En un país de inmensidades como es el nuestro, no es extraño que dos obras lleven casi el mismo nombre: “El viento blanco”, de Juan Carlos Dávalos, que narra una travesía de arrieros norteños que cruzan una tropilla de reses a través de la Cordillera, y la pieza teatral “Viento blanco”, de Santiago Loza, un unipersonal que cuenta con la dirección de Valeria Lois y Santiago Rausch, y que interpreta magistralmente Mariano Saborido.
Debemos poner comillas la palabra “monólogo” porque nos parece que en el soliloquio del personaje de Mario hay mucho de diálogos pasados, pero actualizados en su presente atravesado por la inclemencia del viento blanco del Sur, y porque por su voz también pasan las palabras de sus dos interlocutores principales: su madre y su único y amado amigo; si los escuchamos es gracias a los prodigiosos cambios de registro de Saborido.
Esto se insinúa desde el inicio mismo de la representación, ya que es el propio actor quien nos sumerge en el sonido ululante que preside un territorio desolado y hostil donde ni flores crecen. En un momento en el que muchas puestas apelan a sofisticados artificios técnicos, se percibe que lo que estamos a punto de ver (aún sin saber si va a gustarnos o no) es una genuina expresión de lo que entendemos por teatro. Y se agradece tanto…
Después resulta que la trama va escalando a través del despliegue siempre amplio, y entregado y generoso, de las capacidades actorales de Mariano Saborido. Hay un talento (que ha sido reconocido y premiado), pero sobre todo no hay desbordes que busquen la complacencia fácil del público ni la aprobación de la conducta, no siempre sencilla, del personaje. En este sentido, la puesta le hace justicia al texto que dio origen a la obra.
Ese don nos hizo ver inmensidades y locaciones cerradas, una iglesia abandonada y una cueva enclavada frente a la vastedad del mar. Y como en el relato de Dávalos, más allá de las obvias diferencias, sentimos la condena de esos vientos blancos, entre la violencia y la acaso posible redención.
Carlos Semorile
