domingo, 25 de septiembre de 2016

Los gurises de Ramón Ayala



Los gurises

Cuando la tarde se aroma
con las flores del crepúsculo
y va la bajada vieja dando tumbos hacia el río,
levanta la gurisada su algarabía de pájaros,
encendiendo las casonas
de gritos y risotadas
y el color de los chivatos
hamaca su vieja herida
sobre los niños.

Cuando la tarde se aroma
con las flores del crepúsculo.

Pata boni, siete años
flecha de luz en los ojos.
Corre con los diarios
apretados bajo el brazo
llevando la voz del mundo
bajo el cielo de Posadas.

María pucu ya siente
caminar la primavera
por la chuza de su pelo
y en los ojos tiene un duende
que se mira en sus caderas
igual que la roja tierra
cuando la fecunda el tiempo.

Toro manso, jabonilla
juanto longo, satanas, sucio de arena y caracha
vienen llegando del río
azote del rancherío
por la siesta vegetal.

Ñañamemby amarillento
soltame el pelo arruinado
uno, la cara llorosa, otro, la piel arañada
andando vira cambota
casi sobre la ribera.

La gurisada se vuela
para ver cómo termina
mientras el ojo del cielo
contempla lleno de asombro
estos gurises de plomo
estallando sobre el clima.

Vira cambu, todo escamas,
punto del ojo hacia arriba,
nariz robada al carancho
no sé qué magia en los dedos
casi siempre lo encendía.

Llegaba entre la gente
con aire de misterios
los bolsillos repletos
de un mundo de chucherías.

Cuatro ranchos más abajo
descalzo en las piedras grandes
entre dos latas de agua
tiene canilla poi
tiene un rumor en la sangre
que no la deja vivir.

Dice que cuando crezca
construirá para su madre
un rancho nuevo
sin hambre sin el dolor de las lágrimas
que llevan las lavanderas
a tirar en la ribera
del viejo río sin fin.

Un largo tren de madera
a un costado de las vías,
rancho, rancho y rancho
con un capital de arena
y cien chimeneas torcidas
para quemar la miseria
y hacer más linda la vida
con el humo del trabajo.

Cuando la tarde se aroma
con las flores del crepúsculo.

Ramón Ayala