Una experiencia pedagógica y recreativa en Gral. Rodríguez
Silvio Rodríguez
Quizás no sea un exceso decir que Silvio es parte. Parte de una experiencia que tomó ese nombre: “Maestros ala de colibrí”, teniendo en mente una canción suya y toda una trayectoria, en realidad, una forma de vivir. Silvio sería algo así como un miembro inspirador. Una presencia sutil que acompaña y con la que dialoga, muy especialmente, Alejandro, impulsor de este proyecto junto a Neri, amigo, “hermano de la vida” según sus palabras. Años atrás, ambos habían trabajado en una misma escuela en la que Neri era portero y Alejandro docente. Como un símbolo de lo que iba a suceder, esa puerta abierta de la escuela es también lo que estuvo en juego en los inicios de esta experiencia. Tras meses de pandemia y de aislamiento, Neri dio la voz de alerta y requirió a su amigo porque veía la necesidad de hacer algo por y con las infancias del barrio San Carlos, en Gral. Rodríguez, donde vive y trabaja. “Haciendo de todo”, como se dice, y en ese todo, transformando palets en mesas, sillas, sillones o casitas para chicas y chicos, desde su propia casa, vecina de la casa quinta de Alejandro. Un lugar al que los niños y las niñas del barrio pueden llegar. Y donde llegaron, en el transcurso del año 2021, convocados con un objetivo prioritario que, en ese momento, era alfabetizar.
En los inicios: hacer un puente con la escuela
Neri es Nélido de Jesús Cabrera Marín Alejandro, y su amigo, Alejandro Papadopulos, docente y director – recientemente jubilado – durante veintitrés años del Colegio Integral Nuevos Ayres, ubicado en Monte Castro. En este barrio, y alrededores, se fue gestando la propuesta que involucró a otros docentes. Primero, Laura Benza, actualmente maestra en la escuela Rafael Ruiz de los Llanos (Escuela 4 D.E. 17) y parte también del Patio de los libros, otra experiencia dirigida a las infancias en el barrio de Villa Santa Rita. Luego las maestras Aldana Daneri (Escuela 3 D.E. 17) y Vanesa Arcusin (Escuela 18 D.E. 17).
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| Primero fue la amistad. Neri y Alejandro |
“La cosa era simple”, cuenta Alejandro, y aunque no parece tan simple, podemos imaginar cómo fueron esos primeros momentos y los primeros trayectos desde Villa Real, en el único auto que estaba a disposición (el suyo), para llegar a Gral. Rodríguez, en ese entonces por las tardes (de 14.00 h a 18.00 h), buscando que: “los pibes y pibas se alfabetizaran, hicieran algunas de las tareas que enviaba la escuela a los teléfonos de las familias, tuvieran experiencias literarias, lúdicas, artísticas. A nosotras y nosotros, docentes de primaria, al principio fuimos dos, después tres, también cuatro, nos llamaba la atención el gran interés de pibas y pibes, la disponibilidad que estos ofrecían, también la preocupación por el pronto regreso de la vida escolar, ciertamente irremplazable, que aún parecía lejana”.
Los encuentros sucedían en la casa quinta de Alejandro, a una escala pequeña, vecinal, seis, siete, quizás diez chicos se acercaban en ese momento. Cada participante adulto intervenía según las necesidades que iba observando, según sus saberes y también según sus ganas con vistas a generar espacios donde el aprendizaje fuera un momento feliz. Sin carácter obligatorio: cada persona eligiendo estar. Y en ese estar, la complejidad de las condiciones de vida de las familias involucradas se hacía también patente. Dice Alejandro: “Partimos de una relación, de un vínculo, de un lazo que imaginamos envolvente para abrazar las muchas dificultades que advertíamos en la vida de estas pibas y pibes. Algunas, desde lo más básico, como tener un lugar donde vivir, un techo, una mínima estabilidad para sus vidas y la de sus familias y entonces, ahí también, además de contener, intentamos ayudar desde nuestras posibilidades en esas condiciones de vida”.
“Comunizar nuestras vidas”
Rápidamente, esto llevó a buscar colaboraciones con vecinas y vecinos, tanto en Gral. Rodríguez como en los barrios de residencia de los maestros implicados. Al poco andar, se fue constituyendo una red de personas que, desde sus propios quehaceres, sus propios espacios, fueron articulando acciones comunes. Es así como han sido parte y/o han apoyado esta experiencia indispensables colaboradores. Entre ellos: el merendero “Creando Lazos” a cargo de Giovanna Manguinuri Muchotrigo y Karoline Leon Manguinuri; el Colegio Integral Nuevos Ayres de la mano de María Marta Larramendy, también María Julia Rodríguez con su “Abueleando”, proyecto literario de abuelas “que han sido el deleite de nuestros pibes en diferentes momentos del año” cuenta Alejandro. Entre otras familias del colegio, han estado presentes: Ezequiel Smiriglia “Boina” y Laura y Tadashi, a través de Famiglia social; también ex alumnos como Tobías Bendayan, que estuvo a cargo del taller de inventos; y ex alumnos de Laura, como Azul, hoy 20 años, que ha estado participando acompañando a un grupo de niñas en distintas actividades. Cecilia Besada, artista plástica y profesora de arte, “con la que hemos disfrutado de talleres y proyectos maravillosos”. También Mariela Sued que “desde su pasión por las matemáticas, se incluyó con propuestas y juegos que desafían el pensamiento y la creatividad de pibas y pibes que a veces endulza con un nutritivo y delicioso flan”. Y siempre, los amigos. Hermanas y hermanos de la vida. Como Patricia Fernández, “Pato”, que colabora organizando las colectas para cubrir gastos ocasionados por el traslado semanal, pero también, para colaborar con las familias frente a tal o cual necesidad, y también, algunos años, para la comida. Ya que los encuentros incluían, primero, la merienda y, en la actualidad, desayuno y almuerzo.
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| Casa de la Niñez - Dia de las infancias - 2025 |
Sobre las colaboraciones, Alejandro subraya el rol de la Casa de la Niñez Libertad Lamarque que, a partir del año 2022, ofreció un espacio los días sábados para llevar ahí la propuesta: “Tras el contacto que estableció Geraldine Cid, colaboradora del proyecto, esto fue posible gracias a la gestión del director en ese momento, Matías Álvarez, y también de Marta, una de la responsable de ese espacio. Luego se sumaron Aldana, Caludia y otros docentes de Gral. Rodríguez. Es de destacar todo el apoyo que nos ha brindado la Casa de la Niñez, hoy dirigida por Ricardo Osso, que sigue abriendo sus puertas cada sábado, poniendo a disposición los espacios, aportando desayunos, almuerzos –preparados por las cocineras de la Casa–, y todos los recursos que tienen a la mano para que nuestras actividades sean posibles. También hace de red de contención y acompaña a pibas, pibes y sus familias, en momentos en que la realidad golpea con fuerza a muchas de ellas. Cabe aquí mencionar la presencia de mamás que se han sumado al equipo colaborando amorosamente con diversidad de tareas: Julieta, en primer término, nunca falta, siempre disponible con una sonrisa y una energía que contagia, también Laura, Noelia, que cuando pueden dicen ‘presente’ y aportan su grano de arena para que la cosa salga. Claro está, muchas y muchos que anónimamente hacen diferentes aportes, tan necesarios y valiosos para la causa”.
No existe, entonces, una manera de participar sino varias. Ni es una experiencia que incluya exclusivamente a docentes. Cada cual, teniendo la voluntad de estar, se involucra según sus posibilidades. Por lo mismo, algunas personas han estado a lo largo de los años y otras han participado por períodos variables. Acorde a sus tiempos y sus ganas. Se puede precisar que, aunque algunas propuestas pueden ser remuneradas, el proyecto se ha sustentado en el voluntariado. Tomando en cuenta el tiempo que cada cual puede poner a disposición cuando se siente convocado.
“Quizá el objetivo central – comenta Alejandro – es comunizar nuestras vidas, enlazarlas haciendo contacto con aquellas aristas que permitan que la vida de los pibes y las pibas del barrio con los cuales compartimos cada sábado sea un poco mejor, abra allí nuevas posibilidades de crecer, de aprender, de entusiasmarse, de curiosear, de jugar, de imaginar una vida para sí y para todos. Nos interesa mucho que las pibas y pibes se encuentren con su poder, encuentren adultos y adultas con los que pueden contar para imaginar una vida, para rebasar el destino que esta sociedad tan desigual les tiene asignado.”
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| Pícnic - Verano 2026 |
Una visión que Laura comparte: “Si tengo que decir qué fue lo medular para mí, no fue la escuela. Fue el vínculo. Fue animarnos a mirar a cada piba y pibe no desde lo que falta, sino desde lo que late. En un contexto donde todo parecía derrumbarse, donde la pandemia dejó al descubierto desigualdades brutales, nosotras, nosotros elegimos detenernos en lo posible. No creemos que venimos a ‘salvar’ a nadie. Venimos a estar. A ofrecer un espacio cuidado, amoroso, donde las chicas y chicos puedan encontrarse con su potencia. Donde puedan imaginar algo distinto. La escuela estaba, claro. Acompañábamos tareas, leíamos, escribíamos. Pero lo que verdaderamente transformaba era otra cosa: el encuentro. El arte. El juego. La palabra que aparece cuando se siente cuidado el cuerpo. A mí me interesa eso: crear un territorio donde puedan inventar mundos. Donde dibujar no sea una actividad sino una puerta. Donde una historia inventada sea también un ensayo de futuro. Porque cuando una niña puede imaginar, algo se desacomoda en el destino que parecía fijo”.
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| Aquella torre de cubos... |
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| Taller de arte con Ceci |
Historia de Deo y los otros
Cuenta Laura que Deo tenía seis años cuando la conoció: “No hablaba. Se escondía detrás de una pared, detrás de un banco, detrás de otros cuerpos. Su silencio era denso, como si el mundo fuera demasiado grande. Nunca la apuramos. Le acercábamos hojas, colores, cuentos. A veces se llevaba un lápiz. A veces solo miraba. Durante semanas su manera de estar fue esa: bordeando. Un día se quedó un rato más. Otro día se sentó cerca. Después empezó a mirar a los ojos. Mucho tiempo después abrazó. Recuerdo el día en que se quedó sentada un ratito más cerca. Nadie dijo nada, pero pasó de esconderse a estar”.
Se podría contar otras historias. Incluso hacer un libro entero registrando los pequeños grandes gestos de unos y otros, grandes y chicos, y las transformaciones que se van gestando y resultan posibles, porque, queda claro en este relato: hay confianza. Y esto es también lo que han construido Alejandro, Laura y Aldana, que han estado presentes todos los sábados, y también otros días que no son sábados cuando había una urgencia, junto a Neri, que vive en el barrio, y es un referente para muchos chicos. Esto hace también que se facilite la llegada de cualquier nuevo colaborador, colaboradora. Nadie cae del cielo. El que llega viene invitado por alguno de esos adultos en los que los chicos confían. Y ahí no hay derecho al error. Se puede venir por pocos encuentros según los proyectos. Lo que no se puede es venir en turista ni generando expectativas que no se pueden cumplir. Por eso no basta con soñar ni con amar sino que, parafraseando a Freire, es necesario soñar, amar bien. “Buscamos caminar al lado. Hacer red”, dice Laura. “Ser adultas y adultos disponibles. Ofrecer un suelo simbólico donde apoyarse. Tal vez por eso resuena tanto esa frase de Silvio Rodríguez. Porque lo que vemos, es que al andar, ciertos imposibles se van volviendo posibles. Cada sábado desayunamos juntos, trabajamos en grupos, jugamos, leemos, almorzamos. Entonces, Ala de Colibrí no es un edificio. Es un tejido. Y los tejidos crecen cuando más manos se animan a entrelazarse”.
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| Un momento con Pato |
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| Planeando la próxima jugada... con Aldi |
Por lo mismo, a la hora de participar y de convocar – subrayemos que esta propuesta, este proyecto está abierto y precisa de nuevas colaboraciones –, lo que importa no es tanto un curriculum… Sino cierta afinidad de miras. Al respecto, resulta también revelador lo acontecido con los adolescentes. Cuenta Laura: “Con los años empezó a pasar algo que no habíamos previsto: las y los adolescentes no sólo seguían viniendo, sino que empezaron a formar un grupo propio. Un grupo hermoso. De esos que se construyen sin forzarlo. Se fueron encontrando entre ellos/as. Armando códigos. Compartiendo lecturas que ya no eran ‘para chicos’, sino textos que los interpelaban. Debatiendo. Riéndose fuerte. Haciendo chistes. Inventando juegos nuevos para los más pequeños. Acompañando sin que nadie se los pidiera. Con ellos leímos cuentos más complejos, escribimos historias colectivas, pensamos escenas, discutimos ideas, hablamos de lo que duele y de lo que entusiasma. Jugamos también. Mucho. Porque el juego no se termina a los doce años. Se transforma. Hay algo muy potente en verlos llegar temprano un sábado. A veces medio dormidos, pero presentes. Traen mate, traen música, traen preguntas. Se quedan después del almuerzo conversando. Ayudan a ordenar. Se ofrecen para acompañar a los más chicos a cruzar la ruta. Lo más fuerte es ver cómo se miran entre ellos/as. Cómo se cuidan. Cómo van construyendo una pertenencia que no es obligatoria, sino elegida. Y cuando un/una adolescente elige estar en comunidad, leer, jugar, acompañar, imaginar… todo cobra sentido”.
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| Un momento de charla y de lectura junto a Laura |
Respecto a esto último se puede acotar que desde hace un tiempo algunos adolescentes vienen participando en calidad de “profes”, acorde a sus aprendizajes y estudios por fuera de este espacio. Es el caso de Dani, que ofrece desde el año pasado un taller de arte, y del futuro –y anhelado– taller de panadería a cargo de Tiziano. También participan en este rol Tati y Priscilla acompañando a los más chicos en distintas actividades.
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| Jóvenes y peques compartiendo el juego |
“Cuando alguien se siente reconocido, empieza a florecer”
Así como en los predios por donde pasó María de los Ángeles “Chiqui” González (docente, impulsora del “Tríptico de la Infancia” en Rosario) se “reparan” o se “remiendan” corazones, se podría decir que en Gral. Rodríguez, de la mano de estos maestros, se reparan alas. Silvio Rodríguez (¡!) soñó, en su canción, un taller precisamente para eso. Para reparar alas. Todas las alas. Las propias también. Cualquier día se podrá pensar en hacer el letrero… O no. Mucho se ha pensado y mucho se ha hecho. Mucho debe ser pensado todavía y eso es también este proyecto: un diálogo constante entre sus participantes, un constante “afinar”, o pulir la acción conjunta. Como en las orquestas o en los teatros, cada cual debe descubrir su rol, su forma peculiar de estar, acorde a las particularidades de estas infancias. Sabiendo también que todo aquel que pretende enseñar ha venido a aprender. Y tomando en cuenta los saberes propios del lugar y sus habitantes, todos sus habitantes: los chicos también.
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| Todos los sábados... una ronda, un rito... |
Hoy, los encuentros suceden una vez por semana, los sábados a la mañana, en La Casa de la Niñez. Concurren alrededor de cincuenta chicos, entre 4 años, el más pequeño, y 18 años, los más grandes. Se organizan las actividades por grupos etarios y se busca que haya una rotación. Algunas actividades siguen siendo pensadas en su nexo con la escuela (apoyo escolar, matemáticas, por ejemplo), otras no. Hay deporte, juegos, espacios de arte, espacios de lectura. El año pasado hubo un impresionante taller de cine a cargo de los profes Fernando y Florencia.
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| Taller de cine junto a Fer y Flor |
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Algunas obras de chicas y chicos - Literatura de cordel |
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| Inspirado en "El pueblo dibujado" de Laura Devetach |
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| Taller de arte con Dani |
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| Preludio - Proyecto Árbol con Anto |
También hay una ronda. Una ronda muy especial que ocurre antes de dar inicio a las actividades, liderada por Alejandro, a la que no es posible restarse. Un rito. Una maravillosa y sorprendente manera de dar inicio a los encuentros (como consta a quien asume la tarea de poner esta nota por escrito… por haber estado ahí, acompañando la dicha ronda… con notable dificultad…). Y cualquiera que viera a Alejandro, en esas rondas, arengando y convocando, entre risas, quién sabe qué potencias sagradas del aire, del cielo y la tierra, sentiría, como Laura, que este corso es irremediable, hermosamente, a contramano:
“Siento que lo que hacemos es, en algún punto, ir a contramano de lo que la sociedad muchas veces propone. Vivimos en una lógica de apuro, de rendimiento, de resultados rápidos, de mostrar, de producir. Y nosotras, nosotros, elegimos detenernos. Escuchar. Mirar a los ojos. Esperar. Abrazar. Elegimos que una conversación valga tanto como una actividad terminada. Que un abrazo valga tanto como una consigna cumplida. Que mirar un árbol juntos no sea una pérdida de tiempo sino una experiencia compartida. Ir a contramano es decir: acá no todo se mide. No todo se evalúa. No todo se acelera. Es ofrecer un espacio donde alguien pueda hablar sin ser interrumpido. Donde un silencio no incomode. Donde el cuerpo pueda descansar. En un mundo que empuja a competir, elegimos cooperar. En una sociedad que muchas veces etiqueta, elegimos mirar singularidades. En un tiempo que corre, elegimos estar. Porque detenerse a escuchar al otro es reconocerlo. Y cuando alguien se siente reconocido, empieza a florecer”.
Buenos Aires, marzo 2026
Nota preparada por Maestros Ala de Colibrí en conversación con Antonia García Castro para “Nuestro querer” y “Vínculos vecinales”.
PARA SABER MÁS
Se puede escribir a: apapadopulos2014@gmail.com
Maestros Ala de colibrí: https://www.instagram.com/maestrosaladecolibri/
SOBRE COLABORADORES
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Creando lazos: https://www.instagram.com/crenado_lazos/
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