viernes, 10 de julio de 2026

Un amor así

 

El tío Liam fue en sus mejores días un cientificista cabal y, en sus peores momentos, un materialista que negaba los fenómenos del espíritu humano. Fascinado por la renovación tecnológica de mediados del siglo pasado –esa que para él indicaba la evolución de la especie-, solía comprar artefactos que en el vecindario le daba a la familia un aura de adelantados. Un proyector de diapositivas, otro de películas –aunque sin parlantes, por lo cual veíamos cine mudo- y un magnetófono que llegó a usar sólo unas pocas veces.

Una fue en una cena familiar y de amigos, y él cada tanto se ausentaba de la mesa para llevar a distintos invitados ante el micrófono para que dijeran lo primero que les viniera a la mente. Sus hermanas y hermanos prefirieron entonar las baladas patrióticas tradicionales que cantaban sus padres y que cantaron sus abuelos. La captura lo tiene como maestro de ceremonias de una concurrencia remisa al contacto con el intimidante grabador, y a su adorada hija Maeve como figura estelar: “Yo soy Maeve, y tengo el pelo rubio y los ojos verdes”. Una vez, dos veces. Sigue una descripción de sus habilidades y pertenencias, que se repetirá a lo largo de la cinta y cada vez con menos intervalos. El “Yo soy Maeve” se oye como un ritornello en degradé: “Yo soy” y, al final, solo “Yo”.

Han pasado más de cincuenta y cinco años desde aquel encuentro, y me imagino al tío Liam fascinado con los dispositivos actuales que son capaces de telefonear, fotografiar, filmar, grabar audios, escribir textos y unas cuantas cosas más. Y pienso que sería crítico de la fugacidad de estos nuevos registros que son tan etéreos como el momento que aspiran a inmortalizar. Por el contrario, su arcaico magnetófono aún existe y asimismo se conserva la cinta en que grabó sus entrevistas y reportes durante la concurrida y bienaventurada reunión.

Pero el registro de esa noche también es la evidencia material de que algo se le fue de las manos en su afán de equilibrar voces y presencias. Cuando transitaba el tramo final de su vida, el ateo más rodeado de creyentes del mundo entero, reconoció que había deificado a su hija y que, cuando él ya no estuviera, el legado de este reinado ficticio iba a traer muchos problemas. Pero no creo que supiera hasta qué punto esa voz iba a persistir en presentarse de modo invariable como si aquel micrófono la siguiese grabando para perpetuar su fantasía de contar con un público complaciente.

Con el paso del tiempo, lo que perduró no fue la fascinación que Liam sentía por su hijita y que pretendía que los demás compartiéramos. Un amor así, llevó a Maeve de la fulguración a la colisión incesante. Su estela se fue deshilvanando en la medida que no pudo pasar del soliloquio al diálogo, y que tropezó cada vez más seguido con las secuelas de este amor absoluto. Feroz.

 

Neil Collins