martes, 24 de enero de 2023

Ese gesto imprudente

 

Un texto puede hablar de amor pero el amor no es nunca un texto. Al menos eso me parece. Puedo prescindir de las palabras te quiero. Bastante. Cierto es que hay personas que te quieren y además te lo dicen bonito. Conozco algunas. Pero también conozco a otras. Personas como mi madre que no es que no lo sepa decir. Lo dice. Sobre todo lo escribe si la situación lo amerita. Pero su amor es otra cosa.

Pensé en decir que mi madre no era mi madre. Desentenderme. Poner distancia. Un nombre falso. Que sea un ratito la madre de otro, de otra. Pero no. Mejor así, lo cuento y punto.

Suelo escribir sobre mi madre. Siempre surge algún recuerdo, algo que no ha sido escrito todavía. Mi madre, en ese sentido, es como un libro. Un libro que no se agota en su anécdota. Ella es ese gesto, que voy a contar, y es muchas cosas que también se podrían contar… si uno supiera cómo hacerlo… porque mi madre no tiene nada que envidiarle a otras madres, como puede ser La Madre de Gorki. Pero Gorki hay uno solo y no soy yo.

Sucedió en el año 198… Mi madre vivía en la clandestinidad junto con mi padre y por razones de seguridad yo no vivía con ellos. “Cosas que pasan”, diría una querida escritora. Para explicar la separación ella me había dado una explicación verosímil… que no creí. La situación de mis padres –militantes de grupos perseguidos– era ese año de extrema fragilidad y cualquier error, cualquier imprudencia podía ser fatal. Cosa que yo no sabía.

Hasta ese momento, mi madre había logrado con mucho esfuerzo, sin renunciar a sus actividades, que nuestra vida fuera lo más parecida a una vida cualquiera. Una vida que no despertara sospechas. Intuyo que esa voluntad no era solo una medida de seguridad. También se trataba de esa idea, tan persistente en ella, de que los hijos no tienen la culpa de las decisiones que toman sus padres y que, dentro de lo posible, se merecen ser niños. Ciertos cuidados, ciertas alegrías, más o menos comunes. Como jugar, encumbrar un volantín, andar en bicicleta, visitar a los abuelos, tomar once en familia, salir, correr, y a veces… bailar. Incluso… tener zapatos para bailar.

El hecho es que ese mismo año en que todo cambió para nosotros, me anotaron en clases de flamenco y no tenía los zapatos adecuados. Podía no tenerlos. Podía esperar. Varios meses habían pasado desde el inicio de las clases y no recuerdo que haya sido un tema de discusión con la tía con la que vivía y que me llevaba a las clases. Eso sí, me hacía ilusión tener los zapatos. Solo ilusión.

Ahora sé que no era un buen año para la ilusión. Pero en ese entonces tampoco lo sabía. En cambio, y al mismo tiempo, pasaban ciertas cosas que solo yo sabía. Las apariciones de mi madre, por ejemplo. Mi madre con la que yo no vivía porque había encontrado trabajo en una ciudad del sur, se aparecía a veces en pleno corazón de Santiago. En realidad, una sola vez había aparecido y esto había sucedido en el consultorio de un dentista. Yo estaba ahí con mi tía y una señora estaba esperando ser atendida leyendo un diario muy grande. El diario no me importaba. Yo le miraba los zapatos, muy lindos, las piernas, muy lindas también. La señora tenía una manera especial de poner las piernas que yo intentaba imitar. Y en eso estaba, intentando imitar a la señora, cuando de pronto ella bajó el periódico y lo dobló. Vi su rostro. El rostro de mi madre. Eso fue suficiente –suficiente alegría– para que yo pensara que cualquier día, cualquier día, en cualquier lugar, ella podía aparecer aunque estuviera trabajando lejos…

Hasta llegar a esa noche. Estábamos de visita con mi tía en casa de amigos y yo estaba muy entretenida jugando, cuando escuché el sonido de unos tacos en el pasaje. Pensé: es mi madre. Se lo dije al Renato. Oye, es mi mami. Y él: qué va a ser. Y yo insistí que sí, que sabía, quizás haciéndome la grande porque ya estaba por cumplir los diez y Renato sólo tenía nueve. Tocaron a la puerta y resultó que era. Era, de verdad, mi madre.

Mi madre joven, mi madre bella, envuelta en sombras, y sonriente, como si ningún peligro acechara en esa noche, mi madre, tan frágil, tan fuerte, como si se tratara de un paseo cualquiera, de un regalo cualquiera, un voy y vuelvo, eso sí con los zapatos, nunca supe cómo ni dónde los había conseguido, un par de zapatos negros, de flamenco, auténticos, con el agujerito al costado, y los tacones exactos, y las costuras, y el olor a cuero, la misma madre que por años había sabido adoptar las medidas más drásticas para proteger, y a su modo, protegiendo, porque mientras arreglamos este asunto, mientras intentamos que algo en este mundo sea mejor, es preciso mantener la ilusión, o algo así, imagino que pensó, y se decidió, esa ilusión que recibí esa noche y que nunca jamás me abandonó.

 

Ana