El 9 de
julio de 1849, en la asamblea legislativa (Francia), se abrió el debate sobre una propuesta
presentada por M. de Melun, el 23 de junio de 1849, referida a leyes de
previsión y de asistencia pública. En ese marco se da una discusión en la que
participa Victor Hugo. Tras diversos
intercambios con la asamblea, pronuncia lo que hoy se conoce como Discurso
contra la miseria o La Miseria.
“[…] Permítanme,
señores, completar mi pensamiento. Veo, por la agitación de la asamblea, que no
logro hacerme entender plenamente. La
cuestión que se agita es grave. Es la más grave de todas las que pueden
ser tratadas ante uds.
Yo no soy,
señores, de los que creen que se puede suprimir el sufrimiento en este mundo;
el sufrimiento es una ley divina; pero soy de los que creen y afirman que se
puede destruir la miseria.
Tengan en
cuenta, señores, que no digo disminuir, reducir, restringir, limitar, digo
destruir. La miseria es una enfermedad del cuerpo social como la lepra era una
enfermedad del cuerpo humano; la miseria puede desaparecer como la lepra
desapareció. ¡Destruir la miseria! ¡Sí, esto es posible! Los legisladores y
gobernadores deben pensar en ello constantemente porque, en esta materia,
mientras no se hace lo posible, no se cumple con el deber.
La miseria,
señores, abordo aquí el meollo de la cuestión, ¿quieren uds. saber en qué estado está,
la miseria? ¿Quieren uds. saber hasta dónde puede llegar, hasta donde llega, no
digo en Irlanda, no digo en la Edad Media, digo en Francia, digo en París, y en
los tiempos que vivimos. ¿Quieren hechos?
Dios mío, no
dudaré en citar estos hechos. Son tristes pero es necesario revelarlos. Y
miren, si tuviera que decir todo lo que pienso, quisiera que saliera de esta
asamblea, y de ser necesario haré una propuesta formal para que así sea, una
gran y solemne investigación sobre la verdadera situación de las clases
trabajadoras y sufrientes en Francia. Quisiera que todos los hechos explotaran
abiertamente a la luz del día. ¿Cómo se puede querer curar el mal si no
sondeamos las heridas?
Así que aquí
están los hechos.
Hay en París,
en los suburbios de París donde el viento de rebelión prendía antaño
fácilmente, hay calles, casas, alcantarillas donde familias, familias enteras
viven hacinadas, hombres, mujeres, muchachas, niñas y niños, que no tienen
camas ni mantas, casi ni ropa, como no sean montones de trapos asquerosos en
fermentación, recogidos en el lodo de las esquinas, suerte de estiércol de las
ciudades, donde criaturas se entierran vivas para escapar al frío del invierno.
Eso es un
hecho. ¿Quieren más? En estos días, un hombre, Dios, un pobre desdichado hombre
de letras, porque la pobreza no perdona ni a las profesiones liberales ni a las
profesiones manuales, un hombre desdichado murió de hambre, murió de hambre
literalmente, y se comprobó después de su muerte, que no había comido desde
hacía seis días.
¿Quieren algo
aún más doloroso? El mes pasado, durante la epidemia de cólera, se encontró a
una madre y a sus cuatro hijos que buscaban comida entre los escombros inmundos
y apestosos de las tumbas de Montfaucon.
Pues bien,
señores, yo digo que estas cosas no deben ser; digo que la sociedad debe emplear
toda su fuerza, toda su dedicación, toda su inteligencia, toda su voluntad,
¡para que estas cosas no sean! Digo que este tipo de hechos, en un país
civilizado, compromete la conciencia de toda la sociedad; que yo que estoy
hablando, me siento cómplice y solidario, ¡y que estos hechos no son sólo
perjuicios contra el hombre sino que son crímenes contra Dios!
Es por esto
que me siento compenetrado, y quisiera que uds. también pudieran compenetrarse
de la importancia de la propuesta que se les somete. Esto es sólo un primer
paso, pero decisivo. Me gustaría que en esta asamblea, mayoría y minoría, qué
importa, yo no conozco mayorías ni minorías frente a tales cuestiones; quisiera
que esta asamblea tuviera un alma sola para caminar hacia esa gran meta, esa
meta magnífica, esa meta sublime, ¡la abolición de la miseria!
Y, señores,
no solamente apelo a su generosidad, también me dirijo a lo que hay de más
serio en el sentimiento político en una asamblea de legisladores. Y sobre el
particular, una última palabra: terminaré aquí.
Señores, como
ya dije antes, Uds. con la ayuda de la Guardia Nacional, del ejército y de
todas las fuerzas vivas del país, acaban de fortalecer el Estado sacudido una
vez más. No recularon ante ningún peligro, no vacilaron ante ningún deber. Uds.
han salvado la sociedad civil, el gobierno legal, las instituciones, la paz
pública, la propia civilización. Uds. hicieron algo importante… Pues bien ¡No
han hecho nada!
No han hecho
nada, insisto en este punto, ¡mientras el orden material conseguido no tenga
como base el orden moral consolidado! No han hecho nada, ¡mientras el pueblo
sufra! No han hecho nada, ¡mientras haya por debajo de uds. una parte del
pueblo que desespera! No han hecho nada, mientras que aquellos que están en la
plenitud de la vida y trabajan puedan estar sin pan! ¡Mientras que los mayores,
que han envejecido y han trabajado puedan estar sin asilo! Mientras la usura
devore nuestros campos, mientras se muera de hambre en nuestras ciudades,
mientras no haya leyes fraternas, leyes evangélicas que vengan de todas partes
en ayuda de las pobres familias honestas, de los buenos campesinos, de los
buenos obreros, ¡de la gente de corazón! ¡No han hecho nada, mientras el espíritu
de la revolución tenga como auxiliar el sufrimiento público! ¡No han hecho
nada, no han hecho nada, mientras en esta obra de destrucción y de tinieblas,
que prosigue solapadamente, el hombre malvado tenga como colaborador fatal al
hombre desdichado!
Lo ven, señores,
lo repito al terminar, no apelo solo a su generosidad, sino a su sabiduría, y
les ruego que reflexionen. Señores, piensen en esto, la anarquía abre abismos,
pero es la miseria la que los cava. Uds. han hecho leyes contra la anarquía,
¡hagan ahora leyes contra la miseria!”
Victor
Hugo