viernes, 2 de junio de 2017

Las serias medidas



En mi adolescencia –años 80, sin TV en la pieza ni tecnología móvil me dio por dibujar planos de casa. Fue un pasatiempo que duró como tres años. Desde luego, mis primeras obras atentaban contra todas las leyes de la física. Pero después fui perfeccionándome y terminé haciendo planos de una precisión increíble para la poca capacidad de abstracción que me caracteriza. Llegué incluso a colocar a mis trabajos medidas a escala. Me comenzó a importar tanto la exactitud, que me compré una huincha de maestro y andaba por toda la casa apuntando cuántos centímetros podía tener el ancho de una puerta o cuánto espacio requería un lavaplatos. 

Hace un tiempo me mudé a un departamento y tardé cinco meses en contratar Internet. En un principio, no fue una decisión ortodoxa. Sólo que dejé ese trámite para cuando hubiera resuelto otras tareas domésticas de mayor urgencia. Lo primero que constaté es cuán solo uno puede llegar a estar. Gran parte de las personas con las que me relacionaba estaba en línea y no en el mundo real. Por supuesto, me junté con varios amigos en ese periodo. Pero también ocurrió que algún sábado en la tarde, éstos prefirieran guardarse del frío en su hogar mirando películas. También descubrí la cantidad de actividades útiles que podía llegar a hacer: lavar a mano, planchar, ordenar fotografías, coser un botón. Parecía que al no estar en la realidad virtual, todo era productivo porque todo tenía un resultado palpable. 

Tomé entonces la resolución de vivir sin Internet. Se volvió una cruzada personal que yo iría a ganar estoicamente. Eché de menos algunas entretenciones, como las maratones de seriales, el más indeseable de mis vicios. Pero aun así, era soportable. Hasta que surgió un imprevisto frente de batalla: la desinformación. Los fines de semana, me quedaba en casa, sin televisión, sin diarios, sin noticieros, sin redes sociales. Fue así como un día lunes llegué muy campante a mi trabajo y me encontré con que todo el mundo estaba bastante enervado. Pregunté si había ocurrido algo inusual y la respuesta fue: “¡Cómo que si pasó algo! ¡Hubo un tremendo aluvión anoche y hay corte de agua en casi todo Santiago! Parece que se mantendrá por 24 horas.”  La persona que me contó lo sucedido se había levantado de madrugada para juntar agua en cacerolas. Mi desconexión me dio miedo. Imaginé que podría una mañana salir a la calle y descubrir que durante mi sueño el mundo había sido conquistado por extraterrestres, siendo yo la única humana en no enterarse.  

Cómo y cuánto permanecer en el ciberespacio es una interrogante que tenemos todos los que sufrimos el cambio de siglo. Nos aterra la invasión de ciertos malos hábitos, así como el vulnerable teme las drogas y prefiere ni siquiera probarlas. Salvo que aquí pareciera seguirse una ley de Newton y si quedamos ajenos a la fuerza ejercida por la contemporaneidad, no hay movilidad ni modificación posible. Trazar planos de casa no desarrolló en mí ninguna inteligencia espacial. Sigo sin sentido de la ubicación y me desoriento hasta dentro de un probador de ropa. Tampoco fue el origen de una vocación: no fui ni arquitecto, ni dibujante. Pero pude deducir que para tener una edificación sólida, se debe tomar medidas, ubicar rigurosamente los pilares y calcular seriamente cuánto se dejará a cada zona. Esto último en el entendido que siempre queda la libertad de dar prioridad al comedor, la cocina, el dormitorio o la biblioteca.

 Valeria Matus