atrás de otro, ya podíamos bailar samba subidos a las hamacas y cantar en un dialecto bastante similar al portugués devenido en brasilero. Pese a las alevosas resacas, fue un éxito rotundo que acrecentó la ya importante camaradería internacional.

Lamentamos, pues, que algunos se fueran yendo (como los irlandeses, llevándose operada a la entrañable Mary O´Grady Walsh, pero esa es otra historia), mientras otros permanecían, y otros volvimos a viajar. Y, al regresar a la hostería, nos enteramos que Gilberto se había puesto de novio con un vecino que atendía un “paladar” de la esquina, y ahora todo “lo nica” le parecía maravilloso, sublime, excelso. Pero no todas eran rosas: el hombre del navío ya les había pasado las coordenadas y la cuenta regresiva hacía más tristes y a la vez más dulces las horas del amor. El sabio Joao lo miraba gozar y sufrir, mientras preparaba sus consuelos para las previsibles “saudades” de Gilberto.

Por el contrario, otros y otras, como los suizos y los belgas, andaban pidiendo la escupidera: el gusto por el exotismo había dado paso al hartazgo, pese a que muchas veces les habíamos advertido que no confundiesen la idiosincrasia latina de los nicas con síntomas revolucionarios. Pero, bueno, ellos extrañaban sus chocolates, los horarios cumplidos, y me animaría a decir que al “sistema” en general. Mi vuelo de regreso coincidía con el de ellos, y nos despedimos de “El Norma” con una cortada de pelo para los viajeros varones a cargo de una de las muchachas belgas. Mary Fins no era peluquera ni nada parecido: sólo pretendió serlo una amistosa tarde tropical, lejos de su Bruselas natal, y algunos osados le seguimos la corriente.  

A la mañana siguiente, los dos “pelados” rioplatenses le devolvimos el favor. Íbamos en el ómnibus que nos llevaba del aeropuerto al centro de la ciudad de Guatemala, cuando la belga casi se mata por bajarse del micro en movimiento. Había visto un puesto callejero de golosinas y, viniendo de la carestía  nicaragüense, pensó que era el único en toda Guatemala y se tiró de palomita. Con lo justito, la atajamos con el yorugua, y en un francés espantoso le aseguramos que aquí iba a poder hartarse de chocolates y dulces. Nos entendió pero nos miró con odio y, lo que es peor, no nos creyó hasta que se lo confirmó una francesa, testigo de su posible deceso. La juzgué desagradecida. Y, desde aquel día, me hice a mí mismo el juramento de que nunca más dejo que me rape ninguna improvisada -y adicta- peluquera de Bruselas.

Carlos Semorile

martes, 1 de julio de 2014

El río divino de las hermosas canciones



Era apenas un niño, pero guardo algunos recuerdos “soberanos” de La Peña de los Parra. Para empezar, significaba incursionar en la noche larga de los vinos y las canciones, y allí percibir esa fraternidad espontánea que se daba de mesa en mesa, y también en los pasillos de la casona y también en las esperas porque estábamos en el Chile de la Unidad Popular y para cada cosa había que hacer una cola. Había una primera espera, para conseguir la mesa, y luego esperas sucesivas hasta que llegaban los platos criollos. Bien calientitos porque, a pesar de la mucha gente y los muchos ponchos, en el invierno santiaguino el frío se hacía sentir y mucho. Al menos hasta que los cantores terminaban de comer también ellos, y se subían a la humilde tarima que hacía las veces de escenario.

Era súper extraño eso de que “los artistas” estuvieran ahí nomás, cantando al lado de uno como simples mortales: Víctor Jara, Isabel y Ángel Parra y, al menos una noche, unos ignotos jóvenes cubanos llamados Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Y es que aquella peña era una cofradía en el más cabal sentido de la palabra. Una hermandad donde las caras sonaban conocidas porque, sencillamente, eran conocidas: ese muchacho de barba era todos los muchachos de barba, y esa muchacha a su lado era todas las pololas compañeras de todas las marchas y todos los actos. Y las canciones eran de todos, y se escuchaban con unción y se entonaban a voz en cuello, dependiendo de si era una de escuchar o una de cantar.

A mí me gustaba “Río Manzanares”: estaba creído que era un torrente chileno más ancho y bravo que el mismísimo Mapocho, y me dejaba en el alma una nostalgia anticipada que, siendo un cabro chico, se suponía que todavía no debía sentir. En plan de añoranzas y melancolías a destiempo, me emocionaba “Lo que yo más quiero”, que curiosamente también le canta a un río que “no se quiere detener”. Y cuanto más me acuerdo de aquellas bohemias tempranas, más pienso que lo que no se ha detenido es la fuerza de esas y otras canciones que, al final de la noche, nos íbamos cantando, abrazados y felices, por una callecita empedrada. Buscábamos la guaga del regreso, pero nos demoraban los antiguos adoquines, la mortecina luz de una farola colonial, la lozanía cómplice de aquella dicha preciosa, y el río divino de todas las hermosas canciones.

Carlos Semorile

"De estar ahí..."

Invitamos a nuestros lectores a visitar el blog amigo: "El Cedroniano". En especial la entrada publicada esta mañana que reproduce un texto de Miguel Praino, también conocido como "El Profesor" (violinista luego violista del Cuarteto Cedrón desde hace 50 años).

Pulsar acá:

miércoles, 25 de junio de 2014

Músicas desamparadas

"Hay músicas desamparadas. Músicas sin domicilio fijo, músicas sin techo. Músicas que son como esos próceres que después de haber batallado durante una vida en pos de las mejores causas murieron en un país lejano llamado olvido. Músicas a las que les debemos –no sé exactamente en qué parte– algo de lo que somos y –como dice el tango– algo de “lo que soñamos ser”. Músicas que no van a tener otro lugar donde alojarse como no sea el que podemos darles en nuestro corazón (...)"

Ver articulo completo : Radio Universidad de Chile

martes, 17 de junio de 2014

Cuando la muerte puede ser un acto de vida



Fotografía de V. Matus
 
Sigisfredo Victoriano Venegas falleció el fin de semana. Me enteré por los medios, como también ahí supe recién cómo se llamaba. 

Lo ubicaba, pues era un personaje típicamente chileno del centro de Santiago. Vendía el diario La Segunda y algunos juegos de azar en la esquina de la calle Huérfanos con Morandé. Lo distinguía su manera particular de ejercer su oficio. Siempre usaba disfraces llamativos. El más recurrente era un traje de reo del siglo pasado, a rayas azules con blanco con el gorro correspondiente. Pero tenía muchos otros: el frac con su banda presidencial, el as de pique, el oso panda, el Rambo con pantalones de combate y todo. También por la prensa me enteré de que los confeccionaba él mismo.

Hoy, en esa esquina en la cual uno lo encontraba infaltablemente a la hora de almuerzo, cuando todos los oficinistas salimos a hacer alguna diligencia, se hallaban dispuestos en los adoquines sus trajes y algunos objetos personales. También ahí estaban la viuda y una de las hijas. Numerosas personas se detuvieron a dar el pésame, dejar flores e incluso monedas para ayudar con los gastos del funeral. Y la frase más escuchada era: “lo echaremos de menos”. 

Pero lo más conmovedor de esto, más allá de las sorprendentemente numerosas muestras de cariño, fue el gesto ciudadano. La genuina conmoción de seres anónimos que perdieron a otro ser anónimo. Nadie pidió un homenaje. Ni la municipalidad, ni los colegas, ni ninguna organización. Fue un homenaje espontáneo. Un homenaje de la gente para alguien. Pero un alguien que se había transformado en parte de nuestro patrimonio. 

Sigisfredo era alegre y su familia desea que con esa misma alegría se lo recuerde. Su partida fue lamentada entre todos los transeúntes. Pero también debe recordarnos que no hemos sido totalmente devorados por un monstruo urbano. Somos todavía capaces de dar reconocimiento a la capacidad de sobrevivencia (no olvidemos que estamos hablando de alguien que toda la vida vendió diarios en la calle) y aún podemos valorar el ingenio, la creatividad y el humor como representativo de nuestra cultura, de nuestro pueblo, en suma, de nosotros mismos y con ello también valorarnos nosotros mismos. 

No, esta ciudad no es gris, ni triste, ni está muerta. La cordillera resplandece luego de un día de lluvia. Y como en toda ciudad viva, las personas mueren. Y al morir, dejan ausencia. Una ausencia que se nota porque el desapego no nos ha engullido del todo, porque todavía sentimos y queremos sentir, porque en cierta medida, todavía somos y queremos ser pueblo pequeño y porque, en el medio de la vorágine que significa salir a las dos de la tarde a la calle Huérfanos, nos nace detenernos a dar un pésame a la familia de un ser que conocimos, tal como hacen los provincianos (la provincia, bendita sea, dicho sea de paso).

 Valeria Matus

domingo, 1 de junio de 2014

GENTE NECESARIA

Hay gente que con solo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales,
que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente, que con solo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas.
Que con solo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con solo abrir la boca
llega hasta todos los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después, como si nada.

Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria,
pues sabe, que a la vuelta de la esquina,
hay gente que es así, tan necesaria.

viernes, 30 de mayo de 2014

Un compromiso de amor



Sobre Luis A. Castro

 

Lucho no caminó hasta los seis años. Se desplazaba sentado en el suelo, porque había nacido con una deformación en su pie derecho, en lo que se conoce como pie bot. Pero lo que no caminaba, lo hablaba. El verbo fue fundamental en su vida. Pero no cualquier verbo, tan rápido como logró desplazarse por la casa apoyado solo en sus posaderas, salían las palabras a borbotones de su boca. Es que su mente iba a una velocidad que lejos de disminuir con los años, fue aumentando. Como no caminaba, leía. Y su mente iba al ritmo de sus lecturas, que luego traducía en palabras. Con los años, las distintas operaciones le pusieron de pie, pero siguió hablando a la misma velocidad.

Cuando empezó a caminar, también empezó a bailar. Y lo hacía como para hacerle rueda. Amaba bailar casi tanto como hablar. Era su forma de disfrutar de la vida.

Aunque como herencia de su infancia de niño limitado en sus movimientos, nunca gustó de los deportes, sí aprendió a patinar. Y por la calle Euclides de San Miguel, vacía de coches, como buena calle dormida de los años cincuenta, él se desplazaba libre conmigo en brazos. Apretada a su cuello, yo sentía que todo el mundo giraba y que éramos aviones prontos a despegar.

Pero por sobre todo me gustaba escuchar a Lucho. Sus palabras iban siempre acompañadas de sonrisas, sus bellos dientes brillaban casi tanto como sus ojos también hermosos, almendrados, alegres, siempre tan jóvenes, incluso cuando cumplió ochenta años. Me gustaba escuchar los versos, las anécdotas, las explicaciones, las complicidades.

Lucho convencía de cualquier cosa con su verbo, pero tuvo algunos  grandes fracasos. El más sonado fue cuando debía conseguir a cualquier precio una certificación decente para que su hija expulsada por cimarrera, fuera aceptada en otro Liceo. Pero fue un fracaso glorioso, porque él consiguió diez puntos positivos en el alma de la hija, contra unas tantas omisiones y ausencias.  Su verbo se jugó entero por convencer que aunque su hija se saltara todas las normas, era la que iba por el buen camino, porque su ausencia de clases era síntoma de libertad, la necesaria para desarrollo de su intelecto y  felicidad futura. La Dirección, implacable, no cedió ni ante su verbo, ni su sonrisa, ni su galantería. El certificado fue inmostrable y el resultado provocó una levantada de cejas de nuestra  madre, quien contra sus propias normas, había delegado (avergonzada), tan delicada misión por única vez en este ex marido, poco fiable para sus estándares, difíciles de alcanzar  hay que decirlo.

Pero también tuvo éxitos grandes: como esa noche de octubre del año 1971, en que preso por extremista!!... (él que era un honorable socialdemócrata del Partido Socialista), lo vimos salir cerca de la medianoche, del cuartel Zañartu de investigaciones, como anfitrión que sale a dejar al invitado, mientras se hacía acompañar por el subprefecto. Luego, la velada fue inolvidable en nuestra casa de Avenida Matta. El relato de su interrogatorio, divino. Por ahí deben andar los apuntes que de ese relato hice en algún momento de añoranzas y recuerdos.

Ni siquiera en Chacabuco se quedó callado. Cuando lo vi en la sala de la Filarmónica, la sonrisa estaba en receso, su lengua andaba a una velocidad más moderada, pero su verbo seguía intacto.

Luego, vinieron ocho años de exilio interno. Otros arrestos, algunas soledades. Pero su relato interminable y su sonrisa, me hicieron menos pesado el camino.

También vino en los años ochenta su exilio y luego el mío,  las cartas reemplazaron entonces su voz. Pero tenían su tono y su velocidad, así que más que leerlas, las escuchaba. Nos vimos en Francia, luego vino una vez a Chile y dos veces fui yo a verlo a Canadá. Esto, entre sus 58 y 86 años. Fueron torrentes de palabras. Del año 2011, tengo casi veinte grabaciones. En algunas de ellas, tengo que decirle que pare, que deje hablar a su mujer!... esto le provocaba risas, muchas risas. Sabía que era un hablador, uno de los más desbordantes habladores.

Ayer me dijeron que no quiere hablar. Tampoco comer. Ni levantarse. Pero ni lo segundo, ni lo tercero, me hablan tanto de su estado, como el que ya no quiera hablar. Por eso, hoy, yo heredera de su hablar rápido y mal modulado y de su pasión por dialogar y también por bailar, que aprendió a patinar en sus brazos, quise verbalizar de esta manera, porque a él, vanidoso,  le habría gustado escribir sobre sí mismo, incluso en esta etapa. Es mi propia forma también, de dialogar con este hombre que ha sido mi padre y a quien pareciera, también en mi mayor fracaso, no lograré cumplir el compromiso de amor, de tomar su mano y decirle, aquí en Chile: “estamos en paz” y dejarlo partir.


Luisa Castro Nilo

jueves, 29 de mayo de 2014

Las voces amadas



Se van los amigos después de los fideos con tuco y el vinito rico, del lemon pie con su cafecito, y de los mates que ayudan a prolongar la conversa hasta bien entrada la hora de las confesiones. La casa queda habitada por un susurro de cosas dichas y cosas no dichas, cuestiones que es preciso hilvanar en comentarios y pareceres antes de que se nos pierdan entre el barullo de las obligaciones y los apuros cotidianos. Esto puede suceder mientras lavamos los platos y acomodamos las sillas, o bien a la mañana siguiente, durante el desayuno, pero hasta que esa charla no se da, la reunión no ha terminado. Se prolonga adentro de cada uno, como deseamos que perduren lo bello, lo lindo y lo bueno.

Mientras escribo sobre estos asuntos, aparece una imagen que ha quedado del lado amable de la vida. Son Thelma y Louise, libres, locas y lindas, sonriendo para su única foto dichosa. Están a punto de vivir esos “dos días en la vida (que) nunca vienen nada mal” y que han quedado en la historia del cine y de quienes nos metimos en el Thunderbird de Louise, deseando para ellas un final feliz que nunca llegó. Cuando aquí se estrenó la película, aún no existían los dispositivos de captura y “viralización” de imágenes que tenemos hoy en día, de modo que a la salida de la función me afané una foto de esas que antes pegaban en las puertas de los cines. Se la regalé a mi novia de entonces, pero tiempo después volvió a mis manos, y es la misma foto que ahora surge en mi pantalla y me hace pensar en esas dos “chicas” grandes destinadas a no poder dar marcha atrás. Cada paso que dan las va acercando al barranco, todo las empuja hacia allí, y sólo el amoroso Harvey Keitel les tiende una mano. Quiere hablar con ellas, les ruega poder conversar para solucionar el balurdo en el que andan metidas, pero la palabra de un hombre ya no vale gran cosa para estas mujeres curtidas en desengaños. La persecución del cierre es desproporcionada, absurda y brutal. Desamparadas y acorraladas, Thelma y Louise hacen de su debilidad fortaleza y deciden marcharse para siempre.

Vuelvo a revivir el rosario de injusticias que ha marcado sus vidas, y retorna la pregunta por el diálogo que no pudo ser. Regresan las palabras que compartimos durante el día con los amigos acerca de mantener una buena conversación con quienes queremos, ya sea que los amemos en la amistad, en el amor de pareja o en los vínculos familiares. La estrepitosa manera de transitar esta época acelerada, nos encapsula y aísla, y de un modo u otro todos andamos en busca de la conversación perdida. Porque, más allá de la genialidad de Fito para trocar cine en música, no ansiamos sólo “dos días en la vida”. Cuando queremos, queremos, y deseamos ser acompañados por las voces amadas, en todo el amplio arco de sus risas, sus decires y ocurrencias. Y que así sea “todos los días de la vida”, porque nacemos de antiguas conversaciones, y las palabras nos acompañan desde la cuna hasta el sepulcro. Con palabras nos arrullan, y con palabras nos educan; y luego, conversando, llegan los amigos, y nos enamoramos conversando, y conversando hacemos los hijos, a quienes cobijamos entre palabras de bienaventuranza que aprendimos cuando, siendo niños y a escondidas, escuchábamos las conversaciones de nuestros mayores.                                                                                                                                               

 Carlos Semorile

jueves, 22 de mayo de 2014

Los puros ojos


No recuerdo en qué obra de títeres, un personaje, admirando un bello paisaje, se decía a sí mismo: “¡cómo me gusta este lugar!”. Pero eso fue lo que pensé el otro día cuando, llevando a mi hija a la escuela, pasamos frente a unos afiches que anunciaban un concierto de Jaime Torres. Un poco más allá había un anuncio inusual. Se trataba del mismo concierto pero no lo anunciaba un afiche sino un pequeño mural. El nombre de Jaime Torres estaba escrito a mano (pintado) por un tiempo más largo a lo que dura un afiche. Hasta el próximo concierto, me imagino, el próximo anuncio. 



En esos mismos días, en otro lugar,  otro afiche había aparecido. De un modo distinto, también se trataba de un anuncio inusual. Había sido hecho de manera artesanal por los artistas de La Musaranga para anunciar el ciclo que están realizando junto a Tata Cedrón y otros (muchos) queridos músicos. Esto quiere decir que se podía en ese momento, acá, en este lugar (Buenos Aires, Argentina), escuchar en vivo a dos artistas como son ellos, los anunciados. Los músicos de la pared.



De pronto me sentí con suerte. Muchas veces he tenido la ocasión de ir a escucharlos. Y mi hija también. Pensé (no sin orgullo): “por siempre, podré decir que pertenezco a una generación que escuchó a Tata Cedrón, a Jaime Torres y a cada uno de los músicos que los rodean: en vivo. Nadie me lo contó, no tuve que poner los discos, estuve ahí, cerquita de ellos”. En la sala, claro. Como auditora. Como público. Y al rato me vino uno de esos pensamientos absurdos que más bien preocupan: “¿cómo será no haberlos escuchado nunca en vivo?”. No me gustó ese pensamiento y lo mandé a pasear a otro lado. Me quedé con la sensación primera: “¡cómo me gusta este lugar!” Este país donde todavía los anuncios pueden hacerse a mano. Y donde los músicos, los entrañables músicos, se presentan “en vivo”. Por eso, como se dice en mi patria, hay que “puro” tener ojos para mirar. (Y oídos para escuchar...)

Antonia

miércoles, 7 de mayo de 2014

La cocina

La vida es una suma de tiempo que deja rastro visible en los cacharros de la cocina



Vuelta y vuelta se cocinan los días. Condimento a gusto de esperanza, sueños, miedos, muertes silenciosas. Cacharros en tensión: en ello pienso cuando miro la vida del que cuenta historias: cuántas más saldrán del caldero, cuántas más entrarán en el silencio tiznado de la historia. Cuánto dura la cocina de la escritura, cuánto tarda en cocinarse un personaje creíble en una cocina económica que respira con la leña justa. Un hombre de tinta que muchas veces tarda en tener nombre y que nace en los recreos del que tiene que ganar la moneda para su sustento. La idea es sorprender al arte con la mejor caricia. De caradura este escritor mete mano, toca, ofende, raspa, la pollerita de los días y noches sin fisuras: revuelve, sin paz, con el pensamiento, en el papel, con la tinta, con teclas, repitiéndose ideas sobre los cacharros fundacionales de su cocina. Una batería chamuscada le resguarda la inventiva, las dudas: a qué inventar, si la mejor literatura esta en la calle, en las brasas, la leña, en el fuego inesperado de mi propia cocina. El escritor sabe de la última cena. Sabe que llegará sin aviso, lenta o rápido serán detalles que solo importarán a los demás, los que todavía tengan lugar en la mesa, los que sigan manchando cacharros de cocina. Con el barco escorado habrá que encarar la última página en blanco, mancharla, dejar constancia del límite de la sombra en la pared más cercana. Habrá que utilizar una brasa apagada mientras bajo la económica quedan tres tirantes y el corte de una rama.
Edgardo Lois 

lunes, 5 de mayo de 2014

"Una trigueña que les quite el sueño"



Almuerzo dominguero con dos amigos, y la charla que primero se demora, luego merodea, y finalmente entra de lleno en el tema de la dificultad para –una vez separados- volver a armar pareja. Los tópicos se repiten, al igual que las situaciones y los desencuentros. Además, electrónica mediante, todo se precipita: con relativa facilidad, dice uno de ellos, se cree haber obtenido cierta intimidad con una persona hasta hace nada desconocida, pero con la misma liviandad ese vínculo se diluye, y ese nombre –o acaso ese rostro, si se produjo el encuentro- vuelve a perderse en la multitud. Escritas hace más de un siglo y medio, las palabras del filósofo alemán siguen resultando proféticas: “La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y al fin, el hombre se ve forzado, por la fuerza de las cosas, a contemplar con su mirada fría su vida y sus relaciones con los demás”. Mi amigo no usó estas frases, pero la idea es la misma: “Todo lo sólido se desvanece en el aire”.

El problema es que no estamos hechos para mirar despasionadamente nuestras vidas y las de quienes queremos o podríamos llegar a amar. Tampoco estamos preparados para la frialdad, de la que rehuimos y que sólo soportamos cuando no nos queda más remedio. “¿Cómo podemos imaginar cómo debería ser nuestra vida sin la iluminación que nos procura la vida de los otros?”, se pregunta uno de los personajes de “Años luz”, una muy buena novela de James Salter que, anécdotas al margen, indaga en los modos que toma la vida de pareja ante el trepidar incesante del tiempo. Así son las cosas, al menos este mediodía en que el encuentro ilumina rincones de nuestras vidas, recovecos que gustosamente abrimos a la fraternidad que nos une. Nuestra amistad es esta larga conversación que venimos manteniendo hace tantos años, una plática que inclusive busca incluir a los amigos que, por una razón u otra, hoy no están sentados a la mesa. El otro amigo me pregunta qué pienso de los lances amorosos que nos cuenta y yo, libresco al fin, vuelvo a Salter y a su idea de que también el amor es una conversación mantenida a lo largo del tiempo. Es más: si ese diálogo es fluido, “es el pan de la vida sexual”. 

Como dice la canción, “yo quiero para mis amigos la mejor tierra, un mate calentito en el invierno, y una trigueña que les quite el sueño”, y entonces despliego estas ideas “salterianas” que he adoptado como propias. Bajo su luz, volvemos a discernir los posibles amores que están en danza, los que aún no se han desvanecido en el aire de este otoño porteño. Y es por ello que, cuando nos despedimos, siento que algo hemos avanzado, al menos en términos de una tibia esperanza. Porque aún cuando todo parece estar en contra de que dos personas comiencen una conversación que les dure toda la vida, y aún cuando nada lo anuncie, “siempre nos salva un accidente. Una persona a quien jamás hemos visto”.

Carlos Semorile

jueves, 1 de mayo de 2014

Sobre una forma de morir que es como otra vida



La Justicia reconoció los restos del compañero Miguel Ángel Bustos, secuestrado de su domicilio en Parque Chacabuco el 30 de mayo de 1976.


Miguel Ángel Bustos fue un extraordinario poeta y trabajador de prensa, con una destacada labor en ambos campos, y una de las tantas víctimas de la dictadura 1976-1983. Trabajó en Panorama, El Cronista Comercial y otros medios, fue autor de libros como Visión de los hijos del mal y El Himalaya o la moral de los pájaros y al momento de su desaparición militaba en el frente de intelectuales que apoyaba al Partido Revolucionario de los Trabajadores. Está reconocido como uno de los más grandes poetas de su generación.


VIENTRE PROFETA SIN TIEMPO

Yo no soy de ningún siglo.
Vivo ausente del tiempo. Soy mi siglo como soy mi sexo y mi delirio.
Soy el siglo liberado de toda fecha y penumbra.

Pero cuando muera, el profeta que hay en mí se alzará como un niño sin moral y sin patria. Un niño loco con lengua de alaridos. Entonces amanecerá en el millón de
Galaxias.

Madres del futuro; cuidado; cuando muera puedo volver.

Entonces, ay, vientre que me aguardas, dulcísimo catedral de tinieblas.
                                                                                                                                                                  
                                                                                        de "Visión de los hijos del mal" (1967) /M-A.B
 

lunes, 28 de abril de 2014

Los Diablos de Prometeo







No es el título de un ensayo, ni tampoco una relectura del antiguo mito griego. Es más: cuando lo adoptamos como nombre ni siquiera sabíamos qué cosa era un mito, ni mucho menos quién había sido Prometeo. No sólo éramos muy chicos: éramos muy brutos. Recuerdo que conversábamos sobre la malísima suerte de haber nacido en una calle bautizada con el nombre de un tipo al que no conocía nadie. Peor aún: con ese apodo extrañísimo, nadie sabía cómo llegar hasta nuestra cuadra ya que, en nuestro imaginario, ningún geógrafo sensato se animaría a estampar esas cuatro sílabas fatídicas en un mapa.           

Sin embargo, el pasaje Prometeo era una delicia: apenas dos cuadras de casas bajas separadas por la transitada arteria Iberá, lo cual hacía que cada uno de los “dos pasajes” tuviese vida propia. Allí se fueron instalando nuestros padres a principios de los años ´60, y allí crecimos sus hijos, entre los vecinos de Núñez, sosegados y apacibles, ni tan acelerados como los de la zona comercial de Belgrano, ni tan remotos como los casi bonaerenses de Saavedra. Los días siguieron tranquilos, un genuino remanso de bonhomía y buena vecindad, hasta que los pibes empezamos a crecer un poco, y alguien echó a rodar una redonda y las tardes se llenaron de fútbol y gritos.

Como si nos hubiésemos juramentado, apenas llegados de la escuela revoleábamos los portafolios, sorbíamos apenas un poco de leche, y ya estábamos en la calle jugando a la pelota. Jugando en serio, digo, dejando el alma en cada pique, chivando como cosacos, desgañitándonos todo el tiempo, peleándonos a muerte por un penal no cobrado y un tiro que pasó rozando el imaginario travesaño. El pasaje había perdido la calma: aunque todavía no nos llamábamos así, estaban naciendo “Los Diablos de Prometeo”.

El nombre fue idea de mi viejo, y tengo dos hipótesis al respecto: o fue una manera de conciliar a “bosteros” y “gallinas” bajo el amparo del prestigio que en aquel entonces tenían los “diablos rojos” de Avellaneda, o fue una genialidad semántica de la que vendríamos a darnos cuenta pasados los años y los libros, cuando al fin supimos todo lo que el titán Prometeo hizo por nosotros. Sea como fuere, nosotros aceptamos el bautismo junto con las demás directivas de nuestro director técnico, preparador físico, levantador anímico, chofer e hincha número uno. Todo eso fue mi padre, y también nuestro fotógrafo.

Gracias a él, nos quedó un retrato de aquel conjunto, una foto que ha virado al sepia y en la que estamos los once titulares de aquella aventura prometeica –y una hermana colada, que aspiraba a sumarse al equipo-. Ahí, como en las tribus primitivas, estamos los hijos del barrio, todos emprimados entre sí, los Niro con los Lombardi (y un primo más de esta tanada), los Semorile con los Misenti, más el flaco Alejandro Schijman (aprímico), y Dante no sé cuánto (y un primo suyo) que fueron los únicos miembros del “segundo pasaje” que llegaron a sumarse a Los Diablos. Al fondo, está nuestro estadio, el Parque Saavedra, y al frente la ternura de unos rostros benditos que aún nada sabían de los peligros de robarle el fuego a los dioses.
Carlos Semorile

domingo, 20 de abril de 2014

Del cuaderno de Cándida - Pensamientos fragmentados



“La experiencia de la escritura se me ha presentado al día de hoy marcada por dos tensiones. Una trata de volver el mundo inteligible, la otra soportable (incluso querible). Si hubiera que elegir entre las dos, creo que elegiría la segunda”.