A partir del domingo 10 de marzo, 22.30, por Canal La Red, se podrá ver un programa dedicado a las movilizaciones sociales en Chile. El Canal cuenta con una señal en vivo por lo cual debe ser posible verlo desde otros países. Así que ojo al piojo.
jueves, 28 de febrero de 2013
sábado, 23 de febrero de 2013
Recuerdo de Don Isaías
Hace unos días atrás, en la aleta
Llico, de Arauco, murió don Isaías Carvallo. Su muerte sólo mereció unas
palabras de unos pocos habituales de estos medios, y ellas debido
fundamentalmente a las circunstancias de su muerte. Murió quemado en la
mediagua de emergencia que recibió como damnificado del maremoto del 2010. Don
Isaías fue pescador artesanal y tenía ¿cuánto? ¿90 años?
A don Isaías lo conocí el año
1958, cuando fuimos por primera vez a veranear a la caleta. Su casa estaba en
la esquina del callejón con la playa. Nunca aprendió a nadar pues en el mar, a
la hora del naufragio –nos decía– nadar o no nadar no hace la diferencia. Él
había sobrevivido a tres en su vida. De él recibí las primeras lecciones de
pesca en el golfo, en bote de madera –la “Luz-pesca”–, a remos, con red de
enmalle de hilo, con piedras como pesos. Salíamos “a levantar” de madrugada,
hacia “Punta del Litre”, o más allá a “la Huirá larga” o al “Bajo de afuera”, y
traíamos las corvinillas, o las corvinas, los congrios colorados o las pescás
cuando se calaba más a mar abierto, fuera de las piedras y los huiros. Pero la
historia de don Isaías con mi familia se remonta más atrás, al año 1944, cuando
mi padre va a Llico a hacer un reemplazo como profesor (su primera destinación)
y don Isaías le da alojamiento en una pieza de su casa. El maremoto del 60 le
llevó casa, bote y aperos de pesca. Ignoro cómo se rearmó, pero al cabo de los
años, cuando nos reencontramos, de nuevo tenía su bote y los elementos para
pescar. Pero ahora las salidas a la pesca eran con su hijo, el Miguel, temprano
de madrugada o durante el día cuando se asomaban los “bolos” de fardela que
anunciaban la posibilidad de la presencia de la sierra y salíamos a revolear. Un
día a mediados del 72 supe que Miguel y otros dos compañeros se habían perdido
cuando se dirigían a Lota con un cargamento de píures. Supe de sus recorridos
por el litoral esperando encontrar algún resto de su hijo. Nada apareció. Y el
recuerdo de Miguel es una cruz sin tumba, como tantas otras, en un cerro con
vista al mar.
A los años murió su mujer, la
señora Nenita y entonces su soledad se le vino encima. El maremoto del 2010
nuevamente le llevó su casa. Y se tuvo que ir a vivir a la “aldea” instalada en
Llico para los damnificados, a una de esas precarias mediaguas de madera.
La anunciada solución definitiva
para los afectados por el maremoto no lo alcanzó: Primero fue el ramalazo de
fuego que consumió su vida.
En cualquier caso, viejo Isaías,
no merecías morir así. Quería compartir con otros estas palabras de recuerdo.
Un abrazo a la distancia,
Raúl Moraga Arcil
jueves, 14 de febrero de 2013
La sonrisa de Carlos Fuentes - Elena Poniatowska
Arriba de El Ángel, arriba del
Monumento a la Revolución,
arriba de la Catedral,
Carlos Fuentes siempre estaba arriba. De joven, le daba miedo la altura;
todavía en julio de 1959, cuando el triunfo de la Revolución Cubana,
en el mismo avión que el general Cárdenas, preguntaba:
¿Tú crees que se va a caer?Ya entonces volaba alto. Desde niño estuvo destinado a la altura. Acababa de publicar La región más transparente, que hizo estallar a la ciudad de México. Antes, todos escribían triste. Triste la Revolución con tanta masacre inútil, triste la provincia en la que se cocía morosamente el ate de guayaba en un perol, como escribió Agustín Yáñez; triste la sombra del caudillo y la de todos los que habían hecho la Revolución y ahora, en una lujosa oficina, ignoraban el lento pero seguro empuje de su barriga.
Así las cosas, Fuentes hizo irrupción, reventó
nuestro mundito como habría de hacerlo el Paricutín y nos recordó que teníamos
agallas. Él siempre las tuvo. Ambicioso, audaz, ágil, elegante, subía al
escenario de un brinco. Siempre caminó aprisa, siempre hizo de tripas corazón.
La palabra
siemprele va muy bien a Fuentes, y todos podemos decirle a Silvia y a Cecilia, así, a coro y con la voz alta y fuerte, que Fuentes vivirá siempre al lado de sus libros, estará con nosotros siempre y que no es una frase de consuelo, es una realidad.
Lo veo allá al fondo, de pie; lo veo aquí, al
lado, sonríe. Su sonrisa era la de su padre, don Rafael Fuentes, que a raíz de
la publicación de La región más transparente decía:
Ahora ya soy el padre de Carlos Fuentes. Todo envuelto en el chipi chipi de Jalapa, esa ciudad en la que el pastito crece entre las piedras; Fuentes era veracruzano de pies a cabeza, veracruzano de los altos vasos de café con leche del Café de la Parroquia que los meseros rellenan y vuelven a llenar al sonido de la cuchara, ting, ting, ting, como en una canción de Cri-Cri, como si todos fuéramos niños antes del pecado original. Fuentes era un poco así, tenía al niño que fue en la niña de sus ojos, reían sus ojos, adentro de sus ojos estaba su vigor, su entusiasmo, su afán totalizador, su amor a México. Echaban chispas sus ojos, porque Fuentes era un seductor, pero, como aclaró Ángeles Mastretta,
un seductor confiable.
Sólo quisiera destacar dos actitudes de Carlos Fuentes a lo largo de su vida
(a pesar de que le era imposible llevar la cuenta de todos los doctorados
concedidos en universidades estadunidenses): una, su actitud crítica frente a
Estados Unidos, y dos, su patriotismo. Su gran tema fue México, la razón de su
obra es México y su eternidad, como la de Balzac, yace en el retrato que hizo
de nosotros.
Pronto hablaremos de sus libros, de La región..., La muerte de
Artemio Cruz y Aura; pronto reflexionaremos sobre lo que
significa la celebridad, pronto habrá páginas de ensayos en varios idiomas,
pronto repetiremos lo que él respondió una y otra vez:
El Nobel me lo dieron cuando se lo dieron a García Márquezy pronto, también, tomaremos en cuenta una frase suya dicha hace poco frente a Carmen Aristegui:
No quiero ni pensar que Peña Nieto pueda ser presidente de la República.
A Fuentes le habría gustado la manifestación del 19 de mayo del Zócalo al
Ángel. Una pancarta decía:
Bienvenidos los jóvenes al despertar de la conciencia. Los estábamos esperando. Atentamente, La Patria.
Una noche en la que varios nos encontrábamos en el jardín de su casa de
Apóstol Santiago, en San Jerónimo, Carlos de pronto preguntó:
¿Dónde está la Güerita?Hoy le respondemos:
Carlos, aquí está la Güerita, no te preocupes, vamos a cuidarla entre todos.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2012/05/23/opinion/a05a1cul
viernes, 8 de febrero de 2013
Poema para un niño que habla con las cosas - Fragmento
“El oficio de hombre es bello y duro.
La calle es ancha y larga.
Su frontera, el recuerdo y el olvido.
Sus horizontes, algo que vendrá.
No es puro idilio, no, pero es algo real y mágico.
Digno de ser vivido y defendido
y superado y transformado y andado por caminos de amor”
Raúl González Tuñón
sábado, 2 de febrero de 2013
jueves, 31 de enero de 2013
¿Para qué sirve el progreso? por Roberto Arlt
Me
tienen ya seco con la cuestión del progreso. Cuánto papanata encuentro por ahí,
en cuanto comienzo a rezongar de que la vida es imposible en esta ciudad me
contesta:
-
Es que usted no se da cuenta de que progresamos.
Y
acto seguido me endilga un discurso sobre el Progreso y la Civilización, que
hubiera estado muy bien en tiempos de Juan Jacobo Rousseau, pero hoy no
convence a nadie. Y si no, ustedes verán.
CALIDAD
DE PROGRESO
La
gente se deja embaucar con una serie de términos que en realidad no tienen
valor alguno. Estos términos hacen carrera, se convierten en monedas de uso
popular y cualquier otario, ante un caso serio, se considera con derecho a
aplicarlos a situaciones que no se resuelven con el uso de un vocablo.
Y
es que llega un momento en que las palabras asumen el carácter de moda; no
interpretan un sentir sino un estado colectivo, quiero decir, un estado de
estupidez colectiva.
Veamos
esta palabrita Progreso.
De
veinte años a esta parte hemos progresado bestialmente. En todos los órdenes.
Antes, para vivir, una familia no necesitaba de alto jornal. Una casita de tres
o cuatro piezas se alquilaba en cuarenta pesos; una pieza en doce y quince
pesos; pero la mayoría de los habitantes de esta bendita ciudad vivían en casas
holgadas, con fondo, jardín y parra.
El
progreso ha hecho que por esa misma pieza, que pagábamos quince pesos, paguemos
hoy cuarenta o cincuenta pesos; que la casa sea sustituida por el departamento,
y que el departamento sea un rincón oscuro, con una superficie inferior a la de
un pañuelo y donde para decir una mala palabra sea necesario encender la luz
eléctrica, porque si no, la palabra no se ve. Hemos progresado.
Antes,
una mediana familia tenía quinta con árboles, donde los chicos pudieran
embarrarse a gusto, criarse sanos a más no poder. Hoy para los nuevos chicos
tenemos un patiecito húmedo y oscuro, donde las ventoleras tienen tantas
direcciones que lo menos que se pesca una criatura en un descuido es una “bronca”
neumonía. Hemos progresado.
ARTÍCULOS
DE CONSUMO
El
pan era sabroso y el vino puro. Llegaba fin de año y el último bolichero le
mandaba un canastón cargado de aguinaldos. El panadero ídem. Cierto es que no
teníamos ómnibus que despachurraban criaturas por las calles, ni subterráneos,
ni automóviles brillantes como espejos. El tren de vapor era un medio de
traslación formidable, y el coche un lujo. Los días eran tranquilos. Flores era
un barrio de quintas, Palermo ídem, Belgrado igual, Caballito también, Vélez
Sársfield idénticamente. Quintas, cercos, bardales, madreselvas, glicinas, el
aire de los crepúsculos estaba tan embalsamado de flores de verano, que la
ciudad parecía un pequeño injerto en la perfección de los campos subdivididos.
No había prisa en el vivir. El fonógrafo era un mecanismo insuperable; la radio
no se concebía, el teléfono era propiedad de pocos felices, y más que medio de
progreso, un lujo. Ud. ciego y sordo podía cruzar tranquilamente las calles,
pero la tela de un traje era irrompible, los botines se hacían de cuero y no de
cartón, el aceite de oliva no era de lino sino de olivas y el único que se
gastaba, los carniceros no sabían dónde tirar el bofe y el hígado; la
neurastenia era un mal desconocido, la tuberculosis, ¡hablar de la tuberculosis
en aquellos tiempos daba más temor que hoy nombrar la lepra a la que nos hemos
acostumbrado! y ciertas enfermedades, que no se pueden nombrar, deshonraban a
una familia como el hecho de tener un hijo ladrón o asesino.
HEMOS
PROGRESADO
Hoy
no. Hemos progresado. No hay zanahoria que no esté dispuesto a demostrárselo.
Hemos progresado.
Es maravilloso. Nos levantamos a la mañana, nos metemos en un coche que corre en un subterráneo; salimos después de viajar entre luz eléctrica; respiramos dos minutos el aire de la calle en la superficie; nos metemos en un subsuelo o en una oficina a trabajar con luz artificial. A mediodía salimos, prensados, entre luces eléctricas, comemos con menos tiempo que un soldado en época de maniobras, nos enfundamos nuevamente en un subterráneo, entramos a la oficina a trabajar con la luz artificial, salimos y es de noche, viajamos entre luz eléctrica, entramos a un departamento, o a la pieza de un departamentito a respirar aire cúbicamente calculado por un arquitecto, respiramos a medida, dormimos con metro, nos despertamos automáticamente; cada tres meses compramos un par de botines de cartón cuero; cada seis meses renovamos un traje; cada año nos deterioramos más el estómago, los nervios, el cerebro, y a esto ¡a esto los cien mil zanahorias le llaman progreso! ¡Digan ustedes si no es cosa de poner una guillotina en cada esquina!
Es maravilloso. Nos levantamos a la mañana, nos metemos en un coche que corre en un subterráneo; salimos después de viajar entre luz eléctrica; respiramos dos minutos el aire de la calle en la superficie; nos metemos en un subsuelo o en una oficina a trabajar con luz artificial. A mediodía salimos, prensados, entre luces eléctricas, comemos con menos tiempo que un soldado en época de maniobras, nos enfundamos nuevamente en un subterráneo, entramos a la oficina a trabajar con la luz artificial, salimos y es de noche, viajamos entre luz eléctrica, entramos a un departamento, o a la pieza de un departamentito a respirar aire cúbicamente calculado por un arquitecto, respiramos a medida, dormimos con metro, nos despertamos automáticamente; cada tres meses compramos un par de botines de cartón cuero; cada seis meses renovamos un traje; cada año nos deterioramos más el estómago, los nervios, el cerebro, y a esto ¡a esto los cien mil zanahorias le llaman progreso! ¡Digan ustedes si no es cosa de poner una guillotina en cada esquina!
¿PARA
QUÉ?
Puede
usted decirme, querido señor, ¿para qué sirve este maldito progreso? Sea
sincero. ¿Para qué sirve este progreso a usted, a su mujer y a sus hijos? ¿Para
qué le sirve a la sociedad? ¿El teléfono lo hace más feliz, un aeroplano de
quinientos caballos más moral, una locomotora eléctrica más perfecto, un
subterráneo más humano? Si los objetos nombrados no le dan a usted salud,
perfección interior, todo ese progreso no vale un pito, ¿me entiende? Los
antiguos creían que la ciencia podía hacer feliz al hombre. ¡Qué curioso!
Nosotros tenemos, con la ciencia en nuestras manos, que admitir lo siguiente:
lo que hace feliz al hombre es la ignorancia. El resto, es música celestial…
Roberto Arlt
El Mundo, 23 de noviembre de 1929
Nuevas Aguafuertes Porteñas
miércoles, 23 de enero de 2013
El ahora de O-lan. Breve apunte sobre una traducción
“Esto no se dice en castellano”. O en francés.
O en cualquier idioma al que se esté traduciendo algo. Esa es una frase
relativamente común por parte de los correctores y/o editores cuando examinan
una traducción ya realizada. Tal cosa no se dice en el idioma al que se está
traduciendo. Por ende, hay que decirla de otra manera. “Local”.
En el marco de los textos que me ha tocado
traducir, me ha pasado varias veces que los editores me señalen este asunto del
“no se dice”. Hasta ahora la mayoría de las veces esta situación ha tenido que
ver con rarezas propias al idioma del autor. Por lo mismo, no me he inmutado.
En esos casos respondo a los editores: “en el texto original tampoco debería
–según normas y, sobre todo, según costumbres– decirse tal como lo dice y sin
embargo el autor así lo dijo”. Y eso es todo.
Pero existen casos especiales. Casos que me han
llevado a pensar que la traducción siempre supone (a posteriori) un doble
esfuerzo. Esfuerzo del traductor por acercar a un lector un texto inserto en
una cultura diferente a la suya; esfuerzo del lector por acercarse a ese texto
inserto en una cultura diferente, etc. No me parece que el trabajo de los
traductores sea suprimir ese esfuerzo; solo hacerlo más llevadero. Bien. No
quiero teorizar. Voy a dar un ejemplo. Lo voy a dar de memoria porque no tengo
el texto a mano pero pronto lo volveré a tener y revisaré y llegado el caso
corregiré esta nota.
Se trata de una frase de la novela “La buena
tierra” de Pearl Buck. La novela ocurre en China, en el mundo rural, trata de
la vida de varias generaciones de una misma familia y transcurre en las
primeras décadas del siglo XX. En un momento dado, el personaje central Wang,
después de múltiples peripecias, grandes sufrimientos, cantidad de dificultades,
recuerda a su mujer muerta desde hace ya muchos años. O-lan es el nombre de esa
mujer. Estamos más bien hacia el fin de la narración. Wang la recuerda, la
evoca. Y se dice así mismo esto que cito de memoria:
“Qué lejos estaba el ahora de O-lan”.
Puede ser que diga: qué lejos estaba el ahora
de su mujer. De lo que estoy absolutamente segura es del lugar que ocupa en la
frase ese “ahora”.
Acá hay tres maravillas. La de la lengua
original, propia a esos campesinos de esa zona de China, en esos momentos (lengua
que no conocemos). La manera en que la autora que se expresa en inglés (pero que
se crió y vivió largos años en China) nos la hace llegar, nos la restituye. Y
la opción del traductor por preservar esa “rareza” que en este caso no está
ligada a un estilo especial del narrador sino a toda una cultura que es la de
los personajes mismos.
“Qué lejos estaba el ahora de O-lan.”
¿Y qué pasa si un editor viene, raya y dice:
“eso no se dice así en castellano”?
Qué pasa si en vez de esa frase nos obligan a
poner:
Cuánto tiempo había pasado desde esos momentos
compartidos con O-lan.
O: qué lejos estaba esa vida con O-lan.
¿Sigue diciendo lo mismo el texto? ¿Qué es lo
que le da su sentido a la oración? ¿Qué es lo que nos revela un sentimiento? Ya
que de eso se trata la mayoría de las veces. De revelar un sentimiento. No solo
un pensamiento ni frases porque sí.
Yo siento que nosotros lectores podemos
entender cabalmente la situación de Wang. Su sentir. Así. Tal cual nos lo dicen
en esta traducción. No hace falta que nos lo digan como lo hubiéramos dicho
nosotros. Lo que interesa en este cuento es la manera de Wang. Y no hay error. El
ahora de O-lan llega al corazón.
(Continuará)
AGC
miércoles, 12 de diciembre de 2012
El Capitancito - por Luis A. Castro
Cuento presentado con el seudónimo de PLUTARCO por
Luis Alberto CASTRO al Concurso Literario de noviembre 1978 (Chile en el año de
los Derechos Humanos 1978). Obtiene la MENCIÓN HONROSA. Publicado en
“Todo Hombre tiene Derecho a Ser Persona”. Arzobispado de Santiago-Vicaría de la Solidaridad, Santiago
de Chile, 1978.
-
¡El pie izquierdo, idiota, el
pie izquierdo! ! PROCEDER!!
La voz del
soldado me llega lejana, atenuada, disminuida, como en sordina, mientras
aferrado con ambas manos, las uñas hundidas en la carne y los dientes apretados
de coraje, trata vanamente de cambiar, mi pie izquierdo enfermo por el derecho
y trepar el último escalón en la vertical pared de la sucia bodega del
Barco-Prisión.
Por tres días, y sus largas noches,
habíamos viajado en la panza del mercante, a media máquina, vejados, vigilados,
sucios y hambrientos, camino al destierro en algún remoto lugar del Desierto
calichero.
La respiración jadeante por el
esfuerzo inútil, el miedo reflejado en mis pupilas, el temor a la muerte tan
cercana si me desplomo contra el fondo metálico a más de 10 metros de profundidad,
hacen cada vez más difícil mi ascenso.
Atrás, en largas filas, los
prisioneros cansados, agotados, con su ánimo abatido, esperan inquietos su
turno para subir y me miran preocupados y contritos.
-¡El pie izquierdo, imbécil, el
izquierddoo! ! - insiste la voz apremiante e impersonal del infante de marina,
perdida para mis sentidos; porque mis oídos, mi pensamiento, mi instinto de
autodefensa, toda mi capacidad física está concentrada y atenta para lograr
introducir, en el lejano hoyo, el pie derecho, con el cual tendré la fuerza
necesaria para salvar el último obstáculo y empinarme a la cubierta del barco
“Andalién”, adosado, recién a las siete, me corresponde trepar para ver, por la
cubierta escotilla, el cielo cubierto de negros nubarrones, las sombras de las
grúas recortadas contra el horizonte, las débiles luces del barco que se mueve
constantemente, esa fría y oscura madrugada del 10 de noviembre de 1973.
Escucho sin oír los ruidos del
barco, la marejada contra las piedras del muelle, las órdenes de los oficiales,
el chocar de las armas contra la cubierta metálica de la nave y el murmullo de
miles de voces de los prisioneros de guerra camino del destierro en la Pampa Salitrera.
Desconocido destino, ignorada meta,
presente incierto y futuro tan oscuro y negro como el de esa madrugada.
Todo cuanto me rodea lo perciben mis
sentidos sin sentirlo, tan dormidos como la ensoñadora y durmiente Antofagasta
a la cual llegamos, mientras sin aliento intento encaramarme a la cubierta de
la nave.
La mirada perdida en el cielo
encapotado, mientras las sombras se mueven fantasmalmente a mi alrededor me
traslado al ya lejano Estadio Nacional.
Sentado en el jardín de mi casa,
comento con un amigo los vertiginosos acontecimientos que nos habían remecido
como un terremoto, como una desgracia cósmica, como si nuestro universo se
hubiese desintegrado y, ese constante movimiento al no detenerse nos hacía
cimbrar con una angustia desesperante y demoledora.
De pronto, una voz aguda,
temblorosa, llena de siniestros presagios, llenó el ambiente, arrancándonos de
nuestras cavilaciones, y la casa se repletó de hombres armados.
Una voz de mando superó los sonidos
de las botas claveteadas que retumbaban ignominiosamente en las piezas y en los
pasillos.
– ¡¡Contra la pared!...¡Pronto!! ¡¡Las manos en la pared y las
piernas separadas! ¡¡Y cuidadito, que cualquier movimiento en falso TE
FUSILAMOS!! - ordenó el oficial vestido de civil a cargo del pelotón de hombres
que invadían la casa y sus dependencias y que nos registraron, del cuello hasta
los tobillos.
Luego, iniciaron una sistemática búsqueda por el entretecho, pieza
por pieza, vaciando los cajones de los muebles, dando vuelta los colchones y
rasgándolos. La lana de relleno, la ropa, los libros se amontonaron en el suelo
en un caos espantoso y alucinante.
Agotado por la forzada y prolongada
posición, miro por debajo de mi brazo y, a lo lejos, observo como mi hija
pretende, vanamente, sujetar a mi pequeño nieto de 3 años.
El niño se revuelve y forceja y me
llama con sorpresa.
Veo sus ojitos
abiertos interrogativamente y comprendo, dolorosamente, el peligro que se
cierne sobre el pequeñuelo y si se suelta y se mezcla entre los soldados.
A mi nieto le llamamos el “Capitán”
y, el chiquitín está convencido que es un oficial y, en sus juegos infantiles
da órdenes como un perfecto jefe. Si ahora se figura que esto es un juego, su
intervención podría mal interpretarse, provocando una tragedia, dado lo
dramático de la situación.
Ruego, silenciosamente, que el
pequeño se tranquilice y mi corazón salta del pecho cuando veo que ha logrado
zafarse de las manos maternas y corre como un gamo hacia nosotros. Se detiene
en medio del grupo que formamos los detenidos y los soldados, busca con sus
ojitos desconcertados y se dirige resueltamente hacia el oficial.
Cierro mis ojos y sólo mis oídos se
mantienen alerta y despiertos. - ¡SEÑOR!! - dice mi nieto implorante, y como
nadie le hace juicio, se empina en sus débiles piececitos, carraspea y tira el
faldón de la chaqueta del jefe, para llamar su atención.
¡¡ SEÑOR !! - repite - ¡por favor, NO MATE A MI TATITA! Mi abuelito
me quiere y yo lo quiero. ¡POR FAVOR! ¡¡NO LO MATE!!
Su voz resuena como un clarín
apagando y superando todos los ruidos y llenando con sus ecos, los oídos del
oficial y los soldados.
Calla el niño y junto a su silencio
otro más grande, sobrecogedor y poderoso comienza a envolvernos a todos en su
red.
El oficial, turbado, lentamente baja
su arma y los soldados le imitan, inevitablemente conmovidos por la
intervención dramática del niño.
La dulce mirada de sus ojos claros,
su melena rubia que cae en suave cascada sobre sus hombros, su carita pálida
alzada hacia el cielo, parecen haber detenido el tiempo.
Los soldados, inmóviles, miran a su
jefe sin atreverse a romper la magia del instante. El oficial, cuyo rostro duro
parece de granito, mira al niño con gesto airado que se va suavizando a medida
que penetra en las claras pupilas del infante.
Miro el conjunto abigarrado de
soldados, mujeres y sombras y la emoción me sofoca, me sobrecoge ahogando mis
angustias y temores.
El pequeño niño rubio ha logrado el
milagro de volvernos a todos al comienzo de las cosas; como el ángel armado de
espada y fuego ha puesto en fuga el rencor, el odio, la incomprensión y el
fanatismo, despertando el amor y la caridad en el corazón de los hombres. Su
dulce pedido, su ruego apasionado, su angelical inocencia ahuyenta las sombras
del miedo y de la muerte y los rayos del sol se vuelven cegados con la luz que
mi nieto ha revivido.
-¡¡Los prisioneros al coche!!
Vámonos de CARRERA, MARRR!
La voz ronca se agudiza para romper
el mágico hechizo del amor y los hombres nos conducen al carro que espera en la
calle.
Al salir, los curiosos nos devuelven
a la cruda realidad y los cientos de vecinos, que contemplan asombrados el
operativo, nos miran con compasión y se despiden con silenciosas miradas de
simpatía.
Mi nieto, desde la puerta, nos
observa, ahora ya sin temor, con asombro aún, pero sin miedo y, lo último que
veo al doblar el vehículo la esquina, son sus bracitos que nos dicen
amorosamente, adiós.
Así comenzó el largo calvario que
nos llevó con mi mujer, mi hijo y mis hermanos al Estadio Nacional, a las escotillas
y camarines, a la pista de ceniza, al velódromo, a las mugrientas bodegas del
barco, al tren y finalmente, a la desolada Pampa calichera.
-¡El Pie izquierdo, hue...!!
Hago un supremo esfuerzo, salto y
caigo de bruces sobre cubierta. Me sacudo, recojo mis bultos y mis frazadas
mientras camino hacia la pasarela y la alta escalera que baja hacia el muelle.
Un largo convoy de coches
ferroviarios, que parecen de juguete, nos esperan. Las luces de los focos nos
encandilan, acostumbrados nuestros ojos a la sombría bodega.
Los soldados nos reciben por lista
de la Marina y
nos encaminan al tren donde, apretadamente, nos sentamos y descansamos después
de más de 4 angustiosas horas de pie.
Cuando el tren serpentea subiendo,
cansinamente por la quebrada de Negrita, rumbo a la Pampa, al desierto estéril,
barrido por el viento seco y cálido, calcinado por el sol inflexible, esa
madrugada, cuando el sol aún no aparece en el horizonte gris recortado por los
lejanos cerros metalíferos; cuando sólo se contemplan las rojizas quebradas
llenas de cascajos por donde el tren se desplaza lentamente, vuelve a mi
memoria, donde está grabada con fuego, la figurita pequeña de mi nieto,
implorando por mi vida, en un acto supremo de amor y de cariño que lo
convierten en un auténtico y verdadero Capitán de Capitanes.
lunes, 26 de noviembre de 2012
viernes, 23 de noviembre de 2012
Recreando
Las posibilidades de la música popular son infinitas. Hoy los niños tienen a delicados artistas que, como puentes, les acercan estos legados de una manera novedosa, creativa, respetuosa. Los Musiqueros son uno de esos grupos, invitamos a los lectores a buscar por sí mismos y en otro momento difundiremos. En esta ocasión escuchamos a los Caracachumba.
Agradecemos muy especialmente esta contribución de Mónica.
Agradecemos muy especialmente esta contribución de Mónica.
lunes, 19 de noviembre de 2012
"Hannah, can you hear me?"
Hay algo terrible en esta escena
tan famosa, tan justamente famosa, tan importante. No es el discurso de
Chaplin, no son sus palabras. Sucede acá en el minuto 4.19. Es el aplauso. El
aplauso de una masa que no es probablemente (todavía) el pueblo que invoca
Chaplin y que sigue teniendo algo del rebaño que muge… como años después dirá
Alekos Panagulis cuando daba su lucha, que era la misma lucha… Algo del rebaño
siempre dispuesto a aplaudir al que habla más fuerte, más lindo o mejor…
Personalmente tengo cierta preferencia por el minuto 4.42. Porque es el momento
en que un hombre le habla directamente a otro hombre… que más encima es una
mujer. Y ese hombre que es una mujer escucha… Cosa milagrosa. Realmente
milagrosa. Alguien escucha. Y eso que pareciera -ya al final de la escena- que
todo no era más que silencio. En eso radica la esperanza, se me hace. Escuchar
incluso cuando pareciera que no hay nada que escuchar… Ni el grito de
desesperanza, ni la queja muda de los que mueren con la boca cerrada (AGC)
sábado, 17 de noviembre de 2012
Cuando era chico quería ser grande
Especialmente para quienes tienen hijos chiquitos y/nietos. Los invitamos a conocer una nueva producción de Paka Paka. Son cortos realizados en torno a los "grandes" de América Latina que los presentan... cuando eran chicos. Este capítulo está dedicado a Artigas. Una "pequeña" maravilla. Recomendamos también el episodio dedicado a Emiliano Zapata y... etc... además de Paka Paka, varios capítulos están disponibles en youtube, duran cuatro minutitos.
jueves, 1 de noviembre de 2012
La voz humana como instrumento
En 1949 decía D’Arienzo: "A mi modo de ver,
el tango es, ante todo, ritmo, nervio, fuerza y carácter. El tango antiguo, el
de la guardia vieja, tenía todo eso, y debemos procurar que no lo pierda nunca.
Por haberlo olvidado, el tango argentino entró en crisis hace algunos años. Modestia
aparte, yo hice todo lo posible para hacerlo resurgir. En mi opinión, una buena
parte de culpa de la decadencia del tango correspondió a los cantores. Hubo un
momento en que una orquesta típica no era más que un simple pretexto para que
se luciera un cantor. Los músicos, incluyendo al director, no eran mas que
acompañantes de un divo más o menos popular. Para mi, eso no debe ser. El tango
también es música, como ya se ha dicho. Yo agregaría que es esencialmente
música. En consecuencia, no puede relegarse a la orquesta que lo interpreta a
un lugar secundario para colocar en primer plano al cantor. Al contrario, es
para las orquestas y no para los cantores. La voz humana no es, no debe ser
otra cosa que un instrumento más dentro de la orquesta. Sacrificárselo todo al
cantor, al divo, es un error. Yo reaccioné contra ese error que generó la
crisis del tango y puse a la orquesta en primer plano y al cantor en su lugar.
Además, traté de restituir al tango su acento varonil, que había ido perdiendo
a través de los sucesivos avatares. Le imprimí así en mis interpretaciones el
ritmo, el nervio, la fuerza y el carácter que le dieron carta de ciudadanía en
el mundo musical y que había ido perdiendo por las razones apuntadas. Por
suerte, esa crisis fue transitoria, y hoy ha resurgido el tango, nuestro tango,
con la vitalidad de sus mejores tiempos. Mi mayor orgullo es haber contribuido
a ese renacimiento de nuestra música popular."
jueves, 18 de octubre de 2012
Infancias clandestinas
Nos disponemos a ver “Infancia
clandestina” y mi compañera va preparando una pila de pañuelos descartables,
con fundado temor de que no le alcancen. Se trata, valga la paradoja, de una
película brillante sobre nuestros años más oscuros. Ya su sólo título me
resulta un hallazgo, que luego la cinta refrenda con creces. Es uno de esos
relatos que retratan la
Historia porque cuenta las historias de muchos que vivieron
situaciones similares, y que se acercan a Benjamín Ávila para agradecerle que
su film refleje aquellas infancias clandestinas que algunos atravesamos.
¿En qué consiste la clandestinidad para
un niño? En principio, y aún sin un marco represivo alrededor, una parte de la
niñez consiste en resguardar algunas vivencias de la mirada de los adultos.
Pero si esa es la disposición natural de las cosas, la clandestinidad obliga a
derribar esta separación entre mayores y niños porque los primeros, en atención
a las leyes de la supervivencia, se ven obligados a enterar -y entrenar- a los
segundos de y en las modalidades de su mundo. Tarde o temprano, esto iba a
pasar, pero la clandestinidad, o a veces la propia militancia de los padres,
adelanta los tiempos y el niño se ve compelido a madurar antes de tiempo. ¿Es
esto malo en sí mismo? No lo creo, pese a lo que digan los fundamentalistas de
la niñez como territorio idílico e incorrupto. El niño, pese a todo, sigue
conservando aquellos secretos que los adultos desconocen y que a veces, como
bien muestra la película, pueden poner en peligro al conjunto. Fuera de eso, la
clandestinidad se entiende tan bien como los colores del semáforo: ha sido
explicada amorosamente, y ha sido recibida, desde ya que no con contento, pero
sí con una seriedad que no es ajena al universo de los pibes. Uno de los grandes
méritos de Benjamín Ávila pasa justamente por aquí: ese botija está integrado
al mundo de sus mayores al punto de desear saber más del mismo -no menos, como
se podría pensar-, y a la vez busca integrarse entre sus pares (los cuales,
ay!, no tienen esa gimnasia de ir y venir atravesando las aduanas entre la
niñez y la adultez).
En este punto, puedo sumarme al coro de
los agradecidos, porque también fui ese niño que participaba como uno más de
las reuniones de los adultos (o que las espiaba o escuchaba cuando no se podía
estar). Y también, obvio, anduve haciendo migas entre caras desconocidas. Claro
que hay un dolor en ello, pero este no deviene tanto de la clandestinidad -que,
insisto, se comprende- como de la pérdida de lo que se ha debido dejar atrás. Sin
embargo… en la nueva ciudad, en la escuela ajena, en el barrio nuevo, puede
aparecer ese amor inesperado que -lo diremos con una fórmula arriesgada- nos
estaba esperando. Digo, pues, que “la gracia” puede alcanzarnos. Y evoco,
entonces, a Patricia Flores, chilena, alumna de una escuela tradicional y
“momia” de los barrios altos de Santiago, una muy bella niña que compartía
conmigo “la engorrosa vida de los tímidos”. La timidez es una suerte de cruelísima
clandestinidad, y ambos quedamos absortos en una fascinación entre extraños que
no supimos decirnos quiénes éramos en realidad. Te lo digo ahora, dulce
Patricia: yo era, como Ernesto, un niño clandestino que te amaba a la distancia
como se adoran los amores sin destino.
Carlos Semorile
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