domingo, 8 de abril de 2018

Mitos de la era (1): “todo está en Internet”


Internet y la gran promesa que todo el conocimiento iría a estar en línea para el acceso de todos fue una estafa tan grande como cambiar oro por espejos de colores. No sólo era falsa, sino que aniquiló una civilización que venía luchando desde varios siglos por la búsqueda del real conocimiento.

Internet está lleno de información, sí. Pero la utilidad de ésta deja mucho que desear. Es cierto que se puede ahí tener acceso a diversos diarios y revistas, a artículos universitarios, a música, a cine. Pero el elemento central para llegar a lo que a uno le interesa es normalmente la suerte, más horas infructíferas de búsqueda. Muchos sitios mantienen el formato de proteger sus publicaciones, por lo que para acceder a ellas se debe pagar. Muchos libros se encuentran, pero en versiones difusas o ediciones desactualizadas. La música, en efecto, a través de una muy barata suscripción, se puede acceder a una gran variedad; pero no siempre de la mejor calidad ni las mejores interpretaciones. Si usted escucha música clásica, intente buscar un concierto en particular con un determinado director de orquesta y comprobará que, al final, lo que hay es bastante limitado. En cuanto a las películas, lo mismo: incompletas, borrosas, sin subtítulos. Si tiene dudas, intente buscar una obra de Chabrol, o de Antonioni, o sin ir más lejos, de Chaplin. ¿No debiera ser Chaplin uno de los cineastas más democráticamente compartido?

¿Qué está entonces en línea en ese interminable universo? Pues está invadido por el mismo mal del cual sufre el planeta: basura. Abundan las noticias mundanas, las informaciones sin ningún respaldo ni fundamento, la pornografía en todas las acepciones de las palabras. Y muchas, infinitas divagaciones de aficionados y profetas que afirman lo que a muchos les agrada escuchar, como por ejemplo que gracias al  consumo de ciertas plantas divinas o batidos prodigiosos una se puede volver tan hermosa como una artista famosa, anulando por milagro cualquier previa determinación genética. Así, la gente ha terminado sacando sus propias insustentadas conclusiones a temas tan esenciales como las vacunas, la alimentación o los diagnósticos médicos, restando toda credibilidad a la ciencia como en los mejores años medievales.

No por todo ello restemos lo provechoso del instrumento bien manejado. Si se mantienen los hábitos racionales –ser curioso, tener sentido crítico, cuestionarse, comprobar veracidad- se puede llegar a sitios en que se encuentra información interesante. También es cierto que permite el contacto con otras personas, aunque tengo mis dudas sobre cuán revolucionario sea esto; pues hallarse nunca ha sido una dificultad para la humanidad, incluso en la edad de piedra. La gente siempre se ha movido y se ha encontrado. Pero si volvemos a la oferta inicial del acceso masivo a la sabiduría, la verdad es que el real conocimiento sigue estando en las bibliotecas, las salas de clases y en la mente de esos profesores mayores que estudiaron con lápiz y cuaderno, discriminando lo que había que apuntar y subrayar, prestando atención a sus maestros, indagando, consultando, viajando, anotando con letra manuscrita en una libreta, en suma, recurriendo a todas las herramientas posibles para dar respuesta a una interrogante, excepto a Internet. 


Valeria Matus